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10 Oct 2008

La enigmática pentalfa de San Bartolomé

Escrito por: juancar347 el 10 Oct 2008 - URL Permanente

Hablando de la Magia, de los Misterios del Camino, de ese Factor X presentido e investigado por escritores y psicólogos de la talla de Colin Wilson, no podía dejar pasar la oportunidad de exponer aquí una de las curiosas maravillas con las que me he topado durante mis viajes: la enigmática pentalfa de la ermita de San Bartolomé, en el Cañón del Río Lobos.
La grabación que se presenta en ésta entrada, la conseguí el pasado día 2 de mayo, con la ermita felizmente abierta y los visitantes llegando en tropel. Fue la primera, y por tanto, la más desconcertante y entrañable de todas las grabaciones sobre la enigmática pentalfa del transepto, que, como se puede suponer, llegaron a continuación.
No era mi intención presentarla, al menos de momento, aunque hace algún tiempo expuse alguna que otra referencia y hubo gente que, afortunadamente, tomó buena nota. Gente, no como esos estúpidos de turno, que llegan a la ermita con el cincel en la mano para hacer ver en sus paredes que un imbécil estuvo allí. No, por el contrario, gente fascinada y respetuosa con un lugar que, no me cabe duda, es todo un cúmulo de conocimiento y sabiduría. En definitiva, un santuario que merece ser estudiado, conservado y respetado.
Por si a alguien le puede interesar, he aquí, pues, un enigma más de San Bartolomé.

07 Jul 2008

Itinerarios culturales: San Baudelio de Berlanga

Escrito por: juancar347 el 07 Jul 2008 - URL Permanente

'A media ladera, enterrada en parte, y a ocho kilómetros de Berlanga, está la modesta ermita de San Baudelio. Exteriormente se ven dos cuerpos rectangulares, cubiertos, en distintas alturas, por vulgares tejados. Los muros son mampostería, con ángulos y guarniciones de huecos, de sillarejo. Estos son: una puerta de arco de herradura con doble archivolta; una pequeña ventana con igual arco en el testero del cuerpo menor, y otra ventanita insignificante en el mayor. La orientación es de NE a SO; hacia aquel viento está la cabecera o ábside...'.

[De un artículo de José Garnelo, publicado en el Boletín de la Sociedad Española de Excursiones, Tomo XXXII, II Trimestre de 1924]

*******

Este párrafo forma parte de uno de los primeros estudios que se conocen, basados en la desconcertante, aunque maravillosa ermita mozárabe de San Baudelio de Berlanga. La obra, publicada en 1908, lleva por título 'Historia de la Arquitectura Cristiana Española en la Edad Media', y su autor D. Vicente Lampérez y Romea, arquitecto e historiador del Arte español y profesor de la Escuela Superior de Arquitectura de Madrid. En ella, se incluían, también, los dibujos originales realizados un año antes por D. Aníbal Alvarez, gracias a los cuales, disponemos de una genuina visión de época, de cómo era, en realidad, el tesoro que se ocultaba en su interior, antes del expolio acaecido un par de décadas después.

Porque resulta inevitable hablar de la ermita de San Baudelio de Berlanga, siquiera sea de pasada, sin decir que su historia moderna, es una historia de mezquindad; una historia de ignorancia, a la que hay que añadir un crespón de luto por la pérdida de una parte brillante de un Patrimonio artístico que incluso hoy día, y en muchos aspectos, no termina de protegerse y valorarse como debiera.

Modesta a primera vista, tal y como la describió el erudito D. Vicente en 1908, el cerro pelado sobre el que se asienta -antiguamente, un tupido bosque la cobijaba, salvaguardándola de la barbarie anexa a la Reconquista- es batido constantemente por un viento que a veces parece susurrar palabras de bienvenida en los oídos del visitante, y otras, con malhadada animadversión, despedirle destempladamente.

No obstante pasado por alto este detalle, y confiando en que lo sencillo no tiene por qué estar necesariamente en indisposición con lo bello, basta sólo con atravesar esa puerta mozárabe con forma de cerradura, para dejar escapar un suspiro de incontenida emoción al contemplar los restos que esa historia ingrata y mezquina a la que nos referíamos, no pudo malograr.

