05 Oct 2011

La mesa puesta

Escrito por: Jesús Ortega el 05 Oct 2011 - URL Permanente

Me siento un poco raro volviendo a escribir en el blog, después de tanto tiempo. Es como si regresaras a tu casa intacta y cerrada tras un largo viaje. Lo primero es abrir las ventanas para que se vaya ese extraño olor. Ir familiarizándose con los espacios. Las maletas se quedarán unos días en el pasillo, para que cumplan su función y conecten mágicamente la vida que se dejó y la que se retoma.

Algún día tenía que ser. Por ejemplo, ahora que acabo de leer un libro de relatos de Manuel Abacá, La mesa puesta.

Sé muy bien que, en literatura, nunca hay que confundir al narrador con el escritor. Pero en medio de ese complicado juego de desdoblamientos que se establece entre uno y otro, los lectores son libres de imaginar cosas. Leyendo La mesa puesta (algunos de cuyos personajes se llaman también Abacá) se me ocurre, por ejemplo, que el Abacá que asoma por estas páginas como protagonista o como narrador quizá pudiera tener en común con el Abacá escritor un mismo origen social. Se me ocurre que el Abacá de carne y hueso tal vez sea de esos escritores que han (que hemos) crecido en entornos donde no había una nutrida biblioteca familiar, ni cultura burguesa, ni dinero para adquirirla. Forman (formamos) una minoría, en cierto modo reconocible, con rasgos y actitudes compartidos, aunque con resultados personales muy distintos. Este tema es interesante, daría mucho que hablar. En otra ocasión.

En los relatos de Abacá hay obreros, hijos que van a la mili, mujeres que hacen trabajos de costura en casa, niños que juegan al fútbol en la barriada, bares de pueblo, discotecas, vías del tren adonde irse a fumar un porro por la noche, amigas que no acaban de convertirse en novias. Hay, sobre todo, una actitud alerta hacia las pequeñas tristezas, tan fina que es capaz de intuir reverberaciones de catástrofes invisibles en la tersa superficie de lo cotidiano.

Los narradores intentan modestos recuentos del fracaso, de la ternura o de la supervivencia. Una lucidez en clave menor. Me gusta la elusiva levedad con que los sensibles narradores de Abacá abordan los problemas. (A veces, demasiado leve, todo hay que decirlo). No se ven los golpes, sino la remota huella que dejan en el alma. O, dicho de otra manera: más que heridas, hay rasguños. Eso no quiere decir que duelan menos.

Para mi colección de relatos sobre padres e hijos: "El podio" y "Prefijos".

.

El humo de los bares ha dado paso al cuchillo de aire frío que silba en la noche
como si fuera una esquina. Se acercan a la estación de trenes. La carretera
solitaria que parte la comarcal es una cinta negra con una farola al fondo. Sus
luces marcan tres conos de niebla naranja. Hombro con hombro, caminan apretando el paso, las cabezas algo pesadas por el alcohol, mirando hacia la claridad y fumando. Parecen dos insectos con los cuellos de las cazadoras alzados, dos luciérnagas que quisieran ser polillas y buscaran claridad.

("Deseos")

Sigue escribiendo, Abacá.

.

[ Manuel ABACÁ, La mesa puesta, Badajoz, Editora Regional de Extremadura, 2010 ]

.

[ contemporáneos ] [ libros de cuentos ]

.

Compartir

  • Eskup
  • Tuenti
  • Meneame
  • Bitacoras
  • iGoogle
  • My Yahoo
  • My Live

13 Oct 2010

Mire al pajarito

Escrito por: Jesús Ortega el 13 Oct 2010 - URL Permanente

Sexto Piso traduce al castellano Look at the birdie, el segundo libro póstumo de Kurt Vonnegut (1922-2007), entretenidísima recopilación de cuentos inéditos de juventud.

Una carta a su amigo el profesor Walter J. Miller hace las veces de prólogo y poética. Estamos en 1951. Vonnegut acaba de abandonar un trabajo en el departamento de relaciones públicas de General Electric ("si no soy escritor no soy nada") y anda desorientado, a la búsqueda de confianza y originalidad y, sobre todo, de "prejuicios frescos" con los que alimentar su literatura. Es como si ya supiera que necesitará estar en contra para poder escribir; que la burla y la crítica social serán el caladero de su obra. Pero también necesita dinero. Sabe lo que hay que hacer para publicar en sitios como The Atlantic Monthly o The New Yorker: colarles una buena falsificación, una astuta copia de lo que en esos templos del buen gusto se tiene por literatura. ¿Lo hizo? No me lo imagino imitando a Dorothy Parker o Truman Capote, como no me imagino a los editores de Harper's Magazine publicando en estos años un cuento, por ejemplo, como el que da título al libro, "Mire al pajarito", que trata de un psiquiatra loco que va por ahí matando gente, sin dejar huella, mediante el método del lanzamiento de pacientes paranoicos.

Ya en estos años Vonnegut se sabe distinto. No sufre la angustia de las influencias. Si se es artista se es parcial, viene a decir, y él está muy orgulloso de su parcialidad, convencido "de que nadie consigue un carajo en las artes si se vuelve amablemente razonable, viendo todas las facetas de un problema y perdonando todos los pecados". No se trata de ser discípulo de nadie, le anuncia a Miller con algo de arrogancia, sino de crear tu propio grupo de fieles. Erigirse uno mismo en mesías. Borges lo dirá de otra forma: todo gran escritor inventa a sus lectores.

De modo que los cuentos de Mire al pajarito tienen algo de Kafka pulp y de Dashiell Hammett desquiciado. Una mezcla del American Splendor de Harvey Pekar con gotas paranoico-fantásticas de Philip K. Dick y la antiliteratura de Roberto Arlt. Vonnegut es el tío abuelo cañero de César Aira. Ya asoman por aquí el humor negro y la sátira típicos de toda su obra. El reverso de la obsesión norteamericana por el dinero, esa multitud de loosers que fantasean todo el tiempo con cambiar mágicamente de vida y que son pasto de infernales tentaciones. En torno a ellos están los malos, siempre gordos (imaginería post Gran Depresión) y con unos labios como de querer fumarse un puro. Es decir, los malos ya han conseguido el dinero. Y hay también algunos honrados luchadores que suelen mantenerse fieles a su virginal pobreza, y que lo son por elección consciente ("los hombres conquistan su libertad luchando por los derechos de los desconocidos", dice uno de los héroes de "El key club de Ed Luby") o por la pura ingenuidad del niño ("El honor de un repartidor de periódicos") o del jovencito que aún no ha visto nada de la vida ("El rey y la reina del universo"). Pero incluso cuando ganan los buenos, incluso cuando el narrador se permite esos sermones y esas moralejas, el lector sospecha el sarcasmo oculto, la risita soterrada.

Están llenos de peripecias. Rezuman inventiva, atrevimiento naif y mala leche. Y un idealismo angélico como de pionero norteamericano. Constantes puntos de giro argumentales arrancan los ohhh del lector cada pocas páginas. Vonnegut es de esos creadores que no tiene miedo a llevar la lógica de cada historia hasta su extremo (a veces el delirio). Cree, como Flannery O'Connor, que hay que ser sádico con los personajes y obligarlos a grandes sufrimientos para que demuestren la pasta de que están hechos. Por todo ello la verosimilitud funciona en sus cuentos de otra manera. Hay de todo: neologismos jocosos ("Fubar": iniciales en inglés de "tan jodido que resulta irreconocible"), inventos inolvidables (un audífono mágico que susurra maldades al oído de quien lo lleva puesto), extraterrestres diminutos que aterrizan en naves espaciales con forma de abrecartas, policías expertos en hipnosis que van a detener a malvados hipnotizadores asesinos...

