Hay 7 artículos con el tag misterio en el blog Soria se hace camino al andar. Otros artículos en La Comunidad clasificados con misterio

02 Mar 2009

San Pedro Manrique: ruinas del convento templario de San Pedro el Viejo

Escrito por: juancar347 el 02 Mar 2009 - URL Permanente

Son visibles en la distancia, tanto si se viene desde Magaña -siguiendo la Ruta de los Torreones-, como si se accede a San Pedro Manrique atravesando el Puerto de Oncala, en lo que bien podría denominarse como los orígenes de otra interesante ruta: la de las icnitas o -¿por qué no?- la 'ruta del jurásico soriano'. Llegar hasta ellas, sin embargo, no es tarea fácil como pudiera pensarse a priori. Pero para el investigador interesado en los misterios de la provincia, y sobre todo para el buscador de indicios templarios en el lugar, los desafíos físicos son apenas intranscendentes. Lo duro, en realidad, viene después, cuando intenta aportar una visión más o menos coherente de las experiencias recibidas a través de lo que sus ojos previamente le han mostrado. Aquí, y dos kilómetros más adelante, en San Pedro Manrique, no se da la fortuna que se puede encontrar en la iglesia de San Lorenzo, en Yanguas, donde se custodian, conservados en un arca de hierro, un buen número de documentos relativos a la historia de la villa. No, en la cima de la empinada colina donde todavía, y acaso milagrosamente sobreviven los restos desahuciados de este asentamiento templario cuyos orígenes se remontan al siglo XII, la soledad, el olvido y el fuerte viento son celosos guardianes del secreto.
A mitad de colina, aproximadamente, un cercado de alambre hace pensar al osado investigador, que en ese punto termina su aventura. Nada más lejos de la realidad, si previamente ha solicitado la ayuda e información de los vecinos y éstos le han dicho, tal cuál, que 'hay una valla, pero puedes retirarla'.
Liberado provisionalmente de este obstáculo, y llegado a lo alto de la colina, uno se enfrenta, cara a cara, con un entorno infinito formado por sierras, llanos y quebradas, que se extiende, cuál barricadas naturales, a su alrededor.
El viento interviene entonces, azotando con saña los malheridos muros que aún quedan en pie del medieval cenobio, y durante un momento, sin duda influenciado por la aparente soledad del lugar, su sonido conlleva la singular propiedad de metamorfosearse hasta convertirse en el golpe seco sobre la dura superficie del terreno de los cascos de los caballos de unos monjes-guerreros que -si hemos de hacer caso a la tradición- dominaban el contorno desde tan estratégica posición.
No hay ningún rastro visible; ninguna cruz paté grabada en la piedra de los muros que aún permanecen en pie -como en el caso de la iglesia de San Martín de Tours, en la cercana población de Magaña- que denote, al menos de una forma más evidente, su presencia en el lugar.
Posiblemente, la mejor pista se encontrase en las pinturas que antaño decoraban el ábside; pinturas, por otra parte, que se han perdido irremediablemente, aunque todavía, no sin cierto esfuerzo, aún pueden distinguirse, en trazos de color rojo, los contornos de dos caballeros enfrentados, así como otros trazos de índole geométrica indeterminada.
Llama la atención, y mucho, constatar allí, perfectamente delimitado, la presencia de un oscuro, interesante símbolo, cuyos orígenes se remontan al Neolítico: el Indalo.
Por supuesto, y aunque pintado con esmero, se trata de un añadido; como los numerosos graffitis que, lejos de representar las entrañables 'iniciales que son nombres' de la poesía machadiana referente a los álamos del paseo que conduce a la ermita de San Saturio, denotan actos de cruel salvajismo, ni siquiera superado por el mejor aliado del abandono y el olvido: el tiempo.
Tampoco se puede decir que el lugar esté irremediablemente abandonado, pues como ocurrió en su momento con el extraordinario recinto del Monasterio de San Juan de Duero -de tal guisa lo conoció Gustavo Adolfo Bécquer-, los numerosos excrementos que se advierten en el suelo del ábside de San Pedro el Viejo -algunos recientes- denotan que el lugar es utilizado, con cierta asiduidad, para refugio del ganado.
De haber tenido gárgolas de terrible, demoniaco aspecto, la torre hubiera recordado -admito que se trata tan sólo de una impresión comparativa que tuve- la del homenaje del castillo de Ucero, emplazado, como no podía ser menos, también en un lugar vital y evidentemente estratégico: la entrada al Cañón del Río Lobos y, por consiguiente, a la ermita de San Bartolomé.
Fuera de lo que es el recinto del templo, se observan los restos de otra estructura, que bien hubiera podido servir como refectorio y dormitorio a los freires allí destinados. Pero de lo que no cabe duda, es de que el más absoluto de los misterios se cierne, pues, sobre estas ruinas que, posiblemente, y hasta hace algunos años, tuvieran todavía numerosas cosas que contar.