Es cierto que no se puede ver la entrada tirunfal de Jesús en Jerusalén, a excepción de la cabeza del asno sobre el que montaba, situada al frente, sobre los escalones de piedra que conducen al coro; ni el ángel y los soldados junto al sepulcro; tampoco la escena de las tres Marías, y algo más allá, a Jesus obrando el milagro de devolverle la vista a un ciego; ni la resurrección de Lázaro; ni las bodas de Canaán, o las tentaciones de Jesús en el desierto...

Entonces, se preguntará más de uno y no sin razón, ¿qué es lo que se puede ver?.

Pues bien, se puede ver, nada más entrar, una maravillosa palmera -poco menos que única en su género- que, como pilar central, como nexo de unión entre el cielo y la tierra, sustenta el techo de la ermita, valiéndose de sus brazos extendidos, sobre los que aún se ven rastros de esa pintura original que hace siglos los embelleció, dotándolos de una mística significativa.

Así mismo, verá una pequeña mezquitilla a su derecha, por debajo del coro, envuelta siempre -cuál sagrada isla de Avalón- entre claroscuros de luz. Allá al fondo, en uno de los rincones, divisará una estrecha abertura, cuadrada, de cuyo interior apenas vislumbrará nada, si no está provisto de una linterna. Se trata del acceso a las cuevas que, como una matriz, se extienden por debajo de la ermita y que en tiempos albergaron a hombres santos que gestaron un acercamiento a Dios, sumidos voluntariamente en el retiro y la oración.

Incluso el visitante amante de las bendiciones, aún podrá franquear el umbral del ábside, y arrodillarse humildemente frente al pequeño altar de piedra; allí, el propio San Baudelio -mártir francés del siglo IV, que se supone nacido cerca de Orleáns- un hombre de aspecto anciano, aunque saludable, de cabello y barba blancos, no tendrá inconveniente alguno en satisfacer su deseo, mientras los primeros rayos del sol -si accede temprano a la ermita- se cuelan alegremente a través de la pequeña ventana, iluminando esa hermosa alegoría del Espíritu Santa, representada en forma de paloma.

Quizás después de recibir la bendición del santo, y de vuelta otra vez al recinto principal, eche un nuevo vistazo a la palmera y se percate, intrigado, del reducido habitáculo que se oculta entre sus ramas. Resulta más que posible, entonces, que motivado por la curiosidad, se acerque hasta la entrada e intente sonsacar alguna información del guarda, que previamente le ha preguntado a qué Comunidad Autónoma pertenece. Y posiblemente, sólo digo posiblemente, no quede satisfecho cuando éste le diga que servía para ocultarse...

En fin, son tantos los matices, los misterios e interrogantes que conlleva una visita a la ermita mozárabe de San Baudelio de Berlanga, que enumerarlos todos e intentar comentarlos, restaría una parte importante de esa magia, de ese hechizo tan especial, que consigue que todo aquél que va una vez, aproveche cualquier otra ocasión que se tercie para volver.

