06 Abr 2008
Renovació del PP. El País. 06/04/2008.
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| RENOVACIÓN DEL PP |
| Lista para la batalla |
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ANTONIO JIMÉNEZ BARCA 06/04/2008
Empezó como asesora jurídica de Rajoy. Ahora es el pilar de su equipo. Fiel a su líder, joven, estudiosa, opositora, hipertrabajadora. Soraya Sáenz de Santamaría Antón, portavoz en el Congreso, es la nueva cara del PP. Sus detractores le achacan inexperiencia y falta de colmillo retorcido. Sus partidarios replican: aguanta más de lo que parece.
Soraya Sáenz de Santamaría entró en política como quien entra en IBM. Recién estrenado el verano de 1999, con el currículum debajo del brazo, fue a La Moncloa a una entrevista de trabajo. Contaba por aquel tiempo 29 años, hacía uno y medio que trabajaba de abogada del Estado en León, y se había enterado de que el Gobierno buscaba asesores jurídicos. Así que el 29 de junio, el día del cumpleaños de su madre, Soraya se montó en un autobús y enfiló hacia Madrid. Francisco Villar, el jefe de Gabinete y mano derecha del por entonces vicepresidente del Gobierno, Mariano Rajoy, la recibió en su despacho y le hizo, entre otras, una pregunta decisiva:
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Cuando se iba al pueblo de vacaciones, recuerdan sus amigos, no dejaba de estudiar pese a sus buenas notas
Sáenz de Santamaría está casada por lo civil, no acude a misa y prometió (no juró) el cargo de diputada
En las oposiciones puso a prueba su memoria de ordenador, su tenacidad y su capacidad de trabajo
Todos coinciden en que su destino, para bien o para mal, está unido al de su jefe
. - ¿A usted le asusta estar continuamente gestionando líos? Soraya respondió que no y Villar intuyó que la mujer que tenía delante era la persona resolutiva que necesitaban. Casi ocho años y dos elecciones más tarde, la misma mujer joven que desembarcó en la Moncloa como quien cambia de empresa se ha hecho cargo del Grupo Parlamentario Popular, que atraviesa además una situación indefinida de engañosa calma. El principal aval de la nueva dirigente es su primer lastre: ser fiel desde el principio al fin a Mariano Rajoy, el líder que la admitió como asesora técnica en 2000 después de pasar una de esas entrevistas laborales que te revolucionan la vida y haber leído su currículum abarrotado de matrículas de honor. Sáenz de Santamaría nació en Valladolid, en 1971. Es hija única de una familia de clase media. Su padre, vallisoletano, es empleado en una empresa constructora; la madre, proveniente de un pequeño pueblo soriano, Berlanga de Duero, trabaja por su cuenta. El tranquilísimo barrio en el que creció Soraya, a un paso del centro, no destaca por nada: hay un bar en la esquina, una peluquería, un supermercado, un cine pequeño de estreno, un colegio de monjas y una comisaría. Cuando terminaba el curso se iba a Berlanga de Duero. Álvaro López Molina, de 37 años, es ahora el alcalde del pueblo. Tiene la misma edad que Soraya, así que recuerda haber pasado juntos todos los veranos jugando en la misma pandilla a dar vueltas con la bici, al escondite o al Monopoly. Soraya llamaba la atención por una cosa: estudiaba todos los días a pesar de haber sacado unas notas excelentes. "Todos nos hemos alegrado en el pueblo. Se veía venir. Por lo que le digo del estudio. Y no creo que cambie de manera de ser a pesar del éxito. Le he puesto un mensaje de felicitación en el móvil, pero no me ha contestado todavía. Me imagino lo ocupada que está..." Terminó Derecho en 1994, con el mejor expediente de su promoción. Obtuvo por ello el Premio Fin de Carrera. Íñigo Sáinz Rubiales fue profesor suyo de Derecho Administrativo en tercero y cuarto cursos. Es sintomático que recuerde poco de ella -entre