24 Sep 2008

Historias del Barrio -I "La casa de la puerta verde"

Escrito por: José Ignacio Izquierdo Gallardo el 24 Sep 2008 - URL Permanente

Toledo

24 de septiembre de 2008

Historias del Barrio 2008

Madrid

“La casa de la puerta verde”

“El sonido de al sirena rasgó el silencio de aquella noche, más cercana en mi recuerdo que del olvido deseado”

No pude evitar mirar por la ventana para seguir el rastro dejado por el coche de bomberos. Se detuvo nada más doblar la esquina de la calle rompiendo la tranquilidad del vecindario. El guiño anaranjado de su luz se veía reflejado en los cristales de los comercios cercanos, haciendo de reclamo para los curiosos vecinos que ya a esas horas se encontraban en sus casas.

Desde mi aventajada posición pude ver como poco a poco la calle se iba poblando de hombres y mujeres que buscaban saber lo que allí estaba pasando. Mi impaciencia hizo que me vistiera con celeridad y que bajara a la calle en busca de noticias que saciaran mi curiosidad.

Aquella calle era en realidad un pequeño callejón sin salida, donde de niño pase mis ratos de ocio con los amigos del barrio. Allí robe mi primer beso, tuve mi primera pelea y me ocurrieron un sin fin de situaciones que permanecían escondidas en algún rincón de mi mente.

Doble la esquina abriéndome paso entre la gente, hasta que pude divisar el viejo portón de color verde de la casa de doña Mercedes.

¡Qué paciencia la de aquella venerable anciana! La recuerdo allí, de pie delante de la puerta, con su delantal de cuadros, su vestido negro y su moño perfectamente peripuesto y repartiendo caramelos entre todos los niños del barrio que habíamos establecido en el callejón nuestro cuartel general. Siempre amable y sonriente a pesar de los muchos balonazos que se perdieron entre sus ventanas, y de las macetas rotas que no supieron soportar el papel de improvisadas porterías de fútbol.

Sentí mucho su marcha cuando murió años atrás a consecuencia de una larga enfermedad. Todos en el barrio nos sentimos un poco huérfanos aquel día. Doña Mercedes no había tenido hijos y su marido murió muchos años antes que ella. Desde su muerte la casa había permanecido deshabitada, por lo que la presencia de bomberos y policía lleno de extrañeza a todo el vecindario.

La puerta de la casa se encontraba abierta y un agente custodiaba su entrada. Se oían fuertes golpes en su interior. Un golpe, luego otro, y así hasta que aquel sonido seco, producido por una maza, se silencio.

Varios policías y bomberos salieron a la calle. En sus caras se reflejaba el horror y en sus ojos se podía leer la palabra muerte. Alguno de ellos no podían disimular las lágrimas, otros se veían incapaces de apartar la mirada des suelo, y todos, parecían haber dado la espalda a la sin razón.

Nos desalojaron de aquella calle para dar paso a más coches de policía que iban llegando a cuenta gotas. Unos minutos después, pudimos ver como una caravana de coches fúnebres se acercaba al lugar, provocando que el nerviosismo se apoderara de todos los allí presentes.

Con la mirada nos buscamos los unos a los otros, intentando encontrar alguna explicación para lo que estábamos viviendo.

La excitación iba creciendo por momentos. Los primeros bulos empezaron a circular de un lado a otro de la calle. La imaginación se dejó llevar por la falta de noticias, y mil y una historias recorrieron todos y cada uno de los rincones del barrio, haciendo parada obligada en cada uno de los corrillos que se habían formado.

Unas horas después aparecieron los primeros ataúdes atravesando el portón de color verde de la casa de doña Mercedes. Un leve murmullo se dejó oír al ver el tamaño de las cajas de madera; y hasta el silencio permaneció callado mientras iban sacando, uno tras otro, los diminutos ataúdes de su interior.

Un grito desgarrador se escuchó detrás de donde yo me encontraba.

- ¡Son trece! ¡Son trece! – repetía una y otra vez doña María Luisa, la jubilada panadera del barrio. - ¡Son trece!, ¿Es que no os dais cuenta?

