28 Oct 2009
"Los pájaros ciegos" de José Portogalo. Las 2001 Noches nº 7
LOS PÁJAROS CIEGOS
1
Doménico Scalise,
italiano del sur de la península,
pescador, albañil, peón en una chacra
y silbador de tangos en mi barrio.
(Villa Ortúzar entonces nacía en una esquina.
Acordeón de los patios perfumaba sus tardes,
guitarra bolichera su noche de las quintas,
una plaza soñaba, confiada, entre gorriones
y pibes que encontraban su destino en la calle.)
Cuando vine a estas tierras era un niño,
tenía un cielo de oro en las espaldas
y un pájaro en los ojos.
Un día llegué al sueño. Desde entonces
reposo en una fosa golpeado por la lluvia,
por los vientos australes y la nieve.
Cavé mi propia tumba
y al levantar los brazos miré al cielo gritando
¡viva la libertad!
Un proyectil de máuser agujereó mi frente.
Pero no he muerto, sigo respirando en el mundo.
Mi ceniza es del pueblo.
2
Fermín Aguirre, hermano del jilguero. .
Desde gurí, descalzo sin letras, con un silbo,
soñé junto a la orilla del río con el cielo.
Fui tropero después. Bajo
arrimé a mi cansancio la vigilia del sueño.
y fui además galope, temblor de brisa suelta,
incendiado de parvas y eucaliptos
con los canfos del gallo sobre el hombro.
Los pájaros venían de las nubes
-calandrias que orquestaban todo el rumor del alba,
y estaba el colibrí como un relámpago
y el zorzal con su cofre de cristal y rocío,
también estaba el mirlo con su carbón de plumas
y el cardenal, arisco, de púrpura y ceniza-.
La tarde, mi hermanita desnuda entre los cardos,
traía el corazón de las cigarras,
el sauce su pobreza
de pescador confiado en el milagro,
la noche sus harapos de vieja en los caminos.
Mi voz era la brasa de una copla
con desvelo de pueblo en la guitarra
y un saludo efusivo de boliche y galpones.
Chingolito celeste latía mi palabra.
Un día dije: -Amigos, el trigo está en mis manos,
es mío y me lo roban con sus dientes la máquina,
los silos, las planillas, las bolsas, los anteojos
y aquel «Prívate», espeso cubil de oro podrido.
(Entonces eran míos tan sólo la distancia,
el aire, el mate amargo, la hermosura del cielo;
tenía por almohada las ortigas,
por sábana los trapos de la noche al sereno
y por amor la copla de mis penas.)
Cuando dije «la tierra es mía, es tuya»,
alguien quebró mi voz. Ya no estaba en el día
chingolito celeste, mi palabra.
Unas gotas de sangre, amontonadas,
mojaban mi cabeza entre los yuyos.
Mi epitafio es un trébol que sonríe en el campo.
3
Fue una tarde, en octubre.
La primavera entonces lucía entre los árboles
sus primeros fulgares.
Los gorriones, tan díscolos, llegaban a la fuente,
se mojaban el pico, sacudían las alas
y luego recortaban el aire con su vuelo.
El cielo estaba azul sobre la laza,
se paseaba, inocente, en los coanteros
y soñaba, después entre las hojas.
Alguien gritó:
¡viva libertad!
Junto a un charco de sangre estaba yo.
Yo luan Pérez, asturiano, profesión panadero,
veinte años de Argentina, con tres hijos,
un río de esperanza entre mis manos,
Ya el corazón del mundo en mi garganta
no y una copla en mi pecho.
La primavera, ciega, se amontonó en mi sangre.
Desde entonces mi copla perdura entre los pájaros.
4
Viene el aires y pregunta:
-¿Quién eres tú?
La tierra que me alberga, contesta:
-Es un adolescente, asesinado
hace ya cuatro décadas y media, en una calle.
Tenía madre, padre, hermanos y un oficio.
Era digno y resuelto como un pájaro.
También era muy pobre. Sin embargo, reía
la con esa risa fresca de los niños
que aman el corazón de la mañana,
la aventura, los grillos y las locomotoras
que dan el horizonte en sus silbatos.
Era igual que una ráfaga.
Su vida, o esparcida entre amigos, traía una bandera
de pan, de manos sueltas, de voces fraternales.
Su vida era un saludo de campana y de hoguera,
cordial como esa música de acordeón en la noche. ..
Su escudo era el escoplo, la garlopa y la gubia.
Quería a una muchacha con el nombre de un sueño
y al cielo que en su barrio tuteaba a las palomas,
el agua de los charcos,
las veredas, el cerco, la casa de los pobres.
Un primero de mayo, mil novecientos nueve,
un proyectil de máuser
lo tumbó sobre el barro de Céspedes,
esquina Alvarez Thomas. Se llamaba José.
Su apellido español verdece en un romero.
Viene el aire y pregunta:
-¿Quién eres tú, contesta?
-Apenas soy un hombre. La edad no la recuerdo.
Sólo sé que al nacer, mi padre, con el júbilo
de un muchacho, brindó por mi llegada.
Creo que lleva el nombre de Alem aquella fecha.
Mi destino nació señalado en la pólvora.
Viene el aire y pregunta:
¿Quién eres tú?
La tierra que me alberga, contesta:
-La mañana, infinita, en su tumba fulgura.
5
En la fosa común, aislado, entre los yuyos,
no sé qué haré, desnudo, con esta muerte mía
que cabe en una flor.
(Al paso de pesados camiones de lecheros
y de la madrugada que llega de las quintas,
me acerco a aquellos días infancia olvidada
nacida de repente en un badío).
Estoy solo, gritando, en una esquina,
peleándome la voz como un pájaro ciego.
La mañana venía cargada de gorriones,
de tranvías, chirriantes, con rumor de mercados,
de suburbio, bostezo, blasfemias y silbidos
que traían un sueño de muchacha o la imagen
de un corazón que ríe, silencioso, en un beso.
Alguien compraba un diario.
Me daba su chirola de sonrisas un viejo,
su grito un vigilante mal dormido,
su mano el sol cordial tenido en la vereda.
La noche, una madrastra, me cerraba los párpados,
sus estrellas caían en mí como una colcha;
también el viento, a veces, me cubría las carnes
y hasta un perro llenaba de asombro mi inocencia
-sus ojos, empapados de ternura, fulgían
goteando dulcemente por las lágrimas-
Yo respondía al nombre de Juan o «Pie de vidrio».
y un día, cara al cielo, quedé sobre el asfalto.
(No tengo otros recuerdos de mi vida de niño.
y ahora en el osario común, bajo la tierra,
no sé si yo he nacido, ni si esta muerte mía
está en mi corazón, como yo, solitaria.)
y es este mi epitafio: «Pie de vidrio», un expósito.