otras cosas porque corrían tiempos de cientos de estudiantes por aula-, pero que sí se acuerde de sus exámenes de sobresaliente. Con la licenciatura en el bolsillo y 23 años, decidió encerrarse en casa y atacar una de las oposiciones más duras para los licenciados en Derecho y convertirse en abogada del Estado, una especie de cuerpo de élite de letrados con vocación de servicio público. Estudió durante cuatro años los 500 temas que entraban. Aprobó. Unas oposiciones así marcan más carácter que un paso por los boinas verdes, así que Soraya Sáenz de Santamaría ejercitó, puso a prueba y aprendió a confiar en tres cualidades que según sus conocidos, la iban a acompañar siempre: su memoria de ordenador, su tenacidad y su capacidad de trabajo. Su destino como abogada del Estado fue León. Recuerda haber defendido un caso comprometido y difícil, "una suspensión de pagos de 26.000 millones de pesetas". Y sonríe al acordarse de otro pleito sobre unas lindes de terrenos, no por el caso en sí, sino por las casualidades de la vida y el nombre del abogado que defendía a la Confederación Hidrográfica del Duero y con el que se alió contra un tercero en aquel momento: Juan Rodríguez Zapatero, hermano del actual presidente de Gobierno. Es entonces, en el verano del 2000, cuando acude a la entrevista de trabajo en Madrid y su vida comienza a rodar a una mayor velocidad y adquiere una intensidad distinta. Quienes la conocen la definen como una mujer simpática, accesible, habladora, acelerada y discutidora. Aficionada a leer y a ir al cine. A la cocina y al tapeo. Amiga de sus amigos (conserva alguno de los tiempos de parvulitos), hiperactiva e hipertrabajadora. En una entrevista de radio, el miércoles, repitió casi veinte veces la palabra trabajo o alguno de sus sinónimos. Pero también mencionó "la vidilla" del puesto. El jueves dio su primera rueda de prensa como portavoz del grupo parlamentario con la sala rebosante de cámaras y de preguntas, y no parecía nerviosa: habló de hipotecas, de conciliación familiar, de justicia, de educación y de la renovación dentro de su partido. Se nota que le entusiasma el nuevo cargo. A pesar de que no tenga tiempo ni de contestar los mensajes de los viejos amigos de Berlanga. Ni siquiera de aprenderse el nuevo número de móvil, y lo lleve apuntado en un post it y pegado con celo en la parte de atrás del teléfono. Le gusta el cargo y la excitación que acarrea. Y lo admitió en la rueda de prensa: "Espero que con el tiempo gane en experiencia pero que no se me vaya la adrenalina". Asegura que ya no va casi al cine y que se conforma con el DVD y con ver de vez en cuando las películas en casa, pero que no ha renunciado a los libros: ahora mismo está leyendo una biografía de Alejandro Magno y un volumen sobre arte en la guerra: "Muy apropiado para lo que me toca hacer ¿no?". Al principio, en el gabinete de Rajoy se limitó a asesorar, a ejercer de abogada del Estado, a redactar informes jurídicos, a aconsejar desde un estricto punto de vista profesional. Poco a poco se deslizó hacia la política y traspasó la línea que separa a los asesores de los colaboradores de confianza. ¿Cuándo? "No lo sé, eso ocurre. De pronto te ves involucrada", dice. Y añade, por concretar una fecha, que en febrero de 2001 Mariano Rajoy fue nombrado Ministro del Interior. "Entonces, al abordar los temas de inmigración, ya me di cuenta de que mi labor no era sólo la de una asesora jurídica, sino algo más". Acababa de ingresar en el equipo personal de Mariano Rajoy. Había elegido. Influyó el hecho de que profesó casi desde el principio una admiración enorme por su jefe. Con los años ha ido añadiendo una dosis también enorme de afecto y cariño personal. En 2002, acompañó a Rajoy a Galicia cuando éste se hizo cargo de la gestión de la