Hay 14 artículos con el tag templarios en el blog Soria se hace camino al andar. Otros artículos en La Comunidad clasificados con templarios

01 Abr 2008

Soria en imágenes: Ucero, el castillo de los Templarios

Escrito por: juancar347 el 01 Abr 2008 - URL Permanente

29 Ene 2008

La Ribera Mágica del Duero

Escrito por: juancar347 el 29 Ene 2008 - URL Permanente

'He vuelto a ver los álamos dorados,
álamos del camino en la ribera
del Duero, entre San Polo y San Saturio,
tras las murallas viejas
de Soria -barbacana
hacia Aragón, en castellana tierra-'.
[Antonio Machado]
'¡Manrique!. ¡Manrique!', creo escuchar las voces angustiadas de aquellos que buscan al joven enamorado, que se ahogó en las aguas del Duero persiguiendo un rayo de luna, apenas unos metros más allá de la puerta de lo que en tiempos fue el antiguo monasterio templario de San Polo y hoy es propiedad privada.
Es muy temprano y la escarcha, obstinada, se niega a desaparecer. Aún así, allá arriba, en la distancia, a mitad de camino hacia la ermita de San Saturio, creo distinguir la silueta -abrigo largo hasta las rodillas, sombrero calado hasta las orejas y las manos en los bolsillos- de don Antonio, leyendo curioso las iniciales que docenas, cientos de enamorados han dejado grabadas en las cortezas de los árboles, y el tiempo aún conserva, como un suspiro de eternidad que, de igual manera que la escarcha, se niega también a desaparecer.
Cuando arribo a las puertas del santuario, dejando el coche aparcado enfrente de la placa que recuerda al Maestro, una ligera neblina se eleva desde la ribera, y pienso que es el vaho de los suspiros del viejo y aterido Duero, que sueña con la llegada de la primavera esperando impaciente el momento de despertar con fuerza y alegría, en su eterno peregrinaje hacia el mar.
Observo complacido el octogono que se levanta orgulloso sobre la pared de roca viva, y me parece hermoso, aún a pesar de recordar los comentarios despectivos de Gustavo Adolfo Bécquer y su particular aversión a las construcciones barrocas de 'estilo churrigueresco', que se pusieron tan de moda en la época.
Hay quien asevera que en la roca, aproximadamente por la zona donde se encuentra situada 'la ventana del milagro', la piedra se ha moldeado a sí misma, reproduciendo la cara del santo, en una efigie muy parecida a la del busto que recibe al visitante desde su pedestal en la sala conocida como el Cabildo de los Heros. Fantasía o realidad, quien recorre los vericuetos anexos a San Saturio, no puede evitar pensar que allí -por increíble que parezca- cualquier cosa es posible. Incluso observar un grupo de águilas, estáticas en el cielo, formando una cruz, señal que, como esa estrella misteriosa que en su día alumbró el lugar de nacimiento de Jesús de Nazareth, sirvió como preludio a una nueva era de esperanza para la Humanidad, basada en la igualdad.
El silencio, después de todo, impone, siendo a veces interrumpido por el repentino aleteo de algún pájaro desperezándose en las ramas de un árbol cercano; posiblemente en aquél donde la desconfiada ardilla tiene su casa y de donde parte y a donde regresa todas las mañanas para hacer su requisa de bayas y piñones, tan abundantes en el lugar.
Abandono San Saturio, así como la paz que se respira alrededor del santuario, con la curiosa sensación de que olvido algo; con un incomprensible sentimiento de partir para volver -como la ardilla- mientras los primeros rayos del sol tiñen de ocre las aguas del río, cuya superficie, lisa como el marco de un cristal, hace buenas las enseñanzas de Hermes Trismegisto en cuanto a la similitud entre lo que hay arriba y lo que hay abajo.
Por el camino de regreso, me cruzo con devotas que madrugan portando rogativas al santo, y por el gesto de determinación que denotan sus rostros, imagino que, de igual manera que esas vírgenes románicas que tenían fama de milagreras, y por tanto, de escuchar los ruegos de los fieles en el lugar más sagrado de su santuario, durante los siglos XII y XIII, San Saturio también las escuchará, no decepcionándolas en absoluto, porque por algo es su Santo Patrón.
De regreso a la ciudad, entreveo un cartel -semioculto entre la hojarasca- que recuerda el hermanamiento de Soria con la ciudad francesa de Coullioure, lugar de exilio de don Antonio, cuyos restos mortales reposan para siempre en su pequeño cementerio, muy lejos de los álamos y las riberas del río que tanto amó.
En dirección a los Arcos de San Juan, mientras espero que el semáforo que delimita el paso del viejo puente se ponga en verde, observo con curiosidad la tienda de artesanía soriana de la esquina, cuyas paredes, de un blanco inmaculado, me traen a la memoria otros versos del Maestro, a los que un día pusiera música Joan Manuel Serrat, mientras España permanecía poco menos que aislada del resto de Europa y él le cantaba a un pueblo blanco.
Cuando llego a la pequeña explanada situada junto a la entrada al monasterio, no dejo de observar el lugar -esquinado, para más señas- en el que un chopo herido laguidece como el corazón de los famosos versos de Verlaine, que sirvieron como preludio al desembarco Aliado en Normandía. A su alrededor, maullando lastimeramente, una docena de gatos esperan ansiosos la llegada del guarda y su bolsa repleta de mendrugos de pan y restos de comida, sobre los que se lanzarán con inusitada avidez. Es la eterna, cruel estrofa del mundo, capaz de romper ese débil cordón de plata que une el mundo de los sueños con la realidad y hacerte sentir, en el fondo, afortunado de no compartir el destino de otros muchos que, como los gatos, elevan cada día las manos al cielo solicitando el milagro de su mendrugo de pan.
Dentro del mundo de los sueños, soy de la opinión de que siempre existe un lugar para la magia; el tiempo pasa, pero la magia permanece, como lo demuestra la piedra que -independientemente de su originalidad o identidad histórica- permanece impasible a modo de felpudo, junto a la entrada de la tienda de artesanía soriana. Cuando te acercas, ves el simbolismo en todo su esplendor: una cruz de ocho beatitudes; dos caballeros cabalgando sobre el mismo caballo; los graffitis de Chinon...Las referencias son tan evidentes, que cuando pienso en la palabra Temple, a la magia del momento y del lugar, se añade una nueva y escurridiza circunstancia: la leyenda.
Soria es, sin duda, tierra de leyendas; de grandes gestas que han llegado hasta nosotros envueltas por el halo del misterio que marcó frontera entre dos mundos completamente opuestos -al igual que hoy en día-, pero que, curiosamente, defendían la omnipresencia de un único y verdadero Dios: el cristiano y el musulmán.
Tierra de eremitas; de cultos marianos; de grandes acontecimientos envueltos en el más impenetrable de los misterios; y cómo no, lugar de tradición y de milagros.
Sin dejar de darle vueltas a todo ello, me encamino por segunda vez consecutiva hacia el monasterio, con la sombra de la cruz paté pisándome los talones y la curiosa sensación de haber penetrado en otro mundo.
Dicen que son de estilo mudéjar y atribuyen su diseño y construcción a los caballeros de la Orden del Hospital de San Juan de Jerusalén. Pero los rayos del sol que se cuelan a través de sus arcos, me indican que, lejos de ser relevante esta cuestión, importa más qué tipo de gracia iluminó a aquellos hombres que, buscando la perfección de Dios, no cometieron la torpeza de dejar nada al azar, aunque sí dejaron grabado el testimonio de su sabiduría, en unas piedras que sus manos moldearon como barro. Tal detalle, sin duda, me trae a la memoria retazos de la leyenda mágica del Golem. Pero lejos de crear un monstruo descontrolado, los maestros canteros que levantaron el monasterio de San Juan de Duero crearon, con toda probabilidad, ún vínculo entre el cielo y la tierra; una vía de comunicación diseñada para perdurar...
La Magia, pues, es algo manifiesto a este lado de la ribera del Duero. Algo sutil, genuino y tangible, que llega a apoderarse del alma del visitante. Y tal y como describía en su excelente ensayo Mircea Eliade, uno no deja de experimentar, paseando por ella, el mito del eterno retorno.

