21 Jun 2008
"ESTOY EN LA MARCHA BLANCA CONTRA LA PEDOFILIA",
Hoy todo el post es ..... BLANCO.
12 Jun 2008
Amigo, sin duda sigues vivo. Buen viaje
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Querido amigo,
Siento tu marcha. Me gustaría decirte muchas cosas, pero hay momentos en que las palabras se ahogan, y hoy es uno de ellos.
Te echaré de menos. Echaré de menos tus correos, tus palabras de ánimo, tu apoyo y esa amistad incondicional que me ofreciste en los momentos en que lo necesitaba.
Precisamente hoy, que me disponía a mandarte un correo para darte buenas noticias, me he enterado de tu partida. Solo espero que donde te encuentres, te acuerdes de los amigos.
Me quedo con tu recuerdo, con tus post, con tu música y con tus libros. Y me quedo con tu última publicación, que no deja de ser un bello canto a la vida.
Una forta abraçada (perdona nano, mi catalán sigue siendo..., bueno ya sabes)
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Su último Post.
Sigo Vivo ..
Espero salir en 4 0 5 dias y volver a recuperar una parte de mi vida cotidiana de momento aprovecho el tiempo leyendo y escuchando musica (Keith Jarret/Bill Evansy otros pianistas es lo que mas me apetece) y leo novela negra Alan Furst un viaje de un barco holandes por diversos lugares de Europa y norte de Africa durante la segunda guerra mundial no esta mal y esta mañana he comenzado "El hombre que se esfumo" de unos de mis autores favoritos la pareja sueca :Maj Sjowall y Per Wahloo Creo que en un par de dias lo "liquidare"
Respecto a la vida cotidiana supongo que todo continua mas o menos igual estos dias no leia periodicos pero lo hare a partir de mañana ahora que parece que etoy un poco mejor aunque me cuesta levantar el animo ..
Salud a todos !!!!
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03 Jun 2008
Reflexiones - V " Sin querer querer...Quiero" (Poema Viejo)
Sin Querer…Quiero
Sin querer buscar,
encontré lo que no hallaba.
Sin querer mirar,
vi las cosas olvidadas.
Sin querer oír,
escuché tus palabras nunca dichas.
Sin querer decir,
pronuncié pensamientos a escondidas.
¡Que absurda es la vida cambiada!
Que encuentras sin buscar lo que no hallas.
Que hallas sin querer lo que buscabas.
Que sin mirar, ves; y escuchas sin oír nada.
¡Que absurda es la vida olvidada!
Si se llora en lugar de reír.
Si se habla en lugar de escuchar.
Si se oye sin saber que decir.
Sin querer caminar,
avancé por las veredas.
Y sin querer descansar,
me senté bajo sus pinos.
Sacié mi sed de sus fuentes,
y seguí por mi camino.
Sin querer querer, amé.
Y sin amar en cambio quiero.
¡Que triste es la vida cambiada!
Que amas a quién no quieres.
Que quieres a quién no amas.
Que sin avanzar, caminas,
Y sin querer caminar, … no paras.
© 2.008 – texto y fotografía.- J. Ignacio Izquierdo Gallardo
© Se permite el uso personal de los textos, datos e informaciones contenidos en estas páginas. Se exige, sin embargo, permiso de los autores para publicarlas en cualquier soporte o para utilizarlas, distribuirlas o incluirlas en otros contextos accesibles a terceras personas.
26 May 2008
En la piel de otro - IV "Para la libertad"...Dedicada a Juan Manuel Piñuel

Para la Libertad…
Dedicado a Juan Manuel Piñuel
“La libertad no hace felices a los hombres. Los hace simplemente hombres” (Manuel Azaña)
Sus pasos eran lentos y cansinos. Su rostro reflejaba la tensión de los últimos días; de esas horas que le iban destruyendo por dentro; de esos minutos que se alargaban hasta el infinito, deteniendo el paso del tiempo hasta casi hacerlo interminable.
Las últimas noticias recibidas no presagiaban nada bueno. Todo se estaba complicando en exceso y habíamos llegado a un punto de inflexión que ya no nos permitía dar marcha atrás. Ya nada era inviable y por momentos, la idea de que Santiago no apareciera con vida empezaba a estar presente en los pensamientos y en la mente de todos.
