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    <body>Hay buenos narradores que no pasan de escritores mediocres, del mismo modo que hay excelentes inventores de historias que a la vez son prosistas p&#233;simos. Y qu&#233; m&#225;s da, dijo Roberto. Para eso est&#225;n los correctores. Pobres correctores. Deber&#237;an dejar de ser esos invisibles y vergonzantes pulidores del estilo a sueldo de las editoriales, salir del armario, reivindicar su importancia, &#191;no cre&#233;is?, dijo Marina. En absoluto, dijo Roberto. La narrativa se parece cada vez m&#225;s al arte conceptual (o al cine, en donde tanta gente interviene, apunt&#243; Reme): lo importante es la idea, que es responsabilidad del autor; luego hay ejecutores de la idea, un equipo de redactores entre los que estar&#237;a el propio autor, en pie de igualdad con el corrector. 

Corregir es un co&#241;azo, dijo Braulio, escritor perezoso. 

Yo estaba escandalizado. Corregir es escribir, casi grit&#233;. 

Marina estaba de acuerdo conmigo. &#191;Os imaginais que encarg&#225;ramos una mesa al carpintero y que nos la trajera desportillada y con las patas desparejas, porque lo importante es la creaci&#243;n del mueble, ya vendr&#225; luego el corrector con los ajustes? Yo soy el carpintero, oiga, no tengo por qu&#233; entregarle una mesa que se asiente perfectamente sobre sus cuatro patas, para eso est&#225; el corrector. Y si esto es as&#237;, &#191;por qu&#233; nunca conocemos sus nombres? Hay contadas editoriales que lo incluyan entre los cr&#233;ditos del libro. &#191;No ser&#225; que los correctores ayudan a disimular lo mal que escriben muchos escritores? Ser&#225; por eso por lo que tantos escritores sienten un indisimulado desd&#233;n por la figura del corrector. Porque es el indeseable que les hace saber (o puede hacer saber a otros) que no tienen ni idea de gram&#225;tica o sintaxis. Los escritores los desprecian, pero se aprovechan de sus servicios. Y luego sus nombres quedan tristemente eliminados, como si toda la operaci&#243;n de editar un libro estuviera llena de secretos.

Eso es, dije, llenando de vino las copas. Los nombres de los correctores debajo del de los autores. En las portadas, no en la p&#225;gina de cr&#233;ditos. Con un cuerpo de letra menor, eso s&#237;. Camilo Jos&#233; Cela, La colmena. Corregida por Pilar&#237;n S&#225;nchez. Carmen Laforet, Nada. Corrector: Manolo P&#233;rez.

O algo mejor que eso, dijo Marina. &#191;No son los autores los responsables de las obras? Pues que apechuguen. Publicar sus manuscritos tal cual los entreguen a los editores. Nada de afeites. As&#237; escriben, as&#237; publican. Sabr&#237;amos entonces qui&#233;nes saben escribir y qui&#233;nes escriben burro con uve o llenan las frases de adverbios terminados en mente. 

&#191;Prohibir a los correctores? Pasar&#237;a como con las drogas, se ech&#243; a re&#237;r Reme. Habr&#237;a un mercado negro. Los escritores quedar&#237;an en secreto con ellos, habr&#237;a citas en las esquinas, de madrugada, bajo la luz de las farolas: tipos que se sacan de la gabardina un sobre ilegal con el manuscrito corregido... 

En eso se ve que la poes&#237;a es superior a la prosa, dijo Roberto, que es poeta. &#191;Por qu&#233; los poetas no necesitan correctores y los narradores s&#237;? &#191;Os imagin&#225;is un libro que dijera: Luis Cernuda, La realidad y el deseo, corregido por Pepe L&#243;pez, o Carlos Marzal, &#193;nima m&#237;a, corregido por Luisito P&#233;rez?

Nuevas risas. Por los correctores, cant&#243; entonces Marina, copa en alto. Por los correctores, coreamos. Tintinearon las copas. 

.

&lt;STRONG&gt;&lt;FONT color=#3333ff&gt;[ Microensayos ] [ Fragmentos de una po&#233;tica invisible ]&lt;/FONT&gt;&lt;/STRONG&gt;

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    <title>Corrector, traidor</title>
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    <body>&lt;STRONG&gt;[ MONTERROSO ]&lt;/STRONG&gt; Es frecuente tener vocaci&#243;n para algo sin contar con el talento y viceversa; y es f&#225;cil confundir deseo con vocaci&#243;n... La cuesti&#243;n es tan subjetiva y peligrosa que alguien puede vivir enga&#241;ado por siempre y trabajar duro y publicar muchos libros y morirse sin llegar a saber nunca que no estaba llamado para aquello...

&lt;STRONG&gt;[ VARGAS LLOSA ]&lt;/STRONG&gt; La vocaci&#243;n es una predisposici&#243;n de oscuro origen, que lleva a ciertas mujeres y hombres a dedicar sus vidas a una actividad para la que, un d&#237;a, se sienten llamados, obligados casi a ejercerla, porque intuyen que solo ejercitando esa vocaci&#243;n (escribiendo historias, por ejemplo) se sentir&#225;n realizados, de acuerdo consigo mismos..., sin la miserable sensaci&#243;n de estar desperdiciando sus vidas. El atributo principal de la vocaci&#243;n literaria es que quien la tiene vive el ejercicio de esa vocaci&#243;n como su mejor recompensa, m&#225;s, mucho m&#225;s que todas las que pudiera alcanzar como consecuencia de sus frutos... La decisi&#243;n de asumir su afici&#243;n por la literatura como un destino deber&#225; convertirse en servidumbre, en nada menos que esclavitud... La vocaci&#243;n literaria no es un pasatiempo, un deporte, un juego refinado que se practica en los ratos de ocio. Es una dedicaci&#243;n exclusiva y excluyente, una servidumbre libremente elegida que hace de sus (dichosas) v&#237;ctimas unos esclavos... Creo que solo quien entra en literatura como se entra en religi&#243;n, dispuesto a dedicar a esa vocaci&#243;n su tiempo, su energ&#237;a, su esfuerzo, est&#225; en condiciones de llegar a ser verdaderamente un escritor...