17 Ene 2008

Arcos de San Juan de Duero: Magia y Esplendor

Escrito por: juancar347 el 17 Ene 2008 - URL Permanente

Curiosamente, a lo largo de mis viajes, tanto por la provincia, como por otras provincias que hacen frontera con Soria -como es el caso de Segovia y el altar que se encuentra en la sala de armas de la Veracruz- he podido encontrar suficientes referencias que me han traído inmediatamente a la memoria un nombre: San Juan de Duero.
Estoy seguro de que quien visita este milenario monasterio por primera vez, queda inmediatamente hechizado por su magia y su belleza; su perfección y su sobrenatural encanto, no dejando de maravillarse con la multitud de detalles que le llamarán la atención en el transcurso de su contemplación.
Poco o nada importa, en mi opinión, la eterna controversia que enfrenta a partidarios de Hospitalarios y Templarios en cuanto a la autoría de su ejecución y construcción.
Tampoco importa el hecho en sí, de que una vez sus ruinas estuvieran ocupadas por gitanos o que los ganaderos de los alrededores las aprovecharan para guardar el ganado y sus aperos de labranza, ante la indiferencia de las autoridades de la época, completamente inconscientes del daño que estaban consintiendo.
Importa el hecho -feliz acontecimiento- de que éstas, por fin, comprendieran su importancia, lo restauraran y convirtieran en Monumento Histórico-Artístico, brindando la oportunidad de que todo el mundo pudiera acceder con libertad y dejarse hechizar por la magia -convertida en matemática pura- de su diseño.
Porque San Juan de Duero, en el fondo, representa precisamente eso: el pensamiento mágico de una época considerada, generalmente, como oscura y salvaje, convertida en pura Ciencia. Matemática, Geometría y Astronomía, conforman, sin duda, las disciplinas que convierten esa pequeña parcela aledaña a la orilla del Duero, en un lugar único y privilegiado.
Entre la maravillosa factura de sus arcos, varios son los escritores que se dieron de bruces con la Diosa Inspiración, y cuyas historias, no por terribles, dejan de tener un considerable encanto, siquiera subyaciendo éste en el más puro romanticismo.
Tal es el caso, naturalmente, de Gustavo Adolfo Bécquer y su estremecedora leyenda 'El Monte de las Ánimas'. Dicho monte existe, en realidad, y hasta es posible que en la Noche de Difuntos la niebla, con las formas caprichosas que adopta en ocasiones, ayude a confundir sus jirones con las mortajas que ocultan los despojos de aquellos monjes guerreros que, siempre según la leyenda, murieron en una absurda y terrible carnicería.
Más romántico, incluso, será aquél que entre dichos jirones, vea el alma atormentada de Beatriz, vagando eternamente por haber inducido a su enamorado a encontrar una muerte horrible.
Pero serán muchos más los que hablarán de San Juan de Duero desde el fondo de su corazón, sin duda atrapados para siempre por los barrotes invisibles de esa cárcel de belleza que los maestros canteros medievales dejaron para la posteridad.
Lo repito y lo afirmaré siempre: nunca me canso de volver a los Arcos de San Juan.

15 Ene 2008

¿Una enigmática piedra templaria?

