Hay 2 artículos con el tag frescos en el blog Soria se hace camino al andar. Otros artículos en La Comunidad clasificados con frescos

12 Nov 2007

La Magia de San Baudelio

Escrito por: juancar347 el 12 Nov 2007 - URL Permanente

'Los personajes siempre llegan a la hora exacta al lugar en que se les espera'

[Paulo Coelho: 'El peregrino de Compostela. Diario de un mago']


*******


San Baudelio, un nombre que -indisolublemente unido al indicativo 'de Berlanga'- produce en el que suscribe un cúmulo de sensaciones tan variadas, que el único adjetivo que se me ocurre para intentar hallar el 'mínimo común múltiplo' y agruparlas en una sola palabra clave, es: electrizante.

Esa sensación fue la que me erizó el vello del cuerpo el pasado sábado, cuando, de madrugada -los primeros bostezos del sol dejaban nubecillas doradas en la retina, que hacían que ésta a duras penas consiguiera fijar las lindes de la carretera- me encaminaba hacia El Burgo de Osma, donde Marina -otra amiga entrañable, cuya amistad me honra y enriquece- tenía que contarme un sin fin de experiencias acaecidas en un lugar no menos electrizante que el anterior: la ermita de San Bartolomé de Ucero y el entorno del Cañón del Río Lobos.

Hacía fresco a hora tan temprana, aunque la ausencia de nubes y ese sol, como digo, que comenzaba a bostezar perezoso por la dirección en la solían orientarse multitud de enterramientos medievales, auguraba otro día espléndido, impropio de ese clima mortecino y frío, característico de un mes como noviembre.

Había tráfico en la carretera, para ser sábado y parte de un largo puente, y aunque ninguna retención, por fortuna, intentó poner a prueba mis nervios -curtidos en mil y una idas y venidas al trabajo- la densidad del tráfico ero lo suficientemente destacable como para seguir al pie de la letra dos normas básicas de la Dirección General de Tráfico, que todo conductor debe de tener en cuenta cada vez que se pone al volante de su vehículo: respetar los límites de velocidad y mantener una prudencial distancia con el vehículo precedente.

De cualquier manera, sin excesos ni demostraciones inconsecuentes de motor -que no tienen ningún sentido fuera de un circuito de carreras- apenas faltaban unos minutos para las diez de la mañana, cuando enfilé ese figurado camino al cielo -que nada tiene que ver con la autopista de aquél legendario grupo de rock, llamado Led Zeppelin- situado entre las poblaciones de Caltójar y Casillas de Berlanga y que, en mi opinión, se mantiene completo ajeno a ambas, salvaguardando ese misterio de origen mozárabe que se ampara, al menos, en dos cualidades dignas de tener en cuenta: belleza y soledad.

Llegué a la cima, como decía, poco antes de las diez -paradójicamente, en ese momento no recordé la entrañable canción de Joan Manuel Serrat- cuando apenas el guarda abandonaba somnoliento su vehículo, mientras yo aparcaba el mío en la explanada de gravilla que hay a tal efecto, justo enfrente de la ermita.

Alejando las sombras de la noche, los rayos del sol comenzaban a iluminar las sólidas paredes de piedra y mortero, cuya tosca apariencia apenas dejaba entrever, al visitante primerizo, el tesoro oculto en su interior. Éste, elevándose por encima del tejado como un glorioso orbe de color blanquecino intenso, semejaba una aparición mariana en mitad de un desierto de montes y quebradas, que parecían extenderse, en sempiterna sucesión, hasta los confines del infinito.

El silencio, apenas roto por el susurro del viento acariciando las ramas quebradas de los arbustos, en ningún momento se me antojó espeso y hostil como en otros lugares solitarios de la provincia, como el castillo en ruinas de Ucero.

Al contrario, resultaba, en mi sincera opinión, un silencio que embriagaba de paz; sensación ésta, por otra parte, que se hizo aún mucho más intensa cuando atravesé el hermoso pórtico con forma de cerradura y penetré en el interior, siguiendo al guarda, que portaba, por si acaso, algunas guías en su mano.

