15 Dic 2012
Jorge Valadas .- La memoria y el fuego.
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Portugal la cara oculta de Eurolandia.
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Lewis Munford en su notable libro Historia de las utopías, remarco lo inseparable que es la idea de utopía de la critica del mundo existente: “cualquier comunidad posee además de instituciones vigentes, toda una reserva de potencialidades, en parte enraizadas en su pasado, vivas todavía, aunque ocultas y en parte brotando de nueves cruces y mutaciones que abren el camino a futuros desarrollos”
Bajo esa mirada Jorge Valadas nos ofrece un viaje que no hace tabla rasa del pasado de un siglo de vida de la sociedad portuguesa que se presenta de nuevo carente de energía e iniciativas colectivas con la imaginación anestesiada por la alineación mercantil. Inepta para resistir las fuerzas destructivas del rodillo comprensor europeo, y con más razón se revela incapaz de pensar la utopía de un otro mundo.
Después de demorarse en algunos pasajes desoladores de la evolución del presente, pasa de las autopistas de la modernidad neoliberal a la memoria de los vencidos y al encuentro de señales y vestigios de la utopía social enterrados debajo del cemento y del crédito...por eso su subtitulo…Portugal la cara oculta de Eurolandia.
Las páginas de La memoria y el fuego están escritas en la mejor tradición de la crítica radical, no carente de sentido del humor ni de afiladas verdades y que conforman un libro que es a la vez un mapa mental que contiene la clave para el descubrimiento y el encuentro con esos grandes desconocidos que son los habitantes de Portugal, con quienes tenemos un porvenir más común del que muchas veces se quiere creer.
Y este es el primer libro que firma con su verdadero nombre.
03 Dic 2012
Europa, 2020: Una ucronía .
| Europa, 2020: una ucronía iluminadora |
| J.D. Alt · · · · · |
| 02/12/12 |
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Hubo que esperar a 2020 para que el grueso de la población empezara a “ver” qué era el dinero. Durante unos meses –luego de que la “revelación” comenzara a inundar primeras planas, ondas radiofónicas, pantallas televisivas, blogs, tweets y twits en los principales medios de comunicación—, se convirtió en un chascarrillo bobarrón: “2020, ¡al fin una visión perfecta! ¿Cómo pudo ser todo tan borroso durante tanto tiempo?”. Durante miles de años, en efecto. La mayoría se inclina a pensar que el ajuste óptico empezó con el colapso final de la Eurozona en 2019, un suceso predicho con cierta anticipación. Lo sorprendente es que la revelación se dio con Italia, y no con Grecia, como todo el mundo esperaba. Ello es que la caliente sangre italiana fue la primera en alcanzar el punto de ebullición al calor de la paralizante crueldad de una austeridad duraderamente impuesta: la isla de Sicilia amenazó con la secesión, y estallaron sangrientas revueltas populares en Roma, Nápoles y Milán, primero, y luego por doquiera. El gobierno capituló el 12 de septiembre de 2018, declarando no sólo que se reinstituirían las pensiones –con pagos en “la moneda nacional de Italia—, sino que se incrementarían en un 10%. Luego declaró doce meses de vacaciones fiscales nacionales: los impuestos al ingreso y al valor añadido se suspendieron en tanto durara lo que se convino en llamar la “Transición Nacional”. Las sombrías previsiones de hiperinflación no llegaron a materializarse. En cambio, la gente volvió a la labor para limpiar la basura y los desechos que habían venido amontonándose durante meses, trabajó a cambio de liras, reconstruyó edificios incendiados y reparó vías de tráfico e infraestructuras públicas sumidas en el abandono durante un año. Sin embargo, lo que cogió por sorpresa a todo el mundo fue la decisión del ministro italiano de hacienda sobre el modo de llevar a cabo la transición del euro a la lira. ¿Por qué cargar con el gasto y las molestias de volver a imprimir liras?, se preguntaban. Los teléfonos móviles habían sido capaces durante cierto tiempo de realizar transacciones con las tarjetas de crédito y de débito. Y por qué no prescindir completamente –se preguntaba el ministro— de la lira en efectivo y, en cambio, emitir para cada ciudadano italiano una “Tarjeta de Liras Digitales” (TLD), que podría cargarse con liras en cualquier cajero automático, para luego ser debitada en cualquier establecimiento de venta mediante un teléfono móvil. ¿Y por qué no? A las pocas horas del anuncio gubernamental de la Transición, los trabajadores de la “Brigada de Reconstrucción de Emergencia” (creada para remover la basura y los escombros dejados por las revueltas) estaban cobrando sus “cheques salariales” por la vía de insertar unas Tarjetas de Liras Digitales (TLD) de un rojo brillante en los cajeros automáticos: las liras habían sido depositadas “en” los cajeros automáticos mediante pulsaciones realizadas en los teclados de los computadores del ministerio de hacienda. No tardaron las TLD en comprar vino y pan, pasta, aceitunas y bizcochos en los mercados de Nápoles y Roma. Los cafés callejeros reabrieron sus puertas, y hasta el Teatro dell’Opera, que había cerrado las suyas en 2017, volvió a funcionar: para acceder, bastaba