23 Ago 2012
Regreso al pasado
Definitivamente, creo que José Ignacio Wert tiene un serio problema. Como diría el periodista Alejandro Gándara, “posee un complejo de singularidad rayano en la psicopatía”. Salir en defensa de los colegios que separan a los alumnos por sexo requeriría una explicación por parte del ministro medianamente entendible por los ciudadanos. El titular de Educación, Cultura y Deporte del Gobierno de España, inexplicablemente, pretende pasarse por el arco del triunfo la no discriminación por razón de sexo contemplada en el artículo 14 de la Constitución Española y, también, el artículo 84 de la Ley Orgánica de Educación de 2006, en su afán por retrotraer a los españoles a la moral sexual del nacionalcatolicismo y de los conventos. La Iglesia Católica, cómplice del genocida Franco, fue durante casi cuarenta años la encargada de “educar” a su estilo a una juventud minada por la tuberculosis y la falta de alimentos. Aquella jerarquía eclesiástica, representada por unos obispos fascistas, se permitía jugar desde sus palacios episcopales con las estadísticas del Más Allá, afirmando sin empacho que casi el 90% de los condenados a las penas del infierno lo eran por faltas graves contra el Sexto Mandamiento. Esos colaboradores de sotana integrados, salvo honrosas excepciones, en la trama civil del golpe de Estado de 1936, y que más tarde rendirían pleitesía y entrarían bajo palio a Franco en los templos, fueron los encargados de anular los avances sociales de la República y de invadir los espacios más íntimos de las familias. Mariano Rajoy, a mi entender, se equivocó nombrando ministro a Wert. Tal vez le traicionó su subconsciente, ya que el apellido alemán Wert se traduce al castellano como “suerte”, que era lo que éste necesitaba. Pero hubiese dado lo mismo haber nombrado ministro a Aquilino Polaino, numerario del “establishment opusino”, psiquiatra y mosca cojonera para que aplicase a profesores, padres y educandos sus conocidas “técnicas de sugestión” en lo que respecta a la homosexualidad, ese “pecado nefando”. Wert entiende que la alta cultura está destinada para los señoritos que pueden pagarla y que tiene criterio estético. La “reserva indígena” debe seguir asistiendo a los colegios públicos, donde anida la mezcla de razas, los peligros de diversa etiología y en donde no importa que cohabite un “tótum revolútum” en el interior de sus aulas. San Agustín negaba que pudiesen existir habitantes en las antípodas porque se caerían en el espacio. Wert, mucho más simple en sus planteamientos, prefiere conceder ayudas a la Tauromaquia que becar a los estudiantes. Es un curandero que actúa de buena fe, consciente de que el eclipse es lo sagrado.
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