24 Jun 2009

Malos recuerdos...¿malas conciencias?

Escrito por: José Ignacio Izquierdo Gallardo el 24 Jun 2009 - URL Permanente

Los malos recuerdos…

…¿malas conciencias?

El padre Zacarías entró en la habitación a toda prisa. Sin duda, mi llamada de teléfono le había perturbado y acudió a la cita, raudo y veloz, como si el mismísimo diablo le pisara los talones. Me encontró mirando por el balcón de mi despacho, desde donde podía ver pasear a los turistas que a esas tempranas horas llegaban ya a la Plaza de San Pedro. No le paso inadvertida la ausencia de la sotana en mi indumentaria, y después de recuperar el aliento, me reprochó que todavía no estuviera preparado para despachar, como hacía cada mañana, con el Santo Padre.

El día era soleado; y eso era de agradecer después de las lluviosas jornadas con las que me recibió Madrid en esta última visita. Por desgracia, Zacarías no pudo acompañarme en este viaje. Asuntos delicados requerían su presencia en Roma, y eso le impidió despedirse de nuestro querido amigo Alberto. Una muerte inevitable, anunciada y absurda, pero no por ello asimilada.

En las últimas semanas, la enfermedad había avanzado rápidamente y la vida se le iba a borbotones con cada respiración. Fue su llamada la que hizo que me desplazara a Madrid para hacerle compañía en sus últimos momentos. ¡Iluso de mí! Quise confesarle y administrarle los Santos Óleos, pero Alberto, fiel a si mismo, no me dejó hacerlo. Recordé como aprovechaba cualquier ocasión para renegar de Dios y de la Iglesia, y para hacernos rabiar con sus malintencionados comentarios sobre nuestro “oficio”, como le gustaba llamar a nuestra vocación. Sin embargo, siempre fue un amigo fiel y habíamos peleado mucho para mantener la amistad que desde niños guardábamos como el más preciado de los tesoros.

Durante mi viaje de regreso a Roma, pensé las mil y una formas de contar a Zacarías las últimas horas de la vida de Alberto, y las palabras que dejó escritas en una carta dirigida a nosotros. Le hice que se sentará en la pequeña antesala del despacho, donde el fresco de la mañana entraba a través de la ventana, y parecía despejar las ideas. Allí, mirando de soslayo a Zacarías, comencé a leer el escrito de Alberto, que yo ya conocía al haberlo ojeado en la soledad del avión que me trajo de vuelta.

“Queridos Fernando y Zacarías.

Si estáis leyendo estas breves líneas, es, que por desgracia para mí, ya no estaré entre vosotros. Seguro que habéis rezado por mi alma, pera ya sabéis que eso es una pérdida de tiempo, y que mi alma no tiene salvación posible. Además, si existe, expiaré mis pecados en las profundidades del infierno, donde seguro que nos encontraremos algún día.

Sé que lo que os voy a contar os generará un sin fin de dudas y de preguntas, que me temo se quedarán sin respuesta. Solo os pido que seáis benévolos con mis palabras, y que no me juzguéis con dureza sin tener en cuenta el sufrimiento que me han provocado todos estos recuerdos, que ahora, afloran a la superficie y que ni siquiera yo era consciente de tener guardados. Estoy seguro, que si este maldito cáncer no me hubiera ganado la batalla, estos recuerdos que hoy me atormentan seguirían enterrados en algún rincón de mi memoria. Por eso tampoco quiero que busquéis la razón de mi silencio.

Es cierto que cuando se vislumbra el final del camino, la vida se pasea por delante de nuestros ojos. Muchos han sido los recuerdos que me han hecho compañía en las largas noches de hospital. Unos, llenaban de luz y alegría mi pequeña habitación; otros, como este que hoy os relato, la sumían en la mas absoluta oscuridad.

Sabéis que he dedicado muchas horas a luchar contra el cáncer, y que han sido unos meses muy duros soportando el tratamiento para acabar con un enemigo, que por lo menos era visible. Con lo que no contaba, es con la impotencia que genera el luchar contra los recuerdos, sobre todo, cuando uno no es consciente de haberlos tenido”.

Zacarías se movía inquieto en el pequeño sillón de madera. Se le notaba incómodo; no sé si las palabras de Alberto, le provocaban ese estado de ánimo, o si ya se había dado cuenta de hacia donde nos llevaba la carta. Sus ojos no dejaban de mirar de un sitio a otro. Intenté tranquilizarle mientras daba continuidad a lectura del escrito.

“Estos días, como si de un puzzle se tratara, he ido colocando las piezas que mi memoria se encargaba de poner sobre la mesa. Por desgracia, según iba tomando forma, el dolor y el sufrimiento hicieron acto de presencia y se instaló en mi una especie de angustia, que me hacía más difícil el pasar de los últimos días.

Por momentos comencé a sentir sensaciones que creí olvidadas. Se trataba de pequeños matices que iban formando un todo; y de repente, como si el tiempo retrocediera rápidamente, me encontré en los días de colegio, que yo pensé alegres y divertidos y que sin embargo, hoy se tornan oscuros y terribles. Y entre esos recuerdos, pude sentir el intenso olor a rancio de la sotana del hermano Felipe”

Miré a Zacarías con el rabillo del ojo. Se tapaba la cara con sus manos y agachaba la cabeza hasta hacerla desaparecer entre sus piernas. Interrumpí la lectura de la carta para ver como se encontraba, pero no me dejó preguntarle nada y me pidió que continuara leyendo. Alberto había dirigido la carta a dos amigos, a sus dos “papis” como a él nos llamaba. Así me lo explicó en el hospital. No quería que miráramos su historia con los ojos de dos sacerdotes, sino de dos amigos que comenzaron a fraguar su amistad en el patio de un colegio del barrio. Sé que para Alberto tuvo que ser muy difícil rellenar estos folios, pero también sé que para él fue importante quitarse de encima los malos recuerdos antes de partir.

“Los recuerdos de sus enormes manos acariciando mi cuerpo; del olor de su hálito al acercarme la cara; del miedo que sentía cuando me arrastraba contra su pecho; de la sensación de frustración cuando introducía su pierna entre las mías, golpeaban con fuerza mi cabeza en la soledad de la noche.

