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20
Oct
2009
Tulumba
Al llegar a la comarca, si es Ud. un viajero al que le agradan los detalles, verá un camino lento y clavado en la sierra que le permite entrar en la Villa. Tan solo 800 habitantes. Están allí desde hace siglos. Fue territorio de paso. Un cruce insignificante donde hasta los perros ignoraban el gasto de detenerse a oler cada esquina. Llegue hasta esta aldea, ¡de los pelos!. Con 9 años. Mi padre se retiro agobiado por el alcohol y las deudas. Descubrí que el teléfono entre dos latas de conserva y un hilo, estaba allí instalado aun antes de Bell. O que mi vecino era capaz de ponerse una barra de hierro en la boca y doblarla hasta que el espectáculo de mantel y servilleta me hería la risa.
_”Hola. ¿Comienzas hoy en el cole?”
_”Si”. Una niña de un castaño de sauce me recibió el primer día. Nadie se había acordado de mí –hasta ese momento, con ojos femeninos. Pero, debo confesar, las señoras del sexo vecino, me invitaron en este pueblo a la fiesta que los hombres llamamos: amor y silencio. En esta villa me monte en bici y hasta participe en una carrera contra adultos. El exceso me dejo seco los pulmones y el puré con mantequilla de horas antes se me vino hasta el cuello.
Si Ud., seguía el camino hacia la parte alta de la sierra, un remanso de agua atajaba los peces, que en batida nocturna llegaban hasta un lago que aparecía unos metros antes. Nosotros íbamos a pescar sin sal ni caña. Solo con una botella de sidra agujereada en el trasero.
Y,¡ de traseros comprendí!.¡Cosa inexplicable!. Salía diariamente a pasear con una mujer de 20. Ella no se pasó más que de cariño, ni yo entreví más que algo platónico. Pero mis amigos espiaban por su herida de envidia y maléficas ilusiones. En este pozo de sexo no entendido, descubriría también la amante de mi padre. Sola. Capataz de su rancho. Mujer de coraje y trato antiguo.
Pero este nicho de felicidad, no podría entenderse sin los sables, que se tragaba un tipo que actuaba de vez en cuando en la posada frente a la iglesia. O los techos inmensos y altos de esta particular casa de los fieles pintada de blanco, y que en su interior guardaba un inmenso retablo de oro. Allí arriba, en el sitio más alto que conocía. Allí jugábamos, al borde del precipicio -al escondite.
http://www.tulumbaargentina.com/noticias.asp?ID=176
juan Re-crivello
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