03 Jul 2009

Esquirlas: aforismos

Escrito por: Jesús Ortega el 03 Jul 2009 - URL Permanente

1

Imaginación rima con insatisfacción.

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Hay quienes mienten no para ocultar o engañar, sino por entusiasmo narrativo.

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3

Si el cretino no sabe que lo es, ¿qué sabe?

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El sutil ventajismo de la víctima.

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5

¿Y si la verdadera fuerza residiera en la delicadeza?

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Quien se cree inteligente, babea.

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7

La vanidad de dar arruina.

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8

La cortesía, educado disfraz del miedo.

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9

Por la herida supuran las historias.

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10

La duda es más verdad.

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(A Miguel Ángel Arcas)

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01 Jul 2009

Paisajes sonoros. FEX 2009

Escrito por: Jesús Ortega el 01 Jul 2009 - URL Permanente

Él se asustó cuando a ella empezaron a sudarle las manos una tarde en que se besaban en el cine. Le pareció una locura que lo esperase de madrugada a la puerta de su casa, soportando la humillación de verlo venir riéndose y abrazado a otras. Le incomodaba que se hiciera la encontradiza en los bares, que le montara escenas de celos que espantaban a sus amigos. Casi la despreció cuando ella se arrodilló en mitad de la calle –los coches pitando detrás, divertidos o indignados–, jurándole fidelidad eterna (y lo hizo muchas veces, hasta la extenuación). Cuando él dejó de tenerle miedo y le dio el sí, entre curioso y halagado, ella se echaba a llorar cada vez que lo hacían, lo que a todas luces se le antojaba excesivo. Y aunque se fueron a vivir juntos, él siguió contemplando con distancia e ironía sus manifestaciones de pasión, y no perdía oportunidad de martirizarla con sarcasmos, hasta que, cansada o convencida (y no sabrían decir cuándo), ella comenzó a aceptar las ideas de él, a hacer suyos los razonables discursos de él sobre los intereses compartidos de aquello que los unía, de modo que se centró en sus estudios y encontró trabajo, un trabajo exigente que la mantenía lejos de él todo el tiempo, y eligió su propio y exclusivo círculo de amistades, de la misma manera que ya había empezado a elegir la ropa sin consultarle, mientras él iba volviéndose hogareño y sentimental y a menudo se la quedaba mirando en silencio, presa de una extraña ternura, y no había fin de semana en que no le escondiera por algún rincón de la casa alguna sorpresa, algún regalo, algún detalle (él, que nunca hacía esas cosas). En una ocasión ella le anunció que se marchaba de viaje con unos amigos; que le apetecía, y que él no debía poner ningún impedimento. Otro día salió de casa sin darle un beso; al siguiente lo recibió con una mirada distraída. El sentimiento de él se inflamaba con cada nueva manifestación de desapego, y aunque al principio, por abnegación y orgullo, se mantenía callado, no tardó en expresarle su decepción, en aturdirla con letanías de quejas que a ella le resultaban francamente fastidiosas. Ella se alejaba, se alejaba, y él acudía a espiarla en secreto a la salida del trabajo. Una noche le dijo llorando que la necesitaba desesperadamente y ella se echó a reír con una mueca descreída. A la mañana siguiente le dibujó un corazón en el espejo del cuarto de baño con la sangre que le manaba del dedo rebanado, y cuando ella lo miró con asco y miedo y desprecio, él pensó, con el cuchillo todavía en la mano, que el cielo en un infierno cabe, y que todo el sufrimiento del mundo era bien poca cosa comparado con la intensidad de su amor. Y sonrió como un loco.

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(Cuento leído anoche -Aljibe del Rey, Albaicín- dentro del programa "Paisajes sonoros" del FEX 2009, extensión del 58 Festival Internacional de Música y Danza de Granada. "Paisajes sonoros. Diálogos entre las imágenes sonoras y la literatura" es un proyecto de la Asociación del Diente de Oro para el Festival. La asociación nos ha invitado a una serie de poetas y narradores a crear textos a partir de determinadas incitaciones sonoras. Los resultados los ha editado el Festival de Música y Danza en un CDRom (que se entrega al público asistente en las lecturas). Una experiencia interesante. Tres jornadas. Mis compañeros de anoche fueron Juan Andrés García Román, Erika Martínez, Miguel Ángel Arcas, Ángel Talián y Carmen Córdoba. Los resultados textuales, de lo más diverso y estimulante. El paisaje sonoro sobre el que escribí este cuento, "Triste paseo", de Antonio Caba, está aquí)

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(Post dedicado a Marta Badia y Alfonso Salazar: gracias)

11 Jun 2009

Joubert por Luis Eduardo Rivera

Escrito por: Jesús Ortega el 11 Jun 2009 - URL Permanente

1

Es imposible volvernos instruidos si sólo leemos lo que nos gusta.

2

Siempre estamos pidiendo nuevos libros, pero en esos que poseemos desde hace mucho tiempo hay inestimables tesoros de ciencia y de entretenimiento que desconocemos porque hemos decidido privarnos de ellos.

3

Había un cantante callejero que tenía mala voz, pero que lograba cautivar a sus oyentes porque sabía expresarse, porque uno sentía en su canto la emoción y el placer que él mismo se causaba, y se los comunicaba a los demás.

4

Hay que tratar a las lenguas como a los campos; para volverlas fecundas, cuando ya no son nuevas, hay que removerlas desde lo más profundo.

5

Sólo buscando las palabras se encuentran los pensamientos.

6

Para escribir bien se necesita una facilidad natural y una dificultad adquirida.

7

Cuando el abuso del ingenio va en broma, gusta; cuando va en serio, disgusta. En el primer caso, se abusa para los otros; en el segundo, se abusa sólo para uno mismo.

8

Las mentes abiertas aguardan lo que un autor quiere decirles... nunca se precipitan demasiado.