Siempre se repetía el mismo ritual cuando el hermano Felipe me castigaba a quedarme después de las clases. Al final, me hablaba de la generosidad de Cristo, del amor que me tenía por ser un buen cristiano y de lo mucho que él y el altísimo se alegrarían, si tomaba la decisión de ingresar en el seminario de la orden. Tenía nueve años, y no entendí lo que me estaba pasando.

No sé si fue la edad, o la vergüenza y el sentimiento de culpa que me hacía sentir todo aquello, lo que me hizo callar y ocultar aquellas vivencias a mis padres y a mis amigos. Ahora todos esos sucios recuerdos brotan como una gran cascada de sensaciones y de frustraciones; de remordimientos y de miedos, que me hacen más difícil, si cabe, el trance de cruzar la línea hacia la nada. Ahora si recuerdo las noches en vela, las pesadillas continuas, las sábanas mojadas,… Por desgracia, hubo otros muchos castigos, otras muchas tardes, y otros muchos silencios; y también otros muchos compañeros que pasaron por el tenebroso despacho del hermano Felipe”

Zacarías se levantó y caminó despacio hacia el balcón. Estaba tremendamente abatido y me preguntó si había algo más en aquella carta. Asentí con la cabeza, y seguí leyendo sus últimas líneas.

“Quizás ahora estéis pensando que podía haber callado todos estos recuerdos tan tristes. Es posible que tengáis razón, pero quería que supieseis que es lo que me atormenta en estos días y lo que no me ha dejado morir en paz. Necesitaba sacarlo fuera y compartir con vosotros mi dolor y mi pena.

Sé, Zacarías, que años atrás habías visitado en varias ocasiones al hermano Felipe, y que el Vaticano te había encargado una investigación sobre algunos sucesos oscuros habídos en los colegios de la orden. Nunca te pregunte nada, pero ahora creo saber lo que buscabas, y me temo que si algo sucio encontraste sobre él, quedó guardado en el mismo cajón donde se ocultan los expedientes sobre las investigaciones que tu actual “jefe” te ordenó hacer a Marcial Maciel y a otros iluminados de la Iglesia. Me contaste que con ello evitaste su santificación, pero que por respeto a su amigo Juan Pablo II, los abusos a menores que descubriste, quedaron olvidados, hasta que ambos murieron, . No te culpo Zacarías, pero ahora que la muerte me lleva al abismo, no quiero irme sin señalar con el dedo, por muy alto que tenga que hacerlo, a los que callan y miran hacia otro lado cuando se descubre un caso de abusos dentro del seno de la iglesia, y creo que es hora de que toméis cartas en el asunto y que el Vaticano se desmarque y castigue a quienes comenten estas atrocidades, y a los que se encargan de ocultarlas…”

Zacarías se acercó a mí, y de un violento movimiento me arrebato la carta que tenía en mis manos. Luego, mirándome fijamente a los ojos, la rompió en mil pedazos, sembrando la alfombra del despacho con las últimas palabras de Alberto. Estaba lleno de ira, y ni siquiera vi en su cara un atisbo de racionalidad en lo que estaba haciendo. Yo le observaba en silencio, intentando entender su actitud y su vehemencia. Sé, porque a nadie en el Vaticano se le escapaba su trabajo, que era el encargado de organizar las muchas investigaciones que el Santo Padre ordenaba, incluso antes de ser elegido como Papa. Lo que no sabía es hasta donde conocía Zacarías la historia que Alberto nos estaba contando. Lo cogí de brazo, y le pregunté si conocía el infierno por que había pasado nuestro amigo. Zacarías asintió con la cabeza y dando por concluida la conversación, se dirigió hacia la puerta del despacho.

- Zacarías –grite – Hazme un último favor. Recoge mi sotana y dásela a su Santidad. Dile que me marcho, que no quiero que mi sayo sirva para tapar más aberraciones y abusos. Espero que me comprendas, pero he decidido seguir los pasos que señala mi conciencia y no los que marca quien tiene las manos llenas de inmundicia, a pesar de lo blanco de su vestimenta. Y por si te interesa, Alberto terminaba su carta recordando lo feliz que fue teniéndonos, teniéndote como amigo. Adiós Zacarías, y que Dios guíe tus pasos y te perdone. Alberto, siendo como era, ya lo ha hecho, y yo, me temo que no podré hacerlo nunca.

Antes de partir, recogí mis escasas pertenencias y me despedí de mi gente, que siempre me fue fiel. No tengo miedo de lo que me pueda encontrar en este nuevo camino, no sé si dios guiará mis pasos, pero de lo que estoy seguro es que Alberto siempre caminará a mi lado.

26 Mar 2009

Cinco minutos

Escrito por: José Ignacio Izquierdo Gallardo el 26 Mar 2009 - URL Permanente

Cinco minutos

20:20 – 20:25…Últimos minutos de la vida de Carlos:

Aquella tarde llovía. Lo hacía de forma torrencial. La calle estaba desierta, o por lo menos eso es lo que pensé cuando salí de la oficina y corrí hacía el coche con el fin de no empaparme. Por desgracia, no reparé en la sombra que me esperaba escondida detrás de la esquina, y no me dio tiempo a reaccionar cuando la navaja que aquel hombre llevaba en su mano penetró en mi cuerpo sin apenas sentirlo. Caí al suelo sin ser consciente de nada. La sangre que salía de mi cuerpo, se mezclaba rápidamente con el agua de la acera. Solo vi unos zapatos negros que se apartaban de mi rostro, luego, la nada…

20:20 – 20:25…El principio del fin de Ricardo:

El frío y la lluvia me atenazan. Tengo la sensación de que el tiempo juega en mi contra, que cada minuto tarda una eternidad en llegar y una vida en marchar. Mi cuerpo tiembla. Tiembla de miedo y quizás de remordimientos, no por lo hecho, sino por lo que voy a hacer. Noto el peso de la navaja que llevo en el bolsillo de la gabardina.

