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07 Jul 2008

Itinerarios culturales: San Baudelio de Berlanga

Escrito por: juancar347 el 07 Jul 2008 - URL Permanente

'A media ladera, enterrada en parte, y a ocho kilómetros de Berlanga, está la modesta ermita de San Baudelio. Exteriormente se ven dos cuerpos rectangulares, cubiertos, en distintas alturas, por vulgares tejados. Los muros son mampostería, con ángulos y guarniciones de huecos, de sillarejo. Estos son: una puerta de arco de herradura con doble archivolta; una pequeña ventana con igual arco en el testero del cuerpo menor, y otra ventanita insignificante en el mayor. La orientación es de NE a SO; hacia aquel viento está la cabecera o ábside...'.

[De un artículo de José Garnelo, publicado en el Boletín de la Sociedad Española de Excursiones, Tomo XXXII, II Trimestre de 1924]

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Este párrafo forma parte de uno de los primeros estudios que se conocen, basados en la desconcertante, aunque maravillosa ermita mozárabe de San Baudelio de Berlanga. La obra, publicada en 1908, lleva por título 'Historia de la Arquitectura Cristiana Española en la Edad Media', y su autor D. Vicente Lampérez y Romea, arquitecto e historiador del Arte español y profesor de la Escuela Superior de Arquitectura de Madrid. En ella, se incluían, también, los dibujos originales realizados un año antes por D. Aníbal Alvarez, gracias a los cuales, disponemos de una genuina visión de época, de cómo era, en realidad, el tesoro que se ocultaba en su interior, antes del expolio acaecido un par de décadas después.

Porque resulta inevitable hablar de la ermita de San Baudelio de Berlanga, siquiera sea de pasada, sin decir que su historia moderna, es una historia de mezquindad; una historia de ignorancia, a la que hay que añadir un crespón de luto por la pérdida de una parte brillante de un Patrimonio artístico que incluso hoy día, y en muchos aspectos, no termina de protegerse y valorarse como debiera.

Modesta a primera vista, tal y como la describió el erudito D. Vicente en 1908, el cerro pelado sobre el que se asienta -antiguamente, un tupido bosque la cobijaba, salvaguardándola de la barbarie anexa a la Reconquista- es batido constantemente por un viento que a veces parece susurrar palabras de bienvenida en los oídos del visitante, y otras, con malhadada animadversión, despedirle destempladamente.

No obstante pasado por alto este detalle, y confiando en que lo sencillo no tiene por qué estar necesariamente en indisposición con lo bello, basta sólo con atravesar esa puerta mozárabe con forma de cerradura, para dejar escapar un suspiro de incontenida emoción al contemplar los restos que esa historia ingrata y mezquina a la que nos referíamos, no pudo malograr.

Es cierto que no se puede ver la entrada tirunfal de Jesús en Jerusalén, a excepción de la cabeza del asno sobre el que montaba, situada al frente, sobre los escalones de piedra que conducen al coro; ni el ángel y los soldados junto al sepulcro; tampoco la escena de las tres Marías, y algo más allá, a Jesus obrando el milagro de devolverle la vista a un ciego; ni la resurrección de Lázaro; ni las bodas de Canaán, o las tentaciones de Jesús en el desierto...

Entonces, se preguntará más de uno y no sin razón, ¿qué es lo que se puede ver?.

Pues bien, se puede ver, nada más entrar, una maravillosa palmera -poco menos que única en su género- que, como pilar central, como nexo de unión entre el cielo y la tierra, sustenta el techo de la ermita, valiéndose de sus brazos extendidos, sobre los que aún se ven rastros de esa pintura original que hace siglos los embelleció, dotándolos de una mística significativa.

Así mismo, verá una pequeña mezquitilla a su derecha, por debajo del coro, envuelta siempre -cuál sagrada isla de Avalón- entre claroscuros de luz. Allá al fondo, en uno de los rincones, divisará una estrecha abertura, cuadrada, de cuyo interior apenas vislumbrará nada, si no está provisto de una linterna. Se trata del acceso a las cuevas que, como una matriz, se extienden por debajo de la ermita y que en tiempos albergaron a hombres santos que gestaron un acercamiento a Dios, sumidos voluntariamente en el retiro y la oración.

Incluso el visitante amante de las bendiciones, aún podrá franquear el umbral del ábside, y arrodillarse humildemente frente al pequeño altar de piedra; allí, el propio San Baudelio -mártir francés del siglo IV, que se supone nacido cerca de Orleáns- un hombre de aspecto anciano, aunque saludable, de cabello y barba blancos, no tendrá inconveniente alguno en satisfacer su deseo, mientras los primeros rayos del sol -si accede temprano a la ermita- se cuelan alegremente a través de la pequeña ventana, iluminando esa hermosa alegoría del Espíritu Santa, representada en forma de paloma.