pasar una TLD por un lector situado a la entrada del teatro. Y sobre todo: todo el mundo se sentía feliz de haber refutado en la práctica el amargo argumento político con que se había martirizado al país por años. No; Italia no estaba quebrada. Sólo se había salido del euro, y adiós muy buenas. Pero lo que realmente llamó la atención de todo el mundo fueron las TLD. El servirse de dinero digital empezó a cambiar el modo en que la gente entendía el dinero. No es que fuera algo realmente nuevo; hacía décadas que el grueso de las transacciones se realizaba ya mediante golpes de tecla digitales. Lo nuevo, parece, era la total ausencia de dinero en efectivo. La nueva lira solo existía en forma digital: números en una pantalla. No podías tenerlas en la mano y contarlas una a una. No podías juntarlas en fajos y metértelas en el bolsillo o guardarlas en la cartera o encerrarlas en una caja fuerte. Ni podían caérsete del bolsillo y perderse. Empezó a perder fuelle la idea del dinero como una cosa física que, como cualquier otra cosa física, se asocia a cantidades finitas. Mas raro aún, todo el mundo empezó a entender claramente de dónde venían las liras digitales, cómo se creaban. Se creaban desde el teclado de una computadora del ministerio de hacienda. Ya no era como si vinieran de un puchero que, de una u otra forma, tuviera que volver a llenarse. Lo cierto es que el ministerio de hacienda producía liras exactamente igual que un generador eléctrico bombea electrones hacia la red eléctrica, desde donde mueven motores e iluminan accesorios luminosos y pantallas de televisión. Los trabajadores de la Brigada de Emergencia pudieron “ver” eso cuando insertaron sus TLD en los cajeros automáticos y observaron aparecer los números en la pequeña pantalla. Los bancos siguieron prestando como antes, pero también aquí hubo sorpresa: el app del teléfono móvil que permitía a todo el mundo la gestión de sus propias cuentas de TLD revelaba –en formato visual— que, una vez concedido el crédito bancario, el banco NO incrementaba la oferta nacional de dinero (según se había creído durante siglos). Cuando un fabricante de pasta tomaba prestadas 100 liras digitales para comprar harina, la columna derecha de su TLD-app mágicamente se incrementaba por valor de 100 “nuevas” liras digitales; pero la columna izquierda mostraba simultáneamente -100 liras digitales, el monto que tenía que devolver al banco. Sus liras digitales netas (la línea de abajo en su TLD-app) seguían igual: el banco, en efecto, no había “creado” dinero alguno. Eso venía a reforzar su percepción de que las nuevas liras digitales creadas eran las que habían salido de los teclados del ministerio de hacienda. No podrían haberse creado de otro modo. Y una vez eso se hizo diáfano, otra cosa comenzó a impresionar la percepción cotidiana de las gentes: la única forma que tenía el ministerio de hacienda de dar existencia con pulsaciones de teclas a las liras digitales era “gastar” esas liras en algo. Y gastarlas, las gastaba. Para pasmo de todos, durante el año de la “Transición Nacional” –entre el 12 de septiembre de 2018 y el 12 de septiembre de 2019— el Estado contrató con empresas privadas y con contratistas obras de reconstrucción y reparación por un monto superior a los 60 mil millones de liras digitales. Se expandió el sistema de la educación pública, se planearon escuelas e institutos nuevos para cada comunidad, y la formación de maestros y profesores se convirtió en prioridad nacional. La “Brigada de Reconstrucción de Emergencia” se engrosó rápidamente, hasta llegar a substituir por completo la cobertura pública del desempleo y suministrar un trabajo útil a cada ciudadano italiano parado mayor de 16 años dispuesto a trabajar por un salario. Completada la limpia y reconstrucción del país, la BRE pasó a desarrollar todo tipo de servicios que los alcaldes y poderes locales pudieran considerar de utilidad, sin competir con las empresas privadas locales. Se instituyeron programas de subvenciones con metodología experimental –modelados conforme a los esfuerzos de la Fundación Gates para la erradicación de las enfermedades tropicales— para dotar con dineros de partida a pequeños innovadores en todo tipo de asuntos, concediéndose las subvenciones a través de una evaluación por pares organizada por Internet y de un proceso de votación. Las ciudades costeras comenzaron el largo y arduo proceso de elevar sus históricos diques de piedra de contención marina para hacer frente a las sombrías predicciones climáticas de una crecida del nivel de los océanos. La tasa de desempleo nacional, que había llegado al 40% antes de las revueltas, cayó a menos del 10% en doce meses. En acelerada caída el desempleo, el mayor debate en el ministerio de hacienda durante el año de la “Transición Nacional” era si podían extenderse, y por cuánto tiempo, las vacaciones fiscales, y qué tipo de estructura fiscal imponer luego. Lo que dio una inesperada vida al debate fue percatarse –de modo tan repentino como cristalino— de que la razón para reintroducir los impuestos NO era que se necesitaran para recaudar liras digitales a fin de poder pagar el gasto público. Pues estaba meridianamente claro que el ministerio de hacienda