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13 Feb 2009

Crónicas de la Soria Blanca: San Juan de Duero

Escrito por: juancar347 el 13 Feb 2009 - URL Permanente

'Para ti, San Juan mío, sólo quiero
mi lateral, oblicua, alta mirada
de pájaro. Tu enigma, tu cruzada

te dejó puro, oh claustro, oh flor del Duero.

Tus cánones, antífonas, corales
juegan al corro de las cuatro esquinas,
que a la luz de la luna de las ruinas
varía sus mudanzas espectrales.


¿Te levantó el techado ángel cojuelo?
¿O quedaste inconcluso, criatura
perfecta, como estás, abierto al cielo?.

Nieves, soles, escarchas, tu ventura
respetan, tus cadenas y tu anhelo.
¿Alzará el vuelo un día tu hermosura?'
[Gerardo Diego: 'Velad']

Sin comentarios...

29 Ene 2008

La Ribera Mágica del Duero

Escrito por: juancar347 el 29 Ene 2008 - URL Permanente

'He vuelto a ver los álamos dorados,
álamos del camino en la ribera
del Duero, entre San Polo y San Saturio,
tras las murallas viejas
de Soria -barbacana
hacia Aragón, en castellana tierra-'.
[Antonio Machado]
'¡Manrique!. ¡Manrique!', creo escuchar las voces angustiadas de aquellos que buscan al joven enamorado, que se ahogó en las aguas del Duero persiguiendo un rayo de luna, apenas unos metros más allá de la puerta de lo que en tiempos fue el antiguo monasterio templario de San Polo y hoy es propiedad privada.
Es muy temprano y la escarcha, obstinada, se niega a desaparecer. Aún así, allá arriba, en la distancia, a mitad de camino hacia la ermita de San Saturio, creo distinguir la silueta -abrigo largo hasta las rodillas, sombrero calado hasta las orejas y las manos en los bolsillos- de don Antonio, leyendo curioso las iniciales que docenas, cientos de enamorados han dejado grabadas en las cortezas de los árboles, y el tiempo aún conserva, como un suspiro de eternidad que, de igual manera que la escarcha, se niega también a desaparecer.
Cuando arribo a las puertas del santuario, dejando el coche aparcado enfrente de la placa que recuerda al Maestro, una ligera neblina se eleva desde la ribera, y pienso que es el vaho de los suspiros del viejo y aterido Duero, que sueña con la llegada de la primavera esperando impaciente el momento de despertar con fuerza y alegría, en su eterno peregrinaje hacia el mar.
Observo complacido el octogono que se levanta orgulloso sobre la pared de roca viva, y me parece hermoso, aún a pesar de recordar los comentarios despectivos de Gustavo Adolfo Bécquer y su particular aversión a las construcciones barrocas de 'estilo churrigueresco', que se pusieron tan de moda en la época.
Hay quien asevera que en la roca, aproximadamente por la zona donde se encuentra situada 'la ventana del milagro', la piedra se ha moldeado a sí misma, reproduciendo la cara del santo, en una efigie muy parecida a la del busto que recibe al visitante desde su pedestal en la sala conocida como el Cabildo de los Heros. Fantasía o realidad, quien recorre los vericuetos anexos a San Saturio, no puede evitar pensar que allí -por increíble que parezca- cualquier cosa es posible. Incluso observar un grupo de águilas, estáticas en el cielo, formando una cruz, señal que, como esa estrella misteriosa que en su día alumbró el lugar de nacimiento de Jesús de Nazareth, sirvió como preludio a una nueva era de esperanza para la Humanidad, basada en la igualdad.
El silencio, después de todo, impone, siendo a veces interrumpido por el repentino aleteo de algún pájaro desperezándose en las ramas de un árbol cercano; posiblemente en aquél donde la desconfiada ardilla tiene su casa y de donde parte y a donde regresa todas las mañanas para hacer su requisa de bayas y piñones, tan abundantes en el lugar.
Abandono San Saturio, así como la paz que se respira alrededor del santuario, con la curiosa sensación de que olvido algo; con un incomprensible sentimiento de partir para volver -como la ardilla- mientras los primeros rayos del sol tiñen de ocre las aguas del río, cuya superficie, lisa como el marco de un cristal, hace buenas las enseñanzas de Hermes Trismegisto en cuanto a la similitud entre lo que hay arriba y lo que hay abajo.
