
24
Feb
2010
Un árbol, un hijo, un libro
No sé quién se habrá inventado aquello de que en la vida tienes que haber hecho tres cosas antes de morir: plantar un árbol, tener un hijo y publicar un libro. Pues yo ya lo he hecho todo, ¿significa eso que ya he cumplido mi cometido en esta vida? Ya me puedo ir en paz, supongo. Claro que de estas tres cosas, una se me ha dado muy bien; tener un marcianito, otra no sé no contesto: publicar un libro y la del árbol; un desastre. Todo esto viene a cuento por mi segunda misión, la de escribir un libro. Es curioso, dicen que los niños nacen con un pan bajo el brazo y en mi caso no es así, o no del todo porque mi hijo ha nacido con un kit para preparar el pan, de esos que vienen en una caja con la harina, la levadura, el molde y el amasador. En fin, que a mí el pan nunca me lo dan hecho, me lo tengo que amasar y hornear. En este caso, Adrián ha nacido con un libro (no de instrucciones, ya quisiera yo) sino con un nuevo poemario que podríamos llamar hermano gemelo, ya que lo fui gestando durante el embarazo. Aprendizaje se llama y no tiene que ver ni con maternidad ni embarazos ni nada de eso, sino con mi misión en esta vida, la de aprender, ya que se me da tan mal muchos otros cometidos y el aprendizaje es lo que nos queda y no le perjudica ni la crisis (es más, le beneficia), ni los bancos uraños, ni muchas cosas más. Y sin ponerme pesadita y ñoña, lo de aprendizaje (título robado a un cuadro del gestador también gestante) es cierto. Nunca imaginé que aprendería tanto de algo tan natural como ser madre. Es fuerte, de veras, porque no sólo estoy aprendiendo a entender mi infancia y las diferentes fases de mi vida, sino que estoy aprendiendo a prepararme para las que me esperan, las duras. Porque de alguna manera se me acabó una o varias de las Beatrices que yo era y ya no seré jamás porque ahora no soy la que iba siendo sino la que asimila ese estado de ser siendo para pasar al seré, mucho más duro. Bueno, esto no hay quien lo entienda, yo misma ya me he liado en esto de ser siendo y siendo ser.
A lo que iba, que yo ya he cumplido con la carambola del año pasado de tener un hijo y publicar otro libro. Por cierto, lo presento el viernes 26 en el Ateneo de Madrid (Calle Prado 21) a las 22.30 y aprovecho para invitaros.
Y, ¿qué pasa con el árbol, os estaréis preguntando? Pues un auténtico desastre. Planté un laurel hace algunos años, justo cuando publiqué mi primer libro, allá en el año 2004. Pues resulta que mi padre decía que el laurel en el jardín de casa nos traería riqueza. Bueno, aquí ocurre como con el pan, llamemos riqueza a conceptos abstractos e intelectuales porque lo que se dice materialmente, el laurel nos va a dejar secos. Después de que el laurel benjamín se haya convertido en todo un laurel senior nos enfrentamos a que nos lo arranquen de cuajo por destrozar el techo del garaje comunitario. Ahora que lo teníamos criadito....Pero, ¿no decía mi padre que era bueno para la economía doméstica? Pero, ¿es que no se nos pudo ocurrir pensar en que no era un laurel bonsái y que crecería por arriba y por abajo? Son cosas que uno no piensa, es lo que pasa por ser fiel a aquello del carpe diem, que se nos olvida el después. Lo mismo ocurre con el marcianito invasor. Antes de que llegara al mundo, teníamos la casa feng shui, Zen y buen rollito. Ahora el buen rollito consiste en encontrar un hueco en la casa donde no haya muñecotes, juguetes inútiles, gimnasios infantiles inmensos, insoportables aparatos sonoros que simulan animales. Un horror, pero ya hablaré del tema juguetes en otro post porque tiene tela la cosa. Justo ahora acabo de descubrir que me había sentado encima de un marciano de la risa, de esos que venden en el VIPS. Ya decía yo que no era posible que mi risa comenzara por un sitio tan escatológico. En fin, que ya estoy de vuelta y espero que siga el buen humor.
16
Ago
2009
El visitante
Me siento extraña ahora que ya no soy una gestante. Sin embargo, creo que aún no he dejado de ser una mutante. Es más, ahora soy más mutante que antes, sobre todo desde que salí del hospital. Todo es tan raro y tan ajeno a mi experiencia que a veces me desoriento. Es que es muy sci-fi todo esto. Ya es surrealista que un ser humano se geste en nuestro interior femenino y vaya formando una personita que al final se convertirá en un bebé precioso. Ya me estoy poniendo cursi, cómo se nota.... En fin, que yo sólo quería contar mi versión de los hechos. Estamos tan acostumbrados a preguntar por cómo murió fulanito de tal que a nadie se le ocurre preguntar en cómo empezó a vivir fulanito de cuál. Pues yo os lo voy a contar.
Sobre el embarazo ya he contado algunas de las histerias históricas y he omitido otras que no me dio tiempo a escribir. Ahora hablaré de la noche del 5 de agosto cuando un presentimiento me mantuvo alerta y casi no pude pegar ojo. Así ocurrió que a las 5 de la mañana Adrián encontró la salida del SPA "basta ya que me voy a arrugar como una pasa" dijo dando un cabezazo a la burbuja y de pronto la gestante que escribe pegó un brinco en plan "tigre y dragón" y acabé de pie sobre mi suelo blanco que pronto comenzó a parecer hielo derritiéndose de tanta agua que lo cubría. En ese momento pegué un grito mientras el gestador de la colina dormía plácidamente y se despertó a punto de un infarto (él siempre dice que soy tan histriónica que algún día le provocaré uno auténtico).