9

Hay que entrar en las ideas de los otros si se quiere sacar provecho de las conversaciones y de los libros.

10

Tres condiciones son necesarias para hacer un buen libro: el talento, el arte y el oficio. Es decir: la naturaleza, la factura y la costumbre.

11

Antes de emplear una palabra hermosa, hazle un sitio.

12

Hay que ser profundos en términos claros y no en términos oscuros.

13

Lo que es dudoso o mediocre necesita del consenso para agradar a su autor; pero lo que es perfecto lleva en sí la convicción de su belleza, de su mérito.

14

Escribiendo demasiado arruinamos nuestro espíritu; no escribiendo, lo oxidamos.

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Evita comprar un libro cerrado.

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El poeta, narrador, ensayista y traductor Luis Eduardo Rivera nació en Ciudad de Guatemala en 1949. Autor de los libros de poemas Servicios ejemplares (México, 1978), la novela Velador de noche, soñador de día (París, 1988) y de la miscelánea El lector ideal (Gijón, Llibros del Pexe, 2004), vive en París desde 1979, donde ha desarrollado una interesante labor como traductor.

Sobre arte y literatura es un compendio temático de una antología más amplia que Rivera tradujo y publicó en México (Aldus, 1996). Aquella antología tenía como base la primera edición de los pensamientos de Joubert, la que realizó su amigo Chateaubriand catorce años después de su muerte. Por tanto, Rivera (que también es responsable del prólogo y la cronología) traduce a un Joubert filtrado por Chateaubriand. La edición, hermosa, limpia, impecable, como todo lo de Periférica (felicidades), se completa con una deliciosa historia ejemplar narrada por Paul Auster, el traductor de Joubert al inglés.

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[JOSEPH JOUBERT, Sobre arte y literatura. Cáceres, Periférica, 2007. Edición y traducción de Luis Eduardo Rivera]

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09 Jun 2009

Aforismos de Joubert: Carlos Pujol

Escrito por: Jesús Ortega el 09 Jun 2009 - URL Permanente

1

Atormentado por la maldita ambición de resumir siempre todo un libro en una página, toda una página en una frase, y esta frase en una palabra. Este soy yo.

2

Cuando se escribe con facilidad siempre se cree tener más talento del que se tiene.

3

Todo lo que es exacto es corto.

4

¿Y la intemperancia de escribir? Esos libros hechos por cháchara, si se me permite la expresión, esas obras charlatanas.

5

¿Por qué decían que no sabe escribir? Claro que sabe escribir, escribe perfectamente. Lo que no sabe es agradar.

6

Obras de arte. El genio las comienza, pero sólo el trabajo las termina.

7

Hacer accesible la sabiduría. Acuñarla en máximas, en proverbios, en sentencias fáciles de recordar y de transmitir.

8

La sabiduría es la fuerza de los débiles.

9

No elevéis lo que es frágil, es decir, no lo expongáis a que caiga.

10

Grandes palabras. Ocupan demasiado la atención.

11

Las ideas exageradas de compasión, de humanidad, conducen a la crueldad. Averiguar cómo.

12

La imaginación ha hecho más descubrimientos que los ojos.

13

Una verdad que oscurece otras no puede ser verdad.

14

Hablan al oído; yo quiero hablar a la memoria.

15

La debilidad que conserva vale más que la fuerza que destruye.

16

La ambición es implacable con todo aquello que no se pone a su servicio. Todo mérito inútil es despreciable a sus ojos.

17

Saber ser modesto y saber ser orgulloso.

18

Cuando se ha encontrado lo que se buscaba, no hay tiempo para decirlo. Entonces hay que morir.

19

Hay que morir siendo amable (si es posible).

20

¡Ay del que se engaña tarde! Ya no se desengañará.

Durante mucho tiempo los aforismos de Joubert fueron para mí los de la edición de Carlos Pujol. Quiero decir, de ese lujo que es el poeta, novelista, ensayista, crítico, editor y traductor Carlos Pujol (Barcelona, 1936). Otro sabio discreto. Un narrador delicioso al que no se le hace justicia. Me pareció natural que Joubert me viniese dado por Pujol, como si hubiese íntimas conexiones espirituales entre ambos. Dice del francés: "No es un ansioso, ni tiene nada de fanático, no se empeña en triunfar, sin duda tampoco cree que sus reflexiones sean absolutamente necesarias para salvar esto o aquello... Aspira a la luz de la verdad, no al resplandor de la propaganda ni al fuego de la acción purificadora. Esta actitud, entre la humildad y la sensatez, entre la ironía y el desprendimiento, es lo que permite que haya tenido supervivencia. Hoy parece mucho más moderno que los románticos, mucho menos contaminado de tics y modas. Incómodo con los philosophes y con los románticos, Joubert no tiene más remedio que ser como es, diferente y personal. Ha envejecido muy bien, quizá porque empezó a envejecer muy pronto, porque la medida de lo que escribe es su intimidad. No depender, o lo menos posible, de lo de fuera, podría ser una fórmula de la eterna juventud".

Estos Pensamientos contienen 616 aforismos extraídos por Pujol de las cartas y cuadernos de notas de Joubert. La ordenación es cronológica (aunque hay un índice temático al final). Completa la edición una breve selección de opiniones sobre el autor francés. Entre otros, Joan Perucho, Lorenzo y Miguel Villalonga, Josep Pla, Eugenio D'Ors, Carles Riba o Elias Canetti.

