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22 Ene 2008
Osona, iglesia románica de San Antonio
A unos treinta kilómetros de distancia de la capital, y aproximadamente a unos catorce de Berlanga de Duero, un pueblecito, Osona, pervive plácidamente bajo el cobijo de su iglesia parroquial, la cuál, de similar manera a otros pueblos de la provincia -como es el caso de Bordejé o incluso de Andaluz, por poner un ejemplo- llama la atención al verse desde la distancia. Fue así como la descubrí, mientras circulaba por la carretera comarcal SO-100 en dirección a Andaluz, teniendo como objetivo para ese sábado la espectacular iglesia de San Miguel, un hermoso ejemplar románico del siglo XII, digno de estudio y admiración.
Aunque el día había amanecido con un frío intenso, el sol me había acompañado desde que salí de Soria durante una gran parte de mi viaje, estando el cielo, no obstante, cubierto de espesos nubarrones que se apreciaban amenazadoramente hacia la parte de Berlanga, no presajiando nada bueno.
En efecto, apenas recorridos unos kilómetros, el día comenzó a volverse mohíno y gris; adusto y estepario. Con tales antecedentes, no me resultó demasiado extraño no encontrar en el pueblo apenas rastro de vida, si exceptuamos a un hombre que, calzando botas de goma y ataviado con un mono azul de trabajo, cargaba paletadas de tierra en una carretilla, a unos escasos cincuenta metros de la iglesia.
Hablando de ella, se puede decir que lo más destacado, sin duda, es el pórtico de la entrada, cuyos elementos ornamentales no dejan de llamar la atención, sobre todo por su intrincada y curiosa singularidad, que consiguen que el observador se haga mil y una cábalas en un intento desesperado por intentar desentrañar la totalidad o parte de su significado.
En efecto, no faltan motivos ajedrezados, vegetales y serpentiformes -muy característicos de este tipo y estilo arquitectónico- entre los que destacan, posiblemente por su extraña configuración, las pequeñas cabezas que surgen de la vegetación en cada una de las intersecciones de los capiteles.
Relativo a ellas, es una lástima el pésimo estado de conservación en el que se encuentran la gran mayoría. Aún así, en algunas todavía es posible vislumbrar unos rasgos que sugieren rostros de carácter animalesco o quizás -lo que parece más probable y no sería una excepción- de pequeños demonios.
Por otra parte, y mejor conservados en su conjunto, los canecillos que sobresalen por encima del pórtico, posibilitan una mejor descripción, aunque el sentido de su interpretación pueda dar pie a numerosas sugerencias, cualquiera de ellas posiblemente alejadas de la verdadera intención del artista, aunque pueden llegar a sacarse ciertas conclusiones, en vista a su expresividad.
Los modelos, en este caso, están basados en cabezas humanas y animales, abundando aquellas que, por sus características -la cota de malla y el casco, por ejemplo- denotan un sentido eminentemente guerrero.
En este sentido, destaca, por su gesto de extrema severidad, el rostro delgado, protegido por su casco, de lo que podría ser un jefe de cierta importancia; quizás un señor de la comarca, que contrasta con otro -situado no demasiado lejos- cuyos rasgos, gordezuelos y hasta cierto punto bonachones, pueden indicar su pertenencia a la soldadesca; a esas milicias populares que se reclutaban entre el vasallaje del territorio perteneciente al señor feudal y que constituían la verdadera fuerza de choque de los ejércitos medievales.
Junto a ellos, no es difícil encontrar -como decía anteriormente- representaciones animales; incluso demoníacas, se podría afirmar, que contribuyen a resaltar, en mi opinión, parte de la idiosincracia cultural y simbólica de la época -aproximadamente siglos XII-XIII en que se construyó la iglesia- inmersa en un mundo donde lo real y lo fantástico se confabulaban consiguiendo que ambos tuvieran visos de cotidianidad.
Terminado el escrutinio general -no sin antes haber observado parte del ábside, desprovisto de canecillos, a través de la verja del pequeño cementerio- aproveché la ocasión para preguntarle por el nombre de la iglesia, a una señora que, escoba en mano, había salido a barrer la puerta de su casa:
- La llamamos 'Cátedra de San Pedro' -me contestó, no sin cierta desconfianza cuando, aprovechando la oportunidad que se me brindaba, quise saber si se podía visitar la iglesia por dentro-. ¡Uf!. Aquí el cura es el que tiene la llave, y sólo viene de pascuas a ramos...
Abandoné el pueblo sin cruzarme con nadie más. Una vez sentado frente a la pantalla del ordenador, invoqué a la magia de Internet, tratando de localizar algún dato de interés. Fue así como descubrí, que en realidad, la iglesia se llama de San Antonio. Para entonces, el vídeo ya estaba preparado y subido en Youtube. Y en cierto modo, respeta la información que se me dio.
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