09 May 2010

Soldado, preso, guerrillero

Escrito por: jordigraug el 09 May 2010 - URL Permanente

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Soldado, preso, guerrillero

Soldado, preso, guerrillero

Esta semana se han cumplido 65 años de la liberación del campo nazi de Mauthausen. Uno de los supervivientes, el español Domingo Félez, rememora este hecho y lo enmarca en su largo trayecto personal de combatiente, iniciado en la Guerra Civil y terminado en la guerrilla venezolana a finales de los años sesenta. Félez habla en Venezuela, donde vive

LAURA S. LERET 09/05/2010

Fue prisionero del Ejército de Estados Unidos y, también, de la policía venezolana en la época de la guerrilla

Tras la Guerra Civil se refugió en Francia. Padeció las condiciones infrahumanas de los campos de concentración franceses. Le reclutaron para construir fortificaciones: "era un trabajo de esclavo". Tras la invasión alemana, los españoles cayeron presos con la tropa francesa. Formados en columnas, caminaron hasta Estrasburgo y les confinaron en unos terrenos donde "el aseo era una zanja". En diciembre de 1940, en un convoy de españoles, fue trasladado al campo de concentración nazi de Mauthausen, en Austria, calificado como "grado tres", donde internaban a los irrecuperables.

"Recibí un uniforme a rayas y el triángulo azul de apátrida con la S de spanier. Mi número, el 4.779. Me afeitaron el vello del cuerpo, a todos con la misma hojilla, uno se agachaba y le metían la navaja entre las nalgas. Los piojos me causaron una infección que originó mi traslado al campo anexo de Gusen. Un día, mientras colocaba ladrillos para construir la cocina, conseguí un pote de grasa, me la unté sobre los piojos y me curé".

"Trabajé en las canteras, en la construcción de los rieles, fui barbero de la barraca. Sobreviví a la epidemia de tifus de 1941. En Mauthausen no entraba nadie que no fuera para morirse. El trabajo y la comida estaban hechos para vivir un año; los supervivientes les pueden ir con cuentos a otros, pero a mí ¡no! Fuimos barberos, herreros, pintores, enfermeros, albañiles, hombres de limpieza; frío y hielo; cuando sobraba de la caldera, nos daban medio plato más de nabos, de hueso de caballo con concha de papa".

"Me pasaron en 1943 a Viena, con un comando de presos para hacer fortines antiaéreos en una fábrica alemana de motores de aviones de caza. Allí, no te pegaban tanto".

"Los nazis iniciaron su retirada en abril de 1945. Nos arrastraron con ellos a Mauthausen, caminamos unos 180 kilómetros. Al que no podía andar y se sentaba a la orilla, le pegaban un tiro. Uno iba caminando y escuchaba ¡pam! y al rato otra vez, ¡pam! A la tarde mataban a un caballo, le caíamos con cuchillo y lo comíamos crudo".

El 5 de mayo de 1945, el Ejército de Estados Unidos ocupó oficialmente el campo de Mauthausen. Había euforia y también caos. Cuatro españoles, entre los que se encontraba Domingo Félez, en vez de ser liberados fueron apresados.

"A los tres días de la liberación del campo, unos hombres me detuvieron, me hablaron en alemán, alguien me denunció, nunca supe quién fue. Fuerzas de Estados Unidos nos detuvieron y nos llevaron junto con los nazis al campo de concentración de Dachau, cerca de Múnich. Los otros españoles acusados fueron Indalecio González, Laureano Navas y Moisés Fernández. Un fiscal militar de Estados Unidos me llamó un par de veces a declarar, yo me reí y contesté que todo era un embuste. En enero, febrero y marzo de 1945 yo no estaba en Mauthausen, sino a 180 kilómetros en la fábrica de aviones, ¿cómo iba yo a llevar gente a la cámara de gas? Porque esa fue la acusación".

"No hubo pruebas para sentenciarme. Después de dos años, fui puesto en libertad en julio de 1947. A González lo ahorcaron en Dachau. Navas fue condenado a cadena perpetua y Fernández, a 20 años de prisión".

Joseph Halow en su libro Innocent at Dachau (1992) relata que los testigos recibieron honorarios por sus servicios y no hubo un traductor profesional del castellano. Al respecto, Eve Hawkins, oficial estadounidense, escribió al Washington Post: "(...) La raza suprema (alemanes) tenía derecho a una asesoría legal y a traductores competentes, pero los españoles, los no beligerantes, los nacionales de un país no enemigo, los involucrados inocentes, uno podría decir que a nadie le importó un bledo". A estos veteranos de la Guerra Civil, prisioneros en el campo de Mauthausen, se les juzgó en Dachau como si fueran criminales de guerra.

Domingo Félez consiguió embarcarse hacia Venezuela con un pasaporte de la Organización Internacional de Refugiados. Desempeñó varios trabajos, conoció a una hermosa trigueña con quien se casó y tuvo tres hijos. Pero en su interior le ardía la sangre. Desilusionado con el Gobierno de Rómulo Betancourt, consternado por las desapariciones de varios amigos del Partido Comunista, Félez se unió al movimiento guerrillero de los años sesenta.

"Subí a las montañas. La primera incursión duró poco, pero lo suficiente para ser delatado y apresado en mi casa. Recibí palo de las policías políticas. Fui trasladado al castillo de Puerto Cabello, donde me tomó por sorpresa la rebelión militar contra el gobierno. Uno de los capitanes golpistas, que hasta ese día había sido nuestro carcelero, nos abrió las puertas del calabozo, nos repartió fusiles. Yo fui destinado a combatir en una institución de enseñanza secundaria. Cuando vi que la causa estaba perdida, conseguí refugiarme en el portal de una casa; un desconocido me tiró del brazo, me llevó para adentro y me salvó la vida".

