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27 Feb 2008
21 Ago 2007
El Cristo templario de San Bartolomé de Ucero
Muchas son, no me cabe duda, las cosas verdaderamente interesantes que ofrece un lugar tan emblemático, especial y por regla general incomprensible, como es la ermita templaria de San Bartolomé de Ucero. Cerrada a cal y canto como la caja fuerte de un banco durante la mayor parte del año, tener la oportunidad de poder atravesar su umbral porticado, puede llegar a conseguir, en un momento determinado, que el visitante piense que los milagros existen o, en su defecto, que las misteriosas leyes que rigen la casualidad, no sean tan fáciles de entender, como a priori pudiera pensarse. Supongo que eso fue, más o menos, una de las sensaciones emocionales que tuve ocasión de experimentar cuando, resignado a tener que volver otra vez a contemplarla por fuera, me encontré sus puertas abiertas de par en par.
Reconozco que al principio pensé que como se acercaba la fecha de la festividad de San Bartolomé -24 de agosto- los responsables diocesanos de la ermita había enviado a alguien con el fin de limpiarle un poco la cara por dentro -digámoslo así- e ir dando comienzo a los preparativos de la romería en ciernes. En ese momento, por supuesto, ignoraba la iniciativa y puesta en marcha, por parte de la Junta de Castilla y León, del Programa de Apertura de Monumentos en Castilla y León, bajo el prometedor eslógan de 'Restauramos y abrimos en verano'. Vaya, por ello, mi enhorabuena a la Junta por tan excelente iniciativa.
En ocasiones, intentar exponer con palabras la sensación, impresión o efecto que nos produce algo, no resulta tarea fácil.
Supongo, que una vez que se atraviesa el umbral, todavía no repuesto de la agradable sorpresa que acabas de recibir por encontrártelo abierto, te pasa lo que al marinero novato que se embarca por primera vez en un portaviones: todo le parece tan grande, tan espectacular, que no sabe por dónde comenzar a buscar su cuarto. Eso mismo sentí yo cuando entré en la ermita de San Bartolomé. Me parecía todo tan grandioso, espectacular y desconocido, que tuve verdaderos problemas para decidir por dónde comenzaba a mirar. Quizás por eso, decidí sentarme en un banco, cerca de la entrada, y apuntar en el cuaderno de notas todo cuanto comenzaba a entrever. Es posible que tal acción 'abriera' la puerta -Xavier, ya me comentarás, si no- al 'milagro'. Pero lo cierto es que, la Junta, el Obispado, o sencillamente Dios, puso un ángel de la guarda para guiar mis pasos e indicarme multitud de detalles -a cuál más interesante- que sin su generosa ayuda, posiblemente hubieran pasado por completo desapercibidos.
Mi ángel en San Bartolomé no tenía alas, al menos visibles; ni tampoco una espada flamígera con la que ahuyentar a los demonios y a los vándalos que se atrevieran a presentarse en un lugar al que ella -textualmente- 'adora'. Mi ángel, solícito como el más solícito de los ángeles, se acercó a donde yo me encontraba sentado -recuerdo que intentaba dibujar, con más o menos acierto, una pila bautismal añadida a la pared- e indicándome con sus delicados dedos en una y otra dirección, me susurraba al oído:'¿te has fijado en esto?', '¿y en aquéllo?'. Gracias a mi ángel, descubrí al Santo Cristo, así como algunas de las muchas 'curiosidades' -definámoslas así- que le acompañan en la capilla en la que se encuentra.
Bajo la afortunada compañía de mi ángel, me percaté del juego de perspectiva con el que los maestros canteros habían jugado con las figuras de los capiteles que guardan uno de los sepulcros. En efecto, a indicaciones de mi ángel, lo que en un principio veía como -por poner un ejemplo- un simple motivo floral, visto desde otro ángulo, representaba a la perfección los rasgos de un carnero.
Pero no era esa la única sopresa que me aguardaba. En efecto, a los pies del Santo Cristo, en el lateral izquierdo del escalón del altar sobre el que se levanta, una diminuta cabeza había pasado por completo desapercibida para mi -no tengo ningún reparo en reconocerlo- repentina 'ceguera'. Gracias a Dios, allí estaba mi ángel, que, como un fiel lazarillo, guió con paciencia mis pasos.
