Se han conmemorado 70 años del fin de la llamada Guerra Civil española (si es que se puede llamar “civil” a una guerra), cruento y fratricida acontecimiento donde se vieron involucrados los poderes ancestrales (los burgueses, los militares, la jerarquía clerical) contra la naciente república (clases medias, obreros, campesinos, estudiantes e intelectuales progresistas).
La conflagración venía a ser un momento más de un largo período de intentos (abierto quizá con el Motín de Aranjuez, en 1808, y los llamados pronunciamientos durante el siglo XIX) para que España se sacudiera de la monotonía y la petrificación económica y social que la consumían. La guerra concluyó con una numerosa cifra de muertos, una populosa lista de exiliados, un país escindido por los excesos que aún hoy siguen pesando sobre la memoria y el espíritu nacional y el férreo colofón de una atroz dictadura, la de Francisco Franco. El período de Franco enajenó a sus ciudadanos de los destinos de la nación, instauró un régimen de fiscalización, control y terror, haciendo que España fuera quedando a la zaga del progreso y la modernidad en muchos aspectos. Por su parte, el cuantioso exilio a que forzó a destacadas personalidades de la intelectualidad española (científicos, pensadores, profesores, médicos, artistas y escritores) fue también un crimen cultural, una sangría que dejaría al país bastante anémico espiritualmente, si bien, por esas ironías de la vida, representaría una vigorosa aportación al desarrollo cultural de América. En este aspecto debe recordarse que la mayoría de sus mejores poetas, más de una veintena, se vieron forzados a enrumbar al exilio. Entre ellos Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, León Felipe, Pedro Salinas, Jorge Guillén, Rafael Alberti, Emilio Prados y Luis Cernuda.
Además, dos de los mejores dejaron su vida en el conflicto: Federico García Lorca, insensatamente fusilado, y Miguel Hernández, muerto en la prisión. Esto da una conmovedora imagen de la tragedia. Cuando una nación destierra a sus poetas, es como si su suelo y su cielo perdieran la voz.
La poesía, que como se sabe, es la expresión más sutil y concentrada de la existencia, no podía ser ajena a tan calamitoso y trascendental conflicto. Se podría hacer una suerte de historia poética de la Guerra Civil siguiendo los textos de los poetas. Lo que escribieron estos conforma, no solo, un retrato de lo que fue el drama bélico, sino también el saldo material, afectivo y moral del mismo en sus gentes. El poeta da un conocimiento más exacto que lo factual, pues es un conocimiento que entraña toda la extensión de lo humano. Conocimiento que implica lo objetivo y lo subjetivo, lo informativo y lo afectivo, lo fáctico y lo intuitivo.
La hasta entonces visión quieta, un tanto bucólica, “entre arboledas tranquilas”, “la Sierra que a Velásquez complacía”, es de pronto alterada por el caótico y atronador barullo de la guerra.
Entre cañones me miro,/ entre cañones me muevo:/ castillos de mi razón/ y fronteras de mi sueño. (Emilio Prados)
¡Oh, malherida España!/ ¡Te persigue la muerte hora por hora!/ Labra surcos de duelo por tu tierras/ una espantosa sombra/ de horcas y de rejas/ mientras la sangre grita y llora. (Juan Chabás)
Va extendiéndose un magma./ Huelgas, disturbios, choques./ Turbas, heridos, muertos. (Jorge Guillén)
La guerra trastoca el orden de la vida. Al quebrarse la regularidad del acontecer aparecen nuevos actos, nuevas ocupaciones, nuevos estados del ser. Son actos y ocupaciones asistidos por la contingencia, lo inminente, el supremo esfuerzo de sobrevivir. Una ciudad se convierte en campo de batalla, una iglesia en cuartel, un minero en soldado. Hay un desplazamiento de la vida que reclama ser a cualquier riesgo.
¿Adónde va ese caos?/ Dirigido atropello./ Santo fratricidio. (J. Guillén) ¡Qué agudas alas de muerte/ por las nubes acechaban!/ ¡Qué alucinación el mar,/ dragón de hierro en sus aguas… (E. Prados)
Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres” (Dámaso Alonso)
La confrontación es un accidente devorador, asolador, un ladrón colosal que no solo mata y destruye, sino que desposee de sentido a los implicados:
Vienen a quitarnos esto,/ que es tanto como la vida:/ El libro, el lecho, el hogar,/ hasta el aire que transita/ por los barrios de Madrid. (José Moreno Villa)
La guerra es una calamidad. Un acontecimiento destructivo. Es fratricidio.