La casa era un ir y venir de gente. De familiares angustiados por la noticia del secuestro; de amigos a los que el paso del tiempo les rasgaba el alma; de policías que intentaban, no siempre con éxito, poner algo de orden en toda aquella maraña; y de prensa, ávida de información y que en estos casos es tan necesaria para dar eco a las pretensiones de los secuestradores, para movilizar a la opinión pública, y para remover las conciencias de los sin razón.
Sonó el teléfono. Lo hizo con ese timbre que hace sentir como las entrañas se encogen por dentro; con ese tono que da densidad al silencio; con ese sonido que hace temblar cada músculo del cuerpo.
Miré a Ana queriéndola infundir ánimos e intentado que sintiera todo mi apoyo en esos angustiosos momentos. Ella me sonrió antes de coger el auricular. Su cara de tensión cambió cuando le dijeron que su marido todavía seguía con vida, pero un grito desgarrador se dejó oír cuando le comunicaron que sería ejecutado sin remisión a la hora fijada, si sus pretensiones no eran finalmente escuchadas.
Abracé a Ana con todas mis fuerzas para evitar que cayera al suelo. Desgraciadamente esta no era la primera vez que pasábamos por un trance parecido. Hace años nos tocó vivir de cerca los días de libertad robada a nuestro padre cuando fue secuestrado por ETA. Nadie podrá pagar nunca las horas de angustia provocada por la falta de noticias, ni los esfuerzos de nuestros familiares y amigos para reunir el dinero que pedían a cambio de su puesta en libertad, ni los llantos desesperados de nuestra madre por ver como se acababa parte de su vida. Nos tocó sufrir esos tortuosos minutos que separan la vida de la muerte y que diferencian la libertad y el reencuentro con la familia, del llanto, del desconsuelo, del silencio y del olvido.
Ahora es distinto. Ahora no piden dinero, ni reconocimiento de derecho alguno, ni siquiera su Independencia mal entendida. Ahora solo piden la libertad de uno de sus cómplices a cambio de la vida de Santiago.
Los minutos avanzaban inexorables hacia la hora prefijada. Ana miraba el reloj del salón mientras paseaba de un lado a otro de la casa y veía como el tiempo se agotaba.
El teléfono volvió a sonar. Esta vez lo hizo como el eco de un disparo en una ejecución; con ese ruido seco que se escucha al apretar un gatillo.
Después… el silencio y luego el llanto, y de nuevo el silencio que nos sumerge en la nada.
Aplausos y llantos nos acompañaron durante el sepelio. Abrazos, besos y palabras. Muchas palabras dichas y muchas calladas. Muchas palabras sentidas y tristemente, muchas palabras antes pronunciadas y que no sirvieron para nada.
Ana es fuerte, y sé que luchará por su hijo y con su hijo por salir adelante. Ana es inteligente y sé que sabrá apoyarse en las personas que de verdad la queremos. Ana es racional, y sé que apartará de su mente sus odios y sus rencores, y que continuará su vida junto a los suyos. Pero también sé que Ana no olvida. No olvida las palabras afligidas de los políticos, todas de apoyo y muchas de mentira. Sé que no volverá a dar la mano a quién con palabras vagas siente la muerte de Santiago, mientras siente también la captura de sus asesinos.
La vida continúa para casi todos, pero mejor vivirla sin ellos… y en libertad.
© 2.008 – texto y fotografía.- J. Ignacio Izquierdo Gallardo.
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20 Abr 2008
Reflexiones-IV “Se me rompió algo más que el corazón”. Se me rompió la p...
“Se me rompió algo más que el corazón”
Un vacío inmenso me dejas con tu marcha. Unos momentos difíciles de vivir, y un pasado difícil de reemplazar, y de olvidar.
Hoy al levantarme, te he buscado sin encontrarte; sin acordarme de que ayer partiste para siempre. Me he sentado frente a la mesa intentando recordar tu cuerpo. He llorado, me he sentido apesadumbrado, sin saber que hacer ni que decir.
Me queda el recuerdo. Ese recuerdo de las palabras escritas y de las caricias dadas. El recuerdo de los sentimientos compartidos, de los viajes reales o imaginarios que disfrutamos y de los instantes vividos.
