28 May 2009
La Fuentona de Muriel de la Fuente
Hay lugares que invitan a soñar; lugares en los que uno puede perderse libremente, teniendo la genuina sensación de estar en otro mundo. Muchas civilizaciones antiguas consideraban que este tipo de lugares -y en particular los lagos- eran una especie de 'ojos' por los que los dioses del inframundo observaban y vigilaban a los hombres.
Lugares especiales, no ya envueltos por el pragmático magnetismo de una belleza intrínseca, casi sobrenatural, que resulta evidente al primer vistazo; sino por ese halo de insondable misterio que los rodea. Lugares, por tanto, donde se generan los mitos y se moldean las leyendas. La Fuentona, estoy completamente seguro, es uno de ellos.
Si bien el cromatismo de sus aguas es tan prodigioso que inmediatamente seduce, la verdadera seducción se encuentra, no obstante, en esa dimensión oculta constituída por una intrínseca red interior de arterias que parten de un corazón que todavía no ha sido encontrado. No en vano, apenas dichas arterias han sido exploradas, aunque aún así, y a tenor de las imágenes mostradas por el equipo de Al filo de lo imposible, dejan entrever un mundo realmente alucinante; especialistas en espeleo-buceo y autoridades se han puesto de acuerdo en señalar el peligro que existe en sumergirse y adentrarse en ellas, por lo que se hace necesaria la concesión de un permiso especial.
Lo que podríamos denominar como el cráter natural desde el que mana el río Abión, ascendiendo a la superficie desde su ignota cuna acuífera y subterránea, se encuentra rodeado de bosque -más o menos espeso- a un lado, y de los escarpados desfiladeros llenos de lajas y cantos rodados del cañón por el que discurre, al otro. Sobre éste, planeando en el cielo con majestuosa elegancia -como no podía ser menos, para hacer honor a su nombre- el águila real otea el horizonte, sobrevolando en círculos la Fuentona, aunque lo suficientemente lejos de su ojo como para que su elegante silueta se refleje en las cristalinas aguas.
Abundantes en la provincia, las rapaces son todo un símbolo. Posiblemente por ello, y por su alto nivel en la evolución de su especie, sean justas acreedoras a un rico y variado simbolismo y por eso figuren en numerosos escudos nobiliarios.
Hay momentos en los que la ensoñación se rompe con el salto impetuoso y por sorpresa de una trucha que intenta atrapar en vuelo su alimento; pero una décima de segundo después, el único rastro de su presencia son las ondas producidas en la superficie del agua cuando vuelve a sumergirse.
Las sorpresas continúan. Tan repentina como el inesperado salto de la trucha -o quizás más, incluso- una espesa cortina de humo blanco surge algunos metros más allá. El humo no tarda en evaporarse, uniéndose alquímicamente con el aire. Alejo, pues, de mis pensamientos la posibilidad de un incendio y pienso en otra de las características inherentes a la Fuentona: la probable existencia de chimeneas subterráneas por donde la Madre Tierra expulsa el calor de sus entrañas. Aunque no en fotos, el acontecimiento, sin embargo, queda felizmente recogido en vídeo.
Minutos después, y con la decepción inherente de no poder contemplar una nueva fumarola, la gente comienza a invadir el lugar. Sus siluetas quedan fielmente reflejadas en el espejo del agua mientras una mujer, sorprendida como yo por el salto sorpresivo de una rana, me saca una foto a petición propia que me recuerde que ese día y a una hora determinada, los dioses y yo nos hemos mirado un instante a la cara.
31 Mar 2009
Retorno a Río Lobos
Sin duda, el Cañón del Río Lobos es un lugar especial, un auténtico templo natural -parafraseando a mi buen amigo Lima- en el que siempre tiene uno la curiosa sensación de partir para volver, de ahí, posiblemente, el título de la presente entrada.
Quizás, también, aquél sábado del puente de San José no fuera el día más idóneo para intentar perderse en su inextricable belleza, ni tampoco intentar vislumbrar alguno de sus innumerables y milenarios misterios. Aunque, si he de ser totalmente sincero, ese sábado en particular, en mi mente no rondaba misterio alguno; ni siquiera pensaba en los 'frailes con espuelas' -parafraseando en ésta ocasión a Gustavo Adolfo Bécquer, quien, al parecer, no parecía sentir demasiada simpatía por los templarios- que en su momento fueron dueños y señores del lugar. Nada más fácil que todo eso, mi única intención, era la de relajarme, cargar baterías para continuar afrontando con optimismo una vida que últimamente me exige mucho más esfuerzo que de costumbre -sobre todo a nivel laboral- y que me mantiene activo demasiadas horas al día.
