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13
Abr 2010

Spanish, or Spaniard? That is the question!

Escrito por: joseangelgonzalo el 13 Abr 2010 - URL Permanente

Cada diez años se lleva a cabo un censo en Estados Unidos, cuya finalidad no es otra de saber quién y cuántos viven en este país. Estos datos, que se recogen a través de un formulario rellenado de forma voluntaria, son utilizados para conocer el número total de la población estadounidense y establecer así las asignaciones de escaños en la Cámara de Representantes.

Este proceso, que se recoge en el artículo I, sección 2 de la Constitución, se lleva celebrando desde 1790, cuando Thomas Jefferson, por aquel entonces Secretario de Estado, lo estableció. Además, los datos recogidos son utilizados para la asignación de diferentes fondos públicos en función de las necesidades reales de cada comunidad que se desprenden de dichas cifras.

Sin duda, la finalidad del censo está clara y es hasta loable. El problema comienza cuando en este país la raza y la etnia quedan bajo la libre percepción del individuo, que se identifica como "white" o "black" en función de lo que él mismo cree que es. Puede ser banal, pero el racismo está tan incrustado en la sociedad y en nuestras mentes, que generalmente mucha gente de origen, por ejemplo latino, por inercia, decida calificarse como "blanco".

Pero lo más problemático no es que las razas queden categorizadas en 6 clases ( White alone-Black or African-American alone-American Indian or Alaska Native alone -Asian alone-Native Hawaiian or other Pacific Islander alone-Some other race alone) de contornos más que dubitativos. Lo peor es cuando saltamos al apartado étnico, y específicamente al apartado Spanish/Hispanic/Latino, donde se ofrece un "cajón de sastre" en el que meter a todos aquéllos que, así lo establecen los estadounidenses, hablan español. Porque, según ellos creen, la lengua es un elemento homogenizador que no permite hacer ninguna diferencia entre un guatemalteco o un argentino, un ecuatoriano o un español.

Cierto que se dan ciertas opciones -para identificarse como cubano, dominicano...- que permite individualizar y afinar la definición de hispano, pero todos ellos al final crean un grupo homogéneo que así queda reflejado en el censo. Y no hay nada erróneo en que todos seamos latinos, excepto que es una categoría artificial basada en conceptos erróneos, tan sólo para abreviar y simplificar. Pues, por esa regla de tres, imagino que todos los estadounidenses que hablan inglés cabrán en la misma categoría étnica que los británicos, australianos, indios o aquéllos provenientes de países anglófonos del resto de continentes.

Pero la pirueta mortal de este censo llegó cuando la curiosidad me llevó a comprobar los datos de 2000 y conocer el número de los nacionales que viven en Estados Unidos. Es tan sencillo como buscar la tabla exacta y ver los datos recogidos: así en el 2000 había en Estados Unidos más 686.000 "spanish", a los que hay que sumar otros 100.135 "spaniards" y unos 75.000 "spanish american". Yo no fui un gran estudiante en inglés, pero infiero que la tercera definición se refiere a los hijos de españoles nacidos en Estados Unidos, pero, ¿cuál es la diferencia entre spanish y spaniard?

Yo aprendí la diferencia entre el adjetivo y el sustantivo (aquello que nos repetían machaconamente: "Cervantes is spanish, adjetivo; Cervantes is a spaniar, sustantivo". Hasta el diccionario Cambridge así lo corrobora (spanish; spaniard). Así que a mi edad, me veo como Hamlet dudando sobre mi propia identidad; a mis años me he dado cuenta que aún no sé exactamente lo que soy o, peor todavía, que mi nivel de inglés es más bajo de lo que yo pensaba. Todo gracias a los estadounidenses. ¡Qué gran artículo demográfico-gramatical habría escrito Millás!

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08
Dic 2009

¿Por qué millones de cristianos fundamentalistas de los EEUU no creen en el cambio climático?

Escrito por: joseangelgonzalo el 08 Dic 2009 - URL Permanente

Esta mañana, como casi todos los días, sentado frente al televisor trataba de ver la CNN, esa cadena que se autodefine como líder mundial de noticias, para saber qué pasaba en el mundo -algunos amigos míos dicen que cuando uno tiene ganas de reirse por la mañana pone la Fox, aunque yo no comparta su opinión-. Entre las múltiples informaciones que aparecían en la barra de titulares que se sitúa en la parte baja de la pantalla ha aparecido la siguiente: “Americans' belief in global warming sinks as Republicans shift”, que podría ser una broma, si no fuera porque aún no ha llegado el 28 de diciembre. El problema es que esta encuenta no hace sino apuntalar otras más recientes que revelaban la misma dirección.

