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05 Mar 2008
23 Ene 2008
Andaluz: interiores de San Miguel y pequeño museo románico
'No es el martillo el que deja perfectos los guijarros sino el agua con su danza y su canción'
[Rabindranath Tagore]
[Rabindranath Tagore]
A medida que me adentraba en las tierras de Berlanga, multitud de cosas afloraban a mi mente, como una lluvia de estrellas fugaces perdiéndose a toda velocidad más allá del horizonte. Aún repiqueteaban en mi mente las palabras de ánimo que mi amiga Teresa me había dejado en el último correo la noche anterior:
- Adelante, Perquisitore, ve a por ello, -me contestó, cuando la hice partícipe de mis planes para la jornada del sábado.
Naturalmente, con el apodo de Perquisitore -honor que me hace, desde luego-, me comparaba con Galcerán de Born, el personaje principal de la insuperable novela de Matilde Asensi, titulada 'Iacobus', cuya lectura hizo mis delicias el pasado verano. El Perquisitore, por más señas, es un caballero perteneciente a la Orden del Hospital de San Juan de Jerusalén, a quien sus superiores -incluido el Papa Juan XXII, sucesor de Clemente V- le encomiendan la nada despreciable misión de ir descubriendo los lugares secretos en la Península Ibérica donde la Orden del Temple ha ido escondiendo parte de sus incalculables riquezas. Riquezas que, dicho sea de paso, todos -incluidos los agentes del rey Felipe el Hermoso- persiguen con inusitada avidez. La novela, por tanto, se sitúa a partir de 1314, una vez suprimida la Orden del Temple, haciendo una descripción -verdaderamente interesante a lo largo de la trama (1)- de los principales lugares de peregrinaje relacionados con el Camino de Santiago.
Resulta comprensible, pues, que por 'perquisitore', se entienda como aquélla persona que sigue o indaga pistas; que busca y rastrea y que, bien por inteligencia -como en el caso del personaje de Matilde Asensi- o bien por suerte -como puede ser el caso mío, y sólo a veces- finalmente encuentra y consigue lo que desea.
En mi papel de Perquisitore, por tanto, en la mañana de aquél sábado mis pesquisas iban encaminadas hacia el interior de la iglesia románica de San Miguel; su pequeño museo y por supuesto, la pieza estrella de su patrimonio cultural: la virgen románica de Santa Lucía.
La última vez que estuve en Andaluz, un frío día también, en el mes de diciembre, poco más o menos en vísperas de Nochebuena, no pude encontrar a la que persona que custodia la llave. Sin embargo, mi suerte en éste inhóspito sábado del mes de enero, iba a cambiar favorablemente. Tal vez por intuición, o quizás porque estoy convencido de que la 'Ley de la Causalidad' se mueve por unos derroteros parecidos a la 'Ley de Causa y Efecto', supe que mi suerte estaba a punto de cambiar, cuando la puerta de la 'la casa con escalones y rosales' -esas fueron las señas que conseguí de un paisano nacido en Andaluz, pero residente en Madrid- se abrió frente a mi, segundos después de tocar el timbre.
Visiblemente renqueante, en la cara de Rosa Mari no se evidenciaban señales de desconcierto, extrañeza o sorpresa ante tan inesperada visita. Sabía perfectamente, nada más verme, que como forastero lo único que podía perseguir era la iglesia románica de San Miguel y las maravillas que, supuestamente, se ocultaban en su interior.
Accedió a mostrármelas, después de algunos minutos de conversación, en la que le expuse el enorme interés que sentía por todo lo concerniente al románico de la región, así como el tremendo esfuerzo que suponía el tener que desplazarme expresamente desde Madrid, no siendo, desde luego, plato de buen gusto, darme con la puerta en las narices.
Cuando la vi sonreír y me dijo que la esperara arriba en la iglesia, mientras ella subía con las llaves, reconozco que respiré aliviado, pensando que después de todo, el viaje iba a merecer la pena.
Una vez franqueado el umbral de esa otra realidad que constituye un templo románico, recuerdo que mi primera impresión fue la de suponer que en Andaluz se hace gala de un cuidado extremo y un respeto profundo hacia su patrimonio artístico-cultural y religioso.