6
Ni siquiera recuerdo soy ahora,
sino resaca, corcho en la bahía
del último recodo.
Sin embargo, mujer de todos, tuve
mi pequeña alegría, mi dicha silenciosa;
fui la amiga ignorada de los adolescentes
que estrujaban, vehementes, la hoguera de mi cuerpo.
(Ella, la tibia ráfaga, el agua del milagro,
la media luz y el cáliz de una rosa;
los veía llegar,
súbitos abejorros anhelantes
-delirio, llama, fiebre-, desplegando sus alas, abriéndose a la vida como finas corolas
o beso alucinante del amor inocente,
árboles musicales de rocío y luceros,
llovizna, espuma, pájaros de su cielo perdido.)
No fui mala.
Yo caí como todas en esa telaraña
de engaños, esa urdimbre
de zapatos, de medias, de risa y automóviles;
alegre, linda, frívola, secretaria
de un jefe de oficina, me perdieron las joyas
y el temor a ser trapo de fábrica y miseria,
resignada, volcada sobre un catre,
desgarrando mis manos, mi vientre en una tina.
Ni siquiera recuerdo soy ahora,
sino resaca, corcho en la bahía
del último recodo.
Sin embargo, conservo la imagen de mis noches
de oscura prostituta que amó las mariposas
de aquel cielo de trenzas y pobreza, caído
en una callecita de mi barrio.
Una colcha embarrada, de seda, es mi epitafio.
7
Mi padre violinista, fracasó en Buenos Aires.
Sin embargo su nombre -Pierángelo- traía
«gliuccelli» luminosos de las calles de Nápoles;
Doménico Scarlatti, heraldo de sus pájaros,
clareaba el mundo denso de su infancia y sus lágrimas.
Era joven entonces. Soñó graciosos días
de niebla, de castillos azules en el aire;
quiso las mariposas, las colinas celestes,
la música del mar, las golondrinas,
el dulce resplandor de las estrellas,
las mañanas cargadas de rocío y gorjeos,
el cielo de los besos entre los abedules,
las yemas palpitantes de la espiga dorada,
el cálido rumor de las campanas, la noche
con sus hondos misterios, con sus éxtasis
y su frente caída sobre el musgo.
Amó como ninguno la gloria. Con sus sueños,
con su hoguera de lámpara, su mundo
de magia y corazones en la brisa,
nos dio después el pan y el agua de los pobres.
Clavando media-suelas lo sorprendió la muerte.
Mi madre cargó bultos. Lavaba.
Creo que fue en el Once, patio de conventillo.
Cuando murió tenía las manos como un trapo.
Mi hermana Genoveva fugó de nuestra casa.
Amaba el suave roce de la seda y el oro.
Desde entonces sus pasos quedaron en la sombra.
(Mis recuerdos de niño la esperan todavía.
La conservo en mis ojos con sus trenzas oscuras
y su fresca alegría de niña en una plaza.)
En mi pecho latía
el pesado aldabón del llanto de mi padre,
su fiebre, su agonía, su fracaso;
latía el corazón deshecho de su música,
la madera enlutada de su violín translúcido
que guardaba la imagen de mi madre.
(Buenos Aires crecía en las orillas.
Era la gran usina, el túnel gigantesco,
también la rata súbita, la tímida paloma,
la ganzúa, el prostíbulo, la calle, el rascacielo
y el pan para mis manos de araña en los tranvías)
Pude ser aboado, médico o comerciante.
y fuí solo un ladrón.
Mi epitafio es la letra de un tango sin posdata.
8
los he visto morir en un potrero
rotoso, solitarios;
venían del asombro celeste de los niños
picoteando una miga de pan y dando saltos.
Fueron mis compañeros de rabona en las quintas:
discípulos del viento, despicaron
campanadas de iglesia, hicieron nidos
entre los mechinales de las obras y luego
con el cielo en sus alas, a mi plaza llegaron.
Banderitas de lata en los galpones,
los pesebres, los patios, las tapias y los techos;
hijos de la intemperie,
oscuros marineros del rocío,
tuvieron una luz: su rebeldía,
y también un amor: las calles y los árboles.
No fueron cardenales ni mixtos ni calandrias,
sino organistas díscolos, alegres
amigos del caballo, los perros, los guardianes
y los viejos que mueren cualquier noche en un banco.
Los conocí de niño en un baldío
que miraba hacia el mundo, cuando el día
andaba en un verano de chicharras
y el cielo demoraba su fulgor en mis ojos.
Y cayeron sin gloria lo mismo que los pobres.
Su epitafio se escribe en una ráfaga,
junto al pescante roto de un carro que no sirve
y al yuyo atropellado por huesos y carozos.
Sin embargo mi voz quiere nombrarlos,
porque en mi corazón los siento todavía
latir insobornables, inocentes, resueltos,
gorriones que prolongan el sueño de la infancia.
9
Estaba en esta esquina, pelado, con sus yuyos
de ceniza, raquíticos, y flores amarillas
parecidas a párpados de cera. Tenía
también algunos charcos donde el cielo dejaba
madrugador, su gota de rocío,
su siesta con zumbidos de moscas y chicharras
y su ocaso que andaba entre los perros,
los bichitos de luz y el silbo de algún tango.
También había un cerco junto a un fondo de
nísperos,
trapos en un rincón, vidrios y lagartijas;
de pronto había un caballo, mansito, que pastaba
y un organito afónico de vieja calesita
que amontonaba el ruido de su música rota.
Lo exaltaba la gracia de los niños
que orinaban, a chorros, contra un muro,
su libertad alegre, despierta en la garganta,
en la cordialidad del regreso a sus juegos,
en trompos, en guerrillas y en aquellas rabonas
con un cuaderno sucio, un barrilete
y un paso en la aventura, sin libros, y descalzos.
Era el mejor baldío de mi barrio,
porque las mariposas prolongaban su vuelo
en sus orillas, donde la noche distendía
los temblores del aire y la mañana
con su esplendor más joven depositaba el beso
del rumor que traía los latidos del mundo.
Caían las estrellas y entonces, junto al fuego,
el mate, los bizcochos con grasa y las batatas
calentitas, chirriando, daban al corazón
una hombría de manos fraternales.
Allí nació la historia de todos nuestros sueños,
la crueldad inocente y aquel viento de gloria
que acarició la tibia mejilla de los años
del pelo desgreñado y el pantalón rotoso.
Tenía el pecho lleno de claras tardecitas
y del hondo fragor de los gorriones
que visitaba el patio de un boliche lindero
donde el son melancólico de un acordeón reunía
una lágrima, un canto y una dulce nostalgia
con nombre de Rossina o de Antonella.