catástrofe del Prestige. Dos años después, su jefe le encargó que colaborase en el diseño del programa del PP para las elecciones de 2004. Fue entonces cuando se afilió al partido. A esos comicios acudió en la lista del PP por Madrid en el número 18. Salieron 17. Quedó fuera, pero Rodrigo Rato renunció a su escaño para convertirse en director ejecutivo del Fondo Monetario Internacional (FMI) y Soraya Sáenz de Santamaría le sustituyó. Todo un símbolo. O una premonición. U otra casualidad. El pasado jueves, la nueva portavoz del PP mostraba su primer asiento en el Congreso, en la parte de arriba. "Ahí lejos. Después me puse un poco más cerca del centro, y se lo cedí a Ibarretxe cuando se debatió su plan. Yo seguí la sesión ahí, en la escalerita de los fotógrafos". En esta legislatura ocupará un asiento en primera fila de la bancada popular, dos puestos a la derecha de su mentor, delante de toda la vieja guardia, algunos de cuyos integrantes la van a examinar con lupa y con no pocas ganas de que tropiece. Sus detractores en el partido le achacan falta de experiencia en el cara a cara, y exceso de teoría y de reglamento. Echan de menos en ella un colmillo más retorcido y más pedigrí político para enfrentarse a los pesos pesados socialistas. Es cierto que aporta poca experiencia en el debate cuerpo a cuerpo. Se limita, en general, a haberse ocupado, desde 2004, de la Secretaría de Política Local y Autonómica del PP. Ramón Jáuregui, actual portavoz adjunto del PSOE, y ponente de la comisión constitucional en la anterior legislatura, negoció con Sáenz de Santamaría los estatutos de Cataluña, Andalucía y Valencia. Asegura que, como todos los abogados del Estado, el conocimiento de la materia que mostraba era exhaustivo. "Le cabían todas las leyes en la cabeza", añade. "El debate sobre el Estatuto de Cataluña fue especialmente tenso; y el de Andalucía también fue muy duro. Ella es una gran legisladora, pero quizá le falta algo que tendrá que desarrollar, fruto tan sólo de que entonces tenía muy poca experiencia. Le faltaba relativizar, unos parámetros políticos más claros, esto es, saber qué te juegas a cada momento. Le faltaba flexibilidad. Pero es joven, tolerante, moderna y con sentido de Estado. A pesar de nuestras posturas encontradas, en lo personal la relación fue buena. Se produjo una dialéctica respetuosa, una especie de burbuja de respeto en una legislatura especialmente crispada y bronca". Precisamente los debates sobre el Estatut ayudaron a aumentar su popularidad. El nuevo rostro del PP ganó entonces muchos enteros. Fue por esa época, en enero de 2005, cuando, en una entrevista concedida a un periódico, aseguraba que por fin iba a decidirse a ir al dentista a arreglarse un diente mellado que tenía así desde que se dio un trompazo a los seis años. Por entonces ya se había casado por lo civil en Brasil con otro abogado del Estado y comenzaba a dirigir equipos dentro del PP. Juan Manuel Moreno, un joven diputado del PP colaborador suyo de esa época, la califica como una jefa exigente y trabajadora hasta la extenuación (de su equipo). Eso sí; siempre está atenta al jefe: "La verdad es que a veces era la única que en campaña, por ejemplo, se preocupaba por el aspecto de Rajoy, la que decía 'está muy delgado, mira, debe comer más', la que ponía mala cara cuando teníamos que darle la lata a Rajoy por la noche por ésta u otra cuestión". La noche de la derrota electoral, cuando un vencido y cansado Rajoy saludaba desde el balcón a la muchedumbre que se congregaba en la calle Génova, la siempre aplicada Sáenz de Santamaría se acercó para entregarle unos papeles con los últimos datos de participación. El jefe no utilizó los datos, pero la animó a salir, a dar (otra vez) un paso adelante junto a él y a saludar a los militantes