27 Feb 2008
20 Ago 2007
El castillo templario de Ucero
[Bram Stoker: 'Drácula']
Sumidas en el silencio -curiosamente, no se escuchaba siquiera el insistente canto de un grillo, tan común en ésta época del año, mientras los pájaros volaban lejos, como evitándolo a propósito- y tomas al asalto por un formidable ejército de hierbajos, enredaderas y todo tipo de plantas espinosas, el sitio, ni remotamente, ofrecía la romántica estampa ques e observa a la salida del pueblo de Ucero, o más concretamente, desde el lugar donde se encuentra situado el Centro de Interpretación de la Naturaleza, parada obligada para aquellos que inician su primera visita al impresionante entorno del Cañón. Pero tranquilos, no tengo intención de hablar de experiencias paranormales, aunque sí de la 'paranormal' curiosidad que me invadió cuando, jugándonos prácticamente el físico en algunos momentos, intentamos no perder detalle alguno de todo aquello cuanto nos rodeaba, y a la vez, motivaba nuestra curiosidad.
El lugar, en sí, no podría resultar más estratégico, militarmente hablando, como demuestran las hermosas fotografías que tuve ocasión de sacar, así como las vistas increíbles que pudimos disfrutar; incluso hubo momentos en los que el aire resultaba deliciosamente gratificante cuando nos asomábamos con precaución a alguno de los huecos de sus derruídos almenares.
En efecto, elevándose sobre el valle donde se asienta el pinturesco pueblecito de Ucero -las riberas de cuyas tierras son generosamente regadas por el río que lleva su mismo nombre- y dominando, cuál un águila al acecho, la entrada al majestuoso Cañón del Río Lobos, las ruinas del castillo templario reposan, melancólicas, enfrentando su destino con una dignidad sobre la que el tiempo y el olvido van haciendo incluso más daño que aquellas horas de sarracenos que no pudieron conquistarlo.
Aunque malherida en su estructura, y corriendo el riesgo de que cualquier día sus centenarias piedras abonen -como las de sus dobles murallas- el terreno yermo circundante, así como la propiedad de algún paisano -bien es cierto que los habitantes del pueblo aprovecharon muchas de sus piedras en beneficio propio, ante la pasividad de las autoridades- la torre del homenaje aún conserva cierto orgullo, exhibiendo parte de esa ornamentación que en tiempos -no me costaría mucho imaginarlo- le diera un aspecto imponente, cuando no feroz.
Y es que en lo más alto, allí donde parece que ni siquiera las aves más temerarias -buitres y águilas, en su mayoría, abundantes en la región- sienten predilección alguna por hacer su nido, unos seres demoníacos, de negra apariencia y aspecto grotesco, parecen ser los únicos guardianes; precisamente aquellos, a los que ni el tiempo -con todo el poder que le otorga la paciencia- puede llegar tampoco a herir. Se trata de las temibles gárgolas, un recurso arquitectónico ideado frente a un problema meteorológico muy utilizado en las grandes catedrales góticas, que resolvía la cuestión, embarazosa, de la evacuación del agua en los tejados. Ésta, en principio, sería la función de algunas de ellas, las más grandes y visibles; aquellas que, a través del zoom de la cámara, muestran al curioso una abertura en su boca, en forma de desagüe, que indica bien a las claras su cometido.
No obstante, junto a ellas y como si formaran parte del muro de piedra, otros seres más pequeños, pero de aspecto, quizá, mucho más perverso y agresivo, parecen advertir al visitante de que su función va mucho más allá de un simple capricho ornamental.
Dependiendo de dicha función, así como de las intenciones del maestro cantero que las esculpió o las mandó esculpir, el significado inherente a éste tipo de de figuras sacadas de un bestiario imposible, se pierde -como el de las enigmáticas marcas de cantería- en la noche de los tiempos.
Para Fulcanelli -un autor cuya verdadera identidad permanece todavía en el más absoluto de los misterios, a pesar de las sospechas sobre la persona de Eugene Canseliet y los ríos de tinta vertidos al respecto- la denominación 'gótico' resultaría una variante de 'art goetico' -arte mágico- o 'argot', lengua o código encaminada a la comprensión de los iniciados.
En este sentido, algunos autores suponen que, entre otras, las gárgolas tenían tres funciones destacables: advertir, formar y distinguir o señalar. Así mismo, dichas funciones dependían de la dorma del animal que representaban. De manera que, por ejemplo, las gárgolas con cabeza de dragón, representaban la transmutación alquímica; aquellas con cabeza de gallo, la fuerza de la energía, la valentía o el liderazgo; las que tenían por cabeza los rasgos de un león, hacían, al parecer, alusión a la potencia física, actuando, también, como guardianes de los templos. Por último, las gárgolas que represetnaban cabezas de engendros o tenían un aspecto definidamente demoníaco, manifestaban las bajas pasiones, la sexualidad, así como los instintos primarios. Este tipo de gárgolas suelen ser las más comunes. De manera que, en este sentido, siendo precisamente éste último el tipo de gárgolas que se pueden apreciar en el castillo de Ucero, obligan a plantearse algunos interrogantes.
