14 Jul 2008
Rutas del Temple en la provincia de Soria: Castillejo de Robledo
No le falta ni un ápice de razón a mi estimado amigo Xavier Musquera, cuando hace tal aseveración. Posiblemente, nos encontramos aquí con otra abominación de las injusticias históricas que, unida a la cometida por el rey francés Felipe IV -en connivencia con el Papa Clemente V, de nombre Bertrand de Got- aquél fatídico viernes, 13 de octubre de 1307, consienta, de alguna manera, en avivar aún más la llama de la leyenda y del misterio que envuelve todo lo que a la Orden del Temple se refiere.
A lo largo de mis vivencias por la provincia, en las que no han faltado ni faltarán búsquedas personales de ese Temple que tan activamente participó en la Reconquista y cuyas huellas -menores a medida que va pasando el tiempo- aún puede descubrirse a este lado de la frontera del Duero, he podido percatarme de que, si bien la documentación histórica no la hace justicia por su rareza y escasez, la Tradición oral, sin embargo, la satisface cumplidamente. No resulta raro, por tanto, encontrarse en más de un lugar con el comentario: 'fue o ha sido de templarios'.
En el caso de Castillejo de Robledo, dicho comentario, sin embargo, huelga por completo. Cualquier visitante, sea veterano o primerizo, que pone los ojos en la iglesia de Nª Sª de la Asunción, sabe -sin necesidad de documentación escrita que lo corrobore- que en ese lugar, los monjes-guerreros tuvieron en tiempos una considerable presencia. Basta sólo echar un vistazo a ese maravilloso pórtico de madera de estuco, pintada con los colores blanco y negro de la Orden, para darse cuenta de ello.
Pero las huellas de su presencia, cobran una notable fuerza; una más que evidente notoriedad, en su interior. Las pinturas que poco a poco van apareciendo entre la cal de sus muros, cuentan viejas historias. Historias que, algunos, identifican con ese episodio vergonzoso de la humillación de las hijas del Cid a manos de los condes de Carrión, pues no en vano, Castillejo de Robledo está considerada como la villa o el lugar donde acaeció la famosa afrenta de Corpes.
No obstante de este detalle, lo espectacular aguarda un poco más allá, en ese ábside genuino y único que aún conserva el revestido ajedrezado en rombos negros y blancos -los colores del Baussant, o estandarte por el que los hermanos freires daban la vida alegremente- que lo cubren por completo, y al que guarda, eternamente, sin descanso, un terrible animal mitológico, que algunos identifican con una serpiente de dos cabezas y otros con un dragón.
En la actualidad, no es posible visitar la iglesia por dentro, pues entre los meses de octubre y noviembre de 2007, comenzaron a ejecutarse los trabajos de remodelación del tejado, y aún tardará algún tiempo en estar lista. Pero siquiera, dejarse caer por allí, no estaría exento de interés pues, a pesar de los andamios y el material de la obra, en el ábside pueden contemplarse a gusto los dos canecillos más eróticos del románico soriano y degustar un buen cocido y un excelente vino en la Venta de Corpes, que por algo Castillejo figura y figurará siempre en un lugar de honor dentro de esos Caminos del Cid, que tanto interés histórico y cultural tienen aún hoy en día.
(1): Ediciones Nowtilus, S.L., 2006.
23 Ago 2007
Castillejo de Robledo: Iglesia Parroquial de la Asunción
Aproximadamente a 12 kilómetros de Langa de Duero, y haciendo frontera con la provinicia de Segovia, el municipio soriano de Castillejo de Robledo recuerda, a todo aquél que pasa por allí y se detiene el tiempo suficiente, uno de los episodios históricos más vergonzosos del Cantar de Mío Cid: la 'afrenta de Corpes'.