desde arriba. También fue un símbolo. O una premonición. Todos los consultados, partidarios y detractores de la nueva portavoz popular, coinciden: su destino, para bien o para mal, está unido al de su jefe. "Si esa noche Rajoy hubiera dimitido Sáenz de Santamaría habría abandonado la política", comenta un dirigente del PP que prefiere guardar el anonimato. El diputado Moreno asegura que la conoce bien y que aguanta más de lo que muchos creen. Los detractores, por su parte, la acusan de carecer de perfil político, de no salirse de la silueta de la sombra de Rajoy y están seguros de que no resistirá y de que arrastrará al otro en su caída. Además, le falta el colmillo retorcido. Ella se ha limitado, por ahora, a arreglarse el incisivo mellado desde que se cayó cuando era una cría. . |
| Rajoy, sólo con sus fieles |
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Era un caluroso viernes de septiembre, en 2005. Había pasado año y medio desde la derrota electoral, y las encuestas iban muy mal. Pedro Arriola, sociólogo de cabecera de Aznar y Rajoy, principal asesor del nuevo líder, lo tenía muy claro. Y lo dijo delante de la cúpula del partido, que se había encerrado durante más de 24 horas en el parador de Segovia, en una de esas convivencias o maitines prolongados con los que Rajoy inicia cada curso. El PP, dijo Arriola delante de Eduardo Zaplana, Ángel Acebes, Alberto Ruiz-Gallardón, Javier Arenas, Josep Piqué o Carlos Aragonés, tenía un problema de imagen porque Zaplana y Acebes generaban rechazo, y tenía que multiplicar sus portavoces. Él lo dijo en privado. Piqué lo había comentado poco antes en público y casi tiene que dimitir.
Zaplana se enfrentó con Arriola. "Mira, tú puedes tener todas las encuestas que quieras, pero yo he ganado elecciones con mayoría absoluta en una comunidad no precisamente de derechas como la valenciana y tú nunca te has presentado a nada", le dijo el ex portavoz. Rajoy, tan reacio siempre a tomar decisiones, aseguró que resolvería el problema antes de fin de año multiplicando las voces del partido. Enseguida pensó en su persona de máxima confianza: Soraya Sáenz de Santamaría. Joven, mujer, inteligente y fiel. Lo tenía todo. La mandó a tertulias, la sacó en algunas ruedas de prensa de fin de semana, la envió a las televisiones que pedían debates. Pero todo quedó en nada, porque Acebes y Zaplana nunca dejaron de ser la imagen del PP. Y Rajoy no se atrevió a seguir del todo los consejos de su asesor. Casi tres años después, con su segunda derrota electoral a cuestas, acosado por la vieja guardia que duda de su capacidad de liderazgo y por los medios conservadores a los que se había aferrado para tratar de hundir al PSOE, al fin Rajoy se ha atrevido a dar el paso. Fuera Zaplana, que se ha marchado voluntariamente, y fuera Acebes, que se resiste. Fuentes del entorno del líder aseguran que el aún secretario general, prácticamente ya en funciones, ha recibido una oferta de Rajoy para estar en la Mesa del Congreso, pero la ha rechazado por entender que eso sería una jubilación. Nadie sabe dónde acabará -pocos le ven fuera de la política, porque siempre estuvo dentro-, pero todos asumen que ya no será secretario general. Rajoy decidió el lunes, tras un largo silencio de tres semanas, tirarse, al fin, a la piscina sin saber si hay agua, y tomar la decisión más arriesgada: colocar a Sáenz de Santamaría -una persona de perfil técnico respetada por su trabajo, pero no por su peso político; crecida a su sombra, cuyo máximo valor es la fidelidad a quien ella llama "el jefe"- en el puesto que fue de Zaplana y antes de Rodrigo Rato o Miguel Herrero de Miñón. En esa piscina, sin embargo, Rajoy se ha encontrado solo con su gente, que no es mucha. Las críticas por su decisión de contar sólo con los más