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    <body>Zambullidos ya en lo de aqu&#237;, todav&#237;a cansados del viaje de regreso y con algo de melancol&#237;a: no hace mucho pase&#225;bamos por el luminoso Museo de Brooklyn, por ejemplo, donde pudimos ver una retrospectiva de Gilbert &amp;amp; George reci&#233;n tra&#237;da de la Tate (que no gust&#243;, por m&#225;s que yo explicara apasionadamente lo de "In bed with Lorca" en la Huerta de San Vicente) y una selecci&#243;n de las mejores obras de arte contempor&#225;neo de la colecci&#243;n del museo (que s&#237; gust&#243;: entretenida, burlona, irreverente, f&#225;cilmente olvidable: el nuevo canon, dec&#237;amos). Mirando aquellas obras sali&#243; el tema de la correcci&#243;n pol&#237;tica como &#250;ltima manifestaci&#243;n de la pulsi&#243;n censora. Mira por d&#243;nde yo hab&#237;a hecho el viaje de ida leyendo en el avi&#243;n &lt;EM&gt;La cultura de la queja&lt;/EM&gt;, de Robert Hughes, y ten&#237;a frescas esas vehementes diatribas contra lo pol&#237;ticamente correcto. El libro se public&#243; hace ya quince a&#241;os, fue pol&#233;mico y famoso en su hora y si tuvo alguna virtud fue la de alertar contra el pospuritanismo que se avecinaba (en el lenguaje, la cultura, la educaci&#243;n, las artes), y de ofrecer en su contra una s&#243;lida bater&#237;a de argumentos. Ahora Robert Hughes est&#225; un tanto olvidado, aunque sus ideas se han generalizado, se han disuelto en el aire, se han metabolizado y convertido en cierto modo en el arsenal recurrente de los contrarios a la gazmo&#241;er&#237;a pospuritana. 

Hughes olfate&#243; la utilizaci&#243;n tramposa de la victimizaci&#243;n como truco para sacar ventaja en el &#225;mbito p&#250;blico, "aunque ese poder no vaya m&#225;s all&#225; del soborno emocional o de la creaci&#243;n de in&#233;ditos niveles de culpabilidad social". Vio c&#243;mo cund&#237;a la expresividad autocomplaciente, el narcisismo sensiblero, el culto al Ni&#241;o Interior maltratado. C&#243;mo todo el mundo quer&#237;a convertirse en su propio Buen Salvaje y culminaba as&#237; "la tradicionalmente tan apreciada cultura americana de la terap&#233;utica". Por supuesto, la idea de 'calidad' en la experiencia est&#233;tica pas&#243; a ser "una ficci&#243;n paternalista", y la correcci&#243;n pol&#237;tica camp&#243; a sus anchas ti&#241;&#233;ndolo todo de una "especie de Lourdes ling&#252;&#237;stico donde la maldad y la desgracia desaparecer&#225;n d&#225;ndose un ba&#241;o en las aguas del eufemismo". Pero Hughes cre&#237;a que este mal era t&#237;picamente norteamericano, un asunto local fraguado a izquierda y derecha en sus universidades y en sus programas de televisi&#243;n, y aseveraba (era 1993): "La exigencia de un lenguaje pol&#237;ticamente correcto no ha tenido ninguna resonancia en Europa". 