–Pero, ¿qué pasa, qué pasa? – gritó desesperado.
– He roto aguas. Más bien las aguas me están rompiendo a mí.
– ¿Seguro que has roto aguas? ¿no será que te has hecho pipí?
– Sí, claro, será que me he hecho pipí. Venga, prepara la maleta que nos vamos al hospi, aunque me da una pereza, vaya horitas.
Y en menos de una hora estábamos en el hospital. Allí me confirmaron que estaba de parto. Me salto estos pormenores de dolores, de me acordaré de tu cara mientras viva, pero si esto es peor que un cólico nefrítico, pues no sé cómo no se extingue la humanidad, que si los hombres parieran, ya no quedaba aquí ni Dios. Pero qué horror, que alguien me anestesie enterita, bla, bla, bla...o mejor, bua, bua, bua...
Bueeeeno, confesaré que estos pensamientos orales me duraron poco, en seguida me pusieron la oxitocina y llegué a los 5 cm en un segundín, lo justo para ponerme la epidural. Por cierto, adoro y veneraré eternamente a Fidel Pagés , que hizo el mejor descubrimiento del mundo. Al cabo de media hora ya estaba de parto, casi con la cabeza de Adrián asomando para inspeccionar el mundo.
Afortunadamente me había ganado a la matrona, una peruana arisca y seca como ninguna, pero que enseguida me metií en el bolsillo cuando comencé a adular la comida de su país y conversamos sobre recetas de ceviche y restaurantes peruanos en Madrid. Y digo afortunadamente porque la necesité para evitar la episiotomía. Y lo conseguí gracias a que me preparó minutos antes de que llegara mi gine, que se encontró ya con la cabeza de Adrián fuera del tiesto (la teoría es de mi matrona Isabel, que se puso muy contenta al aumentar su porcentaje de éxito en la preparación al parto). Así es que mi parto consistió en un par de empujones. El bebé nació sin ninguna marca y quasi limpio, me miró y me sonrió (un poco peliculera sí me pongo a veces).
Ahí comenzó todo y partir de entonces todo me parece raro raro. Os cuento una paranoia del gestador que casi me mata de la risa.
Resulta que Adrián nació con un breve llanto, casi un llanto que se asomaba de puntillas por miedo a despertarme. Las horas siguientes siguió callado, con el temor de un visitante primerizo que no quiere molestar a los anfitriones. Pero el segundo día algo pasó en la zona de baño nocturna y nuestro tímido y prudente bebé regresó ahogándose en un llanto. El papá gestador se quedó sorprendido y enseguida miró la etiqueta de identificación del tobillo.
– Cariño, que creo que nos han dado el cambiazo. ¿No lo ves diferente?
– Anda, que va, es Adrián, no ves su boquita de pitiminí – respondí indignada.
El gestador se quedó unos minutos mirando al bebé y se fue de la habitación. Al rato regresó y me dijo:
– Pues ahí fuera hay un bebé que se parece mucho a Adrián y no llora. Creo que nos lo han cambiado.
– Pero, ¿Cómo nos van a cambiar de bebé? ¿No ves que está escrito mi nombre en la etiqueta?
– Que no, que pueden haberlas cambiado – repitió con cara de haber descubierto uno de los tres misterios.
Yo no le hice ni caso y seguí intentando calmar a mi bebé.
Al rato se va de nuevo al pasillo y regresa con una nueva idea.
– Oye, que yo creo que es Adrián, que lo han vestido de rosa para despistar, es que se parece mucho y no llora. Y éste no para, no se calla.
Entonces los dos nos miramos con cara de espanto a las 2 de la mañana, hora propicia para estas paranoias, y descubrimos el pañal de Adrián por si las moscas teníamos una niña y nos la colaban.
Afortunadamente tenía sus buenas dotes en su sitio. Papá gestador y mamá gestadora pudieron dormir tranquilos y yo casi me encadeno al niño por si las moscas hemos lanzado una idea al cosmos y a alguien se le ocurre darnos el cambiazo, porque hay que reconocer que es difícil superar lo rico que nos ha salido el nene. Es total, tan total como su padre y tiene un geniooooo. Espero que no nos salga como este demoniete.
31
Jul
2009
La gestante grouchana
Y yo que pensaba que estar embarazada tenía beneficios y no sólo fiscales....
Pues resulta que como me queda muy poco tiempo para que finalice este estado de buena esperanza, que es lo único que tiene de bueno, la esperanza de dar vida a un ser tan diminuto e importante, me lo he tomado como un privilegio que se me acabará pronto. Algo parecido a lo que tienen que pensar algunos políticos cuando ven que se les acaba el chollo y de pronto comienzan a hacer cosas raras.
En mi caso, mis privilegios son propios de la descompensación hormonal, ya me entendéis. Cuántas veces hemos oído las mujeres aquella pregunta mítica de "Cariño, tienes la regla, ¿verdad?" en cuanto teníamos un comportamiento fuera de lo normal.