jóvenes, y entre ellos los más fieles, han convertido el grupo parlamentario en un hervidero. La vieja guardia, ex ministros y altos cargos del Gobierno de Aznar, buscan periodistas y compañeros para trasladar su enfado. "Sólo cuenta ser amigo de Mariano y jovencito. La experiencia no importa", señala uno de ellos. El malestar se extiende y llega a las baronías. "Está cerrando mucho el círculo. Sólo digo una cosa. El PSOE tiene a José Antonio Alonso y Ramón Jáuregui. Nosotros, a Soraya Sáenz de Santamaría y Papi [José Luis] Ayllón [número dos del nuevo grupo]. La comparación no aguanta, no damos sensación de alternativa de Gobierno. Y no es cuestión de generaciones. Juan Costa o Esteban González Pons tienen poco más de 40, pero mucho más peso", señala un barón que no acostumbra a hablar mal del líder. Rajoy ha logrado enfadar a tanta gente, y ha abierto tal crisis en el partido, alimentada por el segundo fracaso electoral, que algunos la comparan con las batallas de AP en los ochenta. El líder ha dejado fuera a su gran fichaje estrella, Manuel Pizarro, que la semana pasada le trasladó personalmente su malestar y el martes se colocó en la quinta fila de escaños, en clara muestra de desapego. También a Costa, que para ayudar a Rajoy dejó Ernst & Young, donde tenía un contrato de un millón de euros anuales, y a González Pons, el candidato con más fuerza para ser portavoz por su habilidad dialéctica. Con los descartes de estos dos últimos, uno castellonense y el otro valenciano, Rajoy ha desairado además a Francisco Camps, el barón de la Comunidad Valenciana, el más poderoso junto a la madrileña Esperanza Aguirre. El líder se había apoyado en él frente a ella el día después de las elecciones, cuando del entorno mediático de Aguirre surgió el grito unánime: "¡Rajoy debe dimitir!". Con sus nombramientos, y con su decisión de contar sólo, al menos de momento -falta el congreso interno de junio-, con su reducido equipo, Rajoy ha mostrado su soledad en el PP y sus ganas de retar a enemigos internos. Hasta el punto de que algunos empiezan a pensar que el líder puede estar provocando una candidatura alternativa -en todos sus discursos, él recuerda que esa posibilidad existe-, para poder así derrotarla en las urnas y olvidarse de una vez de la sombra que le persigue: el dedazo de José María Aznar, que lo eligió como sucesor, mientras su rival, José Luis Rodríguez Zapatero, le ganó por nueve votos un congreso a José Bono. La única que podría encabezar esa alternativa, asumen varios barones, es Aguirre. Pero sería un suicidio político si no cuenta, como parece, con apoyos suficientes. La presidenta, que en público dice que no se presentará, sabe que los agraviados la están mirando. La situación es tan explosiva que Rajoy, por primera vez en cinco años de liderazgo, llamó el martes a Aguirre para invitarla a comer el miércoles en el lujoso Zalacain. Quería rebajar la tensión interna. El entorno de ambos cuenta la comida como una partida de póquer. Nadie hablaba de nada en serio, pero los dos sabían que en el aire estaba la posibilidad de que ella se presente -parece que el líder no llegó a preguntárselo- y la especulación sobre Alberto Ruiz-Gallardón como nuevo secretario general, algo que el entorno de la presidenta no descarta y que implicaría una guerra sin cuartel. Parece que Rajoy no aclaró nada. La comida de los dos personajes clave del PP genera muchos comentarios, pero muchos más desata el encuentro de Aguirre con el ex presidente Aznar en Buenos Aires, el domingo pasado. Según el entorno de la presidenta, el encuentro fue breve, y cuando ella le expuso sus preocupaciones sobre el futuro del partido, Aznar no soltó una palabra. "No quiere que le metan en este lío. Él está a otra cosa", señalan personas muy cercanas al jefe de