Fuiste mi luz en la oscuridad, y mi guía en el camino de las ideas. Mis lágrimas de tinta se derraman por ti, que no fuiste la primera, pero sí mi mejor compañera. Que no fuiste la de mejor presencia, pero sí la mas certera.
Fuiste fiel a mis pensamientos y leal a mis sentimientos. Fuiste la “María” de mis sueños y el alma oculta de mis poemas. Me ayudaste a “buscar el Alba”, a adentrarme en mis “Reflexiones” más profundas y a saber ponerme “En la Piel de Otro”.
Hoy te doy mi último adiós, porque sé que debo seguir mi camino sin ti. Meteré en mi mochila la carta con tus últimas palabras escritas, donde quedó derramada tu sangre, que durante tanto tiempo fue la mía.
Te echaré de menos, querida amiga. Echaré de menos el acariciarte con mis dedos; el contemplar tus rios de tinta azul surcando el papel, mientras dabas forma a mis vagas ideas.
PD.- Esta, tu despedida, la he escrito con “quién” ya te sustituye. Como ves, pone mucha voluntad, aunque no es lo mismo. Ya nunca será lo mismo.
Te has convertido en parte de mis pensamientos, por tí sufridos y escritos. Por eso, me quedaré con tu recuerdo, mientras tiro tu cuerpo a la papelera.
José Ignacio Izquierdo Gallardo
Abril de 2008

© 2.008 – texto y fotografía.- J. Ignacio Izquierdo Gallardo
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11 Abr 2008
En la piel de otro . III "Mujeres Rotas"

“Mujeres Rotas”
Abrí la puerta de aquel lugar, nuevo para mí, con la esperanza de que tras ella quedarán para siempre, las humillaciones, los desprecios, los golpes y ese olor a miedo que todavía llevo grabado en mi alma. Ese olor que durante tanto tiempo he sentido, y ahora solo espero que desaparezca para siempre.
A pesar del tiempo transcurrido, aún noto el temblor de mis manos, la boca reseca y esa mezcla de emociones, entre el regocijo de saberme lejos de Juan y fuera de su espacio, y el desconsuelo de tener que estar aquí.
Después de mucho, empiezo a sentir la calma que me faltaba. Atrás quedaron muchas horas de amor y pasión, pero también de insultos y de golpes; de desprecios y de falta de respeto.
Comienzo a escribir una nueva página en mi camino, lejos de lo que conocía y a la espera de que algún día, pueda volver a sonreír.
Nunca sabré como nuestra relación, llena de cariño y de abrazos, llena de complicidad y de miradas, pudo cambiar tan deprisa y desembocar en algo tan despreciable y humillante. No sé, como el cielo se convirtió en infierno, como las caricias se convirtieron en golpes, como de los besos pasamos a los gritos, como del todo llegamos a la nada.
Nunca sabré, por qué soporte en silencio todo aquello, mientras me veía atrapada por una relación tempestuosa de la que no fui capaz de salir.
Acepté callada, el control al que me sometía, los gritos, los celos y los reproches, las explicaciones y los “porqueses”. Acepté llorando, el primer perdón, después de la primera bofetada, después de mi primera equivocación.
Pronto llegaron otros golpes y otras equivocaciones. Otras dudas, otros empujones y otros temores.
¡Cuantos chantajes y cuantas amenazas soporté! ¡Cuantas humillaciones sufrí y cuantos perdones otorgué! Y a pesar de ello, siempre terminábamos haciendo el amor.
Todavía tengo presente el sabor a sangre. De la primera sangre que cayó por mi rostro después del primer golpe. Todavía tengo grabado en mi mente, la sensación que sentí la primera vez que me miré al espejo después de una paliza. Conocí la cara del horror, de los malos tratos. Noté el dolor del alma, que era mayor que el dolor del cuerpo, que el dolor de los ojos hinchados y amoratados. Y seguí sin hacer nada…
A pesar de las palizas, sufría sus ausencias, que me rompían el corazón. Cuantos perdones pedí por sentirme culpable por no saber hacerlo feliz, por hacerle enfadar. Cuantas llamadas suplicando su vuelta, y cuantos empezar de nuevo, para morir un poco más cada día.