Por el camino de regreso, me cruzo con devotas que madrugan portando rogativas al santo, y por el gesto de determinación que denotan sus rostros, imagino que, de igual manera que esas vírgenes románicas que tenían fama de milagreras, y por tanto, de escuchar los ruegos de los fieles en el lugar más sagrado de su santuario, durante los siglos XII y XIII, San Saturio también las escuchará, no decepcionándolas en absoluto, porque por algo es su Santo Patrón.
De regreso a la ciudad, entreveo un cartel -semioculto entre la hojarasca- que recuerda el hermanamiento de Soria con la ciudad francesa de Coullioure, lugar de exilio de don Antonio, cuyos restos mortales reposan para siempre en su pequeño cementerio, muy lejos de los álamos y las riberas del río que tanto amó.
En dirección a los Arcos de San Juan, mientras espero que el semáforo que delimita el paso del viejo puente se ponga en verde, observo con curiosidad la tienda de artesanía soriana de la esquina, cuyas paredes, de un blanco inmaculado, me traen a la memoria otros versos del Maestro, a los que un día pusiera música Joan Manuel Serrat, mientras España permanecía poco menos que aislada del resto de Europa y él le cantaba a un pueblo blanco.
Cuando llego a la pequeña explanada situada junto a la entrada al monasterio, no dejo de observar el lugar -esquinado, para más señas- en el que un chopo herido laguidece como el corazón de los famosos versos de Verlaine, que sirvieron como preludio al desembarco Aliado en Normandía. A su alrededor, maullando lastimeramente, una docena de gatos esperan ansiosos la llegada del guarda y su bolsa repleta de mendrugos de pan y restos de comida, sobre los que se lanzarán con inusitada avidez. Es la eterna, cruel estrofa del mundo, capaz de romper ese débil cordón de plata que une el mundo de los sueños con la realidad y hacerte sentir, en el fondo, afortunado de no compartir el destino de otros muchos que, como los gatos, elevan cada día las manos al cielo solicitando el milagro de su mendrugo de pan.
Dentro del mundo de los sueños, soy de la opinión de que siempre existe un lugar para la magia; el tiempo pasa, pero la magia permanece, como lo demuestra la piedra que -independientemente de su originalidad o identidad histórica- permanece impasible a modo de felpudo, junto a la entrada de la tienda de artesanía soriana. Cuando te acercas, ves el simbolismo en todo su esplendor: una cruz de ocho beatitudes; dos caballeros cabalgando sobre el mismo caballo; los graffitis de Chinon...Las referencias son tan evidentes, que cuando pienso en la palabra Temple, a la magia del momento y del lugar, se añade una nueva y escurridiza circunstancia: la leyenda.
Soria es, sin duda, tierra de leyendas; de grandes gestas que han llegado hasta nosotros envueltas por el halo del misterio que marcó frontera entre dos mundos completamente opuestos -al igual que hoy en día-, pero que, curiosamente, defendían la omnipresencia de un único y verdadero Dios: el cristiano y el musulmán.
Tierra de eremitas; de cultos marianos; de grandes acontecimientos envueltos en el más impenetrable de los misterios; y cómo no, lugar de tradición y de milagros.
Sin dejar de darle vueltas a todo ello, me encamino por segunda vez consecutiva hacia el monasterio, con la sombra de la cruz paté pisándome los talones y la curiosa sensación de haber penetrado en otro mundo.
Dicen que son de estilo mudéjar y atribuyen su diseño y construcción a los caballeros de la Orden del Hospital de San Juan de Jerusalén. Pero los rayos del sol que se cuelan a través de sus arcos, me indican que, lejos de ser relevante esta cuestión, importa más qué tipo de gracia iluminó a aquellos hombres que, buscando la perfección de Dios, no cometieron la torpeza de dejar nada al azar, aunque sí dejaron grabado el testimonio de su sabiduría, en unas piedras que sus manos moldearon como barro. Tal detalle, sin duda, me trae a la memoria retazos de la leyenda mágica del Golem. Pero lejos de crear un monstruo descontrolado, los maestros canteros que levantaron el monasterio de San Juan de Duero crearon, con toda probabilidad, ún vínculo entre el cielo y la tierra; una vía de comunicación diseñada para perdurar...
La Magia, pues, es algo manifiesto a este lado de la ribera del Duero. Algo sutil, genuino y tangible, que llega a apoderarse del alma del visitante. Y tal y como describía en su excelente ensayo Mircea Eliade, uno no deja de experimentar, paseando por ella, el mito del eterno retorno.