Uno de los cuentos más interesantes es "Confido".

"Confido" lleva al universo de las urbanizaciones norteamericanas de los años cincuenta un tema clásico: el oneroso pacto de omnipotencia con el diablo, el objeto mágico que otorga dinero a cambio de la condenación y la destrucción. Goethe (Fausto), Stevenson ("El diablo en la botella"), Von Chamisso ("La maravillosa historia de Peter Schemihl"), W. W. Jacbos ("La pata de mono") o Richard Matheson ("Button, button") son algunos de los precedentes. Vonnegut actualiza la metáfora: el diablo es el individualismo y el egoísmo. El diablo es la obsesión norteamericana por el éxito y el dinero. Pero también es el inconformismo, la crítica negativa, el atrevimiento de decir las cosas que se piensan.

Una aburrida y feliz familia media. Ella, abnegada ama de casa con fantasías de riqueza. Él, inventor aficionado y honrado calzonazos que trabaja para una empresa de audífonos. Un buen día el marido aparece en casa con el prototipo de un invento que los va a hacer multimillonarios: el Confido. Una cajita con un cable que termina en un auricular. Te pones el auricular y Confido te lee los pensamientos y te susurra al oído mentiras como puños que acaban haciéndote creer que eres un ser superior. El marido ya lo ha probado y Confido lo ha convencido de que deje el trabajo, pues en breve se va a forrar patentando y vendiendo el invento. El marido está entusiasmado. Ha cambiado hasta hacerse irreconocible, parece de pronto el hombre enérgico y ambicioso que ella una vez soñó. Se lo da a probar a la esposa, y Confido la convence en un santiamén de que su vida es intolerable y merece la "olla de oro al final del arco iris". También habla pestes de las vecinas, a las que desnuda como vanidosas hipócritas. En un descuido el hijo pequeño se coloca el auricular y Confido le susurra que es hijo adoptado y que por eso su madre lo quiere menos que a su hermana. Al día siguiente el marido ya se ha atrevido a despedirse de la empresa y el hijo fanfarronea ante sus amigos. La vida de la familia se ha envenenado. Todos sus miembros tienen el ego por las nubes. Confido, "el instrumento para que te hagas rico", es un multiplicador de la ambición y la confianza, pero no deja de malmeter, y es peligrosamente adictivo. "Se venderá, se venderá, se venderá", dice el marido. "¡Nadie debería tenerlo, Henry, nadie! Es una línea directa a lo peor que llevamos dentro", gime la esposa. Atemorizados y culpables, acuerdan enterrar a Confido en el jardín. Pala en mano, el marido no puede resistir la tentación de colocarse el auricular diabólico por última vez. Confido lanza entonces una maldición. No la voy a repetir aquí. Perdería su gracia.

.

[ Kurt VONNEGUT, Mire al pajarito, Madrid / México D. F., Sexto Piso, 2010. Traducción de Jesús Gómez Gutiérrez ]

.

[ notas de lectura ] [ libros de cuentos ]

.

Compartir

  • Eskup
  • Tuenti
  • Meneame
  • Bitacoras
  • iGoogle
  • My Yahoo
  • My Live

04 Oct 2010

Un koala en el armario

Escrito por: Jesús Ortega el 04 Oct 2010 - URL Permanente

En mayo de 2006 formé parte, junto con Miguel Ángel Arcas, del comité de lectura del concurso de microrrelatos de la Feria del Libro de Granada. De los ciento y pico presentados debíamos segregar una veintena para el jurado. En el cesto de los rechazados agonizaban de muertes horribles decenas de microrrelatos que no habían podido pasar las cribas. En esas aparecieron unas piezas firmadas por un tal Holden Caulfield. Fue Arcas el primero que las vio. Eran tres. No hubo manera de tirarlas al cesto. Pasaron las horas y las lecturas, cada nueva escabechina era más implacable y sangrienta que la anterior, pero Caulfield siempre lograba salvar el pellejo. Al contrario que esos larguísimos fárragos de cinco líneas que tanto abundan en los concursos, aquellas historias --la del koala, la del dictador y su secreto y la de la habitación aleatoria-- eran veloces y bienhumoradas, pura sustancia narrativa. Quienquiera que fuese su autor --no sé por qué, yo estaba convencido de que detrás había un autor y no una autora--, tenía inventiva y manejaba con soltura las escurridizas artes de narrar. Días más tarde los miembros del jurado --entre los que se encontraba, por cierto, Ángel Olgoso-- validaron nuestra apreciación y decidieron multipremiar a Holden Caulfield, que resultó ser un tal Ginés S. Cutillas, de Valencia. Y fue en la entrega de premios cuando apareció por fin este señor de barba y hueso que tengo a mi lado, entonces un completo desconocido, para certificar que aquel nombre tan sonoro --Ginés S. Cutillas-- no era un seudónimo, sino su nombre real.

Ginés S. Cutillas. Siempre me ha intrigado ese nombre (me lo imagino impreso en doradas letras góticas en una ribeteada tarjeta de presentación). La vida es Ginés, y la literatura, Cutillas. Desde Cervantes ya se sabe que Ginés es un nombre marcado por la huida, un nombre para andarse metido en problemas. Y Cutillas es el olor a tinta de las máquinas de escribir. Todo escritor que tenga cierta edad y viva en Granada recordará aquella diminuta tienda de repuestos mecanográficos que había al lado de Plaza Nueva y que sobrevivió hasta mediados los años noventa. Cutillas simbolizaba los dedos manchados de sombra de principiante, el papel carbón entre los folios, el ruido del rodillo al girar, el tableteo de la Olivetti o la Olympia míticas. Todo el que escribía novelas, cuentos y poemas acababa yendo allí a que le engrasaran la fantasía. De modo que Ginés es la vida y Cutillas la literatura. Pero ¿y la S? ¿Qué significa? Ginés nunca lo ha aclarado. Sánchez no es. Ha recibido, me consta, intimidantes presiones de su editor para que elimine esa rancia letra mayúscula, esa mayúscula como de escritor de best sellers o de millonario norteamericano de los años cuarenta. Pero él se aferra a su S, y hace bien.

Porque sospecho que, por el tobogán de la S, Ginés y Cutillas se intercambian información. Con ella fabrica su literatura. Si le quitas la S Ginés no podrá escribir. La S es un umbral.

Me explico. Ginés inventa historias todo el tiempo. Las piensa en forma de microrrelatos. Pertenece a esa hornada de nuevos narradores familiarizados tanto con la literatura como con la tecnología (es informático de profesión) que escriben a partir de los paradigmas textuales inaugurados por la era digital, la red, los blogs, el entorno 2.0, y que son capaces de sacarse de la manga un libro de minificciones como si fuese la cosa más normal del mundo. Vas por la calle con él y de pronto se queda mirando un semáforo. Te das cuenta de que una idea acaba de deslizarse por el corredor de la S entre Ginés y Cutillas, y entonces le brota el cuento como a aquel personaje de Cortázar le brotaban los conejitos (y que acaba igual de quebrantado, por cierto, que el protagonista escritor de "Simbiosis", uno de los microrrelatos metaficcionales del libro). Ginés tiene tan interiorizados los mecanismos del género que las historias le surgen ya con sus comienzos in media res, con sus finales sorpresa, con la elisión o aceleración de los transcursos narrativos, cada escena fraguada en su totalidad instantánea. Fue así como a Ginés le brotó un koala.