23 May 2008

La pentalfa mágica de San Bartolomé

Escrito por: juancar347 el 23 May 2008 - URL Permanente

Me reconozco un apasionado del Séptimo Arte. Y como tal, siento una predilección especial por los clásicos: esas películas en blanco y negro, inolvidables, únicas, que con medios limitados inmediatamente eran consideradas verdaderas obras de Arte cuando bajaba el telón, pasando a ocupar un lugar especial en la videoteca de cualquier amante del buen cine. Podría citar aquí muchos títulos, que seguramente le pondrían la piel de gallina a más de uno y hasta es posible que sintieran también un ligero estremecimiento de placer al recordar alguna escena en particular. Me pasa continuamente, por ejemplo, cuando visiono Casablanca, en dos escenas determinadas, sin contar la última en el que un milagrosamente recuperado Humphrey Bogart sella con sus labios lo que no me cabe dura iba a ser, a partir de entonces, el comienzo de una bonita amistad.
Me refiero, en primer lugar, a esa escena cruda, terrible, en la que un hombre -no importa quién ni por qué- es abatido a tiros en una pared, en la que claramente se leen los tres principios básicos de la Revolución Francesa: Liberté, Egalité et Fraternité.
La segunda escena, esa que de alguna manera toca la fibra más sensible de mi ser, es aquélla otra en que la prepotencia nazi queda soberanamente aplastada cuando todos los que están en el Café Americano de Rick cantan la Marsellesa, llevándose la mano al corazón.
Aunque parezca una locura, cuando voy a la ermita de San Bartolomé, lo primero con lo que me recreo es con la pentalfa del transepto. Es tanto su hechizo, que no recuerdo una sola vez en que, contemplándola, no me vengan a la mente las últimas palabras del simpático periodista Scotty cuando, una vez liberada la base polar ártica de la amenaza extraterrestre en el inolvidable clásico de Howard Hawks 'El enigma de otro mundo', pronuncia con una contundencia estremecedora: 'a todos los que me escuchen en este momento, vigilad el cielo. ¡No dejéis de vigilad el cielo!. ¡Seguid vigilando el cielo!'.
Pues bien, como si fuera la reencarnación de nuestro entrañable Scotty, yo también quisiera decir algo a todos aquellos que tengan la intención de visitar San Bartolomé en el futuro:
'Vigilad la pentalfa. No dejad de vigilarla. Seguro que os sorprenderá'.