Aquello, sencillamente, era fantástico. Arrodillado para poder estudiarla mejor, he de confesar que por mi mente pasaron mil y una conjeturas, a cual de ellas más fantástica y atrevida:
- ¿No se decía de los templarios que eran 'adoradores de cabezas'?. ¿Representaba aquélla diminuta cabeza una alegoría al controvertido, enigmático y poco comprendido Baphomet?.
- ¿Era, quizás, una alegoría a la cabeza de San Juan Bautista, figura por la que los frates milites sentían una especial veneración, o sencillamente se trataba de la cabeza de un simple fraile, utilizada como motivo de ornamentación?.
Claro que, si éste fuera el caso, ¿por qué aparece sólo en el lado izquierdo?. ¿Por qué no adornar con otra cabeza semejante el lado derecho?. ¿Qué sentido tiene adornar un extremo y el otro no?.
Reconozco que hasta la fecha, este pequeño enigma me desconcierta.
- ¿No te sugiere nada la figura del Santo Cristo -hay quien se refiere a Él como el 'Cristo del Miserere'-; no observas algo diferente?, -preguntó mi ángel, observándome con atención.
Mi desconcierto iba en aumento; y supongo que por temor a hacer el ridículo, o quizás para no evidenciar más de la cuenta mi manifiesta ignorancia, decidí -creo yo que prudentemente- guardar silencio. Aquélla pequeña 'estratagema' dio resultado, porque a los pocos segundos, y sin duda percatándose de mi turbación aunque haciendo gala de una delicadeza intachable, mi ángel prosiguió:
- Es una de las pocas figuras de Cristo, en la que se pueden observar dientes y lengua. Ven, sitúate debajo...
En efecto, tenía razón.
- Pero todavía hay algo más, -continuó, mientras yo no dejaba de observar la boca entreabierta del Cristo. Fíjate que visto desde esa posición y a esa distancia, se aprecia que sus ojos están entornados, dando la impresión de estar agonizando...
Era cierto. Observado desde mi posición, se podía apreciar a un Jesús crucificado, a punto de expirar.
- Acércate ahora hasta donde yo estoy. ¿Observas algo más?.
Visto desde esa nueva posición, el Santo Cristo tenía los ojos cerrados, ofreciendo la consecuente impresión de haber expirado.
En ese momento, nuestras miradas se cruzaron durante un instante. Sobraban las palabras.
Aparte de otros detalles, mi ángel no me puso en aviso acerca del tipo de cruz sobre la que se desarrollaba la escena brutal de la crucifixión: era una cruz en forma de Tau.
Sin palabras. Aquél detalle, de por sí, constituía otro enigma. Mejor dicho, otro enigma de tantos. Pero eso forma parte de otra historia.
Vayan, eso sí, desde estas humildes líneas, mi más sincero agradecimiento a mi ángel: con ella aprendí, que una de las características del Cielo -posiblemente la mejor- es la Solidaridad.
20 Ago 2007
El castillo templario de Ucero
[Bram Stoker: 'Drácula']
Sumidas en el silencio -curiosamente, no se escuchaba siquiera el insistente canto de un grillo, tan común en ésta época del año, mientras los pájaros volaban lejos, como evitándolo a propósito- y tomas al asalto por un formidable ejército de hierbajos, enredaderas y todo tipo de plantas espinosas, el sitio, ni remotamente, ofrecía la romántica estampa ques e observa a la salida del pueblo de Ucero, o más concretamente, desde el lugar donde se encuentra situado el Centro de Interpretación de la Naturaleza, parada obligada para aquellos que inician su primera visita al impresionante entorno del Cañón. Pero tranquilos, no tengo intención de hablar de experiencias paranormales, aunque sí de la 'paranormal' curiosidad que me invadió cuando, jugándonos prácticamente el físico en algunos momentos, intentamos no perder detalle alguno de todo aquello cuanto nos rodeaba, y a la vez, motivaba nuestra curiosidad.
El lugar, en sí, no podría resultar más estratégico, militarmente hablando, como demuestran las hermosas fotografías que tuve ocasión de sacar, así como las vistas increíbles que pudimos disfrutar; incluso hubo momentos en los que el aire resultaba deliciosamente gratificante cuando nos asomábamos con precaución a alguno de los huecos de sus derruídos almenares.