21 Abr 2008

Soria en imágenes: Almazán, iglesia gótica de San Miguel

Escrito por: juancar347 el 21 Abr 2008 - URL Permanente

20 Feb 2008

Soria en imágenes: Tiermes, iglesia románica de Nª Sª de Santa María

Escrito por: juancar347 el 20 Feb 2008 - URL Permanente

08 Feb 2008

Ágreda: iglesia-santuario de Nª Sª de los Milagros

Escrito por: juancar347 el 08 Feb 2008 - URL Permanente

'Negra soy, pero hermosa, hijas de Jerusalén, como las tiendas de Quedar, cual los pabellones de Salomón. No reparéis en que soy morena, pues me ha tostado el sol...'
[Cantar de los Cantares, 1, 5-6]
Bajo las primeras palabras de ésta cita, extraída del famoso Cantar de los Cantares -texto atribuido al bíblico rey Salomón- subyace uno de los misterios más controvertidos y apasionantes de la imaginería mariana medieval. Me refiero, naturalmente, al fascinante fenómeno de las llamadas Vírgenes Negras.
No tanto como en Francia, pero sí lo suficientemente prolíficas como para ser tenidas muy en cuenta, España dispone -repartidas en lugares clave de su territorio- numerosas tallas, que hacen que el fenómeno al que nos referíamos anteriormente, se encuentre tan cercano como para permitirnos, al menos en algunos casos, tener la posibilidad de contemplarlo y fascinarnos con su esotérico encanto. Tal es el caso, por ejemplo, del impresionante ejemplar de Virgen Negra gótica, titular del Santuario y Patrona de Ágreda, para más señas: Nª Sª de los Milagros.
La historia que rodea la talla de Nª Sª de los Milagros, reúne todos los requisitos asociados a éste tipo de imágenes. Cuenta la tradición, que fue traída desde Extremadura, cuando unos pastores de la Mesta la encontraron a orillas del río Matachel (1), siendo reverenciada tanto por castellanos, como por aragoneses, riojanos y navarros, recuperando cultos ancestrales anteriores al cristianismo.
Coincido por completo con él, con respecto a que es de lamentar que durante la restauración del santuario, se hiciera desparecer la leyenda que la calificaba y presentaba como Virgen Negra, y que hemos expuesto al principio de la presente entrada, la cuál recordamos en su acepción original latina: 'Nigra sunt, filiae Jerusalem, Psalliter domine, psalliter sapienter'.
A éste respecto, he de resaltar que -bien por petición popular, bien por un intento de recuperar en parte un elemento importante de la tradición- dicha leyenda aún puede encontrarse en el interior de la iglesia-santuario de Nª Sª de los Milagros.
En efecto, al final de la nave, y justo enfrente de la puerta principal de acceso al templo, es difícil acceder al interior y no verse inmediatamente atraído por un extraño y sobrecogedor ejemplar de 'Virgen Negra', que permanece erguida sobre la balda donde es de suponer que es sacada en procesión la titular de la Parroquia. Permanece, como decía, erguida bajo una especie de pórtico -es posible que represente, de forma simbólica, una de las puertas de la ciudad santa de Jerusalén- en el que todavía puede leerse dicha leyenda.
Decía lo de 'extraño ejemplar de Virgen Negra', porque su aspecto, fuera de toda duda, parece sobrecogedor. No da la impresión de tener solera en cuanto a antigüedad se refiere, y el color del vestido que la cubre -de un rosa pálido, completamente deslucido- no ayuda, precisamente, a darle una imagen soberana.
Luce una abundante cabellera leonina, que recuerda más, no a una María recatada y pura -independientemente de que éste tipo de imágenes se caracterice por sus rasgos orientalizados y rostro mayestático- sino, quizás, a una sacerdotisa de ritos animistas, como el vudú, tan extendidos entre las poblaciones indígenas del Caribe.
La posibilidad, también, de la presencia de la Orden del Temple -cuyos emplazamientos solían ser cuidadosamente escogidos y a quienes complacía la cercanía -entre otros- de este tipo de santuarios, parece así mismo confirmada por la presencia de algunos restos a ellos atribuídos -como las ruinas de una antigua ermita que se pueden contemplar desde la carretera- así como por la existencia del Cristo templario que actualmente puede contemplarse en una de las paredes laterales de la capilla de San Pedro.
En dicha capilla, además del Cristo y una figura del 'Portador de las llaves del reino de los cielos', se puede contemplar, igualmente, una magnífica pila bautismal románica, la visión de cuyos grabados recuerda -es un hecho que no deja de ser curioso y común a muchos lugares (2)- los arcos del monasterio de San Juan de Duero.
Interesantes de contemplar y estudiar, son, también, los magníficos retablos góticos añadidos en los laterales de la nave, en los que, aparte de escenas correspondientes a la Pasión de Cristo y la vida de algunos santos, es posible descubrir otras -menos comunes, posiblemente- basadas en la vida de la Virgen María.
Como colofón a la presente entrada, añadir que las fiestas en honor de la Patrona de la villa se celebran en junio, el sábado siguiente al Corpues Christi, y a ella acuden devotos y peregrinos de numerosos lugares de España.
(1) Fuente: Antonio Ruiz Vega, ABANCO 11
(2) Por citar algunos ejemplos, este tipo de arcos se puede reconocer fácilmente en el altar de la sala de armas de la Vera Cruz de Segovia; en uno de los capiteles de la iglesia románica de San Miguel, en Andaluz; en la pila románica que se conserva en el interior de la ermita de Los Mártires, en Garray...