&#191;Ninguna resonancia en Europa? Nos lo pregunt&#225;bamos en la escalinata de acceso al Museo de Brooklyn, donde en 1999 se celebraron unas ruidosas manifestaciones a favor de la Virgen Mar&#237;a. El entonces alcalde Rudolph Giuliani hab&#237;a montado un numerito puritano a cuenta de una exposici&#243;n de artistas brit&#225;nicos llamada &lt;EM&gt;Sensation&lt;/EM&gt;, una de cuyas obras, la del anglonigeriano Chis Ofili, mostraba una imagen de la Virgen Mar&#237;a tapizada con excrementos de elefante (un s&#237;mbolo animista de fertilidad, y era c&#225;ndida e inofensiva, como podr&#225; apreciar el que la busque en Internet). El alcalde quiso pescar en las aguas de su caladero natural de votos y declar&#243; que aquello "no era arte" porque "tambi&#233;n pod&#237;a hacerlo &#233;l", que ofend&#237;a gravemente a la iglesia cat&#243;lica y que le parec&#237;a un esc&#225;ndalo que la exposici&#243;n se financiase con dinero p&#250;blico. Y la exposici&#243;n, que pasaba sin pena ni gloria (como a&#241;os m&#225;s tarde aquella obra de teatro madrile&#241;a llamada &lt;EM&gt;Me cago en Dios&lt;/EM&gt;, hasta que unos puritanos de ultraderecha la descubrieron y publicitaron), de pronto se convirti&#243; en la m&#225;s vista nunca de la historia del museo. 

Una pol&#233;mica del mismo g&#233;nero, aunque de signo contrario, sucedi&#243; aqu&#237; en 2003 con un libro de cuentos llamado &lt;EM&gt;Todas putas&lt;/EM&gt;. Pasaba desapercibido en las librer&#237;as hasta que a grupos feministas les dio por achacar a su autor, Hern&#225;n Migoya, las mismas opiniones del narrador-violador de uno de los cuentos, y endos&#225;rselas tambi&#233;n por contagio ideol&#243;gico a la editora del libro (Miriam Tey, de El Cobre Ediciones), a la saz&#243;n funcionaria p&#250;blica desde su cargo de directora del Instituto de la Mujer. 

Habl&#225;bamos de &lt;EM&gt;Sensation&lt;/EM&gt;, de la Virgen Mar&#237;a y de Rudolph Giuliani y de todo lo que Europa copia de Estados Unidos, habl&#225;bamos de Migoya y su &lt;EM&gt;Todas putas&lt;/EM&gt;, habl&#225;bamos del argumento escandaloso y siempre tra&#237;do de "los dineros p&#250;blicos", de la invenci&#243;n de la palabra "miembra", de la prohibici&#243;n que un manual de estilo del gobierno australiano hace del empleo de t&#233;rminos como &lt;EM&gt;sportsmanship&lt;/EM&gt; ('deportividad'), &lt;EM&gt;workman&lt;/EM&gt; ('obrero') o &lt;EM&gt;statesman&lt;/EM&gt; ('estadista'), porque llevan el dichoso sufijo. 

Nos pregunt&#225;bamos si Ernesto S&#225;bato hubiera podido escribir hoy sin autocensura una novela como &lt;EM&gt;Sobre h&#233;roes y tumbas&lt;/EM&gt;, en la que el narrador desarrolla una teor&#237;a paranoica y siniestra en torno a las personas ciegas. Y es que uno de los t&#243;picos de la correcci&#243;n pol&#237;tica es la creencia de que uno es moralmente lo que lee, o, como dice Hughes, "las obras de arte son o deber&#237;an ser terap&#233;uticas" (y tener valores raciales, sexuales, ideol&#243;gicos): "sum&#233;rjase en &lt;EM&gt;La Rep&#250;blica &lt;/EM&gt;o &lt;EM&gt;Fed&#243;n&lt;/EM&gt; y ser&#225; una clase de persona; lea a Amiri Baraka o &lt;EM&gt;El color p&#250;rpura &lt;/EM&gt;o las obras de Wole Soyinka, y ser&#225; otra. Esto ocurre, o se supone que ocurre, porque el autor, ya sea Plat&#243;n o Alice Walker, se convierte en un modelo de comportamiento para el lector... pero &#191;qu&#233; se hace cuando topamos con un escritor de talento, incluso de genio, cuyas opiniones son repelentes para cualquier razonamiento sensato? &#191;Qu&#233; hacer con C&#233;line? O, como preguntaba Simone de Beauvoir en el t&#237;tulo de un ensayo: &#191;&lt;EM&gt;Debemos quemar a Sade&lt;/EM&gt;?"

