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28 May 2009

La Fuentona de Muriel de la Fuente

Escrito por: juancar347 el 28 May 2009 - URL Permanente

Hay lugares que invitan a soñar; lugares en los que uno puede perderse libremente, teniendo la genuina sensación de estar en otro mundo. Muchas civilizaciones antiguas consideraban que este tipo de lugares -y en particular los lagos- eran una especie de 'ojos' por los que los dioses del inframundo observaban y vigilaban a los hombres.

Lugares especiales, no ya envueltos por el pragmático magnetismo de una belleza intrínseca, casi sobrenatural, que resulta evidente al primer vistazo; sino por ese halo de insondable misterio que los rodea. Lugares, por tanto, donde se generan los mitos y se moldean las leyendas. La Fuentona, estoy completamente seguro, es uno de ellos.

Si bien el cromatismo de sus aguas es tan prodigioso que inmediatamente seduce, la verdadera seducción se encuentra, no obstante, en esa dimensión oculta constituída por una intrínseca red interior de arterias que parten de un corazón que todavía no ha sido encontrado. No en vano, apenas dichas arterias han sido exploradas, aunque aún así, y a tenor de las imágenes mostradas por el equipo de Al filo de lo imposible, dejan entrever un mundo realmente alucinante; especialistas en espeleo-buceo y autoridades se han puesto de acuerdo en señalar el peligro que existe en sumergirse y adentrarse en ellas, por lo que se hace necesaria la concesión de un permiso especial.

Lo que podríamos denominar como el cráter natural desde el que mana el río Abión, ascendiendo a la superficie desde su ignota cuna acuífera y subterránea, se encuentra rodeado de bosque -más o menos espeso- a un lado, y de los escarpados desfiladeros llenos de lajas y cantos rodados del cañón por el que discurre, al otro. Sobre éste, planeando en el cielo con majestuosa elegancia -como no podía ser menos, para hacer honor a su nombre- el águila real otea el horizonte, sobrevolando en círculos la Fuentona, aunque lo suficientemente lejos de su ojo como para que su elegante silueta se refleje en las cristalinas aguas.

Abundantes en la provincia, las rapaces son todo un símbolo. Posiblemente por ello, y por su alto nivel en la evolución de su especie, sean justas acreedoras a un rico y variado simbolismo y por eso figuren en numerosos escudos nobiliarios.

Hay momentos en los que la ensoñación se rompe con el salto impetuoso y por sorpresa de una trucha que intenta atrapar en vuelo su alimento; pero una décima de segundo después, el único rastro de su presencia son las ondas producidas en la superficie del agua cuando vuelve a sumergirse.

Las sorpresas continúan. Tan repentina como el inesperado salto de la trucha -o quizás más, incluso- una espesa cortina de humo blanco surge algunos metros más allá. El humo no tarda en evaporarse, uniéndose alquímicamente con el aire. Alejo, pues, de mis pensamientos la posibilidad de un incendio y pienso en otra de las características inherentes a la Fuentona: la probable existencia de chimeneas subterráneas por donde la Madre Tierra expulsa el calor de sus entrañas. Aunque no en fotos, el acontecimiento, sin embargo, queda felizmente recogido en vídeo.

Minutos después, y con la decepción inherente de no poder contemplar una nueva fumarola, la gente comienza a invadir el lugar. Sus siluetas quedan fielmente reflejadas en el espejo del agua mientras una mujer, sorprendida como yo por el salto sorpresivo de una rana, me saca una foto a petición propia que me recuerde que ese día y a una hora determinada, los dioses y yo nos hemos mirado un instante a la cara.