16 May 2008

La ermita de San Bartolomé de puertas abiertas

Escrito por: juancar347 el 16 May 2008 - URL Permanente

23 Ene 2008

Andaluz: interiores de San Miguel y pequeño museo románico

Escrito por: juancar347 el 23 Ene 2008 - URL Permanente

'No es el martillo el que deja perfectos los guijarros sino el agua con su danza y su canción'
[Rabindranath Tagore]
A medida que me adentraba en las tierras de Berlanga, multitud de cosas afloraban a mi mente, como una lluvia de estrellas fugaces perdiéndose a toda velocidad más allá del horizonte. Aún repiqueteaban en mi mente las palabras de ánimo que mi amiga Teresa me había dejado en el último correo la noche anterior:
- Adelante, Perquisitore, ve a por ello, -me contestó, cuando la hice partícipe de mis planes para la jornada del sábado.
Naturalmente, con el apodo de Perquisitore -honor que me hace, desde luego-, me comparaba con Galcerán de Born, el personaje principal de la insuperable novela de Matilde Asensi, titulada 'Iacobus', cuya lectura hizo mis delicias el pasado verano. El Perquisitore, por más señas, es un caballero perteneciente a la Orden del Hospital de San Juan de Jerusalén, a quien sus superiores -incluido el Papa Juan XXII, sucesor de Clemente V- le encomiendan la nada despreciable misión de ir descubriendo los lugares secretos en la Península Ibérica donde la Orden del Temple ha ido escondiendo parte de sus incalculables riquezas. Riquezas que, dicho sea de paso, todos -incluidos los agentes del rey Felipe el Hermoso- persiguen con inusitada avidez. La novela, por tanto, se sitúa a partir de 1314, una vez suprimida la Orden del Temple, haciendo una descripción -verdaderamente interesante a lo largo de la trama (1)- de los principales lugares de peregrinaje relacionados con el Camino de Santiago.
Resulta comprensible, pues, que por 'perquisitore', se entienda como aquélla persona que sigue o indaga pistas; que busca y rastrea y que, bien por inteligencia -como en el caso del personaje de Matilde Asensi- o bien por suerte -como puede ser el caso mío, y sólo a veces- finalmente encuentra y consigue lo que desea.
En mi papel de Perquisitore, por tanto, en la mañana de aquél sábado mis pesquisas iban encaminadas hacia el interior de la iglesia románica de San Miguel; su pequeño museo y por supuesto, la pieza estrella de su patrimonio cultural: la virgen románica de Santa Lucía.
La última vez que estuve en Andaluz, un frío día también, en el mes de diciembre, poco más o menos en vísperas de Nochebuena, no pude encontrar a la que persona que custodia la llave. Sin embargo, mi suerte en éste inhóspito sábado del mes de enero, iba a cambiar favorablemente. Tal vez por intuición, o quizás porque estoy convencido de que la 'Ley de la Causalidad' se mueve por unos derroteros parecidos a la 'Ley de Causa y Efecto', supe que mi suerte estaba a punto de cambiar, cuando la puerta de la 'la casa con escalones y rosales' -esas fueron las señas que conseguí de un paisano nacido en Andaluz, pero residente en Madrid- se abrió frente a mi, segundos después de tocar el timbre.
Visiblemente renqueante, en la cara de Rosa Mari no se evidenciaban señales de desconcierto, extrañeza o sorpresa ante tan inesperada visita. Sabía perfectamente, nada más verme, que como forastero lo único que podía perseguir era la iglesia románica de San Miguel y las maravillas que, supuestamente, se ocultaban en su interior.
Accedió a mostrármelas, después de algunos minutos de conversación, en la que le expuse el enorme interés que sentía por todo lo concerniente al románico de la región, así como el tremendo esfuerzo que suponía el tener que desplazarme expresamente desde Madrid, no siendo, desde luego, plato de buen gusto, darme con la puerta en las narices.
Cuando la vi sonreír y me dijo que la esperara arriba en la iglesia, mientras ella subía con las llaves, reconozco que respiré aliviado, pensando que después de todo, el viaje iba a merecer la pena.
Una vez franqueado el umbral de esa otra realidad que constituye un templo románico, recuerdo que mi primera impresión fue la de suponer que en Andaluz se hace gala de un cuidado extremo y un respeto profundo hacia su patrimonio artístico-cultural y religioso.