El koala es un animal inofensivo y tierno, absurdo pero no amenazante. Su aparición en el armario simboliza la irrupción de lo desconocido. La metáfora del koala conforma uno de los sentidos internos del libro. Es un desdoblamiento, quizá una proyección del narrador, la parte oscura que ha dejado de ser un fantasma y se ha materializado en el lugar donde se guarda la ropa, el lugar más cotidiano y a la vez más propenso al misterio. El koala es el otro lado de las cosas, la parte animal, lo inconsciente. Pero el narrador no le tiene miedo. No se hace preguntas. Convive sin alterarse con el animal. Hace como que no lo ve. No muestra inquietud ni extrañeza, sino una tranquila aceptación de lo que podría ser su doble, en esa nueva realidad creada por el encuentro de dos mundos distantes.

Para que el koala se aparezca ha tenido que cruzar un umbral. Si hay una estructura que recorre como una raspa todos los microrrelatos de este libro es la idea del umbral. Cuando uno se fija bien, resulta que en todos ellos hay uno. A veces el umbral lo es en sentido negativo, y entonces se convierte en puerta infranqueable, muro, obstáculo que hay que apartar o que hay que romper. El umbral como barrera y no como salida. Esto sucede en los microrrelatos que tratan precisamente de la relación entre hombres y mujeres, los de tono más sombrío de todo el libro.

Pero la mayoría de las veces no hay trauma, y es aquí donde el estilo Cutillas adquiere su frescura característica, su blancura casi naif. El umbral es frontera, límite, gozne, raya facilitadora, río invisible que permite cruzar al otro lado. De ahí el espejo, el doble, las estructuras binarias, las dicotomías. (Es divertido perseguir las dicotomías, en cada microrrelato hay una, a veces son el paisaje donde tiene lugar la historia, como esa sombra que en "Desconfianza ciega" divide un campo de fútbol en dos mitades y en dos partidos simultáneos; y otras veces son el disparadero de la acción: escritor-personaje, dictador-fusilado, ruido de las musas frente a silencio de las fábricas, ejército frente a hombre solo, vigilia-sueño, cóncavo-convexo...).

Los narradores protagonistas asisten con la mayor naturalidad al advenimiento de lo absurdo, un aparecerse que ni se explica ni se teme, al igual que los personajes de Un perro andaluz tiraban de un piano y un burro podrido con absoluta normalidad. También el lenguaje asiste sin sorpresa ni cambios de tono a los tránsitos entre dimensiones. Y surgen entonces escenas a lo Magritte, los paisajes imposibles de Escher, las matemáticas, la teoría del caos, como en aquella habitación de hotel donde sucede un comportamiento impredecible y aleatorio del tiempo cada vez que se abre la puerta.

Las historias del Koala no tienen lugar en el ámbito de lo extraordinario ni de lo maravilloso, sino en el de lo fantástico. Exploran los conceptos de límite y contigüidad, todo el juego de relaciones entre los mundos de lo posible y lo imposible, igual que los indios amazónicos cruzan a su antojo las fronteras entre los países, porque no las reconocen o porque las perciben como lugar de paso y no como muro. Gracias a la electricidad conductora de la S misteriosa, Ginés pone en pie ficciones que cualquier otro escritor menos imaginativo y más consciente desecharía al primer vistazo. Ginés cree conmovedoramente en sus historias, y eso es algo que captan enseguida sus lectores mas jóvenes. Yo hice una prueba; háganla ustedes también. Di a leer el libro al hijo adolescente de una amiga. La prueba fue un completo éxito. No es nada científico todavía, recién lo estoy investigando, pero intuyo que el Koala funcionaría eficazmente como introductor al género y como estimulador de la lectura de microrrelatos en la enseñanza secundaria. Hay algo en la blanca ternura de sus invenciones y en esa fe cutillesca en la fantasía que conecta bien con el imaginario adolescente. Si hay profesores entre ustedes, anímense a hacer la prueba. Un koala en el armario es literatura juvenil escrita sin intención de serlo. Le pregunté, por cierto, al hijo de mi amiga qué microrrelato le había gustado más. Me contestó que el de aquel loco que vence al ejército más poderoso del mundo trazando una raya en la tierra con un palo de madera.

.

(Un koala en el armario es finalista del premio Setenil al mejor libro de relatos publicado en España en el último año. Rescato el texto con que presenté el libro en Granada, Casa de los Tiros, el 7 de abril de 2010. El Setenil se falla a principios de noviembre. Enhorabuena y suerte.)

.

[ Ginés S. CUTILLAS, Un koala en el armario, Granada, Cuadernos del Vigía, 2010 ]

[ cuadernos del vigía ] [ libros de cuentos ]

.

Compartir

  • Eskup
  • Tuenti
  • Meneame
  • Bitacoras
  • iGoogle
  • My Yahoo
  • My Live

18 May 2010

Un tal Talián

Escrito por: Jesús Ortega el 18 May 2010 - URL Permanente

Las presentaciones de autores noveles suelen llenarse --cuando se llenan-- de amigos y familiares. Es como una primera comunión. Hay que evitar los asientos vacíos, arropar al principiante, en fin. Y siempre aparece un despistado que se cuela en la sala por curiosidad o error. Seguro que por aquí ha asomado alguno. Esos desconocidos no habrán oído entonces la archiconocida frase que como el escapulario de una abuela protege a Ángel Talián desde tiempo inmemorial:

Este niño tiene mucho talento.

Este niño vale mucho.

Yo creo que lo peor que se le puede hacer a un muchacho que empieza es dorarle la píldora. Los halagos desestabilizan a todo el que no está seguro de merecerlos. Con Talián no hay problema, porque él ya no es un muchacho y sí está seguro de merecerlos, y porque tiene claras unas cuantas verdades sobre la naturaleza y los problemas del quehacer artístico. Pero es muy común entre principiantes confundir el querer escribir con el querer ser escritor. También lo es confundir vocación y talento. Pero cómo saber si se tiene talento; ah, la cuestión es tan subjetiva y peligrosa que alguien puede vivir engañado para siempre y trabajar duro y publicar muchos libros y morirse sin llegar a saber nunca que no estaba llamado para aquello. Es frecuente tener vocación para algo sin contar con el talento y viceversa. Y es fácil confundir deseo con vocación (Monterroso).

En La conciencia de Zeno hay una irónica historia sobre las engañifas de la voluntad, el deseo y el destino. Zeno va todas las tardes de visita a la casa del socio con el que ha montado su empresa. El socio tiene tres hijas casaderas, Ada, Alberta y Augusta. Ada es la más guapa, Augusta la más fea. Zeno se enamora de la guapa --que lo desprecia-- y rechaza a las otras dos, sobre todo a Augusta, la fea, que lo ama en secreto. Ada le produce a Zeno timidez, miedo y torpeza, mientras que ante Augusta, con la que no pretende nada, se explaya sin reservas. Por fin encuentra la oportunidad de declararse en una de las sesiones de espiritismo a las que la familia y los amigos del socio son tan aficionados. Se sientan en torno a la mesa para invocar al fantasma. Se apagan las luces. Entonces Zeno aprovecha el amparo de la oscuridad y le declara su amor a Ada, y cuando las luces se encienden resulta que no era la bella Ada ni la indiferente Alberta sino la fea Augusta la que estaba sentada a su lado, colorada como un tomate. La declaración tiene consecuencias. Zeno y Augusta se casan. Al poco tiempo él se da cuenta de que es feliz, inmensamente feliz junto a ella, y que nunca lo hubiera sido ni con Ada --la primera opción-- ni con Alberta --la segunda--, y no tiene más remedio que celebrar la debilidad de su voluntad y la ceguera de sus "auténticos" deseos.