17 Ene 2008

Arcos de San Juan de Duero: Magia y Esplendor

Escrito por: juancar347 el 17 Ene 2008 - URL Permanente

Curiosamente, a lo largo de mis viajes, tanto por la provincia, como por otras provincias que hacen frontera con Soria -como es el caso de Segovia y el altar que se encuentra en la sala de armas de la Veracruz- he podido encontrar suficientes referencias que me han traído inmediatamente a la memoria un nombre: San Juan de Duero.
Estoy seguro de que quien visita este milenario monasterio por primera vez, queda inmediatamente hechizado por su magia y su belleza; su perfección y su sobrenatural encanto, no dejando de maravillarse con la multitud de detalles que le llamarán la atención en el transcurso de su contemplación.
Poco o nada importa, en mi opinión, la eterna controversia que enfrenta a partidarios de Hospitalarios y Templarios en cuanto a la autoría de su ejecución y construcción.
Tampoco importa el hecho en sí, de que una vez sus ruinas estuvieran ocupadas por gitanos o que los ganaderos de los alrededores las aprovecharan para guardar el ganado y sus aperos de labranza, ante la indiferencia de las autoridades de la época, completamente inconscientes del daño que estaban consintiendo.
Importa el hecho -feliz acontecimiento- de que éstas, por fin, comprendieran su importancia, lo restauraran y convirtieran en Monumento Histórico-Artístico, brindando la oportunidad de que todo el mundo pudiera acceder con libertad y dejarse hechizar por la magia -convertida en matemática pura- de su diseño.
Porque San Juan de Duero, en el fondo, representa precisamente eso: el pensamiento mágico de una época considerada, generalmente, como oscura y salvaje, convertida en pura Ciencia. Matemática, Geometría y Astronomía, conforman, sin duda, las disciplinas que convierten esa pequeña parcela aledaña a la orilla del Duero, en un lugar único y privilegiado.
Entre la maravillosa factura de sus arcos, varios son los escritores que se dieron de bruces con la Diosa Inspiración, y cuyas historias, no por terribles, dejan de tener un considerable encanto, siquiera subyaciendo éste en el más puro romanticismo.
Tal es el caso, naturalmente, de Gustavo Adolfo Bécquer y su estremecedora leyenda 'El Monte de las Ánimas'. Dicho monte existe, en realidad, y hasta es posible que en la Noche de Difuntos la niebla, con las formas caprichosas que adopta en ocasiones, ayude a confundir sus jirones con las mortajas que ocultan los despojos de aquellos monjes guerreros que, siempre según la leyenda, murieron en una absurda y terrible carnicería.
Más romántico, incluso, será aquél que entre dichos jirones, vea el alma atormentada de Beatriz, vagando eternamente por haber inducido a su enamorado a encontrar una muerte horrible.
Pero serán muchos más los que hablarán de San Juan de Duero desde el fondo de su corazón, sin duda atrapados para siempre por los barrotes invisibles de esa cárcel de belleza que los maestros canteros medievales dejaron para la posteridad.
Lo repito y lo afirmaré siempre: nunca me canso de volver a los Arcos de San Juan.

15 Ene 2008

¿Una enigmática piedra templaria?