Félez logró evadirse y refugiarse en Caracas. Por su experiencia en la Guerra Civil española lo buscaron para llevarlo a la selva de Monagas. "En 1965, mi esposa y mis hijos necesitaban de mí, bajé de la montaña". La ley de amnistía le permitió salir de la clandestinidad en 1969. Después de 33 años de lucha volvió a una vida normal.

Fue barbero otra vez, fundó una empresa de jardinería. La edad ha deteriorado su vista, sus pasos son lentos, pero su memoria se mantiene impecable.

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El retorno a Mauthausen del preso 4.100Público' recorre el campo nazi junto al superviviente español José Alcubierre en el 65 aniversario de su liberación.

Escrito por: jordigraug el 09 May 2010 - URL Permanente

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http://www.publico.es/espana/311260/retorno/mauthausen/preso

El retorno a Mauthausen del preso 4.100

Público' recorre el campo nazi junto al superviviente español José Alcubierre en el 65 aniversario de su liberación

DIEGO BARCALA 08/05/2010 21:36 Actualizado: 09/05/2010 10:41

Como un ritual, José Alcubierre (Barcelona, 1925) recorre el muro de las cocheras del campo nazi de Mauthausen (Austria) tocando las piedras. "Cualquiera la pudo poner mi padre", dice. Camina hasta la entrada principal donde una inscripción que ya no existe daba la bienvenida a los presos: Arbeit macht frei ("El trabajo rinde la libertad"). Al otro lado de la puerta es cuando José vio por última vez a su padre, Miguel. Se lo llevaron a la temida cantera del campo donde casi nadie sobrevivió. "Le abracé y le dije: Cuídate bien, papá'. Duró seis meses", llora Alcubierre.

Las tropas de EEUU liberaron Mauthausen un 5 de mayo de hace 65 años. De las más de 100.000 personas exterminadas, cerca de 7.000 eran españolas. Republicanos sin patria para los alemanes, que les marcaron con un triángulo azul de "apátridas" con la S de Spanier (español). A diferencia de los españoles de otros campos, en Mauthausen no les ficharon con el triángulo rojo que identificaba a los políticos. Sin embargo, pocos grupos de reclusos eran tan políticos como los republicanos cuya militancia antifascista les llevó del exilio en 1939 al Holocausto nazi un año después. Franco fue consultado desde Berlín sobre los miles de deportados capturados en Francia. Una escueta nota enviada por el Ministerio de Exteriores dirigido por Serrano Suñer se desentendió de "los rojos".

José llegó junto a su padre a Mauthausen desde Angulema, al sur de Francia, en un vagón de "ocho caballos y 40 personas", el 24 de agosto de 1940. En ese momento se convirtió en un número, el 4.100, que lleva colgado del cuello junto al 4.128 de su padre. "Estuvimos tres días viajando sin comer. Cuando llegamos nos tuvieron siete horas encerrados, nos bajaron y le dije al SS con los dedos que tenía 14 años. En realidad tenía 15, me quité uno, pero dio igual. Me empujó camino de la cuesta que llevaba al campo. Allí, lo primero era desnudarnos y, aunque era verano, después de la ducha fría estábamos helados. Luego nos rapaban el pelo de todo el cuerpo, incluidas las partes, y nos rociaban para desinfectarnos", recuerda.

El primer año murieron cerca del 65% de los 9.000 presos españoles. La brutalidad del trabajo y las condiciones de vida eran tales que los nazis no necesitaron la cámara de gas para el exterminio: les obligaron a construir la enorme fortaleza con el granito de la cantera de Wiener-Graven. Hasta 1.500 presos subían a diario los 186 escalones que separaban el yacimiento del campo, cargados con piedras de hasta 15 k. Las palizas de las SS eran suficiente tortura, pero el sadismo nazi era ilimitado. "Cada noche esperábamos a que fusilaran entre 12 y 15 yugoslavos para entrar al barracón", destaca Alcubierre. Los fusilamientos se unían a las inyecciones de gasolina en el corazón, el ahorcamiento o la asfixia. Cerca de 300 españoles murieron en el cercano castillo de Hartheim por no ser aptos para trabajar. En ese recinto fueron aniquilados 30.000 disminuidos e incapacitados para servir al III Reich.

"Pasado el primer año, estábamos relativamente bien. Es así, no quiero contar mentiras. Los jóvenes, los puchaca [mote de los españoles jóvenes empleados por la empresa Porschacher] éramos enchufados", describe Alcubierre junto a una litera de madera donde dormían tres personas por piso. "Yo dormía con Rafael Álvarez y Jesús Tello, pero se dormía en el suelo. Siempre he sido un enchufado", ironiza Alcubierre.

El barracón reconstruido gracias a la labor de asociaciones de deportados como la Amical de España, huele hoy a barniz. Sin embargo, Alcubierre tuerce la nariz cuando recuerda el olor original. "Las cenizas del crematorio eran fortísimas. Eso es imborrable. Nunca lo llegamos a ver, pero sabíamos que existía. Veíamos un carro con cuerpos desnudos y se te encogía todo. Una cabeza, un brazo, una pierna... terrible".

Olor a carne quemada

Atenta a la explicación se encuentra la hija de una víctima del campo, Bibiana Fuentes, que interrumpe: "Lo pintas bien, pero los primeros meses fueron más duros". José se pone serio: "Un día nos mandaron a formar a 300 españoles. Por aquel entonces trabajaba en la cocina. Vino el jefe y nos separó a tres: Fernando Pindado, Rafael Álvarez y a mí. Me preguntó de dónde era. Le dije que de Barcelona y me dijo: "¿Qué me harías si me vieras allí?" No sabía qué decir y entonces me dio una paliza que me dejó baldado".