Todos la observábamos con extrañeza mientras un policía se acercaba a ella.

- Señora, tranquilícese, - dijo el agente – Por favor acompáñeme, es solo un momento.

La vimos alejarse y adentrarse en el interior del callejón. Yo no entendía nada. ¿Que es lo que quiso decir con que eran trece?

Don Tomás, otro de los ancianos del barrio encontró rápidamente la posible respuesta a nuestras peguntas. Entre lágrimas, intento hablar, pero no pudo. El dolor se adueñó de sus ojos y el horror le bloqueó su garganta.

En ese instante doña María Luisa volvía del callejón. Caminaba despacio, muy despacio, con la cabeza gacha y con sus ojos llenos de lágrimas. Sus torpes pasos se dirigieron al lugar donde don Tomás aguardaba noticias.

Por un momento sus miradas se cruzaron y ambos se abrazaron en silencio. Entre ellos ya no había nada que decir.

Los vecinos del barrio observábamos aquella escena a cierta distancia y llenos de curiosidad. A ninguno de nosotros se le había pasado por alto aquel abrazo. Todos sabíamos que las familias de los dos ancianos habían roto relaciones años atrás, y ni siquiera se saludaban si se encontraban por la calle. Pero aquel abrazo, aquel llanto…

Los bomberos y los coches fúnebres fueron abandonando poco a poco aquel sombrío lugar. Apenas quedaron algunos policías, y muchos de los vecinos ya habían retornado a sus casas.

- Son los niños, Tomás. – se había oído decir a la anciana.

- Son nuestros niños. – replicó Tomás casi sin aliento para poder hablar.

Busqué en mi memoria los recuerdos de los años de mi niñez; de los juegos en aquel callejón; de los amigos de andanzas y penurias; de los caramelos que doña Mercedes nos regalaba casi a diario.

Recordé vagamente las historias que relataban nuestros abuelos sobre niños que habían desaparecido en el barrio. Por aquel entonces me parecían cuentos de mayores, hoy sé que Arturo, el hijo mayor de don Tomás fue uno de esos niños. Como él, otros doce niños jamás volvieron a sus casas con sus familias, después de jugar en la calle. Otros doce niños fueron desapareciendo uno a uno; años tras año.

¡Que horror! Por un momento he vuelto a notar el sabor de los caramelos en mi boca, pero esta vez tenían un extraño sabor a miedo.


© 2.008 – texto y fotografía.- J. Ignacio Izquierdo Gallardo

© Se permite el uso personal de los textos, datos e informaciones contenidos en estas páginas. Se exige, sin embargo, permiso de los autores para publicarlas en cualquier soporte o para utilizarlas, distribuirlas o incluirlas en otros contextos accesibles a terceras personas

01 Sep 2008

En la piel de otro - V , "Encuentros"

Escrito por: José Ignacio Izquierdo Gallardo el 01 Sep 2008 - URL Permanente

“Encuentros”

Lo que voy a contar, no puedo decir que por no pensado no fuera deseado. Sé que aquello cambió una parte importante del devenir de mi futuro. Pero hubo algo más. Hubo mucho más.

Fue un encuentro casual, como casual fue que me hallara de viaje de trabajo en aquella ciudad, en aquella terraza, en aquel hotel. No puedo explicar con palabras las sensaciones que sentí al ver a Sofía ante de mi mesa. Ese brillo en los ojos, esa sonrisa que tan bien recordaba. Habían pasado más de veinte años desde la última vez que la vi; desde la última vez que la desee. Aquel lejano día ella iba vestida de “blanco” y su vida tomaba un camino que se alejaba para siempre del mío.

Su vestido de seda negra dejaba adivinar su escultural figura. Tenía la sensación de que nada había cambiado, que el tiempo para nosotros, apenas había avanzado, que todo seguía como antes, que el antes se había convertido en presente y que nuestro presente había ayudado a borrar nuestro pasado.

