29 Feb 2008
La invención de un día
Llegado el viernes, uno se hace las mismas preguntas que si estuviera al pie de un puente, en el umbral de una ciudad desconocida o en la taquilla de una estación de autobuses. El destino posible, las personas que veremos, el presupuesto. La agenda va formándose en nuestras mentes como un calendario de posibilidades cuyo criterio de selección es casi siempre una emoción, un sentimiento, un universo de relaciones íntimas que a veces inclusive desconocemos.
Y no es poca cosa este día que inicia, pie de ese puente imaginario. El viernes del escritor, por ejemplo, sucede cuando toma la pluma y coloca el papel sobre la mesa o, en nuestro tiempo, enciende el ordenador y va reuniendo los elementos del sábado y del domingo, como quien sabe que en esos días uno aviva por lo general lo mejor de sí mismo, o lo peor según el caso, pero sin duda lo definitivo, lo que concreta el deseo y el placer perseguido, la belleza anhelada, los momentos que justifican vivir de lunes a jueves sin descanso.
El viernes del asesino es, sin duda, el momento en que acecha a su víctima, imaginar el desenlace sangriento muchas veces hasta no reconocer si el crimen lo ha cometido ya o todavía falta consumarlo, lo que más bien es una mera consecuencia, un compromiso profesional que, por otra parte, anuncia la llegada del lunes apocalíptico, día en que de nuevo las posibilidades se reducen y hay que cumplir con las tareas encomendadas: la consumación del crimen es pues el lunes del asesino (o las doce de la noche del domingo si se quiere) y su dolor culpable dura hasta el siguiente viernes.
El optimista dirá entonces que el viernes puede caer en cualquier día siempre que haya voluntad. Pero no es tan fácil. Quizá para personas solitarias y empedernidas, como escritores y asesinos, así sea. Para el resto, lo normal es que suceda solo cada seis días, entre el jueves y el sábado y de allí no se mueve, y no lo ha hecho al menos desde que Venus (diosa romana del amor y la belleza) cedió su nombre a la noble causa de la denominación de un ciclo sin otro rasgo particular que no sea el anunciar la libertad posible.
No es casual pues que el nombre provenga de una diosa de materias como las descritas (amor y belleza) y de que en efecto su colocación en el calendario cotidiano de los hombres sea obra humana, en oposición a natural en este caso. Es decir uno puede colar un viernes entre un martes y un miércoles y no pasa nada, salvo que tengamos un elevado sentido de culpa, una vergüenza interior profunda, un inquisidor en vez de un consciente estándar que nos acuse de alterar los términos semanales como un abogado inmisericorde.
Este día se trata pues de decidir si cruzar o no el camino sobre el río, o quedarnos en medio, o un poco más allá. Lo importante es la invención. Decidir si continuaremos haciendo lo mismo cada fin de semana o, mejor, nos inventamos una historia que contar a los amigos, una caminata por la montaña que queremos conocer desde hace tiempo, un juego de futbol pero en la cancha terrosa de un poblado lejano. Qué hacer es preguntarse qué he hecho y proponerse hacerlo distinto, por muy bueno que haya sido.
Es decir: construir un universo, imaginarlo, decidirlo, ser inventores de nuestros días.
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