Al otro lado de la calle aparece la inconfundible figura de Carlos abriéndose paso entre la intensa lluvia. Corre hacia el coche… Sujeto su cara mientras su cuerpo cae al suelo. Miro la ensangrentada navaja mientras echo el último vistazo al cuerpo sin vida de mi amigo. Empiezo a conocer el sabor del remordimiento. ¿Habrá merecido la pena matar a mi mejor amigo, por una mujer?... Espero que sí. Ella me espera…

20:20 – 20:25…La tensa espera de Rosa:

Rosa mira el reloj del salón con impaciencia. Pasea inquieta de un lado a otro, mientras espera que el teléfono suene. Por su cabeza pasan, de forma vertiginosa, todos los pormenores de su plan, todas las realidades de su vida pasada y todas las ilusiones de su futura existencia. Le asaltan las dudas, e incluso desconfía de que Ricardo haya cumplido con lo pactado. Pobre infeliz…, piensa, siempre a la sombra de los demás. Si no fuera por Carlos y por Jaime no se lo que hubiera sido de él. Por fin, el teléfono suena…

20:20 – 20:25…Los cinco minutos terminan

Al otro lado del hilo telefónico, se oye la voz de Jaime. Rosa sonríe. Todo ha salido según lo previsto. Ahora, Con Carlos muerto y Ricardo detenido, dará comienzo una nueva oportunidad, una nueva vida al lado de su siempre soñado y amado Jaime.

Los protagonistas:

- Ricardo: Amigo de Jaime y de Carlos desde los años del Instituto. Nunca resaltó en nada. Bohemio, soñador y secretamente enamorado de Rosa, fue presa fácil para las afiladas garras de su nunca amada.

- Carlos: Arquitecto de prestigio, millonario, excéntrico y algo machista, se casó muy joven con Rosa, a la que nunca fue fiel. Sus improvisados confesores, Ricardo y Jaime, estaban al tanto de su ajetreada vida amorosa. Ambos prometieron guardar sus secretos y sus espaldas.

- Jaime: Inspector de policía. Era el alma del trío calavera. Viajante incansable, simpático, trabajador y gran amante de la literatura, no perdía la oportunidad, que fueron muchas, para colarse entre las sábanas de Rosa. Él fue el que urdió la trama, y sabedor como era de los sentimientos de Ricardo, no le fue difícil convencer a Rosa para que jugara con los emociones de su amigo. Tampoco fue complicado poner a sus subordinados de la comisaría haciendo vigilancia en un lugar cercano al trabajo de Carlos. Ellos vieron a Ricardo huir del lugar del crimen, y lo detuvieron.

- Rosa: Esposa cansada y desesperada, sabedora de las infidelidades de Carlos, encontró en Jaime lo que su marido le escondía fuera de casa. No le costo mucho convencer a Ricardo de que matara a Carlos, aunque para ello tuviera que acostarse con él y jurarle amor eterno. Ahora, una vez pasado el tiempo, podría seguir con los planes que Jaime y ella tenían de cara al futuro.

Nota: Lo que iba para narración de pocas líneas, se va convirtiendo en un relato demasiado largo (47 folios) para publicarlo en el blog. Por ello, se me ha ocurrido presentaros la trama de esta forma. Espero que os guste.

13 Mar 2009

En la piel de otro - VIII... "Carta de amor,... a un amor inexistente"

Escrito por: José Ignacio Izquierdo Gallardo el 13 Mar 2009 - URL Permanente

Carta de Amor,… a un amor inexistente

13 DE marzo de 2009

CORREO CERTIFICADO

A quién corresponda:

...A un amor inexistente.

Escucho el rumor de las olas batiéndose bajo mis cansados pies anclados en la fría arena de la noche. Observo, casi hipnotizado, como rompen en la orilla, sin comprender porqué el mar me devuelve los recuerdos de tus risas y de tus prisas, de tus caricias y de tus besos, mientras yo, desolado, lloro por tu partida.

En esa frágil y quebrantable tranquilidad, me viene a la memoria el olor de tu piel desnuda, mientras intento retener en mis manos el agua que se escapa entre mis dedos, e intento alcanzar la razón de nuestra vida.

Cada tarde vuelvo sin saber porqué, o aún sabiéndolo me lo oculto a mí mismo, y me siento a contemplar como la espuma se esparce por la arena, mezclándose con mis lágrimas que recorren su último camino, antes de ahogarse entre la bruma, antes de que el agua las lleve mar a dentro, antes de que mueran en la frialdad de la noche como ya murieron por la frialdad de tu mirada.

No hay remedio. Volveré una y otra vez, convencido de que son tus manos las que acarician mi piel. Convencido de que es tu voz, sin oírla, la que escucho llamándome cada tarde, de que es tu mirada, sin sentirla, la que juega escondiéndose tras el horizonte y la que me espera cada día deseando que la encuentre.

Volveré, y no me cansaré de hacerlo, aunque entre las afiladas aristas de las rocas del acantilado se esconda la triste realidad de una muerte nunca soñada, nunca querida, siempre esperada.

Aguardaré la llegada de mi hora, y mientras, abrigaré mi alma y lucharé contra la inmensidad de la noche. La oscuridad me abraza. La niebla enjuaga mis lágrimas, los recuerdos se amontonan y me aterrorizan. Anhelo la pasión de tu mirada, el calor de cuerpo, el sabor de tus labios, el sentir de tus palabras.

Tengo frío. Las olas que trajeron mis recuerdos, ahora me los arrebata. Percibo como el viento acaricia mis pensamientos y el mar arrastra a su interior el calor de tu cuerpo, hundiendo mi amor en las gélidas aguas de mi pesar.

Tengo frío. Y a esa agonía que siento, le acompañan el reproche de tus palabras, y el dolor intenso de mi último aliento.

Tengo frío, y lo siento por saber que una ola empujará mi alma y mi cuerpo hacia un lugar desconocido. Me dejaré llevar hacia el fondo del abismo esperando no caer en el vacío, deseando perderme para no encontrar nunca el camino de regreso, aunque los dos sabemos, que nunca existió ningún camino.