Vídeo 1

Vídeo 2

Álbum Fotográfico

31 Mar 2009

Retorno a Río Lobos

Escrito por: juancar347 el 31 Mar 2009 - URL Permanente

Sin duda, el Cañón del Río Lobos es un lugar especial, un auténtico templo natural -parafraseando a mi buen amigo Lima- en el que siempre tiene uno la curiosa sensación de partir para volver, de ahí, posiblemente, el título de la presente entrada.
Quizás, también, aquél sábado del puente de San José no fuera el día más idóneo para intentar perderse en su inextricable belleza, ni tampoco intentar vislumbrar alguno de sus innumerables y milenarios misterios. Aunque, si he de ser totalmente sincero, ese sábado en particular, en mi mente no rondaba misterio alguno; ni siquiera pensaba en los 'frailes con espuelas' -parafraseando en ésta ocasión a Gustavo Adolfo Bécquer, quien, al parecer, no parecía sentir demasiada simpatía por los templarios- que en su momento fueron dueños y señores del lugar. Nada más fácil que todo eso, mi única intención, era la de relajarme, cargar baterías para continuar afrontando con optimismo una vida que últimamente me exige mucho más esfuerzo que de costumbre -sobre todo a nivel laboral- y que me mantiene activo demasiadas horas al día.
Siempre que accedo al Parque Natural, me acerco hasta la caseta del guarda y me detengo unos minutos a saludarle y a charlar con él.
A Juan Gonzalo Sanz, guarda del Parque, le debo -y es bueno ser humilde y agradecido en esta vida- mucha información, que en su momento supe aprovechar y mostrar en el presente blog. Gracias a él, no sin esfuerzo -y por esfuerzo, me refiero a las numerosas veces que tuve que ir y volverme a Madrid de vacío- pude acceder a las maravillas de la iglesia de San Juan Bautista, en Ucero, y recuperar parte de esa memoria histórica y prodigiosa que hace también grande este lugar. Por él, conocí las ruinas de la ermita de Villavieja y comencé a entrever la procedencia de ciertas imágenes y tradiciones que la gente de fuera ignora, pero que todos conocen en el pueblo. En fin, simplemente no quería dejar la oportunidad de que una persona de su valor y cualidades no tuviera un pequeño sitio en este blog, en donde también las personas cuentan, pues gracias a los consejos y la ayuda de muchas de ellas, he podido conocer un poquito más esta provincia de la que me confieso, por si alguna vez me olvido, estar enamorado.
También, como si formara parte de algún antiguo ritual, siempre que hablamos, le pregunto si está abierta la ermita. En ésta ocasión, Juan sonrió y me dijo que no, encogiéndose de hombros, añadiendo que no se sabía si este año la abrirían, porque se rumorea de que se pretende hacer unos trabajos de remodelación en su tejado, aunque cabe la posibilidad de que tanto el pueblo como el obispado, esperen a fin de temporada para hacerlo. Esto último, claro, es una opinión particular mía, teniendo en cuenta el éxito de años anteriores, y el dinero que -a 1 euro la entrada- dejarían de percibir.
Sea como sea, abierta o no la ermita de San Bartolomé, una visita a este lugar nunca deja a nadie indiferente. Y aunque no me relajara tanto como pretendía, nunca podré agradecer debidamente ese sonido maravilloso del agua que circula libre y alegremente; ni tampoco ese trino soberbio, claro y sugerente de la diversidad de aves que ya comienzan a celebrar la llegada de una primavera a la que el invierno no parece querer dejar definitivamente llegar.