Pues para comportamiento extraño, el de una gestante incomprendida como yo.
Resulta que, como ya me quedan pocas salidas nocturnas a restaurantes donde se prohibe la entrada a perros y a niños, hemos decidido recorrerlos casi con ansiedad. Con nuestra última aventura ya hemos eliminado un restaurante más donde jamás podremos volver, a no ser que me ponga peluca y bigote y el gestador se tiña el pelo de blanco y se cubra el rostro con betún de judea.
El restaurante es uno de esos que abundan en Madrid, al que se le da un valor meritorio por la inversión en diseño y no por la calidad del personal ni la comida. Imaginad la situación. La gestante kafkiana, que odia el ruido y no soporta cenar en compañía de los problemas de pareja de la mesa de al lado, o junto a una mesa de solterones desfasados, pide que la sienten en una mesa que está justo en la esquina de la terraza mega fashion vip. Todo bien hasta que aparece el maître y nos pide que cambiemos de mesa porque acaba de llegar un grupo de cuatro personas. Yo miro alrededor y veo que la terraza está semi vacía y abundan las mesas de cuatro. Pero el maître sigue insistiendo en que llegarán más grupos de cuatro y que no me van a levantar en mitad de la cena. Imaginad mi cara de perplejidad cuando escucho esta excusa visionaria y también imaginad mi mutación repentina de carácter.
– Para ser maître, usted no tiene mucha psicológía – le replico.
El maître me mira con sorpresa y me responde que son normas del restaurante.
– Además, para ser maître hay que llevar bisoñé y usted casi no tiene pelo. Definitivamente me está engañando, usted no es el maître. Quiero hablar con el maître, que seguro es más amable que usted.
El maître insiste en que no hay otro maître que él.
– Nada de eso, a mí no me lo discuta. Además, su acento es de periferia, no es finolis. Para ser maître hay que poner un tono afrancesado. Se lo digo yo que he ido mucho a París. Que no, que usted no es el maître y yo de aquí no me levanto hasta que venga el verdadero maître.
Finalmente, el gestador me hace un gesto de "para ya que nos detienen" y nos levantamos para acudir a una mesa alejada del panorama mega fasion vip. ¿Será que cuando reservaron el derecho de admisión a sílfides famélicas y se lo vetaron a las gorditas no contemplaron la otra modalidad de embarazadas? El caso es que pretendían escondernos y a mí con esta tripota y mi subida hormonal no me esconde ni Alí babá. Justo cuando nos levantamos de la mesa y nos vamos hacia la nueva finjo un ataque de ciática de bloqueo de cuerpo entero y me quedo clavada en mitad del pasillo, justo por donde pasan los camareros a servir la comida en la terraza mega fashion vip de Madrid. El gestador se para en seco y me mira con esa cara de "no me lo puedo creer" pero preparándose para disfrutar del espectáculo.
– Ve lo que ha conseguido, maître de broma, por levantar a una gestante de la mesa. No sé si parir aquí mismo o llamar a una grúa, porque no puedo mover ni un dedo.
El maître me mira con los ojos en 3D e intenta moverme cogiéndome del brazo.
– Pero, ¿qué hace?, insensato, es que ¿quiere partir en dos mi suelo pélvico?
Los camareros mientras tanto se iban amontonando en el atasco de la alfombra roja.
– ¿Qué hacemos? – me pregunta el maître desesperado.
– Y yo qué sé, es la primera vez que me pasa, espero no quedarme inválida. A veces ocurre, no se crea.
El gestador lo confirma asintiendo con el rostro y dice.
– Hágale caso, si mi mujer dice que puede quedarse inválida, es verdad, que ella está muy puesta en esto de la gestancia, está todo el día informádose en internet.
– Pero no se puede quedar aquí en medio del pasillo – replica desesperado.
– Pues dígame usted qué hacemos. A mí sólo me mueven para regresar a mi sitio, si no, no dejo que me toque ni Brad Pit.
– Está bien, señora, vuelvan a la mesa – responde resignado.
Pero el regreso no podía ser normal, tenía que continuar con la tragedia y les sugerí que me trajeran mi silla y me llevaran hasta allí a "la sillita la reina".
Imaginad la cara del maître, envuelto en una escena grouchana, cargándome en una de las sillas, llamando la atención de los demás comensales que miraban alucinados.
Lo más gracioso llegó cuando pagamos la cuenta y yo me levanto como si tal cosa, caminando con una ligereza inusual por delante de su cara de pasmado mientras el gestador y yo soltábamos burbujas y burbujas de carcajadas hormonales y empáticas por el resto del camino hasta el coche.
Total, un restaurante que vende apariencia menos de los que aún nos queda por liquidar.
Adoro las tascas de toda la vida, donde sabes que el jamón ibérico no es rumano, a pesar de su constante importación. Que se creen que me van a dar a mí gato por liebre o me van a engañar con un falso maître....
Y es que en esta vida hay que tener ocurrencias para todo. y si no, que se lo digan a los hermanos Marx, que saben mucho de esto.
29
Jul
2009
Mamá la volante, ya se sabe...
A algunas madres, en acto o en potencia, deberían ponernos el letrerito de "Mamá al volante" junto al de "Bebé a bordo". Y lo digo desde mi sentido más autocrítico.
