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17
Ago 2009

¿Quien es tu vecino?

Escrito por: juuanre el 17 Ago 2009 - URL Permanente

En un comentario antiguo en uno de mis blogs de un escritor peruano sobre el tema de la emigración, decía lo siguiente:

“Siempre se dice que los peruanos que se van al extranjero a trabajar realizan oficios que en su propia patria no harían, y que estos compatriotas no se valoran lo suficiente. Esto tiene su cuota de verdad, de hecho hay un sacrificio inherente por parte del migrante con el propósito de conseguir algo, pero también tiene su cuota de falsedad. No es que el individuo no se valore a si mismo, al contrario, por que se valora y valora su trabajo es capaz de hacer casi cualquier cosa si sabe que será bien remunerado por ello. Podría hacer la misma labor en su país, cierto, pero no conseguiría la retribución que en otros países consigue.

“Me alegro que estés bien. Ayer fui a comprar el pan cerca de mi casa (Vilanova i La Geltrú) y la vendedora 1 era argentina y la 2 hablaba con una compradora en polaco, de los clientes uno era polaco, el otro árabe y dos españoles, de los cuales uno de ellos –este autor- había nacido en Argentina. La escena parecía surrealista. Pero era en un barrio normal, lo que da una pauta porque vienen emigrantes”.

Escribir sobre la emigración es un tema bastante recurrente, en unas estadísticas publicadas recientemente sobre Barcelona estaría la pauta. Veamos, ¿quien es tu vecino?.

Los barrios de Barcelona y su composición de inmigrantes

Ciutat Vella: Pakistán (14,6%), Filipinas(9,9%), Marruecos (9,6%)

Eixample. Italia (10,2%), China (8,1%), Ecuador (7;1%)

Sants-Monjuïc. Ecuador (12,1%), Marruecos (7,1%), Perú (6,9%)

Les Corts. Francia (9,3%), Italia (8,8%), Colombia (6,4%)

Sarriá-St Gervasi. Italia (11,8%), Francia (11,7%), Alemania (6%)

Grácia. Italia (11,3), Ecuador (7%), Francia (6,6%)

Horta. Ecuador (14,6%), Bolivia (8,4%), Perú (8,1%)

Nou Barris. Ecuador (23,2%), Bolivia (10,6%), Perú (6,6%)

Sant Andreu. Ecuador (16,3%), Perú (11,2%), Marruecos (7,6%)

Sant Martí. Ecuador (11,9%), Pakistán (7%), Perú (6,8%)

Muchas conclusiones se pueden extraer de estos datos. Y cada lector pondrá el acento en alguno de ellos. Debo decir que la internacionalización de la economía española y el crecimiento sostenido de estos últimos trece años, sumado a la caída de la natalidad han creado cinco millones de puestos de trabajo que han sido cubiertos por la inmigración.

¿Qué aspectos además podríamos citar?

El incremento de trabajadores de los países como Francia e Italia, responden a la mayor especialización de la economía española.

La economía sumergida, en la cual es cantera de los empleos precarios, ha descendido de un 32% del 2005 al 10,60% del 2006. Pero ha vuelto ha subir durante el periodo de la Crisis.

La presión inmobiliaria –de precios- ha provocado una perdida del 7,3% de los extranjeros residentes en Barcelona que se desplazan hacia la segunda o tercera corona de ciudades del extrarradio. Y un aumento de los pisos patera en Barcelona. Su Ayuntamiento en cifras de 2009, cifra en un 30% de pisos ocupados por mas de 10 personas.

El 25% de estos inmigrantes es menor de 25 años. Lo que llevará a compensar la tasa demográfica catalana.

La reciente aprobación de la ley de Extranjería en Italia, con detenciones de los ilegales de mas de cinco meses llevara a un aumento de inmigrantes ilegales en España.

¿Visión desigual?. O estaremos ante una nueva sociedad, polivalente, multicultural y que utiliza hasta tres idiomas.