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[JOSEPH JOUBERT, Pensamientos. Barcelona, Edhasa, 1995. Edición, introducción y traducción de Joseph Joubert.
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08 Jun 2009

El delicado bartleby Joseph Joubert

Escrito por: Jesús Ortega el 08 Jun 2009 - URL Permanente

Mirar el mundo desde un rincón de timidez o desde un alma dolorida o desde una estética ajena a las modas puede ofrecer a cambio la oportunidad de dejar una obra artística relevante. A los tímidos, los inseguros, los delicados, los timoratos, los escrupulosos, los heterodoxos, los rebeldes, los místicos, los perfeccionistas e insatisfechos de toda laya la fortuna los compensa a veces con una rara lucidez de la que carecen quienes que van pisando fuerte. La energía del oportunista se malgasta en astucias, todo ese arduo trabajo del medro que embota la sensibilidad. Luego llega la posteridad con sus compensaciones, y los que en vida triunfaron son borrados de la memoria colectiva, mientras que algunas obras tímidas de artistas tímidos (Joseph Joubert, por ejemplo) obtienen inesperados reconocimientos póstumos, como si hubiesen sido escritas para los lectores de doscientos años después.

Digo a veces, algunos, tal vez. No basta con haber vivido una vida oscura y escrito una obra en los márgenes para que la posteridad automáticamente otorgue su compensación. Ese es un falso mito que circula como consuelo entre los escritores secretos. Querido escritor secreto: si sueñas con la esquiva gloria, tal vez no seas tú de los elegidos. Sospecho que los de verdad buenos son los que se quedan a solas con su arte, siempre, sin rencor, pase lo que pase. Aunque quién sabe.

Las obras completas de Joseph Joubert son sus cartas y los cuadernos de notas que escribió durante cincuenta años. No publicó nada, nunca. No enseñó a casi nadie lo que escribía. Aunque en su juventud hizo algún amago de escribir "libros bonitos", acordes con las modas de la época, muy pronto desistió de la vulgar tarea de terminar (o comenzar) un libro. "Su pasión fue el fragmento, lo conciso, la frase rodeada de silencio" (Juan Malpartida).

No es que a Joubert lo rechazaran los críticos o editores de la época. Es que nunca le dio la gana de publicar. Autor sin libro, escritor sin escritos, como dice Maurice Blanchot en El libro que vendrá (y después parafraseará Vila-Matas en Bartleby y compañía). "Fue uno de los primeros escritores totalmente modernos: nunca escribió un libro. Sólo se preparó a escribir uno..."

Joubert se sabía perezoso, escrupuloso, postergador. No le interesó el éxito social. Fue incapaz de "trabajos largos", estuvo negado para el "discurso continuo". Tuvo una vocación irresistible por el silencio (Thibaudet). Si buscó la verdad fue para poseerla, no para difundirla (Beaunier). A lo sumo para compartirla con unos pocos amigos en paseos y conversaciones. Para ejercer de encantador público hubiera tenido que salir de su vida interior, correr riesgos (Billy), y arriesgarse le daba una pereza invencible.

Además de Chateubriand, su mejor amigo fue un tal Louis de Fontanes, diputado, ministro, senador e incluso poeta, ejemplo eximio de triunfador en vida. Carlos Pujol, en su edición de los Pensamientos de Joubert, lo define así: "Y Fontanes (a quien la posteridad ha olvidado con toda justicia, vengándose así de sus éxitos) resume otros aspectos que Joubert aborrece: el espíritu servil, el arribismo, la oportunidad siempre aprovechada para medrar, la mano izquierda, ese habilísimo don para fingir que uno es alguien y, además, necesario. Fontanes, el triunfador, el figurón del primer Imperio". "A su sombra Joubert se hace aún más retraído, más independiente, más vergonzoso y modesto". Se gustaron, quizá porque los contrarios se atraen y porque era imposible que se hicieran daño: Fontanes tenía cosas que, a su manera, Joubert envidiaba, y Joubert era el amigo perfecto para alguien como Fontanes, pues jamás podría ser su competidor en la arena pública. Pero quien brilló y estuvo atento a la moda ha sido olvidado, como esa vajilla de los aparadores que cría polvo y nunca se usa, y quien escribió para sí mismo al margen de su tiempo ha encontrado tiempo después sus lectores.

Joubert no escribió fáciles y pulidas máximas para hacer brillar su ingenio. No fue un aforista profesional. En su obsesiva búsqueda de la perfección, fue dejando en sus cuadernos retazos, fragmentos, reflexiones finísimas sobre el arte y la vida que empezaron a ser publicadas (en edición reducida y no venal) catorce años después de su muerte. Dejando aparte su platonismo (que no entiendo), me gustan su delicadeza, su ligereza, su sensibilidad, su ausencia de sermones, su capacidad de escucha, su exquisita profundidad en todo lo relativo a los libros, la lectura, la crítica, la escritura.

A la solitaria traducción de Carlos Pujol se han sumado últimamente las de José Antonio Millán Alba, Salustiano Masó, Luis Eduardo Rivera y Manuel Serrat Crespo. Ahora Joubert es algo menos secreto entre nosotros. Cada traducción de sus aforismos contiene matices y aromas propios. Empezamos mañana.

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MAURICE BLANCHOT, "Joubert y el espacio", El libro que vendrá. Caracas, Monte Ávila Editores, 1992. Traducción de Pierre de Place.

ENRIQUE VILA-MATAS, Bartleby y compañía. Barcelona, Anagrama, 2000.

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27 May 2009

Un cuento perfecto de Stratís Tsirkas (y III)

Escrito por: Jesús Ortega el 27 May 2009 - URL Permanente

Stratís Tsirkas es uno de los mejores narradores griegos de posguerra. Incomprensiblemente sus seis libros de cuentos siguen sin traducirse al castellano. Aquí os presento una pequeña obra maestra, un cuento perfecto, uno de los mejores que escribió, en mi opinión mejor incluso que el que Natividad Gálvez tradujo en su estupenda Antología del cuento griego (Alfaguara, 2005). La traducción, inédita, es de Vasilikí Kanelliadou. Final de "Calles difíciles":

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STRATÍS TSIRKAS - CALLES DIFÍCILES (y III)


Era la nuera, la cotorra. ¡Ay, cómo me cayó aquello! Pensé detenerme y abrir la boca. Decir zorras, ¿mendiga yo o vosotras, que lo pedís todo de un hombre? Y les hablaría de las cien liras que él me había sacado. Si tu suegra lleva pañuelo nuevo, y tú zapatos nuevos, y Evangelía zapatillas nuevas y Giorgos, el inútil, corbata de seda, me lo debéis todo a mí, que en Nochevieja llegó y me lo pidió.