Resulta que ser una gestante kafkiana, anacoreta y agorafóbica tiene sus inconvenientes, especialmente cuando tengo que salir de casa y conducir 40 km hasta el hospital para continuar el seguimiento de mi gestancia. Porque, claro, ¿cómo voy a dar a luz a Adrián en el Hospital que hay a 10 minutos de mi casa? No, no puede ser, tengo que ser "typical spanish" y pensar que lo mejor está siempre en el extranjero. Un poco más y me voy a parir a Alemania, que no sería mala idea... sobre todo por los 500 euros mensuales que me pagarían ... y la enfermera en casa durante dos semanas para darme el micro máster en cuidados de mi bebé. En fin... que lo que quiero contar es mi experiencia como mamá conductora.
Nada más salir de casa, casi me choco con otro coche. La conductora sale disparada por la puerta de un coche amarillo canario a agredirme, pero se corta al ver mi tripota (otra ventaja):
– Pero, ¿es que estás ciega? – me dice la intrépida.
– ¿Y tú? ¿Cómo puedes conducir un coche tan espantoso? Porque mira que es feo – le respondo obviamente sin otro argumento mejor para exculparme.
– ¿fFeo mi coche? – replica indignada.
– Feo no, terrible, es un horror. Vamos, que un poco más y rompo aguas del susto. ¿Cómo se puede ir por la calle agrediendo a la gente con tan mal gusto? vamos, que deberían multarte a ti y al concesionario. Un poco de estética.... será posible, que casi me la pego del susto... y encima tendré yo la culpa.
La mujer no daba crédito a lo que estaba escuchando y yo casi me ahogo al contener la risa.
Afortunadamente todo quedó en eso. Bueno no, creo que dijo algo así como "qué pena de hormonas".
Ya en la M-40 voy conduciendo a mi ritmo viendo cómo los coches me van adelantando sin tener en cuenta que soy una gestante. Serán lerdos estos conductores – no paro de repetirle a mi volante – cuando de repente veo que la incorporación a la carretera que tengo que tomar está atascada. Horror – grito – voy a perder mi cita con la monitorización. Entonces se me ocurre recurrir a mi archivo fílmico y saco un clínex por la ventanilla y comienzo a colarme al tiempo que voy pitando como una posesa. Los coches se fueron apartando y yo fui pasando como una reinona barroca, salvo que el cojín del trasero lo llevaba en la tripota.
Al cabo de un rato ya estaba en el paraíso verde donde está el hospital donde espero llegar a tiempo para dar a luz. Final feliz para un día nefasto. Adrián es un niño sanote que ya pesa 3.300 gramos.
Y es que me lo tengo que tomar con más calma, como esta parejita:
24
Jul
2009
Tele-teta
Estoy absolutamente conmocionada desde que me he enterado de que existe una profesión que se ha puesto de moda de llamar a una madre nutricia (denominada Salu) para que alimente a nuestros bebés por la noche y nosotras podamos dormir a pierna suelta.
La historia consiste en que una enfermera o matrona cualificada, me imagino, es la encargada de despertarse cada vez que el bebé reclame su alimento. Para ello la madre ha tenido que extraerse la leche y dejársela preparada en un recipiente. Me parece una buena solución para las supermamis ejecutivas agresivas que no pueden dejar su trabajo porque si no, pueden perderlo, pero las mamis ego-yos que no dan ni palo al agua, se pasan bastante. Es cierto que podría compartirse con el papi si los dos trabajan, pero ¿nadie ha pensado lo importante que es para un bebé sentirse en los brazos de su mami en sus primeros meses de vida?
El bebé ha estado acostumbrado a escuchar los latidos de la madre desde el inicio de su percepción y el pobre, cuando sale al exterior se encuentra con que ese sonidillo constante desaparece o se torna quién sabe qué sonidos. Además, según mi matrona Isabel, succionar el pezón le produce tal esfuerzo que fortalece los músculos del cuello, evitando así la “morte súbita”. La mandíbula se desarrolla mejor y los músculos de la cara también. Luego, es para no pensárselo.
Y no sólo es el bebé el que lo necesita. Nosotras también. Yo sueño cada día con tenerlo entre mis brazos, juntar su tripita con la mía, agarrar su ligera cabecita y unirla a su bibe biológico. Ya sé, ya sé que muchas mamis opinan que es una tortura el dolor, el sueño, la paciencia, etc… Pero como solía decir mi madre “sarna con gusto, no pica”. Además, en estos tiempos de crisis, pagar unos 60 euros como mínimo por noche a Tele-teta (este nombre me lo he inventado yo, que conste), me parece una snobada. Bueno, tampoco le quiero desmontar el chiringuito a las que ofrecen este servicio, para eso están las incalificables que se lo quieren gastar mientras duermen a pierna suelta en sus camitas y se levantan a la hora que les da la gana para comenzar el día fresquitas en no se sabe qué aficiones ociosas.
Y hablando de aficiones ociosas. Buscando en google un vídeo, me he encontrado con cosas surrealistas como por ejemplo un anuncio de un chico muy atractivo que buscaba lactantes para adultos. ¡Qué mundo éste!
Y también esta peli tan curiosa: La ciudad de los hombres lactantes. Es extraña, pero parece interesante.