Siempre que accedo al Parque Natural, me acerco hasta la caseta del guarda y me detengo unos minutos a saludarle y a charlar con él.
A Juan Gonzalo Sanz, guarda del Parque, le debo -y es bueno ser humilde y agradecido en esta vida- mucha información, que en su momento supe aprovechar y mostrar en el presente blog. Gracias a él, no sin esfuerzo -y por esfuerzo, me refiero a las numerosas veces que tuve que ir y volverme a Madrid de vacío- pude acceder a las maravillas de la iglesia de San Juan Bautista, en Ucero, y recuperar parte de esa memoria histórica y prodigiosa que hace también grande este lugar. Por él, conocí las ruinas de la ermita de Villavieja y comencé a entrever la procedencia de ciertas imágenes y tradiciones que la gente de fuera ignora, pero que todos conocen en el pueblo. En fin, simplemente no quería dejar la oportunidad de que una persona de su valor y cualidades no tuviera un pequeño sitio en este blog, en donde también las personas cuentan, pues gracias a los consejos y la ayuda de muchas de ellas, he podido conocer un poquito más esta provincia de la que me confieso, por si alguna vez me olvido, estar enamorado.
También, como si formara parte de algún antiguo ritual, siempre que hablamos, le pregunto si está abierta la ermita. En ésta ocasión, Juan sonrió y me dijo que no, encogiéndose de hombros, añadiendo que no se sabía si este año la abrirían, porque se rumorea de que se pretende hacer unos trabajos de remodelación en su tejado, aunque cabe la posibilidad de que tanto el pueblo como el obispado, esperen a fin de temporada para hacerlo. Esto último, claro, es una opinión particular mía, teniendo en cuenta el éxito de años anteriores, y el dinero que -a 1 euro la entrada- dejarían de percibir.
Sea como sea, abierta o no la ermita de San Bartolomé, una visita a este lugar nunca deja a nadie indiferente. Y aunque no me relajara tanto como pretendía, nunca podré agradecer debidamente ese sonido maravilloso del agua que circula libre y alegremente; ni tampoco ese trino soberbio, claro y sugerente de la diversidad de aves que ya comienzan a celebrar la llegada de una primavera a la que el invierno no parece querer dejar definitivamente llegar.
02 Mar 2009
San Pedro Manrique: ruinas del convento templario de San Pedro el Viejo
23 Jul 2008
10 Jul 2008
09 Jul 2008
08 Jul 2008
Itinerarios culturales: Monasterio de San Juan de Duero
Época de estío, de vacaciones y de alegres festividades, que nos empujan al movimiento y a la aventura. Época en la que los días, más largos, permiten un mayor aprovechamiento del tiempo. Con o sin crisis, la gente entra y sale. Muchos se desplazan hasta las playas del Levante, para abrazar al Mediterráneo y embadurnarse con el salitre de sus arenas; otros prefieren la belleza, el sosiego y la paz que proporciona la montaña. Algunos, sin embargo, desisten de una u otra alternativa y se quedan en su lugar de residencia, disfrutando de su merecida tregua laboral, haciendo desplazamientos cortos por las provincias vecinas. Aunque dedicada a todos, es precisamente a estos últimos a quienes van dirigidas las siguientes recomendaciones alternativas, por si fueran de su interés.
(1) Extracto recogido de la guía de reciente creación 'Monasterio de San Juan de Duero: arquitectura e iconografía', Elías Terés Navarro/Carmen Jiménez Gil
07 Jul 2008
Itinerarios culturales: San Baudelio de Berlanga
[De un artículo de José Garnelo, publicado en el Boletín de la Sociedad Española de Excursiones, Tomo XXXII, II Trimestre de 1924]
Este párrafo forma parte de uno de los primeros estudios que se conocen, basados en la desconcertante, aunque maravillosa ermita mozárabe de San Baudelio de Berlanga. La obra, publicada en 1908, lleva por título 'Historia de la Arquitectura Cristiana Española en la Edad Media', y su autor D. Vicente Lampérez y Romea, arquitecto e historiador del Arte español y profesor de la Escuela Superior de Arquitectura de Madrid. En ella, se incluían, también, los dibujos originales realizados un año antes por D. Aníbal Alvarez, gracias a los cuales, disponemos de una genuina visión de época, de cómo era, en realidad, el tesoro que se ocultaba en su interior, antes del expolio acaecido un par de décadas después.