En efecto, visto bien iluminado gracias a la amabilidad de Rosa Mari, que no tuvo ningún inconveniente en encender las luces, el interior de la iglesia románica de San Miguel parecía un auténtico homenaje a la pulcritud. Encontrándomelo tan limpio como los chorros del oro, pensé que 'Mr. Proper' había tenido zafarrancho de combate, resultando victorioso frente al polvo y el descuido. No se trata de un detalle vanal, en mi opinión, acostumbrado como estoy a encontrarme ruina y abandono en la gran mayoría de construcciones similares que visito y que, en algunos casos, hacen que se le caiga a uno el alma a los pies.
La primera imagen mariana que recibe al visitante, es una talla de 1952 -aproximadamente- que representa a la Inmaculada Concepción. En la misma pared, junto a ella, y tal vez por el color negro con ribetes dorados de la capa que la envuelve, es posible ver una curiosa talla de la Dolorosa, cuyo rostro -mayestático y de expresión indefinida- llama poderosamente la atención, levantando sospechas acerca de una posible factura de índole románica o, en su defecto, de un intento por representar rasgos característicos de este estilo en particular.
Algo más allá, y cerca de la zona que delimita el altar, se encuentra la Virgen del Rosario, aunque, en opinión de Rosa Mari -tuve la impresión de que sabía mucho más de lo que realmente contaba- pudiera tratarse en realidad de 'una Asunción', en vista del vestido y los ángeles que la acompañan.
Situado junto al altar, y abierto sobre el pequeño atril que le sirve de soporte, un hermoso libro episcopal ofrecía testimonio, posiblemente, del sermón utilizado durante la celebración de la última misa. Era posible apreciar, en negrita y letras mayúsculas, la siguiente frase en latín: 'In Festo Sacratissimi Cordis Jesu'.
Dominando el excelente retablo gótico -ésta es una apreciación personal, en la que puede que me equivoque- otra de las figuras estrella mantiene al diablo subyugado a sus pies. Me refiero, naturalmente, al arcángel San Miguel, titular de la iglesia y paladín infatigable de los cielos.
En el mismo retablo, se pueden apreciar, también, otras figuras de santos, entre las que destaca, en mi opinión, y teniendo en cuenta su carácter humilde y laboral, la figura de un santo en particular, bastante apreciado también en la provincia: San Isidro Labrador, acompañado siempre de sus mansos y fieles bueyes.
Continuando la visita, y situados en el lateral derecho del templo, otro retablo de considerables proporciones sirve de escaparate para mostrar varias figuras más de santos, aunque elevando la vista a lo más alto, uno no deja de sentir fascinación frente a una talla de origen románica tardía, posiblemente gótica, que, en mi opinión, representa a Santa Ana con la Virgen en brazos.
Por desgracia, la figura estrella y por supuesto, la que más interés suscitaba para mi -la talla románica del siglo XIII de la Virgen de Santa Lucía- quedaba, por ésta ocasión, fuera de mi alcance. Rosa Mari me comentó que estaba siendo restaurada, y es de esperar que una vez terminada dicha restauración, vuelva otra vez al lugar que la corresponde.
Reconozco que me sentí ligeramente decepcionado, aunque tal decepción, desde luego, cedió pronto paso a la excitación cuando, algunos minutos después, ésta me abrió la puerta del pequeño museo situado en lo que antiguamente constituía otra de las galerías porticadas.
A cobijo de todo daño externo y cuidadosamente colocados en su correspondiente pedestal, las representaciones añadidas por el maestro cantero a golpe de martillo y cincel de los capiteles de la desaparecida galería, constituían de por sí, todo un tesoro de expresividad y simbolismo. Allí, todo estaba perfectamente ordenado. No eran piezas 'sobrantes' después de una restauración, que se olvidan y se tiran en cualquier lugar, como simples escombros, negándoselas el valor que realmente tienen. Eran lo que eran, objetos de Arte que merecían un respeto y un cuidado especiales, como patrimonio de un país en particular y del mundo en general. Tan entusiasmado estaba intentando no perder ningún detalle con la cámara, que olvidé preguntarle a Rosa Mari quién había tenido tan genial iniciativa. Vayan, pues, desde estas sencillas páginas mi más sincera felicitación y gratitud.