Fue inmortal en la brisa que llegaba desnuda
y en el amor que abría las primeras corolas
cuando la adolescencia se doraba en las trenzas
y el alma se expandía en un «Rinaldi».
Tumba de calesitas, de hogueras de San Juan,
de las malas palabras y el primer cigarrillo;
su lápida es ahora esta esquina sin pájaros,
sin gritos, sin peleas, sin sueños de la infancia.
Un bloque de cemento lavado por la lluvia.
10
Toqué el timbre.
Nadie vino al llamado. De la umbría
salieron dos palomas.
El viejo Gil -pensé-
sestea en su sillón de mimbre o bien con Fierro
gobierna sus imágenes.
Las palomas llegaron a mis hombros.
Entonces el poeta, su voz en el recuerdo,
me dio la bienvenida; luego el mate, cordial,
servido por Mercedes -Mercedes era el ángel,
vegetal y penumbra de la casa-,
igual que un corazón latió en mi mano.
Pausado en sus palabras, entero, vi al amigo
con el cielo en sus ojos, la sonrisa
abierta al infinito de la tarde, caída
en su patio aromado de jazmín y geranio.
Lo vi también soñando sus recuerdos de infancia,
iguales a su «Cielo de aljibe» y su «Extramuros»,
soñando su «Tinaja», que era voz de la tierra,
el cuenco fresco y hondo de su hombría desnuda.
Barracas fue su barrio de higueras y potreros.
Con un tango de Bardi, picardeado,
le alcanzó una alegría de piropo fiestero,
también le dio una ardiente mocedad de boliches,
el aire musical de una guitarra
y una noche cuajada de grillos y luceros.
Barracas fue su pan de pobre y su mañana, con
su escuela entre los libros abiertos de los pájaros
y el viento que silbaba milongas de carrero.
Cuando fuimos amigos, su barrio era una imagen
de jornadas oscuras de andamios y escaleras
y tenía en su voz la hondura de una lágrima.
Y nos dimos la mano, la misma que ahora llega
en ala de palomas a mis hombros.
Me dijo: -Están tus versos en mi voz.
Esta es tu casa, amigo, tu mesa, tu puchero.
(Entonces una gota de rocío, inocente,
cayó con su tabaco entre mis manos.)
Pasaron muchos años. Sus palabras crecieron,
se ahondaron sosteniendo el cielo de la aurora;
fueron su dignidad, su cruz en el camino,
su confianza de niño que amó las mariposas,
los gorriones y el aire que venía del mundo.
Sus palabras ahora son las mismas que llevan
una copla a los labios del viento corralero.
(Ellas cantan soñando la tarde de jazmines,
el rumor de las parras, el agua de los charcos;
cantan en las cantinas del sur, entre los gringos,
y en el silbo alocado de un canario jaulero.)
Sus palabras ahora me llegan sueltas, puras,
lo mismo que esta brisa que golpea mi frente:
-No toques más el timbre. Vacía está la casa.
El poeta ha salido para siempre, su cuerpo
descansa en un tablón de sombra, bajo tierra-.
Antonio A. Gil, tu voz está en el aire.
Vives en la guitarra de Hernández con tus coplas.
Escucha, tu palabra madura en los gorriones.
15 Oct 2009
"La gloria del poeta" de Luis Cernuda. Las 2001 Noches nº 6
LA GLORIA DEL POETA
Demonio hermano mío, mi semejante,
Te vi palidecer, colgado como la luna matinal,
Oculto en una nube por el cielo,
Entre las horribles montañas,
Una llama a guisa de flor tras la menuda oreja tentadora, Blasfemando lleno de dicha ignorante,
Igual que un niño cuando entona su plegaria,
y burlándote cruelmente al contemplar mi cansancio de la
[ tierra.
Más no eres tú,
Amor mío hecho eternidad,
Quien deba reír de este sueño, de esta impotencia, de esta
[caída,
Porque somos chispas de un mismo fuego
y un mismo soplo nos lanzó sobre las ondas tenebrosas
De Qna extraña creación, donde los hombres
Se acaban como un fósforo al trepar los fatigosos años de
[sus vidas.
Tu carne como la mía
Desea tras el agua y el sol el roce de la sombra;
Nuestra palabra anhela
El muchacho semejante a una rama florida
Que pliega la gracia de su aroma y color en el aire cálido
[de mayo;
Nuestros ojos el mar monótono y diverso,
Poblado por el grito de las aves grises en la tormenta, Nuestra mano hermosos versos que arrojar al desdén de los [hombres.
Los hombres tú los conoces, hermano mío;
Mírales cómo enderezan su invisible corona
Mientras se borran en las sombras con sus mujeres al brazo
Carga de suficiencia inconsciente,
Llevando a comedida distancia del pecho,
Como sacerdotes católicos la forma de su triste dios,
Los hijos conseguidos en unos minutos que se hurtaron al
[sueño
Para dedicarlos a la cohabitación, en la densa tiniebla
[conyugal
De sus cubiles, escalonados los unos sobre los otros.
Mírales perdidos en la naturaleza,
Cómo enferman entre los graciosos castaños o los taciturnos
[plátanos.
Cómo levantan con avaricia el mentón,
Sintiendo un miedo oscuro morderles los talones;
Mira cómo desertan de su trabajo el séptimo día autorizado, Mientras la caja, el mostrador, la clínica, el bufete, el
[despacho oficial Dejan pasar el aire con callado rumor por su ámbito solitario.
Escúchales brotar interminables palabras
Aromatizadas de facilidad violenta,
Reclamando un abrigo para el niñito encadenado bajo el sol
[divino
O una bebida tibia, que resguarde aterciopeladamente.
El clima de sus fauces,
A quienes dañaría la excesiva frialdad del agua natural.
Oye sus marmóreos preceptos
Sobre lo útil, lo normal y lo hermoso;
Oyeles dictar la ley al mundo, acotar el amor, dar canon a
[la belleza inexpresable, Mientras deleitan sus sentidos con altavoces delirantes; Contempla sus extraños cerebros
Intentando levantar, hijo a hijo, un complicado edificio
[de arena
A que negase con torva frente lívida la refulgente paz de las [estrella.
Esos son, hermano mío,
Los seres con quienes mueren a solas,
Fantasmas que harán brotar un día
El solemne erudito, oráculo de estas palabras mías ante
[alumnos extraños,
Obteniendo por ello renombre,
Más una pequeña casa de campo en la angustiosa sierra
[inmediata a la capital;
En tanto tú, tras irisada niebla,
Acaricias los rizos de tu cabellera
Y contemplas con gesto distraído desde la altura.
Esta sucia tierra donde el poeta se ahoga.
Sabes sin embargo que mi voz es la tuya,
Que mi amor es el tuyo;
Deja, oh, deja por una larga noche.