Se sentó junto a mí. Reímos, lloramos, bebimos y volvimos a reír. Hablamos de nuestros recuerdos, de nuestros amigos, de nuestra historia. Hablamos de nuestras vidas separadas, de nuestras familias, de nuestros trabajos y de nuestros proyectos, y también de nuestras fantasías de juventud y de nuestras promesas incumplidas. En definitiva, nos pusimos al día de todo lo acontecido en nuestros diferentes caminos. Todo parecía tan cercano y tan natural…

A los dos la vida nos había tratado relativamente bien. Sofía continuaba felizmente casada con Sergio y tenían una preciosa hija de dieciocho años. Dirigía un importante y conocido laboratorio farmacéutico, y seguía tan bella como siempre. Yo, también estaba casado y con dos hijos, que cada vez me necesitaban menos. Creé un despacho de abogado que con el tiempo se convirtió en una sociedad jurídica de gran relevancia. Eso me había otorgado una importante reputación en el sector, por lo que era reclamado para dar conferencias en gran número de países. El encuentro con Sofía fue una grata casualidad que nunca me hubiera imaginado que pudiera pasar. También fue casualidad que Paz, mi mujer, no me acompañara en aquel viaje, pero una inoportuna enfermedad familiar le impidió salir de Madrid. Era la primera vez que no estaba a mi lado en uno de mis viajes.

La noche se nos echo encima y nuestros quehaceres del día siguiente aconsejaban que nos retiráramos a descansar. Quedamos a cenar al día siguiente para seguir hablando de nuestro pasado.

“… los minutos parecían detenerse a cada instante y la noche tardó una eternidad en hacer su aparición…”

Cuando llegué al restaurante Sofía ya me estaba esperando. Su sonrisa acentuaba aún más su belleza. Tengo que reconocer que me sentí alagado y orgulloso de ser yo el destinatario de su compañía.

Durante la cena, no paramos de reírnos. La complicidad que un día tuvimos se mantenía intacta, y eso nos hacía sentir a los dos. Por un momento nos olvidamos del resto de comensales que abarrotaban aquella sala. Por un momento el reloj de la vida se paró y la gente desapareció. Por un momento solo existíamos ella y yo, nada ni nadie más. Solo ella y yo.

Ya no hubo más palabras en toda la noche. Ya no se oyeron más risas, ni se pronunciaron más recuerdos. Solo caricias y besos; solo miradas; solo silencios.

Me produce escalofríos rememorar lo que ocurrió entre aquellas sábanas. Toda una noche llena de matices y olores olvidados. Llena de piel erizada y sudorosa. Llena de pasión y de locura.

Su lengua se fundía con la mía, mientras sus manos se aferraban a mi desnudo cuerpo, mientras mis pensamientos más oscuros se perdían más allá del horizonte. Deje mis ojos abiertos intentando congelar ese momento que los dos sabíamos efímero. Sentí como sus ardientes labios derretían los míos. Los dos parecíamos resignados tras perder la batalla contra nuestras respectivas conciencias; si es que plantamos batalla; si es que tuvimos conciencia.

Por una noche juntamos nuestras existencias como si de una sola se tratara. Mis besos jugaron con su cuerpo mientras su boca lo hacía con el mío. Nos amamos intensamente, sabedores de que aquella sería la última vez que nos veríamos, sabedores de que nuestros pasos seguirían por diferentes caminos, que nunca más volverían a cruzarse.

El amanecer nos recibió entre caricias y miradas de complicidad. Dejamos que los primeros rayos de luz bañaran nuestros cuerpos mientras en silencio, y el uno junto al otro, nos quedamos dormidos a la espera de que aquel sueño, aquellas sensaciones, no desaparecieran para siempre.

El sonido del teléfono rompió aquella mágica realidad. Sofía ya no estaba a mi lado. Se había marchado tal y como llegó, en silencio, como si de un espejismo se tratara.

Las revueltas sábanas de la cama eran el testigo mudo de nuestro apasionado encuentro; las sabanas y los restos mi conciencia esparcidos por toda la habitación.

