21 Sep 2009
Corrector, traidor
Hay buenos narradores que no pasan de escritores mediocres, del mismo modo que hay excelentes inventores de historias que a la vez son prosistas pésimos. Y qué más da, dijo Roberto. Para eso están los correctores. Pobres correctores. Deberían dejar de ser esos invisibles y vergonzantes pulidores del estilo a sueldo de las editoriales, salir del armario, reivindicar su importancia, ¿no creéis?, dijo Marina. En absoluto, dijo Roberto. La narrativa se parece cada vez más al arte conceptual (o al cine, en donde tanta gente interviene, apuntó Reme): lo importante es la idea, que es responsabilidad del autor; luego hay ejecutores de la idea, un equipo de redactores entre los que estaría el propio autor, en pie de igualdad con el corrector.
Corregir es un coñazo, dijo Braulio, escritor perezoso.
Yo estaba escandalizado. Corregir es escribir, casi grité.
Marina estaba de acuerdo conmigo. ¿Os imaginais que encargáramos una mesa al carpintero y que nos la trajera desportillada y con las patas desparejas, porque lo importante es la creación del mueble, ya vendrá luego el corrector con los ajustes? Yo soy el carpintero, oiga, no tengo por qué entregarle una mesa que se asiente perfectamente sobre sus cuatro patas, para eso está el corrector. Y si esto es así, ¿por qué nunca conocemos sus nombres? Hay contadas editoriales que lo incluyan entre los créditos del libro. ¿No será que los correctores ayudan a disimular lo mal que escriben muchos escritores? Será por eso por lo que tantos escritores sienten un indisimulado desdén por la figura del corrector. Porque es el indeseable que les hace saber (o puede hacer saber a otros) que no tienen ni idea de gramática o sintaxis. Los escritores los desprecian, pero se aprovechan de sus servicios. Y luego sus nombres quedan tristemente eliminados, como si toda la operación de editar un libro estuviera llena de secretos.
Eso es, dije, llenando de vino las copas. Los nombres de los correctores debajo del de los autores. En las portadas, no en la página de créditos. Con un cuerpo de letra menor, eso sí. Camilo José Cela, La colmena. Corregida por Pilarín Sánchez. Carmen Laforet, Nada. Corrector: Manolo Pérez.
O algo mejor que eso, dijo Marina. ¿No son los autores los responsables de las obras? Pues que apechuguen. Publicar sus manuscritos tal cual los entreguen a los editores. Nada de afeites. Así escriben, así publican. Sabríamos entonces quiénes saben escribir y quiénes escriben burro con uve o llenan las frases de adverbios terminados en mente.
¿Prohibir a los correctores? Pasaría como con las drogas, se echó a reír Reme. Habría un mercado negro. Los escritores quedarían en secreto con ellos, habría citas en las esquinas, de madrugada, bajo la luz de las farolas: tipos que se sacan de la gabardina un sobre ilegal con el manuscrito corregido...
En eso se ve que la poesía es superior a la prosa, dijo Roberto, que es poeta. ¿Por qué los poetas no necesitan correctores y los narradores sí? ¿Os imagináis un libro que dijera: Luis Cernuda, La realidad y el deseo, corregido por Pepe López, o Carlos Marzal, Ánima mía, corregido por Luisito Pérez?
Nuevas risas. Por los correctores, cantó entonces Marina, copa en alto. Por los correctores, coreamos. Tintinearon las copas.
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[ Microensayos ] [ Fragmentos de una poética invisible ]
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06 Jul 2009
Por qué leer los clásicos
Hablábamos de los clásicos. De los que habíamos leído y de los que no. De los propósitos de tiempo-lectura que pensábamos dedicarles este verano (a Rulfo, Tolstoi, Mansfield, Petrarca, Donne, incluso María de Zayas). Alberto Lara dijo entonces que cada dos o tres veranos se releía El Quijote, que llevaba dieciocho veranos (media vida) con ese ritual, y que cada nueva relectura acababa convirtiéndose en relectura de su propia identidad, pues el Alberto que entraba cada vez en la novela nunca era el mismo, o cada relectura le revelaba aspectos de sí mismo que antes no conocía.
