23 Jul 2008
Cuaderno de bitácora: Mientras la ciudad duerme
Se despliegan por calles paralelas a las grandes avenidas en grupos de tres personas con un termo de café o chocolate caliente y bocadillos. Se agachan en esquinas y en rincones inverosímiles para charlar un rato. Los voluntarios sociales acuden como la sangre a la herida y saben en dónde encontrarlos, bajo cartones o sobre una vieja manta y tiritando de frío.
Los llaman por sus nombres o por algún apodo familiar, como hacían sus madres o sus mejores amigos. Mientras se calientan las manos, apenas envueltas en descoloridos mitones, intercambian informaciones del día. No utilizan elaboradas frases, sino monosílabos con sofocantes elipsis y con gestos elocuentes como sus silencios camino del olvido. A cada uno se le administra su tiempo, el que desea o precisa. Se comenta algo pillado en el transistor u ojeado en una página de periódico traída por el viento. Puede ser política internacional, dislates del G8 o del escándalo inmobiliario. Los sin techo, van marcados por lo efímero. No retienen demasiado porque no hay mañana, y el ayer va incluido en el fardo de la vida.
El alcohol y el tabaco, las interminables caminatas por las venas abiertas de la ciudad, en amaneceres sin rumbo o en busca de comida, los mantienen en una nebulosa sin ruidos. Desaparecidos los centros de salud mental, muchos crónicos se han perdido. Cómo pájaros caídos de los nidos, heridos en sus alas o con patas encallecidas. Perdido el empleo, víctimas del alcohol o de las drogas, como excrecencias de un cuerpo social implacable con los improductivos. Víctimas de culpas por algo que no han sabido integrar hasta convertirse en ajenos a sí mismos.
Así, tratan de fundirse en las penumbras de una sociedad desarraigada, casi enloquecida, que deserta las calles de la ciudad a punto de dormirse.
“Ahora, a esperar a que la vecina de enfrente levante las persianas y deje entrar al día”, dice Pablo desde su nicho en el portal acristalado de un banco. Cada uno procura tener su ámbito de seguridad a resguardo de patadas, de insultos o de miradas que traspasan. Se pretenden invisibles.
Pero no se duermen hasta que no llegan los otros ángeles de la noche que salen con las vituallas que han preparado con esmero para calentar el cuerpo y facilitar un rato de expansión.
Esas personas sin hogar disponen de un manejable tríptico en el que figuran direcciones de interés: emergencias; baños públicos a 0’15 E; alimentos para refugiados o para inmigrantes sin recursos; horarios de lugares donde reparten bocadillos; comedores en los barrios con estación del metro y la discreción debida; centros que gestionan el derecho a percibir una renta mínima (RMI); dispensarios de ropa; alojamientos para hombres o mujeres; centros de noche para drogodependientes con asistencia médica, alimentación y asesoría jurídica; o con lavandería, ducha y enfermería; centros de día con talleres de español para extranjeros; servicios donde reciben información y gestión de las prestaciones sociales a las que tienen derecho por ser personas, así como el servicio de Mediación Social Intercultural (SEMSI) para informar y asesorar a los inmigrantes. Miles de inmigrantes ya se sirven de ellos pero se trata de acercárselos a estas personas desvalidas.
Hace ya bastantes años, una compañera se llevó de mi mesa un café caliente. Después me dijo que era para un hombre aterido en aquella helada noche madrileña. Ahí comenzó todo. Para mi alivio, en el atardecer de la vida, se ha superado la mera beneficencia y proliferan centros para la búsqueda de algún empleo para estas personas expoliadas y desarraigadas por los fallos del sistema socioeconómico, o por sus errores personales.
También están organizados en otras ciudades de España y de otros países europeos. No son parches ni tapabocas, alivio de malas conciencias ni remiendos ante las injusticias de un modelo de desarrollo implacable con los excluidos. Son gritos en el silencio que, mientras dan de comer y de beber, visten y consuelan, alivian y sostienen, se afanan en escribir y en llamar a las puertas de los poderes fácticos para denunciar y aportar propuestas alternativas, organizar redes de solidaridad para transformar la compasión en compromiso y en acción política. Ya no hay tiempo para lamentarnos sin alzarnos en rebeldía conscientes de que lo que se debe en justicia no se concede en ayuda o caridad. El servicio se transforma con el tacto y
Para que el mendigo Pablo no tenga que aguardar a que la vecina abra las contraventanas para dejar paso al nuevo día.