Durante el largo viaje de vuelta a casa no paré de pensar en las sensaciones vividas con Sofía. Recordé cada una de sus caricias, que removieron los cielos y los infiernos, los sentidos más ocultos y los placeres más inciertos. Tengo guardado en mi memoria el sabor de sus labios. Me estremezco al recordar como su boca me devoraba, como sus besos me calmaban, como sus manos me tocaban.

Una mezcla de sentimientos enfrentados me perseguía mientras subía las escaleras de casa. Me sentía culpable ante mi mujer, ante Sofía y ante mí mismo. Me sentía cansado por el viaje e invadido por una extraña excitación. Paz me esperaba despierta, sonriendo de forma pícara y excesivamente cariñosa. Me resultó extraño encontrarla tan ansiosa por verme, por tenerme, por sentirme. Hicimos el amor como no recordaba haberlo hecho con ella en muchos años. No sé cuando la pasión se convirtió en rutina, pero ahora reaparecía renovada. Tampoco recuerdo el tiempo que había pasado desde la última vez que note sus caricias y sus manos; sus besos, sus pechos. Yo miraba en silencio. Paz solo sonreía, miraba y callaba.

Volvieron las caricias y el deseo desaparecido. Volvieron los besos y la excitación no fingida. Otra noche también deseada, aunque desde hace tiempo no pensada.

A mañana siguiente le tocó el turno a las palabras, a las miradas, a… Algo había cambiado no solo para mí aquella semana.

- ¿Sabes a quién me encontré este fin de semana en la galería de Javier, cariño? – No te lo vas a creer. Te acuerdas de Sergio, si hombre, ese que se caso con… - ¿Cómo se llamaba tu ex?, ah, si Sofía. Pues ha venido de París y hemos cenado juntos. Sigue tan guapo y tan simpático como siempre y me dio muchos recuerdos para ti. ¡Fíjate que casualidad!, Sonia también ha estado la semana pasada en New York, como tú. Hubiera sido una gran sorpresa si os hubierais visto allí, ¿verdad?

Noté como las manos me sudaban y el corazón se aceleraba. Recordé que Sergio fue el que me presentó a Paz cuando Sofía me dejó. También recordé que había mantenido una corta relación con Paz; ¡Pero no! ¡Eso no...!

Ha pasado algún tiempo y mi relación con Paz ha dado un cambio radical. No hubo reproches ni preguntas. Solo amor renovado y deseado.

De Sofía no he vuelto a saber nada, aunque en las largas noches sigo soñando con ella, y siento como su lengua juega con la mía mientras su mano busca con avidez mi deseo y mi deseo espera con ansiedad su mano. Siento como sus besos me ahogan y como mi imaginación se deja llevar y recorre mi tiempo, su tiempo, nuestro tiempo.

En la cama, a mi lado, Paz sigue sonriendo en silencio. Una extraña excitación la acompaña en sus sueños.



© 2.008 – texto y fotografía.- J. Ignacio Izquierdo Gallardo

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21 Jun 2008

"ESTOY EN LA MARCHA BLANCA CONTRA LA PEDOFILIA",

Escrito por: José Ignacio Izquierdo Gallardo el 21 Jun 2008 - URL Permanente

Hoy todo el post es ..... BLANCO.

12 Jun 2008

Amigo, sin duda sigues vivo. Buen viaje

Escrito por: José Ignacio Izquierdo Gallardo el 12 Jun 2008 - URL Permanente

"Finger 39"

Querido amigo,

Siento tu marcha. Me gustaría decirte muchas cosas, pero hay momentos en que las palabras se ahogan, y hoy es uno de ellos.

Te echaré de menos. Echaré de menos tus correos, tus palabras de ánimo, tu apoyo y esa amistad incondicional que me ofreciste en los momentos en que lo necesitaba.

Precisamente hoy, que me disponía a mandarte un correo para darte buenas noticias, me he enterado de tu partida. Solo espero que donde te encuentres, te acuerdes de los amigos.

Me quedo con tu recuerdo, con tus post, con tu música y con tus libros. Y me quedo con tu última publicación, que no deja de ser un bello canto a la vida.