podía gastar tantas liras digitales como le acomodase, simplemente dándole al teclado. No era necesario recaudarlas antes como impuestos. No; la razón de que el ministerio reintrodujera los impuestos era la necesidad de drenar la circulación de las liras digitales, una necesidad dimanante de la necesidad de controlar la inflación. Aunque no habían hecho todavía su aparición las presiones inflacionarias sobre la lira digital, parecía inevitable que lo hicieran a medida que descendiera más y más el paro, y la economía fuera acercándose a una situación teórica de pleno empleo. El ministerio de hacienda se hizo consciente de la tarea que propia y realmente cumplirían los impuestos: sacar de la circulación una parte de las liras digitales anteriormente gastadas, a fin de impedir que el volumen total de liras en circulación se disparara fuera de control. Una vez hubo consenso general sobre eso, los términos del debate cambiaron, y pasó a discutirse qué tipo de fiscalidad nacional había que imponer. Si no se recaudaba para cubrir el gasto público, ¿no podría hacerse con otros fines? ¿Por qué no un Impuesto al Ingreso con fones de redistribución de la riqueza? Pero si se acababa de admitir que los impuestos no se recaudan para cubrir el gasto público –si no hay diferencia entre liras recaudadas como impuestos y liras creadas con un teclazo—, entonces ¿cómo habría de redistribuir la riqueza un Impuesto al Ingreso? Los impuestos al ingreso, era evidente, ¡ya no cumplían el menor papel! Análogamente, ¿para qué servía gravar el consumo con un Impuesto al Valor Añadido o IVA? Lo que se quiere, después de todo, es que los consumidores consuman; así que ¿para qué penalizarlos por ello? Lo que se acordó finalmente es un impuesto al carbono. Tenía éste el mérito, sobre todo, de conseguir el objetivo –todos sabían que muy pronto sería un objetivo crítico— de drenar la circulación de liras digitales para controlar la inflación. Pero, en segundo lugar, se conseguía el objetivo de incentivar a empresarios y a consumidores a quemar menos carbono en la producción y en el consumo. Los diques marinos construidos por la BRE podrían no haberse construido tan altos como pudiera llegar a ser necesario. Había un grupo particularmente insatisfecho con todo esto: los mafiosos que, desesperados, habían empezado a convertir a toda prisa sus negocios a cualquier moneda que no fuera la lira, porque descubrieron de un día para otro que resultaba imposible llenar maletines con efectivo para sus transacciones criminales. Los padrinos estaban furiosos, pero habría sido necio plantear abiertamente sus objeciones. En un descubrimiento conexo, el gobierno halló que un sencillo programa de computador conseguía eliminar virtualmente la inveterada corrupción de las contratas públicas. Resultó que la trayectoria por la economía de cada lira digital emitida podía seguirse indefinidamente con precisión. El programa, conocido como L-Track, podía realizar búsquedas con filtros variables que generaban información instantánea sobre el lugar en que se hallaba la lira en cuestión en cualquier momento dado. Imposible esconder liras, y muy difícil detraerlas sin ser visto. El mundo estaba expectante, huelga decirlo. Observaba con el mayor interés. Los economistas ortodoxos se devanaban los sesos para entender la “primavera italiana” y se desesperaban tratando de explicar por qué el “déficit” que el Estado italiano “estaba registrando” no parecía ser la “deuda” que siempre fue, y que siempre tenía que “devolverse” a todo el mundo. Este extremo último de la confusión también se acabó, y la “gran iluminación” empezó a abrirse aquí también paso. Los ciegos recuperaron la visión, se abrieron los ventanales, se descorrieron los glaucos visillos y se abrió paso una nueva visión del dinero: cuando aquellos villanos financieros que habían tenido secuestrada a la Eurozona todos esos años de crisis de deuda aumentando los tipos de interés exigidos para comprar bonos griegos, italianos y españoles y negándose a aceptar la menor quita cuando estas desdichadas naciones se esforzaban por pagar intereses; cuando aquellos fariseos compradores de bonos fueron al ministerio de hacienda italiano y anunciaron que ahora sí querían comprar de nuevo bonos italianos, recibieron esta contestación del ministro: - “¿Bonos? No tenemos bonos para vender. ¿Para qué querríamos venderles bonos a ustedes? No tenemos necesidad de su dinero”. Y los compradores de bonos repusieron: - “¡Pero nosotros queremos comprar sus bonos! Necesitamos un lugar en el que aparcar todo este dinero en efectivo, que no sabemos qué hacer con él; un lugar donde depositarlo y que nos rinda intereses. ¡Necesitamos que emitan ustedes bonos para que nosotros podamos comprarlos!”. A lo que el ministro de hacienda replicó: “Si ustedes desean gastar su dinero en Italia, vengan y construyan una fábrica, o inventen una nueva manera de convertir la luz solar en electricidad usando nano-partículas, o encarguen una nueva ópera o alguna gran obra de arte… Pero no vengan aquí a comprar nuestros bonos. Ya no estamos en el negocio de aparcarles aquí el dinero y, encima, pagarles por el privilegio.” Corría el año 2020, y el mundo todo se incorporó y tomó nota.