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&lt;FONT color=#cc0000&gt;&lt;STRONG&gt;[ROBERT HUGHES, &lt;EM&gt;La cultura de la queja. Trifulcas norteamericanas&lt;/EM&gt;. Barcelona, Anagrama, 1994. Traducci&#243;n de Ram&#243;n de Espa&#241;a]&lt;/STRONG&gt;
&lt;/FONT&gt;
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 &lt;STRONG&gt;&lt;FONT color=#3333ff&gt;[Lecturas]&lt;/FONT&gt;&lt;/STRONG&gt;

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    <title>Robert Hughes. La cultura de la queja</title>
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    <body>Finales de 2008. Un par de botas equivalen por fin a Shakespeare. Hay una sensaci&#243;n generalizada de que el mundo se est&#225; transformando a toda velocidad, y los apocal&#237;pticos y los integrados lo notan, y lo notan los progresistas y los reaccionarios, y los b&#225;rbaros que asaltan la muralla, y cunden por todas partes intentos de interpretaci&#243;n de lo que se sospecha que est&#225; pasando.

Uno de los mejores que he le&#237;do es un ensayo de Alessandro Baricco llamado &lt;EM&gt;Los b&#225;rbaros&lt;/EM&gt;. Lo recomiendo vivamente: esclarecedor. &#191;Por qu&#233;? Primero porque est&#225; escrito en lengua b&#225;rbara. Tiene su origen en una serie de treinta art&#237;culos que Baricco fue publicando en un diario italiano cada cinco o seis d&#237;as, es decir, est&#225; escrito a plazos, a modo de blog: f&#225;cil, transparente, ligero, espumoso. Y adem&#225;s est&#225; escrito mediante im&#225;genes. Las ideas surgen a partir de im&#225;genes y se concretan en im&#225;genes, en im&#225;genes-s&#237;mbolo que se repiten una y otra vez con un evidente prurito did&#225;ctico, como si el autor temiera que sus lectores -tambi&#233;n b&#225;rbaros- pudieran olvidarlas. 

Baricco trata de emular a su maestro Walter Benjamin. Trata de fotografiar el devenir, y por eso sus fotos salen un poco movidas. Trata de descifrar la mutaci&#243;n mientras se produce, por eso no pincha el objeto de estudio en el mapa, sino que intuye c&#243;mo el propio objeto de estudio va modificando el mapa hasta hacerlo irreconocible. Y lo hace persiguiendo huellas ejemplares de esta mutaci&#243;n en el mapa que se mueve y cambia: en el vino, en el f&#250;tbol, en los libros, en Google.

El invento de Google es tan trascendental como el de los tipos m&#243;viles de Gutenberg hace quinientos a&#241;os. Eso ya nadie lo duda. Superficie en vez de profundidad, viajes en vez de inmersiones, juego en vez de sufrimiento. "La esencia de las cosas no es un punto, sino una trayectoria". Sin los links, Internet se habr&#237;a quedado en un mero cat&#225;logo, nuevo en su forma, pero tradicional en su esencia. Los links han cambiado la forma de pensar. Una mutaci&#243;n. Se acab&#243; eso de que los mandarines decidieran qui&#233;n deb&#237;a expresarse en p&#250;blico y qui&#233;n no, qui&#233;n ten&#237;a algo que val&#237;a la pena escuchar. Listos y tontos, famosos y an&#243;nimos, polic&#237;as y criminales, todas las personas tienen ahora la posibilidad de lanzar sus ideas y sus creaciones en el mismo plano de acceso. Se trata de una democratizaci&#243;n "b&#225;rbara". &#191;D&#243;nde reside entonces el valor, c&#243;mo distinguimos lo bueno de lo malo? Google lo ha dejado claro. El valor de una informaci&#243;n (todo es informaci&#243;n) se basa en el n&#250;mero de sitios que nos dirigen hacia ella. Las p&#225;ginas m&#225;s relevantes son aquellas a las que se dirigen un mayor n&#250;mero de links. Esto supone un doloroso cambio de paradigma. El valor de una cosa no est&#225; relacionado ya con la "calidad" o la "verdad" o la "profundidad" intr&#237;nsecas de esa cosa (y mucho menos en nada relacionado con "lo sagrado"), sino con su historia, con su trayectoria, con la secuencia de pasos en que se inscribe. No con la profundidad sino con el movimiento. Trayectorias de links que corren por la superficie. La experiencia entonces ha cambiado por completo, y tiene ahora forma de secuencia: supone un movimiento que encadena puntos diferentes en el espacio de lo real. 