02 Mar 2009

San Pedro Manrique: ruinas del convento templario de San Pedro el Viejo

Escrito por: juancar347 el 02 Mar 2009 - URL Permanente

Son visibles en la distancia, tanto si se viene desde Magaña -siguiendo la Ruta de los Torreones-, como si se accede a San Pedro Manrique atravesando el Puerto de Oncala, en lo que bien podría denominarse como los orígenes de otra interesante ruta: la de las icnitas o -¿por qué no?- la 'ruta del jurásico soriano'. Llegar hasta ellas, sin embargo, no es tarea fácil como pudiera pensarse a priori. Pero para el investigador interesado en los misterios de la provincia, y sobre todo para el buscador de indicios templarios en el lugar, los desafíos físicos son apenas intranscendentes. Lo duro, en realidad, viene después, cuando intenta aportar una visión más o menos coherente de las experiencias recibidas a través de lo que sus ojos previamente le han mostrado. Aquí, y dos kilómetros más adelante, en San Pedro Manrique, no se da la fortuna que se puede encontrar en la iglesia de San Lorenzo, en Yanguas, donde se custodian, conservados en un arca de hierro, un buen número de documentos relativos a la historia de la villa. No, en la cima de la empinada colina donde todavía, y acaso milagrosamente sobreviven los restos desahuciados de este asentamiento templario cuyos orígenes se remontan al siglo XII, la soledad, el olvido y el fuerte viento son celosos guardianes del secreto.
A mitad de colina, aproximadamente, un cercado de alambre hace pensar al osado investigador, que en ese punto termina su aventura. Nada más lejos de la realidad, si previamente ha solicitado la ayuda e información de los vecinos y éstos le han dicho, tal cuál, que 'hay una valla, pero puedes retirarla'.
Liberado provisionalmente de este obstáculo, y llegado a lo alto de la colina, uno se enfrenta, cara a cara, con un entorno infinito formado por sierras, llanos y quebradas, que se extiende, cuál barricadas naturales, a su alrededor.
El viento interviene entonces, azotando con saña los malheridos muros que aún quedan en pie del medieval cenobio, y durante un momento, sin duda influenciado por la aparente soledad del lugar, su sonido conlleva la singular propiedad de metamorfosearse hasta convertirse en el golpe seco sobre la dura superficie del terreno de los cascos de los caballos de unos monjes-guerreros que -si hemos de hacer caso a la tradición- dominaban el contorno desde tan estratégica posición.
No hay ningún rastro visible; ninguna cruz paté grabada en la piedra de los muros que aún permanecen en pie -como en el caso de la iglesia de San Martín de Tours, en la cercana población de Magaña- que denote, al menos de una forma más evidente, su presencia en el lugar.
Posiblemente, la mejor pista se encontrase en las pinturas que antaño decoraban el ábside; pinturas, por otra parte, que se han perdido irremediablemente, aunque todavía, no sin cierto esfuerzo, aún pueden distinguirse, en trazos de color rojo, los contornos de dos caballeros enfrentados, así como otros trazos de índole geométrica indeterminada.
Llama la atención, y mucho, constatar allí, perfectamente delimitado, la presencia de un oscuro, interesante símbolo, cuyos orígenes se remontan al Neolítico: el Indalo.
Por supuesto, y aunque pintado con esmero, se trata de un añadido; como los numerosos graffitis que, lejos de representar las entrañables 'iniciales que son nombres' de la poesía machadiana referente a los álamos del paseo que conduce a la ermita de San Saturio, denotan actos de cruel salvajismo, ni siquiera superado por el mejor aliado del abandono y el olvido: el tiempo.
Tampoco se puede decir que el lugar esté irremediablemente abandonado, pues como ocurrió en su momento con el extraordinario recinto del Monasterio de San Juan de Duero -de tal guisa lo conoció Gustavo Adolfo Bécquer-, los numerosos excrementos que se advierten en el suelo del ábside de San Pedro el Viejo -algunos recientes- denotan que el lugar es utilizado, con cierta asiduidad, para refugio del ganado.
De haber tenido gárgolas de terrible, demoniaco aspecto, la torre hubiera recordado -admito que se trata tan sólo de una impresión comparativa que tuve- la del homenaje del castillo de Ucero, emplazado, como no podía ser menos, también en un lugar vital y evidentemente estratégico: la entrada al Cañón del Río Lobos y, por consiguiente, a la ermita de San Bartolomé.
Fuera de lo que es el recinto del templo, se observan los restos de otra estructura, que bien hubiera podido servir como refectorio y dormitorio a los freires allí destinados. Pero de lo que no cabe duda, es de que el más absoluto de los misterios se cierne, pues, sobre estas ruinas que, posiblemente, y hasta hace algunos años, tuvieran todavía numerosas cosas que contar.