Pensé decirlo pero me contuve y seguí caminando, porque si abría la boca las pondría a todas en mi contra. Y me había cansado mucho con las idas y venidas. Llegar a mi casita, mi casita, para descansar. Pero si seguía todo recto me toparía otra vez con Dimitris. Necesitaba sentarme, tomar un vaso de agua.

Fui donde Kula. Sabía que no le iba a gustar mi visita. Había logrado casarse con un chófer chipriota, tenía un niño y esperaba el segundo, la pobre intentaba como fuera olvidar su antigua vida. Pero yo ¿qué otra cosa podía hacer? Sólo le pediría un vaso de agua, me sentaría un momento para descansar y me iría.

Eran cuatro los pisos, con el ático, cinco. La escalera oscura y estrecha, los escalones incómodos, muy altos. Pensé que no iba a aguantar, pero cuando subí me esperaba otra desgracia. No había nadie.

Me apoyé en la terraza y lloré un poco. Me alivió. Alcé la cabeza, vi el sol y el mar. Después miré abajo, al descampado donde se oían voces. Unos niños del barrio jugaban con una pelota. Estaba con ellos uno delgadito, pelirrojo, con una pierna malita y con muleta, no le habían metido en el juego, sólo le dejaban correr para recoger la pelota cuando caía lejos. El pobrecillo corría y levantaba su mano libre y su pierna mala, y alcanzaba la pelota y le daba con su pierna buena y con la muleta, y reía y les miraba. Si se daba cuenta que tardaba, se agachaba y cogía la pelota con la mano y la tiraba. Le daba tanta alegría una cosa tan pequeña.

Aquel niño me dio fuerzas. Volveré a pasarme otra vez, me dije. La última vez. Si está, está; si no, iré directamente a la puertecilla de la iglesa del Profeta Elías y de allí a casa.

Bajé con otro aire. Incluso pensaba que tampoco era para tanto, pasarme tres veces delante de su casa. Si la primera vez la vieja no me había reconocido, entonces eran solo dos veces. ¿Acaso son muchas? ¿No le sucede a nadie pasar por una calle dos y tres veces? Sí, tres son muchas, pero esta sería la última. Me marcharía, y luego podrían decir lo que quisieran. Entonces me puse a rebuscar aquella palabra de su cuñada, lo de la mendiga. Me acordé que no dijo la mendiga que pasa o que rodea. Dijo: que está sentada. Yo no estaba sentada, yo estaba pasando. A lo mejor tienen otra puerta por detrás e igual estaba sentada allí alguna mendiga, vete tú a saber.

El sol se estaba poniendo. Pensaba que si él hubiera ido a las carreras tendría que haber vuelto. Ay, las carreras, qué pasión. Pero yo sabría, yo encontraría la manera de quitarle ese vicio.

Estas cosas pensaba cuando llegué a la esquina de su casa. Las ventanas estaban abiertas pero no se veía a nadie. De repente oí una voz de hombre y mi corazón dio un vuelco. Me acerqué sin darme cuenta y agarré la reja con las manos. Pero no era Stéfanos, era Giorgos, el inútil. Otra vez alubias en domingo, decía, e insultaba. Eh, niño, sal para comprar ouzo. Rápido, ha dicho, con la bicicleta.

Entonces giré para irme, pero por desgracia ¿qué es lo que veo? Todos juntos, su madre, Evangelía, la cuñada y el pequeño habían salido de repente, unos en las ventanas, otros en el balcón, y me miraban. Parece que el pequeño me había visto desde dentro.

No sabía qué hacer. Di la vuelta para irme, pero me confundí y en vez de tirar por la callejuela del Profeta Elías cogí por otro callejón que no sabía adónde llevaba. Y disimulaba, como una cualquiera que camina. La tierra estaba blanda, no se había pisado mucho. Tropecé un par de veces. Y el mareo era tan grande que no sabría decir si oía carcajadas o me pitaban los oídos.

De pronto oigo un ruido detrás. No miro, pero me doy cuenta de cómo una sombra me cae encima, encojo los hombros, siento el polvo levantado llenar mi nariz y veo al pequeño Stéfanos montado en su bicicleta justo delante de mí dentro de una nube. Suelta los frenos y me rodea dando círculos, como hacen en el circo. Detrás se oyen risas y aplausos.

Me volvía loca. Tenía ganas de matarle, al gamberro. Apreté los dientes y aligeré mis pasos. Pero el niño no se iba, seguía con el mismo jueguecito. Y cuanto más avanzaba más se oían las risas.

Me llené de polvo, los dientes me hacían ruido de tanta tierra que estaba tragando, el carmín de los labios me lo había dejado todo en la mano. Sudaba, los ojos me quemaban, la pierna se arrastraba, ay, ay, basta, quería gritar. Hasta llegué a correr.

¿Cómo iba a saber que el gran ridículo estaba por llegar? Cuando levanté la cabeza por un momento vi una tapia delante, tapia a la derecha, tapia a la izquierda. ¡Aquello era un callejón sin salida y yo sin saberlo! Busco alrededor por si hay alguna puerta donde llamar. Nada. Estaba como enterrada viva. Entonces las risas y los gritos subieron hasta el cielo.

Quería caerme en aquella misma esquina y dejar mi llanto salir, quería decirles: iros, dejadme, no quiero nada de vosotros, no pediré nada. Quería haberme muerto.