15 Ene 2008

¿Una enigmática piedra templaria?

Escrito por: juancar347 el 15 Ene 2008 - URL Permanente

Año 1118, Tierra Santa. Jerusalén es un hervidero, donde se aglutinan toda clase de hombres llegados desde todos los rincones de Europa. Abundan los peregrinos, gente cuya meta es alcanzar los sagrados lugares donde nació, vivió, predicó y murió Jesús de Nazareth. En ese año, nueve soñadores, nueve hombres pertenecientes a las más nobles familias de Francia -uno de ellos incluso emparentado con Bernardo de Claraval, abad de Citeaux, y tras su muerte elevado a la categoría de santo- se presentan en la corte y solicitan audiencia con el rey. Bien por credenciales, bien por aburrimiento o quizás porque son portadores de 'noticias frescas', el rey Balduino los recibe. Hugo de Payns, el portavoz del grupo, le expone los pormenores de su misión: proteger y defender a los peregrinos...
La historia no cuenta si Balduino se tomó a broma aquélla brava, suicida proposición. Sí cuenta, sin embargo, que les cede lo que en tiempos bíblicos constituyeron los establos anexos al Templo de Salomón. Los nueve caballeros se instalan, dedicando su tiempo a misteriosas excavaciones y búsquedas, fundando la Orden de los Pobres Caballeros del Templo de Salomón, posteriormente conocidos, de manera más popular, como caballeros templarios. Para dar testimonio de sus votos de pobreza, entre otros sellos y símbolos, utilizan uno en particular, que con el tiempo, y en vista de su meteórica trayectoria, parece una incongruencia: dos caballeros montando sobre un mismo caballo. Aquí comienza la leyenda...
*******
Soria, proximidades del monasterio de San Juan de Duero -también conocido como 'los Arcos de San Juan'- 12 de enero de 2008. Han pasado casi mil años desde aquélla histórica fecha y las huellas de los caballeros del Temple aún continúan vigentes, como si ese milenio, ese lapsus insondable de tiempo, no tuviese importancia alguna.
Aunque me interesa, y mucho el tema, reconozco que no pienso en absoluto en ello, mientras, helado de frío, espero pacientemente a que se abran las puertas de acceso al mítico y poco menos que milenario monasterio, frente a cuya magia no me importa confesar el hecho de que no me canso volver siempre que tengo ocasión. Curiosamente, mis planes de ruta e investigación para ese sábado eran otros, quedando en la práctica más cerca de la hermosa ciudad de Berlanga de Duero, que de la capital de la provincia, siempre vestida de gala cuando de recordar a su insigne poeta se trata. Que nadie se asuste; desde luego, no hablo de mí.
En efecto, mi objetivo, en ésta ocasión, era Andaluz, un pueblecito de apenas una veintena de habitantes -posiblemente muchos menos en invierno-, cabeza de partido, por más señas, y que en tiempos tuvo una importancia histórica y estratégica extraordinaria.
Lo decidí sobre la marcha, siendo apenas las ocho y media de la mañana, mientras tomaba café en un bar de Medinaceli, pensando que no iba a terminar de amanecer nunca. Alguien -algún afortunado, supongo, porque cuando me acerqué a la gasolinera a repostar y adquirir un ejemplar, el repartidor aún no había llegado con los periódicos- había dejado un ejemplar de 'El Heraldo de Soria' encima de una mesa, y no pude evitar fijarme en el titular, que en letras grandes y resaltadas en negrita, decía lo siguiente:
'Sorianos y turistas, creen que el románico es el mejor reclamo de la provincia'
No podía estar más de acuerdo, en principio. No me hacía ninguna falta ver cualquier episodio de la serie 'Las claves del románico', presentada por Peridis, para saber que el románico y Soria constituían un matrimonio tan bien avenido, que parecían haber nacido el uno para la otra. De hecho, en San Esteban de Gormaz se encuentra la iglesia románica de San Miguel, considerada, si no la más antigua, al menos de las más antiguas y por lo tanto pioneras de este peculiar estilo en la Península.
Pero Soria es algo más que románico e Historia. Es un espacio natural afortunado e inigualable; una tierra de ricos y variados contrastes; de raíces profundamente arraigadas, cuya escasez de población -la emigración interior sigue siendo un problema de primer orden, por desgracia- pone de relevancia, bajo mi punto de vista, una incomprensible carencia de inversión y medios que consoliden un crecimiento que sin duda merece y añora...