El olor a carne quemada es lo que más sorprendió a los soldados americanos del general Patton. "Entramos al campo y vimos todos cuerpos apilados muertos. El general mandó a los vecinos del pueblo cavar para enterrarlos y decían que no sabían nada de lo que pasaba dentro. Es imposible, ese olor, tantos años, no puede ser", dice el soldado George Sherman, de visita en Mauthausen por la conmemoración de la liberación.

Alcubierre pasó tiempo sin contar sus recuerdos pero una herida le da la rabia suficiente como para volver al campo cada mayo: la muerte de su padre. "Se lo llevaron a Güsen [anexo a Mauthausen] y no lo volví a ver. Un camarada me contó cómo murió el 24 de marzo de 1941. Llevaba con dos compañeros mañicos como él un carro, cuando cayó sin fuerzas. Los kapos polacos [jefes de prisioneros designados por las SS entre los propios presos] le pegaron con picos. Le protegieron, pero los mataron a los tres puntapiés. Cuando era joven pensaba en Mauthausen pero seguí con mi vida. Ahora sé que los recuerdos me dejarán varias noches sin dormir", concluye.

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21 Mar 2010

Excelencia, esto ocurre en Auschwitz. Franco lo supo.

Escrito por: jordigraug el 21 Mar 2010 - URL Permanente

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Excelencia, esto ocurre en Auschwitz. Franco lo supo.

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Excelencia, esto ocurre en Auschwitz

El Gobierno de Franco supo de los horrores de los nazis contra los judíos. El joven diplomático Sanz Briz, destinado en 1944 en Budapest, envió a Madrid un informe que avisaba del exterminio en Auschwitz. Hasta ahora tenía el sello de "No mostrar"

JUAN DIEGO QUESADA 21/03/2010

Una mañana, de los vagones bajan 45.000 judíos llegados de Salónica, demacrados y hambrientos. Unos 10.000 son seleccionados para los campos de trabajo y al resto los envían directamente al crematorio. Los que se salvan, hacinados en barracones, no soportan las duras condiciones del lugar y al poco tiempo enferman de paludismo. Los guardias alemanes, con sus botas militares y los perros, les recomiendan que vayan al hospital del campo de concentración, algo que desaconsejan los prisioneros veteranos. Saben cómo se las gastan allí. A pesar de las advertencias, los griegos se presentan en el centro médico, donde a medida que van pasando reciben en el corazón una inyección de fenol que acaba con sus vidas. Sus cadáveres se apilan más tarde en la puerta del bloque de enfermería, donde nunca entra el sol. Eso no tiene ninguna importancia aquí, en Auschwitz-Birkenau, 1943.
Federal. Población: 82,369,552 (est. 2008)

El documento recoge esquemas del lugar y relatos de los asesinatos que se estaban produciendo
Una camarilla de judíos colaboracionistas retiraba los cadáveres del crematorio y rapiñaba sus pertenencias
Incluso para la resistencia antinazi era difícil de imaginar que algo así estuviese pasando con los judíos
"El tema del Holocausto quemaba a Franco, le traía muchos dolores de cabeza. Casi tantos como a la propia Iglesia"

Estos detalles del día a día en el mayor campo de exterminio de la Alemania nazi, donde fueron aniquiladas entre 1,5 y 2,5 millones de personas, quedaron reflejados en un informe que dos jóvenes eslovacos escribieron tras escapar del lugar. El texto, escrito a máquina y en un dificultoso francés, llegó a manos de Ángel Sanz Briz, un joven diplomático español destinado en el Budapest ocupado por los nazis. Tras leerlo, remitió el documento en agosto de 1944 al ministro de Asuntos Exteriores, José Félix de Lequerica. No consta que Sanz Briz recibiese una respuesta.

El puñado de papeles que el diplomático envió a Madrid iba precedido de una carta a "Vuestra Excelencia" en la que informa "sobre el trato a que se condena a los judíos en los campos de concentración alemanes". Desvelaba que se los habían hecho llegar "elementos de la junta directiva de la organización sionista de la capital". "Su origen, pues", se dice en la misiva, "le hace sospechoso de apasionamiento. Sin embargo, por los informes que he podido obtener de personas no directamente interesadas en la cuestión y de mis colegas del cuerpo diplomático aquí acreditado, resulta que una gran parte de los hechos que en él se describen son, desgraciadamente, auténticos". Los papeles permanecían hasta ahora en los archivos del ministerio, en una carpeta donde se lee "no mostrar". Ahora sirven para confirmar hasta qué punto el Gobierno de Franco, simpatizante de Hitler en la Segunda Guerra Mundial y ambiguo en sus posiciones hacia el final de la contienda, conocía con todo detalle el plan que los nazis estaban llevando a cabo para exterminar a los judíos.

En el Budapest ocupado por los nazis, Sanz Briz era un tipo elegante, joven, de misa diaria. Un hombre de fe, en resumen. Era el encargado de negocios en la legación española. Había llegado a la capital de Hungría para sustituir a Miguel Ángel Mugiro, un hombre muy crítico con los dirigentes húngaros que se mostraban serviles con los nazis. Mugiro denunció varias veces a Madrid los abusos que se estaban cometiendo con los judíos en el país, injusticias que había visto con sus propios ojos, como el saqueo que estaban sufriendo los comerciantes. El Gobierno de Madrid le sustituyó por el joven Sanz Briz para mejorar las relaciones con Hungría. No fue así.

