Hay 5 artículos con el tag itinerarios culturales en el blog Soria se hace camino al andar. Otros artículos en La Comunidad clasificados con itinerarios culturales

11 Jul 2008

Itinerarios Culturales: Almazán, iglesia de San Miguel

Escrito por: juancar347 el 11 Jul 2008 - URL Permanente

10 Jul 2008

Sugerencias para el verano: la Magia de San Saturio

Escrito por: juancar347 el 10 Jul 2008 - URL Permanente

09 Jul 2008

Itinerarios culturales: Cañón del Río Lobos y ermita de San Bartolomé

Escrito por: juancar347 el 09 Jul 2008 - URL Permanente

08 Jul 2008

Itinerarios culturales: Monasterio de San Juan de Duero

Escrito por: juancar347 el 08 Jul 2008 - URL Permanente

'...entráse, luego, hasta el puente, y, antes de él, ancla en San Juan de Duero, con sus tapias húmedas de río, frente a la ermita de la Virgen y a la vista de la ciudad. ¡Ah, ya sabían los sanjuanistas del siglo XII lo que se hacían!. Como caballeros auténticos, eligieron lo mejor de la ribera y alzaron un monasterio donde comienzan las huertas, muy cerca del puente, y tan delicioso paraje que, si hubiera en el mundo algo mejor que la santería de San Saturio, no sería sino el abaciazgo románico de San Juan de Duero, merendando, como harían los sanjuanistas, un cordero asado en el claustro, a cinco metros del agua y de sus hierbas'.
['El santero de San Saturio', Juan Antonio Gaya Nuño, 1953 (1)]

Época de estío, de vacaciones y de alegres festividades, que nos empujan al movimiento y a la aventura. Época en la que los días, más largos, permiten un mayor aprovechamiento del tiempo. Con o sin crisis, la gente entra y sale. Muchos se desplazan hasta las playas del Levante, para abrazar al Mediterráneo y embadurnarse con el salitre de sus arenas; otros prefieren la belleza, el sosiego y la paz que proporciona la montaña. Algunos, sin embargo, desisten de una u otra alternativa y se quedan en su lugar de residencia, disfrutando de su merecida tregua laboral, haciendo desplazamientos cortos por las provincias vecinas. Aunque dedicada a todos, es precisamente a estos últimos a quienes van dirigidas las siguientes recomendaciones alternativas, por si fueran de su interés.