Escrito por: juancar347 el 15 Ene 2008 - URL Permanente

Año 1118, Tierra Santa. Jerusalén es un hervidero, donde se aglutinan toda clase de hombres llegados desde todos los rincones de Europa. Abundan los peregrinos, gente cuya meta es alcanzar los sagrados lugares donde nació, vivió, predicó y murió Jesús de Nazareth. En ese año, nueve soñadores, nueve hombres pertenecientes a las más nobles familias de Francia -uno de ellos incluso emparentado con Bernardo de Claraval, abad de Citeaux, y tras su muerte elevado a la categoría de santo- se presentan en la corte y solicitan audiencia con el rey. Bien por credenciales, bien por aburrimiento o quizás porque son portadores de 'noticias frescas', el rey Balduino los recibe. Hugo de Payns, el portavoz del grupo, le expone los pormenores de su misión: proteger y defender a los peregrinos...
La historia no cuenta si Balduino se tomó a broma aquélla brava, suicida proposición. Sí cuenta, sin embargo, que les cede lo que en tiempos bíblicos constituyeron los establos anexos al Templo de Salomón. Los nueve caballeros se instalan, dedicando su tiempo a misteriosas excavaciones y búsquedas, fundando la Orden de los Pobres Caballeros del Templo de Salomón, posteriormente conocidos, de manera más popular, como caballeros templarios. Para dar testimonio de sus votos de pobreza, entre otros sellos y símbolos, utilizan uno en particular, que con el tiempo, y en vista de su meteórica trayectoria, parece una incongruencia: dos caballeros montando sobre un mismo caballo. Aquí comienza la leyenda...
*******
Soria, proximidades del monasterio de San Juan de Duero -también conocido como 'los Arcos de San Juan'- 12 de enero de 2008. Han pasado casi mil años desde aquélla histórica fecha y las huellas de los caballeros del Temple aún continúan vigentes, como si ese milenio, ese lapsus insondable de tiempo, no tuviese importancia alguna.
Aunque me interesa, y mucho el tema, reconozco que no pienso en absoluto en ello, mientras, helado de frío, espero pacientemente a que se abran las puertas de acceso al mítico y poco menos que milenario monasterio, frente a cuya magia no me importa confesar el hecho de que no me canso volver siempre que tengo ocasión. Curiosamente, mis planes de ruta e investigación para ese sábado eran otros, quedando en la práctica más cerca de la hermosa ciudad de Berlanga de Duero, que de la capital de la provincia, siempre vestida de gala cuando de recordar a su insigne poeta se trata. Que nadie se asuste; desde luego, no hablo de mí.
En efecto, mi objetivo, en ésta ocasión, era Andaluz, un pueblecito de apenas una veintena de habitantes -posiblemente muchos menos en invierno-, cabeza de partido, por más señas, y que en tiempos tuvo una importancia histórica y estratégica extraordinaria.
Lo decidí sobre la marcha, siendo apenas las ocho y media de la mañana, mientras tomaba café en un bar de Medinaceli, pensando que no iba a terminar de amanecer nunca. Alguien -algún afortunado, supongo, porque cuando me acerqué a la gasolinera a repostar y adquirir un ejemplar, el repartidor aún no había llegado con los periódicos- había dejado un ejemplar de 'El Heraldo de Soria' encima de una mesa, y no pude evitar fijarme en el titular, que en letras grandes y resaltadas en negrita, decía lo siguiente:
'Sorianos y turistas, creen que el románico es el mejor reclamo de la provincia'
No podía estar más de acuerdo, en principio. No me hacía ninguna falta ver cualquier episodio de la serie 'Las claves del románico', presentada por Peridis, para saber que el románico y Soria constituían un matrimonio tan bien avenido, que parecían haber nacido el uno para la otra. De hecho, en San Esteban de Gormaz se encuentra la iglesia románica de San Miguel, considerada, si no la más antigua, al menos de las más antiguas y por lo tanto pioneras de este peculiar estilo en la Península.
Pero Soria es algo más que románico e Historia. Es un espacio natural afortunado e inigualable; una tierra de ricos y variados contrastes; de raíces profundamente arraigadas, cuya escasez de población -la emigración interior sigue siendo un problema de primer orden, por desgracia- pone de relevancia, bajo mi punto de vista, una incomprensible carencia de inversión y medios que consoliden un crecimiento que sin duda merece y añora...