Cansado, por otra parte, de escuchar el lamento de los gatos que poco a poco iban concentrándose alrededor del centenario chopo de la entrada, y sin duda, aún más aterido de frío al observar la escarcha que pintaba de blanco las laderas del Monte de las Ánimas, encaminé mis pasos hacia el viejo puente de piedra que se levanta impasible sobre el Duero, desde cuya estructura saqué algunas fotografías, aprovechando las hermosas vistas: la iglesia de Nª Sª del Mirón, elevándose como un baluarte por encima de la colina situada enfrente del monasterio; el Parador Nacional 'Antonio Machado', erguido también sobre otra colina, sus muros reflejándose como en el espejo que conforman las aguas del río a su paso por aquélla otra ribera; el curso del Duero, quebrándose como el cuerpo de una serpiente en dirección a la sacro-santa ermita de San Saturio, el querido Patrón...
Desanduve tranquilamente el camino, y todavía haciendo tiempo para volver a acercarme hasta la puerta de entrada y probar suerte de nuevo, decidí echar un vistazo al escaparate de la tienda de artesanía soriana que había en la esquina.
A medida que me acercaba, algo, una piedra, de proporciones y peso considerables a juzgar por su aspecto, comenzó a captar toda mi atención. Evidentemente, ésta fue aún mayor, cuando comencé a captar, en su auténtica dimensión, los detalles que, cincelados con maestría en sus lados, comenzaron a poner alas a mi imaginación.
Allí había, sin lugar a dudas, tantas referencias templarias que, una vez recuperado de la primera impresión, me asaltó, sin duda, un curioso sentimiento de incredulidad.
En efecto. Hermoso en su diseño y con una claridad meridiana, se podía admirar, en todo su esplendor, un fabuloso caballo sobre el que cabalgaban dos jinetes perfectamente hermanados. Una cruz de ocho beatitudes; cruz que, por otra parte -aunque de utilización más común entre los miembros de la Orden del Hospital de San Juan de Jerusalén- también era utilizada por la Orden del Temple.
También se podía apreciar una marca de cantería que, aunque más desgastada que el resto del conjunto, pudiera haber representado, en sus orígenes, una estrella de cinco puntas o pentalfa. Y por último, en otro de sus lados, desafiando la imaginación -haciendo que ésta se remontara a los curiosos graffitis que los templarios prisioneros dejaron en las paredes de sus celdas en el castillo de Chinon (1)- una especie de tablero rectangular, perfectamente parcelado en secciones, que constituía, desde luego, todo un enigma y que me trajo inmediatamente a la memoria, la interpretación de numerosos autores, que veían en él un mapa en clave.
Tan perfecta conservación, no obstante, me resultaba inaudita. Por supuesto, la primera impresión que tuve -romántica, por más señas era que quizás aquélla maravillosa piedra hubiera pertenecido, en un momento indeterminado de la Historia, al cercano monasterio templario de San Polo. Aunque, de todos es conocido el tremendo expolio que han sufrido iglesias y ruinas antiguas, cuyas piedras han sido posteriormente reutilizadas o expuestas en casas particulares como motivo decorativo.
Después, la duda comenzó a hacer acto de presencia, desbaratando por unos momentos la ilusión de lo que a priori, supuse todo un hallazgo. ¿No sería de factura moderna y la tenían allí, delante de la puerta de la tienda, como reclamo?.
Ante la imposibilidad de poder preguntarles al respecto, dado que ni incluso a las once de la mañana y finalizada mi breve visita a San Juan de Duero, la tienda de artesanía había abierto sus puertas al público, continué renuente mi viaje, repitiéndome mentalmente que ya tenía otro motivo para volver.
Curiosamente, con este pensamiento se solarizaba la eterna y conocida frase de uno de los inmortales personajes del dramaturgo inglés William Shakespeare; como Hamlet, aún no he dejado de preguntarme: ¿ser o no ser?. ¿Se trata de algo original o es simplemente una buena imitación?. Supongo que algún se sabrá. De momento, no obstante, queda pendiente.
(1) Resulta fácil encontrarlo en numerosas iglesias románicas, no sólo de la provincia de Soria, como puede ser San Bartolomé, por poner un ejemplo, sino también en la provincia de Segovia: Duratón, Perorrubio...