&lt;STRONG&gt;[ WOLFE ] &lt;/STRONG&gt;Explorar d&#237;a tras d&#237;a y mes tras mes, con una intensidad fan&#225;tica, la extensi&#243;n de los dominios materiales de mis recursos como hombre y como escritor... Teniendo esta avidez dentro de m&#237; no me era posible liberarme de ella de un modo racional... Trabajaba furiosamente hasta que mis energ&#237;as creadoras quedaban exhaustas... hab&#237;a comprometido mi vida y mi persona tan irrevocablemente en esta lucha que no ten&#237;a otra alternativa que vencer o ser aniquilado... estaba solo con mi trabajo y supe entonces que ten&#237;a que estar solo con &#233;l, que nadie pod&#237;a ayudarme... no pod&#237;a renunciar a escribir... escrib&#237;a y escrib&#237;a, tan ciega, tan desesperadamente como un caballo viejo que trota en el c&#237;rculo interminable de una noria y no conoce otro fin ni prop&#243;sito para su vida que ese...

&lt;STRONG&gt;[ RILKE ]&lt;/STRONG&gt; Entre en usted. Examine ese fundamento que usted llama escribir; ponga a prueba si extiende sus ra&#237;ces hasta el lugar m&#225;s profundo de su coraz&#243;n; reconozca si se morir&#237;a usted si se le privara de escribir... Excave en s&#237; mismo, en busca de una respuesta profunda. Y si esta hubiera de ser de asentimiento, si hubiera usted de enfrentarse a esta grave pregunta con un en&#233;rgico y sencillo debo, entonces construya su vida seg&#250;n esa necesidad... Basta sentir que se podr&#237;a vivir sin escribir para no deber hacerlo en absoluto. 

 &lt;STRONG&gt;[ FLAUBERT ]&lt;/STRONG&gt;  Seamos religiosos... Me oriento hacia una especie de misticismo est&#233;tico (si ambas palabras pueden ir juntas), y querr&#237;a que fuese m&#225;s fuerte... Si la sociedad sigue como va, creo que volveremos a ver m&#237;sticos, como los hubo en todas las &#233;pocas oscuras... Unos buscar&#225;n en la carne, otros en las viejas religiones, otros en el Arte... Cuantas m&#225;s dificultades experimento para escribir, m&#225;s crece mi audacia... Algo profundo y extravoluptuoso desborda de m&#237; a chorros precipitados, como una eyaculaci&#243;n del alma. Me siento transportado y todo ebrio de mi propio pensamiento, como si me llegase por un tragaluz interior... Solamente con suponer que se haya nacido con una vocaci&#243;n mediocre, &#191;c&#243;mo no pensar que debe llegarse al fin, a fuerza de estudio, de tiempo, de rabia, de sacrificios de toda especie, a hacer algo bueno? &#161;Vamos ya! &#161;Ser&#237;a demasiado est&#250;pido! Tanto dar&#237;a acariciar un le&#241;o y empollar guijarros. Pues cuando trabajamos sobre nuestras ideas no tenemos nada para sostenernos, ninguna esperanza de dinero, ninguna esperanza de celebridad... Lo que me sostiene es... que cumplo un deber. &#191;Acaso he escogido? 

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&lt;STRONG&gt;(AUGUSTO MONTERROSO, &lt;EM&gt;La letra e&lt;/EM&gt;. Madrid, Alianza, 1987)

(RAINER MARIA RILKE, &lt;EM&gt;Cartas a un joven poeta&lt;/EM&gt;. Madrid, Alianza, 1988. Traducci&#243;n de Jos&#233; Mar&#237;a Valverde)

(MARIO VARGAS LLOSA, &lt;EM&gt;Cartas a un joven novelista&lt;/EM&gt;. Barcelona, Planeta, 1997)

(THOMAS WOLFE, &lt;EM&gt;Historia de una novela. El proceso de creaci&#243;n de un escritor&lt;/EM&gt;. Madrid, Pliegos, 1993. Traducci&#243;n de C&#233;sar Leante)&lt;/STRONG&gt;

 &lt;STRONG&gt;(GUSTAV FLAUBERT, &lt;EM&gt;Cartas a Louise Colet&lt;/EM&gt;. Madrid, Siruela, 1989. Traducci&#243;n de Ignacio Malaxecheverr&#237;a)

&lt;/STRONG&gt;.







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    <title>Camino. Llamada. La vocaci&#243;n</title>
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    <body>Este ensayo de Benjamin no se cierra nunca, no deja nunca de manar, de supurar ideas, exige leerlo despacio, traducirlo, desentra&#241;arlo, rebatirlo, contestarlo, adaptarlo al presente y volverlo a leer y volverse a empapar uno de &#233;l, y entonces surgir&#225;n ideas que no se hab&#237;an detectado en la anterior lectura, y as&#237; una y otra vez.

 He vuelto a meter el cedazo entre sus palabras y he sacado esto (todo oro, nada de arena):

 &lt;STRONG&gt;&lt;EM&gt;&lt;STRONG&gt;1. Novela y narraci&#243;n.&lt;/STRONG&gt;&lt;/EM&gt;&lt;/STRONG&gt; Al estallar la novela, la narraci&#243;n se retrajo hacia lo arcaico. "Lo que distingue a la novela de la narraci&#243;n es su dependencia esencial del libro. Lo oralmente transmisible, el patrimonio de la &#233;pica, es de &#237;ndole diferente a lo que hace a una novela". Al no provenir de la narraci&#243;n oral, al no poder contarse de viva voz, la novela es diferente y contraria al cuento. "La c&#225;mara de nacimiento de la novela es el individuo en su soledad; es incapaz de hablar de forma ejemplar" sobre s&#237; mismo. Pues el individuo moderno no sabe dar consejos, no puede transmitir experiencia (suya o a su vez transmitida por otros). E incluso la novela a la que acude "informa sobre la profunda carencia de consejo, sobre el desconcierto del hombre". Tambi&#233;n el Quijote, tambi&#233;n el &lt;EM&gt;Bildungsroman&lt;/EM&gt;. El novelista asume desde Cervantes que la novela no resulta de ning&#250;n provecho para la vida real, aunque gran parte de la novela gira en torno al inalcanzable "sentido de la vida". En esto tambi&#233;n est&#225; enfrentada a la narraci&#243;n: el "sentido de la vida" frenta a la "moraleja del cuento". Dos conceptos completamente distintos. 