En efecto, en un robledal situado en las proximidades, doña Elvira y doña Sol, las hijas de Rodrigo Díaz de Vivar -el Cid Campeador- sufrieron la vergüenza y el escarnio a que las sometieron sus maridos, los condes de Carrión, en venganza por haberse visto humillados después de demostrar públicamente su cobardía.
Situado, como no podía ser menos, en la denominada 'Ruta del Cid', el pueblo de Castillejo de Robledo pervive armoniosamente a la sombra de las ruinas del castillo -hay indicios suficiente para suponer que éste se erigió sobre una antigua fortaleza musulmana- desde el que siglos atrás -cuando en su torres ondeaban con orgullo los pendones blanquinegros del Temple- sus habitantes recibían cobijo y protección.
Visto, precisamente, desde el elevado peñasco donde éstas sobreviven a duras penas, resulta poco menos que imposible no mirar hacia el pueblo y sentirse parte de una postal que refleja las características de un lugar que parece -cuál el Brigadoon de la película protagonizada por Gene Kelly- haberse detenido en el tiempo.
Rodeado de huertas y fértiles campos -no en vano, existen también crónicas que aseguran que fueron precisamente los freires milites del Temple, propietarios y explotadores de bastos terrenos- Castillejo, aún a pesar de su belleza, hubiera pasado desapercibido -como muchos otros encantadores y poco conocidos pueblos de la región- si la casualidad, la sincronía o la -digamos, en ocasiones- extraña forma en que la Diosa tiene a bien imponer justicia, no hubiera querido que hacia 1933 unas obras en el interior de la iglesia románica de Nuestra Señora del Castillejo, dejaran al descubierto parte de unos extraordinarios frescos, cuya importancia hace del lugar un sitio de especial carismo histórico, cultural y sobre todo, artístico.
No es de extrañar, pues, que cualquier visitante que acuda a Castillejo preguntando por la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción -pasó a denominarse así a partir de 1738- conozca en primer lugar -un poco por encima, desde luego, y variando en algunos detalles según la 'fuente'- la 'historia del cura, las obras y la sorpresa del descubrimiento'.
También es un dato a tener en cuenta, que Castillejo -como cualquier otro lugar que en tiempos estuviera relacionado con la presencia del Temple en sus cercanías- cuenta con una leyenda tenebrosa, cuyo protagonismo es por completo acaparado por los monjes-guerreros: la leyenda del Vallejo Caballero.
Como viene siendo habitual en todas las leyendas relacionadas con la histórica y malograda Orden apadrinada por Bernardo de Claraval, su protagonismo viene a ser oscuro, perverso y merecedor de pocas simpatías, en muchas ocasiones abonado por la falta de objetividad de escritores como, por citar un ejemplo, Sir Walter Scott, quien, en una de sus novelas más conocidas -'Ivanhoe'- describe a los templarios poco menos que como acaparadores, pendencieros, bebedores y villanos.
El castillo, así como las propiedades que los templarios tenían en la zona, y una vez disuelta la Orden, allá por los años 1314-1315, pasaron a manos de la Orden de San Juan que, entre otras cosas, lo utilizó como hospital.
Desde el escarpe rocoso sobre el que se levanta -semejante a una mandíbula asaltada por las caries- se puede contemplar, aparte de una extraordinaria visión panorámica del pueblo y la zona circundante, una buena perspectiva de la iglesia románica de Nuestra Señora de la Asunción -principios del siglo XII- que se encuentra a sus pies. La falta de símbolos templarios o de cualquier otra índole -hay, sin embargo, ciertas referencias acerca de una piedra escrita a ellos atribuída, aunque su existencia y paradero se pierde en la noche de los tiempos- se ve en ésta iglesia generosamente compensada -¡y de qué manera!- empezando por la observación de los canecillos de su parte más antigua: el ábside.
Intentando se lo más objetivo posible, sería imperdonable no reseñar que -independientemente del valor simbólico de muchos de ellos: el barril, el rollo de pergamino, el lobo, la cabeza, el símbolo parecido a la Tau griega, e incluso le cenefa ajedrezada que se puede apreciar por encima de ellos- hay dos elementos que atraen inmediatamente la atención de todo el mundo, por el morbo que provocan.