13
Jul
2009
¡Que viene el niño! – gritó Juanita

Últimamente la psicosis gestacional me está llevando a la paranoia. Esta cuenta atrás me está haciendo tener visiones de mi parto por todas partes. Y es que en realidad pienso que yo no puedo romper aguas en cualquier sitio, como cualquier gestante normal, no, yo no, la de la vida surrealista e improvisada no puede estar a cinco minutos del hospital, no. Lo más normal sería que me pusiera de parto en el sitio más inoportuno que se pueda imaginar. Pero también tengo que confesar que me lo estoy buscando.
Resulta que sólo se me ocurre a mí acompañar al gestador a Barcelona. Como estoy en libertad condicional bajo vigilancia, no puedo quedarme sola en casa no vaya a ser que Murphy me haga una visita y me mande al paritorio sola. Ya es difícil para mí hacer un viaje sentada sin ser una gestante, pues siéndolo es una película gore. El dolor se me instala en la espalda, las piernas me sobran, la barrigota es una bolsa de viaje que pesa demasiado y no puede sostenerse con el cinturón de seguridad. Claro, la culpa es mía, que no me he comprado el cinturón de gestante para coche.
Pues resulta que justo cuando llegamos a Barcelona, tenemos una avería de ésas que sólo Murphy podría provocar como venganza por huír de él hasta tan lejos. Suena a coña, pero se nos rompió el embrague y yo casi rompo aguas del susto. En el taller nos dijeron que teníamos que quedarnos en Barcelona un par de días hasta arreglarlo.
– Ah, no, de ninguna manera – le dije yo – es que no ve que estoy a punto de parir.
– Aquí tenemos hospitales – me responde el mecánico.
¿Parir en Barcelona? – pensé yo – lo que me faltaba. No por la ciudad, ya habrá por ahí alguno pensando que soy anticatalanista. No, la razón es otra; quiero que nazca en Madrid porque aquí lo tengo todo controlado. Claro, que podría hacer algunos chistes, pero me callo, que hay mucha suceptibilidad en el mundo como para que yo vaya de graciosilla con extraños.
El primer horror del viaje terminó con que el gestador, que es mi súper-héroe, consiguió sacarle el truco al mecánico marroquí para regresar a Madrid sin embrague. "Total, es cuesta abajo" – va y le dice con toda la jeta.
Imaginad el viaje de contracciones que pasé frenando con los muslos mi posible parto por la N–II e imaginándome dando a luz en todos los pueblos de la carretera, hasta que, por fin, llegamos a un restaurante–Motel con muy buena pinta para comer. Allí nos relajamos un ratito, tan sólo estábamos a 200 km de Madrid, ya faltaba poco y a mí se me cambió el humor de parturienta incipiente por graciosilla vengativa. Reconozco que fui de Goya.
Resulta que el gestador estaba dando caladitas a su último cigarrillo del viaje tomando el sol sentadito en el porche mientras yo le daba sorbitos a mi botella de agua, cuando se me ocurrió ser anticlimática. De pronto me levanté con la mano sosteniendo mi tripota, haciendo muecas de dolor y abrí las piernas.
– Cariño, ¡¡¡creo que Adrián va nacer en un Motel de carretera!!! grité.
El gestador me miró aterrado, pero intentó calmarme, cuando de pronto se me ocurrió colocar mis manos por detrás y derramar de golpe todo el agua de la botella.
El gestador dio un brinco que casi se pasa al otro lado de la N–II y se pone a gritar.
– Dios mío, ¡¡¿ya?!!, ¡¡¿ya?!!, ¡¡¿ya??!!
Yo le agarro la mano con fuerza y le pido que espere un segundo que me desmayo (no puedo permitir que pida ayuda y me destroze la broma y los ayudantes me odien por malvada).
– Hay que pedir una ambulancia – grita él, perdiendo todo su bronceado de golpe.
– No, aquí no, Adrián no puede nacer en La Muela, ni en julio, que me cambia la carta astral y yo no quiero que sea cáncer... buaaaaa.
– Déjate de tonteríass, de carta astral ni porras – me grita él –mira que eres surrealista.
– No, cariño, que el niño tiene que ser leo como nosotros y nacer en Madrid, como sus papis – respondí jadeando. Y así seremos los tres leoncitos, en vez de los tres cerditos. Ay, que noto su cabecita. ¡¡¡¡Llévame a Madrid!!!!
El gestador me agarra por las piernas y de pronto descubre que mi botella de agua está vacía y que el charco de agua bajo mis pies es agua mineral sin gas. A mí me dio tal ataque de risa que casi me pongo de parto y me lo merecía por malvada.
Yo sé que de no haber estado en mi estado (válgame la redundancia), me habría dejado abandonada en ese campo de molinos modernos. Y es que ser una gestante hormonal tiene sus ventajas y ya me va quedando menos tiempo de privilegios e inmunidades... .
El resto del viaje me puso a parir, que si soy como Juanito, que va a venir el lobo y no me va a hacer ni caso, que le voy a matar de infarto, que vaya cosas se me ocurren, que me las pagará ... y yo sin parar de reírme en todo el viaje hasta que por fin llegamos al Madrid de mi alma y ruido y respiramos. Bueno, respiramos por decir algo, porque Madrid tiene un calor que no se puede aguantar. Pues no habría sido mala idea parir en Barcelona, que hace más fresquito, tiene mar y el niño me nace bilingüe, que tiene sus ventajas y nunca se sabe...
En fin... .