En efecto, visto bien iluminado gracias a la amabilidad de Rosa Mari, que no tuvo ningún inconveniente en encender las luces, el interior de la iglesia románica de San Miguel parecía un auténtico homenaje a la pulcritud. Encontrándomelo tan limpio como los chorros del oro, pensé que 'Mr. Proper' había tenido zafarrancho de combate, resultando victorioso frente al polvo y el descuido. No se trata de un detalle vanal, en mi opinión, acostumbrado como estoy a encontrarme ruina y abandono en la gran mayoría de construcciones similares que visito y que, en algunos casos, hacen que se le caiga a uno el alma a los pies.
La primera imagen mariana que recibe al visitante, es una talla de 1952 -aproximadamente- que representa a la Inmaculada Concepción. En la misma pared, junto a ella, y tal vez por el color negro con ribetes dorados de la capa que la envuelve, es posible ver una curiosa talla de la Dolorosa, cuyo rostro -mayestático y de expresión indefinida- llama poderosamente la atención, levantando sospechas acerca de una posible factura de índole románica o, en su defecto, de un intento por representar rasgos característicos de este estilo en particular.
Algo más allá, y cerca de la zona que delimita el altar, se encuentra la Virgen del Rosario, aunque, en opinión de Rosa Mari -tuve la impresión de que sabía mucho más de lo que realmente contaba- pudiera tratarse en realidad de 'una Asunción', en vista del vestido y los ángeles que la acompañan.
Situado junto al altar, y abierto sobre el pequeño atril que le sirve de soporte, un hermoso libro episcopal ofrecía testimonio, posiblemente, del sermón utilizado durante la celebración de la última misa. Era posible apreciar, en negrita y letras mayúsculas, la siguiente frase en latín: 'In Festo Sacratissimi Cordis Jesu'.
Dominando el excelente retablo gótico -ésta es una apreciación personal, en la que puede que me equivoque- otra de las figuras estrella mantiene al diablo subyugado a sus pies. Me refiero, naturalmente, al arcángel San Miguel, titular de la iglesia y paladín infatigable de los cielos.
En el mismo retablo, se pueden apreciar, también, otras figuras de santos, entre las que destaca, en mi opinión, y teniendo en cuenta su carácter humilde y laboral, la figura de un santo en particular, bastante apreciado también en la provincia: San Isidro Labrador, acompañado siempre de sus mansos y fieles bueyes.
Continuando la visita, y situados en el lateral derecho del templo, otro retablo de considerables proporciones sirve de escaparate para mostrar varias figuras más de santos, aunque elevando la vista a lo más alto, uno no deja de sentir fascinación frente a una talla de origen románica tardía, posiblemente gótica, que, en mi opinión, representa a Santa Ana con la Virgen en brazos.
Por desgracia, la figura estrella y por supuesto, la que más interés suscitaba para mi -la talla románica del siglo XIII de la Virgen de Santa Lucía- quedaba, por ésta ocasión, fuera de mi alcance. Rosa Mari me comentó que estaba siendo restaurada, y es de esperar que una vez terminada dicha restauración, vuelva otra vez al lugar que la corresponde.
Reconozco que me sentí ligeramente decepcionado, aunque tal decepción, desde luego, cedió pronto paso a la excitación cuando, algunos minutos después, ésta me abrió la puerta del pequeño museo situado en lo que antiguamente constituía otra de las galerías porticadas.
A cobijo de todo daño externo y cuidadosamente colocados en su correspondiente pedestal, las representaciones añadidas por el maestro cantero a golpe de martillo y cincel de los capiteles de la desaparecida galería, constituían de por sí, todo un tesoro de expresividad y simbolismo. Allí, todo estaba perfectamente ordenado. No eran piezas 'sobrantes' después de una restauración, que se olvidan y se tiran en cualquier lugar, como simples escombros, negándoselas el valor que realmente tienen. Eran lo que eran, objetos de Arte que merecían un respeto y un cuidado especiales, como patrimonio de un país en particular y del mundo en general. Tan entusiasmado estaba intentando no perder ningún detalle con la cámara, que olvidé preguntarle a Rosa Mari quién había tenido tan genial iniciativa. Vayan, pues, desde estas sencillas páginas mi más sincera felicitación y gratitud.