 &lt;STRONG&gt;&lt;EM&gt;&lt;STRONG&gt;2. Informaci&#243;n y narraci&#243;n.&lt;/STRONG&gt;&lt;/EM&gt;&lt;/STRONG&gt; El nacimiento de una nueva forma de comunicaci&#243;n llamada "informaci&#243;n" en el siglo XVIII ha resultado, seg&#250;n Benjamin, una amenaza mucho mayor para la narraci&#243;n que la propia novela. "La escasez en que ha ca&#237;do el arte de narrar se explica por el papel decisivo jugado por la difusi&#243;n de la informaci&#243;n". La informaci&#243;n exige una inmediata verificabilidad. La narraci&#243;n recurre a menudo a los prodigios. La informaci&#243;n "cada ma&#241;ana nos instruye sobre las novedades del orbe. A pesar de ello somos pobres en historias memorables". Pues la informaci&#243;n exige ser nueva constantemente. Vive en el instante, se agota en el instante. La narraci&#243;n, sin embargo, no se agota nunca. La narraci&#243;n no explica, simplemente cuenta. Por eso sus relatos pueden provocar sorpresa y reflexi&#243;n siglos despu&#233;s de su primera formulaci&#243;n. &lt;EM&gt;Porque la mitad del arte de narrar radica precisamente en referir una historia libre de explicaciones. &lt;/EM&gt;

 &lt;STRONG&gt;&lt;EM&gt;&lt;STRONG&gt;4. Memoria y narraci&#243;n.&lt;/STRONG&gt;&lt;/EM&gt; &lt;/STRONG&gt;Cuantas menos matizaciones psicol&#243;gicas haga el narrador, m&#225;s posibilidades tiene la narraci&#243;n de encontrar un lugar en la memoria del oyente; m&#225;s posibilidades tendr&#225; a su vez de ser contada a otros. "Narrar historias siempre ha sido el arte de seguir cont&#225;ndolas, y este arte se pierde si ya no hay capacidad de retenerlas". Y a&#241;ade maravillosamente Benjamin: "Y se pierde porque ya no se teje ni se hila mientras se les presta o&#237;do". Pues cuanto m&#225;s olvidado de s&#237; mismo est&#225; el que escucha, m&#225;s profundamente se impregnar&#225; su memoria de lo o&#237;do. Y as&#237; es como se mantiene eternamente la red que sostiene el don de narrar. O&#237;r y contar. Contar y o&#237;r.

 &lt;STRONG&gt;&lt;EM&gt;&lt;STRONG&gt;4. Muerte y narraci&#243;n.&lt;/STRONG&gt; &lt;/EM&gt;&lt;/STRONG&gt;Morir era anta&#241;o un proceso p&#250;blico. No hab&#237;a casa ni habitaci&#243;n en la que no hubiese muerto alguien alguna vez. Hoy la muerte es apartada discretamente en hospitales y tanatorios. "Pero es en el moribundo en quien el saber y la sabidur&#237;a y sobre todo su vida vivida adquieren de pronto una forma transmisible, y ese es el material del que nacen las historias". En las miradas y expresiones de los moribundos aflora de una vez lo inolvidable, "comunicando esa autoridad que hasta un pobre diablo moribundo posee sobre los vivos que lo rodean. En el origen de lo narrado est&#225; esa autoridad".

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 &lt;P class=MsoNoSpacing style="MARGIN: 0cm 0cm 0pt; TEXT-ALIGN: justify"&gt;&lt;SPAN style="FONT-SIZE: 12pt; FONT-FAMILY: 'Century Schoolbook','serif'"&gt;(Walter Benjamin, &#8220;El narrador&#8221;, en &lt;I style="mso-bidi-font-style: normal"&gt;Para una cr&#237;tica de la violencia y otros ensayos.&lt;/I&gt; Madrid, Taurus, 1991. Traducci&#243;n de Roberto Blatt)&lt;/SPAN&gt;

 &lt;P class=MsoNoSpacing style="MARGIN: 0cm 0cm 0pt; TEXT-ALIGN: justify"&gt;&lt;SPAN style="FONT-SIZE: 12pt; FONT-FAMILY: 'Century Schoolbook','serif'"&gt;.&lt;?xml:namespace prefix = o ns = "urn:schemas-microsoft-com:office:office" /&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/SPAN&gt;

 &lt;P class=MsoNoSpacing style="MARGIN: 0cm 0cm 0pt; TEXT-ALIGN: justify"&gt;&lt;SPAN style="FONT-SIZE: 12pt; FONT-FAMILY: 'Century Schoolbook','serif'"&gt;(Walter Benjamin, &#8220;El narrador&#8221;, en Nikol&#225;i Leskov, &lt;I style="mso-bidi-font-style: normal"&gt;Lady Macbeth de Mtsensk y otros relatos&lt;/I&gt;. Madrid, Alba, 2003. Traducci&#243;n de Roberto Blatt)&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/SPAN&gt;

   

  

  

  

  



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    <title>El narrador seg&#250;n Walter Benjamin (II)</title>
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    <body>La literatura es un modo de comprensi&#243;n de la realidad diferente del cient&#237;fico, del filos&#243;fico, del religioso, y no menos noble. La literatura no solo contiene un oc&#233;ano de ense&#241;anzas: es una herramienta de reflexi&#243;n. En la estructura de las narraciones, en los relatos concretos de vidas particulares caben todo el mundo y toda la historia humana. Y si en los cuentos pueden estar escondidos los mitos fundadores, las novelas son cajones de sastre donde se re&#250;nen en ca&#243;tica alegr&#237;a todas las modernas disciplinas cient&#237;ficas. Bah, yo no leo novelas, recuerdo que me dijo un amigo que estudiaba filosof&#237;a y sociolog&#237;a, all&#225; en los a&#241;os ochenta, entre las brumas compartidas del hach&#237;s y las enso&#241;aciones de juventud, jurando sobre sus obras completas de Althusser. En esa &#233;poca daba un poco de verg&#252;enza reconocer que uno le&#237;a novelas (los cuentos no exist&#237;an: eran invisibles). La poes&#237;a se aceptaba a rega&#241;adientes, al fin y al cabo &lt;EM&gt;era un arma cargada de futuro&lt;/EM&gt;, pero las novelas...

Yo he me encontrado de todo en las novelas: bisuter&#237;a, piedras preciosas, chapas de botellas, cajitas de m&#250;sica en miniatura, arena, caracolas, insectos f&#243;siles, sellos antiguos, mapas del tesoro, cromos de f&#250;tbol, bolas para leer el futuro, br&#250;julas estropeadas, amapolas, cuchillos, gotas de ars&#233;nico, clavos herrumbrosos, un mech&#243;n de pelo y hasta el eco de un grito. 

Hago ahora una prueba. Me cubro los ojos con un pa&#241;uelo y a la gallina ciega me acerco trastabillando a la biblioteca. Cojo un libro al azar, lo abro por cualquier p&#225;gina y dejo la se&#241;al donde el dedo &#237;ndice se detiene. Repito el juego otra vez. Y ha salido esto:

.

