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10
Oct
2008
Cuando era hippie (o sea, antes de la Barcelona Olímpica)
Aún recuerdo aquellos años en que la juventud viajaba sin prisa a caballo de la tentación, los tiempos muertos, banales y el compromiso con una agenda que se transformaba en cada segundo. Es difícil regresar, desde la perspectiva actual, ser padre y tener multitud de ocupaciones. Ser hippie –en aquellos años- era primero la moda. Una postura mental que, en el caso español, adquiría una frontera entre el pasotismo y la larga marcha hacia ninguna parte.
¿Qué sentido le dábamos a los compromisos?
“Para nosotros, lo máximo era pagar el alquiler y comer en bares nauseabundos*. Era donde iba la peña, por usar una expresión actual. Al llegar a casa y abrir la nevera, en su interior, los restos de días anterores se esparcían en cruel reclamo. Recuerdo que habíamos tenido un pollo sin congelar y tiritando varias semanas. ¿Castigado quizás? Y adorábamos salir a escuchar música y hablar. Horas muertas, que se estiraban bajo la negra noche franquista, agrietada, pero incómoda del Café de La Ópera, que, por cierto, cerraba a la una. No era posible extender este horario, los grises insinuaban el fin del desorden. Otros locales mantenían el humo hasta las dos. Uno de los más concurridos, el London Bar, casi al final de Las Ramblas, cuando aún no habían aparecido los asiáticos y la negrura y el desorden era nacional. Los manguis eran nuestros, los había criado el franquismo con la sopa boba que daban gratis al lado de la Estación del Norte. ¡Ah!. ¡Qué comedor tan sublime! En un ambiente gélido con fotos de Franco, te daban dos platos y postre. Allí eras feliz al mezclarte con la calaña que depredaba en el fondo del Barrio Chino. ¡Qué decir de este antro! Los lumpen (jdemodé, en jerga marxista) aparecían por esas cuatro calles, alrededor de pensiones a 50 pesetas la noche. Nos daban cama y esperanza. Recuerdo una en la calle El Carmen: “La Paloma de Valencia”. Un pasillo extenso dejaba preñado al final un loro inmenso parlanchín y viejo. Su dueña y una televisión que pasaba las corridas de toros del tardo franquismo. Por cierto, cerca de Pintor Fortuny había un bar-club antiguo de toreros y aficionados, con grandes carteles de tardes de la Barcelona taurina.
¿Y cómo era la Rambla? Una culebra donde la Barcelona mojigata y provinciana paseaba y se embebía, de una borrachera creada por el mundo subterráneo de la ciudad. Los trabajadores, la ley, el orden, se pateaban esta gran acera el fin de semana para mirarse en el espejo de una ciudad que aún no se había descosido con las obras del sueño maragalliano. Detrás del Ayuntamiento, los bares recitaban un rosario de tapeo que la gente recorría como embrujada. El límite entre ambas orillas se deshacía en una espuma intensa que atrapaba al incauto y le devolvía embriagado del desorden que el Chino escondía en sus ubres laicas y densas.
Los hippies solíamos bajar y recorrer ambos mundos jugando a dejarnos atrapar entre ambos líquenes, mientras la policía franquista trapicheaba velando para que las normas del anciano General no le estallaran en el formol que le contenía en su viaje al pasado.
Los hippies merodeábamos la vileza y el engaño de la pequeña mafia que mantenía el circo. Los hippies éramos compañeros de ruta de la aliñada clase alta que se vestía para ensayar la rebeldía al estilo Paris Hilton. Pero se insinuaba una invitada. ¿La droga? Esta señora antigua balbuceaba su negocio ágil y alegre. Ella atrapaba –a los futuros morosos- desde la absenta que se bebían en la calle Hospital, al porro y la coca que, cual pringue amoroso, asombraba a los recién llegados. Los hippies éramos testigos del mundo que se hundía, del lobo franquista que se apañaba para dejar sus dientes en una sociedad que comenzaba a soñar la modernidad, pero se embarraba hasta el tuétano de ajonjolí y picante. Pero debajo de las sabanas de la hipocresía gris e hipocondríaca de un régimen paralítico y enfermo de rabia por no poder sucederse.
Los hippies, en definitiva, crueles incautos del final del régimen, pedaleábamos hasta las 2 de la madrugada, en que el último tren de los Ferrocarriles que nos llevaba hasta La Floresta. Una tierra de aliño verde y lejana del bisonte encallado al final de la Ramblas. Y, con el paso de los años, aparecería la locura de Maragall, su etílico andar con el bote de pintura y barniz nos desposeería de las rutinas de juventud.
juan Re-crivello
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