En efecto, elevándose sobre el valle donde se asienta el pinturesco pueblecito de Ucero -las riberas de cuyas tierras son generosamente regadas por el río que lleva su mismo nombre- y dominando, cuál un águila al acecho, la entrada al majestuoso Cañón del Río Lobos, las ruinas del castillo templario reposan, melancólicas, enfrentando su destino con una dignidad sobre la que el tiempo y el olvido van haciendo incluso más daño que aquellas horas de sarracenos que no pudieron conquistarlo.
Aunque malherida en su estructura, y corriendo el riesgo de que cualquier día sus centenarias piedras abonen -como las de sus dobles murallas- el terreno yermo circundante, así como la propiedad de algún paisano -bien es cierto que los habitantes del pueblo aprovecharon muchas de sus piedras en beneficio propio, ante la pasividad de las autoridades- la torre del homenaje aún conserva cierto orgullo, exhibiendo parte de esa ornamentación que en tiempos -no me costaría mucho imaginarlo- le diera un aspecto imponente, cuando no feroz.
Y es que en lo más alto, allí donde parece que ni siquiera las aves más temerarias -buitres y águilas, en su mayoría, abundantes en la región- sienten predilección alguna por hacer su nido, unos seres demoníacos, de negra apariencia y aspecto grotesco, parecen ser los únicos guardianes; precisamente aquellos, a los que ni el tiempo -con todo el poder que le otorga la paciencia- puede llegar tampoco a herir. Se trata de las temibles gárgolas, un recurso arquitectónico ideado frente a un problema meteorológico muy utilizado en las grandes catedrales góticas, que resolvía la cuestión, embarazosa, de la evacuación del agua en los tejados. Ésta, en principio, sería la función de algunas de ellas, las más grandes y visibles; aquellas que, a través del zoom de la cámara, muestran al curioso una abertura en su boca, en forma de desagüe, que indica bien a las claras su cometido.
No obstante, junto a ellas y como si formaran parte del muro de piedra, otros seres más pequeños, pero de aspecto, quizá, mucho más perverso y agresivo, parecen advertir al visitante de que su función va mucho más allá de un simple capricho ornamental.
Dependiendo de dicha función, así como de las intenciones del maestro cantero que las esculpió o las mandó esculpir, el significado inherente a éste tipo de de figuras sacadas de un bestiario imposible, se pierde -como el de las enigmáticas marcas de cantería- en la noche de los tiempos.
Para Fulcanelli -un autor cuya verdadera identidad permanece todavía en el más absoluto de los misterios, a pesar de las sospechas sobre la persona de Eugene Canseliet y los ríos de tinta vertidos al respecto- la denominación 'gótico' resultaría una variante de 'art goetico' -arte mágico- o 'argot', lengua o código encaminada a la comprensión de los iniciados.
En este sentido, algunos autores suponen que, entre otras, las gárgolas tenían tres funciones destacables: advertir, formar y distinguir o señalar. Así mismo, dichas funciones dependían de la dorma del animal que representaban. De manera que, por ejemplo, las gárgolas con cabeza de dragón, representaban la transmutación alquímica; aquellas con cabeza de gallo, la fuerza de la energía, la valentía o el liderazgo; las que tenían por cabeza los rasgos de un león, hacían, al parecer, alusión a la potencia física, actuando, también, como guardianes de los templos. Por último, las gárgolas que represetnaban cabezas de engendros o tenían un aspecto definidamente demoníaco, manifestaban las bajas pasiones, la sexualidad, así como los instintos primarios. Este tipo de gárgolas suelen ser las más comunes. De manera que, en este sentido, siendo precisamente éste último el tipo de gárgolas que se pueden apreciar en el castillo de Ucero, obligan a plantearse algunos interrogantes.
En primer lugar, surge el interrogante que, de forma inevitable, lleva al observador a preguntarse por el motivo de este tipo de ornamentación en lugares consagrados a Dios. La teoría más aceptada, es aquella que ve en la presencia en los templos de estos elementos una advertencia sobre el Mal, el demonio y los seres infernales, cuya existencia era plenamente aceptada en la época que nos ocupa, y apenas se cuestionaba entre el pueblo llano. Pero así mismo, hay quien se plantea -y no sin razón- si ésta es toda la explicación. Porque resulta difícil de creer que tantas y en ocasiones tan magníficas esculturas constituyan tan sólo un capricho de escultor, que podía haber optado por cualquier otra forma -real o imaginaria- más acorde con la finalidad del edificio, para realizar la misma función. O que, por otra parte, sean advertencias a individuos que apenas pueden divisarlas desde el suelo. Como muchas otras cosas, algo no termina de encajar.