J.D. Alt es un economista norteamericano perteneciente la grupo de investigación postkeynesiano conocido como Teoría Monetaria Moderna. Escribe regularmente en New Economic Perspectives. Traducción para www.sinpermiso.info: Mínima Estrella |
04 Ago 2012
Invitación a la utopía .
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Estudio histórico para tiempos de crisis.
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No corren tiempos propicios para la utopía. Pero quizá sea esa su característica principal: la de tener que avanzar contra viento y marea. La situación de destierro en que viven hoy las personas y los proyectos utópicos es muy similar a la de los poetas en la República de Platón: son expulsados de la ciudad ideal porque no alcanzan la verdad.
Acaba de aparecer el nuevo libro de Juan José Tamayo que se propone intervenir en el actual debate en torno a dos concepciones de la razón, la utópica y la científico-técnica, con un doble objetivo: por una parte, rehabilitar y activar la utopía con sentido crítico y dialéctico en medio de la oscuridad del presente; por otra, ponerla al servicio de la emancipación humana y de la liberación de los pueblos.
Para ello estudia pormenorizadamente algunos de los hitos más importantes de la historia de la utopía, de las contrautopías y de las distopías. Empieza con los principales cultivadores del género utópico en Grecia: Homero, Hesíodo, Platón, y con sus críticos más madrugadores y agudos: Aristófanes y Aristóteles. Continúa en la Edad Media con el análisis de las utopías del milenarismo, de la Ciudad de Dios de Agustín de Hipona y de las Tres Edades de Joaquín de Fiore, que ejerció una extraordinaria influencia en la posterior filosofía de la historia y en los movimientos revolucionarios modernos.
Presta especial atención a las creaciones utópicas de Tomás Moro, Tomasso Campanella y Francis Bacon, las más emblemáticas en el género literario. Profundiza en algunas de las utopías revolucionarias de la Modernidad: el socialismo utópico, el marxismo y el anarquismo. En esta historia se incorpora, quizá por primera vez, a la utopía feminista, que reconstruye en sus momentos estelares desde la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana (1791), de Olympia de Gouges hasta El segundo sexo (1948), de Simone de Beauvoir, pasando por Vindicación de los Derechos de la Mujer (1792), de Mary Wollstonecraft, la Declaración de Sentimientos (1848), de Seneca Falls, y la utopía feminista socialista.
El recurrido histórico se completa con las distopías del siglo XX y con la más reciente utopía alterglobalizadora de los Foros Sociales Mundiales concretada en la crítica a la dictadura de los mercados y en la propuesta de “otro mundo posible”, donde convergen tendencias políticas, corrientes intelectuales y movimientos emancipatorios de distinto signo. Es sin duda, una de las aportaciones significativas de la obra.
La historia constituye la base para la posterior reflexión filosófica y teológica sobre la utopía. Uno de los capítulos centrales del libro está dedicado a recuperar el verdadero sentido y significado del término utopía, a partir de las reflexiones de los pensadores del siglo XX que han reflexionado sobre el tema desde diferentes enfoques, tanto los que han elaborado una filosofía de la esperanza, como Bloch, Marcel y Laín Entralgo, entre otros, cuanto los que han desarrollado una filosofía de la utopía negativo, como algunos autores de la Escuela de Frankfurt.
Como teólogo de la liberación y especialista en los estudios bíblicos, Tamayo dedica un extenso capítulo, sin duda muy logrado dada su especialidad en el tema, al estudio de las utopías y de las contra-utopías en la Biblia, bajo la inspiración de los teólogos de la esperanza, entre los que destaca Jürgen Moltmann, que le sirve de guía. Es un capítulo que tiene la impronta de la antropología bíblica de la esperanza, que ya desarrollara Tamayo en su obra Para comprender la escatología cristiana (Verbo Divino, Estella, Navarra, 1993; 2008, 3ª ed.).
Tamayo no desconoce las críticas contra la utopía, sino que las tiene muy en cuenta y las expone con objetividad y respeto intelectual. Pero el libro no se queda en la crítica. Ni el tema ni la orientación del mismo justificarían dicho final. Sería un final amargo . Tras las críticas, que toma muy en serio, viene un capítulo, el último, dedicado a la rehabilitación de la utopía, pero no apologética e ingenuamente, sino con sentido crítico.
¿Utopía en tiempos de crisis? Es la pregunta que guía toda la obra. Las utopías tienen su temporalidad, afirma Ernst Bloch. Es precisamente en tiempos de crisis cuando los oprimidos expresan su descontento e indignación, radicalizan su sentido crítico y formulan utopías movilizadoras de las energías emancipatorias de la humanidad. Por eso este libro es una invitación a cultivar la utopía, a escribir nuevos relatos utópicos y a pensar la realidad más allá los límites de lo posible, como sugiere Walt Whitman: “Antes del alba, subí a las colinas, miré los cielos apretados de luminarias y le dije a mi espíritu: cuando conozcamos todos estos mundos y el placer y la sabiduría de todas las cosas que contienen, ¿estaremos tranquilos y satisfechos? Y mi espíritu dijo: No, ganaremos esas alturas para seguir adelante”.