&lt;EM&gt;&#191;Por qu&#233;, en el silencio de la noche, nos asusta hablar en voz alta? &#191;Nunca hiciste esa experiencia? Era precioso hacerla. Sumergidos en el silencio del mundo, sent&#237;amos no existir. Lo que existe es como el absoluto del mundo, la presencia aguda de las cosas. Y, de pronto, gritamos, hablamos con nosotros, nos hacemos preguntas. Entonces nos sube hasta la garganta una sorpresa de terror: "&#191;Qui&#233;n soy yo? &#191;Qui&#233;n est&#225; aqu&#237; conmigo?" Da v&#233;rtigo. Es como si se nos apareciese un fantasma y estuviese dentro de nosotros y fuese alguien m&#225;s... &#218;nicamente los locos hablan solos, porque no tienen miedo. El mundo para ellos no existe: s&#243;lo existe su locura. Por eso nosotros, si hablamos a solas, nos sentimos locos, separados s&#250;bitamente del mundo..."

&lt;/EM&gt;&lt;STRONG&gt;(Verg&#237;lio Ferreira, &lt;EM&gt;Aparici&#243;n&lt;/EM&gt;. Madrid, C&#225;tedra, 1984. Traducci&#243;n de J. L. Gavilanes)&lt;/STRONG&gt;

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&lt;EM&gt;Es innegable que los que ejercen con m&#225;s &#233;xito el arte de vivir -gente muchas veces desconocida, dicho sea de paso- se ingenian de alg&#250;n modo para sincronizar los sesenta o setenta tiempos distintos que laten simult&#225;neamente en cada organismo normal, de suerte que al dar las once todos resuenan al un&#237;sono, y el presente no es una brusca interrupci&#243;n ni se hunde en el pasado. De ellos es l&#237;cito decir que viven exactamente los sesenta y ocho a&#241;os que les adjudica su l&#225;pida. De los dem&#225;s conocemos algunos que est&#225;n muertos aunque caminen entre nosotros; otros que no han nacido todav&#237;a aunque ejerzan los actos de la vida; otros que tienen cientos de a&#241;os y que se creen de treinta y seis. La verdadera duraci&#243;n de una vida, por m&#225;s cosas que diga el Diccionario Biogr&#225;fico Nacional, siempre es discutible. Porque es dif&#237;cil esta cuenta del tiempo: nada la desordena m&#225;s f&#225;cilmente que el contacto de cualquier arte..."&lt;/EM&gt;

&lt;STRONG&gt;(Virginia Woolf, &lt;EM&gt;Orlando&lt;/EM&gt;. Barcelona, Edhasa, 1986. Traducci&#243;n de Jorge Luis Borges)&lt;/STRONG&gt;











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    <body>Hay escritores que detestan ejercer de escritores. Creen que la obra literaria se explica por s&#237; misma, que todo lo que tienen que decir est&#225; contenido en sus novelas o en sus poemas, y rechazan entrevistas, premios, homenajes y cualquiera de las sevicias que impone la vida literaria. Desde&#241;an venderse a s&#237; mismos como peponas de feria, el arduo self-marketing, la laboriosa producci&#243;n de la propia presencia que forma parte enojosa e inevitable del oficio de escritor y que a menudo exige m&#225;s tiempo, energ&#237;a y determinaci&#243;n que la construcci&#243;n de la obra art&#237;stica. 

 Si hay escritores que no escriben (los bartlebys), tambi&#233;n hay escritores que s&#243;lo escriben; no se hacen fotograf&#237;as, no opinan en la prensa, no acuden a universidades de verano, no presentan libros de otros, no forman parte de jurados ni comit&#233;s ni academias. Los grados de este rechazo van desde el hura&#241;o y mis&#225;ntropo (Rafael S&#225;nchez Ferlosio) al misterioso (Maurice Blanchot) o al t&#237;mido (Julien Gracq). 

 Este rechazo a ejercer de personaje p&#250;blico tiene ejemplos extremadamente coherentes y espectaculares (hay quien los llama "patol&#243;gicos"): Cormac McCarthy, J. D. Salinger, Thomas Pynchon. 

 De Pynchon no se conoce ninguna fotograf&#237;a en los &#250;ltimos cuarenta a&#241;os. Sus editores no le han visto nunca la cara, y si le han dado premios ha mandado a falsos pynchon a recogerlos. Dicen que vive en Long Island y que est&#225; casado con una agente literaria de Nueva York. Que adora M&#233;xico. Pynchon se ha convertido en un pesonaje de culto, y el misterio que lo envuelve da lugar constantemente a numerosos bulos y rumores. 

 Marketing parad&#243;jico: cuanto m&#225;s ocultas tu presencia m&#225;s expectaci&#243;n creas en torno a ella.    

 En el pr&#243;logo a su libro de cuentos &lt;EM&gt;Un lento aprendizaje&lt;/EM&gt;, Pynchon desgrana algunas reflexiones sobre el arte de escribir a prop&#243;sito de estos cuentos de juventud que el Pynchon maduro cree cargados de defectos; una suerte de breve y l&#250;cida po&#233;tica que condenso en forma de dec&#225;logo:

 .

 &lt;STRONG&gt;&lt;EM&gt;&lt;STRONG&gt;Dec&#225;logo de Pynchon&lt;/STRONG&gt;&lt;/EM&gt;&lt;/STRONG&gt;

 &lt;STRONG&gt;1.&lt;/STRONG&gt; Es err&#243;neo comenzar con un tema, s&#237;mbolo u otro agente unificador abstracto, y luego intentar que los personajes y acontecimientos se le adapten a la fuerza.

 &lt;STRONG&gt;2.&lt;/STRONG&gt; S&#233; demasiado conceptual, demasiado listo y remoto y tus personajes se morir&#225;n en la p&#225;gina.

 &lt;STRONG&gt;3.&lt;/STRONG&gt; Me guiaba por el lema "hazlo literario": un mal consejo.

 &lt;STRONG&gt;4.&lt;/STRONG&gt; Sin alg&#250;n anclaje en la realidad humana, lo m&#225;s probable es que uno se quede s&#243;lo con otro ejercicio de aprendiz. 

 &lt;STRONG&gt;5.&lt;/STRONG&gt; Es una mala manera de escribir un relato: empezar con una acu&#241;aci&#243;n termodin&#225;mica, los datos de una gu&#237;a, y solo entonces intentar el desarrollo del argumento y los personajes. Esto es entenderlo todo al rev&#233;s.