Cansado, por otra parte, de escuchar el lamento de los gatos que poco a poco iban concentrándose alrededor del centenario chopo de la entrada, y sin duda, aún más aterido de frío al observar la escarcha que pintaba de blanco las laderas del Monte de las Ánimas, encaminé mis pasos hacia el viejo puente de piedra que se levanta impasible sobre el Duero, desde cuya estructura saqué algunas fotografías, aprovechando las hermosas vistas: la iglesia de Nª Sª del Mirón, elevándose como un baluarte por encima de la colina situada enfrente del monasterio; el Parador Nacional 'Antonio Machado', erguido también sobre otra colina, sus muros reflejándose como en el espejo que conforman las aguas del río a su paso por aquélla otra ribera; el curso del Duero, quebrándose como el cuerpo de una serpiente en dirección a la sacro-santa ermita de San Saturio, el querido Patrón...
Desanduve tranquilamente el camino, y todavía haciendo tiempo para volver a acercarme hasta la puerta de entrada y probar suerte de nuevo, decidí echar un vistazo al escaparate de la tienda de artesanía soriana que había en la esquina.
A medida que me acercaba, algo, una piedra, de proporciones y peso considerables a juzgar por su aspecto, comenzó a captar toda mi atención. Evidentemente, ésta fue aún mayor, cuando comencé a captar, en su auténtica dimensión, los detalles que, cincelados con maestría en sus lados, comenzaron a poner alas a mi imaginación.
Allí había, sin lugar a dudas, tantas referencias templarias que, una vez recuperado de la primera impresión, me asaltó, sin duda, un curioso sentimiento de incredulidad.
En efecto. Hermoso en su diseño y con una claridad meridiana, se podía admirar, en todo su esplendor, un fabuloso caballo sobre el que cabalgaban dos jinetes perfectamente hermanados. Una cruz de ocho beatitudes; cruz que, por otra parte -aunque de utilización más común entre los miembros de la Orden del Hospital de San Juan de Jerusalén- también era utilizada por la Orden del Temple.
También se podía apreciar una marca de cantería que, aunque más desgastada que el resto del conjunto, pudiera haber representado, en sus orígenes, una estrella de cinco puntas o pentalfa. Y por último, en otro de sus lados, desafiando la imaginación -haciendo que ésta se remontara a los curiosos graffitis que los templarios prisioneros dejaron en las paredes de sus celdas en el castillo de Chinon (1)- una especie de tablero rectangular, perfectamente parcelado en secciones, que constituía, desde luego, todo un enigma y que me trajo inmediatamente a la memoria, la interpretación de numerosos autores, que veían en él un mapa en clave.
Tan perfecta conservación, no obstante, me resultaba inaudita. Por supuesto, la primera impresión que tuve -romántica, por más señas era que quizás aquélla maravillosa piedra hubiera pertenecido, en un momento indeterminado de la Historia, al cercano monasterio templario de San Polo. Aunque, de todos es conocido el tremendo expolio que han sufrido iglesias y ruinas antiguas, cuyas piedras han sido posteriormente reutilizadas o expuestas en casas particulares como motivo decorativo.
Después, la duda comenzó a hacer acto de presencia, desbaratando por unos momentos la ilusión de lo que a priori, supuse todo un hallazgo. ¿No sería de factura moderna y la tenían allí, delante de la puerta de la tienda, como reclamo?.
Ante la imposibilidad de poder preguntarles al respecto, dado que ni incluso a las once de la mañana y finalizada mi breve visita a San Juan de Duero, la tienda de artesanía había abierto sus puertas al público, continué renuente mi viaje, repitiéndome mentalmente que ya tenía otro motivo para volver.
Curiosamente, con este pensamiento se solarizaba la eterna y conocida frase de uno de los inmortales personajes del dramaturgo inglés William Shakespeare; como Hamlet, aún no he dejado de preguntarme: ¿ser o no ser?. ¿Se trata de algo original o es simplemente una buena imitación?. Supongo que algún se sabrá. De momento, no obstante, queda pendiente.
(1) Resulta fácil encontrarlo en numerosas iglesias románicas, no sólo de la provincia de Soria, como puede ser San Bartolomé, por poner un ejemplo, sino también en la provincia de Segovia: Duratón, Perorrubio...