Resbalar tu cálido cuerpo oscuro,
Ligero como un látigo,
Bajo el mío, momia de hastío sepulta en anónima yacija,
y que tus besos, ese venero inagotable,
Viertan en mí la fiebre de una pasión a muerte entre los dos;
Porque me cansa la vana tarea de las palabras,
Como al niño las dulces piedrecillas
Que arroja a un lago, para ver estremecerse su calma
Con el reflejo de una gran ala misteriosa.
Es hora ya, es más que tiempo
De que tus manos cedan a mi vida
El amargo puñal codiciado del poeta;
De que lo hundas, con sólo un golpe limpio,
En este pecho sonoro y vibrante, idéntico a un laúd,
Donde la muerte únicamente,
La muerte únicamente,
Puede hacer resonar la melodía prometida.
09 Oct 2009
"No se culpe a nadie" de Julio Cortázar. Las 2001 Noches nº 75
El frío complica siempre las cosas, en verano se está tan cerca del mundo, tan piel contra piel, pero ahora a las seis y media su mujer lo espera en una tienda para elegir un regalo de casamiento, ya es tarde y se da cuenta de que hace fresco, hay que ponerse el pulóver azul, cualquier cosa que vaya bien con el traje gris, el otoño es un ponerse y sacarse pulóveres, irse encerrando, alejando. Sin ganas silba un tango mientras se aparta de la ventana abierta, busca el pulóver en el armario y empieza a ponérselo delante del espejo. No es fácil, a lo mejor por culpa de la camisa que se adhiere a la lana del pulóver, pero le cuesta hacer pasar el brazo, poco a poco va avanzando la mano hasta que al fin asoma un dedo fuera del puño de lana azul, pero a la luz del atardecer el dedo tiene un aire como de arrugado y metido para adentro, con una uña negra terminada en
punta. De un tirón se arranca la manga del pulóver y se mira la mano como si no fuese suya, pero ahora que está fuera del pulóver se ve que es su mano de siempre y él la deja caer al extremo del brazo flojo y se le ocurre que lo mejor será meter el otro brazo en la otra manga a ver si así resulta más sencillo. Parecería que no lo es porque apenas la lana del pulóver se ha pegado otra vez a la tela de la camisa, la falta de costumbre de empezar por la otra manga dificulta todavía más la operación, y aunque se ha puesto a silbar de nuevo para distraerse, siente que la mano avanza apenas y que sin alguna maniobra complementaria no conseguirá hacerla llegar nunca a la salida. Mejor todo al mismo tiempo, agachar la cabeza
para cazarla a la altura del cuello del pulóver a la vez que mete el brazo libre en la otra manga enderezándola y tirándo simultáneamente con los dos brazos y el cuello. En la repentina penumbra azul que lo envuelve parece absurdo seguir silbando, empieza a sentir como un calor en la cara, aunque parte de la cabeza ya debería estar fuera, pero la frente y toda la cara siguen cubiertas y las manos andan apenas por la mitad de las mangas, por más que tira nada sale afuera y ahora se le ocurre pensar que a lo mejor se ha equivocado en esa especie de cólera irónica con que reanudó la tarea, y que ha hecho la tontería de meter la cabeza en una de las mangas y una mano en el cuello del pulóver. Si fuese así, su mano tendría que salir fácilmente, pero aunque tira con todas sus fuerzas no logra hacer avanzar ninguna de las dos manos, aunque en cambio parecería que la cabeza está a punto de abrirse paso porque la lana azul le aprieta ahora con una fuerza casi irritante la nariz y la boca, lo sofoca más de lo que hubiera podido imaginarse, obligándolo a respirar profundamente mientras la lana se va humedeciendo contra la boca, probablemente desteñirá y le manchará la cara de azul. Por suerte en ese mismo momento su mano derecha asoma al aire, el frío de afuera, por lo menos ya hay una afuera aunque la otra siga apresada en la manga, quizá era cierto que su mano derecha estaba metida en el cuello del pulóver, por eso lo que él creía el cuello le está apretando de esa manera la cara, sofocándolo cada vez más, y en cambio la mano ha podido salir fácilmente. De todos modos y para estar seguro lo único que puede hacer es seguir abriéndose paso, respirando a fondo y dejando escapar el aire poco a poco, aunque sea absurdo porque nada le impide respirar perfectamente salvo que el aire que traga está mezclado con pelusas de lana del cuello o de la manga del pulóver, y además hay el gusto del pulóver, ese gusto azul de la lana que le debe estar manchando la cara ahora que la humedad del aliento se mezcla cada vez más con la lana, y aunque no puede verlo porque si abre los ojos las pestañas tropiezan dolorosamente con la lana, está seguro de que el azul le va envolviendo la boca mojada, los agujeros de la nariz, le gana las mejillas, y todo eso lo va llenando de ansiedad y quisiera terminar de ponerse de una vez el pulóver sin contar que debe ser tarde y su mujer estará impacientándose en la puerta de la tienda. Se dice que lo más sensato es concentrar la atención en su mano derecha, porque esa mano por fuera del pulóver está en contacto con el aire frío de la habitación, es como un anuncio de que ya falta poco y además puede ayudarlo, ir subiendo por la espalda hasta aferrar el borde inferior del pulóver con ese movimiento clásico que ayuda a
ponerse cualquier pulóver tirando enérgicamente hacia abajo. Lo malo es que aunque la mano palpa la espalda buscando el borde de lana, parecería que el pulóver ha quedado completamente arrollado cerca del cuello y lo único que encuentra la mano es la camisa cada vez más arrugada y hasta salida en parte del pantalón, y de poco sirve traer la mano y querer tirar de la delantera del pulóver porque sobre el pecho no se siente más que la camisa, el pulóver debe haber pasado apenas por los hombros y estará ahí arrollado y tenso como si él tuviera los hombros demasiado anchos para ese pulóver, lo que en definitiva prueba que realmente se ha equivocado y ha metido una mano en el cuello y la otra en una manga, con lo cual la distancia que va del cuello a una de las mangas es exáctamente la mitad de la que va de una manga a otra, y eso explica que él tenga la cabeza un poco ladeada a la izquierda, del lado donde la
mano sigue prisionera en la manga, si es la manga, y en cambio su
mano derecha que ya está afuera se mueva con toda libertad en el aire aunque no consiga hacer bajar el pulóver que sigue como arrollado en lo alto de su cuerpo. Irónicamente se le ocurre que si hubiera una silla cerca podría descansar y respirar mejor hasta ponerse del todo el pulóver, pero ha perdido la orientación después de haber girado tantas veces con esa especie de gimnasia eufórica que inicia siempre la colocación de una prenda de ropa y que tiene algo de paso de baile disimulado, que nadie puede reprochar porque responde a una finalidad utilitaria y no a culpables tendencias coreográficas.