 &lt;STRONG&gt;6.&lt;/STRONG&gt; Entonces era joven, y me interesaba m&#225;s confiar al papel una variedad de abusos, como el de escribir en un estilo recargado... Lo que puede ocurrir cuando uno emplea demasiado tiempo y energ&#237;a s&#243;lo en las palabras.

 &lt;STRONG&gt;7.&lt;/STRONG&gt; Escribir sobre lo que se conoce. El problema es que en la juventud creemos saberlo todo, o mejor, desconocemos el alcance y estructura de nuestra ignorancia. Familiaric&#233;monos con nuestra ignorancia, para no tener que echar a perder un buen relato. 

 &lt;STRONG&gt;8.&lt;/STRONG&gt; Los aprendices, en todos los campos y &#233;pocas, desean ansiosamente ser viajeros.

 &lt;STRONG&gt;9. &lt;/STRONG&gt;El aprendizaje avanza continuamente.

 &lt;STRONG&gt;10.&lt;/STRONG&gt; Ya has practicado bastante. &#161;Ahora escribe!

 .

 &lt;STRONG&gt;(THOMAS PYNCHON, &lt;EM&gt;Un lento aprendizaje&lt;/EM&gt;, Barcelona, Tusquets, 1992. Traducci&#243;n de Jordi Fibla)&lt;/STRONG&gt;

 .

 El escritor argentino Rodrigo Fres&#225;n tiene un magn&#237;fico art&#237;culo sobre Pynchon en el suplemento de libros del diario &lt;EM&gt;P&#225;gina 12&lt;/EM&gt;:

 &lt;A href="http://www.pagina12.com.ar/2000/suple/libros/00-09/00-09-03/nota.htm"&gt;http://www.pagina12.com.ar/2000/suple/libros/00-09/00-09-03/nota.htm&lt;/A&gt;

  

  

  

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    <title>El dec&#225;logo de Thomas Pynchon</title>
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    <body>Hay escritores que, aun teniendo una conciencia literaria muy exigente (o quiz&#225; precisamente por eso), no llegan a escribir nunca, o escriben uno o dos libros y luego renuncian a la escritura, o tras poner en marcha una obra en progreso quedan un d&#237;a paralizados para siempre. Son los escritores que "preferir&#237;an no hacerlo", es decir, que hacen suyo el lema de Bartleby, el silencioso y renuente personaje de Melville. Los bartlebys. Los escritores que no escriben; descubiertos, explicados e inventariados por Enrique Vila-Matas en su imprescindible &lt;EM&gt;Bartleby y compa&#241;&#237;a&lt;/EM&gt;.

Uno de los bartlebys c&#233;lebres de la literatura hispanoamericana es Juan Rulfo. Escribi&#243; dos obras maestras, una novela y un libro de cuentos, y dej&#243; para siempre de escribir. Se dec&#237;a que el peso de haber escrito &lt;EM&gt;Pedro P&#225;ramo &lt;/EM&gt;result&#243; terriblemente inhibitorio para su escritura, tal vez porque Rulfo pensaba haberlo escrito "por casualidad" o haciendo de "m&#233;dium" de una misteriosa voz externa a &#233;l, y no se sent&#237;a capaz de responder a las expectativas creadas. Rulfo se invent&#243; al t&#237;o Celerino para justificar su silencio. "&#191;Que por qu&#233; no escribo?, sol&#237;a decir. Pues porque se me muri&#243; el t&#237;o Celerino, que era el que me contaba las historias. Siempre andaba platicando conmigo. Pero era muy mentiroso. Todo lo que me contaba eran puras mentiras, y entonces, naturalmente, lo que escrib&#237; eran puras mentiras..."

Hay otro bartleby amigo de Rulfo que Vila-Matas no incluye en su libro. Me refiero a Edmundo Valad&#233;s, cuyo primer libro de cuentos, &lt;EM&gt;La muerte tiene permiso &lt;/EM&gt;(1955) fue mejor que el segundo (&lt;EM&gt;Las dualidades funestas&lt;/EM&gt;, 1967), y el segundo mejor que el tercero, as&#237; hasta dejar finalmente de escribir. Creo que Valad&#233;s es uno de esos casos en los que primero el periodista y luego el editor se comieron al escritor. Es decir, el escritor Valad&#233;s sucumbi&#243; ante los oficios relacionados con la literatura que parecen ser la literatura pero que no lo son. Fundador en 1964 de la m&#237;tica revista "El Cuento", la dirigi&#243; hasta su muerte, con m&#225;s de 110 n&#250;meros y 1300 cuentos publicados. Si la vida literaria precisa de creadores, tambi&#233;n necesita lectores e impulsores generosos. Valad&#233;s sacrific&#243; su propia obra para alentar la de los dem&#225;s, pues acab&#243; empleando menos energ&#237;a en sus propios cuentos que en leer y publicar los cuentos de otros cuyas carreras literarias deben su primer impulso a Valad&#233;s. 

Edmundo Valad&#233;s, bartleby por generosidad.

En &lt;EM&gt;As&#237; se escribe un cuento &lt;/EM&gt;(Suma de Letras, 2003) Mempo Giardinelli incluye una entrevista al "maestro Valad&#233;s" realizada en 1985, es decir, cuando el escritor mexicano ten&#237;a setenta a&#241;os. Valad&#233;s se confiesa:

"Tengo que admitir que desaprovech&#233; mucho el tiempo. Yo soy escritor de un cuento por a&#241;o, f&#237;jese, cosa que ni me halaga ni me gusta. Me embarqu&#233; en proyectos de novelas que jam&#225;s termin&#233;... le confieso que en cierto sentido me siento un escritor in&#233;dito. Pero eso s&#237;: de lo que tengo consciencia plena es de que soy escritor, de que tengo muchas cosas por decir y que tal vez pueda decirlas bien... Tengo algunas notas, ambientes, papeles inconclusos, ladrillos, digamos, pero falta la casa. Y me duele mucho, Mempo. Usted lo sabe. Pero tengo el gran consuelo: mi revista es muy apreciada y yo lo s&#233;."

Como si hiciera suyas las terribles palabras de Rilke en sus &lt;EM&gt;Cartas a un joven poeta&lt;/EM&gt;, Valad&#233;s advierte: "El oficio de escritor exige una disciplina, exige un arrojo, exige una entrega... Una decisi&#243;n total: decirse soy escritor y tengo el uso de la palabra, pues voy a usarla. Puedo hacer una obra importante o no hacerla, pero eso no importa... No permite evasivas, no permite excusas... Hay que atreverse a todo eso. Pero uno tiene muchas resistencias &#237;ntimas. Una flojera mental, una carencia de disciplina... Yo creo que el camino de un escritor es descubrir su voz interior. Es un minero decidido a encontrar la mina de oro, lo que cuesta un esfuerzo enorme. Que es lo que debe hacer un escritor, &#191;verdad? Un escritor debe dejar todo con tal de no perder esa voz. Porque esa voz se va gastando in&#250;tilmente... por flojera, por falta de disciplina, falta de pasi&#243;n, de coraje, lo que sea... de eso yo tengo conciencia. La va usted conteniendo, la va secando, y esa voz pierde caudal..."