28 Dic 2007

Crónica de una visita a El Burgo de Osma y el entorno de su catedral

Escrito por: juancar347 el 28 Dic 2007 - URL Permanente

A pesar de los esfuerzos del sol, que se elevaba, pálido pero con ganas de despuntar por encima del horizonte, la escarcha, obstinada, se aferraba al entorno que rodea a la catedral, con idéntica ferocidad a como una manada de lobos hambrienta lo haría sobre su presa. Tuve el primer atisbo del frío polar que hacía, cuando cruzaba por el puente que se levanta sobre el río Ucero y observé el hielo en que se había convertido el agua de ésta arteria fluvial, cuyo nacimiento se encontraba, aproximadamente, a unos 15 kilómetros de distancia, muy cerca del pueblo que lleva su nombre, y en dirección al Cañón del Río Lobos y su maravilloso entorno.
Con la cabeza llena de sueños y las cámaras convenientemente dispuestas en el hatillo, abandoné el confortable habitáculo de mi vehículo -aparcado en un estacionamiento público, situado enfrente de la carretera donde un cartel indica la dirección de Osma- y encogido de frío, crucé el puente, dirigiéndome, sin más dilación, hacia la majestuosa mole de la catedral, confiando en ir arañando, poco a poco, algunos de sus centenarios secretos.
Era demasiado temprano. De hecho, apenas se veía presencia humana por los alrededores, y las pocas personas con las que me cruzaba, caminaban con prisa inusitada, sin duda empujadas por el gélido aliento del frío en sus nucas.
Como he dicho, era demasiado temprano para telefonear a Marina -había quedado con ella, pues tenía valiosas informaciones que proporcionarme- de manera que decidí amenizar la espera examinando, lo más cuidadosamente posible, los muros de la catedral, sabedor de que no tardaría mucho en encontrar numerosos símbolos de cantería, que constituían, de por sí, todo un fascinante enigma. En efecto, flechas, cruces, pentáculos, estrellas, elementos romboidales de difícil catalogación se sucedían, al parecer sin orden ni concierto, grabados en la dura piedra a diferentes alturas y niveles. Incluso pude hallar varias cruces patadas, hábilmente disimuladas en la pared y bastante atacadas por el tiempo, que reafirmaban el testimonio de la presencia del Temple en la región y que, dicho sea de paso, desafiaban la imaginación.
Sin embargo, desprovisto de guantes, las manos no tardaron mucho en quedarse congeladas, llegando a un punto en el que ni siquiera los dedos podían apretar el botón de disparo de la máquina, estando ésta a punto de estrellarse fatalmente contra el suelo en varias ocasiones.
Entré presuroso, bufando como un toro, en el único bar que había abierto por los alrededores, y sin dejar de frotarme las manos -hasta tal punto las tenía heladas, que dolían- pedí un café con leche, deseoso de calentarlas aunque fuera cerrándolas alrededor de la humeante taza.
El remedio no tardó en surtir efecto, y poco a poco, la sangre volvió a circular por ellas, adoptando un color rosado que anunciaba una recuperación de sensibilidad en los dedos que hasta hacía pocos minutos creía imposible.
Como no tenía prisa, aunque sí mucha curiosidad, aproveché para observar el local. De pequeñas dimensiones, había, sin embargo, profusión de fotografías distribuidas a lo largo de la pared, que mostraban retazos históricos relacionados con lugares más o menos emblemáticos de la ciudad. Pronto me llamaron la atención aquellas que mostraban el desbordamiento del río Ucero, a finales de los años noventa, exhibiendo las zonas colindantes con el puente y la catedral, completamente anegadas en agua. Había, también, algunas otras que exhibían paisajes escogidos del Cañón del Río Lobos, un entorno natural de salvaje belleza, que atrae anualmente a miles de visitantes, la mayoría de ellos empujados, sin duda, por las huellas que los caballeros templarios dejaron en la fascinante ermita de San Bartolomé y en sus alrededores, algunas de cuyas evidencias son convenientemente recogidas en la pequeña exposición que se puede contemplar en el Centro de Interpretación de la Naturaleza de Ucero.