Mis amigos no podían entender como aguantaba sus muestras de ira, sus desprecios, sus comentarios hirientes. Ninguno de ellos sospechaba que yo callaba su maltrato y sus golpes. Ante ellos, excusaba su actitud machista, simplemente, por que a pesar de todo, lo seguía queriendo.
Muchas veces se marchó de casa, y muchas volvió, por que yo le llamaba para que lo hiciera. Cualquier motivo era suficiente para desencadenar de nuevo su batalla, para que aparecieran los insultos, los golpes, los gritos y ese olor a sangre, al que poco a poco me iba acostumbrando.
Aguanté sus borracheras, sus reproches. Aguanté a sus amigos, sus juegos y sus vicios. Aguante sus silencios y sus vejaciones., sus castigos y sus humillaciones.
Por fin un día reuní el valor necesario para abandonar aquella casa, aquella tortura casi voluntaria. Denuncié a Juan por malos tratos, por la sin razón en la que me hacía vivir y por robarme la vida a pedazos, que ya no serían nuca míos.
Dejé que la ley me protegiera y la justicia hiciera su trabajo. Conseguí una orden de alejamiento, con la que me sentí más segura. Esperé, casi contenta, la llegada del juicio rápido que le metiera en el lugar donde se merecía.
No pasaron ni dos días desde mi marcha, cuando el miedo llamo de nuevo a mi puerta, en forma de mensajes recibidos en el teléfono móvil, en llamadas nocturnas. Miedo a sus amenazas nada veladas y a sus miradas desde cualquier esquina. Miedo de saber que Juan me notaba aterrorizada y a su merced, y miedo al darme cuenta de que mis denuncias no servían para nada.
Y ocurrió lo mil veces pensado y mil veces olvidado.
Cuando regresaba de una cena que tuve con los amigos, acompañada de Luis, que se ofreció ha hacer las labores de guardaespaldas. La noche nos ocultó el peligro al que estábamos expuestos, y mientras abría la puerta del portal, oí un grito desgarrador a mis espaldas.
Solo me dio tiempo a girarme para ver la mirada perdida en los ojos de Luis, mientras caía muerto al suelo. Tras él apareció la figura de Juan con un ensangrentado cuchillo en la mano. En su rostro se podía leer el odio de su corazón y su sin razón. Incluso en aquel momento, me sentí culpable por haberle abandonado y haber provocado el daño causado a Luis.
No sentí ninguna de las nueve puñaladas que Juan me asestó. No puede oír mis gritos en el silencio de la noche. No note el golpe al caer al suelo junto al cuerpo inerte de mi amigo.
Ya nunca me temblaran las piernas como lo hacían con el hecho de pensar en donde me encontraría a Juan. Ya nunca volveré a tener la sensación de angustia que tantas veces me acompañó. Nunca más lloraré por sus ausencias, ni por sus celos, ni por sus golpes.
Ha pasado un año desde que Juan acabó con mi vida y con mi sufrimiento. Un largo año, en que la puerta, de esta “Ciudad de las Mujeres Rotas” se ha abierto en demasiadas ocasiones. Un año en el que he conocido a más de ochenta nuevas mujeres, victimas de la violencia machista. Un año, en el que a tenor de las noticias que nos llegan, no ha cambiado nada en el mundo de los vivos.
Pensaba que los muertos no tenían la capacidad de sentir miedo, pero no es cierto. Todas temblamos horrorizadas, cuando nuevas mujeres aparecen detrás de la puerta.
Ojalá, que pronto cambien las leyes y la justicia y podamos dejar de sentir miedo después de muertas.
Por cierto, no os he dicho mi nombre, aunque en este lugar no tiene ninguna importancia, me llamo Mª José, y podéis preguntar por mi si alguna vez os veis obligadas a llamar a la puerta de este desolador lugar, en el que a pesar de todo, nunca seréis bienvenidas.
José Ignacio Izquierdo Gallardo
Abril de 2008
© 2.008 – texto y fotografía.- J. Ignacio Izquierdo
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05 Abr 2008
En la piel de otro - II. "Al otro lado del Muro".

"Al otro lado del Muro"
¡Qué lento pasa el tiempo, en el lugar donde me encuentro. Cada segundo parece pedir permiso al anterior para avanzar, poco a poco, sin prisa. Aquí nunca se tiene prisa. A veces me parece que el tiempo juega con nosotros y se detiene, para hacer insufrible mi estancia entre estas cuatro paredes, que me gustaría decir, blancas.