15
Jul 2009

Mi vida italiana: la Atenas y Barcelona canalla: Luis

Escrito por: juuanre el 15 Jul 2009 - URL Permanente

“Dedico este articulo a Luis, quien me regalo el libro –de Antonin Artaud- y luego fue prisionero del caballo que se inyecta y mata”.

Detrás de su mirada azul. De su andar lento e impreciso. Estaban, la larga amistad entre Barcelona y Grecia. La sandia hueca y roja, con ombligo del Mediterráneo. Un largo paseo diario, entre el centro de Atenas y el Pireo. Ida y vuelta.

Ida con la dorada pieza de mentira que nos proveía la mafia griega. De vuelta con el estomago sediento de alcohol, de la tarde, en el cercano mundo del turismo extranjero.

Y dos. Una nube de cieno que le rodeaba en los últimos días de Barcelona. El caballo, la heroína ya le visitaba con deseo de venganza. Venia en busca de su espíritu. Le llevaba hasta un lugar plano y seco. De éxtasis, pero de muerte.

Ni el Barrio Chino que juntos pateamos –una, dos, miles de veces. Ni el acido prestigio de las putas que bordeaban el acantilado del carrer Unió. Ni la llamarada que crecía en la Plaza Real y amenazaba con dar fin a nuestra juventud ciega y ágil. Nada podría quebrar. Pero, el se quebró. Y este escritor lunático se aparto, del caníbal deseo. Y una larga, tormentosa noche. Un trueno de color rojo le consumió. El caballo, la Atenas calurosa, la Barcelona china, se olvidaron de un mitómano:

“Turbio, santo, amigo e incapaz de poner el ego a su servicio”.

R. I. P. Luis F.

16
Oct 2008

Café Zurich

Escrito por: juuanre el 16 Oct 2008 - URL Permanente

Instalado a la salida de la boca del metro en Barcelona este establecimiento es testigo de los humores y cambios de la sociedad catalana. Ayer –después de 20 años de resistirme a volver a él, decidí entrar y pedir un cortado. El camarero, un señor canoso de ojos claros y sonrisa de cliente español, fue capaz de recordar aquellos años de la Barcelona inquieta y disconforme con el pensamiento oficial. Al entrar en conversación, un espacio de recuerdo se abrió. Le pregunte por otro camarero de aquella época, recio, grande. Esquivando el paso del tiempo, su respuesta fue:

_”Juan… de aquella época solo quedo yo. Él se jubilo y falleció al poco tiempo. Aquí dentro todavía hay españoles, pero la terraza esta invadida por los guiris”. Leve constatación de los cambios de la ciudad de los prodigios, como en su momento la llamaron los socialistas.

¿Qué queda de aquella época dorada?. Aún recuerdo que el café era un cuenco vacío y alegre donde los jóvenes –hippies, neo-hippies, progres y gente de izquierda le dominaban y en los ratos libres, los últimos jubilados movían las fichas de domino. Las tribus urbanas se peleaban con los camareros por no pagar. Si le parece, me explico: deseábamos estar en la galería al sol, pero -era nuestro derecho que la mesa la ocupasen 5- y la consumición la pagara el incauto. Para nosotros el franquismo estaba muerto y la sangre del régimen nadaba con abundancia entre la miseria moral que nos rodeaba. En las mesas las revistas daban una característica personal, algunos compraban El Viejo Topo y otros Ajoblanco, o eras de izquierda o anarquista, o uno mas de la fauna del rock. Tan diferente a la marea nacionalista de estos días, donde la buena gente de izquierda o de derecha participa del pensamiento único. Los pocos diferentes se abstienen o están protegidos bajo el paraguas del único payaso oficial: Albert Boadella.