Una forta abraçada (perdona nano, mi catalán sigue siendo..., bueno ya sabes)

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Su último Post.

12 May 2008

Sigo Vivo ..

Escrito por: finger39 el 12 May 2008 - URL Permanente

Si sigo vivo internado en un Hospital enchufado a tubos y tubitos pero vivo / Hoy me han prestado un portatil y aprovecho para ponerme al dia ..../

Espero salir en 4 0 5 dias y volver a recuperar una parte de mi vida cotidiana de momento aprovecho el tiempo leyendo y escuchando musica (Keith Jarret/Bill Evansy otros pianistas es lo que mas me apetece) y leo novela negra Alan Furst un viaje de un barco holandes por diversos lugares de Europa y norte de Africa durante la segunda guerra mundial no esta mal y esta mañana he comenzado "El hombre que se esfumo" de unos de mis autores favoritos la pareja sueca :Maj Sjowall y Per Wahloo Creo que en un par de dias lo "liquidare"

Respecto a la vida cotidiana supongo que todo continua mas o menos igual estos dias no leia periodicos pero lo hare a partir de mañana ahora que parece que etoy un poco mejor aunque me cuesta levantar el animo ..

Salud a todos !!!!

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03 Jun 2008

Reflexiones - V " Sin querer querer...Quiero" (Poema Viejo)

Escrito por: José Ignacio Izquierdo Gallardo el 03 Jun 2008 - URL Permanente

Sin Querer…Quiero

Sin querer buscar,

encontré lo que no hallaba.

Sin querer mirar,

vi las cosas olvidadas.

Sin querer oír,

escuché tus palabras nunca dichas.

Sin querer decir,

pronuncié pensamientos a escondidas.

¡Que absurda es la vida cambiada!

Que encuentras sin buscar lo que no hallas.

Que hallas sin querer lo que buscabas.

Que sin mirar, ves; y escuchas sin oír nada.

¡Que absurda es la vida olvidada!

Si se llora en lugar de reír.

Si se habla en lugar de escuchar.

Si se oye sin saber que decir.

Sin querer caminar,

avancé por las veredas.

Y sin querer descansar,

me senté bajo sus pinos.

Sacié mi sed de sus fuentes,

y seguí por mi camino.

Sin querer querer, amé.

Y sin amar en cambio quiero.

¡Que triste es la vida cambiada!

Que amas a quién no quieres.

Que quieres a quién no amas.

Que sin avanzar, caminas,

Y sin querer caminar, … no paras.


© 2.008 – texto y fotografía.- J. Ignacio Izquierdo Gallardo

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26 May 2008

En la piel de otro - IV "Para la libertad"...Dedicada a Juan Manuel Piñuel

Escrito por: José Ignacio Izquierdo Gallardo el 26 May 2008 - URL Permanente

Para la Libertad…

Dedicado a Juan Manuel Piñuel

“La libertad no hace felices a los hombres. Los hace simplemente hombres” (Manuel Azaña)

Sus pasos eran lentos y cansinos. Su rostro reflejaba la tensión de los últimos días; de esas horas que le iban destruyendo por dentro; de esos minutos que se alargaban hasta el infinito, deteniendo el paso del tiempo hasta casi hacerlo interminable.

Las últimas noticias recibidas no presagiaban nada bueno. Todo se estaba complicando en exceso y habíamos llegado a un punto de inflexión que ya no nos permitía dar marcha atrás. Ya nada era inviable y por momentos, la idea de que Santiago no apareciera con vida empezaba a estar presente en los pensamientos y en la mente de todos.

La casa era un ir y venir de gente. De familiares angustiados por la noticia del secuestro; de amigos a los que el paso del tiempo les rasgaba el alma; de policías que intentaban, no siempre con éxito, poner algo de orden en toda aquella maraña; y de prensa, ávida de información y que en estos casos es tan necesaria para dar eco a las pretensiones de los secuestradores, para movilizar a la opinión pública, y para remover las conciencias de los sin razón.