José Carlos Gª Fajardo
Sobre este blog
Jubilatería: Bitácora de un jubilata
jose-carlos-ga-fajardoSoy Profesor Emérito de la UCM. Temas: Derechos Humanos, Infancia, Mujer, Medio ambiente, Desigualdad, Exclusión, Migraciones, Globalización, Salud, Educación, Pobreza, Nuevas tecnologías, Política Internacional, Creencias y Personas mayores... desde que he entrado en la Jubilatería. En esta Bitácora de un jubilata quiero denunciar estos nuevos mitos de la "edad dorada", la "tercera edad", los "senniors"... cuando educamos a los niños para ser adultos pero nadie nos ha educado para ser viejos. Con Philip Roth pienso que la vejez es una "faena". Claro que, bien llevada, es preferible a morirse. Voy a intentar, relativizar lo relativo, bajar a los dioses de sus cielos, no absolutizar nada, aprovechar lo aprovechable, alertar a los más jóvenes para que se aprovechen ya que, de pronto, todo empieza a fallar. Hay que encontrar el ritmo adecuado para poder responder a ese niño que se despierta en un cuerpo viejo y usado preguntando ¿qué ha pasado? Hay una edad en la que la heterodoxia es preferible a la ortodoxia, o a dogmatismo alguno. Sin cinismo ni resentimiento, sin acritud ni ira y sin sarcasmo ni vulgaridad alguna.
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5 comentarios · Escribe aquí tu comentario
jpolinya dijo
Me has recordado mi experiencia en Tánger hace tres años, ayudando a las hermanas de la caridad de Teresa de Calcuta.
Los jueves por la tarde, los niños de la goma (niños de la calle que esnifaban pegamento para pasar las hambres, y lo digo en plural porque no era sólamente la física) sabían que tenían una ducha y un plato caliente, a cambio de permitir que se les requisaran temporalmente (desde su entrada hasta su salida del recinto) las armas blancas que solían portar.
Me di cuenta de que, contra la opinión generalizada, para ellos era tan importante la ducha como la comida. (Mis compañeros creían que se duchaban únicamente para poder comer, aseguro que no era así).
Cuantos de ellos, a sus escasos años, eran ya veteranos en intentos de dar el salto del estrecho.
Los echo de menos
Un abrazo
José Carlos dijo
Un abrazo. Un grano no hace granero, pero ayuda al compañero. Hay gentes que dicen: "¡Hay tanto por hacer!" Y no se deciden a hacer algo. Este es nuestro drama.
José Carlos
NEKANE dijo
Yo dentro de mis posibilidades ayudo porque siempre que miro a alguien en ese estado, un escalofrio recorre mi cuerpo, aunque no sé si es pàrte de mi locura, me parece tan fácil encontrase en un momento dao así, una mala racha, soledades, adicciones...
Me ha encatando,
BESINES
pat dijo
LLamar grano al excluido que recibe un consuelo, o al consuelo recibido por un excluido... es como poco injusto. LLegar a ser excluido en un momento dado puede ser incluso fácil. Pero reintegrarse en la sociedad... eso ya es otro cantar...
jose-carlos-ga-fajardo dijo
De eso se trata, Pat, y no de conservarlos en las calles. En cuanto a lo de "reintegrarse"... muchos de esos seres humanos nunca han estado integrados. Si tú supieras. Pero es obligación del Estado en nombre de la sociedad y en virtud de sus derechos universales como personas recogerlos, acogerlos, ayudarlos, sanarlos, atenderlos y/o cuidarlos. Muchos son enfermos crónicos, mentales, alcoholizados y auténticas ruinas humanas, pero tienen derecho a ser atendidos por la sociedad. Diga lio que dica el cardenal de Madrid que sostiene que al Estado no le compete misión social alguna, (que, según él, es patrimonio secualr de la Iglesia. ¡qué bestia!) sino que el Estado debe ocuparse tan solo de ¡mantener el orden público! ¡qué monstruo!
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