Quizás después de recibir la bendición del santo, y de vuelta otra vez al recinto principal, eche un nuevo vistazo a la palmera y se percate, intrigado, del reducido habitáculo que se oculta entre sus ramas. Resulta más que posible, entonces, que motivado por la curiosidad, se acerque hasta la entrada e intente sonsacar alguna información del guarda, que previamente le ha preguntado a qué Comunidad Autónoma pertenece. Y posiblemente, sólo digo posiblemente, no quede satisfecho cuando éste le diga que servía para ocultarse...

En fin, son tantos los matices, los misterios e interrogantes que conlleva una visita a la ermita mozárabe de San Baudelio de Berlanga, que enumerarlos todos e intentar comentarlos, restaría una parte importante de esa magia, de ese hechizo tan especial, que consigue que todo aquél que va una vez, aproveche cualquier otra ocasión que se tercie para volver.

06 Mar 2008

Soria en imágenes: ermita de San Baudelio de Berlanga

Escrito por: juancar347 el 06 Mar 2008 - URL Permanente

12 Nov 2007

La Magia de San Baudelio

Escrito por: juancar347 el 12 Nov 2007 - URL Permanente

'Los personajes siempre llegan a la hora exacta al lugar en que se les espera'

[Paulo Coelho: 'El peregrino de Compostela. Diario de un mago']


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San Baudelio, un nombre que -indisolublemente unido al indicativo 'de Berlanga'- produce en el que suscribe un cúmulo de sensaciones tan variadas, que el único adjetivo que se me ocurre para intentar hallar el 'mínimo común múltiplo' y agruparlas en una sola palabra clave, es: electrizante.

Esa sensación fue la que me erizó el vello del cuerpo el pasado sábado, cuando, de madrugada -los primeros bostezos del sol dejaban nubecillas doradas en la retina, que hacían que ésta a duras penas consiguiera fijar las lindes de la carretera- me encaminaba hacia El Burgo de Osma, donde Marina -otra amiga entrañable, cuya amistad me honra y enriquece- tenía que contarme un sin fin de experiencias acaecidas en un lugar no menos electrizante que el anterior: la ermita de San Bartolomé de Ucero y el entorno del Cañón del Río Lobos.

Hacía fresco a hora tan temprana, aunque la ausencia de nubes y ese sol, como digo, que comenzaba a bostezar perezoso por la dirección en la solían orientarse multitud de enterramientos medievales, auguraba otro día espléndido, impropio de ese clima mortecino y frío, característico de un mes como noviembre.

Había tráfico en la carretera, para ser sábado y parte de un largo puente, y aunque ninguna retención, por fortuna, intentó poner a prueba mis nervios -curtidos en mil y una idas y venidas al trabajo- la densidad del tráfico ero lo suficientemente destacable como para seguir al pie de la letra dos normas básicas de la Dirección General de Tráfico, que todo conductor debe de tener en cuenta cada vez que se pone al volante de su vehículo: respetar los límites de velocidad y mantener una prudencial distancia con el vehículo precedente.

De cualquier manera, sin excesos ni demostraciones inconsecuentes de motor -que no tienen ningún sentido fuera de un circuito de carreras- apenas faltaban unos minutos para las diez de la mañana, cuando enfilé ese figurado camino al cielo -que nada tiene que ver con la autopista de aquél legendario grupo de rock, llamado Led Zeppelin- situado entre las poblaciones de Caltójar y Casillas de Berlanga y que, en mi opinión, se mantiene completo ajeno a ambas, salvaguardando ese misterio de origen mozárabe que se ampara, al menos, en dos cualidades dignas de tener en cuenta: belleza y soledad.

Llegué a la cima, como decía, poco antes de las diez -paradójicamente, en ese momento no recordé la entrañable canción de Joan Manuel Serrat- cuando apenas el guarda abandonaba somnoliento su vehículo, mientras yo aparcaba el mío en la explanada de gravilla que hay a tal efecto, justo enfrente de la ermita.

Alejando las sombras de la noche, los rayos del sol comenzaban a iluminar las sólidas paredes de piedra y mortero, cuya tosca apariencia apenas dejaba entrever, al visitante primerizo, el tesoro oculto en su interior. Éste, elevándose por encima del tejado como un glorioso orbe de color blanquecino intenso, semejaba una aparición mariana en mitad de un desierto de montes y quebradas, que parecían extenderse, en sempiterna sucesión, hasta los confines del infinito.

El silencio, apenas roto por el susurro del viento acariciando las ramas quebradas de los arbustos, en ningún momento se me antojó espeso y hostil como en otros lugares solitarios de la provincia, como el castillo en ruinas de Ucero.

Al contrario, resultaba, en mi sincera opinión, un silencio que embriagaba de paz; sensación ésta, por otra parte, que se hizo aún mucho más intensa cuando atravesé el hermoso pórtico con forma de cerradura y penetré en el interior, siguiendo al guarda, que portaba, por si acaso, algunas guías en su mano.