Pero no todo acaba aquí. Mañana os cuento la segunda parte de la historia, si es que aún no hay una tercera.
P.S. cuidado con los adjetivos que se os ocurren, que soy una gestante muy suceptible...
09
Jul
2009
El antojo ibérico
¡¡Mi reino por un bocata de chorizo ibérico!! he gritado casi todas mis vacaciones. Llevo ocho meses lamentándome histéricamente por haber nacido en la Península Ibérica. ¿Por qué no habré nacido en un país musulmán para repudiar el cerdo desde mi nacimiento? Además, no puede ser que a la gente que me rodea le dé por los embutidos. ¡¡¡¿Es que me quieren tortutar?!!! Bandejas de ibéricos en los cumpleaños, en las bodas, en el chiringuito de la playa. Vamos de tapas y todo son ibéricos. Creo que mi pobre uteronauta va a salir con una loncha de embutido en mitad de la barriguita.
Para más inri, Kike minúsculo sólo quiere merendar bocatas de chorizo y además, se los preparo yo. ¿Por qué no le dará por la nocilla como a todos los niños? ¿qué ha pasado con el pan con mantequilla y azúcar de mi infancia tan delicioso? Ahora me llega una imagen almodovariana o de Amarcord de cuando yo era pequeña.
Mi infancia son recuerdos de la calle porque mi madre pensaba que los niños tenían que jugar, que ya les quedaba el resto de la vida para tener responsabilidades. Tanto era así, que ella potenciaba mi educación callejera y me mandaba con la manada de niños a corretear por los jardines y parques de la urbanización donde vivíamos. Casi todos los niños teníamos la misma edad y todos merendábamos a la misma hora; la hora del bocata. Ahora que miro atrás me resulta muy cómico recordar a mi vecina del tercer piso asomada a la terraza y tocando la campanilla para convocar a los merendantes. En ese momento, creo recordar que serían las seis de la tarde, las terrazas se llenaban de madres anudando las bolsas de plástico y de repente caía una lluvia de bocatas junto a nuestros pies. Nuestra meta era cogerlos al vuelo y no confundir el bocata de lomo con el de mortadela. Como yo siempre pedía el mismo, no tenía problema; la mantequilla era sólo mía.
En fin... sigo con mi tortura.
Pues lo de la prohibición de no comer embutidos me viene por culpa de no haber pasado la toxoplasmosis. Y ¿quiénes son los transmisores de dicha enfermedad? Los gatos, los malditos gatos. Otro inconveniente más en mi vida. No puedo ir a casa de amigos con gatos y no puedo cenar en un puerto pesquero. De esto no me di cuenta estas vacaciones y como tenía antojo de gambas de La Garrucha fuimos al puerto donde los gatos hacen su agosto paseándose entre las mesas. El pobre padre de mi uteronauta se pasó toda la cena espantando gatos y yo no hacía nada más que taparme la boca con una servilleta, no fuera a ser que la ligera brisa transportara alguna partícula de esa enfermedad. Pero, ¡qué psicótica me he vuelto! No puedo comer una ensalada que no haya sido lavada previamente por Amukina, la carne, que yo siempre me como sangrante, me sabe a suela de zapato, el sushi sólo lo como en casa porque yo requetecongelo el pescado. Ay, qué pena los boquerones en vinagre de mi madre..... Por no hablar de otra de las grandes prohibiciones de estos meses: el azúcar. Resulta que la analítica de la curva del azúcar me dio alta y había posibilidad de diabetes gestacional. Lo que me faltaba, los dulces y helados prohibidos. ¿Qué iba a ser de mí sin mi colacao, el bocata de nocilla de la merienda, mi magnum de postre o mi Häagen-daz de strawberrycheesecake, mis donuts de chocolate y mis palitos de regaliz rojo o negro? Desde entonces no voy al cine. ¿Cómo puedo ver una peli sin atiborrarme de bolsas de chuches? ¡Qué vida más perra! Tengo el síndrome de carpanta. Así estoy, que si no es porque me pongo de perfil en las colas del super e hincho la barriga en la fila de la ITV para que me dejen pasar, no parezco embarazada. Me voy a pintar una camiseta anunciando mi estado para los que me encuentro de frente o si no, caminaré de lado para ver si se dan cuenta de que estoy gestando un uteronauta que en vez de chupete me pedirá una barrita de fuet.
Aquí os dejo unos ejemplos publicitarios de mis prohibiciones como gestante; los vaqueros de pitillo, el tabaco, el fuet de Espuña, hacer autoestop, comprar sin tón ni son.... . Los ñoños ochenteros lo disfrutaréis...
13
Jun
2009
La gestante impaciente
Ser una gestante kafkiana con tendencia al surrealismo y dramatización poética tiene sus consecuencias, máxime cuando todo ello se combina en el único reducto de descanso mental que me queda: el sueño.
Pues resulta que últimamente no paro de soñar excentricidades. Si Freud me leyera, no tardaría en darme su diagnóstico, y éste tiene mucho que ver con mi impaciencia. A menudo escucho decir que el último trimestre es el mejor de todos. ¡Y un cuerno! Qué manía tan poco reconfortante nos han transmitido muestras madres (salvo la mía que puso verde su embarazo), de hacernos creer que estar embarazada es el estado de felicidad suprema. Discrepo. Estoy absolutamente segura de que el momento climax, superior e insuperable es el momento del parto, pese a que se crea que es el peor. Tiene que ser espectacular el momento de la visión del alumbramiento. Es como si el duendecillo que se manifiesta dentro de nosotros, de repente decidiera dar la cara. No veo la hora de que llegue ese momento, el mientras tanto tiene sus pros y sus contras, como todo en la vida. Que no me vengan con ñoñerías, que yo lo único que quiero es ver a Adrián.