Porque resulta inevitable hablar de la ermita de San Baudelio de Berlanga, siquiera sea de pasada, sin decir que su historia moderna, es una historia de mezquindad; una historia de ignorancia, a la que hay que añadir un crespón de luto por la pérdida de una parte brillante de un Patrimonio artístico que incluso hoy día, y en muchos aspectos, no termina de protegerse y valorarse como debiera.
Modesta a primera vista, tal y como la describió el erudito D. Vicente en 1908, el cerro pelado sobre el que se asienta -antiguamente, un tupido bosque la cobijaba, salvaguardándola de la barbarie anexa a la Reconquista- es batido constantemente por un viento que a veces parece susurrar palabras de bienvenida en los oídos del visitante, y otras, con malhadada animadversión, despedirle destempladamente.
No obstante pasado por alto este detalle, y confiando en que lo sencillo no tiene por qué estar necesariamente en indisposición con lo bello, basta sólo con atravesar esa puerta mozárabe con forma de cerradura, para dejar escapar un suspiro de incontenida emoción al contemplar los restos que esa historia ingrata y mezquina a la que nos referíamos, no pudo malograr.
Es cierto que no se puede ver la entrada tirunfal de Jesús en Jerusalén, a excepción de la cabeza del asno sobre el que montaba, situada al frente, sobre los escalones de piedra que conducen al coro; ni el ángel y los soldados junto al sepulcro; tampoco la escena de las tres Marías, y algo más allá, a Jesus obrando el milagro de devolverle la vista a un ciego; ni la resurrección de Lázaro; ni las bodas de Canaán, o las tentaciones de Jesús en el desierto...
Entonces, se preguntará más de uno y no sin razón, ¿qué es lo que se puede ver?.
Pues bien, se puede ver, nada más entrar, una maravillosa palmera -poco menos que única en su género- que, como pilar central, como nexo de unión entre el cielo y la tierra, sustenta el techo de la ermita, valiéndose de sus brazos extendidos, sobre los que aún se ven rastros de esa pintura original que hace siglos los embelleció, dotándolos de una mística significativa.
Así mismo, verá una pequeña mezquitilla a su derecha, por debajo del coro, envuelta siempre -cuál sagrada isla de Avalón- entre claroscuros de luz. Allá al fondo, en uno de los rincones, divisará una estrecha abertura, cuadrada, de cuyo interior apenas vislumbrará nada, si no está provisto de una linterna. Se trata del acceso a las cuevas que, como una matriz, se extienden por debajo de la ermita y que en tiempos albergaron a hombres santos que gestaron un acercamiento a Dios, sumidos voluntariamente en el retiro y la oración.
Incluso el visitante amante de las bendiciones, aún podrá franquear el umbral del ábside, y arrodillarse humildemente frente al pequeño altar de piedra; allí, el propio San Baudelio -mártir francés del siglo IV, que se supone nacido cerca de Orleáns- un hombre de aspecto anciano, aunque saludable, de cabello y barba blancos, no tendrá inconveniente alguno en satisfacer su deseo, mientras los primeros rayos del sol -si accede temprano a la ermita- se cuelan alegremente a través de la pequeña ventana, iluminando esa hermosa alegoría del Espíritu Santa, representada en forma de paloma.
Quizás después de recibir la bendición del santo, y de vuelta otra vez al recinto principal, eche un nuevo vistazo a la palmera y se percate, intrigado, del reducido habitáculo que se oculta entre sus ramas. Resulta más que posible, entonces, que motivado por la curiosidad, se acerque hasta la entrada e intente sonsacar alguna información del guarda, que previamente le ha preguntado a qué Comunidad Autónoma pertenece. Y posiblemente, sólo digo posiblemente, no quede satisfecho cuando éste le diga que servía para ocultarse...
En fin, son tantos los matices, los misterios e interrogantes que conlleva una visita a la ermita mozárabe de San Baudelio de Berlanga, que enumerarlos todos e intentar comentarlos, restaría una parte importante de esa magia, de ese hechizo tan especial, que consigue que todo aquél que va una vez, aproveche cualquier otra ocasión que se tercie para volver.
03 Jul 2008
03 Jun 2008
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