[...]

La historia de Zeno me recuerda, por contraste, otra historia ejemplar [...] Ángel Talián todavía se llamaba Miguel Ángel Rodríguez, tenía dieciséis años y un férreo destino como brillante-hombre-de-ciencia. [...] De pronto se topó con uno de esos concursos de poesía fraudulentos que pululan por Internet. El muchacho acababa de leer Mi primer bikini, de Elena Medel, sin duda una mala influencia, y se dijo lo que se dicen todos los protoescritores cuando los atraviesa la flecha de la imitación, el primer impulso mimético: ¿y yo por qué no? De modo que Talián escribió un poema llamado "Servilletas de papel maché", texto hoy inencontrable para la ciencia filológica. Los del concurso le escribieron diciéndole que había quedado entre los finalistas, que le publicarían el poema en un libro y que tenía grandes posibilidades de ganar el primer premio. A Talián le pareció todo tan verosímil que se lo creyó. La embriaguez del éxito prematuro --refrendo de su deseo y de su valía-- disparó su imaginación, mientras le crecía ese alien llamado vocación literaria. La ilusión duró unas horas, hasta que los adultos le hicieron ver la verdad. El concurso era un timo para sacarles los cuartos a los incautos, una especie de empresa de autopublicación inducida en la que el talento se repartía como maná entre todos los participantes sin excepción, pues todos resultaban ganadores, escribieran lo que escribiesen, y todos debían pagar unos euros si querían verse publicados.

Es una buena historia, ¿no crees?

A veces es falso el mapa, pero verdadero el tesoro.

Porque a partir de entonces Talián ya no paró. [...] Podría haberse olvidado del asunto, podría haberse acomplejado o intimidado. Las vocaciones artísticas están llenas de salmones que no logran remontar el río. Pero él perseveró. De la poesía pasó al teatro y del teatro a la narrativa. Trabajó duro. Abandonó Madrid y su rutilante carrera de físicas (donde llegó a sacar matrículas de honor) y arribó a Granada porque le parecía una ciudad hippie y barata, y porque admiraba a poetas como Neuman, Espejo o Melgarejo. Llegó desnudo y sin un duro, como se suele decir, armado de su solo y dichoso talento.

Nueve años más tarde a Talián le dan otro premio, esta vez de verdad, el Premio Federico García Lorca de cuento, origen de este libro tan pulcramente editado por Point de Lunettes.

Y fin de la historia. Decía Auden que el indicio de que un principiante tiene talento es su preferencia por jugar con las palabras, en vez de la originalidad. Los cuentos de With or Without you demuestran el talento de su autor. Su originalidad es formal. En ellos no hay autoconfesión ni búsquedas existenciales. Lo que hay es una evidente ambición textual (lo que Auden llama jugar con las palabras), un sentido muy concreto y a la vez muy complejo de lo compositivo textual. Talián muestra puzles de personajes, de escenarios, de atmósferas, de voces. Sus cuentos carecen de lo que convencionalmente llamamos tensión narrativa, o al menos del tipo habitual de tensión asociada al género narrativo breve (la sensación de inminencia). Yo más que de tensión hablaría de experimentación. Sus cuentos no pertenecen ni a la escuela de Poe ni a la de Chéjov-Carver. Ni están construidos a partir de un efecto único y premeditado hacia el que todo fluye inexorablemente, ni presentan trozos de vida con sus finales flotantes, tristes, secos, cínicos o melancólicos (según el tipo de realismo que se profese). Hay que leerlos despacio, con una atenta actitud lectora, parecida a la que exige la poesía, y entonces encontraremos collages de cartas, discursos, monólogos, aforismos, falsas biografías, ensayos sobre arte, breves introspecciones líricas. Textos constructivistas, a lo Ródchenko o Torres García. Cuentos-mecano, cuentos-laberinto, cuentos-montaje. El montaje del director. Todo está fragmentado, descompuesto y vuelto a componer en planos de una extraña simultaneidad donde lo que lucen son más bien las junturas, los bordes, las conexiones. Los personajes se buscan a sí mismos no en el interior de su alma sino en leves indicios externos, no en ninguna verdad íntima sino en las historias inconexas que otros cuentan, en el filo de una mirada, en las huellas de vida que deja en nuestro salón la empleada del hogar a la que nunca vemos la cara. Palimpsestos de un relato roto que hay que reconstruir.

Creo, pero es una suposición, que los relatos de Ángel Talián están fuertemente influidos por su formación como actor y director teatral. Por esa escuela de collages textuales que son Angélica Liddell, Sara Molina, Mónica Francés o Rodrigo García. No sé qué te parecerá esta apreciación. Bueno, ahora lo dirás.

Háganse con un ejemplar de este libro, valdrá un dinerito en unos años. Luego no dirán que no les advertí. Porque Talián tiene talento. Todo el mundo lo dice. Aunque el talento no exista, o no sea más que una aleación de insolencia, esfuerzo y buena suerte, una superstición como tantas.

Y cuando quieras, amigo.

. . .

[Fragmento de la presentación de With or without you, de Ángel Talián. Feria del Libro de Granada, 21 de abril de 2010]

. . .

Miguel Ángel Rodríguez (Ángel Talián) nació en Madrid en 1985. Estudió Filología Hispánica en la Universidad de Granada. Trabaja como actor, profesor y director de teatro.

.
.
[ ÁNGEL TALIÁN, With or without you
, Sevilla, Point de Lunettes, 2010 ]

.

[ libros de cuentos ] [ contemporáneos ]

.

Compartir

  • Eskup
  • Tuenti
  • Meneame
  • Bitacoras
  • iGoogle
  • My Yahoo
  • My Live

14 May 2010

Siglo XXI en Granada

Escrito por: Jesús Ortega el 14 May 2010 - URL Permanente

Fragmentos de "Relatos para un nuevo siglo", prólogo de Gemma Pellicer y Fernando Valls a Siglo XXI. Los nuevos nombres del cuento español actual:

[...] Nos encontramos ante dos tipos de escritores, sin que falten diversas variantes intermedias: estarían aquellos que parten de una trama pensada de antemano, a la que le atribuyen forma y ribetes durante el proceso de escritura, y quienes improvisan sobre la marcha y encuentran la historia y las palabras precisas en el acto mismo de composición. Y, sin embargo, importan, al fin y a la postre, los resultados, cómo crean su mundo y de qué mecanismos se valen para descifrar la realidad. No en balde, el escritor necesita comprometerse con la lengua explorando su potencial, a fin de adecuarla en lo posible a su relato, al ritmo y la atmósfera requerida.

[...]

Esta ha debido de ser la primera hornada de narradores españoles que, al menos en parte, se ha formado al calor de los talleres literarios, donde unos pocos han acabado ejerciendo de profesores como otra manera de ganarse la vida vinculada a la escritura. Pero, además, se trata de los primeros que se valen de las bitácoras para dar a conocer sus textos, mantenerse en contacto con los lectores y apostar por el desarrollo y afianzamiento del género. No menos relevancia han adquirido los premios (generación de la plica, la ha denominado Juan Carlos Márquez) como una forma de obtener algún beneficio económico, dar a conocer su obra y hacerse un nombre [...]

¿Cuáles serían, por tanto, los principales retos de la narrativa breve en este nuevo siglo? [...] en especial, que los autores conciban su obra como un proyecto a largo plazo, al margen del éxito inmediato y la moda del día...