Reconozco, que a pesar de encontrarme en un lugar sagrado, maldecí para mis adentros -también por enésima vez, una por cada visito que realizo- pensando, con una enorme tristeza, en la vergonzosa indecencia que consiguió, allá por los años veinte, elevar el nivel cultural de algunos museos de los Estados Unidos, a costa de la profanación de una joya histórico-artística de nuestro patrimonio, como son los increíbles frescos de San Baudelio. Aún así, desprovista de una parte importante de su inconmensurable gloria, el corazón mozárabe de aquél canal de comunidación directa con Dios, latía en mi imaginación con fuerza suficiente como para mostrarme -aunque sólo fuera de una manera exotérica- la profunda mística que animó los corazones de aquellos seres que un día, tal vez animados por los sueños del Grial que acompañan a su leyenda, decidieron legar para el futuro la huella, así como el testimonio de su fe.

En mitad del recinto, el árbol más antiguo del mundo, la palmera, elevaba incomensurable sus ramas hacia lo alto, como un titánico Sansón sujetando el techo, mientras la claridad solar que comenzaba a filtrarse por la puerta abierta descubría poco a poco una pequeña mezquita, sobre la cual se elevaba un atrio de rincones oscuros y misteriosos, a los que a duras penas llegaba la luz del sol.

No me resultaba difícil, en ese momento de quietud -momento que no duró mucho, todo hay que decirlo, pues las visitas comenzaban a llegar, a juzgar por el ruido de neumáticos que se escuchaba en el exterior- imaginarme un coro de voces cristalinas y angélicas elevándose sobre las cabezas de los fieles que, mirada al frente, hacia el altar, seguían atentamente la liturgia, observados por la bondadosa mirada de San Baudelio, representado de cuerpo entero detrás del altar, a ambos lados de un estrecho ventanal sobre el que descendía, gloriosa, una sagrada paloma que simbolizaba al Espíritu Santo.

Este detalle, me recordó, entonces, la variada fauna de San Baudelio:

El oso, caminando a cuatro patas por la pared situada debajo del coro, dirigiendo su mirada hacia el exterior, en dirección a la libertad de esos valles desolados donde hace muchos siglos lo captó la mirada inquisitiva del artista medieval.

El dromedario, digno representante de ese Oriente lejano y misterioso -supuesto lugar de residencia de un no menos misterioso y enigmático Preste Juan- dirigiéndose siempre hacia la sombra bienhechora de la palmera, árbol que, entre otros, cobijó a José y a María cuando salieron de Egipto.

No muy lejos de éste -y sin hacer un alarde prodigioso de imaginación- poco me costaba escuchar mentalmente los ladridos de los galgos en plena carrera, siguiendo imperturbables el rastro de la presa -posiblemente un ciero de mirada resignada, representado, también, no muy lejos de estos- por delante de unos cazadores que posiblemente terminaran exhaustos mucho antes que ellos.

En la pared de la mezquitilla, armado de escudo y lanza, un guerrero observa imperturbable el horizonte que se extiende a través de la puerta de la ermita, mientras su mirada, avizora, juega con la perspectiva del visitante, según se mueva éste hacia un lado o hacia otro.

En un lateral -no por citarlos en último lugar, los considero menos importantes y dignos de tener en cuenta, pues, en mi opinión, representan otra de las lecciones de San Baudelio, la humildad- una pareja de bueyes humillan la frente hacia el suelo, empujando con fuerza un arado rudimentario que araña un suelo en el que más tarde se depositará la semilla que fructificará en vida y alimento, otra de las 'lecciones esotéricas' de San Baudelio.

La sencillez, pues, no es una cualidad ajena a San Baudelio, aunque no resulta sencillo -valga la redundancia- hacerse una idea, siquiera aproximada, de las sensaciones experimentadas por los ermitaños que en tiempos buscaran la Luz de Dios en lo más oscuro e inaccesible de las cuevas que se extienden por debajo de la ermita.

Hay una entrada a éstas -debajo de los escalones que conducen al atrio- cuya boca -negra, a semejanza de esos agujeros que se extienden por el Unvierso, sobre los que se han realizado multitud de teorías, mientras los astrónomos no terminan de ponerse de acuerdo- apenas deja entrever -desde luego, con la ayuda de una linterna- dos estrechas aberturas que se pierden en la noche subterránea a derecha e izquierda, y que en un momento determinado, recuerdan la ambivalencia de todo lo creado: arriba, abajo; blanco, negro; luz, oscuridad...

Aunque esté mal decirlo, mi curiosidad por seguir adelante y penetrar en el corazón de San Baudelio, quedó irremisiblemente frustrada cuando los primeros visitantes comenzaron a entrar por la puerta, recitando -como una letanía- el nombre de la Comunidad Autónoma a la que pertenecían, cumpliendo así los requerimientos del guarda.