Sonó el teléfono. Lo hizo con ese timbre que hace sentir como las entrañas se encogen por dentro; con ese tono que da densidad al silencio; con ese sonido que hace temblar cada músculo del cuerpo.

Miré a Ana queriéndola infundir ánimos e intentado que sintiera todo mi apoyo en esos angustiosos momentos. Ella me sonrió antes de coger el auricular. Su cara de tensión cambió cuando le dijeron que su marido todavía seguía con vida, pero un grito desgarrador se dejó oír cuando le comunicaron que sería ejecutado sin remisión a la hora fijada, si sus pretensiones no eran finalmente escuchadas.

Abracé a Ana con todas mis fuerzas para evitar que cayera al suelo. Desgraciadamente esta no era la primera vez que pasábamos por un trance parecido. Hace años nos tocó vivir de cerca los días de libertad robada a nuestro padre cuando fue secuestrado por ETA. Nadie podrá pagar nunca las horas de angustia provocada por la falta de noticias, ni los esfuerzos de nuestros familiares y amigos para reunir el dinero que pedían a cambio de su puesta en libertad, ni los llantos desesperados de nuestra madre por ver como se acababa parte de su vida. Nos tocó sufrir esos tortuosos minutos que separan la vida de la muerte y que diferencian la libertad y el reencuentro con la familia, del llanto, del desconsuelo, del silencio y del olvido.

Ahora es distinto. Ahora no piden dinero, ni reconocimiento de derecho alguno, ni siquiera su Independencia mal entendida. Ahora solo piden la libertad de uno de sus cómplices a cambio de la vida de Santiago.

Los minutos avanzaban inexorables hacia la hora prefijada. Ana miraba el reloj del salón mientras paseaba de un lado a otro de la casa y veía como el tiempo se agotaba.

El teléfono volvió a sonar. Esta vez lo hizo como el eco de un disparo en una ejecución; con ese ruido seco que se escucha al apretar un gatillo.

Después… el silencio y luego el llanto, y de nuevo el silencio que nos sumerge en la nada.

Aplausos y llantos nos acompañaron durante el sepelio. Abrazos, besos y palabras. Muchas palabras dichas y muchas calladas. Muchas palabras sentidas y tristemente, muchas palabras antes pronunciadas y que no sirvieron para nada.

Ana es fuerte, y sé que luchará por su hijo y con su hijo por salir adelante. Ana es inteligente y sé que sabrá apoyarse en las personas que de verdad la queremos. Ana es racional, y sé que apartará de su mente sus odios y sus rencores, y que continuará su vida junto a los suyos. Pero también sé que Ana no olvida. No olvida las palabras afligidas de los políticos, todas de apoyo y muchas de mentira. Sé que no volverá a dar la mano a quién con palabras vagas siente la muerte de Santiago, mientras siente también la captura de sus asesinos.

La vida continúa para casi todos, pero mejor vivirla sin ellos… y en libertad.



© 2.008 – texto y fotografía.- J. Ignacio Izquierdo Gallardo.

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20 Abr 2008

Reflexiones-IV “Se me rompió algo más que el corazón”. Se me rompió la p...

Escrito por: José Ignacio Izquierdo Gallardo el 20 Abr 2008 - URL Permanente

“Se me rompió algo más que el corazón”

Un vacío inmenso me dejas con tu marcha. Unos momentos difíciles de vivir, y un pasado difícil de reemplazar, y de olvidar.

Hoy al levantarme, te he buscado sin encontrarte; sin acordarme de que ayer partiste para siempre. Me he sentado frente a la mesa intentando recordar tu cuerpo. He llorado, me he sentido apesadumbrado, sin saber que hacer ni que decir.

Me queda el recuerdo. Ese recuerdo de las palabras escritas y de las caricias dadas. El recuerdo de los sentimientos compartidos, de los viajes reales o imaginarios que disfrutamos y de los instantes vividos.

Fuiste mi luz en la oscuridad, y mi guía en el camino de las ideas. Mis lágrimas de tinta se derraman por ti, que no fuiste la primera, pero sí mi mejor compañera. Que no fuiste la de mejor presencia, pero sí la mas certera.