[...]

.

Hoy participo en la presentación de Siglo XXI en Granada (19,30 h, Librería Picasso). Con Fernando Valls, Irene Jiménez, Andrés Neuman, Ángel Olgoso, Manuel Moyano, Pepe Cervera y Miguel Ángel Muñoz.

.

[ Gemma PELLICER y Fernando VALLS, Siglo XXI. Los nuevos nombres del cuento español actual, Palencia, Menoscuarto, 2010 ]

.

[ libros de cuentos ]

.

Compartir

  • Eskup
  • Tuenti
  • Meneame
  • Bitacoras
  • iGoogle
  • My Yahoo
  • My Live

03 May 2010

Siglo XXI. Los nuevos nombres del cuento español actual

Escrito por: Jesús Ortega el 03 May 2010 - URL Permanente

La editorial Menoscuarto acaba de publicar, en edición de Fernando Valls y Gemma Pellicer, Siglo XXI. Los nuevos nombres del cuento español actual.

La antología incluye cuentos de Pilar Adón, Pablo Andrés Escapa, Jon Bilbao, Ernesto Calabuig, Matías Candeira, Carlos Castán, Cristina Cerrada, Pepe Cervera, Fernando Clemot, Óscar Esquivias, Patricia Esteban Erlés, Ignacio Ferrando, Víctor García Antón, Esther García Llovet, Daniel Gascón, Cristina Grande, Ismael Grasa, Irene Jiménez, Juan Carlos Márquez, Berta Marsé, Ricardo Menéndez Salmón, Lara Moreno, Manuel Moyano, Miguel Ángel Muñoz, Juan Jacinto Muñoz Rengel, Hipólito G. Navarro, Elvira Navarro, Andrés Neuman, Ángel Olgoso, Jesús Ortega, Julián Rodríguez, Javier Sáez de Ibarra, Miguel Serrano Larraz, Berta Vias Mahou y Ángel Zapata.

Participo con "El zurdo", publicado en El clavo en la pared (Cuadernos del Vigía, 2007), y una breve poética de la que os transcribo un fragmento:

[...]

Es difícil saber qué es un buen relato, pero a veces --de forma misteriosa-- uno lo reconoce cuando se lo encuentra. A los relatos les pasa como a los poemas, que o son muy buenos o no son. Para tratar de averiguar algo sobre su naturaleza he tenido a mi favor el haber sentido una fuerte curiosidad, en la vida y en la literatura. Siempre me han atraído los otros. Por eso he disfrutado tanto de escritores distantes, de tradiciones que he percibido como ajenas. Kafka, Borges, Buzzatti, Arlt, Pere Calders, Fernández Cubas, Clarice Lispector, Dinesen, Cunqueiro, Kawabata, Arreola, Bruno Schulz, qué se yo. Por la misma razón no he dejado nunca de apreciar los textos-juego, los argumentos ingeniosos, los finales con truco, las pirotecnias verbales e imaginativas, la creación de universos imposibles. Aunque la mejor manera de tratar de saber qué son los relatos consiste en escribirlos. Descubrí entonces que prefería contar historias tristes de forma ligera. Tratar sencillamente de conmover. Hurgar en las heridas compartidas, pues es en las heridas donde cicatrizan las mejores historias. La felicidad no escribe. La narración es una forma de conocimiento. Y vi --pero después-- que muchos de mis personajes se enfrentaban a dilemas morales, a decisiones cuyas consecuencias no acababan de entender, a encrucijadas que los iban a marcar. Las historias de mis cuentos tenían lugar en el momento de la herida o algo más tarde, cuando ya no había remedio y todo era sufrir sus consecuencias en forma de miedos, errores, violencias, silencios, perplejidades.

Admiro el famoso mecanismo de relojería, pero no creo que sea imprescindible en un cuento. Hay cuentos digresivos e imperfectos que son maravillosos. También niego, frente a lo que se ha dicho tantas veces, que haya que conocer el final del cuento que se está escribiendo, saber exactamente adónde se va. No es esa mi experiencia. A menudo he arrancado a partir de una imagen, de la semilla de una historia y nada más. Escribir es ir descubriendo lo que se quiere decir, dijo Max Aub.

[...]

.

[ Gemma PELLICER Y Fernando VALLS (eds.), Siglo XXI. Los nuevos nombres del cuento español actual, Palencia, Menoscuarto, 2010 ]

.

[ libros de cuentos ] [ fragmentos de una poética invisible ]

.

Compartir

  • Eskup
  • Tuenti
  • Meneame
  • Bitacoras
  • iGoogle
  • My Yahoo
  • My Live

18 Nov 2009

Mi Sherwood Anderson

Escrito por: Jesús Ortega el 18 Nov 2009 - URL Permanente

1
Con la feliz publicación de los Cuentos reunidos de Sherwood Anderson (Lumen, 2009), nuestro saturado mercado editorial está un poco mejor provisto de clásicos de la narrativa breve norteamericana. Tras décadas de hambre y penurias (en realidad, casi todo el siglo XX) en las que no había otra cosa que echarse a la boca que malas traducciones y textos dispersos en antologías inencontrables, aquel áspero páramo empieza a trocarse en suave maná de ediciones decentes de cuentísticas completas, o casi: Scott Fitzgerald (Alfaguara, 1997), Dorothy Parker (Lumen, 2003), Saul Bellow (Alfaguara, 2003), Truman Capote (Anagrama, 2004), Flannery O'Connor (Lumen, 2005), Ernest Hemingway (Lumen, 2007), Carson McCullers (Seix Barral, 2007), Katherine Ann Porter (Lumen, 2007), Eudora Welty (Lumen, 2009).
.

2
¿Queréis aprender a escribir cuentos? Leed a Sherwood Anderson. Richard Ford, Faulkner, Saroyan y --por supuesto-- Hemingway lo hicieron. Pero como nos faltaron traducciones, llegamos a creer que había sido Hemingway el creador ex nihilo del cuento moderno norteamericano. En absoluto: detrás de su concentrada expresividad, detrás de sus elipsis y su despojamiento acechan las enseñanzas del viejo maestro Anderson: el antiintelectualismo, la luminosa simplicidad del estilo, su extraordinario oído para captar los ritmos y las respiraciones del lenguaje hablado, la cruda ingenuidad con que se abordan los conflictos, la manera sana y vital de entender la narración.
.

3
La traducción de Vicenç Tuset es impecable, igual que su prólogo: me pregunto si esa cristalina limpieza y fluidez de la prosa del Anderson traducido traducirá a su vez la del Anderson original sin añadirle ni quitarle nada. No sé. Mi fantasía es que el Anderson original quizá podría resultar algo menos pulcro y algo más expresivo (o más rancio).
.

4
Miro fotografías de Sherwood Anderson: un Walt Disney triste, un John Steinbeck sin apostura, un Theodore Dreiser autodidacto y un poco chabacano. Cuando ríe se acentúa su carácter filisteo, como de vendedor de crecepelos enriquecido con el incansable deambular por los poblachones del Medio Oeste. Si aparece serio, refulge su enorme inteligencia de ojos apretados y escrutadores, pero también algo de su resentimiento, una turbiedad como de estar pensando en otras cosas, cosas suyas, todo el oscuro venero de sus mejores relatos.
.