22 Jun 2011
Utopía , tradicción y cambio.
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Asambleas abiertas, no-violencia, no-representación. La diferencia del 15 M
El 15M se compone de un complejo de dispositivos: las multiconexiones del tejido digital, las plataformas, las manifestaciones, las acampadas y las asambleas abiertas y otros que van e irán apareciendo. Lo que voy a defender es que, de todos ellos, el dispositivo determinante, el que señala la diferencia para todos los demás, es la asamblea abierta. El 15M es una gran asamblea abierta.
La asamblea abierta es un dispositivo que funciona con una lógica muy particular. Digamos que lo que la caracteriza es que no reconoce enemigos, sólo interlocutores.
En principio, que la asamblea sea abierta significa que no impide el acceso a nadie. Cualquiera está invitado a participar en ella. Significa, igualmente, que tampoco tiene límites territoriales ni sociales. Como dispositivo puede extenderse a cualquier territorio o a cualquier institución social. Entiéndase que estos principios de funcionamiento no son ni principios morales ni principios puros. Son fuente de conflicto continuo para la asamblea abierta. Son sus problemas, los problemas que lo definen como dispositivo: los problemas para los que tiene que buscar soluciones concretas a cada momento, pero que nunca puede resolver enteramente.
No excluir a nadie es un problema porque eso significa que la asamblea tampoco excluye a toda aquella persona que porte algún tipo de bandera o identidad. Que la bandera sea de opresión o de resistencia no puede serle indiferente a la asamblea, por supuesto. Pero sea de opresión o de resistencia, la bandera introduce la representación, mientras que es condición de existencia de la asamblea abierta que nadie representa otra cosa que el argumento que defiende. Por eso admite a todas las personas, pero tiene muchos problemas con los símbolos. Ahora bien, sería ilusorio pensar que la asamblea puede aislarse enteramente de los símbolos de pertenencia, así que tendrá que negociar continuamente el alojamiento de las banderas de resistencia. El caso paradigmático en la acampada de Madrid se produce con la comisión de feminismos.
Es más, la asamblea abierta es parte del mundo y en el mundo sí que existen muchos obstáculos que impiden asistir a la asamblea o participar en ella. A menos, entonces, que pretenda enfundarse de nuevo en una ilusión de aislamiento, tiene que esforzarse por cambiar esas condiciones externas a la propia asamblea que puedan impedir que alguien participe en ella. El ejemplo simbólico en el 15M son los intérpretes de lenguaje de signos para sordos. Pero, ¿qué ocurre con la mileurista que trabaja 10 horas al día? De la misma manera, la capacidad de extenderse globalmente tendrá que tener en cuenta necesariamente las circunstancias propias de cada territorio político-cultural.
Ahora bien, de estos dos principios que son uno: la ausencia de limitaciones internas; se sigue un tercero que es, o así me lo parece, el determinante: la asamblea abierta no puede reconocer traidores. Esto es, si nadie puede ser excluido, tampoco a nadie se le puede impedir que se vaya ni se le puede maldecir por que abandone la asamblea. El acceso está libre para que la gente entre o salga. Y el que sale no es peor o mejor que la que entra. La asamblea abierta no puede considerar que quien la abandona comete una infidelidad porque tampoco ha pedido ninguna confianza, no ha hecho ninguna promesa, no hay ningún intercambio en juego, lo que podamos lograr con esto depende de lo que hagamos entre todos, pero nadie sabe qué es lo que podemos lograr.
La asamblea abierta, por tanto, no exige una lealtad incondicional, sino una parcial, coyuntural, condicionada al momento en el que se participa. Y por eso mismo, aunque sabe que hay muchas personas trabajando para hacerla naufragar, no reconoce enemigos. En efecto, aquellos que están intentando evitar que la asamblea abierta del 15M exista y se extienda son también posibles participantes en la asamblea. Y la gente de las asambleas se dirige a ellos como tales. Les invita a participar. Les dice: “Sr. Dragó, Sr. Jiménez Losantos, Sr. Savater, Sra. Aguirre... no nos miren desde las alturas de sus banderas particulares, únanse”.
Si el 15M es apartidista, si no es de derechas ni de izquierdas, si no asume la lógica de la representación, si utiliza el consenso... es porque el 15M no reconoce enemigos, sólo reconoce a gente que por diversas razones en estos momentos no participa, pero a los que no pone ninguna condición como personas para participar, a las que invita amigablemente a hacerlo. Y esto no es una pose, ni un sueño, es una lógica revolucionaria con sus propios problemas reales.
Es fácil entender desde aquí por qué esta lógica revolucionaria implica que las acciones del 15M sean no violentas. Esta lógica, además, define claramente en qué consiste esa no-violencia: no hay que considerar a nadie como enemigo: ni a los políticos ni a los banqueros ni a los policías. La consigna “policía únete” que se cantó en los primeros días es la consigna propia de la asamblea abierta del 15M. Ninguna acción del 15M puede dirigirse hacia una persona como si ésta fuera un “otro” con el que no es posible hablar. La manera de tratar a la gente, sea cual sea su profesión, sea cual sea su condición, ha de ser la apropiada para entablar un diálogo con ella. El 15M no reconoce enemigos, sólo reconoce interlocutores.