Bueno, pues volviendo a mi sueño. Lo mío es el colmo. Anoche soñé de nuevo que daba a luz a mi bebé y como cada noche era sietemesino, salvo que esta vez el bebé aparentaba unos 12 meses de vida, estaba repeinado y vestía un trajecito de chaqueta, como si fuera un mayor. ¡Qué detalle! -- pensé en el sueño -- si ha venido vestido de domingo para conocerme, como si fuera una cita a ciegas. Y nunca mejor dicho; se trata de una cita a ciegas porque el pobre no tiene ni idea de quién soy, sólo me ha escuchado reír, llorar, gritar, cantar, callar durante horas, roncar (me acabo de enterar, pero es la postura, claro)... En fin, que las referencias que tiene de su madre son sólo acústicas y de ahí se creará una imagen de su progenitora. En cambio, yo sólo le siento darme pataditas y le veo una vez al mes a trozos y en blanco y negro. Claro que yo tengo más información de él, al menos genética y astrológica. Será leo como su papi y su mami. Menuda jaula de leones. ¿Quién será el rey? Está claro....
Lo curioso del sueño (y esto es para psicoanalizar detenidamente) es que de repente me doy cuenta de que aún no le toca nacer y le digo que lo siento muchísimo, pero que tendrá que esperar dos meses más, que si no me sale géminis y yo quería que fuera leo. El pobre, con cara de desilusión me dice:
-- Hombre mamá, que más te da, ya que estoy aquí, me quedo ¿no?
-- Ah, no no, ni hablar. Lo que me faltaba, ya nacen hablando y opinando. Tú dentro de mí otra vez y te esperas ahí dentro calladillo hasta que te toque nacer.
El pobre Adrián vestido casi de comunión, me pide que le deje quedarse, pero yo soy implacable.
-- De eso nada, y ahora te voy a afeitar la cabeza, que me vas a hacer cosquillas con el pelo. Ya te crecerá de nuevo en tu nave uterina.
Menos mal que sonó el despertador y me sacó del enredo.
Ahora lo único que quiero es que mi reloj biológico haga tic tac y dé las 12 contracciones para que anuncie su llegada y poder brindar con un buen vinito, que ya toca, menuda abstinencia.
Os dejo un video con una voz que me recuerda a la de Dario Grandinetti. Éste es el momento del que hablo, el momento de mi impaciencia. Para comérselos.
12
Jun
2009
La Cruella que llevo dentro
La primera vez que fui a Berlín me sorprendió ver que las calles estaban repletas de niños y perros. No es que quien no tiene niños tiene perro, es que allí los perros están superprotegidos y fomentados y hasta los Punkies los coleccionan. A mí lo de los perros ni fu ni fa. En realidad sólo hay un perro en el mundo que me interese, Gabi, un bichón maltés que acaba de ser papá. El resto se puede quedar en sus cómodos sofás viendo los anuncios de scottex y pidiendo huesitos a telechucho porque no me hace ni pizca de gracia encontrármelos por la calle. Y es que vivir en una urbanización como la mía donde si no tienes un pit bull o un perro lobo asesino no eres nadie, tiene sus desventajas para alguien que tiene fobia a los perros. Considérese que está hablando la leona de castilla que pronto tendrá un leoncito entre sus brazos, no vaya a ser que los fanáticos perrunos me despellejen ellos mismos sin achucharme a sus perros.
Resulta que mi disconfort está justificado. Tengo una vecina que va por la vida decapitada (yo aún no consigo ver su cabeza por ningún sitio). Quizás la lleve en su bolso, porque eso sí, el bolso sí lo lleva bien visible. Ay, estos seres extraños que caminan decapitados..... Pues bien, esta vecina tiene perros anarquistas o republicanos (aún no lo tengo claro) que no se han dado cuenta aún de que mi Adrián este veranito será el rey del jardín y yo su protectora máxima, su guardesa, su esbirra, su lo que sea por evitar que esos chuchos se le acerquen. De momento estoy marcando mi terreno y destruyendo el suyo, casualmente situado junto a la verja de mi jardín, que se comunica con el comunitario y la piscina, así como en Melrose Place. Afortunadamente tengo en mi poder el espantachuchos, un pulverizador que huele que apesta y que les desagrada tanto que les tiene alejados de mi perímetro. Pero ocurre que los aspersores situados en ese punto estratégico borran mis huellas espantadoras de intrusos peludos y me los encuentro después echándose la siesta junto a mi verja. Pero, ¿alguien entiende que se tenga un husky siberiano en un jardín tropical? Es que no pega ni con engrudo. Bueno, no daré ideas, a ver si se les va a ocurrir cambiarlo por una pantera negra. En fin que cuando les veo ahí tumbaditos me llega el momento leona que devora todo lo que implique un peligro y entonces agarro la manguera y me pongo a enchufarles como una posesa quemándose en la hoguera. ¡¡¡Fuera, bichos descarados, usurpadores de mi tranquilidad, profanadores de mis descanso!!! Claro que los perros tienen que alucinar, "que no es para tanto, que vaya carácter se me ha puesto desde que soy una gestante, que antes pasaba de ellos". Pues no, lo que me faltaba, que estos chuchos opinaran... (La culpa es de Snoopy, que lanzó la moda de tener perros parlantes allá por los 80). Además, la cosa no se queda ahí sino que después de regarles sin piedad llamo inmediatamente al presidente, que debe de santiguarse cuando ve mi número y protesto sin parar. Menos mal que me apoya, quizás debido a mi estado, él tiene 3 hijos y bien sabrá de estas cosas.