Parcialmente recuperado, abandoné la cálida placidez del lugar, en el preciso momento en el que las campanas de la catedral, con un sonido seco, semejante a un trueno, anunciaban las diez y media de la mañana, según pude comprobar, consultando mi reloj de pulsera.
Siempre buscando el sol, desanduve el camino hacia el puente, dejando atrás la plaza cuya estatua recuerda al obispo de Osma, y valiéndome del teléfono móvil, llamé a Marina, suponiendo que ya se había levantado. Reconozco que a mí no me hubiera sentado nada bien que me sacaran de la cama una fría mañana de sábado, habiéndome acostado la noche anterior con la despreocupación de no tener que ir a trabajar hasta el lunes. Pero esa es, precisamente, una de las cualidades de Marina: su extraordinaria amabilidad, la cuál, unida a una excelente disposición y a una no menos destacable actitud de colaboración, hacen de ella una persona querida y notablemente estimada.
No deja de resultar entrañable, también, esa franca sonrisa que ilumina siempre su cara a medida que se acerca hacia el lugar convenido. Sonrisa que, por otra parte, me produce siempre una curiosa sensación de sentirme como en casa, olvidando durante algún tiempo la realidad de encontrarme a cientos de kilómetros de ella. Sin apenas concederse tiempo para recuperar el aliento, y aún con las manos resguardadas en los bolsillos de su chaquetón, comentó displicente:
- Ya sé cuál es el retablo que había en 'las Magdalenas'.
Desde luego, la historia había empezado algún tiempo atrás, cuando un amigo burgense, bloguero y cronista destacado de la provincia, por más señas, había sacado la liebre de su madriguera, publicando una entrada en su blog (1) en cuyas fotografías se mostraban unas curiosas ruinas, cuya referencia -ermita de la Magdalena- me llamaron poderosamente la atención, hasta el punto de pretender reunir cualquier referencia que tuviera que ver con ellas.
Apenas acababan de abrir la puerta principal de la catedral y Paco -uno de los guardas- trajinaba afanosamente con la escoba, cuando entramos en el interior de ese templo colosal, cuya estructura y dimensiones sobrecogían, haciéndote sentir infinitamente pequeño.
Poco menos que en penumbras, y aprovechando el inciso de que posiblemente los guardas no hubieran conectado todavía las cámaras de seguridad, Marina se encaminó con paso firme y seguro hacia el lugar donde, detrás de una impresionante cancela de hierro y colgado de la pared situada en el lado izquierdo, descansaba un retablo de considerables proporciones y época y autor indeterminados. La oscuridad apenas permitía examinarlo con detalle, aunque no impedía suponer que el tema de la Crucifixión constituía el motivo principal, siendo los personajes de 'las Marías', por consiguiente, motivo secundario.
Tomé varias fotografías, pasando la cámara a través de los hierros de la verja, mientras Marina vigilaba. Fotografías que, al haber sido realizadas sin flash para no levantar sospechas, no salieron con la suficiente calidad como para vislumbrar todos los interesantes detalles que, sospecho, el autor ocultó entre pinceladas.
Con posterioridad, aunque no antes de echar un vistazo por las numerosas salas, paseamos por la calle de Santo Domingo, situada detrás de la catedral, en cuyas paredes, tuvimos ocasión de observar otra considerable cantidad de marcas de cantería, algunas tan curiosas como la letra griega beta grabada en diferentes posiciones: hacia arriba, boca abajo, señalando a la derecha, señalando a la izquierda.
Allí, mientras cargaba la máquina con una nueva tarjeta, Marina aún tuvo tiempo de sorprenderme cuando, señalando hacia lo que a simple vista parecía la tapa de una alcantarilla, comentó:
- Han querido disimularlo así, pero en realidad, aquí se descubrió un pasadizo, en el cuál, según me contó mi marido, había salas o habitaciones inundadas de agua y entre cuyos restos encontraron una pata de jamón.
Hacia mediodía, aproximadamente, y cuando la escarcha parecía rendirse por fin a las acometidas del astro rey, nos despedimos en mitad del puente, aunque en mi caso, con la punzante sensación de que apenas había comenzado a atisbar una pequeñísima parte de los secretos y misterios que, comparativamente hablando, dejarían en un juego de niños los descritos por Víctor Hugo, al hablarnos de París.