¿Dos Españas?/ En efecto./ Una asesinó a la otra,/ y el país quedó perfecto. (J. Guillén)
¿Por qué habéis dicho todos/que en España hay dos bandos/ si aquí no hay más que polvo? (L. Felipe)
La ciudad no es solo un sitio donde habita el hombre. No es simplemente un conjunto de edificaciones que este ha levantado. No son solo los artículos, objetos e inmuebles de su posesión. Es el alma, el sentido de pertenencia, la identificación con algo supraindividual y material.
Son yo mismo y son también/ tú y vosotros y las vidas… (J. M. Villa)
Madrid: que nunca se diga,/ nunca se publique o piense/ que en el corazón de España/ la sangre se volvió nieve. (Rafael Alberti)
Es vida en primer lugar. Latido de la existencia, no solo la que aún anima el sitio y lo transita, sino también la que lo recorre como sedimento significativo. Sentido del devenir de otras muchas existencias. Eso que podríamos llamar historia, tradición, cultura.
Somos nosotros y son/ Velásquez, Goya y Cetina,/ Lope, Calderón y el Greco,/ Cervantes, Chueca y Zorrilla (J. M. Villa)
La guerra atenta contra lo que podría denominarse hispanidad. La crueldad de la guerra es un antivalor. Es anticultural, además de inhumana. En definitiva, todos los afanes de democratización y modernidad fueron frustrados por la mediación de la incruenta manera con que se asumieron:
Que ese difícil sueño de una mejor España/ Murió en la violencia/ De un vasto asesinato (J. Guillén)
La guerra no es únicamente enfrentamiento, destrucción, muerte. Es también partición. La vida se escinde, dos bandos, dos tiempos, dos espacios, dos épocas. También el individuo se parte. Y ya chusco individuo… en dos mitades (Juan José Domenchina)
El ser queda separado entre lo que fue y lo que es, entre su amor y su odio, entre lo que sueña y lo que posee, entre deseo y realidad. En ocasiones implica la separación de los bienes heredados, la pérdida del ser amado o el alejamiento de la tierra. El exilio no es otra suerte que la confirmación espacial de esa escisión. La vida se conforma entre un aquí y un allá, un aquí que es subsistencia y sobrevida, y un allá que es memoria y añoranza. El aquí es un ámbito que comprende otro espacio físico, otros seres otras costumbres, tal vez otra lengua. Mientras la tierra dejada se afirma en el pasado, la nueva en la que se afinca, se proyecta hacia el futuro, a un porvenir escindido por la interrogante de la posibilidad del retorno.
Es un estado frágil que se segrega constantemente; transido por la nostalgia y la incertidumbre, el poeta lo ve como una “mentira rota en dos verdades”. La nostalgia es el eje que cruza y reúne ambas mitades. Da el sentido real de existencia y guía los actos. El exiliado no es solo un expulsado de su tierra: es todo un desterrado de sí mismo:
Es verse dividido/ en dos mitades para siempre ajenas. (J. J. Domenchina)
El ánimo de vencer, la convicción en la idea defendida insufla el necesario espíritu para combatir. Lo que puede resultar objeto mortal por la potencialidad de cambiarse en herramienta de supervivencia o de victoria, llega a ser un objeto apreciado. Puede ser la dinamita:
qué bien rima mi pecho/ con vuestra dinamita. (Pedro Garfias)
O la ametralladora: Acaricio su lomo,/ de humeante crueldad (M. Hernandez)
¿Cómo entender este regocijo romántico, sino por la aspiración a triunfar y subsistir? Se entona un cántico al valor en lo que tiene de energía para la instauración de la justicia.
Y allí fue vuestro nervio/ la hoz de la justicia. (P. Garfias)
El poeta puede cantar la muerte incluso como mal necesario. Contracandela que busca aplacar el terrible incendio. Muerte como acto supremo para rescatar la vida.
Donde explota un cartucho/ florece un nuevo día. (P. Garfias)
Claro que el poeta acomoda los hechos a su entusiasmo, al principio que lo mueve al canto, ninguna conflagración es hermosa, siempre la muerte sesga vida de seres humanos. Pero se exalta un presupuesto ético. Esta energía ética deriva en convicción. Solo tal arraigamiento de un juicio de valor puede comprobarse como espíritu de canto. El idealismo no deja de ser un idilio, un romance que siente entre la devoción por una causa y la acción que en pos de ella se acomete. Así la gesta se sublima y estiliza.