En el fondo la verdadera solución sería sacarse el pulóver puesto que no ha podido ponérselo, y comprobar la entrada correcta de cada mano en las mangas y de la cabeza en el cuello, pero la mano derecha desordenadamente sigue yendo y viniendo como si ya fuera ridículo renunciar a esa altura de las cosas, y en algún momento hasta obedece y sube a la altura de la cabeza y tira hacia arriba sin que él comprenda a tiempo que el pulóver se le ha pegado en la cara con esa gomosidad húmeda del aliento mezclado en el azul de la lana, y cuando la mano tira hacia arriba es un dolor como si le desgarraran las orejas y quisieran arrancarle las pestañas. Entonces más despacio, entonces hay que utilizar la mano metida en la manga izquierda, si es la manga y no el cuello, y para eso con la mano derecha ayudar a la mano izquierda para que pueda avanzar por la manga o retroceder y zafarse, aunque es casi imposible coordinar los movimientos de las dos manos, como si la mano izquierda fuese una rata metida en una jaula y desde afuera otra rata quisiera ayudarla a escaparse, a menos que en vez de ayudarla la esté mordiendo porque de golpe le duele la mano prisionera y a la vez la otra mano se hinca con todas sus fuerzas en eso que debe ser su mano y que le duele, le duele a tal punto que renuncia a quitarse el pulóver, prefiere intentar un último esfuerzo para sacar la cabeza fuera del cuello y la rata izquierda fuera de la jaula y lo intenta luchando con todo el cuerpo, echándose hacia adelante y hacia atrás, girando en medio de la habitación, si es que está en medio porque ahora alcanza a pensar que la ventana ha quedado abierta y que es peligroso seguir girando a ciegas, prefiere detenerse aunque su mano derecha siga yendo y viniendo sin ocuparse del pulóver, aunque su mano izquierda le duela cada vez más como si tuviera los dedos mordidos o quemados, y sin embargo esa mano le obedece, contrayendo poco a poco los dedos lacerados alcanza a aferrar a través de la manga el borde del pulóver arrollado en el hombro, tira hacia abajo casi sin fuerza, le duele demasiado y haría falta que la mano derecha ayudara en vez de trepar o bajar inútilmente por las piernas, en vez de pellizcarle el muslo como lo está haciendo, arañándolo y pellizcándolo a través de la ropa sin que pueda impedírselo porque toda su voluntad acaba en la mano izquierda,
quizá ha caído de rodillas y se siente como colgado de la mano izquierda que tira una vez más del pulóver y de golpe es el frío en las cejas y en la frente, en los ojos, absurdamente no quiere abrir los ojos pero sabe que ha salido fuera, esa materia fría, esa delicia es el aire libre, y no quiere abrir los ojos y espera un segundo, dos segundos, se deja vivir en un tiempo frío y diferente, el tiempo de fuera del pulóver, está de rodillas y es hermoso estar así hasta que poco a poco agradecidamente entreabre los ojos libres de la baba azul de la lana de adentro, entreabre los ojos y ve las cinco uñas negras suspendidas apuntando a sus ojos, vibrando en el aire antes de saltar contra sus ojos, y tiene el tiempo de bajar los párpados y echarse atrás cubriéndose con la mano izquierda que es su mano, que es todo lo que le queda para que lo defienda desde dentro de la manga, para que tire hacia arriba el cuello del pulóver y la baba azul le envuelva otra vez la cara mientras se endereza para huir a otra parte, para llegar por fin a alguna parte sin mano y sin pulóver, donde solamente haya un aire fragoroso que lo envuelva y lo acompañe y lo acaricie y doce pisos.
06 Oct 2009
"Alguna memoria" IV. Raúl Gustavo Aguirre. Las 2001 Noches nº 7
IV
Tu canto continúa hasta que el universo se rompe
en un hiato espantoso, comienzo de la nada.
Allí la memoria me ofrece sus servicios.
Ocurre que la necesidad de decidir llega a alcanzar niveles alarmantes (¿la disgregación?, ¿el poema?). La fatiga, la duda, y los insistentes memoriales sobre táctica física de conservación de la conciencia inhiben, a menudo, el itinerario del cazador feliz. ¿Dónde estoy ahora? El pataleo de la ciudad entera, la náusea de la organización, la imposibilidad de personalizar en el prójimo la culpa de esta vergonzosa contrariedad que nos anula dotándonos de mortíferas similitudes, de equivalencias que vuelven indiferente al rayo, esta endemia, en fin desde donde me es preciso atraer a la maravillosa criatura con un interminable despliegue de trabajosas señales, a veces falsas, a veces excesivas, a veces miserables, jesta endemia es (oh cielos) mi país!
Y ella, ¿qué hace aquí?
Viene a iniciar la sucesión de acontecimientos admirables. Pero la sucesión de acontecimientos admirables no es resistida por los sismógrafos. En las retinas indiferentes, la claridad se enfría, el ibis de la claridad desaparece, víctima de un fenómeno de distorsión. Las manos que escriben en papeles ajenos se desentienden de su presencia, son sus enemigas más crueles. En la mesa que ella amaba, a la hora de la identidad, reina ahora una absurda caligrafía... Su ausencia infunde una temible atracción a los archipiélagos deshabitados. En el afelio, las probabilidades de muerte son extremas, la soledad se individualiza, el dolor entra en juegos arácnidos, se vuelve miserable. Es en ese infierno donde cada árbol se distingue por su nombre, donde se encuentran los más completos archivos, donde es posible seguir con atención los movimientos de la única criatura que no obedece la orden, esa filaria que se divide cuando parecía que sólo de ella se podía hablar, de ella y de mí ¡Oh, vergüenza de los oficios sagrados!.
¿Cómo podré, amor mío, volver a la noción de tu cintura, a la simplicidad de tu lumbre, a tu Belleza?
La claridad disminuye, tu cuerpo se borra. La claridad, víctima de mi dimisión, se hunde con el tesoro de tus movimientos.
¿Cómo resarcirte de mi retorno a la condición enumerativa, al círculo de la ingratitud, al estado general? Nosotros dos habíamos hecho de la imprudencia nuestro medio de comunicación. Una incomparable vicisitud nos unía. Fuego y nieve se complacían en exasperamos. Caíamos juntos en el abismo de nuestra semejanza.
Cuando el fuego cesó, la nieve se deshizo, y yo no pude retenerte: no había salido de aquí. De otros depende ahora la autorización.
Pero tú, sin nombre, en el frío de esos espacios, ¿qué esperas sino mi muerte, qué esperas todavía, oh Solitaria?