Fuiste fiel a mis pensamientos y leal a mis sentimientos. Fuiste la “María” de mis sueños y el alma oculta de mis poemas. Me ayudaste a “buscar el Alba”, a adentrarme en mis “Reflexiones” más profundas y a saber ponerme “En la Piel de Otro”.

Hoy te doy mi último adiós, porque sé que debo seguir mi camino sin ti. Meteré en mi mochila la carta con tus últimas palabras escritas, donde quedó derramada tu sangre, que durante tanto tiempo fue la mía.

Te echaré de menos, querida amiga. Echaré de menos el acariciarte con mis dedos; el contemplar tus rios de tinta azul surcando el papel, mientras dabas forma a mis vagas ideas.

PD.- Esta, tu despedida, la he escrito con “quién” ya te sustituye. Como ves, pone mucha voluntad, aunque no es lo mismo. Ya nunca será lo mismo.

Te has convertido en parte de mis pensamientos, por tí sufridos y escritos. Por eso, me quedaré con tu recuerdo, mientras tiro tu cuerpo a la papelera.

-Pilarrrrr.- ¿Con qué se quita la mancha de tinta de la mesa?.

José Ignacio Izquierdo Gallardo

Abril de 2008



© 2.008 – texto y fotografía.- J. Ignacio Izquierdo Gallardo

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11 Abr 2008

En la piel de otro . III "Mujeres Rotas"

Escrito por: José Ignacio Izquierdo Gallardo el 11 Abr 2008 - URL Permanente

Mujeres Rotas”

Abrí la puerta de aquel lugar, nuevo para mí, con la esperanza de que tras ella quedarán para siempre, las humillaciones, los desprecios, los golpes y ese olor a miedo que todavía llevo grabado en mi alma. Ese olor que durante tanto tiempo he sentido, y ahora solo espero que desaparezca para siempre.

A pesar del tiempo transcurrido, aún noto el temblor de mis manos, la boca reseca y esa mezcla de emociones, entre el regocijo de saberme lejos de Juan y fuera de su espacio, y el desconsuelo de tener que estar aquí.

Después de mucho, empiezo a sentir la calma que me faltaba. Atrás quedaron muchas horas de amor y pasión, pero también de insultos y de golpes; de desprecios y de falta de respeto.

Comienzo a escribir una nueva página en mi camino, lejos de lo que conocía y a la espera de que algún día, pueda volver a sonreír.

Nunca sabré como nuestra relación, llena de cariño y de abrazos, llena de complicidad y de miradas, pudo cambiar tan deprisa y desembocar en algo tan despreciable y humillante. No sé, como el cielo se convirtió en infierno, como las caricias se convirtieron en golpes, como de los besos pasamos a los gritos, como del todo llegamos a la nada.

Nunca sabré, por qué soporte en silencio todo aquello, mientras me veía atrapada por una relación tempestuosa de la que no fui capaz de salir.

Acepté callada, el control al que me sometía, los gritos, los celos y los reproches, las explicaciones y los “porqueses”. Acepté llorando, el primer perdón, después de la primera bofetada, después de mi primera equivocación.

Pronto llegaron otros golpes y otras equivocaciones. Otras dudas, otros empujones y otros temores.

¡Cuantos chantajes y cuantas amenazas soporté! ¡Cuantas humillaciones sufrí y cuantos perdones otorgué! Y a pesar de ello, siempre terminábamos haciendo el amor.

Todavía tengo presente el sabor a sangre. De la primera sangre que cayó por mi rostro después del primer golpe. Todavía tengo grabado en mi mente, la sensación que sentí la primera vez que me miré al espejo después de una paliza. Conocí la cara del horror, de los malos tratos. Noté el dolor del alma, que era mayor que el dolor del cuerpo, que el dolor de los ojos hinchados y amoratados. Y seguí sin hacer nada…

A pesar de las palizas, sufría sus ausencias, que me rompían el corazón. Cuantos perdones pedí por sentirme culpable por no saber hacerlo feliz, por hacerle enfadar. Cuantas llamadas suplicando su vuelta, y cuantos empezar de nuevo, para morir un poco más cada día.