5
Siempre me ha fascinado la muerte de Sherwood Anderson, contrapunto burlón de sus existenciales desvelos en vida: se tragó un palillo de dientes mientras hacía un crucero por Panamá. El palillo viajó por el interior de su intestino: peritonitis. La suya fue una muerte casi tan estúpida como la de Roland Barthes (atropellado por una furgoneta de reparto en un inofensivo paso de cebra), aunque no tan estrambótica como la de Esquilo (un águila le lanzó desde los cielos una tortuga, confundiendo su calva cabeza con una piedra). Como en uno de sus relatos, la vida de Sherwood Anderson pareció consistir en la pugna por alcanzar cierta clase de problemática dignidad, hasta que de pronto una muerte tan chusca y tan poco noble ponía las cosas en su sitio...
.

6
William Faulkner:
"Vo vivía en Nueva Orleans, trabajando en lo que fuera necesario para ganar un poco de dinero. Conocí a Sherwood Anderson. Por las tardes solíamos caminar por la ciudad y hablar con la gente. Por las noches volvíamos a reunirnos y nos tomábamos una o dos botellas mientras él hablaba y yo escuchaba. Antes del mediodía nunca lo veía. Él estaba encerrado, escribiendo. Al día siguiente volvíamos a hacer lo mismo. Yo decidí que si esa era la vida de un escritor, entonces eso era lo mío y me puse a escribir mi primer libro. Enseguida descubrí que escribir era una ocupación divertida. Incluso me olvidé de que no había visto al señor Anderson durante tres semanas, hasta que tocó a mi puerta --era la primera vez que venía a verme-- y me preguntó: ¿Qué sucede? ¿Está usted enojado conmigo? Le dije que estaba escribiendo un libro. Él dijo: Dios mío, y se fue. Cuando terminé el libro, La paga de los soldadosw, me encontré con la señora Anderson en la calle. Me preguntó cómo iba el libro y le dije que ya lo había terminado. Ella me dijo: Sherwood dice que está dispuesto a hacer un trato con usted. Si usted no le pide que lea los originales, él le dirá a su editor que acepte el libro. Yo le dije: trato hecho. Y así fue como me hice escritor".
.

7
Cesare Pavese:
"Sherwook Anderson ha visto toda la vida de Estados Unidos de la época de Theodore Roosevelt. Sumergido en ella desde su juventud, la ha vivido y sufrido --la ha amado--, y ha procurado zafarse de ella de muchas maneras, hasta el día en que advirtió que desde los años de su infancia, desde el padre holgazán y fabulador, desde la abuela, italiana resuelta, tierra y sangre, bebedora y centenaria, él había sido siempre un fugitivo, un soñador, un hacedor de relatos. Decidió entonces no hacer otra cosa que relatos, su vida, deplorando solamente no ser un cantor de viva voz, y llegó a esta reveladora definición del estilo: todos los esfuerzos del que escribe intentan reproducir los gestos y las expresiones del que narra de viva voz. Y los relatos que escribió son siempre el mismo relato: la historia de quien vive sofocado por el ambiente de Ohio (la provincia, el Medio Oeste), por el ambiente de las fábricas, del puritanismo y de la literatura, y que, o bien siguie hundido allí, o bien consigue librarse, y esta fuga es la imaginación, la libertad interior, la sinceridad".
.

8
Yo añadiría algo más: todos sus cuentos, sus mejores cuentos, surgen de una inadaptación de los narradores (que suelen ser también los protagonistas). Una mengua, una falta, algo (burdo o sutil) que no funciona bien en su mecanismo interior, en sus cuerpos/almas. Los narradores de los cuentos de Anderson son siempre zurdos contrariados, inocentes que han sufrido una violencia en su ser más íntimo y sincero, y que por tanto arrastran una ausencia, una herida que no cicatriza, y eso es lo que los convierte precisamente en narradores, en observadores perplejos de la vida y de sí mismos.
.

9
Lo que menos me gusta de sus cuentos: cuando asoman el lirismo o el simbolismo, cuando asoma alguna admonitoria reflexión sobre los grandes temas de su época, cuando trata de ponerse vanguardista, onírico. Cuando hay subrayados.
.

10
No dejéis de leer un puñado de obras maestras: "Quiero saber por qué", "El huevo", "Soy un idiota", "El hombre que se convirtió en mujer". Todo es sincero en esos narradores protagonistas, lo que dicen, lo que ocultan. Se exponen ante el lector con una ingenuidad conmovedora, ponen delante sus historias epifánicas aunque no sepan exactamente qué es lo que revelan (eso lo dejan al lector). Por ejemplo en "Soy un idiota": el narrador, un Pijoaparte del Medio Oesta rural emigrado a la ciudad, utiliza la mentira con el propósito de acercarse al objeto de su deseo, la chica urbana de clase media, pero lo único que consigue el mecanismo de la mentira es precisamente lo contrario, que la chica se aleje para siempre. Cuento magistral en el uso de la tensión narrativa: toda la tensión está en el anhelo del narrador adolescente de ser otro, alguien grande e importante (alguien que no es ni será). Para compensar lo que cree sus carencias, el narrador empleará una sarta de fatales mentiras que dispararán la tensión del cuento: el lector sabe que aquello no puede acabar bien, y se dispone a ver cómo sucederá.
.

11
Las historias de esos narradores heridos y perplejos se cuentan en oleadas, avanzando en espiral, volviendo una y otra vez sobre lo mismo antes de continuar la progresión hacia el meollo de lo que quieren contar y aún no han contado, con constantes digresiones que nunca aburren sino que fascinan (algo que no pueden aceptar ciertos malos preceptistas del cuento, peste de talleres literarios) como fascinan las historias digresivas de las mil y una noches, con el efecto hipnótico de los buenos narradores orales, esos que vuelven una y otra vez sobre algo que parece que van a contar y no acaban de contar del todo, que hacen decir al escuchador, pero bueno, cuéntalo de una vez, estoy en ascuas, y no lo dejan moverse de la silla ni perder un solo instante la atención, y luego se escapan y acaban contando otra cosa, y esa otra cosa que cuentan puede ser una turbiedad, un ansia, algo quizá oscuramente sexual que no se atreven a nombrar, y que ponen con ingenua delicadeza delante de los lectores para que sean estos quienes se tomen el trabajo de interpretar...
.

12
Y, claro, los cuentos metaliterarios, reflexiones ficcionalizadas sobre la escritura. En "Ciertas cosas perduran" el narrador da vueltas a la obsesión por escribir un libro, y a las mil y una formas en que intenta escribirlo, tantas como rompe lo escrito. Al final llega a la conclusión de que tenía que haberle pasado algo en su vida o no estaría en absoluto obsesionado con escribir ese libro. "A cierta hora de cierto día y en cierto lugar, sucedió algo que cambió el curso entero de mi vida. Lo que hay que hacer es empezar mi libro contando tan claramente como sea posible las aventuras de ese determinado momento".
.

.

.

[ Sherwood ANDERSON, Cuentos reunidos, Barcelona, Lumen, 2009. Traducción y prólogo de Vicenç Tuset ]

.

[ libros de cuentos ] [ fragmentos de una poética invisible ]

.

Compartir

  • Eskup
  • Tuenti
  • Meneame
  • Bitacoras
  • iGoogle
  • My Yahoo
  • My Live

20 Feb 2009

Borges, Mercedes Abad, la originalidad y media docena de robos

Escrito por: Jesús Ortega el 20 Feb 2009 - URL Permanente

Es sabido que Borges no creía en la originalidad. Borges creía que escribir es igual a transcribir y que escritor es igual a copista. Que la literatura es un gran palimpsesto, un mosaico de citas en el que los autores y las obras se han ido construyendo a partir de los autores y las obras precedentes. La idea moderna de la originalidad artística es un fraude. El amanuense (el escritor) nunca crea ex nihilo sino que manipula un relato transmitido; lo refracta a través del prisma de su visión y de su idiosincrasia. "Esto es", dice Edna Aizenberg en su estupendo El tejedor del Aleph, "lo que podría llamarse originalidad en Borges: la refracción, intensificación y tergiversación de lo dado".