12 Nov 2007

La Magia de San Baudelio

Escrito por: juancar347 el 12 Nov 2007 - URL Permanente

'Los personajes siempre llegan a la hora exacta al lugar en que se les espera'

[Paulo Coelho: 'El peregrino de Compostela. Diario de un mago']


*******


San Baudelio, un nombre que -indisolublemente unido al indicativo 'de Berlanga'- produce en el que suscribe un cúmulo de sensaciones tan variadas, que el único adjetivo que se me ocurre para intentar hallar el 'mínimo común múltiplo' y agruparlas en una sola palabra clave, es: electrizante.

Esa sensación fue la que me erizó el vello del cuerpo el pasado sábado, cuando, de madrugada -los primeros bostezos del sol dejaban nubecillas doradas en la retina, que hacían que ésta a duras penas consiguiera fijar las lindes de la carretera- me encaminaba hacia El Burgo de Osma, donde Marina -otra amiga entrañable, cuya amistad me honra y enriquece- tenía que contarme un sin fin de experiencias acaecidas en un lugar no menos electrizante que el anterior: la ermita de San Bartolomé de Ucero y el entorno del Cañón del Río Lobos.

Hacía fresco a hora tan temprana, aunque la ausencia de nubes y ese sol, como digo, que comenzaba a bostezar perezoso por la dirección en la solían orientarse multitud de enterramientos medievales, auguraba otro día espléndido, impropio de ese clima mortecino y frío, característico de un mes como noviembre.

Había tráfico en la carretera, para ser sábado y parte de un largo puente, y aunque ninguna retención, por fortuna, intentó poner a prueba mis nervios -curtidos en mil y una idas y venidas al trabajo- la densidad del tráfico ero lo suficientemente destacable como para seguir al pie de la letra dos normas básicas de la Dirección General de Tráfico, que todo conductor debe de tener en cuenta cada vez que se pone al volante de su vehículo: respetar los límites de velocidad y mantener una prudencial distancia con el vehículo precedente.

De cualquier manera, sin excesos ni demostraciones inconsecuentes de motor -que no tienen ningún sentido fuera de un circuito de carreras- apenas faltaban unos minutos para las diez de la mañana, cuando enfilé ese figurado camino al cielo -que nada tiene que ver con la autopista de aquél legendario grupo de rock, llamado Led Zeppelin- situado entre las poblaciones de Caltójar y Casillas de Berlanga y que, en mi opinión, se mantiene completo ajeno a ambas, salvaguardando ese misterio de origen mozárabe que se ampara, al menos, en dos cualidades dignas de tener en cuenta: belleza y soledad.

Llegué a la cima, como decía, poco antes de las diez -paradójicamente, en ese momento no recordé la entrañable canción de Joan Manuel Serrat- cuando apenas el guarda abandonaba somnoliento su vehículo, mientras yo aparcaba el mío en la explanada de gravilla que hay a tal efecto, justo enfrente de la ermita.

Alejando las sombras de la noche, los rayos del sol comenzaban a iluminar las sólidas paredes de piedra y mortero, cuya tosca apariencia apenas dejaba entrever, al visitante primerizo, el tesoro oculto en su interior. Éste, elevándose por encima del tejado como un glorioso orbe de color blanquecino intenso, semejaba una aparición mariana en mitad de un desierto de montes y quebradas, que parecían extenderse, en sempiterna sucesión, hasta los confines del infinito.

El silencio, apenas roto por el susurro del viento acariciando las ramas quebradas de los arbustos, en ningún momento se me antojó espeso y hostil como en otros lugares solitarios de la provincia, como el castillo en ruinas de Ucero.

Al contrario, resultaba, en mi sincera opinión, un silencio que embriagaba de paz; sensación ésta, por otra parte, que se hizo aún mucho más intensa cuando atravesé el hermoso pórtico con forma de cerradura y penetré en el interior, siguiendo al guarda, que portaba, por si acaso, algunas guías en su mano.

Reconozco, que a pesar de encontrarme en un lugar sagrado, maldecí para mis adentros -también por enésima vez, una por cada visito que realizo- pensando, con una enorme tristeza, en la vergonzosa indecencia que consiguió, allá por los años veinte, elevar el nivel cultural de algunos museos de los Estados Unidos, a costa de la profanación de una joya histórico-artística de nuestro patrimonio, como son los increíbles frescos de San Baudelio. Aún así, desprovista de una parte importante de su inconmensurable gloria, el corazón mozárabe de aquél canal de comunidación directa con Dios, latía en mi imaginación con fuerza suficiente como para mostrarme -aunque sólo fuera de una manera exotérica- la profunda mística que animó los corazones de aquellos seres que un día, tal vez animados por los sueños del Grial que acompañan a su leyenda, decidieron legar para el futuro la huella, así como el testimonio de su fe.