28 Dic 2007

Crónica de una visita a El Burgo de Osma y el entorno de su catedral

Escrito por: juancar347 el 28 Dic 2007 - URL Permanente

A pesar de los esfuerzos del sol, que se elevaba, pálido pero con ganas de despuntar por encima del horizonte, la escarcha, obstinada, se aferraba al entorno que rodea a la catedral, con idéntica ferocidad a como una manada de lobos hambrienta lo haría sobre su presa. Tuve el primer atisbo del frío polar que hacía, cuando cruzaba por el puente que se levanta sobre el río Ucero y observé el hielo en que se había convertido el agua de ésta arteria fluvial, cuyo nacimiento se encontraba, aproximadamente, a unos 15 kilómetros de distancia, muy cerca del pueblo que lleva su nombre, y en dirección al Cañón del Río Lobos y su maravilloso entorno.
Con la cabeza llena de sueños y las cámaras convenientemente dispuestas en el hatillo, abandoné el confortable habitáculo de mi vehículo -aparcado en un estacionamiento público, situado enfrente de la carretera donde un cartel indica la dirección de Osma- y encogido de frío, crucé el puente, dirigiéndome, sin más dilación, hacia la majestuosa mole de la catedral, confiando en ir arañando, poco a poco, algunos de sus centenarios secretos.
Era demasiado temprano. De hecho, apenas se veía presencia humana por los alrededores, y las pocas personas con las que me cruzaba, caminaban con prisa inusitada, sin duda empujadas por el gélido aliento del frío en sus nucas.
Como he dicho, era demasiado temprano para telefonear a Marina -había quedado con ella, pues tenía valiosas informaciones que proporcionarme- de manera que decidí amenizar la espera examinando, lo más cuidadosamente posible, los muros de la catedral, sabedor de que no tardaría mucho en encontrar numerosos símbolos de cantería, que constituían, de por sí, todo un fascinante enigma. En efecto, flechas, cruces, pentáculos, estrellas, elementos romboidales de difícil catalogación se sucedían, al parecer sin orden ni concierto, grabados en la dura piedra a diferentes alturas y niveles. Incluso pude hallar varias cruces patadas, hábilmente disimuladas en la pared y bastante atacadas por el tiempo, que reafirmaban el testimonio de la presencia del Temple en la región y que, dicho sea de paso, desafiaban la imaginación.
Sin embargo, desprovisto de guantes, las manos no tardaron mucho en quedarse congeladas, llegando a un punto en el que ni siquiera los dedos podían apretar el botón de disparo de la máquina, estando ésta a punto de estrellarse fatalmente contra el suelo en varias ocasiones.
Entré presuroso, bufando como un toro, en el único bar que había abierto por los alrededores, y sin dejar de frotarme las manos -hasta tal punto las tenía heladas, que dolían- pedí un café con leche, deseoso de calentarlas aunque fuera cerrándolas alrededor de la humeante taza.
El remedio no tardó en surtir efecto, y poco a poco, la sangre volvió a circular por ellas, adoptando un color rosado que anunciaba una recuperación de sensibilidad en los dedos que hasta hacía pocos minutos creía imposible.
Como no tenía prisa, aunque sí mucha curiosidad, aproveché para observar el local. De pequeñas dimensiones, había, sin embargo, profusión de fotografías distribuidas a lo largo de la pared, que mostraban retazos históricos relacionados con lugares más o menos emblemáticos de la ciudad. Pronto me llamaron la atención aquellas que mostraban el desbordamiento del río Ucero, a finales de los años noventa, exhibiendo las zonas colindantes con el puente y la catedral, completamente anegadas en agua. Había, también, algunas otras que exhibían paisajes escogidos del Cañón del Río Lobos, un entorno natural de salvaje belleza, que atrae anualmente a miles de visitantes, la mayoría de ellos empujados, sin duda, por las huellas que los caballeros templarios dejaron en la fascinante ermita de San Bartolomé y en sus alrededores, algunas de cuyas evidencias son convenientemente recogidas en la pequeña exposición que se puede contemplar en el Centro de Interpretación de la Naturaleza de Ucero.
Parcialmente recuperado, abandoné la cálida placidez del lugar, en el preciso momento en el que las campanas de la catedral, con un sonido seco, semejante a un trueno, anunciaban las diez y media de la mañana, según pude comprobar, consultando mi reloj de pulsera.
Siempre buscando el sol, desanduve el camino hacia el puente, dejando atrás la plaza cuya estatua recuerda al obispo de Osma, y valiéndome del teléfono móvil, llamé a Marina, suponiendo que ya se había levantado. Reconozco que a mí no me hubiera sentado nada bien que me sacaran de la cama una fría mañana de sábado, habiéndome acostado la noche anterior con la despreocupación de no tener que ir a trabajar hasta el lunes. Pero esa es, precisamente, una de las cualidades de Marina: su extraordinaria amabilidad, la cuál, unida a una excelente disposición y a una no menos destacable actitud de colaboración, hacen de ella una persona querida y notablemente estimada.
No deja de resultar entrañable, también, esa franca sonrisa que ilumina siempre su cara a medida que se acerca hacia el lugar convenido. Sonrisa que, por otra parte, me produce siempre una curiosa sensación de sentirme como en casa, olvidando durante algún tiempo la realidad de encontrarme a cientos de kilómetros de ella. Sin apenas concederse tiempo para recuperar el aliento, y aún con las manos resguardadas en los bolsillos de su chaquetón, comentó displicente:
- Ya sé cuál es el retablo que había en 'las Magdalenas'.
Desde luego, la historia había empezado algún tiempo atrás, cuando un amigo burgense, bloguero y cronista destacado de la provincia, por más señas, había sacado la liebre de su madriguera, publicando una entrada en su blog (1) en cuyas fotografías se mostraban unas curiosas ruinas, cuya referencia -ermita de la Magdalena- me llamaron poderosamente la atención, hasta el punto de pretender reunir cualquier referencia que tuviera que ver con ellas.
Apenas acababan de abrir la puerta principal de la catedral y Paco -uno de los guardas- trajinaba afanosamente con la escoba, cuando entramos en el interior de ese templo colosal, cuya estructura y dimensiones sobrecogían, haciéndote sentir infinitamente pequeño.
Poco menos que en penumbras, y aprovechando el inciso de que posiblemente los guardas no hubieran conectado todavía las cámaras de seguridad, Marina se encaminó con paso firme y seguro hacia el lugar donde, detrás de una impresionante cancela de hierro y colgado de la pared situada en el lado izquierdo, descansaba un retablo de considerables proporciones y época y autor indeterminados. La oscuridad apenas permitía examinarlo con detalle, aunque no impedía suponer que el tema de la Crucifixión constituía el motivo principal, siendo los personajes de 'las Marías', por consiguiente, motivo secundario.
Tomé varias fotografías, pasando la cámara a través de los hierros de la verja, mientras Marina vigilaba. Fotografías que, al haber sido realizadas sin flash para no levantar sospechas, no salieron con la suficiente calidad como para vislumbrar todos los interesantes detalles que, sospecho, el autor ocultó entre pinceladas.
Con posterioridad, aunque no antes de echar un vistazo por las numerosas salas, paseamos por la calle de Santo Domingo, situada detrás de la catedral, en cuyas paredes, tuvimos ocasión de observar otra considerable cantidad de marcas de cantería, algunas tan curiosas como la letra griega beta grabada en diferentes posiciones: hacia arriba, boca abajo, señalando a la derecha, señalando a la izquierda.
Allí, mientras cargaba la máquina con una nueva tarjeta, Marina aún tuvo tiempo de sorprenderme cuando, señalando hacia lo que a simple vista parecía la tapa de una alcantarilla, comentó:
- Han querido disimularlo así, pero en realidad, aquí se descubrió un pasadizo, en el cuál, según me contó mi marido, había salas o habitaciones inundadas de agua y entre cuyos restos encontraron una pata de jamón.
Hacia mediodía, aproximadamente, y cuando la escarcha parecía rendirse por fin a las acometidas del astro rey, nos despedimos en mitad del puente, aunque en mi caso, con la punzante sensación de que apenas había comenzado a atisbar una pequeñísima parte de los secretos y misterios que, comparativamente hablando, dejarían en un juego de niños los descritos por Víctor Hugo, al hablarnos de París.

