15 Sep 2009

Tiempo de vagar bastante, 33: El tiempo de Galbraith, I

Escrito por: jose-carlos-ga-fajardo el 15 Sep 2009 - URL Permanente


Siéntese ahí mientras doblo estas cosas. Hace muchos años, cuando empezamos en la ONG, como no teníamos horarios y empleados, recibía a las visitas cerrando sobres, y animando al visitante, periodista, profesor o empresario, a doblar el paquete que le ponía delante, y les decía con una sonrisa “Se habla mejor mientras tenemos las manos ocupadas” Pues bien, no hace más de un año, le sucedió algo que nos contó en el jardín de Cantarrans, mientras metíamos flores de Lavanda en bolsitas para que los ancianos las pusieran entre sus ropas en los armarios. Sí, cosas así sucedían a menudo y ya no nos extrañábamos. ¿Que qué ancianos? Pues los que fueran, en esa ocasión eran para un asilo con casi dos centenares de ancianos y de madres solteras, que encontró en Pozuelo.

¿Pues de dónde iba a coger las flores? De los jardines de la universidad cuando ya comenzaban a secarse, en septiembre. Otras veces lo hacía con el romero o con lo que fuera. Ah, no. Decía que las cosas no eran de su dueño sino del que las necesitaba y, además, ¿quién es el dueño de la universidad?, preguntaba retóricamente, pues nosotros, profesores, alumnos y quienes trabajan aquí.

Bueno, eso sí, a sus amigos, a veces nos regalaba esas bolsitas que había cosido su mujer, pero siempre después de haber enviado las primeras a algún ancianato u hospital con enfermos de larga duración. Y yo qué voy a saber. Decía que las personas mayores que visitábamos a veces “olían a viejo”, como le dijo un día una niña refiriéndose a un anciano. Y él quería ocuparse de esas cosas pequeñas, como que oliesen bien sus ropas o que tuvieran plantas para que las cuidaran.

Bueno, que se nos va la olla, ese día contó:

“Ahora hago gimnasia y ejercicios todos los días antes de venir a trabajar, si pierdo algún día me he propuesto sacar esas horas del sábado o del domingo. Habían anunciado en mi barrio la apertura de un centro deportivo municipal y que se atenderían las solicitudes por orden de inscripción. A mis años, caí en la trampa e hice cola un sábado por la mañana porque era en mi propia calle. Aproveché la cola para hacer amigos y enterarme de novedades. Quienes me conocen saben que no me gustan las colas y que prefiero renunciar a un evento si tengo que esperar demasiado. Como se escribió de Cicerón, “era incapaz de hacer antesala”, y por eso acabó como acabó.

En aquella ocasión, hice cola porque, era una buena concesión del ayuntamiento de mi pueblo a una cadena de gimnasios, spas, piscina etc. avalada por su seriedad.

Conseguimos inscribirnos, previo pago de una cantidad por la reserva. Al cabo de cuatro meses dijeron que podíamos hacernos socios previo certificado de empadronamiento y pago de matrícula y del primer mes. Pero, pasados dos meses, todavía no estaba en pleno funcionamiento y, encima, mis problemas cardiológicos me ayudaron a rajarme, a pesar de que el médico me decía que era necesario que hiciera el ejercicio adecuado. Me di de baja, convenciéndome a mí mismo de que, si paseaba todos los días dos horas, ya cumplía con lo del ejercicio. Además. Como dentro de unos meses ya se abría la piscina de nuestra urbanización pues, ya estaba.

Ya, ya. En la piscina habré nadado cuatro veces, en casi cuatro meses, aunque a veces iba con un libro para sentarme a leer sobre el césped, y luego nadaría. Igual sucedió con los paseos de dos horas, por fas o por nefas, no he sido constante.

Me alarmé cuando, no sólo no bajaba de los 100 kilos, restringiendo algo la dieta, sino que cada vez me sentía más torpe y menos ágil. Que lo pensaba antes de levantarme e ir a buscarlo, que me inventaba argucias para no caminar lo suficiente. Le daba vueltas a estas cosas, así como a lo que me costaba sentarme para el Zen, que había ido dejando, como el Taichí, por una u otra excusa.

Siempre he hecho mucho deporte: montaña, natación, equitación, tenis, golf… ¿por qué me había ido dejando? Y ya es sabido que los deportistas, cuando aflojan, parecen recuperar rápido los kilos perdidos así como la elasticidad adquirida y conservada durante años. Aunque la hubiera ido adaptando con la edad y cambiado de actividad deportiva.