Justo ahora que comienza la decisiva y mediática cumbre de Copenhague, cuando mayor información existe sobre las causas y los efectos del calentamiento global, cuando la comunidad internacional está tratando de realizar un esfuerzo que nos lleve a paliar sus consecuencias y crear así una conciencia mundial para modificar nuestros hábitos, la opinión pública estadounidense -la que más contamina junto con la china- se descuelga y nos anuncia que ha dejado de creer en que el calentamiento global sea causa directa del hombre y que sea una prioridad su lucha.

Uno no deja de caer en el escepticismo y preguntarse qué tipo de país es éste. Pero en ese mismo instante uno recuerda una de las lecturas más esclarecedoras -y aterradoras- que hace tiempo pasaron por sus manos. Me refiero a la obra Hijacking America: How the Secular and Religious Right Changed What Americans Think, que en España se trajudo como “El pensamiento secuestrado: cómo la derecha laica y la religiosa se han apoderado de Estados Unidos”, y que seguramente guarda algunas claves para entender en cierta medida este hecho.

Su autora, la politóloga Susan George, es conocida mundialmente dentro de los ambientes progresistas, sobre todo por su celebrada obra El informe Lugano. Su pensamiento es marcadamente izquierdista, lo que ha hecho que su trabajo sea descalificado y demonizado por numerosos intelectuales de la derecha. Sin embargo, su Pensamiento secuestrado muestra de forma impecable cómo los movimientos religiosos se han hecho una plaza dentro del debate social y político en Estados Unidos, consiguiendo alcanzar cuotas de poder elevadas, tanto en el poder legislativo, ejecutivo y judicial. Una influencia que, según George, sobrevuela los partidos mayoritarios -demócrata y republicano, de manera que han conseguido instalar su concepción de la vida en gran parte de la sociedad estadounidense, lo que garantiza su permanecia más allá de rotaciones democráticas en el poder.

En el capítulo III de dicha obra, titulado “La derecha religiosa estadounidense y su larga marcha a través de las instituciones” encontramos explicaciones a parte de ese escepticismo del pueblo estadounidense por los problemas ecológicos. Podemos leer que esta derecha cristiana fanática -que ella enumera y explica mucho más profusamente- es un verdadero peligro para el medio ambiente. Las teorías que difunden estos religiosos son tan peregrinas como peligrosas: “Bill Moyers, conocido productor y periodista del Sistema de Radiodifusión Pública, ha escrito un largo y escalofriante ensayo, titulado con suficiente precisión “Bienvenidos al Día del Jucio Final”. Esta teología de derechas no es sólo una locura; es activamente destructiva, una amenaza tan grande para el medio ambiente como para una política exterior sensata. Millones de creyentes están convencidos de que los desastres medioambientales son en realidad una buena noticia puesto que anuncian el regreso de Cristo”.

Poco después, se añade: “En la teología del Rapto o dispensacionista, la crisis ecológica ni siquiera se puede reconocer por lo que es. Del mismo modo que una guerra con el islam en Oriente no es algo a lo que haya que temer, sino a lo que hay que dar la bienvenida, la destrucción de los sistemas ecológicos y sus consecuencias, como el huracán Katrina, son señales seguras de que el Apocalipsis está en camino. Moyers cita a la autora Barbara Rossing, que señala en su libro The Rapture Exposed que el credo básico del Rapto es inapelable:“El mundo no se puede salvar”. Por tanto, los creyentes están eximidos de toda responsabilidad en relación con el “medio ambiente, la violencia y todo lo demás salvo su salvación personal. La tierra sufre la misma suerte que quienes no se salvan. Todos serán destruidos”. Como comenta la autora, “es difícil encontrar una religión más mezquina, poco generosa y, por último, no cristiana”.

¿Está usted sorprendido? Pues espere, que aún existe una razón aún mayor que seguramente no había sopesado para refutar el cambio climático:“Mientras tanto, el Señor proveerá cuando le parezca. El calentamiento global es, en cualquier caso, un mito. Es una herejía decir que los recursos son limitados; Dios tiene suficiente para todos. Su generosidad también confiere el derecho a la explotación ilimitada de la tierra porque Él originariamente dio al hombre el dominio sobre ella”.

Seguro que está pensando que estos fragmentos son una exageración, una descontextualización o incluso una tergiversación. Usted sabe que en Estados Unidos estas ideas existen y se propagan pero son minoritarias. Déjeme que echemos un vistazo a una encuenta de la ABC News realizada en febrero de 2004 de la que se hace eco la autora unas páginas más adelante.

Según ese trabajo, que tiene un error de de tres puntos porcentuales arriba y abajo, “el 61% de los estadounidenses cree que el relato de la creación contenido en el libro del Génesis “es literalmente cierto; es decir, que ocurrió así palabra por palabra”. El 60% cree en la historia del diluvio universal y el arca de Noé; más encuestados aún -64%- coincide en que Moisés separó las aguas del Mar Rojo para salvar a los judíos que huían de los carros de guerra del faraón que iban tras ellos”.