Carl Schmitt definió lo político como la diferenciación entre amigos y enemigos. Si aceptáramos su visión, tendríamos que concluir que el 15M es apolítico, porque se niega a distinguir. El 15M sólo distingue entre amigos actuales y virtuales. Pero no es cierto que 15M sea apolítico. El 15M inventa un espacio de la política que no asume la lógica de la representación. La lógica de la representación es el modo en que funcionan todos aquellos dispositivos político-ideológicos que construyen la figura de un enemigo, sobre todo la figura de un enemigo interior: el traidor. El Representante, el Soberano, lo es porque tiene la última palabra a la hora de designar ese enemigo. El Representante no representa ninguna realidad, no representa a la gente, sólo Representa a la Causa. La Causa es lo que une a los leales, lo que los separa de los desleales o enemigos. La lógica de la representación pone en ejercicio una lealtad incondicional a la Causa.
El 15 de junio y los días posteriores, el 15M vivió en sus propias carnes como funciona un dispositivo de construcción de la figura del enemigo interior. La acción policial coordinada con la opinión de los medios de comunicación dominantes y la de algunos políticos intentó construir una narración en la que adherirle al 15M la etiqueta de violento. En el código de la democracia española actual, la pareja amigo / enemigo se traduce como demócrata / violento. Pero, el error no estuvo en esa acción coordinada de policía, prensa, políticos. Esa respuesta tendría que haber sido anticipada, ya que es una manera rutinaria de actuar por parte de los dispositivos político-ideológicos dominantes. El error estuvo, pienso, en que la acampada de Barcelona quiso jugar en el terreno de la representación, quiso participar en el Parlament. Pero ahí no tiene ninguna fuerza, así que salió chamuscada, y con ella todo el 15M.
La lógica de la representación, por lo demás, genera un juego de espejo muy particular. Cuando otros te interpelan como enemigo inmediatamente se reconocen a sí mismos como enemigos tuyos. Es decir, cualquier espacio que distinga entre amigo y enemigo se presenta a sí mismo como enemigo de sus enemigos. De este modo, crea un espacio invertido de amigos posibles para los cuales el espacio primero es ahora el enemigo. Este nuevo espacio de representación creado como inversión del primero podrá conllevar, a su vez, una instancia de representación, un poder de designación del enemigo o de control de las fronteras entre amigo y enemigo.
Dentro de la tradición de izquierdas, tanto anarquista como marxista, el espacio de representación invertido se ha utilizado como punto de apoyo desde el que plantear la lucha política. Esta consistiría entonces en una lucha por designar al “verdadero” enemigo. Desde esa tradición es, por tanto, difícil entender la especificidad del 15M y éste se piensa simplemente como una movilización multitudinaria en la que la confrontación pondrá en marcha la construcción de la figura del enemigo y de su espacio invertido, a partir de la cual entablar la batalla por señalar al “verdadero” enemigo: el Poder, el Capital.
Pero quienes siguen adheridos a esas tradiciones no han recabado, de ahí quizás su impotencia, en lo erosionada que está la lógica de la representación misma, en la desconfianza que esa lógica misma en sus diferentes formas provoca. Ni la pureza del igualitarismo anarquista, ni el partido de vanguardia ni el grupo dirigente pueden presentarse como mejores representantes que el sistema de partidos realmente existente. Hasta tal punto se ha explotado esa confianza a lo largo del siglo XX a favor de unas elites y en contra de la mayoría que se ha vuelto muy difícil otorgarla por más tiempo con esperanzada ingenuidad.
Es por ello que la acción de masas ya no puede pensarse como en el pasado. La multitud libre del siglo XXI no necesita que la dirijan, ella se dirige a sí misma. Y con el 15M ha encontrado su modo de organizarse: la asamblea abierta.
Dicho esto, sin embargo, hay que entender igualmente que, en las condiciones históricas actuales, la asamblea abierta funciona fuera de la lógica de la representación, pero no puede eliminar el espacio de representación del sistema de partidos. Desde luego que la asamblea abierta puede extenderse y, desde luego, que la fase siguiente consistirá en acampar en los centros de trabajo. Pero hay toda una serie de instituciones políticas en las que en estos momentos la asamblea abierta no puede ni siquiera plantearse entrar: aparatos represivos, ejército, sistema judicial, gasto público, relaciones internacionales... No se trata, por tanto, de acabar con el espacio de representación partidista, sino de abrir una brecha por la que la multitud pueda respirar, avanzar, aumentar su potencia. No se trata de acabar con la plaza, sino de acampar en ella.
Es cierto que con la aparición de la asamblea abierta del 15M, ya no tiene sentido aplicar la lógica de la representación a la acción de masas y que, por tanto, el sistema de partidos queda ahora como forma de representación sin alternativas. No se le puede oponer ninguna otra forma de representación, sólo una lógica distinta, que no lo destruye. Pero, ¿acaso no carecía ya el sistema de partidos de alternativa desde cualquier perspectiva mínimamente realista?