No hay peor consejero que uno mismo. Nuestra capacidad para justificarnos, racionalizar miserablemente y auto engañarnos es inmensa. Lo hemos leído en los libros, lo hemos escuchado en conferencias y hasta hemos hablado en público sobre el tema sin el menor rubor.

Hasta que hace unos días, dije: “¡Hasta aquí hemos llegado!” (Como una amiga mía que no dominaba el inglés, y cuyo marido fue destinado en Nueva York. Ya de vuelta en España, un día nos comentó que lo peor había sido el servicio, que la cocinera, como era mejicana, funcionaba bien pero que el butler, un negro muy buen profesional y recomendado, pero que “sólo” hablaba inglés, no seguía sus instrucciones y se le hizo insoportable: “Hasta que un día, me armé de valor y le dije: ¡Hasta aquí hemos llegado, George!” (En EEUU, en ciertos ambientes, llevan siglos dirigiéndose a los negros con ese nombre, se llamen como se llamen. Aún recuerdo que, en un viaje en coche cama, le pregunté al empleado de WL que me atendía por su nombre. Se sonrió y me dijo “George, señor, como todos”. En los países árabe musulmanes, a las mujeres del servicio se les llama “Fátima”, sin más, mientras que a los hombres, “Mohammed”, sea cual sea el suyo.)

Entonces, el marido, un buen abogado internacional y con un sentido del humor, a veces más que irónico, le dijo, así como si nada: “¿Y cómo se lo dijiste, querida?”

“¿Qué cómo se lo dije? Pues como es debido: “Until here we can arrive!”

Sobran comentarios, porque me he desviado algo de lo que quería contar: La otra tarde recibí un SMS en el que el Club me animaba a reactivar mi inscripción… Y miren que yo desconfío de la eficacia de “esos SMS que son verdaderos spam inútiles…”, pues bien, regresábamos de disfrutar con el delicioso debate entre el anciano Descartes y el joven Pascal y, al pasar ante las instalaciones del Body Center, a 200 metros de nuestra casa, metí el coche en su aparcamiento y entré muy decidido. Mi mujer, me preguntó, sin sorna alguna: “¿Vas a venir al gimnasio?” “Creo que es muy conveniente que vengamos los dos porque… “, le respondí, utilizando ese plural a veces tan conveniente.

En fin, salimos de allí con todo firmado y el compromiso de incorporarme al día siguiente. A las ocho de la mañana ya estaba allí perfectamente equipado, hablé con el monitor (dos metros de alto, metro y medio de ancho y un peso en acero de unos doscientos kilos) una persona educada e inteligente que debía estar avezado a tratar con especimenes como el que suscribe, estamos acostumbrados a mandar, con una alta opinión de nosotros mismos, a quienes nos venían achaques como a nadie en el mundo, que teníamos que echar por delante los caballos de cómo le podían suceder estas cosas a una persona que había practicado tanto deporte etc. Imagínense el resto, hasta que al final, le dije: “Ayúdeme y cuide de mi”. Eso sí, añadí “por favor”

Aquel armario de cuatro cuerpos habló con suavidad, comprensión y complicidad, me animó, sacó una ficha amarilla de casi medio metro y fue haciéndome una tabla de ejercicios que “iríamos” haciendo suave y progresivamente…

Desde hace unos días, camino en la cinta, luego bici estática, todo esto ante un gran ventanal que da sobre espacios verdes, a pesar de unas pantallas de TV de gigante que, felizmente, están en silencio. Después, hago los ejercicios del circuito verde, después los del azul y dicen que aún me queda uno gris.
No me inquieto ni me fuerzo. Pero hago lo que debo hacer, bebo Aquarius como todo el mundo, de una botella ad hoc que te regalan junto con una toalla “para el sudor”. Y aquí he advertido algo desde el primer día, hay personas que, al llegar a algún aparato, le pasan la toalla, y otros que también lo hacen al terminar. Los miras, y comprendes. Después, 10’ en el spa para relajarte, ducha, afeitarte, vestirte, camina hacia casa, desayuno y al curro.

J J Gª F

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1 comentario · Escribe aquí tu comentario

Xochimilco

Xochimilco dijo

Suscribo lo que dice sobre la necesidad de tener una disciplina para evitar la racionalización y el autoengaño (vertientes del auto-sabotaje). Tener este tipo de rutinas y costumbres nos ayudan a vivir y a sentirnos mejor.

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