En mitad del recinto, el árbol más antiguo del mundo, la palmera, elevaba incomensurable sus ramas hacia lo alto, como un titánico Sansón sujetando el techo, mientras la claridad solar que comenzaba a filtrarse por la puerta abierta descubría poco a poco una pequeña mezquita, sobre la cual se elevaba un atrio de rincones oscuros y misteriosos, a los que a duras penas llegaba la luz del sol.

No me resultaba difícil, en ese momento de quietud -momento que no duró mucho, todo hay que decirlo, pues las visitas comenzaban a llegar, a juzgar por el ruido de neumáticos que se escuchaba en el exterior- imaginarme un coro de voces cristalinas y angélicas elevándose sobre las cabezas de los fieles que, mirada al frente, hacia el altar, seguían atentamente la liturgia, observados por la bondadosa mirada de San Baudelio, representado de cuerpo entero detrás del altar, a ambos lados de un estrecho ventanal sobre el que descendía, gloriosa, una sagrada paloma que simbolizaba al Espíritu Santo.

Este detalle, me recordó, entonces, la variada fauna de San Baudelio:

El oso, caminando a cuatro patas por la pared situada debajo del coro, dirigiendo su mirada hacia el exterior, en dirección a la libertad de esos valles desolados donde hace muchos siglos lo captó la mirada inquisitiva del artista medieval.

El dromedario, digno representante de ese Oriente lejano y misterioso -supuesto lugar de residencia de un no menos misterioso y enigmático Preste Juan- dirigiéndose siempre hacia la sombra bienhechora de la palmera, árbol que, entre otros, cobijó a José y a María cuando salieron de Egipto.

No muy lejos de éste -y sin hacer un alarde prodigioso de imaginación- poco me costaba escuchar mentalmente los ladridos de los galgos en plena carrera, siguiendo imperturbables el rastro de la presa -posiblemente un ciero de mirada resignada, representado, también, no muy lejos de estos- por delante de unos cazadores que posiblemente terminaran exhaustos mucho antes que ellos.

En la pared de la mezquitilla, armado de escudo y lanza, un guerrero observa imperturbable el horizonte que se extiende a través de la puerta de la ermita, mientras su mirada, avizora, juega con la perspectiva del visitante, según se mueva éste hacia un lado o hacia otro.

En un lateral -no por citarlos en último lugar, los considero menos importantes y dignos de tener en cuenta, pues, en mi opinión, representan otra de las lecciones de San Baudelio, la humildad- una pareja de bueyes humillan la frente hacia el suelo, empujando con fuerza un arado rudimentario que araña un suelo en el que más tarde se depositará la semilla que fructificará en vida y alimento, otra de las 'lecciones esotéricas' de San Baudelio.

La sencillez, pues, no es una cualidad ajena a San Baudelio, aunque no resulta sencillo -valga la redundancia- hacerse una idea, siquiera aproximada, de las sensaciones experimentadas por los ermitaños que en tiempos buscaran la Luz de Dios en lo más oscuro e inaccesible de las cuevas que se extienden por debajo de la ermita.

Hay una entrada a éstas -debajo de los escalones que conducen al atrio- cuya boca -negra, a semejanza de esos agujeros que se extienden por el Unvierso, sobre los que se han realizado multitud de teorías, mientras los astrónomos no terminan de ponerse de acuerdo- apenas deja entrever -desde luego, con la ayuda de una linterna- dos estrechas aberturas que se pierden en la noche subterránea a derecha e izquierda, y que en un momento determinado, recuerdan la ambivalencia de todo lo creado: arriba, abajo; blanco, negro; luz, oscuridad...

Aunque esté mal decirlo, mi curiosidad por seguir adelante y penetrar en el corazón de San Baudelio, quedó irremisiblemente frustrada cuando los primeros visitantes comenzaron a entrar por la puerta, recitando -como una letanía- el nombre de la Comunidad Autónoma a la que pertenecían, cumpliendo así los requerimientos del guarda.

Algunos minutos después, camino ya de esa hermosa e interesante ciudad catedralicia que es El Burgo de Osma, no dejaba de pensar en que, cuantas más veces me alejo de un lugar como San Baudelio, más deseos siento de volver.

Sobre este blog

Avatar de Juan Carlos Menendez Gijón

Soria se hace camino al andar

ver perfil

Amigos

  • simevillalba

Fans

  • olicarfer45
  • albertgarciagos
  • madrid-idiomas
  • Daniel Yáñez González-Irún
  • Blas García Marín
  • yo-no-se-ingles
  • apolvorinos

Ídolos

Suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):