FAES. Rajoy pide árnica al invitar a Aguirre a comer, pero su apuesta se centra claramente en gestionar en solitario la parte crucial de la oposición: el Congreso. "Rajoy va a ser el verdadero portavoz. Al poner a su persona de máxima confianza, él se hace el responsable de todo lo que pase allí, para bien y para mal", sentencia un dirigente cercano al líder. Se la juega así en solitario. Su equipo ya está preparando el debate de investidura. El líder sabe que, después de su pésimo discurso del lunes -deslavazado, a ratos perdido-, todo el grupo parlamentario y muchos barones van a estar mirando con lupa sus posibles errores. Si triunfa, tendrá un respiro. Si Zapatero arrasa, como sucedió en el último debate del estado de la nación, el malestar irá en aumento. Y no será la única prueba. Rajoy puede sobrevivir al congreso interno de junio, porque es muy pronto y los barones poderosos están demasiado enfrentados entre sí -sobre todo Aguirre y Camps- como para unirse contra el líder, pero le esperan tiempos duros. Las elecciones a la vuelta -vascas, gallegas y europeas- pueden dar el mazazo definitivo al liderazgo debilitado de quien ya ha perdido dos veces. Lo que más ha indignado a la vieja guardia, según explican varios ex ministros, es que el líder trate de culpar a la imagen de Acebes y Zaplana de la derrota y se escape de sus propias responsabilidades. Es lo que hizo el lunes -"si pensara que soy un obstáculo para la victoria no me presentaría", sentenció-. Ahí sí se rompió, tal vez para siempre, el nexo entre el aznarista Rajoy, el único de su generación que, según parece, va a sobrevivir en la cúpula a estas elecciones, y los demás aznaristas. "Por primera vez en su trayectoria política, Rajoy está siendo egoísta. Por mucho que quiera hacer creer a la gente que ha perdido por culpa de Acebes y Zaplana, todo el mundo sabe que él en las encuestas no da bien. La renovación tiene que empezar por él", se queja un ex ministro. Los marianistas, un pequeño grupo, la mayoría jóvenes, defienden esta renovación que incluye a todos menos el líder. E insisten en que lo fundamental es conectar con su generación, por debajo de los 44 años, donde el PP aún genera mucho rechazo, según el CIS. "Mariano tiene mucho olfato pragmático. Y ve claro por dónde van los nuevos tiempos. Pero él tenía que quedarse. En un partido con la estructura sentimental que tiene el PP, el cambio generacional, que es inevitable, sólo se puede hacer si lo lidera una persona de la generación de Aznar. Él es el único que puede acordar con casi todos los barones el hombre de encuentro", señala un dirigente de la absoluta confianza del líder. La clave, según coinciden varios de ellos, está en las biografías de las personas que van a dirigir el grupo. Representan claramente al alma moderada del PP, frente al ala dura que ha dominado los últimos cuatro años. Y no asustan al centro ni movilizan a la contra a la izquierda. De hecho, tienen muchos amigos allí. Algunos llegan al extremo de José María Lassalle, el redactor de la mayoría de los discursos de Rajoy, diputado y profesor universitario de la absoluta confianza de Sáenz de Santamaría, que se casó en agosto de 2005 con la parlamentaria del PSC Meritxell Batet. Mientras Zaplana, Acebes y demás se dedicaban al enfrentamiento sin cuartel con el PSOE en asuntos como el 11-M o el Pacto del Tinell, gente como Lassalle se enamoraba en los escaños de una socialista catalana, y Sáenz de Santamaría trenzaba los únicos pactos importantes de la legislatura: seis estatutos de autonomía. De allí le quedó una extraordinaria relación con Ramón Jáuregui y Alfonso Guerra. El voto del miedo al PP es, junto a esas encuestas que muestran el escaso entusiasmo que genera el candidato, su gran drama, sobre todo en Cataluña. El