23 Dic 2007

El Cañón de los Templarios: Solsticio de Invierno en Río Lobos

Escrito por: juancar347 el 23 Dic 2007 - URL Permanente

23 Ago 2007

Castillejo de Robledo: Iglesia Parroquial de la Asunción

Escrito por: juancar347 el 23 Ago 2007 - URL Permanente

Aproximadamente a 12 kilómetros de Langa de Duero, y haciendo frontera con la provinicia de Segovia, el municipio soriano de Castillejo de Robledo recuerda, a todo aquél que pasa por allí y se detiene el tiempo suficiente, uno de los episodios históricos más vergonzosos del Cantar de Mío Cid: la 'afrenta de Corpes'.
En efecto, en un robledal situado en las proximidades, doña Elvira y doña Sol, las hijas de Rodrigo Díaz de Vivar -el Cid Campeador- sufrieron la vergüenza y el escarnio a que las sometieron sus maridos, los condes de Carrión, en venganza por haberse visto humillados después de demostrar públicamente su cobardía.
Situado, como no podía ser menos, en la denominada 'Ruta del Cid', el pueblo de Castillejo de Robledo pervive armoniosamente a la sombra de las ruinas del castillo -hay indicios suficiente para suponer que éste se erigió sobre una antigua fortaleza musulmana- desde el que siglos atrás -cuando en su torres ondeaban con orgullo los pendones blanquinegros del Temple- sus habitantes recibían cobijo y protección.
Visto, precisamente, desde el elevado peñasco donde éstas sobreviven a duras penas, resulta poco menos que imposible no mirar hacia el pueblo y sentirse parte de una postal que refleja las características de un lugar que parece -cuál el Brigadoon de la película protagonizada por Gene Kelly- haberse detenido en el tiempo.
Rodeado de huertas y fértiles campos -no en vano, existen también crónicas que aseguran que fueron precisamente los freires milites del Temple, propietarios y explotadores de bastos terrenos- Castillejo, aún a pesar de su belleza, hubiera pasado desapercibido -como muchos otros encantadores y poco conocidos pueblos de la región- si la casualidad, la sincronía o la -digamos, en ocasiones- extraña forma en que la Diosa tiene a bien imponer justicia, no hubiera querido que hacia 1933 unas obras en el interior de la iglesia románica de Nuestra Señora del Castillejo, dejaran al descubierto parte de unos extraordinarios frescos, cuya importancia hace del lugar un sitio de especial carismo histórico, cultural y sobre todo, artístico.
No es de extrañar, pues, que cualquier visitante que acuda a Castillejo preguntando por la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción -pasó a denominarse así a partir de 1738- conozca en primer lugar -un poco por encima, desde luego, y variando en algunos detalles según la 'fuente'- la 'historia del cura, las obras y la sorpresa del descubrimiento'.
También es un dato a tener en cuenta, que Castillejo -como cualquier otro lugar que en tiempos estuviera relacionado con la presencia del Temple en sus cercanías- cuenta con una leyenda tenebrosa, cuyo protagonismo es por completo acaparado por los monjes-guerreros: la leyenda del Vallejo Caballero.
Como viene siendo habitual en todas las leyendas relacionadas con la histórica y malograda Orden apadrinada por Bernardo de Claraval, su protagonismo viene a ser oscuro, perverso y merecedor de pocas simpatías, en muchas ocasiones abonado por la falta de objetividad de escritores como, por citar un ejemplo, Sir Walter Scott, quien, en una de sus novelas más conocidas -'Ivanhoe'- describe a los templarios poco menos que como acaparadores, pendencieros, bebedores y villanos.
El castillo, así como las propiedades que los templarios tenían en la zona, y una vez disuelta la Orden, allá por los años 1314-1315, pasaron a manos de la Orden de San Juan que, entre otras cosas, lo utilizó como hospital.
Desde el escarpe rocoso sobre el que se levanta -semejante a una mandíbula asaltada por las caries- se puede contemplar, aparte de una extraordinaria visión panorámica del pueblo y la zona circundante, una buena perspectiva de la iglesia románica de Nuestra Señora de la Asunción -principios del siglo XII- que se encuentra a sus pies. La falta de símbolos templarios o de cualquier otra índole -hay, sin embargo, ciertas referencias acerca de una piedra escrita a ellos atribuída, aunque su existencia y paradero se pierde en la noche de los tiempos- se ve en ésta iglesia generosamente compensada -¡y de qué manera!- empezando por la observación de los canecillos de su parte más antigua: el ábside.
Intentando se lo más objetivo posible, sería imperdonable no reseñar que -independientemente del valor simbólico de muchos de ellos: el barril, el rollo de pergamino, el lobo, la cabeza, el símbolo parecido a la Tau griega, e incluso le cenefa ajedrezada que se puede apreciar por encima de ellos- hay dos elementos que atraen inmediatamente la atención de todo el mundo, por el morbo que provocan.
Se trata de dos curiosos canecillos que representan a sendas parejas de amantes realizando el acto sexual.
Tal atrevimiento -de hecho, es una temática ampliamente conocida y observada en muchas iglesias similares, situadas, sobre todo, en el norte de la Península- que para unos puede parecer curiosamente anecdótico, para otros -a lo mejor más preocupados por desentrañar el posible 'mensaje oculto' que puedan conllevar tales figuras- representa -como si ya de por si hubiera poco 'morbo' en relación con ellos- elementos de naturaleza tántrica traídos de Oriente por los caballeros templarios. Al menos, esto es lo que opinan algunos investigadores.
Pero si estos pueden constituir un excelente motivo de estudio y debate, existen otros elementos -situados en la pared de la portada sur, muy cerca del pórtico de entrada- que no le van a la zaga.
Por supuesto, me refiero a los denominados 'relojes solares', así como también a un 'galimatías lineal', idéntico a los que se pueden apreciar en uno de los muros de la capilla de la Virgen, en la ermita de San Bartolomé de Ucero. Por si esto fuera poco -y para añadir un grano más de pimienta al 'misterio'- son también idénticos a losque se pueden contemplar en el castillo de Chinon, grabados en las paredes de las celdas por los templarios prisioneros, antes de ser ejecutados.
Como anécdota -tal vez alguien quiera iniciar una investigación encaminada en esa dirección- añadir que hay quien opina, que dicho 'galimatías lineal' -por definirlo de alguna manera- representa, en realidad, una especie de plano o mapa, cuya resolución llevaría hasta el lugar donde supuestamente los freires escondieron el Arca de la Alianza que, según algunas opiniones, descubrieron mientras escarbaban en las caballerizas del antiguo Templo de Salomón, en Jerusalén, lugar en el que actualmente se levanta la mezquita de Al-Aksa.
No obstante, apartándonos de leyendas y conjeturas difíciles de sostener, los otros elementos que hacen imprescindible, para todo amante del Arte, una visita a la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, son, sin duda, los extraordinarios frescos descubiertos por casulidad -como se advertía anteriormente- en los años treinta.
Ocultos durante siglos por varias capas de yeso -el guarda no tuvo ningún reparo en comentar, durante nuestra visita, que fueron 'ocultados' a consecuencia de la peste- ofrecen una perspectiva bastante más que notable, del alto grado de religiosidad y superstición, característicos de la Alta Edad Media.
'Aterroriza' la figura ofídica de dos cabezas -en esto los investigadores no parecen ponerse de acuerdo, pues algunos ven serpientes; otros, dragones, y el que esto suscribe, una posible referencia a la temible asfisbena, ese animal mítico de multitud de significados- que puede contemplarse guardando el pórtico de acceso al altar. En éste, aparte de una curiosa talla de la Virgen, que posiblemente merezca un artículo aparte, se puede apreciar el entramado romboidal y blanquinegro -colores específicamente templarios- que decora su estructura abovedada. Dividiendo en dos el mosaico ajedrezado, y coincidiendo en el centro con lo que parece ser un escudo blanco con una franja negra en medio, una cenefa blanca muestra extrañas formas, posiblemente vegetales, ribeteados por numerosos puntos rojos.
Es posible ver también, en uno de los laterales de la pared, la figura de un caballero templario, cuya mirada parece dirigirse hacia la puerta de acceso al templo, como un cancerbero siempre en guardia frente a la intromisión de extraños.
En definitiva, si con los elementos brevemente descritos, el lector no se siente lo suficientemente atraído, tal vez le anima a realizar una visita a este curioso pueblo soriano, la seguridad de que el vino que le sirvan constituirá toda una garantía para su exigente paladar.