Hay un cuento archifamoso que lleva al límite esta idea, "Pierre Menard, autor del Quijote". Todos lo conocéis. Por eso traigo aquí otro quizá no tan citado, una hilarante delicia llamada "Homenaje a César Paladión", perteneciente a las Crónicas de Bustos Domecq (1967) que Borges escribió junto con Bioy Casares. El cuento, como tantos otros de su producción, adopta la forma de ensayo literario, más bien una jocosa nota bio-bibliográfica en la que nos enteramos de que, siendo cónsul argentino en Ginebra, Paladión publicó en 1910 un libro titulado Los parques abandonados, exactamente igual y de idéntico título al que el poeta uruguayo Julio Herrera y Reissig había publicado dos años antes. Un plumífero acusó a Paladión de plagio, pero nadie hizo caso a la extraña denuncia y nuestro héroe pudo seguir imperturbable su carrera: entre 1911 y 1919, sus mejores años, publicó obras tan relevantes como El sabueso de los Baskerville, De los Apeninos a los Andes, La cabaña del tío Tom, Fabiola o Las geórgicas. "La muerte lo sorprende en plena labor; según el testimonio de sus íntimos, tenía en avanzada preparación el Evangelio según San Lucas, obra de corte bíblico, de la que no ha quedado borrador y cuya lectura hubiera sido interesantísima".

Paladión amplió la idea clásica de la cita ajena como fertilizadora de la obra propia. Y lo hizo hasta límites no conocidos. Llegó a la osadía de escribir sus libros no a partir de una frase o una palabra (como los Cantos de Pound a partir de la Odisea, por ejemplo), sino a partir de una obra entera, "sin quitar ni agregar una sola coma, norma a la que siempre fue fiel [...] Desde aquel momento, Paladión entra en la tarea, que nadie acometiera hasta entonces, de bucear en lo profundo de su alma y de publicar libros que la expresaran, sin recargar el ya abrumador corpus bibliográfico o incurrir en la fácil vanidad de escribir una sola línea".

La fácil vanidad de escribir una sola línea. Hacer propios los libros de otros que expresen mi alma. Lo que desde el romanticismo se llamó plagio. Pues resulta que Mercedes Abad acaba de publicar un interesante libro de cuentos construido paródicamente a partir de esta misma idea, que además de en Borges está en una hermosa novela de Tobias Wolff, Vieja escuela.

Dice Mercedes Abad en el prólogo:

"¿No es siempre de otro la paternidad de una idea? ¿Quién puede estar seguro de ser el legítimo propietario de todas sus ideas? Nuestra presunta originalidad ¿es algo más que un espejismo provocado por una supina ignorancia? Cuando yo escribo un cuento, una novela o un poema, ¿cómo puedo estar segura de que no se me ha adelantado nadie? ¿Cómo me atrevo a firmar el cuento o el poema, constituyéndome así en autora, antes de investigar a fondo la suma de todos los manuscritos que alguna vez se escribieron (la mayor parte de los cuales jamás vieron la luz o han sido destruidos u olvidados) para cerciorarme de que nadie se me haya adelantado en algún período de la Historia? ¿No podría suceder que quienes nos proclamamos autores seamos usurpadores? ¿No podría ser que quien repite una obra preexistente enriquezca y mejore el original? [...] Si admitimos que un relato escrito por otra persona puede retratarnos de forma más íntima y reveladora que aquellos que escribimos nosotros (y que por esa misma razón nos pertenecen quizá más que los que han salido de nuestra propia mente), ¿no es hasta cierto punto lícito el robo de relatos ajenos? ¿No deberíamos defender y saludar esa clase de robo como una forma nueva de arte?"

Tengo Media docena de robos y un par de mentiras entre mis manos. Cada cuento está construido plagiando, dice Abad, el cuento de otro. Estoy empezando a disfrutar de sus apropiaciones indebidas. A mí me resulta todo muy original. La reseña completa, otro día.

.

[ Mercedes ABAD, Media docena de robos y un par de mentiras, Madrid, Alfaguara, 2009 ]

[ Jorge Luis BORGES, "Homenaje a César Paladión", en Obras completas en colaboración, Barcelona, Emecé, 1997 ]

[ Edna AIZENBERG, El tejedor del Aleph. Biblia, Kabala y judaísmo en Borges, Madrid, Altalena, 1986 ]

.

[ fragmentos de una poética invisible ] [ notas de lectura ] [ libros de cuentos ]

Compartir

  • Eskup
  • Tuenti
  • Meneame
  • Bitacoras
  • iGoogle
  • My Yahoo
  • My Live

04 Feb 2009

Gabinete de monstruos de Cristina Gálvez

Escrito por: Jesús Ortega el 04 Feb 2009 - URL Permanente

Cristina Gálvez pertenece, junto a Jorge Rubio, Miguel Ángel Zapata, Cristina García Morales, Miguel Ángel Cáliz, José María y Ernesto Pérez Zúñiga, Pilar Mañas, Alejandro Pedregosa, Alfonso Salazar, Pepa Merlo, Elena Sanjuanbenito, José Cruz, José Manuel Motos, Cristina Monteoliva, Valeria Tittarelli, Pablo Gijón, Miguel Ángel Fernández Madrid, Olalla Castro o Ginés Cutillas a la generación de narradores y cuentistas que ha estallado en los últimos años en el panorama literario granadino. Si Granada fue siempre ciudad de poetas, ahora puede decirse que ya es también ciudad de narradores. De narradores breves.

La revitalización del género cuentístico se ha extendido mal que bien por todo el país, al calor de Internet y de algunas editoriales que se han animado a cuidar comercialmente el cuento. Sin ser ajena a este proceso general, Granada ha desarrollado en torno al relato su particular movida, con características y resultados propios, que tienen que ver con su consolidada tradición literaria, hasta convertirse en uno de los lugares donde más intensa ha sido esta explosión de cuentos. Además de ser la ciudad donde nacieron Guillermo Busutil y Ángel Olgoso, es el teatro de operaciones de Andrés Neuman, donde ha desplegado su magisterio y escrito toda su obra, y donde preparó -con la complicidad de Juan Casamayor, editor comprometido con la causa- ese cóctel molotov llamado Pequeñas resistencias. Antología del nuevo cuento español (2002), el Castellet del relato breve de principios de siglo. Iniciativas como los premios García Lorca de la UGR, la atención que presta al cuento el diario Ideal, el proyecto de fomento de la lectura "Relatos para leer en el autobús" o los talleres "30 horas de relato breve" promovidos desde 2002 por el tándem Miguel Ángel Arcas-Andrés Neuman, son algunos ejemplos de la agitación que ha producido este movimiento. Y las editoriales. Si es raro hallarlas con dedicación sostenida al cuento, más raro aún es encontrar dos de esta laya en una misma ciudad, como es el caso granadino de Traspiés (Miguel Ángel Cáliz) y Cuadernos del Vigía (Arcas). Es Traspiés la que acaba de publicar Monstruos cotidianos, el nuevo libro de Cristina Gálvez.