Lejos de escandalizarse o de incurrir en lamentaciones apocal&#237;pticas, Baricco trata de entender lo que est&#225; pasando. Trata de salvar lo que pueda, como aquellos escribas bizantinos trataron de salvar lo que pudieron de la cultura cl&#225;sica que se estaba desmoronando (y se perdieron cientos de miles de obras, y se salvaron unos pocos centenares). Sabe que las jeremiadas son contraproducentes, y que tal vez s&#243;lo aceleran a&#250;n m&#225;s el proceso de mutaci&#243;n, porque ese tipo de resistencia resulta completamente in&#250;til contra los b&#225;rbaros.

Los b&#225;rbaros, dice Baricco, van donde encuentran sistemas de paso. Lugares en los que sea r&#225;pido y f&#225;cil entrar y salir. En la vida, en el arte, en el conocimiento. "Les gusta cualquier espacio que genere una aceleraci&#243;n. No se mueven en direcci&#243;n a una meta, porque la meta es el movimiento. Sus trayectorias nacen por azar y se extinguen por cansancio: no buscan la experiencia, lo son. Cuando pueden, los b&#225;rbaros construyen a su imagen los sistemas con los que viajar: la red, por ejemplo. Pero no se les oculta que la mayor parte del terreno que deben recorrer est&#225; hecha de gestos que heredan del pasado: viejas aldeas. Lo que hacen entonces es modificarlos hasta que se convierten en sistemas de paso. A esto nosotros lo llamamos saqueo". 

A partir de este descubrimiento, Baricco se lanza a reinterpretar las ruinas de lo que en la cultura burguesa cl&#225;sica (esa a la que todav&#237;a algunos se aferran o nos aferramos) se llamaba "alma", "m&#250;sica", "experiencia", "esfuerzo", "espectacularidad", "nostalgia", "democracia", "guerra", "autenticidad", "educaci&#243;n", "pasado". Y llega a la conclusi&#243;n de que est&#225; cambiando radicalmente la idea de qu&#233; sea la experiencia humana, la idea de en qu&#233; consiste y d&#243;nde reside el sentido de las cosas. Las consecuencias de este cambio de paradigma son muchas: superficie en vez de profundidad, velocidad en vez de reflexi&#243;n, secuencias en vez de an&#225;lisis, comunicaci&#243;n en vez de expresi&#243;n, &lt;EM&gt;multitasking&lt;/EM&gt; en vez de especializaci&#243;n, placer en vez de esfuerzo, etc&#233;tera.

Aceptar la mutaci&#243;n es mejor que erigir una in&#250;til muralla, porque nos permite sobrevivir. No es que los b&#225;rbaros vayan a entrar, es que ya han entrado. Sin mutar acabar&#237;amos aniquilados por completo. Como los dinosaurios. Por eso escribimos blogs. 

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&lt;STRONG&gt;&lt;FONT color=#cc0000&gt;[ALESSANDRO BARICCO, &lt;EM&gt;Los b&#225;rbaros. Ensayo sobre la mutaci&#243;n&lt;/EM&gt;. Barcelona, Anagrama, 2008. Traducci&#243;n de Xavier Gonz&#225;lez Rovira]&lt;/FONT&gt;&lt;/STRONG&gt;

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&lt;STRONG&gt;&lt;FONT color=#3366ff&gt;[ L e c t u r a s ] 
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    <title>Alessandro Baricco: Los b&#225;rbaros</title>
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