Por otra parte, y volviendo otra vez al tema que nos ocupa, se puede añadir que los motivos de este oculto conjunto de capiteles, son de lo más variado e interesante, destacando -por su belleza y singularidad- los siguientes:
- Aves de vistoso plumaje, como si el artista hubiera querido destacar una alegoría exótica.
- Motivos entrelazados, formando numerosos nudos.
- Una figura humana, desnuda, en actitud de estar danzando. Una posible referencia ritual, de probable origen celtíbero.
- Dos machos cabríos, curiosamente muy similares en su forma y ejecución a los que se pueden contemplar en uno de los capiteles de la iglesia románica de Nª Sª de la Asunción, en el pueblo segoviano de Duratón. Naturalmente, su asociación es demoníaca.
- Un capitel realmente interesante, que representa a un personaje (no se puede determinar el sexo, dado la especie de túnica que le cubre) que porta un libro cerrado en su mano derecha (este motivo suele estar asociado con el conocimiento oculto) y un objeto indeterminado en la izquierda. Curiosamente, está escoltado, a ambos lados de la cabeza, por el Sol y la Luna. Como anécdota, agregar que es el primero en su género que he visto en los numerosos emplazamientos románicos recorridos de la provincia.
- Un caballo, con silla de montar, esmeradamente labrado.
- Un centauro en actitud de disparar su arco hacia un lado, mientras el rostro lo tiene vuelto al frente.
- Un animal, posiblemente un buey, cuyos cuartos traseros, por desgracia, están deteriorados.
- Una pareja de arpías.
- Una cara mirando de frente, escoltada en la parte de arriba por lo que parece un grifo (recordemos que dicho animal mitológico ocupa uno de los laterales del pórtico de entrada) y un ave; en la parte de abajo del capitel, se aprecian curiosas formas serpentiformes. En el mismo capitel, por otra de sus caras, se aprecia otro rostro y una serpiente enroscada con cara humana. Posiblemente se trate del capitel que algunos investigadores identifican como el de la tentación de Adán y Eva.
- Motivos entrelazados, similares a una cesta de mimbre, de la que surgen cabezas humanas, cuyos bigotes recuerdan a los de los gatos.
- Un jinete montado a caballo y detrás de él, una extraña forma humana, de cuerpo delgado, sin extremedidades superiores y con una desproporcionada cabeza. El desgaste no permite apreciar las características del rostro.
- Un capitel, bastante deteriorado, en el que, sin embargo, se aprecia con excelente resolución parte de una serpiente.
Es posible admirar, también, una tumba antropomorfa, así como una estela con una cruz, reminiscencias del cementerio medieval que se supone estaba situado debajo y en los alrededores de la iglesia.
En el pequeño museo, se conservan, de igual manera que los capiteles, los canecillos que correspondían a esa parte de la galería. Entre ellos, es posible apreciar rostros humanos y animales; una excelente talla de un perro tumbado, así como otro que parece representar a un hombre subido encima de los hombros de otro.
Como colofón a la presente entrada, decir que la iglesia románica de San Miguel dispone de tantos elementos extraordinarios, que, aunque descritos por encima, bien merece un estudio en profundidad, pues es mucha la riqueza simbólica que posee, así como muchos son los enigmas a ella asociados.
Sólo me resta reiterar otra vez mi más sincero agradecimiento a Rosa Mari por su amabilidad y prometerla que, a la vez que finalizo la presente entrada, deposito en el Correo una carta con la foto que tomé mientras posaba junto a la pila románica y que prometí enviarla sin falta.
(1): A todos los interesados en el tema, les recomiendo la lectura de los siguientes libros:
- 'Iacobus', Matilde Asensi, Editorial Random House Mondadori, Año 2000.
- 'Peregrinatio', Matilde Asensi, Editorial Planeta, Año 2006
15 Ene 2008
¿Una enigmática piedra templaria?