Siempre lo mismo, las mismas caras, los mismos gritos, los mismos juegos. Lo único que me mantiene lúcido, son los libros que caen en mis manos y las líneas que escribo en cualquier trozo de papel manchado.
Esto me ha dado la oportunidad de conocerme un poco más a mi mismo. De darme cuenta de todo lo que llevaba dentro. De todo lo que tenía oculto y encerrado y que me quemaba en mi interior, sin saberlo. Cuanto tenía que decir y cuanto tenería que contar.
Intento mirar por la ventana, para darme un baño del sol de la mañana. No siempre lo consigo, pero huele a libertad. Esa libertad que me falta y que tanto añoro. Esa libertad que perdí por un ataque de locura, por una reacción no contenida. Esa libertad que al no tenerla, hoy juzgo imprescindible, y ayer que la tenía, no me acordé de cuidarla.
Lo maté. No hay excusas ni reproches. Lo maté y estoy pagando por ello. ¡Es lo justo!
Hoy recuerdo lo ocurrido y me doy miedo, que no lástima. Nunca pensé que pudiera reaccionar como lo hice, pero esa mirada cruel, esos ojos inyectados en odio,… No tuve compasión como tampoco tengo ahora sentimiento de culpa.
Una y mil veces lo mataría. Una y mil veces cambiaría mi preciada libertad por su vida manchada en sangre. Sangre de Lucia, mi hija, derramada en aquel oscuro callejón. Sangre de trece años, la sangre que ya no correrá por sus venas. Una vida violada y asesinada. Una muerte innecesaria.
No una sino mil veces volvería a hacerlo, volvería a matarlo.
Sigo mirando por la pequeña ventana, recordando cada rasgo de la cara de Lucia, sus risas, su mirada inocente, sus ojos brillantes y abiertos. No quiero ni puedo olvidar su sonrisa, ni sus besos. Tampoco puedo olvidar los años que ya no vivirá, ni las cosas que no aprenderá, ni los sentimientos que nunca tendrá.
A mi mente vienen los recuerdos de la primera vez que me sacaron al pequeño patio, donde se encontraban el resto de los reclusos. Recuerdo el olor del miedo que rezumaba por todo mi cuerpo. Miedo a su reacción, miedo a sus miradas aún no vistas, miedo a lo desconocido.
Me bajaron por las estrechas escaleras que separaban el pabellón de los presos preventivos, con mi nueva morada de preso ya sentenciado. El silencio con el que fui recibido, se podía cortar a cuchillo, ese mismo que utilice en mi vil venganza. Rostros serios y fríos. Rasgos endurecidos por el paso del tiempo.
Me sorprendió el aplauso que rasgo la fina tela de silencio. Ahora veía sus caras, sus gestos, sus miradas. Sentí como tocaban mi tembloroso cuerpo, mientras oía sus palabras de aliento. Y ese aplauso atronador que aún hoy retumba en mi cabeza. Ese aplauso con el que solo se recibe a los héroes. Pero, ¿héroe de qué?
Por la mañana, cuando paseo por el patio, me quedo mirando el alto muro que me separa de mi libertad. Por la tarde, procuro disfrutar de los bellos atardeceres que la naturaleza me ofrece por encima de sus ladrillos. Sueño con saltar el muro. Sueño con volar. Sueño con la libertad.
Cada día que pasa, se que estoy algo mas cerca de los míos; de los que sufren mi encierro, de los que entienden lo que hice, y de los que callan.
¿Qué lleva a un hombre en apariencia, normal, tranquilo, trabajador y hogareño, a hacer lo que hice?
¿Qué lleva a un hombre amante de su familia y amigos, afable y feliz, a asesinar a sangre fría?
Solo Lucia sabe la respuesta. Por ella, y solo por ella, maté y muero.
He descubierto que no se llorar a mis muertos, pero si morir un poco por ellos, y me doy miedo.
Este relato, pura ficción, nace de una conversación mantenida con unos amigos sobre el caso de la pequeña M. Luz, la pequeña aparecida muerta recientemente. Yo hablaba de mi extrañeza, a la vez que admiración, por la tranquilidad que mantenía el padre de la pequeña ante los medios de comunicación. Uno de los componentes de la improvisada tertulia, me preguntó:
- ¿Y tú, como hubieras reaccionado?