Veo otra vez tu rostro en el centro de una prodigiosa tormenta. Tu rostro, desconocida, en medio de la ausencia que te devora, más cerca que nunca del mío.
El persistente abismo te separa de aquellos que eran, al alcance de tu mirada, el presagio de una infinita celebración... Pero quién sabe qué guardan todavía de inmenso estas apariencias de la fatalidad.
Pequeña gloria errante entre las ramas de la noche, ¿qué nueva forma buscas para que yo te vea?
¿Cómo retenerte a ti, tan difícil de atar, tan rápida y cambiante, tan difícil de sujetar a nuestra armonía, a nuestros rectos usos, a nuestras sanas costumbres?
Yo como tantos, ignoraba que aquí donde cada uno se esconde bajo tierra, no había otro destino para nadie sino aquél por el que tú, lejos de nosotros, te dejabas llevar.
¡Increíble criatura! He sido fiel a tus contradicciones hasta la punta de la aguja que penetraba en el corazón del pájaro triste para matar a la serpiente.
Déjame cavar en mí la maldición y que nos hundamos en este tema. Tú no deseabas otro destino para mí y yo no quería sino tenerte por entero.
Los hombres nada se han llevado, nada de lo que puede todavía inflamarte.
Yo me salía del mundo y tú de nuevo me creabas. Tal era nuestro juego, nuestra danza nupcial. Ausentes, pasábamos juntos por aquí.
Yo conocía tu rumor en mi alma, y en mi alma eras libre de hacer cuanto quisieras. Yo conocí el rumor de tu presencia, y te llevaba en mi alma como el mar, como el viento hubieran querido llevarte. Yo cambiaba tu cuerpo por el mío, yo era la eternidad.
Al azar te encontraba, una y otra vez, y el mundo era demasiado grande como para retenerte o como para que nuestros destinos se contradijeran. Y tú, tan parecida al aire de pronto, eras tan libre como yo, y nos cambiábamos sin saberlo, sin nombrarnos, sin descubrirnos la razón de nuestra indolencia. Pero esta sombra no durará, no durará.
¿Qué podría mostrarte, allí donde ya no querías seguirme, escaleras abajo, fuera del reino de tu validez? No había más que cenizas en el fondo de esas arcas enormes.
(Distorsión infinita y conocimiento crispado, angustia y belleza en mí te reconocían).
De pronto, tras el vidrio del tiempo, pasa tu imagen sobria, lenta y considerable, más real que la noche.
Ya no reconozco como causa de mi angustia sino la necesidad de volver a crearte, de hacerme de ti. Ausente, la confusión en mis escrituras, el fénix en mi cabeza. Te busco en mi delirio glacial, en mi falsa detención, en mis esfuerzos inútiles... En mí se complacía el verano, ayer, cuando tu rostro era el mío.
(Trato de hablar de nuevo ese viejo lenguaje de poesía con el cual solíamos explicarnos nuestro amor).
Libre por tu presencia oculta detrás de los signos de tu presencia, libre por tu amor jamás abarcado. Para vivir, yo tengo que romper esta niebla verbal que me oculta tu nombre. Busco la libertad de tu rostro de hoy.
En suma, mi moral consiste en una serie de movimientos cuyo fin no es otro que hacerte un lugar para que puedas vivir en silencio en medio de la confusión donde tu presencia es un desafío y tu belleza una injuria.
(Y tú, más cierta que el mañana que no puedo mirar, más cierta que la oscuridad por donde vamos, haz que pueda iluminar levemente el rostro de la tierra, comenzando por ti, que estás al lado mío, que estabas al lado mío desde que comenzó todo esto...)
Y éste es el mediodía en que llega a su fin la parálisis infernal, causa de la abrumadora tristeza que me consumía. La nieve se funde, el horizonte se mueve, la música recomienza. Y tú, solitaria, tú volverás ahora a convertir en bodas los exilios nocturnos.
(Esta belleza injuriada, esta belleza fuera de la ley, lejos de las casas de contratación, lejos de la poesía, de sus feroces propietarios, esta belleza odiada por los justos, esta belleza simple entre nosotros, en el reverso de las grandes páginas, ella quería, quería, oasis infinito, vernos vivir así).
Y éstas son las primeras estribaciones de tu silencio.
El libro «Alguna Memoria» ha sido publicado en su totalidad, en las 2001 Noches, n."' 4, 5, 6 y 7.
03 Oct 2009
"Cerrada puerta" de Vicente Aleixandre. Las 2001 Noches nº 4
VICENTE ALEIXANDRE
No mientas cabelleras diáfanas, ardientes goces,
columnas de pórfido, celestiales anhelos;
no mientas un cuerpo dichoso rodeado por la luz
como esa barca joven que desprecia las ondas.
No engañes con tu tibieza de astro reluciente
fuerte valor para buscar la vida,
para trazar la germinante estela
donde el amor como la leche fluye.
No.
La realidad votiva aspira a ese jardín de palmas
donde los seres convertidos en lanzas
todavía te buscan, azul topacio u oro
que te escapas sin cielo por otros paraísos.
Amar el cuello enfebrecido
que roto al pie de un mármol solo
retiene su sangrienta llamada
como ese corazón que contiene su anhelo.
El frenesí de la luna y los besos,
mezclados como sangres en la puerta cerrada,
donde claman los puños de los que nunca vivieron,
de los que muertos mutilados flotan en aguas frías.
Paraíso de lunas sajadas con desvío,
con filos de vestidos o metales dichosos,
aquellos que no amaron porque sabían siempre
que el polvo no circula ni sustituye a la sangre.
Amar a esa luz violeta los párpados cerrados,
donde un ave no puede guarecer su temblor,
donde todo lo más algún pétalo frío
amanece de nácar imitando a lo vivo.
Esa pesada puerta jamás girará.
Un rostro o un peñasco, una canción o un puente milenario unen el hilo de araña al corazón del monte,
donde la muerte vida a vida lucha
por alumbrar la pasión entre el relámpago que escapa.
Una mano del tamaño del odio,
un continente donde circulan venas,
donde aún quedaron huellas de unos dientes,
golpea un corazón como mar encerrado,
golpea unas encías que devoraron luces,
que tragaron un mundo que nunca había nacido,
donde el amor era el chocar de los rayos crujientes
sobre los cuerpos humanos derribados por tierra.
30 Sep 2009
"El cuerpo" de Edgar Allan Poe. Las 2001 Noches nº 24
EDGAR ALLAN POE
EL CUERVO
Una vez, en una taciturna medianoche, mientras meditaba débil y fatigado,
sobre un curioso y extraño volumen de sabiduría antigua, mientras cabeceaba, somnoliento, de repente algo sonó, como el rumor de alguien llamando suavemente a la puerta de mi habitación.