Año 1118, Tierra Santa. Jerusalén es un hervidero, donde se aglutinan toda clase de hombres llegados desde todos los rincones de Europa. Abundan los peregrinos, gente cuya meta es alcanzar los sagrados lugares donde nació, vivió, predicó y murió Jesús de Nazareth. En ese año, nueve soñadores, nueve hombres pertenecientes a las más nobles familias de Francia -uno de ellos incluso emparentado con Bernardo de Claraval, abad de Citeaux, y tras su muerte elevado a la categoría de santo- se presentan en la corte y solicitan audiencia con el rey. Bien por credenciales, bien por aburrimiento o quizás porque son portadores de 'noticias frescas', el rey Balduino los recibe. Hugo de Payns, el portavoz del grupo, le expone los pormenores de su misión: proteger y defender a los peregrinos...
La historia no cuenta si Balduino se tomó a broma aquélla brava, suicida proposición. Sí cuenta, sin embargo, que les cede lo que en tiempos bíblicos constituyeron los establos anexos al Templo de Salomón. Los nueve caballeros se instalan, dedicando su tiempo a misteriosas excavaciones y búsquedas, fundando la Orden de los Pobres Caballeros del Templo de Salomón, posteriormente conocidos, de manera más popular, como caballeros templarios. Para dar testimonio de sus votos de pobreza, entre otros sellos y símbolos, utilizan uno en particular, que con el tiempo, y en vista de su meteórica trayectoria, parece una incongruencia: dos caballeros montando sobre un mismo caballo. Aquí comienza la leyenda...
*******
Soria, proximidades del monasterio de San Juan de Duero -también conocido como 'los Arcos de San Juan'- 12 de enero de 2008. Han pasado casi mil años desde aquélla histórica fecha y las huellas de los caballeros del Temple aún continúan vigentes, como si ese milenio, ese lapsus insondable de tiempo, no tuviese importancia alguna.
Aunque me interesa, y mucho el tema, reconozco que no pienso en absoluto en ello, mientras, helado de frío, espero pacientemente a que se abran las puertas de acceso al mítico y poco menos que milenario monasterio, frente a cuya magia no me importa confesar el hecho de que no me canso volver siempre que tengo ocasión. Curiosamente, mis planes de ruta e investigación para ese sábado eran otros, quedando en la práctica más cerca de la hermosa ciudad de Berlanga de Duero, que de la capital de la provincia, siempre vestida de gala cuando de recordar a su insigne poeta se trata. Que nadie se asuste; desde luego, no hablo de mí.
En efecto, mi objetivo, en ésta ocasión, era Andaluz, un pueblecito de apenas una veintena de habitantes -posiblemente muchos menos en invierno-, cabeza de partido, por más señas, y que en tiempos tuvo una importancia histórica y estratégica extraordinaria.
Lo decidí sobre la marcha, siendo apenas las ocho y media de la mañana, mientras tomaba café en un bar de Medinaceli, pensando que no iba a terminar de amanecer nunca. Alguien -algún afortunado, supongo, porque cuando me acerqué a la gasolinera a repostar y adquirir un ejemplar, el repartidor aún no había llegado con los periódicos- había dejado un ejemplar de 'El Heraldo de Soria' encima de una mesa, y no pude evitar fijarme en el titular, que en letras grandes y resaltadas en negrita, decía lo siguiente:
'Sorianos y turistas, creen que el románico es el mejor reclamo de la provincia'
No podía estar más de acuerdo, en principio. No me hacía ninguna falta ver cualquier episodio de la serie 'Las claves del románico', presentada por Peridis, para saber que el románico y Soria constituían un matrimonio tan bien avenido, que parecían haber nacido el uno para la otra. De hecho, en San Esteban de Gormaz se encuentra la iglesia románica de San Miguel, considerada, si no la más antigua, al menos de las más antiguas y por lo tanto pioneras de este peculiar estilo en la Península.
Pero Soria es algo más que románico e Historia. Es un espacio natural afortunado e inigualable; una tierra de ricos y variados contrastes; de raíces profundamente arraigadas, cuya escasez de población -la emigración interior sigue siendo un problema de primer orden, por desgracia- pone de relevancia, bajo mi punto de vista, una incomprensible carencia de inversión y medios que consoliden un crecimiento que sin duda merece y añora...