Se trata de dos curiosos canecillos que representan a sendas parejas de amantes realizando el acto sexual.
Tal atrevimiento -de hecho, es una temática ampliamente conocida y observada en muchas iglesias similares, situadas, sobre todo, en el norte de la Península- que para unos puede parecer curiosamente anecdótico, para otros -a lo mejor más preocupados por desentrañar el posible 'mensaje oculto' que puedan conllevar tales figuras- representa -como si ya de por si hubiera poco 'morbo' en relación con ellos- elementos de naturaleza tántrica traídos de Oriente por los caballeros templarios. Al menos, esto es lo que opinan algunos investigadores.
Pero si estos pueden constituir un excelente motivo de estudio y debate, existen otros elementos -situados en la pared de la portada sur, muy cerca del pórtico de entrada- que no le van a la zaga.
Por supuesto, me refiero a los denominados 'relojes solares', así como también a un 'galimatías lineal', idéntico a los que se pueden apreciar en uno de los muros de la capilla de la Virgen, en la ermita de San Bartolomé de Ucero. Por si esto fuera poco -y para añadir un grano más de pimienta al 'misterio'- son también idénticos a losque se pueden contemplar en el castillo de Chinon, grabados en las paredes de las celdas por los templarios prisioneros, antes de ser ejecutados.
Como anécdota -tal vez alguien quiera iniciar una investigación encaminada en esa dirección- añadir que hay quien opina, que dicho 'galimatías lineal' -por definirlo de alguna manera- representa, en realidad, una especie de plano o mapa, cuya resolución llevaría hasta el lugar donde supuestamente los freires escondieron el Arca de la Alianza que, según algunas opiniones, descubrieron mientras escarbaban en las caballerizas del antiguo Templo de Salomón, en Jerusalén, lugar en el que actualmente se levanta la mezquita de Al-Aksa.
No obstante, apartándonos de leyendas y conjeturas difíciles de sostener, los otros elementos que hacen imprescindible, para todo amante del Arte, una visita a la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, son, sin duda, los extraordinarios frescos descubiertos por casulidad -como se advertía anteriormente- en los años treinta.
Ocultos durante siglos por varias capas de yeso -el guarda no tuvo ningún reparo en comentar, durante nuestra visita, que fueron 'ocultados' a consecuencia de la peste- ofrecen una perspectiva bastante más que notable, del alto grado de religiosidad y superstición, característicos de la Alta Edad Media.
'Aterroriza' la figura ofídica de dos cabezas -en esto los investigadores no parecen ponerse de acuerdo, pues algunos ven serpientes; otros, dragones, y el que esto suscribe, una posible referencia a la temible asfisbena, ese animal mítico de multitud de significados- que puede contemplarse guardando el pórtico de acceso al altar. En éste, aparte de una curiosa talla de la Virgen, que posiblemente merezca un artículo aparte, se puede apreciar el entramado romboidal y blanquinegro -colores específicamente templarios- que decora su estructura abovedada. Dividiendo en dos el mosaico ajedrezado, y coincidiendo en el centro con lo que parece ser un escudo blanco con una franja negra en medio, una cenefa blanca muestra extrañas formas, posiblemente vegetales, ribeteados por numerosos puntos rojos.
Es posible ver también, en uno de los laterales de la pared, la figura de un caballero templario, cuya mirada parece dirigirse hacia la puerta de acceso al templo, como un cancerbero siempre en guardia frente a la intromisión de extraños.
En definitiva, si con los elementos brevemente descritos, el lector no se siente lo suficientemente atraído, tal vez le anima a realizar una visita a este curioso pueblo soriano, la seguridad de que el vino que le sirvan constituirá toda una garantía para su exigente paladar.
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