Algunos minutos después, camino ya de esa hermosa e interesante ciudad catedralicia que es El Burgo de Osma, no dejaba de pensar en que, cuantas más veces me alejo de un lugar como San Baudelio, más deseos siento de volver.

23 Ago 2007

Castillejo de Robledo: Iglesia Parroquial de la Asunción

Escrito por: juancar347 el 23 Ago 2007 - URL Permanente

Aproximadamente a 12 kilómetros de Langa de Duero, y haciendo frontera con la provinicia de Segovia, el municipio soriano de Castillejo de Robledo recuerda, a todo aquél que pasa por allí y se detiene el tiempo suficiente, uno de los episodios históricos más vergonzosos del Cantar de Mío Cid: la 'afrenta de Corpes'.
En efecto, en un robledal situado en las proximidades, doña Elvira y doña Sol, las hijas de Rodrigo Díaz de Vivar -el Cid Campeador- sufrieron la vergüenza y el escarnio a que las sometieron sus maridos, los condes de Carrión, en venganza por haberse visto humillados después de demostrar públicamente su cobardía.
Situado, como no podía ser menos, en la denominada 'Ruta del Cid', el pueblo de Castillejo de Robledo pervive armoniosamente a la sombra de las ruinas del castillo -hay indicios suficiente para suponer que éste se erigió sobre una antigua fortaleza musulmana- desde el que siglos atrás -cuando en su torres ondeaban con orgullo los pendones blanquinegros del Temple- sus habitantes recibían cobijo y protección.
Visto, precisamente, desde el elevado peñasco donde éstas sobreviven a duras penas, resulta poco menos que imposible no mirar hacia el pueblo y sentirse parte de una postal que refleja las características de un lugar que parece -cuál el Brigadoon de la película protagonizada por Gene Kelly- haberse detenido en el tiempo.
Rodeado de huertas y fértiles campos -no en vano, existen también crónicas que aseguran que fueron precisamente los freires milites del Temple, propietarios y explotadores de bastos terrenos- Castillejo, aún a pesar de su belleza, hubiera pasado desapercibido -como muchos otros encantadores y poco conocidos pueblos de la región- si la casualidad, la sincronía o la -digamos, en ocasiones- extraña forma en que la Diosa tiene a bien imponer justicia, no hubiera querido que hacia 1933 unas obras en el interior de la iglesia románica de Nuestra Señora del Castillejo, dejaran al descubierto parte de unos extraordinarios frescos, cuya importancia hace del lugar un sitio de especial carismo histórico, cultural y sobre todo, artístico.
No es de extrañar, pues, que cualquier visitante que acuda a Castillejo preguntando por la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción -pasó a denominarse así a partir de 1738- conozca en primer lugar -un poco por encima, desde luego, y variando en algunos detalles según la 'fuente'- la 'historia del cura, las obras y la sorpresa del descubrimiento'.
También es un dato a tener en cuenta, que Castillejo -como cualquier otro lugar que en tiempos estuviera relacionado con la presencia del Temple en sus cercanías- cuenta con una leyenda tenebrosa, cuyo protagonismo es por completo acaparado por los monjes-guerreros: la leyenda del Vallejo Caballero.
Como viene siendo habitual en todas las leyendas relacionadas con la histórica y malograda Orden apadrinada por Bernardo de Claraval, su protagonismo viene a ser oscuro, perverso y merecedor de pocas simpatías, en muchas ocasiones abonado por la falta de objetividad de escritores como, por citar un ejemplo, Sir Walter Scott, quien, en una de sus novelas más conocidas -'Ivanhoe'- describe a los templarios poco menos que como acaparadores, pendencieros, bebedores y villanos.
El castillo, así como las propiedades que los templarios tenían en la zona, y una vez disuelta la Orden, allá por los años 1314-1315, pasaron a manos de la Orden de San Juan que, entre otras cosas, lo utilizó como hospital.
Desde el escarpe rocoso sobre el que se levanta -semejante a una mandíbula asaltada por las caries- se puede contemplar, aparte de una extraordinaria visión panorámica del pueblo y la zona circundante, una buena perspectiva de la iglesia románica de Nuestra Señora de la Asunción -principios del siglo XII- que se encuentra a sus pies. La falta de símbolos templarios o de cualquier otra índole -hay, sin embargo, ciertas referencias acerca de una piedra escrita a ellos atribuída, aunque su existencia y paradero se pierde en la noche de los tiempos- se ve en ésta iglesia generosamente compensada -¡y de qué manera!- empezando por la observación de los canecillos de su parte más antigua: el ábside.