© 2.009 – texto y fotografía.- José Ignacio Izquierdo Gallardo

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04 Feb 2009

En la piel de otro - VII; "Alborada sin recuerdos"

Escrito por: José Ignacio Izquierdo Gallardo el 04 Feb 2009 - URL Permanente

Alborada sin recuerdos

Nota: Había dado por concluido la serie “En la piel de otro”, pero un correo electrónico enviado por el hijo de Luís, una persona que seguía mis relatos y me mostraba su cariño, me hace retomarla de nuevo. Ahora que la memoria le juega una mala pasada, me dicen que le siguen leyendo nuestras historias, y me pide que publique un relato sobre el Alzheimer. Sabedor como soy de mi desconocimiento sobre esta enfermedad, he decidido plantear un relato desde dentro, desde la memoria perdida y sus sensaciones. Tengo que reconocer que ha sido muy duro, y solo espero que con el relato, Luís sienta que le “regalo un minuto de mi tiempo” para que se reencuentre con sus recuerdos.


Los primeros rayos de luz se reflejan en el cristal opaco de la ventana. Parece que el astro rey, un día más, ha ganado la batalla al Sr. De la Oscuridad; a ese monstruo cruel que ahoga mis esfuerzos por conocer quien soy, a ese Caballero de la negra armadura que no me permite saber si la imagen que de ti tengo es real o si es fruto de la irrealidad de mi mundo imaginario.

Lucho con todas mis fuerzas para recatar de mi memoria todas aquellas cosas que no recuerdo de ti. Quiero creer que en algún rincón guardé las caricias y los besos que tal vez me diste; las palabras que quizás algún día me dijiste; las miradas y las sonrisas que seguro vi en tu olvidado rostro, y que sin embargo no encuentro.

Miro a mí alrededor intentando retener en mi cabeza, todo lo que mi limitado mundo me ofrece, sabiendo como sé, que no puedo esperar nada de mi búsqueda. Noto tu presencia a mi lado, o al menos quiero pensar que la siento; aunque tengo dudas de si siento lo que siento, o si lo que siento es sentir.

La mañana avanza mientras las nubes amenazan con atormentar de nuevo mis pensamientos. Busco entre la gente que me rodea alguna cara conocida, pero no reconozco ninguna. Oigo sus risas, sus voces, sus palabras. Siento sus caricias, sus abrazos, pero no reconozco nada, ni a nadie. Me llaman por mi nombre, que ellos saben mío y que a mi me resulta tan extraño como las historias que me cuentan, como todas las palabras que me dicen, como todos los colores que veo y todos los olores que huelo, como todas las miradas que siento.

Quiero escapar y respirar tranquilo. Quiero sentirme libre dentro de la cárcel en que se ha convertido mi mente y poder abrir de par en par las puertas del penal en que se ha trasformado mi vida,… pero no creo que lo que vivo sea vivir. No sé si me acordaré como salir de aquí. Ni siquiera sé si recordaré como soñar que salgo, ni como ser libre entre los barrotes inexistentes de mí sufrir.

Quiero andar, pero no sé como se anda. Quiero volar, pero tampoco sé como se vuela. Quiero encontrar la llave de la caja donde algún día escondí mis recuerdos y cerrarla para siempre para que ningún otro pueda escaparse.

Veo gente que me mira y que me habla, pero no entiendo lo que me dicen, ni lo que esperan de mí, ni lo que sienten, ni porque ríen mientras yo lloro por dentro, aunque tampoco sé si esto es llorar. La verdad es que ya no recuerdo ni como se ríe, ni como se llora, ni como son las lágrimas que hoy no recorren mis mejillas.

Rezo sin saber muy bien si hay alguien a quien rezar, pero pido a quien me escuche que me regale un minuto de su tiempo, solo un minuto, para poder reunirme con mis recuerdos y para memorizar como se muere, pero… ¡joder!, tampoco sé lo que es morir, ni lo que significa el término vivir; ni como se vive, ni como se muere.

Seguiré sentado en esta silla de ruedas mientras las nubes pasan, mientras la lluvia caiga, mientras el sol ilumine tu cara antes de que la oscuridad se adueñe de mi noche, como ya lo ha hecho con mi mente. Seguiré sonriendo mientras pronuncian nombres que ya no recuerdo, sin entender lo que me dicen, y lo que es peor, sin saber si tus ojos me miraron alguna vez; si alguna vez me amaron como yo no recuerdo haberte amado. Seguiré sin recordar el olor de tu cuerpo, ni el sabor de tus besos, ni el roce de tu piel. Seguiré sin saber si la imagen difuminada de tu silueta esculpida por mis imaginarias manos, es la que aparece en mis sueños entremezclándose con mi realidad soñada.

No sé si me queda tiempo para odiar lo que siento, o si es normal no sentir nada por lo que odiar, por lo que querer, por lo que vivir, por lo que morir.

La luz volverá a ganar su batalla diaria, y yo la estaré esperando para encontrarme con la misma gente, con las mismas caras desconocidas, con las mismas personas con las que compartir los largos minutos que parecen detener el paso de mi tiempo. Volverán las sonrisas y las caricias, sin saber por qué sonrío, ni por qué me acarician. En algún momento oiré tras la puerta el llanto furtivo de quien me cuida, sabedora, como es, que nunca más será por mí recordada; de quien me ama, a sabiendas de que yo ya no se lo que significa la palabra amar; de quien me acaricia y me besa sin esperar recibir mis caricias y mis besos; de quien conoce que mi amor ya no le pertenece, y aún así, me sonríe cada mañana.

¡Que lenta agonía padecen los que a mí alrededor corren, y hablan, y gritan, y lloran, y miran, y tocan, y sufren, y ríen,… y todavía esperan! ¡Qué lento desconsuelo padecen aquellos a los que miro sin ver, aquellos que por mí viven en un “sin vivir”, mientras yo muero en un “sin morir”!

Veo salir el sol muy despacio por el horizonte de otro amanecer sin recuerdos, de otra bella alborada que cubre de rocío mis marchitos pensamientos.

…A Luís.


© 2.009 – texto y fotografía.- José Ignacio Izquierdo Gallardo

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11 Ene 2009

Nacer cada día

Escrito por: José Ignacio Izquierdo Gallardo el 11 Ene 2009 - URL Permanente

Nacer cada día

José Ignacio Izquierdo Gallardo

Siento como la lluvia cae sobre la tierra seca. Inspiro el olor que desprende y que impregna mis recuerdos trasladándome a la niñez.