¿Sorprendido? Pues aún sigue: “Entre los protestantes, tres cuartas partes cree -o al menos dijeron a los encuestadores que creeían- en la historia de la creación y un enorme 79% consideraba que el relato del Mar Rojo era un hecho. Entre quienes se llaman a sí mismos protestantes evangélicos, el 90% asumen el relato del Génesis sobre la creación del mundo por Dios en seis días (con un día de descanso el domingo), palabra por palabra. Sólo tres de cada diez encuestados dijo que no, que estas historias “pretendían enseñar algo, pero no deben tomarse al pie de la letra”.

¿Ha comenzado a asustarse? A lo mejor no debería seguir leyendo: “Los católicos estadounidenses se mostraron algo menos crédulos, pues sólo la mitad creía en la literalidad de la creación en seis días y en que Moisés separó las aguas del Mar Rojo. Quizá lo más sorprendente fuera que, entre quienes dijeron que no tenían “ninguna religión”, la cuarta parte seguía creyendo en la creación en seis días y un tercio asumía la leyenda del Mar Rojo.

Por supuesto, estos resultados son los arrojados por una encuenta. Veamos otro trabajo de investigación, realizado por la organización Harris y que la autora detalla seguidamente: “el 93% de los cristianos estadounidenses cree en los milagros (y el 95% en el cielo). Recuerden que al menos tres cuartas partes de la población estadounidense se considera “cristiana”, y hagan el sencillo cálculo de hallar el 93% del 75%,y llegarán a la conclusión de que siete de cada diez estadounidenses considera que los milagros son un posibilidad realista”.

No quiero presentar la imagen de un país mojigato y sumido en las tinieblas de los tiempos. Cualquiera que viaje a Nueva York verá que es una ciudad vibrante y cosmopolita donde estas teorías no encuentran respaldo. O al menos de la forma que lo hacen en el interior del país, pues no podemos olvidar que la llamada capital del mundo no es considerada siquiera como una ciudad representativa de los Estados Unidos por muchos de sus habitantes.

Lo que sí es cierto es la influencia de la religión en la política, en una medida desconocida en Europa. Cierto que nosotros tenemos -y están en su derecho- políticos que comulgan con una determinada fe, pero no creo que sean capaces de articular frases como la que el propio Bush dijo durante su mandato: “Necesitamos jueces con sentido común que comprendan que nuestros derechos provienen de Dios. Ésa es la clase de jueces que trato de situar en los tribunales”. Un hecho que hace que la influencia religiosa en todos los aspectos de la vida cotidiana se sitúe por encima del partido que gobierne.

De hecho, en el partido demócrata viven algunos miembros destacados de diferentes confesiones, que anteponen sus valores religiosos a los derechos civiles. El último episiodio se ha vivido precisamente en el Nueva York, cuando ocho representantes demócratas votaron en contra de la legalización del matrimonio homosexual, destacando el papel del reverendo Rubén Díaz.

Y es que como la autora recuerda, “pese a pertenecer al G-8, la OCDE y a cualquier cantidad de otros clubes de países ricos; pese a lardear de tener muchas de las mejores universidades del mundo; pese a la presencia en su suelo de 400.000 científicos europeos (la mayoría de los cuales no tien intención de regresar a Europa), ni la letra ni el espíritu de la ciencia afecta a la mayoría de los habitantes de Estados Unidos”.

Próximamente escribiré otros datos sorprendentes de este fascinante país.


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02
Dic 2009

El que tiene un arma, tiene un tesoro (o al menos 100$)

Escrito por: joseangelgonzalo el 02 Dic 2009 - URL Permanente

Estados Unidos es tan sorprendente como extenso (y mira que es grande). Este país, al que todos miran continuamente, sin embargo, tiene sus contradicciones. Las armas de fuego son sin duda uno de los mayores problemas que enfrenta esta sociedad; cada año los informativos estadounidenses -y los de todo el mundo se hacen eco- se salpican de escenas en las que jóvenes acribillan a tiros a sus compañeros de instituto -como denunciaba M. Moore en su "Bowling for Columbine", o reflejaba Gus Van Sant en su bucólica "Elephant"-, o bien informan de la existencia de algún francotirador que se divierte de forma indiscriminada por las calles de su ciudad.

Nueva York, pese a ser hoy en día una ciudad bastante segura, no se libra de esta plaga y por ello las autoridades han desarrollado diversos programas para acabar con la posesión de armas de fuego. Un ejemplo lo encontré por casualidad en comisaría de la estación del metro A de la calle 42, no muy lejos de Times Square. Como muestra la foto, la entrega de cualquier arma, además de realizarse de forma anónima y sin el peligro de exponerse a ninguna pregunta, es recompensada con una gratificación de 100 dólares. A veces la realidad no sólo supera la ficción, sino que es aún más escalofriante.

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