"Le aseguro qe me hago esa pregunta muchas veces, por qu&#233; hace quince a&#241;os que no escribo. Porque cada vez adquiero m&#225;s conciencia de que soy un escritor, de que puedo decir cosas por medio de la palabra. Y no hacerlo, pues... Ah, no se imagina cu&#225;nto me duele... Ese es el drama de tantos escritores: cancelan esa voz interior, la clausuran..."













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    <title>El bartleby Edmundo Valad&#233;s</title>
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    <body>Soy un escritor autobiogr&#225;fico. De lo que reconozco y de lo que no. Igual que t&#250;. Quiero decir que todo escritor es autobiogr&#225;fico en el sentido de que todas sus elecciones tem&#225;tico-estil&#237;sticas obedecen a intereses y motivaciones &#237;ntimas, conscientes o inconscientes. Puede haber m&#225;s autobiograf&#237;a escondida en una novela de ciencia-ficci&#243;n con zombis y hombres lobo que en otra que narre c&#243;mo era mi infancia en un barrio marinero de la M&#225;laga de los cincuenta.

Eso no quiere decir que detr&#225;s de cada poema, de cada relato, de cada novela haya escondido necesariamente un suceso de la vida del autor o un pliegue cifrado de su psique, como creen muchos lectores, incluso muchos lectores profesionales que se acercan a los textos con la lupa de descubrir secretitos. La idea de que detr&#225;s de lo que se escribe est&#225; escondido el artista de carne, alma y hueso es tan vieja como el romanticismo. Yo admito la relaci&#243;n entre escritura y autobiograf&#237;a pero no en este sentido lato, aunque a veces pueda darse. Tratar de buscar equivalencias o relaciones especulares entre lo que se cuenta en la escritura de ficci&#243;n y la vida &#237;ntima, incluso inconsciente, del escritor es adentrarse en terreno minado y laber&#237;ntico donde nada es lo que parece. 

La novela &lt;EM&gt;El mundo &lt;/EM&gt;de Juan Jos&#233; Mill&#225;s acaba de ser premiada con el Nacional de Narrativa. Es una "biograf&#237;a novelada" o una "novela biogr&#225;fica", en palabras de su propio autor. Tengo la impresi&#243;n de que en sus declaraciones p&#250;blicas late una disculpa, como si Mill&#225;s asumiera (o asumiera que los dem&#225;s asumen) la idea de que un texto literario construido a partir de elementos de ficci&#243;n pura fuese por esencia superior a otro construido con materiales no inventados sino recordados. "Creo que el jurado ha reconocido su calidad, &lt;EM&gt;m&#225;s all&#225; de que el tema sea autobiogr&#225;fico&lt;/EM&gt;", ha dicho. &#191;Por qu&#233; pide disculpas, si &#233;l sabe, como Saul Bellow, que "toda novela es una forma de autobiograf&#237;a", y que en literatura no cuentan los temas sino la manera en que se construyen? 

Es como si Mill&#225;s peleara por no hacer suya (salvando todas las distancias) aquella idea de Ortega y Gasset, formulada en &lt;EM&gt;La deshumanizaci&#243;n del arte&lt;/EM&gt;: "desde Beethoven a Wagner el tema de la m&#250;sica fue la expresi&#243;n de sentimientos personales. El artista m&#233;lico compon&#237;a grandes edificios sonoros para alojar en ellos su autobiograf&#237;a. M&#225;s o menos era el arte de la confesi&#243;n..." Ortega defend&#237;a a los modernos artistas deshumanizados frente a los "sucios" artistas biogr&#225;ficos del siglo XIX; supon&#237;a que Debussy y Ravel hac&#237;an m&#250;sica m&#225;s "pura" y menos "autobiogr&#225;fica" que sus antecesores, y supon&#237;a adem&#225;s que en toda manifestaci&#243;n art&#237;stica la "creaci&#243;n pura" era superior a la "confesi&#243;n". 

En mi opini&#243;n es irrelevante que el tema de un determinado texto de ficci&#243;n narrativa sea declarada o secretamente autobiogr&#225;fico, salvo que se tenga una curiosidad espuria por saber de la vida &#237;ntima del autor. Si la novela de Mill&#225;s tiene inter&#233;s ser&#225; por razones ajenas a la naturaleza de los materiales con que est&#225; construida. Todos somos escritores autobiogr&#225;ficos. 

El maestro Vargas Llosa lo dice insuperablemente en sus &lt;EM&gt;Cartas a un joven novelista&lt;/EM&gt;:

"&#191;De d&#243;nde salen las historias de la ficci&#243;n narrativa? La ra&#237;z de todas las historias es la experiencia de quien las inventa. Lo vivido es la fuente que irriga las ficciones. Eso no significa que una novela (o un cuento) sea siempre una biograf&#237;a disimulada de su autor; m&#225;s bien que en toda ficci&#243;n, aun en la de imaginaci&#243;n m&#225;s lib&#233;rrima, es posible rastrear un punto de partida, una semilla &#237;ntima, visceralmente ligado a una suma de vivencias de quien la fragu&#243;. La invenci&#243;n qu&#237;micamente pura no existe. Todas las ficciones son arquitecturas levantadas sobre ciertos hechos, personas, circunstancias que marcaron la memoria del escritor y pusieron en movimiento su fantas&#237;a creadora, la que a partir de aquella simiente fue erigiendo un mundo tan rico y m&#250;ltiple que a veces resulta casi imposible reconocer en &#233;l aquel material autobiogr&#225;fico... Este mecanismo es un striptease invertido... El proceso es tan complejo que muchas veces ni el propio autor es capaz de identificar (en el producto terminado) aquellas im&#225;genes agazapadas en su memoria que activaron su fantas&#237;a... Pues el narrador no elige sus temas; es elegido por ellos."

Nuestra autobiograf&#237;a est&#225; escondida en tantos lugares. En los libros que leemos, en los posts que publicamos. 