El título resume bien lo que el lector se encontrará al abrir sus páginas: unos jóvenes chabolistas compran un sintetizador con el que tratan de tocar "Bésame mucho" en el metro; una pareja intercambia verdades e imposturas y los roles de verdugo y víctima bajo el fuego graneado de lo que Roland Barthes llamó "la escena amorosa"; un irritante cronopio se acerca peligrosamente a los hijos de sus amigos y es apartado de ellos; una treinteañera desgrana, en los velatorios reales a los que acude, su propio catálogo íntimo de muertes imperceptibles (trabajos, novios, proyectos, sentimientos); una chica memoriosa comienza a perder su prodigioso don hasta olvidarlo todo y no tener más que presente; un marido deja de ser el que era -un hombre conocido y tranquilizador- para convertirse en mono; un sastre se enamora delicada e imperceptiblemente de su cliente...

Los problemas de pareja, los desencuentros inevitables en la comunicación con los demás, ciertas metamorfosis que lindan con (o incurren en) lo fantástico, el catálogo de máscaras, desestabilizaciones, ambigüedades o incertezas que tienen que ver con el problema de la identidad, la difícil experiencia de sentirse raro e inadaptado son algunos de los temas de fondo que asoman a lo largo del libro. Los monstruos escondidos en la cotidianidad o la cotidianidad como algo suavemente monstruoso.

La escritura es tersa, limpia, liviana, bienhumorada. Los cuentos carecen de prestidigitaciones, la trama es muy ligera, los argumentos no ocultan pliegues tramposos ni sorpresas ni juegos espectaculares y suceden más en las mentes de los narradores (sujetos frágiles, problematizados, llenos de dudas y contradicciones) que en los propios hechos narrados.

El último cuento, "La cotidianeidad de los monstruos", condensa quizá lo mejor del libro. La narradora arrastra consigo durante toda su vida un pequeño monstruo secreto de grueso pelaje que corretea por los pasillos, se frota en los muebles, agita su parda cola y sólo ella ve. No sabemos qué es, de dónde viene, qué significa; no tiene nombre ni aspecto definido; quizá es una invención de la protagonista, como los fantasmas que creía ver la institutriz del famoso cuento de Henry James. El peludo y esquivo monstruo la acompaña a lo largo de su vida como un doble, como una sombra, como el desdoblamiento corporeizado y bestial de su parte oscura e infantil, la parte secreta, la parte de los sueños y la imaginación que se resiste a desaparecer en medio de la vida cotidiana. Magnífico.

Cristina Gálvez consigue mantener el interés de sus historias sin perder nunca el tono amable y sonriente con que las aborda. Si asoma algún drama se le quita hierro enseguida ("Nada relevante, pero la sensación de pérdida es difícil de disimular", dice uno de los personajes) por el procedimiento de llevarlo a lados blandos y desprovistos de aristas, y si un respetable ciudadano -por ejemplo- resulta esconder en su interior un terrorista, sus sabotajes consistirán en meter cronopiamente azúcar y hormigas en los sobres junto con las papeletas electorales los días de votación. Cosas así. Es la marca del libro: ligereza, falta de solemnidad, buen humor, tono menor, conversacional, íntimo, casi susurrado. Y uno se lleva consigo estos monstruos cotidianos, esta presencia bienhechora, y los coloca en la biblioteca como esos dioses lares que protegen las casas de las maldades humanas. Pues Cristina Gálvez se ha atrevido a desafiar nada menos que a André Gide, y su galería de monstruos y su alegre escritura demuestran algo tan difícil como olvidado: que con buenos sentimientos también se puede hacer buena literatura.

.

(CRISTINA GÁLVEZ, Monstruos cotidianos. Granada, Traspiés, 2008)

.

(Crítica) (Libros de cuentos)

.

Compartir

  • Eskup
  • Tuenti
  • Meneame
  • Bitacoras
  • iGoogle
  • My Yahoo
  • My Live

28 Nov 2008

Relatos para leer en el autobús

Escrito por: Jesús Ortega el 28 Nov 2008 - URL Permanente

Ayer pasaron muchas cosas. Ayer premiaron con el Cervantes a Juan Marsé, un narrador cuya dedicación fundamental a la novela no le ha impedido escribir uno de los mejores cuentos que conozco, "Teniente Bravo". Ayer el también novelista Fernando Aramburu, autor de un excelente libro de cuentos llamado Los peces de la amargura, volvió a salir en defensa pública del género narrativo breve en su Pan de higo, lo que desmiente esos legendarios desdenes que dicen que los novelistas tienen por los cuentistas. Me acordé entonces de Esteban Gutiérrez y de su manifiesto, porque ayer fue un día de acumulación de pruebas celestes de que la promoción y difusión pública del género cuentístico prosigue a buen ritmo. Me refiero a la entrega en Granada del Premio Relatos para leer en el autobús.

Valeria Tittarelli se adelantó a dar la noticia, e incluso incluye en su blog las primeras frases de los cuentos ganadores. Hoy lo publica la prensa local. El premio forma parte del proyecto homónimo Relatos para leer en el autobús, creado por el editor Miguel Ángel Arcas con el objetivo de llevar la narrativa breve al espacio público. El jurado ha estado compuesto por Hipólito G. Navarro, Andrés Neuman y Guillermo Busutil. Los ganadores han sido Javier Izcue (Pamplona, 1965), con un cuento titulado "Gettysburg, Zimmerman, dos mil ocho", y Juan Salido-Vico (Badalona, 1975), con "La boca del lobo". Los he leído, son dos cuentos excelentes. Se han editado en formato librito de 24 páginas con diseño de Francis Requena, se ha hecho una tirada de 12.000 ejemplares en edición no venal y se repartirán por todos los autobuses urbanos de la ciudad de Granada.

Relatos para leer en el autobús -una iniciativa de la editorial Cuadernos del Vigía que no hubiera sido posible sin el patrocinio de diversas entidades públicas y privadas- ha tenido tres ediciones hasta ahora, y en estos años ha llevado gratuitamente a los usuarios del transporte público de las ciudades de Málaga, Córdoba y Granada cientos de miles de ejemplares de cuentos de algunos de los mejores cultivadores del género. Han colaborado con la idea autores como Luis Mateo Díez, José María Merino, Esther Tusquets, Ana María Moix, Andrés Neuman, Antonio Soler, Ignacio Martínez de Pisón, Eloy Tizón, Mercedes Abad, Care Santos, Ángel Olgoso, Felipe Benítez Reyes, Clara Obligado, Fernando Iwasaki o el mismísimo Francisco Ayala.

Los cuentos desaparecen en días. La gente se ha acostumbrado a subirse al autobús y pedirle un cuento al conductor. El cuento del mes. Luego se reúnen o se reunirán todos en un libro. ¿No es esta iniciativa -en su modestia y con sus limitaciones- una buena manera de promoción pública de la lectura, y de contribución al gusto por la lectura de cuentos?

Compartir

  • Eskup
  • Tuenti
  • Meneame
  • Bitacoras
  • iGoogle
  • My Yahoo
  • My Live

Sobre este blog

Avatar de Jesús Ortega

El clavo en la pared

Jesús Ortega (Melilla, 1968) es autor de los libros de cuentos "El clavo en la pared" (Cuadernos del Vigía, 2007) y "Calle Aristóteles" (Cuadernos del Vigía, 2011), y está incluido en las antologías "Siglo XXI. Los nuevos nombres del cuento español actual" (Menoscuarto, 2010) y "Pequeñas resistencias 5. Antología del nuevo cuento español" (Páginas de Espuma, 2010).
.
.

ver perfil »

Ídolos

  • Angel Pasos
  • daneel-olivaww
  • Ángeles Mastretta
  • johnmanuel
  • Ángeles Mastretta

Suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):