líder lo tiene tan claro que se lo dijo a los suyos el lunes: "Debemos actuar con inteligencia para impedir que los socialistas vuelvan a ser el refugio de los recelos que todavía provoca hoy nuestro partido para algunos ciudadanos y en algunos territorios. Recelos que sin duda alguna han tenido, a lo largo de nuestra reciente historia democrática, una indudable influencia a la hora de decidir el voto". Por eso, el PP, dicen los marianistas, necesita romper sus vínculos con el pasado, como hizo la generación de Zapatero con la de González. "Nadie nos podrá achacar nada de los últimos años de Aznar. Todo el mundo sabe que el problema del PP ha sido que partía desde muy abajo por la mala imagen que dejó la guerra y el 11-M. Con esta generación se acaba eso", sentencia otro marianista. Rajoy ya se fijó en este grupo de jóvenes cuando preparó con ellos -y el sempiterno Arriola- el programa Tengo una pregunta para usted, cuyo éxito le animó a creer en la victoria. Son un grupo de treintañeros o recientes cuarentones que tiene hijos pequeños, amigos mileuristas, va en metro a la sede y viene de familias donde votar al PP puede sonar hasta raro. Sáenz de Santamaría, por ejemplo, es una mujer que se casó por lo civil hace tres años. Que no va a misa, ni viene de una familia de derechas clásica. Al revés, tiene represaliados republicanos entre sus ancestros. De hecho, el martes, cuando José Bono le pidió que jurara o prometiera cumplir la Constitución, su "prometo" sonó muy claro y solitario entre las decenas de "juro" que tronaban a su alrededor en la bancada popular. Su ventaja hacia el exterior -frescura, novedad, lejos de la imagen de profesional de la política- es su gran problema hacia el partido, en el que sólo lleva cuatro años. Para entender por qué su nombramiento ha causado tanto estupor e indignación, sobre todo entre los veteranos, pero también entre algunos jóvenes con más años de dedicación al PP, hay que acudir a un librito rojo que sirve de guía a los periodistas del Congreso. Se llama Directorio, y en él están todos los diputados con sus fotos. Cuando alguien habla en la tribuna y dice una barbaridad, o algo brillante, siempre hay algún periodista que pregunta: ¿ése quién es? Es imposible conocer a sus 350 señorías. Para eso está el libro rojo. Pero si alguien busca por la ese, encontrará, después de Consuelo Rumí, a Eva Sáenz Royo, otra socialista. La nueva portavoz ni siquiera está en ese libro. Sáenz de Santamaría entró en las Cortes de rebote. Rajoy la había logrado colocar en el puesto 18º de la lista en 2004. Y el PP sólo sacó 17. El abandono de Rodrigo Rato, que se fue al FMI, hizo correr la lista y permitió que entrara la nueva portavoz. Para entonces, el libro rojo ya estaba editado. Y ella no estaba. Por eso, y por todo, la nueva portavoz lo va a tener mucho más difícil para triunfar, porque el examen de los suyos será durísimo. Y detrás de ella, con su éxito o su fracaso, irá Rajoy. |
Sobre este blog
Ara
jordigrauJordi Grau i Gatell (València, 1957). Fill d'exiliats catalans arribats a la capital valenciana a la postguerra. Professor de català d'IES a València. Bloc des de l'esquerra, l'anticlericalisme i l'ateisme, centrat sobretot en el País Valencià i en les polítiques depredadores del PPCV, en la Memòria Històrica i en l'actualitat política general espanyola, amb una feina de documentalisme sobre la política espanyola i valenciana. L'opinió, si no sempre explícita, és òbvia i es dedueix de la tria de temes i textos. Allò que escrigui en obrir el post soldrà estar en català, llengua oficial i pròpia del País Valencià i meva. Llengua en què penso i sento. I estarà en la variant catalana de Barcelona de casa meva, que és la dels meus pares i avis.
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