Pero agaché una vez más la cabeza y eché a andar de vuelta, desesperada, coja, y el pequeño iba y venía y me cortaba el camino y se pavoneaba sobre la bicicleta, y las voces y las carcajadas y los aplausos no pararon en toda la calle y habían salido los vecinos y los transeúntes miraban y reían y no hubo nadie que les dijera qué vergüenza, qué estáis haciendo, y yo pasé y no les dije nada. Sólo tropezaba y caminaba.

Me llevé un disgusto aquella tarde, una amargura...

Y todo el tiempo que yo me torturaba en su barrio, él estaba sentado con Vula en la salita y me esperaban. Había venido, me dijo, para pedirme prestadas cinco liras que debía en las cartas.

(1946)

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Stratís Tsirkas (El Cairo, 1911-Atenas, 1980) era hijo de emigrantes pobres en Oriente Medio. Trabajó de contable. En 1930 conoció a Kavafis, sobre el que escribiría una influyente biografía. Fue poeta, ensayista, novelista, cuentista, traductor de Heine, Schiller, Lowry, Stendhal, Pavese. Desde muy joven fue miembro del Partido Comunista de Grecia. Su obra más conocida es la trilogía novelística Ciudades a la deriva (Akibérnites politíes), sobre la vida de las comunidades griegas en Oriente Medio, traducidas al español en Buenos Aires, Emecé: El círculo en Jerusalén (1975), Ariadna en El Cairo (1976) y El murciélago en Alejandría (1977). El Partido Comunista lo expulsó famosamente ante su negativa a renegar de la trilogía. Durante la dictadura de los coroneles (1967-1973) dejó de publicar en protesta contra la censura y sólo publicó traducciones. Uno de sus libros de poemas se llama Oratorio español, y contiene homenajes a Federico García Lorca.

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[Στρατής Τσίρκας, Τα διηγήματα. Ed. Κέδρος, Atenas, 2001. Traducción de Vasilikí Kanelliadou]

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26 May 2009

Un cuento perfecto de Stratís Tsirkas (II)

Escrito por: Jesús Ortega el 26 May 2009 - URL Permanente

Stratís Tsirkas es uno de los mejores narradores griegos de posguerra. Incomprensiblemente sus seis libros de cuentos siguen sin traducirse al castellano. Aquí os presento una pequeña obra maestra, un cuento perfecto, uno de los mejores que escribió, en mi opinión mejor incluso que el que Natividad Gálvez tradujo en su estupenda Antología del cuento griego (Alfaguara, 2005). La traducción, inédita, es de Vasilikí Kanelliadou. Ahí va la segunda parte de "Calles difíciles" (1946):

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STRATÍS TSIRKAS - CALLES DIFÍCILES (II)

Así, a ratos desesperada, a ratos sonriente, llegué sin darme cuenta a la iglesia del Profeta Elías. Subí los escalones y encendí una vela grande delante de San Esteban. Por si estuviera enfermo. Me santigüé y salí afuera. Atravesé el patio, como me había explicado Vula, y encontré la puerta de atrás medio abierta.

Pero cuando pisé aquella callejuela, empecé a temblar con sudor frío. Como si algo me dijera que iba a salir todo mal. Mi piel, que se había encendido con el sol, ahora se arrugaba. Desde los dos lados de la calle plantas y árboles sobresalían por las tapias de las huertas y se inclinaban. Enredaban como trenzas sus ramas arrugadas y formaban una cámara de hojas verdes y negras. Los gorriones piaban y de pronto se levantaban todos juntos batiendo las alas. La larga callejuela era atravesada por otras pequeñas que parecían alfombras de luz resplandeciente.

Empecé a caminar. A mi izquierda, detrás de la tapia de un huerto, un perro me ladraba. Sentí mis rodillas temblar. Siempre me han dado miedo los perros.

No me detuve. Cuando estaba ya a punto de llegar a la tercera callejuela a la derecha, vi la casa de la esquina con el tejado hundido. Mi corazón latía como si fuera a romperse y el perro ladraba detrás de mí.

Intenté disimular, caminando indiferente. En el balcón estaba su vieja. Llevaba un pañuelo nuevo en la cabeza pero sus gafas tenían un cristal roto de lado a lado. Detrás se le agrandaba un ojo salvaje, como si me acechara. Si se casa conmigo, pensé, le compraré unas gafas con su montura de plata y con su funda.

¡Evangelía!, gritó la vieja. Llamaba a su hija mayor, que se había quedado viuda y que vivía allí con los hijos; Stélena le decía a Vula que no se lleva bien con la otra viuda, la nuera, la cotorra. Vivía allí también Giorgos, el hermano mayor, el carpintero. Hace años eran una familia grande. Pero vino la muerte y segó a ciegas, desmontó las parejas. ¡Cuando llega la muerte...!

No sabía qué hacer. Detenerme y decir: Buenas tardes, qué les parece el tiempo, o hacer como que busco una casa. Me conocían y les conocía; pero hacíamos como que no nos conocíamos.

Me acobardé y pasé de lejos. Escuché una ventana cerrarse. ¿Sería Evangelía?

¡Stéfanoos!, gritó una voz como si hubiera incendio o se derramara la leche del fuego. Me mareé. Era como si mi corazón se hubiera descolgado y rodara por el suelo. Tropecé. ¿Qué pasará? ¿Se asomará él por la ventana?

Sííí, contestó aburrido un chico. Era su sobrinillo, el hijo de Evangelía, que se llamaba Stéfanos. Yo ni siquiera giré la cabeza para mirar. Mi pierna se arrastraba y levantaba polvo. Y detrás de mí me parecía que oía risas.

A la izquierda vi una calle que conocía. Llevaba a un descampado con edificios. En uno de ellos, en el ático, vivía una que antes trabajaba conmigo. Pero no giré. Pensé ir hasta el final de la calle y volver de nuevo lentamente, para echar otro vistazo.

