Epístola moral a Bono
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Hermano José: he tenido noticia por nuestros hermanos periodistas de que, hallándote el sábado en presencia de un grupo de publicanos que acudieron a visitar el sagrado Templo de la Libertad que tú nos honras con presidir, atrevióse uno de ellos con manifiesta impiedad a enarbolar una bandera doblemente publicana, lo cual desató tu justa ira, viéndote en la dolorosa exigencia de reprender al muy republicano por burlar la ley del Templo de la cual sólo tú eres su legítimo intérprete.
Bien seguro estoy, ¡oh, hermano José! de lo que pensarías para tus sabios adentros al ver al insensato rebelde refocilándose en su sacrílega actitud. Pensarías como aquel incomprendido fariseo del Evangelio de Lucas, que tú tan bien conoces pues no en vano siempre que puedes publicas a los cuatro vientos tu sincera fe cristiana y tu recatada modestia de humilde siervo de Dios y el Rey: “¡Oh, Señor! –dirías para ti mismo en honesta oración– te doy nuevamente gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano ondeando su pérfida bandera tricolor y profanando esta Casa de la Libertad dentro de un Orden”.
Y hasta se dice, hermano, que un cierto Gaspar, desacreditado capitán de las huestes republicanas, se propone seguir profanando el Templo haciendo ostentación de la bandera pecadora. Pues bien, lo mismo vengo a decirte: ¡Sé inflexible, oh José!
Muchos gentiles se mofarán de tu noble rectitud por haberla ejercido ante unos pobres ancianos humillados por la historia y perseguidos por la justicia, mas no cejes en tu alto empeño de defender la ley por encima de todo y de todos, y muy en particular de aquellos que buscarán afearte la conducta recordando las astutas palabras del descreído Horacio “Deja el sabio de serlo, y es inicuo el justo, si su amor por la virtud va lejos en demasía”.


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