El café ha cambiado en su decoración, en su momento, el interior era una sala que humeaba, la nevera de madera presidía la entrada y detrás de ella se encontraban los lavabos con olor a orín antiguo, que clamaba impaciente en una austeridad incolora y rara. ¿Y el precio del cortado?. Ayer me zurraron 1.80 euros. Hace tres décadas le soltábamos cinco pesetas o sea 0.05 Euros. Para muchos comer tres platos y postre en un gallego detrás de la plaza Sant Jaume, en aquella época significaba pagar 50 Pesetas (0.30 Euros). Pero el exterior -del café- en su momento, marcaba la tendencia, allí las modas y los extraños rizos competían entre la resaca del día anterior. Los lagartos –nosotros- se estiraban estrujando con habilidad el sol que el invierno nos concedía.

Por último he recorrido la Red y he extraído algunas informaciones entremezcladas para guiris. La mas acertada definición quizás es: “los precios altos, los camareros gruñones, y las tapas rudimentarias”.

Ver imagen que acompaña al artículo: http://retratodelinfierno.typepad.com/retratodelinfierno/2006/06/caf_zurich.html

links

Yo lo conocí 20 años antes de la fecha en que vine a quedarme para siempre (¿para siempre?), porque en noviembre de 1955 bajé por unas horas del trasatlántico Bretagne (que el día siguiente arribaría a Marsella, donde desembarqué) y llevado por referencias ambiguas empecé a buscar putas en el barrio chino. Entiéndame, por favor: tenía 18 años y a la sazón no había probado ese ángulo de la vida (ni muchos otros, pero el sexo entonces era para mí una asignatura pendiente). Por una módica retribución un cicerone me condujo a cierto tugurio que respondía al nombre de Club La Estrella, donde me tomó a su cargo una gordita cuarentona que decía llamarse Conxa. Era muy simpática, pero igualmente la experiencia fue un fracaso. Salí una hora después y fui a parar al Zurich. Esa fue la primera vez (que estuve en el bar Zurich, quiero decir).

http://web.madritel.es/personales/diegocruz/colaboraciones/zurichbar.htm

Una institución verdadera en Barcelona como se jacta una localización central unbeatable. De sus tablas al aire libre, consigues una gran vista de los paseos y de Plaça Catalunya de Les, y este las marcas solas él digno de parar adentro para un café. Después de 100 años en negocio consiguió una cirugía estética en 1998 en que el edificio original en la misma esquina fue rasgado abajo para hacer la manera para el centro de compras del triángulo

http://translate.google.com/translate?hl=es&sl=en&u=http://www.wcities.com/en/record/,74835/18/record.html&sa=X&oi=translate&resnum=6&ct=result&prev=/search%3Fq%3Dbar%2Bzurich%2Bbarcelona%26hl%3Des%26lr%3D%26sa%3DG

Cafè Zurich (Plaza de Catalunya, 1). Esta barra es una institución en Barcelona. Mientras que consigues a la tapa del Ramblas en la cruz justa de Catalunya de la plaza encima a la izquierda y está allí antes de FNAC. Ha sido siempre uno de los lugares de reunión superiores de la ciudad. Tomar un asiento en la terraza exterior y mirar la vida del Ramblas sobre algunas cervezas.

http://www.spanish-fiestas.com/barcelona/bars.htm

10
Oct 2008

Cuando era hippie (o sea, antes de la Barcelona Olímpica)

Escrito por: juuanre el 10 Oct 2008 - URL Permanente

Aún recuerdo aquellos años en que la juventud viajaba sin prisa a caballo de la tentación, los tiempos muertos, banales y el compromiso con una agenda que se transformaba en cada segundo. Es difícil regresar, desde la perspectiva actual, ser padre y tener multitud de ocupaciones. Ser hippie –en aquellos años- era primero la moda. Una postura mental que, en el caso español, adquiría una frontera entre el pasotismo y la larga marcha hacia ninguna parte.

¿Qué sentido le dábamos a los compromisos?