Un poco más abajo había un chalecillo moderno, con rejas de hierro, sin árboles. Sólo parterres con hierbas y unos pocos rosales, sillas, una mesita y encima un juego de té. ¿Y a quién veo sentado? Al señor Dimitris, mi cliente. Venía a menudo, y siempre aparecía con una jovencilla morena, canija, llena de caprichos. Pero ahora estaba sentado allí sin chaqueta, con el chaleco desabrochado, leyendo. Su mujer, una chica modosa, como de treinta y cinco años, de brazos blancos, iba y venía con el té. Qué pareja más bonita, diría quien no sabe. Me acordé de la colonia que le estábamos echando aquel día que se sintió mal, de sus tirantes, de su barriguita. Hasta le sacamos un mote. Le cantábamos:

No te queda bien el sobrepeso, Dimiiiiitri.

Me vio con el rabillo del ojo. Dobló el periódico y se puso a mirarme con la boca abierta. Yo seguí caminando. Llegué hasta el final de la calle y di la vuelta. Despacio, para no cansar la pierna. Volví a pasar por delante del chalé. Estaban bebiendo el té sentados los dos. Él se incomodó al verme.

¿Quién es?, oí que le preguntaba a su mujer. Como si me dijera: no vengas. ¿Ves? Hago como que no te conozco. Ni siquiera había pasado por mi cabeza tal cosa. ¿Me iba a enseñar él mi trabajo? Pero tenía ganas de hacerle algo para que aprendiera, que parecía que veía al diablo. Pero pensé: ya llegará su hora.

Llegué a la casa del techo hundido. Vi al pequeño Stéfanos trastear una bicicleta que tenía en el suelo. ¿Dónde está tu tío, mi vida?, le decía en silencio.

El balcón estaba vacío, las ventanas cerradas. ¿Me acecharía alguien desde dentro?

¡Stéfanos!, se oyó de nuevo la voz, y volví a asustarme. Fui como borracha hasta la iglesia. Pero en vez de abrir la puerta e irme di la vuelta en la misma calle, cojeando. Algo me tiraba. Me moría por verle, saber cómo estaba.

El pequeño con la bicicleta había desaparecido. Solamente una ventana quedaba abierta y se veía una cama de hierro con unas viejas sábanas y un espejo desteñido con un marco de madera muy viejo. Pero, de repente, otra vez la voz: ¡Stéfanoos! ¡Echa a la mendiga que está sentada fuera!

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Stratís Tsirkas (El Cairo, 1911-Atenas, 1980) era hijo de emigrantes pobres en Oriente Medio. Trabajó de contable. En 1930 conoció a Kavafis, sobre el que escribiría una influyente biografía. Fue poeta, ensayista, novelista, cuentista, traductor de Heine, Schiller, Lowry, Stendhal, Pavese. Desde muy joven fue miembro del Partido Comunista de Grecia. Su obra más conocida es la trilogía novelística Ciudades a la deriva (Akibérnites politíes), sobre la vida de las comunidades griegas en Oriente Medio, traducidas al español en Buenos Aires, Emecé: El círculo en Jerusalén (1975), Ariadna en El Cairo (1976) y El murciélago en Alejandría (1977). El Partido Comunista lo expulsó famosamente ante su negativa a renegar de la trilogía. Durante la dictadura de los coroneles (1967-1973) dejó de publicar en protesta contra la censura y sólo publicó traducciones. Uno de sus libros de poemas se llama Oratorio español, y contiene homenajes a Federico García Lorca.

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[Στρατής Τσίρκας, Τα διηγήματα. Ed. Κέδρος, Atenas, 2001. Traducción de Vasilikí Kanelliadou]

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25 May 2009

Un cuento perfecto de Stratís Tsirkas

Escrito por: Jesús Ortega el 25 May 2009 - URL Permanente

Stratís Tsirkas es uno de los mejores narradores griegos de la posguerra. Incomprensiblemente sus seis libros de cuentos siguen sin traducirse al castellano. Aquí os presento una pequeña obra maestra, un cuento perfecto, uno de los mejores que escribió, en mi opinión mejor incluso que el que Natividad Gálvez tradujo en su estupenda Antología del cuento griego (Alfaguara, 2005). La traducción, inédita, es de Vasiliki Kanelliadou. Lo daré en tres partes porque es algo largo para un blog. Ya sé, ya sé, no es nada ortodoxo partir un cuento en tres y cargarse la sacrosanta unidad de efecto, Poe me perdone.

Se llama "Calles difíciles". Cosecha del 46.

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STRATÍS TSIRKAS - CALLES DIFÍCILES

Poco a poco le dejé que me sacara casi cien liras, por si se decidía a casarse conmigo. ¡Con qué sufrimientos y humillaciones había ahorrado yo el dichoso dinero, en total trescientas liras, mi dote! Puta me llamaban, los de mi familia y los conocidos. Por eso temblaba, por si me sacaba el dinero y lo perdía para siempre.

Pero aquel maldito domingo se lo regalaría todo. Llevaba una semana sin aparecer, y yo, acostumbrada como estaba a verle cada dos o tres días, me subía por las paredes. Dios mío, decía, que venga por un momento solamente, para tomar un café, y las cien liras para él, se las regalo. Tanto me había acostumbrado a él: le quería.

Cada vez que oía subir el ascensor me daba algo. Se me cortaba la respiración y me temblaban las piernas, como si fueran de tela. La buena y la mala. Me levantaba y me acercaba a la puerta. Pero no venían donde nosotras. El ascensor paraba en otra planta y yo volvía y me sentaba otra vez en la salita, junto a Vula.

No teníamos nada para coser y no esperábamos visitas. Las chicas habían salido con sus novios a disfrutar del domingo. Era un día soleado. Enero, pero parecía verano.