Ni las bombas ni los tanques/ que quebrarán tu talle esbelto/ fino junco/ del mejor de los aceros”. (P. Garfias)
La villa de Pozoblanco se trastoca en una hermosa doncella. Hermosa e inderrotable en su hermosura. Las bombas no destrozan ni queman allí donde el amor cubre y defiende como coraza. Esto es poesía, bien lo sabemos. Fuerza que restaura y dinamiza. El poeta enarbola su simpatía con ese ente tan vapuleado, el pueblo. Se sabe que tras este concepto se agazapan mil tendencias y oportunismos. El monstruo puede ser David o un Leviatán según quienes guíen sus actos, pero todos le cantan y enaltecen como la parte más noble y desinteresad de la humanidad en una nación. Nos percatamos de que esto es una abstracción. Se ha amputado del cuerpo civil todos aquellos miembros que no responden a dichas virtudes. Así el poeta, enardecido por la fe que lo inspira, lo tiene por adalid invencible:
Pozablanco, Pozablanco/ no serás nunca de Queipo./ Te defienden los soldados/ del ejército del pueblo. (P. Garfias)
“Pueblo” será una palabra que repiten una y otra vez los poetas.
Vientos del pueblo me llevan,/ vientos del pueblo me arrastran (Miguel Hernández)
El poeta quiere ver en el pueblo un tendón de unidad. Una columna que lo sostiene animoso y bravo, a pesar de las abyecciones y sufrimientos. Al parecer para el poeta solo es pueblo el grupo humano generoso.
El que prosigue: paso a paso con los suyos,/ para sufrir y gozar/ y vivir y morir juntos (P. Garfias)
Quiere seguir la voz de ese pueblo: de los hombres que sienten, que padecen y anhelan/ y aspiran a vivir porque trabajan. (J. Chabás)
Parece ser la unción a los otros lo que hace posible cualquier sacrificio y permite soportar todo. Parte de ese pueblo son los milicianos. Pueblo generoso y bravo que defiende la vida. De modo que el poeta cree ver aún en los ojos aterrados que “abiertos dejó el espanto” una chispa de vida al encontrarse con los milicianos:
brillantes de nuevo júbilo/ vuelven a mirar sus campos./¡Que a Villafranca de Córdoba / llegaron los milicianos! (P. Garfias)
Es reconocida la enorme ración de valor que aportaron quienes combatieron por lo que creían. El valor de los milicianos y los combatientes internacionalistas, el valor del pueblo que soportó y arrostró las peores miserias y sañas, dan un carácter epopéyico a la contienda. Porque, en definitiva, es la estirpe de hombres que sabe morir por una causa en la que cree y en la cual su caída los enaltece, la que da pulso a la contienda y sentido a la muerte. En esa raza se incluye el poeta:
Cantando espero a la muerte, que hay ruiseñores que cantan/ encima de los fusiles/ y en medio de las batallas. (M. Hernández)
Cuando se ocupa un sitio y se expropia a esos seres generosos según el poeta, el pueblo, de sus pertenencias, los agresores quedan con una suerte de restos inútiles. Se apropian de recipientes, cáscaras, cuescos yertos, al no ir junto a sus con el espíritu de sus habitantes se despueblan de sentido:
Lejos el pueblo vacío/ sin entrañas y sin pulso,/ sin un corazón caliente. (P. Garfias)
Y en tal sentido constituye un estigma vergonzoso haber abandonado el grupo de los generosos. El que se aparta del pueblo se separa del río vital y cierto. De modo que se convierte no solo en un traidor, sino en un rehén del desprecio y el bochorno:
Qué frío para tu alma,/ que sima para tu orgullo,/ renegado que pusiste/ tus plantas en el sepulcro. (P. Garfias)
Como se ha dicho se produce en la historia, en la existencia, en el hombre, una profunda escisión. El hombre ahora es un ser dividido. Tal división resulta en una reevaluación del sistema de valores. Los conceptos que antes parecían tener consistencia, y solidez, ahora no la tienen. Así “vida”, “patria”, “poesía”, se miran de otra manera y se redefinen. No es fortuita la acentuación de un tono y un matiz de civilidad en la poesía, así como de cierto aire desencantado y pesimista. Tampoco es casual la preferencia que gana el influjo poético y cosmovisivo de Antonio Machado.