Por otra parte, y volviendo otra vez al tema que nos ocupa, se puede añadir que los motivos de este oculto conjunto de capiteles, son de lo más variado e interesante, destacando -por su belleza y singularidad- los siguientes:
- Aves de vistoso plumaje, como si el artista hubiera querido destacar una alegoría exótica.
- Motivos entrelazados, formando numerosos nudos.
- Una figura humana, desnuda, en actitud de estar danzando. Una posible referencia ritual, de probable origen celtíbero.
- Dos machos cabríos, curiosamente muy similares en su forma y ejecución a los que se pueden contemplar en uno de los capiteles de la iglesia románica de Nª Sª de la Asunción, en el pueblo segoviano de Duratón. Naturalmente, su asociación es demoníaca.
- Un capitel realmente interesante, que representa a un personaje (no se puede determinar el sexo, dado la especie de túnica que le cubre) que porta un libro cerrado en su mano derecha (este motivo suele estar asociado con el conocimiento oculto) y un objeto indeterminado en la izquierda. Curiosamente, está escoltado, a ambos lados de la cabeza, por el Sol y la Luna. Como anécdota, agregar que es el primero en su género que he visto en los numerosos emplazamientos románicos recorridos de la provincia.
- Un caballo, con silla de montar, esmeradamente labrado.
- Un centauro en actitud de disparar su arco hacia un lado, mientras el rostro lo tiene vuelto al frente.
- Un animal, posiblemente un buey, cuyos cuartos traseros, por desgracia, están deteriorados.
- Una pareja de arpías.
- Una cara mirando de frente, escoltada en la parte de arriba por lo que parece un grifo (recordemos que dicho animal mitológico ocupa uno de los laterales del pórtico de entrada) y un ave; en la parte de abajo del capitel, se aprecian curiosas formas serpentiformes. En el mismo capitel, por otra de sus caras, se aprecia otro rostro y una serpiente enroscada con cara humana. Posiblemente se trate del capitel que algunos investigadores identifican como el de la tentación de Adán y Eva.
- Motivos entrelazados, similares a una cesta de mimbre, de la que surgen cabezas humanas, cuyos bigotes recuerdan a los de los gatos.
- Un jinete montado a caballo y detrás de él, una extraña forma humana, de cuerpo delgado, sin extremedidades superiores y con una desproporcionada cabeza. El desgaste no permite apreciar las características del rostro.
- Un capitel, bastante deteriorado, en el que, sin embargo, se aprecia con excelente resolución parte de una serpiente.
Es posible admirar, también, una tumba antropomorfa, así como una estela con una cruz, reminiscencias del cementerio medieval que se supone estaba situado debajo y en los alrededores de la iglesia.
En el pequeño museo, se conservan, de igual manera que los capiteles, los canecillos que correspondían a esa parte de la galería. Entre ellos, es posible apreciar rostros humanos y animales; una excelente talla de un perro tumbado, así como otro que parece representar a un hombre subido encima de los hombros de otro.
Como colofón a la presente entrada, decir que la iglesia románica de San Miguel dispone de tantos elementos extraordinarios, que, aunque descritos por encima, bien merece un estudio en profundidad, pues es mucha la riqueza simbólica que posee, así como muchos son los enigmas a ella asociados.
Sólo me resta reiterar otra vez mi más sincero agradecimiento a Rosa Mari por su amabilidad y prometerla que, a la vez que finalizo la presente entrada, deposito en el Correo una carta con la foto que tomé mientras posaba junto a la pila románica y que prometí enviarla sin falta.
(1): A todos los interesados en el tema, les recomiendo la lectura de los siguientes libros:
- 'Iacobus', Matilde Asensi, Editorial Random House Mondadori, Año 2000.
- 'Peregrinatio', Matilde Asensi, Editorial Planeta, Año 2006