Sanz Briz participó casi desde su llegada a Budapest en unas reuniones secretas con diplomáticos de otros países neutrales, incluido el nuncio apostólico, en las que se buscaba la forma de ayudar a los miles de judíos húngaros que en ese momento estaban siendo transportados a los campos de exterminio. Mientras se producían esos encuentros secretos, por las calles de esa ciudad también andaba Adolf Eichmann, uno de los cerebros de la llamada Solución Final, el plan de la Alemania nazi con el que se pretendía culminar el genocidio de la población judía. Eichmann, meses antes, había negociado con los aliados el canje de un millón de prisioneros por una cantidad de dinero que le permitiese seguir costeando la guerra.

"En los vagones de camino a los campos de concentración no sólo van hombres, sino también mujeres, niños y ancianos. Es difícil de creer que vayan a trabajar...", dice Sanz Briz en una de sus comunicaciones con Madrid. Después de mucho insistir, le autorizaron a repatriar a "algunos" judíos de origen español. Hungría, último país ocupado por los nazis, le permitió expender 200 pasaportes. Pero el diplomático buscó un salvoconducto para tramitar cientos de pasaportes y cartas de protección en las que garantizaba el origen sefardí de miles de judíos que en realidad no lo eran. Siempre sellaba las cartas y los visados con números inferiores a 200, lo que despistó a la burocracia húngara.

El documento enviado a Madrid el 26 de agosto de 1944 era similar en muchos aspectos al que elaboraron Rudolf Vrba y Alfred Wetzler, los prisioneros números 44.070 y 29.162, tras fugarse en abril de 1944. En éste en concreto no se especifican los nombres de los protagonistas, tan sólo que se trata de dos jóvenes israelíes eslovacos, deportados en 1942, que pasaron dos años en el campo de concentración y que "milagrosamente" consiguieron escapar sanos y salvos. "Hoy día se encuentran en países neutros", aclara el texto, en el que se incluyen esquemas del campo de campo de concentración y de las cámaras de gas. También se añaden cifras aproximadas de los asesinatos que se habían producido, guardados en la memoria de los testigos, que aseguran que sólo han relatado hechos que ellos han visto. Por prudencia, ni siquiera se anotaron las macabras historias que otros prisioneros les contaban.

No es casualidad que los presos recalquen que todo lo que escriben, toda la putrefacción de los cadáveres, los tiros en la nuca, el gas de las cámaras que relatan, lo hayan visto, escuchado y olido. Quedan en sus memorias el humo de las pistolas, las pisadas de las botas de los militares de las SS. No es casualidad. En la Primera Guerra Mundial, uno y otro bando contaron crímenes que en muchos casos no eran ciertos, y eso había quedado en la memoria de la generación de Sanz Briz, obsesionada por verificar ("su origen, pues, le hace sospechoso de apasionamiento") la certeza de los relatos. Un año y medio antes de que llegase este documento a Madrid, los Gobiernos aliados publicaron una declaración conjunta que denunciaba la matanza sistemática de los judíos. Desde ese momento, se puede decir que existía conocimiento general del Holocausto. En los países ocupados por Alemania se lanzaron folletos donde se decía que quien colaborase con esta barbarie sería juzgado. Pero otra cosa era conocer los detalles concretos, la historia desde dentro. Y esa parte hasta entonces desconocida en España es la que hizo llegar Sanz Briz al Gobierno del general Franco: "Ahí se demuestra que Franco conocía con exactitud el tamaño de la matanza. No admite dudas", cuenta desde el otro lado del teléfono Bernd Rother, historiador alemán y autor del prestigioso libro Franco y el Holocausto.

Rother, que estuvo indagando durante años en los archivos desclasificados españoles, asegura que el informe de Sanz Briz empezó a circular por las esferas de Budapest en mayo de 1944. Los rumores de que la Solución Final caminaba con paso firme eran insistentes y lo confirma que en esas fechas, concretamente entre abril y julio, habían sido deportados 450.000 judíos húngaros a los campos de exterminio. Incluso para miembros de la resistencia antinazi era difícil de imaginar que estuviese ocurriendo algo así, por lo que unos documentos que contasen con exactitud qué demonios ocurría en esa especie de fábrica gris rodeada de alambrada tenían relevancia. "Sanz Briz demostró una vez más su coraje", apuntilla Rother. Al historiador le sorprende incluso que después de haber expedido los falsos pasaportes y de haber enviado la historia de los dos jóvenes polacos no fuese destituido fulminantemente. Después llegó incluso a continuar una exitosa carrera diplomática que le llevó por varios países del mundo.

En Auschwitz, mientras, no paraban de llegar vagones repletos de judíos. A la entrada se encontraban con un imponente cartel: "El trabajo os hará libres". Los recién llegados recibían cada día una libra de margarina y una cucharada de mermelada, a lo que se acompañaba con un café o un té frío, según se lee el documento de Sanz Briz. La sopa que se servía a mediodía estaba hecha con agua sucia y una remolacha, mientras que cuando caía la noche se repartían, en teoría, 300 gramos de pan, aunque al final la cosa se solía quedar en la mitad. En el campo se abrió el Instituto de Higiene, en un bloque aislado de los otros. Se dividía en internos, infectados y cirugía. En su interior se provocaban heridas de guerra para ver de que forma curaban después, se hacían estudios raciales con los esqueletos de los prisioneros y se trataban las enfermedades contagiosas. Además, se hacían investigaciones sobre los efectos de la altitud, las bajas temperaturas o la ingesta de agua del mar. Siempre con los presos como cobayas y en contra de su voluntad.

El primer crematorio se inauguró en marzo de 1943 con 8.000 judíos de Cracovia que fueron gaseados e incinerados. Los jóvenes eslovacos narran que para la ocasión llegaron desde Berlín oficiales y dignatarios civiles que se tomaron la ocasión como una fiesta. "Comprobaban con gusto lo que ocurría en la cámara de gas y al final daban libre curso a su asentimiento". En la puerta del crematorio se colocó un paredón de fusilamiento, antes situada en otra parte del campo.