Intentando se lo más objetivo posible, sería imperdonable no reseñar que -independientemente del valor simbólico de muchos de ellos: el barril, el rollo de pergamino, el lobo, la cabeza, el símbolo parecido a la Tau griega, e incluso le cenefa ajedrezada que se puede apreciar por encima de ellos- hay dos elementos que atraen inmediatamente la atención de todo el mundo, por el morbo que provocan.
Se trata de dos curiosos canecillos que representan a sendas parejas de amantes realizando el acto sexual.
Tal atrevimiento -de hecho, es una temática ampliamente conocida y observada en muchas iglesias similares, situadas, sobre todo, en el norte de la Península- que para unos puede parecer curiosamente anecdótico, para otros -a lo mejor más preocupados por desentrañar el posible 'mensaje oculto' que puedan conllevar tales figuras- representa -como si ya de por si hubiera poco 'morbo' en relación con ellos- elementos de naturaleza tántrica traídos de Oriente por los caballeros templarios. Al menos, esto es lo que opinan algunos investigadores.
Pero si estos pueden constituir un excelente motivo de estudio y debate, existen otros elementos -situados en la pared de la portada sur, muy cerca del pórtico de entrada- que no le van a la zaga.
Por supuesto, me refiero a los denominados 'relojes solares', así como también a un 'galimatías lineal', idéntico a los que se pueden apreciar en uno de los muros de la capilla de la Virgen, en la ermita de San Bartolomé de Ucero. Por si esto fuera poco -y para añadir un grano más de pimienta al 'misterio'- son también idénticos a losque se pueden contemplar en el castillo de Chinon, grabados en las paredes de las celdas por los templarios prisioneros, antes de ser ejecutados.
Como anécdota -tal vez alguien quiera iniciar una investigación encaminada en esa dirección- añadir que hay quien opina, que dicho 'galimatías lineal' -por definirlo de alguna manera- representa, en realidad, una especie de plano o mapa, cuya resolución llevaría hasta el lugar donde supuestamente los freires escondieron el Arca de la Alianza que, según algunas opiniones, descubrieron mientras escarbaban en las caballerizas del antiguo Templo de Salomón, en Jerusalén, lugar en el que actualmente se levanta la mezquita de Al-Aksa.
No obstante, apartándonos de leyendas y conjeturas difíciles de sostener, los otros elementos que hacen imprescindible, para todo amante del Arte, una visita a la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, son, sin duda, los extraordinarios frescos descubiertos por casulidad -como se advertía anteriormente- en los años treinta.
Ocultos durante siglos por varias capas de yeso -el guarda no tuvo ningún reparo en comentar, durante nuestra visita, que fueron 'ocultados' a consecuencia de la peste- ofrecen una perspectiva bastante más que notable, del alto grado de religiosidad y superstición, característicos de la Alta Edad Media.
'Aterroriza' la figura ofídica de dos cabezas -en esto los investigadores no parecen ponerse de acuerdo, pues algunos ven serpientes; otros, dragones, y el que esto suscribe, una posible referencia a la temible asfisbena, ese animal mítico de multitud de significados- que puede contemplarse guardando el pórtico de acceso al altar. En éste, aparte de una curiosa talla de la Virgen, que posiblemente merezca un artículo aparte, se puede apreciar el entramado romboidal y blanquinegro -colores específicamente templarios- que decora su estructura abovedada. Dividiendo en dos el mosaico ajedrezado, y coincidiendo en el centro con lo que parece ser un escudo blanco con una franja negra en medio, una cenefa blanca muestra extrañas formas, posiblemente vegetales, ribeteados por numerosos puntos rojos.
Es posible ver también, en uno de los laterales de la pared, la figura de un caballero templario, cuya mirada parece dirigirse hacia la puerta de acceso al templo, como un cancerbero siempre en guardia frente a la intromisión de extraños.
En definitiva, si con los elementos brevemente descritos, el lector no se siente lo suficientemente atraído, tal vez le anima a realizar una visita a este curioso pueblo soriano, la seguridad de que el vino que le sirvan constituirá toda una garantía para su exigente paladar.

Sobre este blog

Avatar de Juan Carlos Menendez Gijón

Soria se hace camino al andar

ver perfil

Tags

Amigos

  • simevillalba

Fans

  • olicarfer45
  • albertgarciagos
  • madrid-idiomas
  • Daniel Yáñez González-Irún
  • Blas García Marín
  • yo-no-se-ingles
  • apolvorinos

Ídolos

Suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):