Cansado, por otra parte, de escuchar el lamento de los gatos que poco a poco iban concentrándose alrededor del centenario chopo de la entrada, y sin duda, aún más aterido de frío al observar la escarcha que pintaba de blanco las laderas del Monte de las Ánimas, encaminé mis pasos hacia el viejo puente de piedra que se levanta impasible sobre el Duero, desde cuya estructura saqué algunas fotografías, aprovechando las hermosas vistas: la iglesia de Nª Sª del Mirón, elevándose como un baluarte por encima de la colina situada enfrente del monasterio; el Parador Nacional 'Antonio Machado', erguido también sobre otra colina, sus muros reflejándose como en el espejo que conforman las aguas del río a su paso por aquélla otra ribera; el curso del Duero, quebrándose como el cuerpo de una serpiente en dirección a la sacro-santa ermita de San Saturio, el querido Patrón...
Desanduve tranquilamente el camino, y todavía haciendo tiempo para volver a acercarme hasta la puerta de entrada y probar suerte de nuevo, decidí echar un vistazo al escaparate de la tienda de artesanía soriana que había en la esquina.
A medida que me acercaba, algo, una piedra, de proporciones y peso considerables a juzgar por su aspecto, comenzó a captar toda mi atención. Evidentemente, ésta fue aún mayor, cuando comencé a captar, en su auténtica dimensión, los detalles que, cincelados con maestría en sus lados, comenzaron a poner alas a mi imaginación.
Allí había, sin lugar a dudas, tantas referencias templarias que, una vez recuperado de la primera impresión, me asaltó, sin duda, un curioso sentimiento de incredulidad.
En efecto. Hermoso en su diseño y con una claridad meridiana, se podía admirar, en todo su esplendor, un fabuloso caballo sobre el que cabalgaban dos jinetes perfectamente hermanados. Una cruz de ocho beatitudes; cruz que, por otra parte -aunque de utilización más común entre los miembros de la Orden del Hospital de San Juan de Jerusalén- también era utilizada por la Orden del Temple.
También se podía apreciar una marca de cantería que, aunque más desgastada que el resto del conjunto, pudiera haber representado, en sus orígenes, una estrella de cinco puntas o pentalfa. Y por último, en otro de sus lados, desafiando la imaginación -haciendo que ésta se remontara a los curiosos graffitis que los templarios prisioneros dejaron en las paredes de sus celdas en el castillo de Chinon (1)- una especie de tablero rectangular, perfectamente parcelado en secciones, que constituía, desde luego, todo un enigma y que me trajo inmediatamente a la memoria, la interpretación de numerosos autores, que veían en él un mapa en clave.
Tan perfecta conservación, no obstante, me resultaba inaudita. Por supuesto, la primera impresión que tuve -romántica, por más señas era que quizás aquélla maravillosa piedra hubiera pertenecido, en un momento indeterminado de la Historia, al cercano monasterio templario de San Polo. Aunque, de todos es conocido el tremendo expolio que han sufrido iglesias y ruinas antiguas, cuyas piedras han sido posteriormente reutilizadas o expuestas en casas particulares como motivo decorativo.
Después, la duda comenzó a hacer acto de presencia, desbaratando por unos momentos la ilusión de lo que a priori, supuse todo un hallazgo. ¿No sería de factura moderna y la tenían allí, delante de la puerta de la tienda, como reclamo?.
Ante la imposibilidad de poder preguntarles al respecto, dado que ni incluso a las once de la mañana y finalizada mi breve visita a San Juan de Duero, la tienda de artesanía había abierto sus puertas al público, continué renuente mi viaje, repitiéndome mentalmente que ya tenía otro motivo para volver.
Curiosamente, con este pensamiento se solarizaba la eterna y conocida frase de uno de los inmortales personajes del dramaturgo inglés William Shakespeare; como Hamlet, aún no he dejado de preguntarme: ¿ser o no ser?. ¿Se trata de algo original o es simplemente una buena imitación?. Supongo que algún se sabrá. De momento, no obstante, queda pendiente.
(1) Resulta fácil encontrarlo en numerosas iglesias románicas, no sólo de la provincia de Soria, como puede ser San Bartolomé, por poner un ejemplo, sino también en la provincia de Segovia: Duratón, Perorrubio...
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