La pregunta me pilló por sorpresa, pues nunca antes me lo había planteado, pero ante la imagen de mi hija, muerta o violada a manos de un miserable, imaginé mi reacción que probablemente me hubiera llevado a ser el protagonista de este relato.
No sé si llegado el caso, tendría la valentía o cobardía para hacer lo que describo. Creo que no. Pero tuve miedo, mucho miedo. Miedo de mis pensamientos y de mi reacción. Miedo con solo insinuar la idea de que alguien pudiera hacer daño a mi hija, y miedo del propio miedo.
Solo espero que nunca ocurra, para no tener que comprobarlo.
© 2.008 – texto y fotografía.- J. Ignacio Izquierdo
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01 Abr 2008
Reflexiones-III; "Hacia el alba..." (Prosa y Verso)

“Hacia el Alba…” (Prosa)
Encaminé mis pasos hacia el alba, intentando encontrar respuestas a preguntas que nunca antes me hice; a preguntas que nunca tuvieron importancia; a preguntas que solo tienen silencios y nunca palabras.
Por el camino busque estrellas escondidas, mirando en cada rincón del cielo todavía oscuro, pero no tuve suerte de encontrarlas y seguí mi camino buscando el alba.
También busqué su mirada entre las nubes, pero solo encontré agua derramada, sin saber si eran gotas de lluvia, o un rastro de lágrimas lloradas.
En mi fatigoso caminar, no hallé ni destino ni palabras, no encontré mi alba, ni respuestas ni preguntas; ni estrellas; ni nubes; ni miradas. Y al no localizarle,…
Encaminé mis pasos de vuelta a casa, sintiéndome cual guerrero que regresa de la batalla. Cansado, herido en el alma, humillado, frustrado, triste y desolado.
No sé lo que tardé en llegar al umbral de mi morada, ni siquiera se de donde saqué fuerzas para mi regreso, pero al sentarme a llorar mi fracaso, levanté mi mirada, y allí estaba el alba, con su alma agitada, inquieta y preocupada, porque al salir a mi encuentro aquella mañana, no me halló.
Desde entonces cada mañana, espero paciente su llegada. Me enseño que no hay que ir en su busca, pues nunca falta a su cita de madrugada.

“Hacia el Alba…” (Verso)
Encaminé mis pasos hacia el alba,
Como quién busca respuestas sin palabras.
Como el que sin palabras busca la vida,
Sin hacer preguntas para hallarla.
…Y el alba no contestó.
Encaminé mis pasos hacia el alba,
Como quién de noche busca estrellas escondidas.
Mirando en cada rincón del cielo oculto,
Sin ni siquiera saber si ellas estaban perdidas.
…Y el alba no apareció.
Encaminé mis pasos hacia el alba,
Como quien busca su mirada entre las nubes.
Sin saber si el agua derramada,
Era lluvia o lágrimas lloradas.
…y el alba ni se inmutó.
Encaminé mis pasos hacia el alba,
Y no hallé ni palabras, ni nubes, ni miradas.
Y no encontré respuestas ni preguntas,
Ni lágrimas, ni lluvia, ni estrellas perdidas.
…Y al no hallarla.
Encaminé mis pasos de vuelta a casa,
Cual guerrero que vuelve de batalla.
Cansado, herido y humillado,
Frustrado, triste y desolado
Cuando llegué al umbral de mi morada,
Encontré el alba preocupado.
Esa mañana salió a mi encuentro,
Y se asustó porque no me encontraba.
…Y vi llorar al alba.
Desde entonces, cada mañana,
Espero paciente su llegada.
Me enseño que no hay que ir en su busca,
Pues es fiel a su cita, de madrugada.
…Y me senté a disfrutar de la luz del universo.
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23 Mar 2008
En la piel de otro - I "Hoy te digo adiós..."

Hoy te digo Adiós…
Hoy te digo adiós por última vez. Hoy, después de tantas ausencias y presencias, de besos a escondidas, de caricias inacabadas, me tengo que despedir de ti para siempre.
Te vas, en silencio, en ese silencio que marco nuestra existencia en común. En ese silencio mantenido, ocultando nuestro amor a los que creíamos nuestros amigos, a los que sabemos nuestros amigos.