La nueva ubicación facilitaba la labor de limpieza de los sonderkommandos, unidades de trabajo compuestas por judíos, encargados de colaborar con sus propios verdugos a cambio de algunos meses más de vida. Eran los encargados de retirar los cadáveres de las cámaras de gas y de rapiñar entre las pertenencias de los muertos. Los demás prisioneros evitaban acercarse a ellos por el olor que desprendían y por su fama de violentos. "Yo asistí en una escena en la que un joven judío polaco explicaba a un hombre de las SS el verdadero modo de matar a un hombre sin ningún arma". Eran capaces de hacerlo con las manos. Y eso en Auschwitz no era un crimen. Sencillamente se recogía al muerto con una carretilla y se apuntaba su número de prisionero en un documento donde se registraban las bajas. Sin especificar cómo se había producido el óbito. Eso no tenía importancia en este lugar, al fin y al cabo se trataba de judíos.

Resulta desgarrador el testimonio que dan los dos jóvenes eslovacos sobre la manera en la que se accionaban las cámaras de gas. Cuentan que su interior tenía el aspecto de un baño normal. Sin ventanas, salvo por un ventilador situado en el techo. Las ejecuciones se organizaban de una manera industrial, casi mecánica. Los condenados llegaban en camión, acompañados por un médico, y cuando accedían a la cámara, rodeada de alambre de espino, se desnudaban, todos juntos. Los guardias confiscaban relojes, medallas, pendientes, fotografías en sepia... con la promesa de devolverlo todo al rato. Los prisioneros recibían a continuación una toalla y una pastilla de jabón. A golpe de fusta, les obligaban a esparcirse por toda la cámara. Se cerraban las puertas de repente con un chirrido metálico, las aberturas del ventilador arrojaban el gas y diez minutos después todo se había acabado. Una cuadrilla compuesta por judíos limpiaba el sitio de cadáveres para hacer hueco a los siguientes. Los primeros en ser ejecutados pensaban que iban a darse un baño, pero a medida que se fue corriendo el rumor de lo que de verdad ocurría allí, cada vez fueron más frecuentes los intentos de no entrar en las cámaras. Los guardias solventaban la escaramuza disparando con sus revólveres o a base de culatazos.

El Gobierno de Franco tuvo una posición ambigua respecto a la Solución Final ideada por los alemanes. Antonio Marquina, catedrático de la Universidad Complutense de Madrid y uno de los primeros estudiosos de la figura de Sanz Briz, destaca que el hecho de que España se adhiriese al Pacto de Acero, donde se dice que los enemigos de Alemania son los de España, marcará la estrategia del país. Sólo hay que recordar el encuentro entre Franco y Hitler en Hendaya en 1940. Cuatro años después, en la época en la que Sanz Briz envía el relato de lo ocurrido en el campo de exterminio, Marquina dice que hay que resaltar que ya se había producido entonces el Desembarco de Normandía, Mussolini hacía tiempo que había sido derrocado y los aliados consolidaban su avance. Alemania estaba arrinconada. El diplomático actúa entonces por su cuenta, sin instrucciones de ningún tipo, intuyendo que la posición española respecto a la guerra tenía que haber variado a la fuerza.

El historiador Julián Casanova cree que Sanz Briz fue valiente enviado los documentos, aunque en ese momento ya tenía el viento a favor, sobre todo ahora que el sentimiento antijudío es menor. "Aunque conlleva riesgo porque el tema del Holocausto quemaba a Franco, le traía muchos dolores de cabeza. Casi tantos como a la propia Iglesia", dice. Y Haim Avni, reconocido profesor de la Universidad Hebrea de Jerusalén, añade: "Es importante el acto que lleva a cabo el español sencillamente porque el Holocausto en Hungría se inicia poco antes, en marzo, cuando el Ejército alemán ocupa el país, y él hace el envío en verano (26 de agosto). Estaba ante sus ojos el horror, y lo denuncia. No todos se atrevieron a hacerlo".

Con Serrano Suñer por ejemplo, un ministro pronazi, lo que hizo Sanz Briz hubiese sido un suicidio. De todos modos, Marquina considera que hay pocos documentos que reflejen con certeza el flujo de información que recibió el Gobierno de Franco en ese tiempo a través de los servicios de inteligencia o de los militares. La historia, pues, quizá está por escribirse.

El caso es que además de enviar el informe, Sanz Briz continuó con sus labores diplomáticas. Los judíos a los que protegía fueron recluidos en un gueto, a la espera de cualquier movimiento por parte de los nazis. El diplomático alquiló entonces 11 edificios en los que colgó un cartel donde se leía: "Anejo a la legación española. Edificio extraterritorial". Los trabajadores de la Embajada española se encargaron de proveer de alimentos e higiene a los refugiados. Con el Ejército Rojo a las puertas de Budapest y las quejas constantes de los nazis a Franco, Sanz Briz se vio obligado a dejar el país. Su labor la prosiguió un colaborador suyo, Giorgio Perlasca, un italiano que se hizo pasar por español (cambió su nombre por el de Jorge) y asumió el papel del diplomático español diciendo que éste se había ido sólo por un tiempo. Entre los dos salvaron a unas 6.000 personas. Otros diplomáticos franquistas de ese tiempo también ayudaron a salvar cientos de vidas, como es el caso de Julio Palencia, destinado en Sofía (Bulgaria), o José Ruiz Santaella en Berlín.