20 Ago 2007

El castillo templario de Ucero

Escrito por: juancar347 el 20 Ago 2007 - URL Permanente

'El tiempo me parecía interminable mientras corríamos, ahora casi en completa oscuridad, pues las nubes inquietas habían ocultado la luna. Seguimos subiendo. Aunque de cuando en cuando venía alguna súbita bajada, nuestra marcha era cuesta arriba. De pronto me di cuenta de que el conductor guiaba los caballos hacia el patio de un inmenso castillo en ruinas, en cuyas altas y oscuras ventanas no se veía un solo resplandor, y cuyas almenas desmoronadas recortaban sus melladas siluetas contra el cielo iluminado por la luna'.
[Bram Stoker: 'Drácula']

Visto de noche, a la luz de la luna, con sus gárgolas de aspecto siniestro oteando incansablemente el horizonte, bien podría pasar por el castillo de Drácula. Pero por fortuna, nuestra visita al castillo templario -mejor dicho, a las ruinas del castillo templario- de Ucero, la efectuamos a plena luz del día, poco después de terminar nuestra aventura por el Cañón del Río Lobos y almorzar en el restaurante situado a la entrada del parque. Supongo que tanto Montse, la amiga que me acompañaba en la presente aventura, como yo, posiblemente no nos hubiéramos atrevido a realizar nuestra visita de noche. Y es que, incluso a la luz del día, las ruinas de lo que en tiempos fue, a juzgar por sus dimensiones, un importante enclave militar, imponen cierto respeto.
Sumidas en el silencio -curiosamente, no se escuchaba siquiera el insistente canto de un grillo, tan común en ésta época del año, mientras los pájaros volaban lejos, como evitándolo a propósito- y tomas al asalto por un formidable ejército de hierbajos, enredaderas y todo tipo de plantas espinosas, el sitio, ni remotamente, ofrecía la romántica estampa ques e observa a la salida del pueblo de Ucero, o más concretamente, desde el lugar donde se encuentra situado el Centro de Interpretación de la Naturaleza, parada obligada para aquellos que inician su primera visita al impresionante entorno del Cañón. Pero tranquilos, no tengo intención de hablar de experiencias paranormales, aunque sí de la 'paranormal' curiosidad que me invadió cuando, jugándonos prácticamente el físico en algunos momentos, intentamos no perder detalle alguno de todo aquello cuanto nos rodeaba, y a la vez, motivaba nuestra curiosidad.
El lugar, en sí, no podría resultar más estratégico, militarmente hablando, como demuestran las hermosas fotografías que tuve ocasión de sacar, así como las vistas increíbles que pudimos disfrutar; incluso hubo momentos en los que el aire resultaba deliciosamente gratificante cuando nos asomábamos con precaución a alguno de los huecos de sus derruídos almenares.
En efecto, elevándose sobre el valle donde se asienta el pinturesco pueblecito de Ucero -las riberas de cuyas tierras son generosamente regadas por el río que lleva su mismo nombre- y dominando, cuál un águila al acecho, la entrada al majestuoso Cañón del Río Lobos, las ruinas del castillo templario reposan, melancólicas, enfrentando su destino con una dignidad sobre la que el tiempo y el olvido van haciendo incluso más daño que aquellas horas de sarracenos que no pudieron conquistarlo.
Aunque malherida en su estructura, y corriendo el riesgo de que cualquier día sus centenarias piedras abonen -como las de sus dobles murallas- el terreno yermo circundante, así como la propiedad de algún paisano -bien es cierto que los habitantes del pueblo aprovecharon muchas de sus piedras en beneficio propio, ante la pasividad de las autoridades- la torre del homenaje aún conserva cierto orgullo, exhibiendo parte de esa ornamentación que en tiempos -no me costaría mucho imaginarlo- le diera un aspecto imponente, cuando no feroz.
Y es que en lo más alto, allí donde parece que ni siquiera las aves más temerarias -buitres y águilas, en su mayoría, abundantes en la región- sienten predilección alguna por hacer su nido, unos seres demoníacos, de negra apariencia y aspecto grotesco, parecen ser los únicos guardianes; precisamente aquellos, a los que ni el tiempo -con todo el poder que le otorga la paciencia- puede llegar tampoco a herir. Se trata de las temibles gárgolas, un recurso arquitectónico ideado frente a un problema meteorológico muy utilizado en las grandes catedrales góticas, que resolvía la cuestión, embarazosa, de la evacuación del agua en los tejados. Ésta, en principio, sería la función de algunas de ellas, las más grandes y visibles; aquellas que, a través del zoom de la cámara, muestran al curioso una abertura en su boca, en forma de desagüe, que indica bien a las claras su cometido.
No obstante, junto a ellas y como si formaran parte del muro de piedra, otros seres más pequeños, pero de aspecto, quizá, mucho más perverso y agresivo, parecen advertir al visitante de que su función va mucho más allá de un simple capricho ornamental.
Dependiendo de dicha función, así como de las intenciones del maestro cantero que las esculpió o las mandó esculpir, el significado inherente a éste tipo de de figuras sacadas de un bestiario imposible, se pierde -como el de las enigmáticas marcas de cantería- en la noche de los tiempos.
Para Fulcanelli -un autor cuya verdadera identidad permanece todavía en el más absoluto de los misterios, a pesar de las sospechas sobre la persona de Eugene Canseliet y los ríos de tinta vertidos al respecto- la denominación 'gótico' resultaría una variante de 'art goetico' -arte mágico- o 'argot', lengua o código encaminada a la comprensión de los iniciados.