¡Qué equivocados estábamos! - ¿Sabes?, mientras cubríamos tu cuerpo de flores y tierra; mientras rezábamos por tu alma; mientras pedíamos por el perdón de tus pecados, me di cuenta de sus miradas, de sus sonrisas cómplices, de sus gestos de aquiescencia.
¡Cuánto amor en esos años, y cuantos años perdidos! No sé si de seguir con vida me hubieran mostrados sus sinceras muestras de cariño, o si por el contrario hubieran mirado hacia otro lado, como tantas veces hicieron. Y no les culpo por ello, nunca lo hicimos. Ya no tiene sentido saberlo, ya no tiene sentido nada.
En tu entierro, estaba María, tu hermana del alma, agarrándome la mano y dejándome ocupar el lugar que siempre quisiste para mí. También estaba Julián, tu compañero, tu confesor, tu guía de tantos años... ¡Cuantos consejos no seguidos!, ¡Cuantas palabras no escuchadas! Y a pesar de ello, permaneció siempre a tu lado, comprendiendo tu situación, mientras miraba de soslayo, el dormitorio que solo a ratos fue mío.
Tienes que sentirte orgulloso de tu gente. Todos estaban allí para decirte hasta siempre. Todos lloraban en tu adiós, como lloraran tu ausencia. Todos me hicieron sentir importante en ese momento tan significativo. Todos me abrazaron con sus silenciosas miradas.
Ya nuestra historia llega a su fin, y recuerdo cada segundo de nuestra vida mientras recojo la casa que tú hiciste mía.
Notaré en falta tus caricias, que calmaban mis sufrimientos; tus abrazos, que me ofrecían la seguridad que a mí me faltaban; tus palabras, que limpiaban mi sentido de culpa. Te echaré de menos cada minuto de mi nueva vida, mientras, viviré del recuerdo de las sensaciones que me hacías sentir cuando me amabas.
Echaré de menos el calor de tus besos, la suavidad de tu querer, a pesar de que a veces nos hizo tanto daño. Echaré de menos tus miradas y tus risas, tus manos y tus ojos, tus palabras y tu boca.
Meto tu ropa en cajas de cartón para donarlas a la iglesia, como tú hubieras querido. Es como enterrar en vida ese amor furtivo que nos vimos obligado a mantener oculto. Es como esconder entre las frías paredes de cartón los sentimientos que tuvimos, las palabras que nos dijimos, los besos que nos dimos. Es como borrar las huellas del camino que decidimos recorrer separadamente juntos.
Ya todo está preparado para mi partida. Mi ropa guardada en la pequeña maleta de piel que me regalaste por si llegaba el día de mi ausencia. Los cajones vacíos, las luces apagadas,…
Abro la puerta sin querer mirar hacia atrás, para no ver lo que dejo en esta casa, a sabiendas de que lo dejo todo, a sabiendas de que sin ti, yo no soy nadie.
Cierro los ojos intentando imaginarte atravesando el umbral de la puerta, con tu sonrisa amplia, con tus ojos brillantes y tus brazos abiertos. Me estremezco recordando como te quitabas la sotana, que hoy huelo intentando retener el olor de tu cuerpo, mientras me llamabas por mi nombre, mientras gritabas nuestro amor. Me ruborizo pensando las veces que te tuve dentro de mí, las veces que entre las blancas sábanas me diste tu cuerpo y tu alma, que ya no me pertenecen y que ya nunca tendré.
No sé si tu muerte es un castigo del cielo o del infierno, pero lo acepto de buena gana a cambio de los momentos robados, de las miradas y sonrisas ocultas, de las caricias disimuladas. Sé que nuestro amor incomprendido mereció la pena. Se que mereció la pena nuestra vida incompartida, nuestro deseo insaciable, nuestra solitaria convivencia.
Adiós mi vida. Solo quiero que me esperes hasta mi muerte, que será el principio de nuestra libertad soñada; el inicio de una nueva vida para nosotros. Ya no necesitaremos ocultar nuestros sentimientos, nuestro amor, nuestro cielo.
Estate atento. En algún momento saldré a tu encuentro.
© 2.008 – texto y fotografía.- J. Ignacio Izquierdo
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