Mis amigos no podían entender como aguantaba sus muestras de ira, sus desprecios, sus comentarios hirientes. Ninguno de ellos sospechaba que yo callaba su maltrato y sus golpes. Ante ellos, excusaba su actitud machista, simplemente, por que a pesar de todo, lo seguía queriendo.

Muchas veces se marchó de casa, y muchas volvió, por que yo le llamaba para que lo hiciera. Cualquier motivo era suficiente para desencadenar de nuevo su batalla, para que aparecieran los insultos, los golpes, los gritos y ese olor a sangre, al que poco a poco me iba acostumbrando.

Aguanté sus borracheras, sus reproches. Aguanté a sus amigos, sus juegos y sus vicios. Aguante sus silencios y sus vejaciones., sus castigos y sus humillaciones.

Por fin un día reuní el valor necesario para abandonar aquella casa, aquella tortura casi voluntaria. Denuncié a Juan por malos tratos, por la sin razón en la que me hacía vivir y por robarme la vida a pedazos, que ya no serían nuca míos.

Dejé que la ley me protegiera y la justicia hiciera su trabajo. Conseguí una orden de alejamiento, con la que me sentí más segura. Esperé, casi contenta, la llegada del juicio rápido que le metiera en el lugar donde se merecía.

No pasaron ni dos días desde mi marcha, cuando el miedo llamo de nuevo a mi puerta, en forma de mensajes recibidos en el teléfono móvil, en llamadas nocturnas. Miedo a sus amenazas nada veladas y a sus miradas desde cualquier esquina. Miedo de saber que Juan me notaba aterrorizada y a su merced, y miedo al darme cuenta de que mis denuncias no servían para nada.

Y ocurrió lo mil veces pensado y mil veces olvidado.

Cuando regresaba de una cena que tuve con los amigos, acompañada de Luis, que se ofreció ha hacer las labores de guardaespaldas. La noche nos ocultó el peligro al que estábamos expuestos, y mientras abría la puerta del portal, oí un grito desgarrador a mis espaldas.

Solo me dio tiempo a girarme para ver la mirada perdida en los ojos de Luis, mientras caía muerto al suelo. Tras él apareció la figura de Juan con un ensangrentado cuchillo en la mano. En su rostro se podía leer el odio de su corazón y su sin razón. Incluso en aquel momento, me sentí culpable por haberle abandonado y haber provocado el daño causado a Luis.

No sentí ninguna de las nueve puñaladas que Juan me asestó. No puede oír mis gritos en el silencio de la noche. No note el golpe al caer al suelo junto al cuerpo inerte de mi amigo.

Ya nunca me temblaran las piernas como lo hacían con el hecho de pensar en donde me encontraría a Juan. Ya nunca volveré a tener la sensación de angustia que tantas veces me acompañó. Nunca más lloraré por sus ausencias, ni por sus celos, ni por sus golpes.

Ha pasado un año desde que Juan acabó con mi vida y con mi sufrimiento. Un largo año, en que la puerta, de esta “Ciudad de las Mujeres Rotas” se ha abierto en demasiadas ocasiones. Un año en el que he conocido a más de ochenta nuevas mujeres, victimas de la violencia machista. Un año, en el que a tenor de las noticias que nos llegan, no ha cambiado nada en el mundo de los vivos.

Pensaba que los muertos no tenían la capacidad de sentir miedo, pero no es cierto. Todas temblamos horrorizadas, cuando nuevas mujeres aparecen detrás de la puerta.

Ojalá, que pronto cambien las leyes y la justicia y podamos dejar de sentir miedo después de muertas.

Por cierto, no os he dicho mi nombre, aunque en este lugar no tiene ninguna importancia, me llamo Mª José, y podéis preguntar por mi si alguna vez os veis obligadas a llamar a la puerta de este desolador lugar, en el que a pesar de todo, nunca seréis bienvenidas.

José Ignacio Izquierdo Gallardo

Abril de 2008



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