En este sentido, algunos autores suponen que, entre otras, las gárgolas tenían tres funciones destacables: advertir, formar y distinguir o señalar. Así mismo, dichas funciones dependían de la dorma del animal que representaban. De manera que, por ejemplo, las gárgolas con cabeza de dragón, representaban la transmutación alquímica; aquellas con cabeza de gallo, la fuerza de la energía, la valentía o el liderazgo; las que tenían por cabeza los rasgos de un león, hacían, al parecer, alusión a la potencia física, actuando, también, como guardianes de los templos. Por último, las gárgolas que represetnaban cabezas de engendros o tenían un aspecto definidamente demoníaco, manifestaban las bajas pasiones, la sexualidad, así como los instintos primarios. Este tipo de gárgolas suelen ser las más comunes. De manera que, en este sentido, siendo precisamente éste último el tipo de gárgolas que se pueden apreciar en el castillo de Ucero, obligan a plantearse algunos interrogantes.
En primer lugar, surge el interrogante que, de forma inevitable, lleva al observador a preguntarse por el motivo de este tipo de ornamentación en lugares consagrados a Dios. La teoría más aceptada, es aquella que ve en la presencia en los templos de estos elementos una advertencia sobre el Mal, el demonio y los seres infernales, cuya existencia era plenamente aceptada en la época que nos ocupa, y apenas se cuestionaba entre el pueblo llano. Pero así mismo, hay quien se plantea -y no sin razón- si ésta es toda la explicación. Porque resulta difícil de creer que tantas y en ocasiones tan magníficas esculturas constituyan tan sólo un capricho de escultor, que podía haber optado por cualquier otra forma -real o imaginaria- más acorde con la finalidad del edificio, para realizar la misma función. O que, por otra parte, sean advertencias a individuos que apenas pueden divisarlas desde el suelo. Como muchas otras cosas, algo no termina de encajar.
Cierto que estamos hablando, en el caso que nos ocupa, de una fortaleza militar; pero una fortaleza militar atribuída, en un principio, a los caballeros templarios, monjes guerreros, pero monjes al fin y al cabo, cuya divisa -Non nobis, Domine, non nobis sed nomini tua da gloriam (1)- deja bien a las claras la finalidad para la que dicha Orden fue concebida: servir a Dios.
Apenas existe documentación sobre la, digamos 'época templaria' del castillo de Ucero, aunque sí sobre la prolífica ocupación posterior del mismo.
Adquirido a comienzos del siglo XIV a los herederos de don Juan García de Villamayor -cuya esposa, doña María Alfonso de Meneses, fue señora de la villa a finales del siglo XIII- fue pasando por diferentes manos -en su mayor parte, religiosas- y utilizado para diferentes menesteres.
A finales del siglo XV, fu acondicionado por el obispo don Pedro Montoya, siendo otro prelado -Honorato Juan- quien, en el siglo XVI, colocó el escudo de armas que todavía puede apreciarse hoy día sobre la puerta de entrada.
Incluso se tienen noticias de que durante alguna etapa de su historia, fue utilizado como cárcel para clérigos.
De cualquier forma, añadir que, tanto el castillo como la rica vega del Ucero, fueron secularmente propiedad de los obispos de Osma.
Sería injusto terminar la presente exposición sobre el castillo de Ucero, sin comentar algunos otros elementos de cierto interés, entre los que destaca -para conferirle aún un elemento más de misterio- la curiosa anfisbena, la serpiente de dos cabezas -nótese la dualidad, cifra de cierta importancia en la mística templaria- que también puede apreciarse en los ventanales del ábside de la ermita de San Bartolomé. Precisamente, en los ventanales situados de una manera lo suficientemente 'estratégica', como para permitir que la luz del sol incida sobre el altar, en el que -entre otras- se puede apreciar una curiosa talla que representa al santo, cimitarra en mano, doblegando al demonio, al que tiene encadenado a sus pies.
La anfisbena -su traducción sería 'la que camina hacia los dos lados'- miembro alucinante de los bestiarios pétreos medievales, ya es mencionada en el siglo V antes de Cristo, por el griego Esquilo. También el escritor latino Lucano -siglo I- la menciona, encuadrándola dentro de las dieciocho variedades de serpientes, entre las que destacan algunas de curioso nombre, como el hemorroo, la clepsidra, el cerastres o la dípsada.
Dada su naturaleza, pues, no es difícil suponer que, en un principio, esté relacionada -recordemos las gárgolas grotescas- con las bajas pasiones, y por supuesto, con el Diablo. Pero el significado intrínseco de la anfisbena va todavía mucho más allá y está íntimamente ligado al mito de San Bartolomé: como serpiente que es, aparte de una clara alusión a la sabiduría, ofrece también un aspecto de renovación; de muerte y resurrección. Dos naturalezas unidas, presentes también en el hombre -cuerpo y espíritu- pero decididamente diferentes y siempre en cosntante lucha. Dos lugares, uno militar y otro religioso, que están en consonancia con los objetivos de la Orden.
Como colofón, añadir que, aunque haya autores que ve en este animal imposible solamente cabezas decorativas, de lo que no parecer haber duda, es de que el triángulo formado por el castillo de Ucero, la ermita de San Bartolomé y el Cañón del Río Lobos formaba parte de un todo mistérico, cuya auténtica relevancia puede que algún día vuelva a ver la luz a raiz de investigaciones más amplias y profundas.
Sólo añadir que, sea cual sea la naturaleza que lleve al visitante hasta este incomparable entorno, no le defraudará; como tampoco le defraudarán los productos gastronómicos de la región y la extraordinaria calidad de los vinos, cuya denominación -Ribera del Duero- es garantía más que suficiente para la aprobación de un exquisito paladar.
(1): No para nosotros, Señor, sino para gloria de tu nombre.
Bibliografía:
- 'Castillos de Soria', Javier Bernad Remon, Ediciones Lancia, 1994
- 'El misterio de las catedrales', Fulcanelli, Editorial Plaza & Janés, 1967
- 'El libro de los seres imaginarios', Jorge Luis Borges, Editorial Bruguera, 1982

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