Vula y yo nos quedamos en la oscuridad como los murciélagos. Y ella me hablaba y me hablaba, lo de siempre, sus historias de fantasmas y asesinatos, enfermedades, mal de ojo, magias, y cada dos por tres me sacaba a San Fanurios. Se me encogía el corazón, me desesperaba esta mujer. Nunca se había quitado el negro del luto de encima (que olía a muerto). Calla, calla, por lo que más quieras, le dije. Quita la pasta del fuego y pon la mesa.

Demasiado le esperamos. En la mesa nos quedamos mudas. La comida bajaba con dificultad. De vez en cuando, Vula levantaba sus ojos estrábicos del plato y me miraba. Esperaba un pretexto para empezar de nuevo.

Pensé que podría llegar para el café. Lo tenía por costumbre. Pero no vino.

A las tres me decidí. Vula, le digo, te dejo aquí. Yo me voy. Haré como que paso por su casa. Puede que esté enfermo y nosotras no lo sepamos. Al fin y al cabo, es como si diera un paseo, con este sol... Como quieras, me dice. Sólo ten cuidado por si te topas con su cuñada, porque tiene veneno en la lengua: ¿te conté lo que le decía el otro día a Stélena de ti? Lo sé, lo sé, la interrumpí, y me levanté para cambiarme.

Él vivía con su familia lejos, en los suburbios, en un barrio pobre lleno de casas de una planta y huertos. En el tranvía me comía la cabeza por si me perdía en las callejuelas y no encontraba su casa. Vula me había explicado por dónde ir para no dar una vuelta grande. Es muy fácil, me dijo. Fácil será para ti. Pero para mí, que siempre me confundo con las calles, y con esta pierna... Calles difíciles, le dije.

Con semejantes preocupaciones no tenía ojos para ver el día soleado. Después mi cabeza se fue a otro lado. ¿Y si estaba enfermo de verdad? ¿Y si era seria la cosa? ¿Cómo me daría cuenta? A lo mejor está su madre en el balcón y al verme pasar me llama. A veces ocurren cosas así. Pongamos que yo le diera pena, o que quisiera darle una satisfacción a su hijo.

Sonreía sola. Pero se me venía a la cabeza lo que le había dicho la cuñada a Stélena. La nuera hablaba mal de la suegra: como si ella fuera una santa. ¿Te lo crees? ¡Que dios te guarde de esa vieja diabólica! ¿Te he dicho lo que me decía el otro día sobre la jefa de Vula? Preferiría verle ladrón y asesino, verle en el cadalso, que dejarle casarse con la coja, la puta. Para pasar el rato, para que tenga un dinerillo, hago como que no me entero. Pero boda... Así me lo contó Vula, vía Stélena. Pero, por otro lado, pensaba que quizá la vieja no hubiera dicho esas cosas y ni siquiera las hubiera pensado, que fuesen palabras de la nuera, que sabe que llegarán a mis oídos y me hace la guerra. Como si yo le hubiera hecho algo malo. Ni siquiera la conozco, la muy zorra.

Así, a ratos desesperada, a ratos sonriente, llegué sin darme cuenta...

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Stratís Tsirkas (El Cairo, 1911-Atenas, 1980) era hijo de emigrantes pobres en Oriente Medio. Trabajó de contable. En 1930 conoció a Kavafis, sobre el que escribiría una influyente biografía. Fue poeta, ensayista, novelista, cuentista, traductor de Heine, Schiller, Lowry, Stendhal, Pavese. Desde muy joven fue miembro del Partido Comunista de Grecia. Su obra más conocida es la trilogía novelística Ciudades a la deriva (Akibérnites politíes), sobre la vida de las comunidades griegas en Oriente Medio, traducidas al español en Buenos Aires, Emecé: El círculo en Jerusalén (1975), Ariadna en El Cairo (1976) y El murciélago en Alejandría (1977). El Partido Comunista lo expulsó famosamente ante su negativa a renegar de la trilogía. Durante la dictadura de los coroneles (1967-1973) dejó de publicar en protesta contra la censura y sólo publicó traducciones. Uno de sus libros de poemas se llama Oratorio español, y contiene homenajes a Federico García Lorca.

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[Στρατής Τσίρκας, Τα διηγήματα. Ed. Κέδρος, Atenas, 2001. Traducción de Vasilikí Kanelliadou]

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22 May 2009

Jorge Rubio: Once y el míster

Escrito por: Jesús Ortega el 22 May 2009 - URL Permanente

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LOS OLORES SON COMO LAS CANCIONES

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I

Como les ocurría a todos los niños, a los trece años Sergio Zapico se había enamorado de su profesora de inglés, Ángeles Lemus, y adoraba el momento en el que ella se acercaba a su pupitre para devolverle un examen corregido.

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II

"Los olores son como las canciones", dice Zapico, "que te devuelven al pasado. Que los asocias a momentos buenos o malos y entonces vuelves a vivirlos". Sus compañeros de equipo no entienden a Sergio Zapico, pero es que él tiene un olfato muy desarrollado que le permite no solo oler algo a muchos metros de distancia sino, además, asociarlo, cada aroma, a aquello que lo emite, con una precisión asombrosa. "Huele a neumático de Michelín". O bien "huele a ron Pálido con Pepsi-Cola". O "Tinín acaba de besar a dos chicas de piel muy clara que llevaban, las dos, Ô de Lancôme".

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III

El domingo 1 de septiembre la predicción meteorológica anunció cielos absolutamente despejados y una temperatura de entre 18 y 20 ºC a la hora del partido en la vertical del estado del Mediterráneo, y un viento de poniente moderado.