Todos aquellos que desde la izquierda tradicional están pensando en hacer que el 15M se dirija hacia la lógica de la representación, podrían también proyectar sus energías en crear un frente electoral de izquierdas capaz verdaderamente de ganar elecciones. Un frente electoral de izquierdas puede intentar ser la traducción al sistema de partidos del 15M. Pero sólo podrá serlo si es capaz de someterse al movimiento, si entiende que el movimiento no es derechas ni de izquierdas, que no es ni puede ser su movimiento, si entiende que el movimiento es autónomo o no es. El movimiento no necesita que nadie le dirija: él sabe hacerlo por sí mismo. No necesita que nadie le imponga una lógica: él tiene una lógica propia. No necesita un partido concreto porque juega fuera del espacio de la representación. Un frente electoral de izquierdas tendrá que ser capaz de mandar obedeciendo, de asumir todas la exigencias de transparencia, apertura, democracia interna, austeridad, medidas anti-corrupción, uso del consenso y la participación que exige el movimiento. Su fuerza social, en fin, tendrá que venir determinada por la fuerza del movimiento y sólo se podrá mantener con su apoyo.
.http://josemanuelparedes.blogspot.com/2011/06/aurelio-sainz-pezonaga-asambleas.html.
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28 May 2011
Sobre el lenguaje fascista de la estaca del sr. Mas y Puig.
La suciedad del sistema
Sábado, 28 de Mayo de 2011
(Un artículo de la escritora Sara Rosenberg para inSurGente).-
Hoy (27 de mayo) después de la feroz represión policial en Barcelona que dejó más de cien heridos, las plazas han vuelto a llenarse. En Sol todos agitaban manos y flores, muchos gira-soles, y al grito de Barcelona no está sola, se pedía la dimisión del consejero (Puig) y la indignación crecía como una ola y vencía con dignidad y solidaridad la violencia del sistema.
Si pretendían intimidarnos han conseguido exactamente lo contario. “No nos representan” y “no tenemos miedo” en miles de voces que saben que el pueblo unido jamás será vencido, lo decían claramente.
Sin embargo, además de la emoción que produce saber que no estamos solos y somos capaces de resistir los repugnantes métodos de la represión, la porra y las palizas, algo notable estaba pasando en el desenmascaramiento del discurso del poder.
EL consejero de la generalitat en su discurso de justificación de la violencia argumentó sin cesar la necesidad de LIMPIAR de “esos elementos” la plaza, habló de necesidades de SALUD pública, de HIGIENE, y lo repitió insistentemente, como si las movilizaciones ciudadanas por la justicia y la dignidad fueran una enfermedad o un virus peligroso.
También Artur Mas repitió en su discurso la palabra LIMPIEZA y habló de controlar la SALUD pública, justificando los golpes y el atropello brutal a los compañeros acampados.
Coinciden también estos discursos con la visita a Sol de inspectores de sanidad enviados por el gobierno, que sólo pudieron comprobar lo sanos que estamos y lo bien que funcionan la comisiones de trabajo encargadas de esos temas (Alimentación, limpieza, etc.).
La organización de las acampadas demuestra con creces la capacidad de organización, una organización capaz de cubrir todas las áreas necesarias en esta pequeña ciudad democrática dentro de la ciudad autoritaria.
Pero las palabras no son inocentes. “Salud pública”, “higiene” y “limpieza” son palabras cargadas. Terriblemente cargadas.
Usarlas implica que hay un cuerpo o un grupo enfermo, que debe ser puesto al margen. Son palabras que provienen de la medicina autoritaria, de la discriminación, del racismo, y del concepto tremendo que los nazis ya utilizaron para segregar y asesinar a todos aquellos que les molestaban. Cuidado con las palabras de los señores consejeros y presidentes:
En las plazas de España no hay ninguna enfermedad. Al contrario, la salud es excelente.
En las plazas de España la salud se expresa en la decisión insoslayable de luchar por nuestros derechos humanos básicos: trabajo (digno), educación (laica y gratuita), salud (pública), vivienda.
En las plazas de España la buena salud se expresa en la decisión de hacer justicia. De luchar por la justicia. Y la buena salud es imaginativa, tanto como para saber cómo construir otro mundo, porque otro mundo es posible y necesario.
En las plazas de España la salud es fabulosamente sana, cuando ha decidido luchar contra la enfermedad profunda del sistema capitalista: la corrupción en estado de metástasis.
En las plazas de España hay un limpieza absoluta, una transparencia constante, un crecimiento imparable, un enorme aprendizaje de la salud civil, que ya no tiene vuelta atrás. Es la salud infinita entre iguales que se han puesto en marcha.
Por eso, esas palabras no son inocentes, ni están en el discurso del poder de manera inocente. La higiene que el poder ejercita es la única higiene que conoce: la de violencia y la represión contra el pueblo que dice levantando las manos “estas son nuestras armas”, las saludables y cada vez más numerosas manos que se alzan. Y sobre todo la salud enorme de seguir adelante sin miedo.