León Felipe, poeta de esta estirpe, ironiza su incapacidad para hacer poesía “a la usanza de este tiempo”. Los poetas como él que tienen ciertos conceptos y asuntos como verdaderos no pueden glorificar lo que la práctica niega o desmienten:
Qué/ lástima/ que yo no pueda entonar/ con una voz engolada/ esas brillantes/ romanzas/ a las glorias/ de la patria. (L. Felipe)
La visión de la extrañeza, de la desolación y el desencanto es perceptible en un poema como “El hacha”. El ámbito que se presenta está signado por lo baldío, lo seco, lo amargo y yerto. España no es más que “arruga y sequedad”, erial de polvo donde se ha ausentado la lluvia. El poeta es consciente de que la guerra no ha sido inicio, sino punto climático y cismático de una larga sedimentación de conflictos y contradicciones sin solución:
Oh polvo amarillo y maldito/ que nos trajo el rencor y el orgullo/ de siglos. (L. Felipe)
El autor ve más que bandos opuestos, un solo elemento que enfrenta a unos y otros:
en esta tierra maldita no hay bandos. No hay más que un hacha amarilla/ que ha afilado el rencor. (L. Felipe)
España no se había purificado en una nación moderna bajo los auspicios del humanismo democrático:
Español,/ más pudo tu envidia/ que tu honor,/ y más cuidaste el hacha (barbarie)/ que la espada (caballería) (L. Felipe)
Un dato sustantivo, el poeta no ve una salida saldada. La guerra no ha concluido en victoria, sino en honda herida. Nadie ha ganado:
Esta vez pierden todos, caballero:/ el que se esconde/ y el que huye. (L. Felipe)
A pesar de la arruinada, descreída y desolada condición de los derrotados, siente que algo les ha quedado a los que luchaban por una razón auténtica.
Tuya es la hacienda,/ la casa,/ el caballo,/ la pistola./ Mías es la voz antigua de la tierra. (L. Felipe)
Para Jorge Guillén aunque hay muertes en bando y bando, no son iguales. Una trata de restablecer el pasado, o sea, el tiempo yerto. Muerte que fructifica en muerte. Mientras que en la otra se infiere por razón de sembrar otro tiempo futuro.
¿Crímenes en cada bando?/ De diferente sentido:/ Hacia un pasado bramando,/Al porvenir dirigido. (J. Guillén)
La guerra no concluye. Se extiende por otros modos. Se implementa una guerra sorda, pero cruenta contra lo distinto y que no cumple con el designio de los triunfadores. Es la tiranía, guerra disfrazada de gobierno, pero que mata sistemática, permanente e inmisericordemente a lo que se opone. El clan de los vencedores clama:
Que los más opresores se me arrimen./ Y proyectó que el mundo fuese eterno. (J. Guillén)
Porque el que triunfa para dictar no desea compartir, sino monopolizar el poder y no aspira a menos que a eternizarse. Para que cumpla su total control necesita de la mayor disciplina. No hay mejor método que el terror, pues este hace nacer el miedo. “el gran poder arraiga en muchos miedos”.
La guerra divide y lanza a unos fuera del ámbito que le da sentido. En tal sentido es también despojo:
Tú te quedas con todo/ y me dejas desnudo y errante por el mundo. (L. Felipe)
La guerra trae no solo sufrimiento, expatriación, odio, rencor, una patria dividida y sangrante. La guerra cambia todos los destinos. También para el poeta. El que se ha visto forzado a partir se convierte en un judío errante, que carga con sus penas: estoy con mi paisaje:
/ Aquellos cerros grises de la infancia (J. Guillén)
Un sentimiento que se impuso, sobre todo en los derrotados y forzados a abandonar la tierra fue la nostalgia. Se ve obligado el poeta a caminar llevando su casa de nostalgia a cuestas, para hallar un sitio donde vivir humanamente:
un trozo de planeta/ donde vivir tratando de entenderme/ con prójimos más próximos. (J. Guillén)
La nostalgia no es la nada, es la articulación que da unidad al ser dividido. Nervio por donde se unen presente y pasado, tenencia y carencia, deseo y realidad. El hombre se crea un ser paralelo que da continuidad a un mundo perdido. Se adentra en una geografía del afecto. La distancia refuerza la mirada anhelante a los elementos simbólicos de ese ámbito. La patria es un amor imposible, no un dato actual, sino una invención de la querencia, un resplandor de la memoria.
Si me quedase inmóvil, como esta buena encina… Aún seguiría viendo con blancura intacta
Quien sabe si dormida, la España que he perdido. (P. Garfias)
Mi casa ya no es mía con su abrigada paz, su llar paterna: está en ajenas manos. (J. Chabás)
Llevo tu recuerdo a cuestas Igual que dos negras alas. (E. Prados)
A pesar de todo, el poeta quiere encontrar en medio del exceso de dolor, muerte y devastación, un asidero que de lugar a lo posible. Entra un filo de luz en la perspectiva de que, más temprano que tarde, la razón y la vida se imponen siempre:
Para el hijo será la paz que estoy forjando. (M. Hernández)
Pero entre tantas muertes y catástrofes/ Algo subsiste sin cesar feroz,/ El más feroz de todos los poderes:/ Vida, vida sin fin…/ La vida es implacable. (J. Guillén)
Sirvan estas líneas, más que como homenaje o recuerdo, como llamado. Convocatoria desde el sentimiento y la belleza a desterrar todo lo que opone al hombre contra el hombre. Nunca hay mejor salida que cuando los hombres se juntan a pensar, conversar, crear.
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