Escrito por: juancar347 el 15 Ene 2008 - URL Permanente

Año 1118, Tierra Santa. Jerusalén es un hervidero, donde se aglutinan toda clase de hombres llegados desde todos los rincones de Europa. Abundan los peregrinos, gente cuya meta es alcanzar los sagrados lugares donde nació, vivió, predicó y murió Jesús de Nazareth. En ese año, nueve soñadores, nueve hombres pertenecientes a las más nobles familias de Francia -uno de ellos incluso emparentado con Bernardo de Claraval, abad de Citeaux, y tras su muerte elevado a la categoría de santo- se presentan en la corte y solicitan audiencia con el rey. Bien por credenciales, bien por aburrimiento o quizás porque son portadores de 'noticias frescas', el rey Balduino los recibe. Hugo de Payns, el portavoz del grupo, le expone los pormenores de su misión: proteger y defender a los peregrinos...
La historia no cuenta si Balduino se tomó a broma aquélla brava, suicida proposición. Sí cuenta, sin embargo, que les cede lo que en tiempos bíblicos constituyeron los establos anexos al Templo de Salomón. Los nueve caballeros se instalan, dedicando su tiempo a misteriosas excavaciones y búsquedas, fundando la Orden de los Pobres Caballeros del Templo de Salomón, posteriormente conocidos, de manera más popular, como caballeros templarios. Para dar testimonio de sus votos de pobreza, entre otros sellos y símbolos, utilizan uno en particular, que con el tiempo, y en vista de su meteórica trayectoria, parece una incongruencia: dos caballeros montando sobre un mismo caballo. Aquí comienza la leyenda...
*******
Soria, proximidades del monasterio de San Juan de Duero -también conocido como 'los Arcos de San Juan'- 12 de enero de 2008. Han pasado casi mil años desde aquélla histórica fecha y las huellas de los caballeros del Temple aún continúan vigentes, como si ese milenio, ese lapsus insondable de tiempo, no tuviese importancia alguna.
Aunque me interesa, y mucho el tema, reconozco que no pienso en absoluto en ello, mientras, helado de frío, espero pacientemente a que se abran las puertas de acceso al mítico y poco menos que milenario monasterio, frente a cuya magia no me importa confesar el hecho de que no me canso volver siempre que tengo ocasión. Curiosamente, mis planes de ruta e investigación para ese sábado eran otros, quedando en la práctica más cerca de la hermosa ciudad de Berlanga de Duero, que de la capital de la provincia, siempre vestida de gala cuando de recordar a su insigne poeta se trata. Que nadie se asuste; desde luego, no hablo de mí.
En efecto, mi objetivo, en ésta ocasión, era Andaluz, un pueblecito de apenas una veintena de habitantes -posiblemente muchos menos en invierno-, cabeza de partido, por más señas, y que en tiempos tuvo una importancia histórica y estratégica extraordinaria.
Lo decidí sobre la marcha, siendo apenas las ocho y media de la mañana, mientras tomaba café en un bar de Medinaceli, pensando que no iba a terminar de amanecer nunca. Alguien -algún afortunado, supongo, porque cuando me acerqué a la gasolinera a repostar y adquirir un ejemplar, el repartidor aún no había llegado con los periódicos- había dejado un ejemplar de 'El Heraldo de Soria' encima de una mesa, y no pude evitar fijarme en el titular, que en letras grandes y resaltadas en negrita, decía lo siguiente:
'Sorianos y turistas, creen que el románico es el mejor reclamo de la provincia'
No podía estar más de acuerdo, en principio. No me hacía ninguna falta ver cualquier episodio de la serie 'Las claves del románico', presentada por Peridis, para saber que el románico y Soria constituían un matrimonio tan bien avenido, que parecían haber nacido el uno para la otra. De hecho, en San Esteban de Gormaz se encuentra la iglesia románica de San Miguel, considerada, si no la más antigua, al menos de las más antiguas y por lo tanto pioneras de este peculiar estilo en la Península.
Pero Soria es algo más que románico e Historia. Es un espacio natural afortunado e inigualable; una tierra de ricos y variados contrastes; de raíces profundamente arraigadas, cuya escasez de población -la emigración interior sigue siendo un problema de primer orden, por desgracia- pone de relevancia, bajo mi punto de vista, una incomprensible carencia de inversión y medios que consoliden un crecimiento que sin duda merece y añora...