20 Ago 2007

El castillo templario de Ucero

Escrito por: juancar347 el 20 Ago 2007 - URL Permanente

'El tiempo me parecía interminable mientras corríamos, ahora casi en completa oscuridad, pues las nubes inquietas habían ocultado la luna. Seguimos subiendo. Aunque de cuando en cuando venía alguna súbita bajada, nuestra marcha era cuesta arriba. De pronto me di cuenta de que el conductor guiaba los caballos hacia el patio de un inmenso castillo en ruinas, en cuyas altas y oscuras ventanas no se veía un solo resplandor, y cuyas almenas desmoronadas recortaban sus melladas siluetas contra el cielo iluminado por la luna'.
[Bram Stoker: 'Drácula']

Visto de noche, a la luz de la luna, con sus gárgolas de aspecto siniestro oteando incansablemente el horizonte, bien podría pasar por el castillo de Drácula. Pero por fortuna, nuestra visita al castillo templario -mejor dicho, a las ruinas del castillo templario- de Ucero, la efectuamos a plena luz del día, poco después de terminar nuestra aventura por el Cañón del Río Lobos y almorzar en el restaurante situado a la entrada del parque. Supongo que tanto Montse, la amiga que me acompañaba en la presente aventura, como yo, posiblemente no nos hubiéramos atrevido a realizar nuestra visita de noche. Y es que, incluso a la luz del día, las ruinas de lo que en tiempos fue, a juzgar por sus dimensiones, un importante enclave militar, imponen cierto respeto.
Sumidas en el silencio -curiosamente, no se escuchaba siquiera el insistente canto de un grillo, tan común en ésta época del año, mientras los pájaros volaban lejos, como evitándolo a propósito- y tomas al asalto por un formidable ejército de hierbajos, enredaderas y todo tipo de plantas espinosas, el sitio, ni remotamente, ofrecía la romántica estampa ques e observa a la salida del pueblo de Ucero, o más concretamente, desde el lugar donde se encuentra situado el Centro de Interpretación de la Naturaleza, parada obligada para aquellos que inician su primera visita al impresionante entorno del Cañón. Pero tranquilos, no tengo intención de hablar de experiencias paranormales, aunque sí de la 'paranormal' curiosidad que me invadió cuando, jugándonos prácticamente el físico en algunos momentos, intentamos no perder detalle alguno de todo aquello cuanto nos rodeaba, y a la vez, motivaba nuestra curiosidad.
El lugar, en sí, no podría resultar más estratégico, militarmente hablando, como demuestran las hermosas fotografías que tuve ocasión de sacar, así como las vistas increíbles que pudimos disfrutar; incluso hubo momentos en los que el aire resultaba deliciosamente gratificante cuando nos asomábamos con precaución a alguno de los huecos de sus derruídos almenares.
En efecto, elevándose sobre el valle donde se asienta el pinturesco pueblecito de Ucero -las riberas de cuyas tierras son generosamente regadas por el río que lleva su mismo nombre- y dominando, cuál un águila al acecho, la entrada al majestuoso Cañón del Río Lobos, las ruinas del castillo templario reposan, melancólicas, enfrentando su destino con una dignidad sobre la que el tiempo y el olvido van haciendo incluso más daño que aquellas horas de sarracenos que no pudieron conquistarlo.
Aunque malherida en su estructura, y corriendo el riesgo de que cualquier día sus centenarias piedras abonen -como las de sus dobles murallas- el terreno yermo circundante, así como la propiedad de algún paisano -bien es cierto que los habitantes del pueblo aprovecharon muchas de sus piedras en beneficio propio, ante la pasividad de las autoridades- la torre del homenaje aún conserva cierto orgullo, exhibiendo parte de esa ornamentación que en tiempos -no me costaría mucho imaginarlo- le diera un aspecto imponente, cuando no feroz.
Y es que en lo más alto, allí donde parece que ni siquiera las aves más temerarias -buitres y águilas, en su mayoría, abundantes en la región- sienten predilección alguna por hacer su nido, unos seres demoníacos, de negra apariencia y aspecto grotesco, parecen ser los únicos guardianes; precisamente aquellos, a los que ni el tiempo -con todo el poder que le otorga la paciencia- puede llegar tampoco a herir. Se trata de las temibles gárgolas, un recurso arquitectónico ideado frente a un problema meteorológico muy utilizado en las grandes catedrales góticas, que resolvía la cuestión, embarazosa, de la evacuación del agua en los tejados. Ésta, en principio, sería la función de algunas de ellas, las más grandes y visibles; aquellas que, a través del zoom de la cámara, muestran al curioso una abertura en su boca, en forma de desagüe, que indica bien a las claras su cometido.
No obstante, junto a ellas y como si formaran parte del muro de piedra, otros seres más pequeños, pero de aspecto, quizá, mucho más perverso y agresivo, parecen advertir al visitante de que su función va mucho más allá de un simple capricho ornamental.
Dependiendo de dicha función, así como de las intenciones del maestro cantero que las esculpió o las mandó esculpir, el significado inherente a éste tipo de de figuras sacadas de un bestiario imposible, se pierde -como el de las enigmáticas marcas de cantería- en la noche de los tiempos.
Para Fulcanelli -un autor cuya verdadera identidad permanece todavía en el más absoluto de los misterios, a pesar de las sospechas sobre la persona de Eugene Canseliet y los ríos de tinta vertidos al respecto- la denominación 'gótico' resultaría una variante de 'art goetico' -arte mágico- o 'argot', lengua o código encaminada a la comprensión de los iniciados.