“Para nosotros, lo máximo era pagar el alquiler y comer en bares nauseabundos*. Era donde iba la peña, por usar una expresión actual. Al llegar a casa y abrir la nevera, en su interior, los restos de días anterores se esparcían en cruel reclamo. Recuerdo que habíamos tenido un pollo sin congelar y tiritando varias semanas. ¿Castigado quizás? Y adorábamos salir a escuchar música y hablar. Horas muertas, que se estiraban bajo la negra noche franquista, agrietada, pero incómoda del Café de La Ópera, que, por cierto, cerraba a la una. No era posible extender este horario, los grises insinuaban el fin del desorden. Otros locales mantenían el humo hasta las dos. Uno de los más concurridos, el London Bar, casi al final de Las Ramblas, cuando aún no habían aparecido los asiáticos y la negrura y el desorden era nacional. Los manguis eran nuestros, los había criado el franquismo con la sopa boba que daban gratis al lado de la Estación del Norte. ¡Ah!. ¡Qué comedor tan sublime! En un ambiente gélido con fotos de Franco, te daban dos platos y postre. Allí eras feliz al mezclarte con la calaña que depredaba en el fondo del Barrio Chino. ¡Qué decir de este antro! Los lumpen (jdemodé, en jerga marxista) aparecían por esas cuatro calles, alrededor de pensiones a 50 pesetas la noche. Nos daban cama y esperanza. Recuerdo una en la calle El Carmen: “La Paloma de Valencia”. Un pasillo extenso dejaba preñado al final un loro inmenso parlanchín y viejo. Su dueña y una televisión que pasaba las corridas de toros del tardo franquismo. Por cierto, cerca de Pintor Fortuny había un bar-club antiguo de toreros y aficionados, con grandes carteles de tardes de la Barcelona taurina.

¿Y cómo era la Rambla? Una culebra donde la Barcelona mojigata y provinciana paseaba y se embebía, de una borrachera creada por el mundo subterráneo de la ciudad. Los trabajadores, la ley, el orden, se pateaban esta gran acera el fin de semana para mirarse en el espejo de una ciudad que aún no se había descosido con las obras del sueño maragalliano. Detrás del Ayuntamiento, los bares recitaban un rosario de tapeo que la gente recorría como embrujada. El límite entre ambas orillas se deshacía en una espuma intensa que atrapaba al incauto y le devolvía embriagado del desorden que el Chino escondía en sus ubres laicas y densas.

Los hippies solíamos bajar y recorrer ambos mundos jugando a dejarnos atrapar entre ambos líquenes, mientras la policía franquista trapicheaba velando para que las normas del anciano General no le estallaran en el formol que le contenía en su viaje al pasado.

Los hippies merodeábamos la vileza y el engaño de la pequeña mafia que mantenía el circo. Los hippies éramos compañeros de ruta de la aliñada clase alta que se vestía para ensayar la rebeldía al estilo Paris Hilton. Pero se insinuaba una invitada. ¿La droga? Esta señora antigua balbuceaba su negocio ágil y alegre. Ella atrapaba –a los futuros morosos- desde la absenta que se bebían en la calle Hospital, al porro y la coca que, cual pringue amoroso, asombraba a los recién llegados. Los hippies éramos testigos del mundo que se hundía, del lobo franquista que se apañaba para dejar sus dientes en una sociedad que comenzaba a soñar la modernidad, pero se embarraba hasta el tuétano de ajonjolí y picante. Pero debajo de las sabanas de la hipocresía gris e hipocondríaca de un régimen paralítico y enfermo de rabia por no poder sucederse.

Los hippies, en definitiva, crueles incautos del final del régimen, pedaleábamos hasta las 2 de la madrugada, en que el último tren de los Ferrocarriles que nos llevaba hasta La Floresta. Una tierra de aliño verde y lejana del bisonte encallado al final de la Ramblas. Y, con el paso de los años, aparecería la locura de Maragall, su etílico andar con el bote de pintura y barniz nos desposeería de las rutinas de juventud.

juan Re-crivello

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