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El ágora utópica
Leyendo en Insurgente el artículo de Sara Rosenberg La suciedad del sistema (en el que señala que los fascistas catalanes, siguiendo a sus modelos italianos y alemanes, hablan de “limpieza” en relación con los disidentes), me he acordado de que en italiano polizia (policía) y pulizia (limpieza) se escriben y pronuncian casi igual. El poder quiere limpiar las calles, que cree que siguen siendo de Fraga, y solo tiene una escoba. Pero nosotras tenemos otra, que, como en El aprendiz de brujo, se multiplica cada vez que intentan romperla: la escoba de la indignación, movida por la obstinada fuerza de los hechos. Mientras el miserable Felip Puig decía públicamente que los mossos solo habían usado la violencia para defenderse de las agresiones de algunos acampados, veíamos las imágenes de unos enmascarados (y, por favor, no insultéis a las honestas meretrices llamándolos hijos de puta) golpeando con saña a jóvenes indefensos sentados en el suelo (y, por tanto, profanando la Constitución y el Estado de derecho y el Estatut que habían jurado defender y deshonrando el uniforme que, al parecer, les tocó en una rifa).
Y bajo cada golpe de la indignidad y la cobardía, la escoba de la indignación y del valor se multiplicaba con la incontenible potencia de las progresiones geométricas. Para barrer de las calles, que vuelven a ser nuestras, la verdadera basura.....
www.kaosenlared.net/noticia/el-agora-utopica

21 Abr 2010
Elogio de la estulticia. La crisis de las palabras.

Actualidad de los clásicos
“Elogio a la locura” de Erasmo de Rotterdam
Luis Roca Jusmet
Rebelión
Los clásicos del pensamiento se definen, como bien dice el gran filósofo vivo Pierre Hadot, por su capacidad de presentar una experiencia intelectual que puede ser revivida más allá del momento histórico en que fue escrita. “Elogio a la locura”, escrito por Erasmo de Rotterdam en el siglo XVI, es un libro bien curioso. Por una parte porque siendo la obra más conocida del autor fue escrita en pocos días como una especie divertimento. Erasmo estaba aburrido en casa de Tomás Moro y en unos días escribe este libro. No es un caso único porque lo mismo pasó con Freud respecto a su “Malestar en la cultura”. En ambos casos hay una frescura y una fluidez que no tienen sus escritos más rigurosos. Pero lo más fuerte es que Erasmo, que ha pasado a la historia por la defensa de la racionalidad de un humanismo equilibrado, pase a la historia con un libro que no es un elogio de la razón sino todo lo contrario. La palabra latina stultia además no es tanto lo que hoy entendemos por locura ( dementia) sino más bien la estupidez.

Erasmo de Rotterdam
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Hay una razón, que podríamos llamar táctica que puede explicar el título. La crítica de Erasmo, que es muy radical y no deja títere con cabeza, podría desencadenarle serios problemas con el poder. Al hablar en nombre de la Locura se cubre con un ropaje satírico que le protegerá, mientras el buen entendedor puede captar su mensaje sin problemas. Pero yo creo que el texto va más allá de esta motivación. Hay una especie de juego saturnal desesperado por parte de Erasmo en el que se da cuenta de que tiene que dar la vuelta a su propio discurso para ser radical, para llegar al fondo de su crítica. Lo que ocurre en su época es que nadie hace lo que dice, hay una impostura generalizada, la Iglesia utiliza el discurso del cristianismo para legitimar el poder, los privilegios y el cinismo de los que lo utilizan. El gran drama es que las palabras que debería utilizar para criticar a los impresentables de su época ha sido apropiada por estos.
Podemos hacer una analogía entre la época de Erasmo y la nuestra. Si seguimos a Wallerstein el siglo XVI es el final de un sistema-mundo y el inicio de otro, el capitalismo como economía-mundo. Continuando con su planteamiento la economía-mundo del capitalismo se está acabando y está empezando otra que no sabemos lo que será. Tampoco lo sabía Erasmo ni la gente de su época. Lo único que sabían es que el sistema estaba acabando y los poderosos mantenían sus privilegios como aves de rapiña sin importarles el futuro, que no sería el suyo. Hoy pasa lo mismo: sabemos que el capitalismo está llegando a su límite y que una minoría sigue expoliando a su costa. Pasa también que vivimos esta “crisis de palabras” (según la expresión de Daniel Blanchart en un texto muy recomendable que se titula así). No sabemos cómo expresar nuestra rabia, nuestra indignación, nuestra crítica. Socialismo, democracia, derechos humanos, izquierda, libertad, igualdad eran palabras contundentes que querían decir mucho, que expresaban movimientos reales por la emancipación. Hoy es este discurso es utilizado por los liberales que gestionan el sistema (sean liberales puros, liberales conservadores o socioliberales) y el estalinismo destruyó el sentido emancipatorio del término comunismo. El desaliento es el peligro inmediato que nos acecha pero hemos de ver la manera, difícil por supuesto, de recuperar esta ética de la verdad a través del discurso que en su momento Erasmo no pudo hacerlo de otra manera que elogiando la locura. Yo no sé cual es la solución pero si sé que los que queremos reivindicar la tradición de la izquierda hemos de evitar alimentar con falsas retóricas esta crisis de palabras que tanto daño está haciendo.

Tomas More.
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