26 Feb 2008
Lentamente
Lentamente,
sobre mí mismo
pienso lentamente,
lentamente como hoja otoñal
en su breve vuelo
plácido y ausente,
en busca de la humilde solidez
donde detenerse.
Detengo el tiempo,
mi tiempo,
desesperado por huir
como un niño en juego...
Lentamente,
más allá de la premura
de las palabras,
del giro del aire entorno al silencio,
acompasado al mirar del niño
y a la noria tranquila de los momentos olvidados,
pienso en mí,
lentamente.
17 Nov 2007
EL DOLOR
Por fin, ahora puedo respirar tranquilo. Se fueron todos. Nos quedamos mi dolor y yo, los dos, solos, quietos, callados. Los dos juntos hemos recorrido medio mundo, sin que nadie lo supiera, riendo si había que hacerlo, saludando con la mejor de las sonrisas, el semblante siempre lozano, armonioso. Todos piensan que soy un hombre agradable, simpático, elocuente incluso, alegre, quizá un tanto vividor, sin llegar a libertino, un hombre de mundo, sin ir más lejos. Esta apariencia me ha permitido conquistar mujeres, algunas muy bellas, otras livianas, las hubo intelectuales, también disolutas, casadas, amantes, las que tuvieron que vencer grandes problemas de conciencia, las que no vinieron conmigo por mí; pero también hombres. unos me ofrecieron puestos ejecutivos, otros ascenso en su partido, un ministro de un país africano me habló de diseñar las telecomunicaciones en su país, también chantajistas, jugadores y vividores varios me insinuaron toda suerte de actividades; un fraile me propuso un crimen. Pero yo únicamente he sido fiel a mi dolor, como él a mi. Me despierto cada mañana y él está allí esperando, y yo a él: al ir a comer, al trabajar, al acostarme. Los médicos dijeron muchas necedades, me recetaron pastillas; los curas me hablaron de ofrecerlo para la vida futura; los psicólogos nada sabían; un botijero me regaló un botijo; ninguno, en suma, supo llegar al fondo de esta relación. Nadie adivinó que yo amaba mi dolor
CLARA
Clara, Clarita, solterita de 53, del 4ºA, ya no soñaba con príncipes azules, se conformaba con un vecino del tercero, de pecho tapizado por una hermosa pelambre, donde algunas veces, nunca demasiadas, nunca pocas, hundía sus dedos blancos y suaves como la espuma del mar. Al bajar también solía parar en el rellano del segundo, donde al mismo tiempo aparecía el vecino de la letra E, tan delicado, tan atento, su piel como una brisa en el agosto de la meseta. No podía por menos, su aliento sabía a trigo. Abajo, el portero la saludaba siempre con discreción y pulcritud. Se quitaba la gorra, le hacía una breve reverencia y descansaba en ella su mirada de hombre de mundo. ¡Cómo evitarlo! sus brazos acogedores le regalaban caricias sin cuento y placer cotidiano. Según subía, en el primero, Don Nicolás aguardaba, respirar su fragancia trastornaba los sentidos y los sentimientos, le gustaba oler sin prisa su piel desnuda, sintiéndose acariciada por ese perfume. Clara, Clarita, solita, sin hombre, ahíta.
MUSICOSOFÍA
Cuando se le escapó la batuta al director y se clavó en el ojo izquierdo del trompa primero, los más entendidos aplaudieron. Nunca con tanta precisión, me dijo uno calvo, se había señalado a las violas el comienzo del andante.
EL CUENTO NORMAL
Tendría que escribir un cuento. Por ejemplo, un cuento que tratara, sin más, de cómo escribir un cuento. De un escritor en el acto de escribir un cuento. Adivinar sus recursos psicológicos; establecer su fuente de inspiración, describir su colocación física frente a la máquina o al ordenador, la posición y el tableteo de sus dedos contra las teclas; indagar en la mirada mental, por dónde deambulan sus circuitos neuronales mientras escribe, sus emociones. Sin embargo..., me parece que al final tendría que asesinar al escritor, porque, si no, resultaría aburridísimo: lo normal es aburrido. No se puede escribir un cuento normal.
VIENTO INVERNAL
Aquella noche soplaba un gélido viento. Abrí la ventana, lo dejé entrar. Le acaricié los pies, las manos, la cara. Besé su nombre. Amaneció un hermoso día de primavera.
13 Nov 2007
Poema XXXVII
Día tras día
se me pasa la vida como pasa un niño.
Miro en derredor:
veo a mis amigos en lucha con sus ausencias,
a los recuerdos perdiéndose en las esquinas
mal iluminadas de los deseos.
Veo personajes inquietos
que corren deprisa y sin rumbo,
veo, sí, aunque confuso, un bastón de viejo colgado en la pared.
Hora tras hora,
ligero como las lágrimas de un amante,
observo trascurrir este libro apenas comenzado,
y lo que leo dice ya lo que he de leer,
augura la página secreta que tengo reservada.
Vuela un pequeño vencejo muy cerca de mi ventana.
En cada momento,
un reloj vigilante me recuerda el momento siguiente,
como en un poema la rima anuncia el siguiente verso.
No hay preguntas, ni explicaciones, ni verbos,
el río por su cauce sin un caminante
en reposo a su vera.
De las orillas de este río brotan azucenas, chopos y olvido.
Así, sin saber cómo, con un gusto mineral en la boca,
me viene el llanto,
pero callo para que no me oigan mis hijos.
Poema XXXVI
¿ De dónde viene el aire,
Brisa de tus cabellos?
¿De dónde ?
Del centro del corazón,
Susurro de niño,
Del principio de un sueño.
Escucha: el rumor anhelante de la malva:
¿Por dónde ?
Entre los dedos, silenciosamente.
Por eso tu mano, sigilosa saeta,
Me llama con esos nombres
Que tú y yo conocemos.
¿ De dónde viene el aire
Ahora que estamos tranquilos ?
No, muertos,
No, vivos.
Abismados en ojos ajenos,
Enajenados.
Te quiero, dijiste.
El aire, ¿ de dónde ?
arrebató las palabras:
el destino arropaba nuestros sueños inermes.
23 Oct 2007
Poema XXXV
En los quietos días del invierno
La claridad del frío
Recorre mis venas,
Lenta la luz
Derrama en las cosas
La añoranza del tiempo,
Resbala lentamente,
Su faz suave lamiendo
Las aristas agudas de los cristales.
¡Hay tanta claridad!
Se podría dibujar
El canto azul de los pájaros
En el aire
Con un dedo,
Con un suspiro,
Como trazan los niños
Las letras de su nombre
Recién aprendido.
Apenas si en el aire
Se estremece un lejano deseo.
Frío y luminoso,
Callado invierno.
Poema XXXIV
En tus ojos el cielo gris,
Como tus ojos,
O que, reflejo del cielo,
Tus ojos en sí lo vivifican,
Miro tus ojos
Y veo el cielo
Gris
Y más allá,
Como más allá del cielo,
Enclaustrado el infinito
Que se asoma
A tus ojos
Grises como el cielo.
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