Charcos dispuestos para ser pisados, para saltar sobre ellos salpicando de agua las sonrisas. Hoyos abiertos como heridas en la tierra esperando a ser conquistados por un ejército de bolas hábilmente adiestrado por mis manos. Carreteras de arena con pendientes y saltos, donde las chapas hacen camino demostrando su pericia. Juegos que van creciendo, como crecen las risas y las sonrisas; mientras los años pasan; mientras las caras cambian; mientras las manos rozan por primera vez la piel deseada.

Abrazos y suspiros; besos, lágrimas y adioses. Primaveras marchitas que dan paso al calor seco del verano; tierra de nadie de tinieblas llena que preceden a la triste pero necesaria despedida.

Comienza el otoño. Los árboles visten de ocre sus hojas, los cielos se cubren de gris, los vientos endurecen mi camino. Nuevas caras, nuevas sonrisas, nuevos amores por senderos nuevos.

Busco refugio donde pasar el duro frío del invierno, donde mirar el quemar de la madera preparada en la chimenea, donde dejar que el movimiento de sus llamas me hechice, donde dejar volar mi imaginación y llenar de amores prohibidos la roja alfombra de aquella estancia.

Olores a azahar, a hierba fresca y a piel mojada. Sabores a húmedos besos, mientras imagino tu mirada; mientras sueño con tus caricias: mientras anhelo tu boca; mientras deseo tu sexo.

Cae la lluvia sobre la tierra seca y su olor anuncia la llegada de una nueva primavera. Atrás quedan los recuerdos, los sueños, los proyectos inacabados. Comienza una nueva vida que parte de la nada para morir en el infinito frío del próximo invierno; tras un seco verano, tras un bello otoño. Pero antes de volver a morir para volver a nacer, notaré el olor a lluvia que impregnará mis recuerdos, sabiendo que otra puerta se abre, que otra vida me espera, que otra primavera marcará el inicio de la nada para ir creciendo poco a poco a cada instante, a cada minuto, con cada mirada.

No se muere un poco cada día, sino que cada día da comienzo una nueva vida, llena de verdes primaveras, de secos veranos, de impresionantes otoños y de fríos pero sugerentes inviernos.


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28 Nov 2008

Cerrado por vacaciones!!! - Dejarse llevar (poema)

Escrito por: José Ignacio Izquierdo Gallardo el 28 Nov 2008 - URL Permanente

Sólo son vacaciones, pero jo!, que ganas tenía de que llegaran. Una semana; una semana para mochila a la espalda y en buena compañía, perderme por los caminos de La Mancha, que a estas alturas del año nos ofrece imágenes tan bellas como la que aquí os dejo.

Preparados están los cuadernos, los lápices y la pluma; como preparada está la cámara fotográfica, para plasmar los “instantes” que a buen seguro nos encontraremos y disfrutaremos por esta región, cargada de historia y de historias.

Retomar proyectos aparcados en un cajón, madurar ideas para otros nuevos, o recoger datos para futuros escritos, son algunos de los planes que tengo para estos días. Reconozco que hace un año no podía imaginar lo mucho que se disfruta escribiendo, ni lo mucho que me gusta presentaros lo que escribo, pero me dejé llevar por vuestros comentarios...

Hasta la vuelta.

Dejarse llevar

Ni siquiera sé porqué me gusta el viento,

ni porqué tengo la sensación que siento

cuando acaricia las hojas de las acacias,

cuando pronuncia tu nombre entre sus ramas

y con su aliento parece que aún me llama.

Ni siquiera sé porqué me gusta la lluvia,

ni porqué su olor levanta en mí pasiones,

ni porqué al notar su abrazo y su lujuria

provoca en mí diferentes pensamientos,

y un sin fin de sensaciones.

Ni siquiera sé porqué la luna me inspira,

ni porqué me hechiza y no puedo

dejar de mirarla cuando está llena,

ni porqué me gusta el silencio que me ofrece

ni porqué siento que su fuerza me protege.

Ni siquiera sé el motivo por el que escribo,

ni porqué mi pluma se desliza entre renglones en blanco

dejando su tinta en el papel vacío,

guiando mis pasos por su destino,

dando forma a sueños y pensamientos lejanos.

¡Pero que bien me encuentro cuando escribo!

¡Pero que a gusto me siento

jugando con el viento!

¡Pero que sensaciones tengo

cuando la lluvia abraza mi cuerpo,

cuando sus gotas besan mi cara!

¡Pero que feliz me siento

cuando miro al cielo y a la luna,

en busca de tu mirada.



© 2.008 – texto y fotografía.- José Ignacio Izquierdo Gallardo

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12 Nov 2008

En la piel de otro - VI - "El Despertar"

Escrito por: José Ignacio Izquierdo Gallardo el 12 Nov 2008 - URL Permanente

“EL DESPERTAR”

Sigo vagando por las calles color turquesa que aparecen en mis sueños. La gente va de un lado a otro, pero, nadie se mira a la cara, nadie habla, nadie se para. Sus pasos son lentos; con esa desgana de los que no van a ninguna parte; con esa desidia de los que no tienen prisa por llegar a donde nadie les espera. Siento frío. Tengo miedo de no saber como salir de allí, a pesar de que todas mis imaginarias mañanas, al llegar el día, y al abrir los ojos, me encuentro tumbado en mi cama, con las sábanas húmedas de miedo y revueltas de desesperación.

Llega la noche y el miedo acrecienta mi angustia. Lucho para no cerrar los ojos, pero el sueño me vence; siempre me gana la partida a pesar de la disputa que mantengo. Soy débil. Siento la debilidad del vencido, la inseguridad del hambriento, de la vejez, de la muerte.

Las calles siguen igual que las de la pasada noche, y que las de la anterior, y que las de siempre. Sigo vagando por las calles de mis sueños. Me siento en el bordillo de la acera. Me rebelo contra el sub.-mundo en el que me encuentro atrapado. Me niego a seguir caminando, a seguir viendo caras sin expresión; rostros impávidos y descoloridos que me aterran. Me niego a seguir gritando, sabiendo que nadie me escucha y que no encontraré las respuestas deseadas. Me niego a seguir en la búsqueda de la nada; o del todo; o de algo que no sé lo que es.