Soria, sin duda, es un lugar que ofrece múltiples perspectivas; y aunque le faltan costas y playas, de lo demás está ampliamente sobrada. Un lugar, que se podría definir, soñadoramente hablando, como situado 'lejos de ninguna parte y sin embargo, cerca de todas'; un lugar, que tiene el atractivo suficiente como para hacer que un recorrido, por corto que sea, a través de sus pueblos o simplemente por sus lugares más emblemáticos, se convierta en un viaje mágico, inolvidable y oportunamente cultural.
Éste, posiblemente, podría tener su mejor comienzo en la misma capital de la provincia, una vez cruzada la frontera de ese antiguo puente de piedra que separa la polis -donde se alternan pasado y presente con proyectos de futuro- de esa ribera natural donde el Duero -tal y como el providencial Nilo en Egipto- proporciona el agua y el limo necesarios para fertilizar una tierra ansiosa por mostrar su generosidad en forma de suculentos frutos.
Es precisamente aquí, en este lado privilegiado de la ribera, donde la magia aún existe y donde, como en los antiguos sortilegios de los cuentos que de niños leíamos con avidez, el tiempo, relativo, extraño y tremendamente caprichoso, después de todo, parece haberse detenido para siempre.
Ahora bien, la atención, como muestra el vídeo que ilustra la presente entrada, recae justo enfrente de ese misterioso Monte de las Ánimas de la leyenda becqueriana. Allí, en lo que en tiempos fue un monasterio -oficialmente, de monjes sanjuanistas u hospitalarios; románticamente, de freires milites o templarios- una tosca, antigua pared de piedra y adobe, oculta, como la roca en la entrada de la cueva de Alí Babá, un inconmensurable tesoro de belleza y precisión.
En efecto, una vez franqueada la austera puerta, resulta difícil no sustraerse a la hormigueante sensación que conlleva pensar que se ha traspasado el umbral a una dimensión oculta; una dimensión donde la matemática y la geometría se conjuran para hacer de la belleza todo un símbolo de inmortalidad, pues no en vano, tal maravilla fue creada -como bien dice el vídeo que se proyecta a los visitantes- para perdurar.
Como reliquia harto significativa de un tiempo de guerra, de oscuridad, y también de fe, la forma y distribución de sus arcos -famosos en el mundo entero, sin necesidad de haber sido expoliados y expuestos en la sección The Cloister's, en el Museo Metropolitano de Nueva York, como las malogradas pinturas de San Baudelio- consiguen un efecto subliminal, que conjura una alianza de civilizaciones, donde la corriente oriental, o mudéjar, se hermana sin censura con esa otra corriente occidental, o románica, creando un híbrido de perfección casi absoluta.
Resulta poco menos que imposible, pasear a través de ellos y no sentir ese magnetismo tan especial que emana de su distribución, dando sentido y valor a cada lado del rectángulo; no sentir, también, esa magia tan particular, convertida en práctica geometría que, cuál mandala oriental, invita al recogimiento, a la reflexión y a la búsqueda del conocimiento. En definitiva, a esa búsqueda de la perfección, que hacía posible una de las reglas más conocidas de la Tabla Esmeralda, atribuída a Hermes Trismegisto: 'tal como es arriba, así es abajo'.
Contemplar, pues, los arcos que conforman el claustro del monasterio de San Juan de Duero, es atisbar, de paso, una porción infinitesimalmente astronómica de ese Universo que apenas se comienza a comprender, y cuyas fundamentales, entre otras, son: proporción; equilibrio; medida; armonía y geometría.

(1) Extracto recogido de la guía de reciente creación 'Monasterio de San Juan de Duero: arquitectura e iconografía', Elías Terés Navarro/Carmen Jiménez Gil

07 Jul 2008

Itinerarios culturales: San Baudelio de Berlanga

Escrito por: juancar347 el 07 Jul 2008 - URL Permanente

'A media ladera, enterrada en parte, y a ocho kilómetros de Berlanga, está la modesta ermita de San Baudelio. Exteriormente se ven dos cuerpos rectangulares, cubiertos, en distintas alturas, por vulgares tejados. Los muros son mampostería, con ángulos y guarniciones de huecos, de sillarejo. Estos son: una puerta de arco de herradura con doble archivolta; una pequeña ventana con igual arco en el testero del cuerpo menor, y otra ventanita insignificante en el mayor. La orientación es de NE a SO; hacia aquel viento está la cabecera o ábside...'.

[De un artículo de José Garnelo, publicado en el Boletín de la Sociedad Española de Excursiones, Tomo XXXII, II Trimestre de 1924]

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Este párrafo forma parte de uno de los primeros estudios que se conocen, basados en la desconcertante, aunque maravillosa ermita mozárabe de San Baudelio de Berlanga. La obra, publicada en 1908, lleva por título 'Historia de la Arquitectura Cristiana Española en la Edad Media', y su autor D. Vicente Lampérez y Romea, arquitecto e historiador del Arte español y profesor de la Escuela Superior de Arquitectura de Madrid. En ella, se incluían, también, los dibujos originales realizados un año antes por D. Aníbal Alvarez, gracias a los cuales, disponemos de una genuina visión de época, de cómo era, en realidad, el tesoro que se ocultaba en su interior, antes del expolio acaecido un par de décadas después.