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    <title>Autobiograf&#237;a y ficci&#243;n</title>
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    <body>Tengo delante de m&#237; la reproducci&#243;n de una pintura. Es una postal comprada en un museo. La superficie horizontal del cuadro est&#225; dividida de arriba abajo en tres partes iguales, cada una de las cuales la ocupa una figura vertical, una figura que con alguna dificultad percibo como antropom&#243;rfica, una figura que parece de mujer, aunque retorcida y distorsionada, trazada en negro y gris con manchas intensas y con pinceladas gruesas, violentas. De modo que parece haber tres mujeres en el cuadro. Incluso si reconozco el estilo, incluso si s&#233; que la obra es de Antonio Saura, necesito el t&#237;tulo para tratar de completar la visi&#243;n que tengo de ella. 

Se titula &lt;EM&gt;Las tres Gracias&lt;/EM&gt;. 

Remiro entonces la obra. Pongo en marcha la m&#225;quina de las asociaciones. El t&#237;tulo ubica la relaci&#243;n entre obra y espectador en unas determinadas coordenadas. Habla sobre la intenci&#243;n del autor. Ofrece pistas. Son las migas de pan que el autor ha dejado en su camino. Si las sigo me podr&#237;an llevar muy lejos en el bosque de la historia de la pintura, todo lo lejos que mi conocimiento me permita. Gracias al t&#237;tulo, creo haber entendido el cuadro o empezado a entenderlo. 

Como dice Arthur Danto, el t&#237;tulo de una obra de arte contempor&#225;neo es m&#225;s que un nombre o una etiqueta: es una instrucci&#243;n para la interpretaci&#243;n. Poner a las obras t&#237;tulos neutros o llamarlas &lt;EM&gt;&lt;EM&gt;&lt;EM&gt;Sin t&#237;t&lt;/EM&gt;ulo&lt;/EM&gt;&lt;/EM&gt; no elimina esa orientaci&#243;n para su lectura, s&#243;lo la hace un poco m&#225;s complicada. 

El t&#237;tulo en la narrativa breve tiene problemas distintos de los del t&#237;tulo en las artes pl&#225;sticas. El cuento comienza con el t&#237;tulo. Puede tener muchas funciones. Como dice Enrique Anderson Imbert, el t&#237;tulo "moraliza, ornamenta, define un tema, clasifica un g&#233;nero, promete un tono, prepara una sorpresa, incita la curiosidad, nombra al protagonista, destaca el objeto m&#225;s significativo, expresa un arrebato l&#237;rico, juega con una iron&#237;a..."

El t&#237;tulo forma parte del secreto que oculta el cuento. Hay t&#237;tulos que no se entienden o son enigm&#225;ticos hasta que se termina el cuento y entonces se revelan en todo su esplendor, porque iluminan retrospectivamente la historia. Hay t&#237;tulos que desde el principio se&#241;alan el camino a seguir, que alertan sobre lo que se va a leer. Hay t&#237;tulos trampa. Hay t&#237;tulos ir&#243;nicos, parad&#243;jicos o simplemente juguetones. Hay t&#237;tulos que no significan nada, t&#237;tulos casuales, t&#237;tulos reclamo. T&#237;tulos denotativos y connotativos. T&#237;tulos compendio, t&#237;tulos meton&#237;micos. 

Una manera com&#250;n de titular, y que a m&#237; me encanta, porque creo que tiene mucho que ver con la naturaleza del relato breve, consiste en entresacar una frase o retazo de frase incluido en el interior del texto. Que yo sepa, el procedimiento lo invent&#243; Salinger. Un ejemplo conspicuo es "Parece una tonter&#237;a" de Raymond Carver. El t&#237;tulo meton&#237;mico forma parte de una frase m&#225;s amplia que pronuncia uno de los personajes a lo largo de la escena culminante, la del encuentro entre el pastelero y los padres del ni&#241;o muerto. La frase en que se inserta (y que revela maravillosamente el sentido profundo del relato) dice: "Parece una tonter&#237;a ponerse a comer cuando a uno se le ha muerto su &#250;nico hijo, pero es muy importante, y adem&#225;s es todo lo que yo os puedo ofrecer". 





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    <title>El arte de titular (III)</title>
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    <body>Charles Dickens apunt&#243; catorce t&#237;tulos posibles para la novela por entregas que iba a escribir en 1854 y que finalmente titular&#237;a &lt;EM&gt;Tiempos dif&#237;ciles&lt;/EM&gt;:



Seg&#250;n Cocker.

Demu&#233;stralo.

Cosas testarudas.

La realidad de Mr. Gradgrind.

La piedra de molino.

Tiempos dif&#237;ciles.

Dos y dos son cuatro.

Algo tangible.

&#211;xido y polvo.

Nuestro amigo el del coraz&#243;n duro.

Simple aritm&#233;tica.

Cuesti&#243;n de n&#250;meros.

Una simple cuesti&#243;n de n&#250;meros.

La filosof&#237;a Gradgrind.



Escribe David Lodge en &lt;EM&gt;El arte de la ficci&#243;n&lt;/EM&gt;: "el t&#237;tulo de una novela forma parte del texto: es de hecho la primera parte de &#233;l con la que nos encontramos, y tiene por lo tanto un considerable poder para atraer y condicionar la atenci&#243;n del lector. Los t&#237;tulos de las primeras novelas inglesas fueron inevitablemente los nombres de sus protagonistas: &lt;EM&gt;Moll Flanders&lt;/EM&gt;, &lt;EM&gt;Tom Jones&lt;/EM&gt;, &lt;EM&gt;Clarissa&lt;/EM&gt;. M&#225;s tarde los novelistas se dieron cuenta de que los t&#237;tulos podian indicar un tema (&lt;EM&gt;Sentido y sensibilidad&lt;/EM&gt;), sugerir intriga y misterio (&lt;EM&gt;La mujer de blanco&lt;/EM&gt;) o prometer cierto tipo de escenario y atm&#243;sfera (&lt;EM&gt;Cumbres borrascosas&lt;/EM&gt;). En alg&#250;n momento del siglo XIX empezaron a uncir sus historias a famosas citas literarias, una pr&#225;ctica que sigue durante el XX: &lt;EM&gt;Por qui&#233;n doblan las campanas&lt;/EM&gt;..., aunque hoy en d&#237;a se considera quiz&#225; un poquit&#237;n hortera. Los grandes modernistas tuvieron tendencia a poner t&#237;tulos simb&#243;licos o metaf&#243;ricos (&lt;EM&gt;El coraz&#243;n de las tinieblas&lt;/EM&gt;, &lt;EM&gt;Ulises&lt;/EM&gt;, etc&#233;tera), mientras que los novelistas m&#225;s recientes prefieren con frecuencia t&#237;tulos caprichosos, desconcertantes y originales: &lt;EM&gt;El guardi&#225;n entre el centeno&lt;/EM&gt;". 