Reconozco, que a pesar de encontrarme en un lugar sagrado, maldecí para mis adentros -también por enésima vez, una por cada visito que realizo- pensando, con una enorme tristeza, en la vergonzosa indecencia que consiguió, allá por los años veinte, elevar el nivel cultural de algunos museos de los Estados Unidos, a costa de la profanación de una joya histórico-artística de nuestro patrimonio, como son los increíbles frescos de San Baudelio. Aún así, desprovista de una parte importante de su inconmensurable gloria, el corazón mozárabe de aquél canal de comunidación directa con Dios, latía en mi imaginación con fuerza suficiente como para mostrarme -aunque sólo fuera de una manera exotérica- la profunda mística que animó los corazones de aquellos seres que un día, tal vez animados por los sueños del Grial que acompañan a su leyenda, decidieron legar para el futuro la huella, así como el testimonio de su fe.

En mitad del recinto, el árbol más antiguo del mundo, la palmera, elevaba incomensurable sus ramas hacia lo alto, como un titánico Sansón sujetando el techo, mientras la claridad solar que comenzaba a filtrarse por la puerta abierta descubría poco a poco una pequeña mezquita, sobre la cual se elevaba un atrio de rincones oscuros y misteriosos, a los que a duras penas llegaba la luz del sol.

No me resultaba difícil, en ese momento de quietud -momento que no duró mucho, todo hay que decirlo, pues las visitas comenzaban a llegar, a juzgar por el ruido de neumáticos que se escuchaba en el exterior- imaginarme un coro de voces cristalinas y angélicas elevándose sobre las cabezas de los fieles que, mirada al frente, hacia el altar, seguían atentamente la liturgia, observados por la bondadosa mirada de San Baudelio, representado de cuerpo entero detrás del altar, a ambos lados de un estrecho ventanal sobre el que descendía, gloriosa, una sagrada paloma que simbolizaba al Espíritu Santo.

Este detalle, me recordó, entonces, la variada fauna de San Baudelio:

El oso, caminando a cuatro patas por la pared situada debajo del coro, dirigiendo su mirada hacia el exterior, en dirección a la libertad de esos valles desolados donde hace muchos siglos lo captó la mirada inquisitiva del artista medieval.

El dromedario, digno representante de ese Oriente lejano y misterioso -supuesto lugar de residencia de un no menos misterioso y enigmático Preste Juan- dirigiéndose siempre hacia la sombra bienhechora de la palmera, árbol que, entre otros, cobijó a José y a María cuando salieron de Egipto.

No muy lejos de éste -y sin hacer un alarde prodigioso de imaginación- poco me costaba escuchar mentalmente los ladridos de los galgos en plena carrera, siguiendo imperturbables el rastro de la presa -posiblemente un ciero de mirada resignada, representado, también, no muy lejos de estos- por delante de unos cazadores que posiblemente terminaran exhaustos mucho antes que ellos.

En la pared de la mezquitilla, armado de escudo y lanza, un guerrero observa imperturbable el horizonte que se extiende a través de la puerta de la ermita, mientras su mirada, avizora, juega con la perspectiva del visitante, según se mueva éste hacia un lado o hacia otro.

En un lateral -no por citarlos en último lugar, los considero menos importantes y dignos de tener en cuenta, pues, en mi opinión, representan otra de las lecciones de San Baudelio, la humildad- una pareja de bueyes humillan la frente hacia el suelo, empujando con fuerza un arado rudimentario que araña un suelo en el que más tarde se depositará la semilla que fructificará en vida y alimento, otra de las 'lecciones esotéricas' de San Baudelio.

La sencillez, pues, no es una cualidad ajena a San Baudelio, aunque no resulta sencillo -valga la redundancia- hacerse una idea, siquiera aproximada, de las sensaciones experimentadas por los ermitaños que en tiempos buscaran la Luz de Dios en lo más oscuro e inaccesible de las cuevas que se extienden por debajo de la ermita.

Hay una entrada a éstas -debajo de los escalones que conducen al atrio- cuya boca -negra, a semejanza de esos agujeros que se extienden por el Unvierso, sobre los que se han realizado multitud de teorías, mientras los astrónomos no terminan de ponerse de acuerdo- apenas deja entrever -desde luego, con la ayuda de una linterna- dos estrechas aberturas que se pierden en la noche subterránea a derecha e izquierda, y que en un momento determinado, recuerdan la ambivalencia de todo lo creado: arriba, abajo; blanco, negro; luz, oscuridad...

Aunque esté mal decirlo, mi curiosidad por seguir adelante y penetrar en el corazón de San Baudelio, quedó irremisiblemente frustrada cuando los primeros visitantes comenzaron a entrar por la puerta, recitando -como una letanía- el nombre de la Comunidad Autónoma a la que pertenecían, cumpliendo así los requerimientos del guarda.

Algunos minutos después, camino ya de esa hermosa e interesante ciudad catedralicia que es El Burgo de Osma, no dejaba de pensar en que, cuantas más veces me alejo de un lugar como San Baudelio, más deseos siento de volver.

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