23 Jul 2008

Rutas del Temple en la provincia de Soria: Renieblas

Escrito por: juancar347 el 23 Jul 2008 - URL Permanente

10 Jul 2008

Sugerencias para el verano: la Magia de San Saturio

Escrito por: juancar347 el 10 Jul 2008 - URL Permanente

09 Jul 2008

Itinerarios culturales: Cañón del Río Lobos y ermita de San Bartolomé

Escrito por: juancar347 el 09 Jul 2008 - URL Permanente

08 Jul 2008

Itinerarios culturales: Monasterio de San Juan de Duero

Escrito por: juancar347 el 08 Jul 2008 - URL Permanente

'...entráse, luego, hasta el puente, y, antes de él, ancla en San Juan de Duero, con sus tapias húmedas de río, frente a la ermita de la Virgen y a la vista de la ciudad. ¡Ah, ya sabían los sanjuanistas del siglo XII lo que se hacían!. Como caballeros auténticos, eligieron lo mejor de la ribera y alzaron un monasterio donde comienzan las huertas, muy cerca del puente, y tan delicioso paraje que, si hubiera en el mundo algo mejor que la santería de San Saturio, no sería sino el abaciazgo románico de San Juan de Duero, merendando, como harían los sanjuanistas, un cordero asado en el claustro, a cinco metros del agua y de sus hierbas'.
['El santero de San Saturio', Juan Antonio Gaya Nuño, 1953 (1)]

Época de estío, de vacaciones y de alegres festividades, que nos empujan al movimiento y a la aventura. Época en la que los días, más largos, permiten un mayor aprovechamiento del tiempo. Con o sin crisis, la gente entra y sale. Muchos se desplazan hasta las playas del Levante, para abrazar al Mediterráneo y embadurnarse con el salitre de sus arenas; otros prefieren la belleza, el sosiego y la paz que proporciona la montaña. Algunos, sin embargo, desisten de una u otra alternativa y se quedan en su lugar de residencia, disfrutando de su merecida tregua laboral, haciendo desplazamientos cortos por las provincias vecinas. Aunque dedicada a todos, es precisamente a estos últimos a quienes van dirigidas las siguientes recomendaciones alternativas, por si fueran de su interés.