Las novelas, como las pel&#237;culas, han sido siempre mercanc&#237;as adem&#225;s de obras de arte. Es moneda corriente que los editores o las productoras impongan sus t&#237;tulos a los propios creadores. Hay montones de casos: &lt;EM&gt;El buen soldado &lt;/EM&gt;de Ford Madox Ford, por ejemplo, ten&#237;a que haberse titulado &lt;EM&gt;La historia m&#225;s triste&lt;/EM&gt;, pero se public&#243; durante la primera guerra mundial y sus editores le convencieron de que optara por un t&#237;tulo patri&#243;tico. &lt;EM&gt;El &#225;ngel azul&lt;/EM&gt;, la pel&#237;cula de Josef von Sternberg, estaba basada en una novela de Heinrich Mann que se llamaba &lt;EM&gt;El profesor basura&lt;/EM&gt;. 

Me hacen mucha gracia las sagas familiares de t&#237;tulos. Me divierto siguiendo las pistas de un determinado t&#237;tulo que pone de moda determinada forma (espectacular) de titular y del que enseguida salen reto&#241;os. &lt;EM&gt;Sexo, mentiras y cintas de v&#237;deo &lt;/EM&gt;(1989) procre&#243; y dio decenas de hijitos que se expandieron por todos los g&#233;neros art&#237;sticos y en todas las latitudes, con mejor o peor fortuna. Me pregunto si tendr&#225;n que ver con ese t&#237;tulo obras como &lt;EM&gt;Tonto, muerto, bastardo e invisible &lt;/EM&gt;(1995) o &lt;EM&gt;Amor, prozac, curiosidad y dudas &lt;/EM&gt;(1997). 

Una familia de t&#237;tulos que me pone nervioso es la de las cosas. Desde que Isabel Coixet estrenara &lt;EM&gt;Cosas que nunca te dije &lt;/EM&gt;(1996) han salido pel&#237;culas y libros como &lt;EM&gt;Cosas que dej&#233; en la Habana &lt;/EM&gt;(1997), &lt;EM&gt;Cosas que dir&#237;a con solo mirarla&lt;/EM&gt; (2000), &lt;EM&gt;Cosas que hacen que la vida valga la pena &lt;/EM&gt;(2004), &lt;EM&gt;Cosas que hacen bum&lt;/EM&gt; (2007), &lt;EM&gt;Cosas que perdimos en el fuego &lt;/EM&gt;(2008). &#191;La inventar&#237;a Coixet? &#191;Tendr&#225; precedentes, t&#237;tulos pioneros? Qu&#233; cosas. 





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    <title>El arte de titular (II)</title>
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    <body>"El t&#237;tulo de un libro (o de una pieza musical, o de un cuadro) no es algo irrelevante. Con el t&#237;tulo, algo todav&#237;a salvaje -un ser humano, un territorio, un texto- pasa por la pila bautismal". Esta frase es de Eugenio Tr&#237;as y resume bien la dificultad que a menudo experimento a la hora de poner t&#237;tulos. Qu&#233; terrible responsabilidad. Un t&#237;tulo, como el nombre de un reci&#233;n nacido, es una marca definitoria que por s&#237; sola decidir&#225; destinos: una bendici&#243;n o una condena. Se quedar&#225; para siempre pegado al texto, al sentido del texto, a la piel del texto. "Buscar t&#237;tulos es tan desesperante como cuando uno trata de recordar una palabra olvidada", dice el fil&#243;sofo Adorno en sus &lt;EM&gt;Notas sobre literatura&lt;/EM&gt;. 

Qu&#233; dif&#237;cil es a veces (cuando no surge de manera natural, como una revelaci&#243;n) encontrar un buen t&#237;tulo. Pero qu&#233; es un buen t&#237;tulo. Asunto misterioso y cambiante, donde el azar, las modas, el mercado y la costumbre a menudo intervienen m&#225;s de lo que los presuntuosos autores quisi&#233;ramos. El t&#237;tulo saca a la luz lo oculto de la obra, y la obra se resiste: para protegerse. Hay algo banal, algo soez, algo de subasta p&#250;blica de esclavos en el acto de buscarle un t&#237;tulo a una obra. La obra agacha la cabeza humilde mientras escucha las voces que la titulan de una manera y de otra, una y otra vez. Por eso es m&#225;s f&#225;cil encontrar t&#237;tulos a los trabajos de los dem&#225;s que a los propios. El ponedor de t&#237;tulos no conoce la intenci&#243;n del autor, no sabe de sus fantas&#237;as ni de sus miedos, pero su situaci&#243;n de exterioridad le permite responder mejor al enigma de la obra con el chasquido que lo revele todo de golpe: el t&#237;tulo.

Sostengo que un poeta est&#225; mejor dotado para encontrar t&#237;tulos que un prosista. Y un editor que un poeta. Una de las funciones m&#225;s delicadas y apasionantes del editor es la de sugerir buenos t&#237;tulos frente a los malos con que los autores se presentan. Cuenta Ll&#224;tzer Moix que Eduardo Mendoza le llev&#243; en 1974 a su editor (y poeta) Pere Gimferrer una novela titulada &lt;EM&gt;Soldados de Catalu&#241;a&lt;/EM&gt; que al final se acab&#243; llamando &lt;EM&gt;La verdad sobre el caso Savolta&lt;/EM&gt;. A&#241;os m&#225;s tarde se volvi&#243; a presentar ante Gimferrer con un mecanoscrito que llevaba por t&#237;tulo &lt;EM&gt;El mercado de la libertad&lt;/EM&gt;. Editor y autor se enzarzaron en una larga discusi&#243;n; con el libro en las prensas, acordaron milagrosamente &lt;EM&gt;La ciudad de los prodigios&lt;/EM&gt;, que a Mendoza le pareci&#243; un t&#237;tulo horrible. 

S&#233; de escritores que guardan en sus cajones cientos de t&#237;tulos a la espera de su obra correspondiente. Hay m&#225;quinas de fabricar t&#237;tulos, pero son muy secretas, he o&#237;do hablar de ellas, nunca las he visto. Me imagino c&#243;mo ser&#225;n esas m&#225;quinas: tubulares. Y me imagino tambi&#233;n esos pobres t&#237;tulos que nunca ser&#225;n usados: tristeza del t&#237;tulo arrumbado en un caj&#243;n que nunca encontrar&#225; una obra a la que arrimarse (su cuento, su novela, su cuadro, su canci&#243;n). 







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