Sanz Briz incluía en el paquete que enviaba a Franco el relato de una señora y su hijo. Asqueada de las condiciones de higiene que soportaba en el campo de concentración en el que estaba recluida, pidió su traslado a Birkenau, donde según había oído no era tan malo el trato. Al llegar al sitio, quedó impresionada por el cartel en el que decía que el trabajo la haría libre. "Tenía la impresión de haber hecho un buen cambio", contará más tarde. El patio limpio, los edificios de ladrillo, el césped verde, le dieron buena impresión. Enseguida se dio cuenta de su error. Le afeitaron la cabeza, le tatuaron un número en el brazo izquierdo y de esa forma tan inesperada pasó a convertirse en una prisionera política. Cierto día la condujeron a la cámara de gas y a ella le entró el pánico, aunque le decían que sólo era para hace un recuento al grupo. Ella tuvo suerte: consiguió escapar y con la ayuda de unos campesinos logró llegar a Hungría.

Ese fragmento del horror también estuvo en manos de Francisco Franco, el dictador español. Nunca le envió una contestación al joven Sanz Briz.
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15 Nov 2009

Mauthausen, el drama de los republicanos españoles.

Escrito por: jordigraug el 15 Nov 2009 - URL Permanente

Mauthausen, el drama de los republicanos españoles.

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Mauthausen, el drama de los republicanos españoles

El escritor Andrés Pérez Domínguez se adentra en la tragedia con 'El violinista de Mauthausen'.

EFE - Mauthausen (Austria) - 15/11/2009 17:48

El escritor Andrés Pérez Domínguez se adentra en la tragedia de 7.500 republicanos españoles en Mauthausen con El violinista de Mauthausen, primera incursión de la narrativa española en este campo de concentración nazi, con la que el autor quiere pensar que "es posible un mensaje de esperanza".

En una entrevista concedida a Efe en el transcurso de una visita al denominado "campo de concentración de los españoles", Pérez Domínguez ha dicho que "forma parte de la literatura el dar también un mensaje de esperanza".

Aunque su interés es contar la historia, en medio del drama, de la tragedia que se está viviendo, también pretende "contar sentimientos".

El propio autor recuerda que en sus novelas "siempre están presentes el amor, la lealtad, el fracaso, la culpa".

No puede ocultar un cierto interés por los años 30 y 40. "Tres de mis cuatro novelas giran en torno a la Segunda Guerra Mundial, y esos sentimientos que afloran en mis novelas los encontramos en la guerra en un grado superlativo".

Además, los personajes están "en una situación límite", algo que resulta interesante desde un punto de vista literario.

El punto de partida de "El violinista de Mauthausen", con la que ganó el último Premio Ateneo de Sevilla, fue "una imagen poderosa: una vez, en una estación de metro de Viena, vi a una joven pareja bailando un vals en el andén, sin música, ajenos a todo, como si nadie los estuviese mirando".

A partir de aquella imagen construyó la historia de una pareja a punto de casarse que vive en París, en la primavera de 1940.

Rubén, un republicano español, y ella, francesa, que acabará colaboando con el espionaje aliado para recuperar a su amado cuando los nazis lo envían al campo de Mauthausen.

Entre ambos se cruza un tercer protagonista, un ingeniero alemán que renuncia a su trabajo en Berlín para no colaborar con los nazis y se dedica a recorrer Europa con un violín bajo el brazo.

"Los republicanos españoles de Mauthausen vivieron -recuerda el autor- una historia muy triste: pierden la guerra; viven en condiciones terribles en Francia y cuando llegan los alemanes acaban en campos de concentración porque Serrano Suñer se desentiende de ellos y los condena a muerte, y los que sobreviven finalmente no pueden volver a España".

Saltos en el tiempo
Pérez Domínguez aclara que aunque gran parte de la novela transcurre en Mauthausen, la acción de la novela va dando saltos en el tiempo y también sucede en París y en el Berlín de la posguera.

"No es una novela tétrica sobre Mauthausen, no es truculenta, sino que tiene un mensaje esperanzador".

Al dedicar cada uno de los capítulos a los tres protagonistas, "la estructura literaria se enriquece, pues el mismo hecho se narra desde varios puntos de vista diferentes".

Para la preparación de la novela, además de visitar campos de concentración como Mauthausen o Büchenwald, el escritor sevillano ha leído muchos testimonios de supervivientes como el de Mariano Constante, y libros como el de Montserrat Roig o el de Pons Prades.

Sin embargo, Pérez Domínguez subraya que "se trata de una historia documentada, pero no de un documental novelado".

Mientras pasea por los barracones de Mauthausen, el autor de "El factor Einstein" indica que "los republicanos españoles formaban el núcleo duro del campo y la llegada de los rusos y de los judíos les liberó de las condiciones más duras, porque estos dos grupos fueron tratados todavía peor".

"No es una novela tétrica sobre Mauthausen"
"No es una novela tétrica sobre Mauthausen, no es truculenta", añade el autor, quien pretende ofrecer "un mensaje esperanzador".

La manera de escribir de Pérez Domínguez es "muy visual", dedica atención especial a la psicología de los personajes, y siempre teniendo en cuenta una divisa: "Se pueden hacer novelas entretenidas, pero que además estén bien escritas y que sirvan un poco más, pues la literatura, al igual que el cine, puede hacer que el lector se interese por algo como la Historia".

Pérez Domínguez confiesa su admiración por los libros de historia de Antony Beevor, por series sobre este período histórico como "Hermanos de sangre" de Steven Spielberg, clásicos del cine bélico como "El ojo de la aguja", basada en la novela "La isla de las tormentas" de Ken Follet, o películas recientes como "Valkiria", "Amen" o "Conspiración".