«Es alguien que viene a visitarme -murmuré y llama a la puerta de mi habitación.
Sólo eso, nada más.»
Ah, recuerdo claramente que era en el frío diciembre, y que cada brasa que moría forjaba en el suelo su espectro.
Ardientemente deseaba la aurora; raramente habría buscado extraer
de mis libros una distracción para mi tristeza, tristeza por mi Leonor perdida, la rara y radiante joven a quien los ángeles llaman Leonor,
para quien, aquí, nunca más habrá nombre.
Y el incierto y triste crujir de la seda de cada cortinaje de púrpura
me estremecía, me llenaba de fantásticos temores nunca sentidos,
por lo que, a fin de calmar los latidos de mi corazón, me embelesaba repitiendo:
«Será un visitante que quiere entrar y llama a la puerta de mi habitación.
Algún visitante retrasado que quiere entrar y llama a la puerta de mi habitación.
Eso debe ser, y nada más.»
De repente, mi alma, se revistió de fuerza; y sin dudar más dije: «Señor, o señora, les pido en verdad perdón; pero lo cierto es que me adormecí y habéis llamado tan suavemente y tan débilmente habéis llamado a la puerta de mi habitación que no estaba realmente seguro de haberos oído. Abrí la puerta.
Oscuridad y nada más.
Mirando a través de la sombra, estuve mucho rato pensando preguntándome, temiendo dudando, soñando más sueños que ningún mortal se habría atrevido a soñar pero el silencio no se rompió y la quietud no hizo ninguna señal, y la única palabra allí hablada fue la palabra dicha en un susurro: «¡Leonor!»
Esto dije susurrando, y el eco respondió en un murmullo la palabra «¡Leonor!»
Simplemente esto y nada más.
Al entrar de nuevo en mi habitación, toda mi alma abrasándose,
muy pronto, de nuevo, oí una llamada más fuerte que antes.
«Seguramente» -dije-, seguramente es alguien en la persiana de mi ventana.
Déjame ver, entonces, lo que es, y resolver este misterio; que mi corazón se calme un momento y averigüe este misterio.
¡Es el viento y nada más!»
Empujé el postigo, cuando, con una gran agitación y movimientos de alas irrumpió un majestuoso cuervo de los santos días de antaño.
No hizo ninguna reverencia; no se paró ni dudó un momento; pero, con una actitud de lord o de lady, trepó sobre la puerta de mi habitación, trepó en un busto de Palas, encima de la puerta de mi habitación.
Se posó y nada más.
Entonces aquel pájaro de ébano, induciendo a sonreír mi triste ilusión a causa de la grave y severa solemnidad de su aspecto.
«Aunque tu cresta sea lisa y rasa -le dije-, tú no eres un cobarde.»
Un torvo espectral y antiguo cuervo, que errando llegas de la orilla de la noche.
Dime: «¿Cuál es tu nombre señorial en la orilla plutoniana de la noche?»
El cuervo dijo: «Nunca más».
Me maravillé al escuchar aquella desgarbada ave expresarse tan claramente, aunque su respuesta tuviera poco sentido y poca oportunidad; porque hay que reconocer que ningún humano viviente nunca se hubiera preciado de ver un pájaro encima de la puerta de su habitación.
Un pájaro u otra bestia encima del busto esculpido encima de la puerta de su habitación.
Con un nombre como «Nunca más».
Pero el cuervo, sentado en solitario en el plácido busto, sólo dijo aquellas palabras, como si con ellas desparramara su alma. No dijo entonces nada más, no movió entonces ni una sola pluma.
Hasta que yo murmuré: «Otros amigos han volado ya antes».
En la madrugada me abandonará, como antes mis esperanzas han volado.
Entonces el pájaro dijo: «Nunca más».
Estremecido por la calma, rota por una réplica tan bien dada, dije: «Sin duda». Esto que ha dicho es todo su fondo y su bagaje, tomado de algún infeliz amo al que el Desastre cruel siguió rápido y siguió más rápido hasta que sus canciones formaron un refrán único.
Hasta que endechas de su Esperanza, llevaran la melancólica carga de «Nunca - nunca más».
Pero el cuervo, sentado en solitario en el plácido busto, sólo dijo aquellas palabras, como si con ellas desparramara su alma. No dijo entonces nada más, no movió entonces ni una
[sola pluma.
Hasta que yo murmuré: «Otros amigos han volado ya antes».
En la madrugada me abandonará, como antes mis
[esperanzas han volado.
Entonces el pájaro dijo: «Nunca más».
Estremecido por la calma, rota por una réplica tan bien dada,
dije: «Sin duda». Esto que ha dicho es todo su fondo su
[bagaje,
tomado de algún infeliz amo al que el Desastre cruel
siguió rápido y siguió más rápido hasta que sus canciones formaron un refrán único.
Hasta que endechas de su Esperanza, llevaran la melancólica [carga
de «Nunca - nunca más».Pero el cuervo, seduciendo todavía [mi ilusión hacia la sonrisa,
me impulsó a empujar de súbito una silla de cojines delante [del pájaro, del busto y la puerta;
entonces, sumergido en el terciopelo, empecé yo mismo a
[encadenar
ilusión tras ilusión, pensando en lo que aquel siniestro pájaro [de antaño,
en lo que aquel torvo, desgarbado, espantoso, descarnado y siniestro pájaro de antaño
quería decir al gemir «Nunca más».
Me senté, ocupado en averiguarlo, pero sin pronunciar una
[sílaba
frente al ave cuyos fieros ojos, ahora, quemaban lo más profundo de mi pecho;
esto y más conjeturaba, sentado con la cabeza reclinada
[cómodamente.
Tendido en los cojines de terciopelo que reflejaban la luz de la
[lámpara.
Pero en cuyo terciopelo violeta, reflejando la luz de la lámpara, ella no se sentará ¡ah, nunca más!
Entonces, creo, el aire se volvió más denso, perfumado por un
[invisible incienso
Brindado por serafines cuyas pisadas sonaban en el
[alfombrado.
«Miserable -grité-. Tu Dios te ha permitido, a través de estos ángeles te ha dado un descanso
Descanso y olvido de las memorias de Leonor.
Bebe, oh bebe este buen filtro, y olvida esa Leonor perdida.
El cuervo dijo «Nunca más».
«Profeta -dije-, ser maligno, pájaro o demonio, siempre
[profeta,
si el tentador te ha enviado, o la tempestad te ha empujado
[hacia estas costas,
desolado, aunque intrépido, hacia esta desierta tierra
[encantada,
hacia esta casa rondada por el Horror. Dime la verdad, te lo
[imploro.
¿Hay, hay bálsamo en Galaad? ¡Dime, dime, te lo ruego!»