Porque resulta inevitable hablar de la ermita de San Baudelio de Berlanga, siquiera sea de pasada, sin decir que su historia moderna, es una historia de mezquindad; una historia de ignorancia, a la que hay que añadir un crespón de luto por la pérdida de una parte brillante de un Patrimonio artístico que incluso hoy día, y en muchos aspectos, no termina de protegerse y valorarse como debiera.

Modesta a primera vista, tal y como la describió el erudito D. Vicente en 1908, el cerro pelado sobre el que se asienta -antiguamente, un tupido bosque la cobijaba, salvaguardándola de la barbarie anexa a la Reconquista- es batido constantemente por un viento que a veces parece susurrar palabras de bienvenida en los oídos del visitante, y otras, con malhadada animadversión, despedirle destempladamente.

No obstante pasado por alto este detalle, y confiando en que lo sencillo no tiene por qué estar necesariamente en indisposición con lo bello, basta sólo con atravesar esa puerta mozárabe con forma de cerradura, para dejar escapar un suspiro de incontenida emoción al contemplar los restos que esa historia ingrata y mezquina a la que nos referíamos, no pudo malograr.

Es cierto que no se puede ver la entrada tirunfal de Jesús en Jerusalén, a excepción de la cabeza del asno sobre el que montaba, situada al frente, sobre los escalones de piedra que conducen al coro; ni el ángel y los soldados junto al sepulcro; tampoco la escena de las tres Marías, y algo más allá, a Jesus obrando el milagro de devolverle la vista a un ciego; ni la resurrección de Lázaro; ni las bodas de Canaán, o las tentaciones de Jesús en el desierto...

Entonces, se preguntará más de uno y no sin razón, ¿qué es lo que se puede ver?.

Pues bien, se puede ver, nada más entrar, una maravillosa palmera -poco menos que única en su género- que, como pilar central, como nexo de unión entre el cielo y la tierra, sustenta el techo de la ermita, valiéndose de sus brazos extendidos, sobre los que aún se ven rastros de esa pintura original que hace siglos los embelleció, dotándolos de una mística significativa.

Así mismo, verá una pequeña mezquitilla a su derecha, por debajo del coro, envuelta siempre -cuál sagrada isla de Avalón- entre claroscuros de luz. Allá al fondo, en uno de los rincones, divisará una estrecha abertura, cuadrada, de cuyo interior apenas vislumbrará nada, si no está provisto de una linterna. Se trata del acceso a las cuevas que, como una matriz, se extienden por debajo de la ermita y que en tiempos albergaron a hombres santos que gestaron un acercamiento a Dios, sumidos voluntariamente en el retiro y la oración.

Incluso el visitante amante de las bendiciones, aún podrá franquear el umbral del ábside, y arrodillarse humildemente frente al pequeño altar de piedra; allí, el propio San Baudelio -mártir francés del siglo IV, que se supone nacido cerca de Orleáns- un hombre de aspecto anciano, aunque saludable, de cabello y barba blancos, no tendrá inconveniente alguno en satisfacer su deseo, mientras los primeros rayos del sol -si accede temprano a la ermita- se cuelan alegremente a través de la pequeña ventana, iluminando esa hermosa alegoría del Espíritu Santa, representada en forma de paloma.

Quizás después de recibir la bendición del santo, y de vuelta otra vez al recinto principal, eche un nuevo vistazo a la palmera y se percate, intrigado, del reducido habitáculo que se oculta entre sus ramas. Resulta más que posible, entonces, que motivado por la curiosidad, se acerque hasta la entrada e intente sonsacar alguna información del guarda, que previamente le ha preguntado a qué Comunidad Autónoma pertenece. Y posiblemente, sólo digo posiblemente, no quede satisfecho cuando éste le diga que servía para ocultarse...

En fin, son tantos los matices, los misterios e interrogantes que conlleva una visita a la ermita mozárabe de San Baudelio de Berlanga, que enumerarlos todos e intentar comentarlos, restaría una parte importante de esa magia, de ese hechizo tan especial, que consigue que todo aquél que va una vez, aproveche cualquier otra ocasión que se tercie para volver.

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