Soria, sin duda, es un lugar que ofrece múltiples perspectivas; y aunque le faltan costas y playas, de lo demás está ampliamente sobrada. Un lugar, que se podría definir, soñadoramente hablando, como situado 'lejos de ninguna parte y sin embargo, cerca de todas'; un lugar, que tiene el atractivo suficiente como para hacer que un recorrido, por corto que sea, a través de sus pueblos o simplemente por sus lugares más emblemáticos, se convierta en un viaje mágico, inolvidable y oportunamente cultural.
Éste, posiblemente, podría tener su mejor comienzo en la misma capital de la provincia, una vez cruzada la frontera de ese antiguo puente de piedra que separa la polis -donde se alternan pasado y presente con proyectos de futuro- de esa ribera natural donde el Duero -tal y como el providencial Nilo en Egipto- proporciona el agua y el limo necesarios para fertilizar una tierra ansiosa por mostrar su generosidad en forma de suculentos frutos.
Es precisamente aquí, en este lado privilegiado de la ribera, donde la magia aún existe y donde, como en los antiguos sortilegios de los cuentos que de niños leíamos con avidez, el tiempo, relativo, extraño y tremendamente caprichoso, después de todo, parece haberse detenido para siempre.
Ahora bien, la atención, como muestra el vídeo que ilustra la presente entrada, recae justo enfrente de ese misterioso Monte de las Ánimas de la leyenda becqueriana. Allí, en lo que en tiempos fue un monasterio -oficialmente, de monjes sanjuanistas u hospitalarios; románticamente, de freires milites o templarios- una tosca, antigua pared de piedra y adobe, oculta, como la roca en la entrada de la cueva de Alí Babá, un inconmensurable tesoro de belleza y precisión.
En efecto, una vez franqueada la austera puerta, resulta difícil no sustraerse a la hormigueante sensación que conlleva pensar que se ha traspasado el umbral a una dimensión oculta; una dimensión donde la matemática y la geometría se conjuran para hacer de la belleza todo un símbolo de inmortalidad, pues no en vano, tal maravilla fue creada -como bien dice el vídeo que se proyecta a los visitantes- para perdurar.
Como reliquia harto significativa de un tiempo de guerra, de oscuridad, y también de fe, la forma y distribución de sus arcos -famosos en el mundo entero, sin necesidad de haber sido expoliados y expuestos en la sección The Cloister's, en el Museo Metropolitano de Nueva York, como las malogradas pinturas de San Baudelio- consiguen un efecto subliminal, que conjura una alianza de civilizaciones, donde la corriente oriental, o mudéjar, se hermana sin censura con esa otra corriente occidental, o románica, creando un híbrido de perfección casi absoluta.
Resulta poco menos que imposible, pasear a través de ellos y no sentir ese magnetismo tan especial que emana de su distribución, dando sentido y valor a cada lado del rectángulo; no sentir, también, esa magia tan particular, convertida en práctica geometría que, cuál mandala oriental, invita al recogimiento, a la reflexión y a la búsqueda del conocimiento. En definitiva, a esa búsqueda de la perfección, que hacía posible una de las reglas más conocidas de la Tabla Esmeralda, atribuída a Hermes Trismegisto: 'tal como es arriba, así es abajo'.
Contemplar, pues, los arcos que conforman el claustro del monasterio de San Juan de Duero, es atisbar, de paso, una porción infinitesimalmente astronómica de ese Universo que apenas se comienza a comprender, y cuyas fundamentales, entre otras, son: proporción; equilibrio; medida; armonía y geometría.

(1) Extracto recogido de la guía de reciente creación 'Monasterio de San Juan de Duero: arquitectura e iconografía', Elías Terés Navarro/Carmen Jiménez Gil

07 Jul 2008

Itinerarios culturales: San Baudelio de Berlanga

Escrito por: juancar347 el 07 Jul 2008 - URL Permanente

'A media ladera, enterrada en parte, y a ocho kilómetros de Berlanga, está la modesta ermita de San Baudelio. Exteriormente se ven dos cuerpos rectangulares, cubiertos, en distintas alturas, por vulgares tejados. Los muros son mampostería, con ángulos y guarniciones de huecos, de sillarejo. Estos son: una puerta de arco de herradura con doble archivolta; una pequeña ventana con igual arco en el testero del cuerpo menor, y otra ventanita insignificante en el mayor. La orientación es de NE a SO; hacia aquel viento está la cabecera o ábside...'.

[De un artículo de José Garnelo, publicado en el Boletín de la Sociedad Española de Excursiones, Tomo XXXII, II Trimestre de 1924]

*******

Este párrafo forma parte de uno de los primeros estudios que se conocen, basados en la desconcertante, aunque maravillosa ermita mozárabe de San Baudelio de Berlanga. La obra, publicada en 1908, lleva por título 'Historia de la Arquitectura Cristiana Española en la Edad Media', y su autor D. Vicente Lampérez y Romea, arquitecto e historiador del Arte español y profesor de la Escuela Superior de Arquitectura de Madrid. En ella, se incluían, también, los dibujos originales realizados un año antes por D. Aníbal Alvarez, gracias a los cuales, disponemos de una genuina visión de época, de cómo era, en realidad, el tesoro que se ocultaba en su interior, antes del expolio acaecido un par de décadas después.

Porque resulta inevitable hablar de la ermita de San Baudelio de Berlanga, siquiera sea de pasada, sin decir que su historia moderna, es una historia de mezquindad; una historia de ignorancia, a la que hay que añadir un crespón de luto por la pérdida de una parte brillante de un Patrimonio artístico que incluso hoy día, y en muchos aspectos, no termina de protegerse y valorarse como debiera.