Cansado, por otra parte, de escuchar el lamento de los gatos que poco a poco iban concentrándose alrededor del centenario chopo de la entrada, y sin duda, aún más aterido de frío al observar la escarcha que pintaba de blanco las laderas del Monte de las Ánimas, encaminé mis pasos hacia el viejo puente de piedra que se levanta impasible sobre el Duero, desde cuya estructura saqué algunas fotografías, aprovechando las hermosas vistas: la iglesia de Nª Sª del Mirón, elevándose como un baluarte por encima de la colina situada enfrente del monasterio; el Parador Nacional 'Antonio Machado', erguido también sobre otra colina, sus muros reflejándose como en el espejo que conforman las aguas del río a su paso por aquélla otra ribera; el curso del Duero, quebrándose como el cuerpo de una serpiente en dirección a la sacro-santa ermita de San Saturio, el querido Patrón...
Desanduve tranquilamente el camino, y todavía haciendo tiempo para volver a acercarme hasta la puerta de entrada y probar suerte de nuevo, decidí echar un vistazo al escaparate de la tienda de artesanía soriana que había en la esquina.
A medida que me acercaba, algo, una piedra, de proporciones y peso considerables a juzgar por su aspecto, comenzó a captar toda mi atención. Evidentemente, ésta fue aún mayor, cuando comencé a captar, en su auténtica dimensión, los detalles que, cincelados con maestría en sus lados, comenzaron a poner alas a mi imaginación.
Allí había, sin lugar a dudas, tantas referencias templarias que, una vez recuperado de la primera impresión, me asaltó, sin duda, un curioso sentimiento de incredulidad.
En efecto. Hermoso en su diseño y con una claridad meridiana, se podía admirar, en todo su esplendor, un fabuloso caballo sobre el que cabalgaban dos jinetes perfectamente hermanados. Una cruz de ocho beatitudes; cruz que, por otra parte -aunque de utilización más común entre los miembros de la Orden del Hospital de San Juan de Jerusalén- también era utilizada por la Orden del Temple.
También se podía apreciar una marca de cantería que, aunque más desgastada que el resto del conjunto, pudiera haber representado, en sus orígenes, una estrella de cinco puntas o pentalfa. Y por último, en otro de sus lados, desafiando la imaginación -haciendo que ésta se remontara a los curiosos graffitis que los templarios prisioneros dejaron en las paredes de sus celdas en el castillo de Chinon (1)- una especie de tablero rectangular, perfectamente parcelado en secciones, que constituía, desde luego, todo un enigma y que me trajo inmediatamente a la memoria, la interpretación de numerosos autores, que veían en él un mapa en clave.
Tan perfecta conservación, no obstante, me resultaba inaudita. Por supuesto, la primera impresión que tuve -romántica, por más señas era que quizás aquélla maravillosa piedra hubiera pertenecido, en un momento indeterminado de la Historia, al cercano monasterio templario de San Polo. Aunque, de todos es conocido el tremendo expolio que han sufrido iglesias y ruinas antiguas, cuyas piedras han sido posteriormente reutilizadas o expuestas en casas particulares como motivo decorativo.
Después, la duda comenzó a hacer acto de presencia, desbaratando por unos momentos la ilusión de lo que a priori, supuse todo un hallazgo. ¿No sería de factura moderna y la tenían allí, delante de la puerta de la tienda, como reclamo?.
Ante la imposibilidad de poder preguntarles al respecto, dado que ni incluso a las once de la mañana y finalizada mi breve visita a San Juan de Duero, la tienda de artesanía había abierto sus puertas al público, continué renuente mi viaje, repitiéndome mentalmente que ya tenía otro motivo para volver.
Curiosamente, con este pensamiento se solarizaba la eterna y conocida frase de uno de los inmortales personajes del dramaturgo inglés William Shakespeare; como Hamlet, aún no he dejado de preguntarme: ¿ser o no ser?. ¿Se trata de algo original o es simplemente una buena imitación?. Supongo que algún se sabrá. De momento, no obstante, queda pendiente.
(1) Resulta fácil encontrarlo en numerosas iglesias románicas, no sólo de la provincia de Soria, como puede ser San Bartolomé, por poner un ejemplo, sino también en la provincia de Segovia: Duratón, Perorrubio...

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