Miro mis pies cansados y solo veo heridas. Miro mis manos vacías, y solo encuentro llagas y abrasiones de tantas caídas. Miro mi corazón y ya no late. Miro mi alma y no la encuentro. Quizás solo me duele y veo lo que existe. Quizás por eso el alma ni me duele, ni la veo, ni la siento.

Estoy cansado y sin fuerzas, y lo peor es que ya no tengo ganas de seguir luchando. Ya no busco respuestas. Ya no me hago preguntas incontestables. Ya no busco sentido a todo esto, ya…, ya amanece. Hoy el cielo está cubierto de nubes y la lluvia golpea con fuerza los cristales de mi ventana. Veo pasar los coches con las luces encendidas y a la gente avivar el paso mientras sujeta con fuerza sus paraguas para evitar que el viento los destroce. En la radio suena una canción de Joaquín Sabina, que me hace estremecer, no por lo que dice, sino porque me hace recordar las horas atrapado en la nada, en mi nada. Y nos dieron diez y las once, las doce y la una, las dos y las tres…”

Parece que el día gana la batalla. La lluvia cesa y los primeros rayos de sol se reflejan en el húmedo asfalto y en las aceras. La calle bulle de actividad y de vida, pero mi noche tenía prisa por volver. Se hace la oscuridad temida. Me meto en la cama y espero. Esta noche cierro los ojos con fuerza. Deseo que el sueño llegue rápido y me lleve. Por fin me duermo.

Mis ojos tardan en acostumbrarse a la insólita luz que emite mi luna. Veo gente correr. Por primera vez el silencio de mi pesadilla es roto por voces lejanas que no entiendo. Reconozco el rostro de los que giran a mí alrededor, de mis padres y de mis hermanos; de mi mujer y de mi hija; de mis amigos. El color turquesa se desvanece, y con él mi angustia. Estoy algo aturdido, pero me siento bien. Dos personas hablan a mi lado. <Afortunadamente, todo ha salido bien. En cuanto lo reanimemos del todo, lo pasaremos a la UVI. Después hablaré con ustedes> dice una de las voces. Una mano agarra la mía con fuerza. Los ojos me pesan y se vuelven a cerrar. Apenas distingo a las personas que permanecen a mi lado. Sigo sintiendo frío, pero noto que mis fuerzas vuelven para rescatarme. Siento un beso en la cara mientras noto la humedad de una lágrima furtiva que me moja el rostro. Vuelvo a dormirme. Ya no tengo miedo. Ya no hay calles, ni gente, ni temblor; solo árboles y jardines repletos de flores de vivos colores. Solo tranquilidad y silencio. Respiro profundamente llenando mis pulmones de aire puro. Sonrío. Ya no tengo prisa por despertarme. Se que llegará el día, y que habrá otras noches. Se que alguien me espera y vela mis entubados sueños. Pero también sé lo mucho que odio el color turquesa y ese olor a formol que impregna todo mi cuerpo, mi mente y mis sueños.


© 2.008 – texto y fotografía.- José Ignacio Izquierdo Gallardo

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20 Oct 2008

"Johnny - Evita" ...cuando las palabras sobran...

Escrito por: José Ignacio Izquierdo Gallardo el 20 Oct 2008 - URL Permanente

Cuando las palabras sobran…

Si de algo sirvieran mis palabras.

Si con ellas mitigara vuestra pena

y encontrarais sentido a lo que digo.

… hablaría.

Si pudiera trasmitiros mi fuerza y mi energía.

Si al hablaros notarais mmi cariño y mi amistad,

y os sintiérais por ellas reconfortados,

… os abrazaría.

Si al oírla sintierais mi calor.

Si os abrigara del intenso frío de la muerte,

y os permitiera seguir caminando,

…por primera vez las quemaría.

Si mis palabras atenuaran vuestro dolor,

Y al escucharlas apreciarais su fragancia.

Si con ellas el negro cambiara de color,

… sin duda gritaría.

Pero hoy... hoy sobran las palabras

Johnny, Evita… Os quiero.

José Ignacio Izquierdo Gallardo

24 Sep 2008

Historias del Barrio -I "La casa de la puerta verde"

Escrito por: José Ignacio Izquierdo Gallardo el 24 Sep 2008 - URL Permanente

Toledo

24 de septiembre de 2008

Historias del Barrio 2008

Madrid

“La casa de la puerta verde”

“El sonido de al sirena rasgó el silencio de aquella noche, más cercana en mi recuerdo que del olvido deseado”

No pude evitar mirar por la ventana para seguir el rastro dejado por el coche de bomberos. Se detuvo nada más doblar la esquina de la calle rompiendo la tranquilidad del vecindario. El guiño anaranjado de su luz se veía reflejado en los cristales de los comercios cercanos, haciendo de reclamo para los curiosos vecinos que ya a esas horas se encontraban en sus casas.

Desde mi aventajada posición pude ver como poco a poco la calle se iba poblando de hombres y mujeres que buscaban saber lo que allí estaba pasando. Mi impaciencia hizo que me vistiera con celeridad y que bajara a la calle en busca de noticias que saciaran mi curiosidad.

Aquella calle era en realidad un pequeño callejón sin salida, donde de niño pase mis ratos de ocio con los amigos del barrio. Allí robe mi primer beso, tuve mi primera pelea y me ocurrieron un sin fin de situaciones que permanecían escondidas en algún rincón de mi mente.

Doble la esquina abriéndome paso entre la gente, hasta que pude divisar el viejo portón de color verde de la casa de doña Mercedes.

¡Qué paciencia la de aquella venerable anciana! La recuerdo allí, de pie delante de la puerta, con su delantal de cuadros, su vestido negro y su moño perfectamente peripuesto y repartiendo caramelos entre todos los niños del barrio que habíamos establecido en el callejón nuestro cuartel general. Siempre amable y sonriente a pesar de los muchos balonazos que se perdieron entre sus ventanas, y de las macetas rotas que no supieron soportar el papel de improvisadas porterías de fútbol.

Sentí mucho su marcha cuando murió años atrás a consecuencia de una larga enfermedad. Todos en el barrio nos sentimos un poco huérfanos aquel día. Doña Mercedes no había tenido hijos y su marido murió muchos años antes que ella. Desde su muerte la casa había permanecido deshabitada, por lo que la presencia de bomberos y policía lleno de extrañeza a todo el vecindario.