Y lo peor no es su presencia, sino sus excrementos abonando a su antojo el jardín, los hoyos, sus pelos canosos confundiéndose con la hierba.... Ay, qué asco me da todo. En fin.... un drama que acabará en cuanto mi vecina encuentre su cabeza diminuta en su enorme bolso mezclándose con las llaves y el móvil. Mientras tanto, yo seguiré sumida en mi psicósis, combatiendo al enemigo con mi manguera a presión y mi pulverizador fétido. Creo que los niños pronto me van a cambiar de mote. ¿Seré como esas viejas paranoicas que asustan a los niños pero en versión perruna? Algo así como una Cruella de Vil en Villarrica. Ay, qué dura esta vida de gestante mutante...
10
Jun
2009
Pataditas en código morse
Últimamente mi uteronauta se está intentando comunicar conmigo mediante patadas en código morse. Yo aún no lo pillo, pero estoy en ello. Porque no os creáis, esto tiene su miga.
Después de martirizarle con el Réquiem de Mozart durante varias semanas, cambié a música algo más marchosa, no fuera a ser que el niño me saliera melancólico o depresivo. Ya tendrá tiempo para deprimirse, motivos no le faltarán al pobre. El caso es que no ha tardado mucho en cogerle el ritmo a Ricky Martin y sus discípulos. Aunque más bien parece que me pide que le ponga a Michael Jackson. Menudo esfuerzo sacarme a mí de la música clásica y la ópera y poner esas molestias acústicas. Bueno, no voy a ir de snob, que a mí me gustan los grupos raros, muy cañeros, pero como le ponga eso al pobre me electrocuta las vísceras. Así es que me muevo por el canal latino de la tele y a mover los brazos, que es lo único que puedo mover por ahora. Parezco un teleñeco.
El caso es que aún me resulta tan raro sentir que hay un duende que camina dentro de mí y va a tientas buscando la salida, esa puertecilla que hay en el suelo por donde se llega a nuestro mundo. Y es que las puertas que nos comunican con el otro lado siempre están en el suelo, pero claro, eso él aún no lo sabe. Mientras tanto ahí lo tengo. El muy listillo ahora quiere salir intentando demoler mi tripa con los pies.
Con la claustrofobia que tengo yo y mi miedo al agua, no me gustaría estar en su pellejo. Es como si estuviera en un sarcófago acuático. ¡Qué cosa tan rara! No sé cómo pude resistirlo, o ¿es que yo nunca fui un feto? A veces me lo pregunto, pero mi madre sigue asegurándolo. Yo nací como todos los niños del mundo. Bueno, de momento me lo creeré.
Ahora me está dando un toque, creo que significa: "mamá, deja tus pajas mentales para otro momento que esto no es un blog gótico ni ninguno de tus poemarios existencialistas". No, si me ha salido sabiondo el nene.
Cuando llevo mucho rato calladita, osea, todo el tiempo, me da un repique de talones, que yo entiendo como: ¡habla, mamá, que el coco se te va a indigestar! ¡dime cariñitos! ¿No estaré gestando al clon de Shin Chan? Tiene toda la pinta.
Cuando tiene hambre ensaya penalties contra la boca de mi estómago. Os podéis imaginar cuál es el gol y cómo suena. El caso es que me tiene confundida y embelesada. No sé si quiere sacarme de dudas sobre sus aspiraciones en la vida y me está comunicando que será futbolista, bailaor de flamenco, batería en un grupo rock, boxeador, imitador de Michael Jackson, nadador estilo crol o simplemente un demoledor de tapias. Quizás sólo le dé por intentar estirarse. Me recuerda a los contorsionistas en los espectáculos de magia que se metían en una maleta y luego desaparecían. Pero claro, también tenía truco en la trampilla del suelo. Dios mío, ya empiezo a ver partos por todas partes. Si me paro a pensar, la vida es un paritorio repleto de vaginas (uy, los psicoanalistas... ya los veo poniéndome en la mesa su tests de Rorschach). Decía que la vida es un paritorio repleto de vaginas (me viene la imagen de la puerta-vagina de la casa del pintor en El lado oscuro del corazón de Subiela). Bueno, sigo. Rebobino. La vida es un paritorio repleto de vaginas (ahora me acuerdo de Fele introduciéndose en la mega vagina de su amante en Hable con ella de Almodóvar). Lo siento, no puedo acabar la frase, esto comienza a convertirse en el monólogo de la vagina. ¿Por qué la vagina da tanto juego? ¿Cómo no va a dar juego si la vagina es la puerta de la vida?
Bueno, os dejo, que Adrián me está pidiendo en código de pataleo que le ponga a Nirvana. Parezco su DJ.
beatriz-russo
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