En la actualidad, Pérez Domínguez tiene "varios proyectos en la cabeza", aunque cree que su próxima novela "no estará ambientada en la Segunda Guerra Mundial".

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13 Oct 2008

Republicanos Españoles en los Campos de Exterminio Nazis.

Escrito por: jordigraug el 13 Oct 2008 - URL Permanente

Republicanos Españoles en los Campos de Exterminio Nazis

Escrito por Carlos Hermida

El pasado mes de julio la Audiencia Nacional admitió a trámite la querella presentada por David Moyano, superviviente español de Mauthausen, y tres familiares directos de republicanos españoles que estuvieron internados en campos de concentración nazis.

La querella se ha presentado contra cuatro miembros de las SS pertenecientes al Batallón de la Calavera (Totenkopf-Sturmbann), a los que se acusa del asesinato directo de cientos de españoles recluidos en los campos de Mauthausen, Sachsenhausen y Flossenbürg entre 1940 y 1945. Los cuatro acusados, para quienes se pide la extradición a España son Johann Leprich, Antón Tittjung, Josias Kumpf e Iwan Demjanjuk. Residentes en Estados Unidos, el gobierno de este país les ha retirado la nacionalidad norteamericana al conocer su pasado nazi, por lo cabe la posibilidad de que sean extraditados y juzgados por un tribunal español por delitos de crímenes contra la humanidad.

La querella ha contado con el asesoramiento del Equipo Nizkor, un colectivo de juristas y especialistas en la defensa de los derechos humanos que ha logrado acreditar documentalmente el asesinato de cientos de republicanos españoles en los campos de exterminio nazis. Aproximadamente 7.000 españoles fueron encerrados en Mauthausen, de los que sólo sobrevivieron 2.700. En Sachsenhausen, donde estuvo recluido Francisco Largo Caballero, murieron entre 85 y 100 republicanos, y en Flossenbürg las tropas norteamericanas certificaron que de los 155 españoles internados fueron asesinados 60.

Si finalmente esos cuatro miembros de las SS son extraditados y juzgados en España, se abriría un puerta para juzgar a responsables políticos del franquismo e impedir que los crímenes y la represión de la dictadura de Franco queden impunes. Y sería posible porque existe una relación directa entre los españoles asesinados en los campos nazis y el régimen franquista.

En 1939, al comenzar la Segunda Guerra Mundial, miles de republicanos españoles exiliados combatieron bajo bandera francesa contra el ejército alemán, enrolados en la Legión Extranjera, los Batallones de Marcha y , mayoritariamente, en las Compañías de Trabajadores Extranjeros (CTE) La rendición de Francia en 1940 los convirtió en prisioneros de los alemanes, pero en una situación jurídica muy diferente a la de los soldados franceses e ingleses. Mientras que éstos eran considerados prisioneros de guerra, los españoles carecían de cualquier protección legal. Para el gobierno colaboracionista de Petain, los españoles eran unos “rojos indeseables” de los que había que deshacerse cuanto antes, y a Franco sólo le interesaba capturar a los exiliados que habían ocupado puestos de responsabilidad en la zona republicana durante la guerra civil. Serrano Súñer, ministro de Asuntos Exteriores desde octubre de 1940 hasta septiembre de 1942, elaboró una lista con 210 nombres que fue enviada al gobierno de Vichy y a los autoridades de ocupación alemanas, quienes rápidamente detuvieron a destacadas personalidades republicanas y las entregaron a Franco. Entre los primeros detenidos por la Gestapo y enviados a España estaban Lluís Companys, ex presidente de la Generalitat catalana, y Julián Zugazagoitia, quien había ocupado el cargo de ministro de Gobernación en el gobierno de Negrín. Ambos fueron fusilados tras la farsa de un consejo de guerra. Del resto de exiliados --alrededor de 300.000-- el régimen franquista se desentendió y dejó su suerte en manos alemanas. Si 10.000 republicanos españoles terminaron en los campos de exterminio nazi, fue debido a que Franco y Serrano Súñer dieron luz verde a los jerarcas nacinalsocialistas para que llevaran a cabo la deportación.

El 20 de agosto de 1940, un tren cargado con 927 españoles, hombres, mujeres ancianos y niños, partió de la ciudad de Angulema y cuatro días después llegó a Mauthausen. El mismo día de su partida, la embajada alemana en España se dirigió al Ministerio de Asuntos Exteriores preguntando si el gobierno español estaba dispuesto a hacerse cargo de 2.000 españoles detenidos en Angulema. Tras ocho días sin recibir respuesta, los alemanes volvieron a preguntar sobre esta cuestión y tampoco obtuvieron contestación. Es evidente, por tanto, que el gobierno español tenía conocimiento directo de que había españoles que estaban siendo internados en campos de concentración. El silencio del gobierno franquista a las notas enviadas por la embajada alemana mostraba un desinterés absoluto por la suerte que pudieran correr los exiliados republicanos.

Teniendo en cuenta las estrechas relaciones que existieron durante la Segunda Guerra Mundial entre Franco y Hitler, los alemanes no se hubieran atrevido a deportar a miles de españoles sin tener el consentimiento de las máximas autoridades franquistas. El 13 de septiembre de 1940 Serrano Súñer viajó a Berlín para preparar el encuentro que en el mes de octubre tendría lugar entre Franco y Hitler en la localidad de Hendaya. Serrano se entrevistó con el dictador alemán y con el ministro de Asuntos Exteriores, Joachim von Ribbentrop. En la entrevista con el ministro alemán, éste preguntó sobre lo que debía hacerse con los republicanos españoles y Serrano Súñer respondió que no eran españoles y no tenían patria. De esta forma, quedó sellada la suerte de miles de exiliados españoles que, siendo considerados enemigos del Estado alemán, fueron enviados a los campos de exterminio, donde llevarían el triángulo azul de apátridas (1).