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IV

Tras los protocolarios saludos Matías Enciso Carpintero, del Colegio Gallego, lanzó una vieja moneda de plata al aire y recogiéndola sobre el dorso de su mano derecha se la mostró a los dos capitanes. Daniel Bioiz, el de los bicolores, eligió campo para jugar a favor del aire durante la primera parte.

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V

Un estudio estadístico realizado a nivel planetario por las grandes empresas internacionales de cosmética asegura que las mujeres en el mundo desarrollado cambian de perfume una vez cada dos años. En cuanto a las españolas, el estudio concluye que lo hacen cada tres y medio.

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VI

"There are three kinds of lies: lies, dammed lies and statistics", atribuido por Mark Twain a Benjamin Disraeli. (O sea: 'Hay tres clases de mentiras: las mentiras, las malditas mentiras y las estadísticas).

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VII

En el minuto veintinueve de la primera parte del primer partido de liga sopló una suave ráfaga de poniente agitando las banderas y haciendo volar los papelillos que los aficionados habían lanzado al terreno de juego. En ese preciso momento Sergio Zapico pensó "Ese olor", e inmediatamente "Ángeles Lemus". Y se dio la vuelta hacia la grada.

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VIII

A Pere Viladefont, el delantero centro del Almería, jamás le había sucedido una cosa igual: robar un balón en el círculo central, levantar la cabeza y ver al portero rival de espaldas, ajeno al juego, mirando detrás de su propis portería, como si buscara algo o a alguien entre los espectadores del graderío de poniente.

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IX

Gol de Pelé: dícese del tanto obtenido desde el centro del campo o desde sus inmediaciones mediante un lanzamiento parabólico que sorprende al adelantado o despistado portero rival. Se llama así en honor del extraordinario jugador brasileño, considerado por muchos el mejor futbolista de todos los tiempos, quien, paradójicamente, jamás logró un tanto de esa factura.

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Hasta aquí "Los olores son como las canciones", el primer y estupendo cuento de Once y el míster. ¿Qué es Once y el míster? Un atadijo de cuentos que giran en torno al mundo del fútbol. Uno para cada jugador de campo -desde el portero hasta el delantero centro-, y el duodécimo dedicado al entrenador del equipo, un finlandés que sospecha que su traductor lo traiciona. Una estructura perfecta. Secretos, miedos, dolorosos dilemas morales se acumulan en las historias privadas de estos jugadores sensibles y frágiles, alejados de los estereotipos, observados en el ámbito íntimo, allá donde no llegan los focos de las cámaras. Un libro de cuentos con sabor clásico, de un realismo limpio y sencillo.

Yo a Jorge Rubio (Madrid, 1969) le debo una. Él tal vez pueda decir que no hizo nada, que simplemente apareció con su libro bajo el brazo. Lo conocí personalmente en la fase de edición del libro (en la que participé). No sólo la manera como estaban escritos los cuentos (su aire de honradez artesanal, como de objetos sobrios y quizá algo antiguos, poco rutilantes o ingeniosos, más atentos a dar cuenta de sentimientos y de humanidades que de pirotecnias estilísticas), sino su actitud general ante la literatura en la que yo creía ver entonces reflejos de la mía propia, terminaron de provocar en mí una serie de movimientos interiores que ya estaban en marcha y que necesitaban tal vez de un Jorge Rubio o de un Once y el míster para terminar de concretarse, y que un año más tarde tuvieron como resultado mi propio libro. Hace ahora tres que se presentó en Granada el suyo (lo presentó un entrenador de fútbol llamado Lucas Alcaraz), justo el día después de que el Barça ganara su segunda Champions League. A punto el Barça de ganar ahora la tercera, me acuerdo con cariño y gratitud de Once y el míster, un libro decente y valioso que no debería desaparecer de las librerías. Aunque su autor sea del Real Madrid.

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[JORGE RUBIO, Once y el míster. Granada, Cuadernos del Vigía, 2006]

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20 May 2009

Aforismos de Andrés Neuman

Escrito por: Jesús Ortega el 20 May 2009 - URL Permanente

1

Entender que no entendemos.

2

Todo es mestizo. El absoluto también.

3

El purismo se pierde caminando.

4

Aprender a perdonar es empezar a equivocarse menos.

5

El olvido requiere una buena memoria.

6

Sinceridad: elegir el personaje adecuado.

7

Ventaja del exilio para el escritor: una parte de su memoria queda acotada con tanta precisión, que le es posible narrarla como si fuera póstuma.

8

Sin moral no hay mirada. Hay, como mucho, testificación.

9

Desprotegida y grande: la sencillez.

10

Todo crítico o artista que pregona el apocalipsis se postula en secreto como superviviente.

11

Escribir merece la alegría.

12

Inventar: reconstruir algo dado.

13

Toda la forma es argumento.

14

No hay arte sin piedad.

15

Procurar no hacer nunca daño a nadie. Pero dar la impresión de ser muy capaz de hacerlo.

16

La plenitud contempla el placer durante el placer.

17

El cuento es un dardo. La novela, un radar.

18

El estilo es una autobiografía.

19

No confundir la moral con quienes la defienden.

20

Lo que asevera un aforismo podría ser verdad sólo después de escrito.

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Ahora que Andrés Neuman va a ser durante algún tiempo el autor exitosísimo de ese magnífico y lento tocho de más de quinientas páginas que es La novela del siglo, ahora que Andrés va a ser para mucha gente "el novelista", bueno será recuperar una de las disciplinas para las que está mejor dotado: el latigazo paradójico del aforismo.

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[ANDRÉS NEUMAN, El equilibrista (aforismos y microensayos). Barcelona, Acantilado, 2005]

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Sobre este blog

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El clavo en la pared

Jesús Ortega (Melilla, 1968) es autor del libro de cuentos 'El clavo en la pared', publicado en 2007 por la editorial Cuadernos del Vigía. Un relato suyo se incluye en la recopilación 'Nuevos relatos para leer en el autobús' (2009).
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