La puerta de la casa se encontraba abierta y un agente custodiaba su entrada. Se oían fuertes golpes en su interior. Un golpe, luego otro, y así hasta que aquel sonido seco, producido por una maza, se silencio.

Varios policías y bomberos salieron a la calle. En sus caras se reflejaba el horror y en sus ojos se podía leer la palabra muerte. Alguno de ellos no podían disimular las lágrimas, otros se veían incapaces de apartar la mirada des suelo, y todos, parecían haber dado la espalda a la sin razón.

Nos desalojaron de aquella calle para dar paso a más coches de policía que iban llegando a cuenta gotas. Unos minutos después, pudimos ver como una caravana de coches fúnebres se acercaba al lugar, provocando que el nerviosismo se apoderara de todos los allí presentes.

Con la mirada nos buscamos los unos a los otros, intentando encontrar alguna explicación para lo que estábamos viviendo.

La excitación iba creciendo por momentos. Los primeros bulos empezaron a circular de un lado a otro de la calle. La imaginación se dejó llevar por la falta de noticias, y mil y una historias recorrieron todos y cada uno de los rincones del barrio, haciendo parada obligada en cada uno de los corrillos que se habían formado.

Unas horas después aparecieron los primeros ataúdes atravesando el portón de color verde de la casa de doña Mercedes. Un leve murmullo se dejó oír al ver el tamaño de las cajas de madera; y hasta el silencio permaneció callado mientras iban sacando, uno tras otro, los diminutos ataúdes de su interior.

Un grito desgarrador se escuchó detrás de donde yo me encontraba.

- ¡Son trece! ¡Son trece! – repetía una y otra vez doña María Luisa, la jubilada panadera del barrio. - ¡Son trece!, ¿Es que no os dais cuenta?

Todos la observábamos con extrañeza mientras un policía se acercaba a ella.

- Señora, tranquilícese, - dijo el agente – Por favor acompáñeme, es solo un momento.

La vimos alejarse y adentrarse en el interior del callejón. Yo no entendía nada. ¿Que es lo que quiso decir con que eran trece?

Don Tomás, otro de los ancianos del barrio encontró rápidamente la posible respuesta a nuestras peguntas. Entre lágrimas, intento hablar, pero no pudo. El dolor se adueñó de sus ojos y el horror le bloqueó su garganta.

En ese instante doña María Luisa volvía del callejón. Caminaba despacio, muy despacio, con la cabeza gacha y con sus ojos llenos de lágrimas. Sus torpes pasos se dirigieron al lugar donde don Tomás aguardaba noticias.

Por un momento sus miradas se cruzaron y ambos se abrazaron en silencio. Entre ellos ya no había nada que decir.

Los vecinos del barrio observábamos aquella escena a cierta distancia y llenos de curiosidad. A ninguno de nosotros se le había pasado por alto aquel abrazo. Todos sabíamos que las familias de los dos ancianos habían roto relaciones años atrás, y ni siquiera se saludaban si se encontraban por la calle. Pero aquel abrazo, aquel llanto…

Los bomberos y los coches fúnebres fueron abandonando poco a poco aquel sombrío lugar. Apenas quedaron algunos policías, y muchos de los vecinos ya habían retornado a sus casas.

- Son los niños, Tomás. – se había oído decir a la anciana.

- Son nuestros niños. – replicó Tomás casi sin aliento para poder hablar.

Busqué en mi memoria los recuerdos de los años de mi niñez; de los juegos en aquel callejón; de los amigos de andanzas y penurias; de los caramelos que doña Mercedes nos regalaba casi a diario.

Recordé vagamente las historias que relataban nuestros abuelos sobre niños que habían desaparecido en el barrio. Por aquel entonces me parecían cuentos de mayores, hoy sé que Arturo, el hijo mayor de don Tomás fue uno de esos niños. Como él, otros doce niños jamás volvieron a sus casas con sus familias, después de jugar en la calle. Otros doce niños fueron desapareciendo uno a uno; años tras año.

¡Que horror! Por un momento he vuelto a notar el sabor de los caramelos en mi boca, pero esta vez tenían un extraño sabor a miedo.


© 2.008 – texto y fotografía.- J. Ignacio Izquierdo Gallardo

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01 Sep 2008

En la piel de otro - V , "Encuentros"

Escrito por: José Ignacio Izquierdo Gallardo el 01 Sep 2008 - URL Permanente

“Encuentros”

Lo que voy a contar, no puedo decir que por no pensado no fuera deseado. Sé que aquello cambió una parte importante del devenir de mi futuro. Pero hubo algo más. Hubo mucho más.

Fue un encuentro casual, como casual fue que me hallara de viaje de trabajo en aquella ciudad, en aquella terraza, en aquel hotel. No puedo explicar con palabras las sensaciones que sentí al ver a Sofía ante de mi mesa. Ese brillo en los ojos, esa sonrisa que tan bien recordaba. Habían pasado más de veinte años desde la última vez que la vi; desde la última vez que la desee. Aquel lejano día ella iba vestida de “blanco” y su vida tomaba un camino que se alejaba para siempre del mío.

Su vestido de seda negra dejaba adivinar su escultural figura. Tenía la sensación de que nada había cambiado, que el tiempo para nosotros, apenas había avanzado, que todo seguía como antes, que el antes se había convertido en presente y que nuestro presente había ayudado a borrar nuestro pasado.

Se sentó junto a mí. Reímos, lloramos, bebimos y volvimos a reír. Hablamos de nuestros recuerdos, de nuestros amigos, de nuestra historia. Hablamos de nuestras vidas separadas, de nuestras familias, de nuestros trabajos y de nuestros proyectos, y también de nuestras fantasías de juventud y de nuestras promesas incumplidas. En definitiva, nos pusimos al día de todo lo acontecido en nuestros diferentes caminos. Todo parecía tan cercano y tan natural…

A los dos la vida nos había tratado relativamente bien. Sofía continuaba felizmente casada con Sergio y tenían una preciosa hija de dieciocho años. Dirigía un importante y conocido laboratorio farmacéutico, y seguía tan bella como siempre. Yo, también estaba casado y con dos hijos, que cada vez me necesitaban menos. Creé un despacho de abogado que con el tiempo se convirtió en una sociedad jurídica de gran relevancia. Eso me había otorgado una importante reputación en el sector, por lo que era reclamado para dar conferencias en gran número de países. El encuentro con Sofía fue una grata casualidad que nunca me hubiera imaginado que pudiera pasar. También fue casualidad que Paz, mi mujer, no me acompañara en aquel viaje, pero una inoportuna enfermedad familiar le impidió salir de Madrid. Era la primera vez que no estaba a mi lado en uno de mis viajes.