En este sentido, algunos autores suponen que, entre otras, las gárgolas tenían tres funciones destacables: advertir, formar y distinguir o señalar. Así mismo, dichas funciones dependían de la dorma del animal que representaban. De manera que, por ejemplo, las gárgolas con cabeza de dragón, representaban la transmutación alquímica; aquellas con cabeza de gallo, la fuerza de la energía, la valentía o el liderazgo; las que tenían por cabeza los rasgos de un león, hacían, al parecer, alusión a la potencia física, actuando, también, como guardianes de los templos. Por último, las gárgolas que represetnaban cabezas de engendros o tenían un aspecto definidamente demoníaco, manifestaban las bajas pasiones, la sexualidad, así como los instintos primarios. Este tipo de gárgolas suelen ser las más comunes. De manera que, en este sentido, siendo precisamente éste último el tipo de gárgolas que se pueden apreciar en el castillo de Ucero, obligan a plantearse algunos interrogantes.
En primer lugar, surge el interrogante que, de forma inevitable, lleva al observador a preguntarse por el motivo de este tipo de ornamentación en lugares consagrados a Dios. La teoría más aceptada, es aquella que ve en la presencia en los templos de estos elementos una advertencia sobre el Mal, el demonio y los seres infernales, cuya existencia era plenamente aceptada en la época que nos ocupa, y apenas se cuestionaba entre el pueblo llano. Pero así mismo, hay quien se plantea -y no sin razón- si ésta es toda la explicación. Porque resulta difícil de creer que tantas y en ocasiones tan magníficas esculturas constituyan tan sólo un capricho de escultor, que podía haber optado por cualquier otra forma -real o imaginaria- más acorde con la finalidad del edificio, para realizar la misma función. O que, por otra parte, sean advertencias a individuos que apenas pueden divisarlas desde el suelo. Como muchas otras cosas, algo no termina de encajar.
Cierto que estamos hablando, en el caso que nos ocupa, de una fortaleza militar; pero una fortaleza militar atribuída, en un principio, a los caballeros templarios, monjes guerreros, pero monjes al fin y al cabo, cuya divisa -Non nobis, Domine, non nobis sed nomini tua da gloriam (1)- deja bien a las claras la finalidad para la que dicha Orden fue concebida: servir a Dios.
Apenas existe documentación sobre la, digamos 'época templaria' del castillo de Ucero, aunque sí sobre la prolífica ocupación posterior del mismo.
Adquirido a comienzos del siglo XIV a los herederos de don Juan García de Villamayor -cuya esposa, doña María Alfonso de Meneses, fue señora de la villa a finales del siglo XIII- fue pasando por diferentes manos -en su mayor parte, religiosas- y utilizado para diferentes menesteres.
A finales del siglo XV, fu acondicionado por el obispo don Pedro Montoya, siendo otro prelado -Honorato Juan- quien, en el siglo XVI, colocó el escudo de armas que todavía puede apreciarse hoy día sobre la puerta de entrada.
Incluso se tienen noticias de que durante alguna etapa de su historia, fue utilizado como cárcel para clérigos.
De cualquier forma, añadir que, tanto el castillo como la rica vega del Ucero, fueron secularmente propiedad de los obispos de Osma.
Sería injusto terminar la presente exposición sobre el castillo de Ucero, sin comentar algunos otros elementos de cierto interés, entre los que destaca -para conferirle aún un elemento más de misterio- la curiosa anfisbena, la serpiente de dos cabezas -nótese la dualidad, cifra de cierta importancia en la mística templaria- que también puede apreciarse en los ventanales del ábside de la ermita de San Bartolomé. Precisamente, en los ventanales situados de una manera lo suficientemente 'estratégica', como para permitir que la luz del sol incida sobre el altar, en el que -entre otras- se puede apreciar una curiosa talla que representa al santo, cimitarra en mano, doblegando al demonio, al que tiene encadenado a sus pies.
La anfisbena -su traducción sería 'la que camina hacia los dos lados'- miembro alucinante de los bestiarios pétreos medievales, ya es mencionada en el siglo V antes de Cristo, por el griego Esquilo. También el escritor latino Lucano -siglo I- la menciona, encuadrándola dentro de las dieciocho variedades de serpientes, entre las que destacan algunas de curioso nombre, como el hemorroo, la clepsidra, el cerastres o la dípsada.
Dada su naturaleza, pues, no es difícil suponer que, en un principio, esté relacionada -recordemos las gárgolas grotescas- con las bajas pasiones, y por supuesto, con el Diablo. Pero el significado intrínseco de la anfisbena va todavía mucho más allá y está íntimamente ligado al mito de San Bartolomé: como serpiente que es, aparte de una clara alusión a la sabiduría, ofrece también un aspecto de renovación; de muerte y resurrección. Dos naturalezas unidas, presentes también en el hombre -cuerpo y espíritu- pero decididamente diferentes y siempre en cosntante lucha. Dos lugares, uno militar y otro religioso, que están en consonancia con los objetivos de la Orden.
Como colofón, añadir que, aunque haya autores que ve en este animal imposible solamente cabezas decorativas, de lo que no parecer haber duda, es de que el triángulo formado por el castillo de Ucero, la ermita de San Bartolomé y el Cañón del Río Lobos formaba parte de un todo mistérico, cuya auténtica relevancia puede que algún día vuelva a ver la luz a raiz de investigaciones más amplias y profundas.
Sólo añadir que, sea cual sea la naturaleza que lleve al visitante hasta este incomparable entorno, no le defraudará; como tampoco le defraudarán los productos gastronómicos de la región y la extraordinaria calidad de los vinos, cuya denominación -Ribera del Duero- es garantía más que suficiente para la aprobación de un exquisito paladar.
(1): No para nosotros, Señor, sino para gloria de tu nombre.
Bibliografía:
- 'Castillos de Soria', Javier Bernad Remon, Ediciones Lancia, 1994
- 'El misterio de las catedrales', Fulcanelli, Editorial Plaza & Janés, 1967
- 'El libro de los seres imaginarios', Jorge Luis Borges, Editorial Bruguera, 1982

Sobre este blog

Avatar de Juan Carlos Menendez Gijón

Soria se hace camino al andar

ver perfil

Amigos

  • simevillalba

Fans

  • casajuntoalrio
  • olicarfer45
  • albertgarciagos
  • madrid-idiomas
  • Daniel Yáñez González-Irún
  • Blas García Marín

Ídolos

Suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):