Existe una clara e inequívoca responsabilidad del régimen franquista en el asesinato de miles de españoles en los campos de exterminio nazis y, por tanto, la figura jurídica de crímenes contra la humanidad que les fue aplicada a los dirigentes nazis en el juicio de Nuremberg se hace también extensiva a la dictadura franquista. El artículo 6º del Estatuto del Tribunal Internacional de Nuremberg estableció que eran CRÍMENES CONTRA LA HUMANIDAD “el asesinato, el exterminio, el sometimiento a esclavitud, la deportación y otros actos inhumanos cometidos contra cualquier población civil antes de la guerra o durante la misma; la persecución por motivos políticos, raciales o religiosos en ejecución de los crímenes que sean competencia del Tribunal o en relación con los mismos, constituyan o no una vulneración de la legislación interna del país donde hubieran sido perpetrados (...)”. Por otra parte, estos crímenes por su especial naturaleza tienen características específicas:

  1. Son crímenes imprescriptibles.

  2. Son imputables al individuo que los comete, sea o no órgano o agente del Estado.

  3. A las personas responsables o sospechosas de haber cometido un crimen contra la humanidad no se les puede otorgar asilo territorial ni se les puede conceder refugio.

  4. Como crimen internacional, la naturaleza del crimen contra la humanidad y las condiciones de su responsabilidad son establecidas por el derecho internacional con independencia de la que pueda establecerse en el derecho interno de los Estados. Esto significa que el hecho de que el derecho interno del Estado no imponga pena alguna por un acto que constituye un crimen de lesa humanidad, no exime de responsabilidad en derecho internacional a quien lo haya cometido.

  5. Estos crímenes no son amnistiables

  6. Los crímenes contra la humanidad están sujetos al principio de jurisdicción penal universal.

Es evidente que la represión franquista, prolongada durante décadas, se incluye plenamente dentro de la catalogación de crímenes contra la humanidad. Los fusilamientos masivos, el empleo sistemático de la tortura y los trabajos forzados a que fueron sometidos miles de presos republicanos son crímenes cuya calificación viene tipificada por el derecho emanado de los juicios de Nuremberg. Ahora bien, el hecho de que estas atrocidades no hayan sido juzgadas se debe a la situación de impunidad que se creó en España a partir de la denominada Transición democrática y de la que fueron cómplices las fuerzas políticas que establecieron un pacto de silencio en torno a la represión franquista. El derecho de las víctimas del franquismo y sus familiares a conocer las circunstancias de la represión; el derecho a la justicia y el derecho a la reparación quedaron conculcados por la Ley de Amnistía de 1977, que alcanzaba a los agentes y autores de la represión. Y la reciente Ley 52/2007, de 26 de diciembre, conocida como Ley de Memoria Histórica, tampoco establece actuaciones judiciales contra los responsables de los crímenes perpetrados por la dictadura.

Esta situación de impunidad, que entra en contradicción con la normativa penal internacional, puede concluir si finalmente son juzgados en España los cuatro nazis contra los que se ha presentado la querella a la que antes hacíamos referencia. Entonces podría establecerse con pruebas judiciales que el régimen franquista cometió un crimen contra la humanidad fuera del Estado español al autorizar la deportación de miles de republicanos a los campos nazis. No olvidemos que desde febrero de 1937 funcionaba el Servicio Exterior de Falange Española y de las JONS, entre cuyas siniestras actividades estuvo la “repatriación” de niños de familias republicanas evacuados al extranjero durante la guerra civil. En ocasiones, los agentes falangistas recurrieron al secuestro y, una vez trasladados a España, a los pequeños se les cambiaban los apellidos, dándoles una nueva identidad que impedía la reunificación familiar. Las conexiones de este Servicio Exterior con la Gestapo y los campos de exterminio son cuestiones que aún están por investigar.

En definitiva, esta querella contra miembros de las SS puede permitir, por vía indirecta, que se reabra el tema de las responsabilidades penales de los planificadores y ejecutores de la represión franquista. Aunque somos conscientes de que el PSOE, el PP y la monarquía van a intentar frenar por todos los medios cualquier iniciativa en este sentido, tenemos que seguir luchando para conseguir que los crímenes franquistas no queden impunes. Las víctimas, sus familiares y todos los que combatieron contra el franquismo tendrían al menos una reparación moral si un tribunal de justicia estableciera mediante sentencia que la dictadura fascista de Franco fue culpable de crímenes contra la humanidad.

NOTAS

1.Las pruebas sobre la responsabilidad directa de Serrano Súñer en las deportaciones de republicanos españoles a los campos nazis se pueden ver en MONTSE ARMENGOU y RICARD BELIS: El convoy de los 927. Barcelona, Plaza & Janés, 2005. Págs. 247-289.

Aunque la bibliografía sobre este tema es reducida, destacamos por su interés los siguientes libros:

WINGEATE PIKE, David: Españoles en el holocausto. Vida y muerte de los republicanos en Mauthausen. Barcelona, DEBOLSILLO, 2004.

CONSTANTE, Mariano: Los años rojos. Españoles en los campos nazis. Barcelona, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2004 (primera edición, 1974).

PONS PRADES, Eduardo: El holocausto de los republicanos españoles: vida y muerte en los campos de exterminio alemanes, 1940-1945. Barcelona, Belacqua, 2005.

BERMEJO, Benito y CHECA, Sandra: Libro Memorial. Españoles deportados en los campos nazis (1940-1945). Madrid, Ministerio de Cultura, 2006

ROIG, Montserrat: Los catalanes en los campos nazis. Barcelona, Península, 1978.

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