La noche se nos echo encima y nuestros quehaceres del día siguiente aconsejaban que nos retiráramos a descansar. Quedamos a cenar al día siguiente para seguir hablando de nuestro pasado.

“… los minutos parecían detenerse a cada instante y la noche tardó una eternidad en hacer su aparición…”

Cuando llegué al restaurante Sofía ya me estaba esperando. Su sonrisa acentuaba aún más su belleza. Tengo que reconocer que me sentí alagado y orgulloso de ser yo el destinatario de su compañía.

Durante la cena, no paramos de reírnos. La complicidad que un día tuvimos se mantenía intacta, y eso nos hacía sentir a los dos. Por un momento nos olvidamos del resto de comensales que abarrotaban aquella sala. Por un momento el reloj de la vida se paró y la gente desapareció. Por un momento solo existíamos ella y yo, nada ni nadie más. Solo ella y yo.

Ya no hubo más palabras en toda la noche. Ya no se oyeron más risas, ni se pronunciaron más recuerdos. Solo caricias y besos; solo miradas; solo silencios.

Me produce escalofríos rememorar lo que ocurrió entre aquellas sábanas. Toda una noche llena de matices y olores olvidados. Llena de piel erizada y sudorosa. Llena de pasión y de locura.

Su lengua se fundía con la mía, mientras sus manos se aferraban a mi desnudo cuerpo, mientras mis pensamientos más oscuros se perdían más allá del horizonte. Deje mis ojos abiertos intentando congelar ese momento que los dos sabíamos efímero. Sentí como sus ardientes labios derretían los míos. Los dos parecíamos resignados tras perder la batalla contra nuestras respectivas conciencias; si es que plantamos batalla; si es que tuvimos conciencia.

Por una noche juntamos nuestras existencias como si de una sola se tratara. Mis besos jugaron con su cuerpo mientras su boca lo hacía con el mío. Nos amamos intensamente, sabedores de que aquella sería la última vez que nos veríamos, sabedores de que nuestros pasos seguirían por diferentes caminos, que nunca más volverían a cruzarse.

El amanecer nos recibió entre caricias y miradas de complicidad. Dejamos que los primeros rayos de luz bañaran nuestros cuerpos mientras en silencio, y el uno junto al otro, nos quedamos dormidos a la espera de que aquel sueño, aquellas sensaciones, no desaparecieran para siempre.

El sonido del teléfono rompió aquella mágica realidad. Sofía ya no estaba a mi lado. Se había marchado tal y como llegó, en silencio, como si de un espejismo se tratara.

Las revueltas sábanas de la cama eran el testigo mudo de nuestro apasionado encuentro; las sabanas y los restos mi conciencia esparcidos por toda la habitación.

Durante el largo viaje de vuelta a casa no paré de pensar en las sensaciones vividas con Sofía. Recordé cada una de sus caricias, que removieron los cielos y los infiernos, los sentidos más ocultos y los placeres más inciertos. Tengo guardado en mi memoria el sabor de sus labios. Me estremezco al recordar como su boca me devoraba, como sus besos me calmaban, como sus manos me tocaban.

Una mezcla de sentimientos enfrentados me perseguía mientras subía las escaleras de casa. Me sentía culpable ante mi mujer, ante Sofía y ante mí mismo. Me sentía cansado por el viaje e invadido por una extraña excitación. Paz me esperaba despierta, sonriendo de forma pícara y excesivamente cariñosa. Me resultó extraño encontrarla tan ansiosa por verme, por tenerme, por sentirme. Hicimos el amor como no recordaba haberlo hecho con ella en muchos años. No sé cuando la pasión se convirtió en rutina, pero ahora reaparecía renovada. Tampoco recuerdo el tiempo que había pasado desde la última vez que note sus caricias y sus manos; sus besos, sus pechos. Yo miraba en silencio. Paz solo sonreía, miraba y callaba.

Volvieron las caricias y el deseo desaparecido. Volvieron los besos y la excitación no fingida. Otra noche también deseada, aunque desde hace tiempo no pensada.

A mañana siguiente le tocó el turno a las palabras, a las miradas, a… Algo había cambiado no solo para mí aquella semana.

- ¿Sabes a quién me encontré este fin de semana en la galería de Javier, cariño? – No te lo vas a creer. Te acuerdas de Sergio, si hombre, ese que se caso con… - ¿Cómo se llamaba tu ex?, ah, si Sofía. Pues ha venido de París y hemos cenado juntos. Sigue tan guapo y tan simpático como siempre y me dio muchos recuerdos para ti. ¡Fíjate que casualidad!, Sonia también ha estado la semana pasada en New York, como tú. Hubiera sido una gran sorpresa si os hubierais visto allí, ¿verdad?

Noté como las manos me sudaban y el corazón se aceleraba. Recordé que Sergio fue el que me presentó a Paz cuando Sofía me dejó. También recordé que había mantenido una corta relación con Paz; ¡Pero no! ¡Eso no...!

Ha pasado algún tiempo y mi relación con Paz ha dado un cambio radical. No hubo reproches ni preguntas. Solo amor renovado y deseado.

De Sofía no he vuelto a saber nada, aunque en las largas noches sigo soñando con ella, y siento como su lengua juega con la mía mientras su mano busca con avidez mi deseo y mi deseo espera con ansiedad su mano. Siento como sus besos me ahogan y como mi imaginación se deja llevar y recorre mi tiempo, su tiempo, nuestro tiempo.

En la cama, a mi lado, Paz sigue sonriendo en silencio. Una extraña excitación la acompaña en sus sueños.



© 2.008 – texto y fotografía.- J. Ignacio Izquierdo Gallardo

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