Eso hizo acordarme de aquella idea intimidatoria de Steiner. La idea de que los clásicos nos examinan, nos ponen nota, y que somos nosotros quienes debemos merecernos a los clásicos. "Un clásico de la literatura, de la música, de las artes, de la filosofía -dice Steiner- es para mí una forma significante que nos lee. Es ella quien nos lee, más de lo que nosotros la leemos, escuchamos o percibimos. No existe nada de paradójico, y mucho menos de místico, en esta definición. El clásico nos interroga cada vez que lo abordamos. Desafía nuestros recursos de conciencia e intelecto, de mente y de cuerpo. El clásico nos preguntará: ¿has comprendido? ¿Estás preparado para abordar las cuestiones, las potencialidades del ser transformado y enriquecido que he planteado?"
Brrr. Una idea acojonante para espantar a tus alumnos de los libros, dijo Amparo. Amparo es profesora de instituto, y está preocupada por el hecho de que sean precisamente las lecturas obligatorias de los clásicos los que alejan a la chiquillería de los clásicos (para siempre).
Marina Lozano tomó la palabra y habló de ese ensayo de Italo Calvino, "Por qué leer los clásicos". Aunque lo conocíamos, ninguno lo habíamos leído. Está lleno de felices ideas contadas de manera ligera, tal como Calvino pedía para el próximo milenio, dijo Marina. Es un ensayo en el que parece que se le ve pensar. Empieza a tirar de un determinado hilo, y la libre argumentación va dejando un reguero de definiciones, catorce definiciones distintas y complementarias de eso que llaman "los clásicos". Cada definición matiza o desarrolla la anterior, y una, como lectora, puede elegir la que más le convenga. La primera definición es: "Los clásicos son esos libros de los cuales se suele oír decir: estoy releyendo, y nunca: estoy leyendo..." Qué bueno, ¿no? Entonces Marina se volvió hacia Gerardo: "¿Estás seguro de que este verano vas a releer, y no leer por primera vez Pedro Páramo?" (carcajada general). Calvino es todo finura, como Piglia, prosiguió Marina; por ejemplo, en esa idea suya de que un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir. O en esa otra de que la lectura de un clásico siempre nos sorprende, que siempre será distinto de los prejuicios que sobre él nos hayamos formado, y que cuanto más creamos conocerlo de oídas más nos sorprenderá de leídas. A veces los clásicos no nos enseñan cosas que no sabíamos, sino que descubrimos en ellos cosas que siempre habíamos sabido pero no sabíamos que ellos habían sido los primeros en decir. Y este es uno de los grandes placeres de los clásicos, el placer del descubrimiento de un origen, de una relación, de una pertenencia. Que los clásicos no hay que leerlos por deber, sino por placer (esto ya lo sabíamos). Que hay que leerlos no como reliquias o a la manera historicista, sino desde el presente, interpretándolos y reasumiéndolos desde la posición que cada uno mantiene con respecto al presente (asentimiento general). Y que el ensayo de Calvino terminaba de forma tan brillante como empezó, respondiendo a la pregunta de su título mediante una historia que Cioran contaba de Sócrates. Mientras le preparaban la cicuta, Sócrates aprendía un aria para flauta. "¿De qué te va a servir?", le preguntaron. "Para saberla antes de morir".
Que lo leyéramos, dijo Marina.
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[GEORGE STEINER, Errata. El examen de una vida. Madrid, Siruela, 2000. Traducción de Catalina Martínez Muñoz]
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[ITALO CALVINO, Por qué leer los clásicos. Barcelona, Tusquets, 1997. Traducción de Aurora Bernárdez]
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[Microensayos]
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Sobre este blog
El clavo en la pared
Jesús OrtegaJesús Ortega (Melilla, 1968) es autor del libro de cuentos 'El clavo en la pared', publicado en 2007 por la editorial Cuadernos del Vigía. Un relato suyo está incluido en la recopilación 'Nuevos relatos para leer en el autobús' (2009).
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