Modesta a primera vista, tal y como la describió el erudito D. Vicente en 1908, el cerro pelado sobre el que se asienta -antiguamente, un tupido bosque la cobijaba, salvaguardándola de la barbarie anexa a la Reconquista- es batido constantemente por un viento que a veces parece susurrar palabras de bienvenida en los oídos del visitante, y otras, con malhadada animadversión, despedirle destempladamente.

No obstante pasado por alto este detalle, y confiando en que lo sencillo no tiene por qué estar necesariamente en indisposición con lo bello, basta sólo con atravesar esa puerta mozárabe con forma de cerradura, para dejar escapar un suspiro de incontenida emoción al contemplar los restos que esa historia ingrata y mezquina a la que nos referíamos, no pudo malograr.

Es cierto que no se puede ver la entrada tirunfal de Jesús en Jerusalén, a excepción de la cabeza del asno sobre el que montaba, situada al frente, sobre los escalones de piedra que conducen al coro; ni el ángel y los soldados junto al sepulcro; tampoco la escena de las tres Marías, y algo más allá, a Jesus obrando el milagro de devolverle la vista a un ciego; ni la resurrección de Lázaro; ni las bodas de Canaán, o las tentaciones de Jesús en el desierto...

Entonces, se preguntará más de uno y no sin razón, ¿qué es lo que se puede ver?.

Pues bien, se puede ver, nada más entrar, una maravillosa palmera -poco menos que única en su género- que, como pilar central, como nexo de unión entre el cielo y la tierra, sustenta el techo de la ermita, valiéndose de sus brazos extendidos, sobre los que aún se ven rastros de esa pintura original que hace siglos los embelleció, dotándolos de una mística significativa.

Así mismo, verá una pequeña mezquitilla a su derecha, por debajo del coro, envuelta siempre -cuál sagrada isla de Avalón- entre claroscuros de luz. Allá al fondo, en uno de los rincones, divisará una estrecha abertura, cuadrada, de cuyo interior apenas vislumbrará nada, si no está provisto de una linterna. Se trata del acceso a las cuevas que, como una matriz, se extienden por debajo de la ermita y que en tiempos albergaron a hombres santos que gestaron un acercamiento a Dios, sumidos voluntariamente en el retiro y la oración.

Incluso el visitante amante de las bendiciones, aún podrá franquear el umbral del ábside, y arrodillarse humildemente frente al pequeño altar de piedra; allí, el propio San Baudelio -mártir francés del siglo IV, que se supone nacido cerca de Orleáns- un hombre de aspecto anciano, aunque saludable, de cabello y barba blancos, no tendrá inconveniente alguno en satisfacer su deseo, mientras los primeros rayos del sol -si accede temprano a la ermita- se cuelan alegremente a través de la pequeña ventana, iluminando esa hermosa alegoría del Espíritu Santa, representada en forma de paloma.

Quizás después de recibir la bendición del santo, y de vuelta otra vez al recinto principal, eche un nuevo vistazo a la palmera y se percate, intrigado, del reducido habitáculo que se oculta entre sus ramas. Resulta más que posible, entonces, que motivado por la curiosidad, se acerque hasta la entrada e intente sonsacar alguna información del guarda, que previamente le ha preguntado a qué Comunidad Autónoma pertenece. Y posiblemente, sólo digo posiblemente, no quede satisfecho cuando éste le diga que servía para ocultarse...

En fin, son tantos los matices, los misterios e interrogantes que conlleva una visita a la ermita mozárabe de San Baudelio de Berlanga, que enumerarlos todos e intentar comentarlos, restaría una parte importante de esa magia, de ese hechizo tan especial, que consigue que todo aquél que va una vez, aproveche cualquier otra ocasión que se tercie para volver.

03 Jul 2008

Castillos de Soria: Caracena, segunda parte

Escrito por: juancar347 el 03 Jul 2008 - URL Permanente

03 Jun 2008

Pueblos con encanto: Caracena

Escrito por: juancar347 el 03 Jun 2008 - URL Permanente

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