En primer lugar, surge el interrogante que, de forma inevitable, lleva al observador a preguntarse por el motivo de este tipo de ornamentación en lugares consagrados a Dios. La teoría más aceptada, es aquella que ve en la presencia en los templos de estos elementos una advertencia sobre el Mal, el demonio y los seres infernales, cuya existencia era plenamente aceptada en la época que nos ocupa, y apenas se cuestionaba entre el pueblo llano. Pero así mismo, hay quien se plantea -y no sin razón- si ésta es toda la explicación. Porque resulta difícil de creer que tantas y en ocasiones tan magníficas esculturas constituyan tan sólo un capricho de escultor, que podía haber optado por cualquier otra forma -real o imaginaria- más acorde con la finalidad del edificio, para realizar la misma función. O que, por otra parte, sean advertencias a individuos que apenas pueden divisarlas desde el suelo. Como muchas otras cosas, algo no termina de encajar.
Cierto que estamos hablando, en el caso que nos ocupa, de una fortaleza militar; pero una fortaleza militar atribuída, en un principio, a los caballeros templarios, monjes guerreros, pero monjes al fin y al cabo, cuya divisa -Non nobis, Domine, non nobis sed nomini tua da gloriam (1)- deja bien a las claras la finalidad para la que dicha Orden fue concebida: servir a Dios.
Apenas existe documentación sobre la, digamos 'época templaria' del castillo de Ucero, aunque sí sobre la prolífica ocupación posterior del mismo.
Adquirido a comienzos del siglo XIV a los herederos de don Juan García de Villamayor -cuya esposa, doña María Alfonso de Meneses, fue señora de la villa a finales del siglo XIII- fue pasando por diferentes manos -en su mayor parte, religiosas- y utilizado para diferentes menesteres.
A finales del siglo XV, fu acondicionado por el obispo don Pedro Montoya, siendo otro prelado -Honorato Juan- quien, en el siglo XVI, colocó el escudo de armas que todavía puede apreciarse hoy día sobre la puerta de entrada.
Incluso se tienen noticias de que durante alguna etapa de su historia, fue utilizado como cárcel para clérigos.
De cualquier forma, añadir que, tanto el castillo como la rica vega del Ucero, fueron secularmente propiedad de los obispos de Osma.
Sería injusto terminar la presente exposición sobre el castillo de Ucero, sin comentar algunos otros elementos de cierto interés, entre los que destaca -para conferirle aún un elemento más de misterio- la curiosa anfisbena, la serpiente de dos cabezas -nótese la dualidad, cifra de cierta importancia en la mística templaria- que también puede apreciarse en los ventanales del ábside de la ermita de San Bartolomé. Precisamente, en los ventanales situados de una manera lo suficientemente 'estratégica', como para permitir que la luz del sol incida sobre el altar, en el que -entre otras- se puede apreciar una curiosa talla que representa al santo, cimitarra en mano, doblegando al demonio, al que tiene encadenado a sus pies.
La anfisbena -su traducción sería 'la que camina hacia los dos lados'- miembro alucinante de los bestiarios pétreos medievales, ya es mencionada en el siglo V antes de Cristo, por el griego Esquilo. También el escritor latino Lucano -siglo I- la menciona, encuadrándola dentro de las dieciocho variedades de serpientes, entre las que destacan algunas de curioso nombre, como el hemorroo, la clepsidra, el cerastres o la dípsada.
Dada su naturaleza, pues, no es difícil suponer que, en un principio, esté relacionada -recordemos las gárgolas grotescas- con las bajas pasiones, y por supuesto, con el Diablo. Pero el significado intrínseco de la anfisbena va todavía mucho más allá y está íntimamente ligado al mito de San Bartolomé: como serpiente que es, aparte de una clara alusión a la sabiduría, ofrece también un aspecto de renovación; de muerte y resurrección. Dos naturalezas unidas, presentes también en el hombre -cuerpo y espíritu- pero decididamente diferentes y siempre en cosntante lucha. Dos lugares, uno militar y otro religioso, que están en consonancia con los objetivos de la Orden.
Como colofón, añadir que, aunque haya autores que ve en este animal imposible solamente cabezas decorativas, de lo que no parecer haber duda, es de que el triángulo formado por el castillo de Ucero, la ermita de San Bartolomé y el Cañón del Río Lobos formaba parte de un todo mistérico, cuya auténtica relevancia puede que algún día vuelva a ver la luz a raiz de investigaciones más amplias y profundas.
Sólo añadir que, sea cual sea la naturaleza que lleve al visitante hasta este incomparable entorno, no le defraudará; como tampoco le defraudarán los productos gastronómicos de la región y la extraordinaria calidad de los vinos, cuya denominación -Ribera del Duero- es garantía más que suficiente para la aprobación de un exquisito paladar.
(1): No para nosotros, Señor, sino para gloria de tu nombre.
Bibliografía:
- 'Castillos de Soria', Javier Bernad Remon, Ediciones Lancia, 1994
- 'El misterio de las catedrales', Fulcanelli, Editorial Plaza & Janés, 1967
- 'El libro de los seres imaginarios', Jorge Luis Borges, Editorial Bruguera, 1982
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