Cierto que estamos hablando, en el caso que nos ocupa, de una fortaleza militar; pero una fortaleza militar atribuída, en un principio, a los caballeros templarios, monjes guerreros, pero monjes al fin y al cabo, cuya divisa -Non nobis, Domine, non nobis sed nomini tua da gloriam (1)- deja bien a las claras la finalidad para la que dicha Orden fue concebida: servir a Dios.
Apenas existe documentación sobre la, digamos 'época templaria' del castillo de Ucero, aunque sí sobre la prolífica ocupación posterior del mismo.
Adquirido a comienzos del siglo XIV a los herederos de don Juan García de Villamayor -cuya esposa, doña María Alfonso de Meneses, fue señora de la villa a finales del siglo XIII- fue pasando por diferentes manos -en su mayor parte, religiosas- y utilizado para diferentes menesteres.
A finales del siglo XV, fu acondicionado por el obispo don Pedro Montoya, siendo otro prelado -Honorato Juan- quien, en el siglo XVI, colocó el escudo de armas que todavía puede apreciarse hoy día sobre la puerta de entrada.
Incluso se tienen noticias de que durante alguna etapa de su historia, fue utilizado como cárcel para clérigos.
De cualquier forma, añadir que, tanto el castillo como la rica vega del Ucero, fueron secularmente propiedad de los obispos de Osma.
Sería injusto terminar la presente exposición sobre el castillo de Ucero, sin comentar algunos otros elementos de cierto interés, entre los que destaca -para conferirle aún un elemento más de misterio- la curiosa anfisbena, la serpiente de dos cabezas -nótese la dualidad, cifra de cierta importancia en la mística templaria- que también puede apreciarse en los ventanales del ábside de la ermita de San Bartolomé. Precisamente, en los ventanales situados de una manera lo suficientemente 'estratégica', como para permitir que la luz del sol incida sobre el altar, en el que -entre otras- se puede apreciar una curiosa talla que representa al santo, cimitarra en mano, doblegando al demonio, al que tiene encadenado a sus pies.
La anfisbena -su traducción sería 'la que camina hacia los dos lados'- miembro alucinante de los bestiarios pétreos medievales, ya es mencionada en el siglo V antes de Cristo, por el griego Esquilo. También el escritor latino Lucano -siglo I- la menciona, encuadrándola dentro de las dieciocho variedades de serpientes, entre las que destacan algunas de curioso nombre, como el hemorroo, la clepsidra, el cerastres o la dípsada.
Dada su naturaleza, pues, no es difícil suponer que, en un principio, esté relacionada -recordemos las gárgolas grotescas- con las bajas pasiones, y por supuesto, con el Diablo. Pero el significado intrínseco de la anfisbena va todavía mucho más allá y está íntimamente ligado al mito de San Bartolomé: como serpiente que es, aparte de una clara alusión a la sabiduría, ofrece también un aspecto de renovación; de muerte y resurrección. Dos naturalezas unidas, presentes también en el hombre -cuerpo y espíritu- pero decididamente diferentes y siempre en cosntante lucha. Dos lugares, uno militar y otro religioso, que están en consonancia con los objetivos de la Orden.
Como colofón, añadir que, aunque haya autores que ve en este animal imposible solamente cabezas decorativas, de lo que no parecer haber duda, es de que el triángulo formado por el castillo de Ucero, la ermita de San Bartolomé y el Cañón del Río Lobos formaba parte de un todo mistérico, cuya auténtica relevancia puede que algún día vuelva a ver la luz a raiz de investigaciones más amplias y profundas.
Sólo añadir que, sea cual sea la naturaleza que lleve al visitante hasta este incomparable entorno, no le defraudará; como tampoco le defraudarán los productos gastronómicos de la región y la extraordinaria calidad de los vinos, cuya denominación -Ribera del Duero- es garantía más que suficiente para la aprobación de un exquisito paladar.
(1): No para nosotros, Señor, sino para gloria de tu nombre.
Bibliografía:
- 'Castillos de Soria', Javier Bernad Remon, Ediciones Lancia, 1994
- 'El misterio de las catedrales', Fulcanelli, Editorial Plaza & Janés, 1967
- 'El libro de los seres imaginarios', Jorge Luis Borges, Editorial Bruguera, 1982
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