El cuervo dijo: «Nunca más».
«Profeta -dije-, ser maligno, pájaro o demonio, siempre
[profeta,
por ese cielo que se cierne sobre nosotros, por ese Dios que ambos adoramos,
dile a esta pobre alma cargada de angustia, si en el lejano
[Edén
podrá abrazar a una joven santificada a quien los ángeles
[llaman Leonor,
abrazar a una preciosa y radiante doncella a quien los
[ángeles llaman Leonor».
El cuervo dijo: «Nunca más».
«Que esta palabra sea la señal de nuestra separación, pájaro
[o demonio -grité incorporándome.
¡Vuelve a la tempestad y la ribera plutoniana de la noche!
No dejes ni una pluma negra como prenda de la mentira que
[ha dicho tu alma.
¡Deja intacta mi soledad! ¡Aparta tu busto de mi puerta!
¡Aparta tu pico de mi corazón, aleja tu forma de mi puerta!»
El cuervo dijo: «Nunca más».
Y el cuervo, sin revolotear, todavía posado, todavía posado,
en el pálido busto de Palas encima de la puerta de mi
[habitación,
sus ojos tienen todo el parecido de un demonio que está
[soñando,
y la luz de la lámpara que le cae encima, proyecta en el suelo
[su sombra.
Y mi alma, de esta sombra que yace flotando en el suelo
no se levantará... ¡Nunca más!
Y mi alma fuera de aquella sombra.
29 Ago 2009
"Preparativos de viaje" de Dámaso Alonso. Las 2001 Noches nº 106
PREPARATIVOS DE VIAJE
Unos
se van quedando estupefactos,
mirando sin avidez, estúpidamente, más allá, cada vez
más allá,
hacia la otra ladera.
Otros
voltean la cabeza a un lado y otro lado,
sí, la pobre cabeza, aún no vencida,
casi
con gesto de dominio,
como si no quisieran perder la última página de un libro
de aventuras,
casi con gesto de desprecio,
cual si quisieran
volver con despectiva indiferencia las espaldas
a una cosa apenas si entrevista,
mas que no va con ellos.
Hay algunos
que agitan con angustia los brazos por fuera del embozo,
cual si en torno a sus sienes espantaran tozudos
moscardones azules,
o cual si bracearan en un agua densa, poblada de invisibles
medusas.
Otros maldicen a Dios,
escupen al Dios que les hizo,
y las cuerdas heridas de sus chillidos acres
atraviesan como una pesadilla las salas insomnes del
hospital,
hacen oscilar como un viento sutil
las alas de las tocas
y cortan el torpe vaho del cloroformo.
Algunos llaman con débil voz
a sus madres,
las pobres madres, las dulces madres
entre cuyas costillas hace ya muchos años que se pudren
las tablas del ataúd.
Y es muy frecuente
que el moribundo hable de viajes largos,
de viajes por transparentes mares azules, por archipiélagos
remotos,
y que se quiera arrojar del lecho
porque va a partir el tren, porque ya zarpa el barco.
(Y entonces se les hiela el alma
a aquellos que rodean al enfermo. Porque comprenden).
Y hay algunos, felices,
que pasan de un sueño rosado, de un sueño dulce, tibio
y dulce,
al sueño largo y frío.
Ay, era ese engañoso sueño,
cuando la madre, el hijo, la hermana
han salido con enorme emoción, sonriendo, temblando,
llorando,
han salido de puntillas,
para decir: “¡Duerme tranquilo, parece que duerme muy bien!”
Pero, no: no era eso.
... Oh, sí; las madres lo saben muy bien: cada niño se duerme
de una manera distinta...
Pero todos, todos se quedan
con los ojos abiertos.
Ojos abiertos, desmesurados en el espanto último,
ojos en guiño, como una soturna broma, como una mueca
ante un panorama grotesco,
ojos casi derramados, que miran por fisura, por un trocito
de arco, por el segmento inferior de las pupilas.
No hay mirada más triste.
Sí, no hay mirada más profunda ni más triste.
Ah, muertos, muertos, ¿qué habéis visto
en la esquinada cruel, en el terrible momento del tránsito?
Ah, ¿qué habéis visto en ese instante del encontronazo
con el camión gris de la muerte?
No sé si cielos lejanísimos de desvaídas estrellas, de lentos
cometas solitarios hacia la torpe nebulosa inicial,
no sé si un infinito de nieves, donde hay un rastro de sangre,
una huella de sangre inacabable,
ni si el frenético color de una inmensa orquesta convulsa
cuando se descuajan los orbes,
ni si acaso la gran violeta que esparció por el mundo la
tristeza como un largo perfume de enero,
ay, no sé si habéis visto los ojos profundos, la faz
impenetrable.
Ah, Dios mío, Dios mío, ¿qué han visto un instante esos ojos
que se quedaron abiertos?
15 Jul 2009
Recital de la poeta argentina Norma Menassa en el Colegio Mayor Argentino "Nuestra Señora de Lujan" el domingo, 19 de julio de 2009 a las 19 h

ESTA VEZ TAMBIEN HICIMOS EL AMOR EN BUENOS AIRES
Un soplo original llevando mis pasos a tu encuentro.
Una humedad dando al abismo y la neblina,
mis labios vivos pronunciando otros nombres de ausencia
para poder jugar en un vasto anfiteatro espantando
la misma queja sin medida sobre
la inapropiada propiedad a la que me rendía confinada.
Esta vez no divisé las cosas errantes de este mundo
siempre hubo el amor y este furor sobre la cima del deseo
con su ala de gaviota trastornada.
Gran manipulador de encuentros el viento sobre el río
husmeaba el tema de la nada y tu mano en mi mano tomaba tal altura
que terminó cortada a pique en el umbral de casa,
mientras que en los confines un coro de muchachas malqueridas
erraban temerosas entre ilícitos en medio de la vida ciudadana.
Sobre el lecho que luego abandonamos
quedó el poema de la noche en medio del despojo,
cabellos en la almohada, plumas volcadas en la alfombra,
susurros de un lenguaje puro, con palabras aladas, sin oficio,
nombrándonos entre mi árido perfume a siempre viva
y tu perfume de axila encadenando el curso del ciclón sobre este mapa
para configurar el rostro de algún sueño.
Partimos como parten los buques de la infancia
en medio de un sonido y no bastaba reír bajo las lágrimas,
hicimos el amor en este puerto,
tu te quedaste velando entre las guerras
yo quedé ciega aliviando el dolor de la demencia
en un gran almacén vendiendo fábulas.
04 Jul 2009
03 Jul 2009
Sobre este blog
Las 2001 noches
Miguel Menassa ChamliLAS 2001 NOCHES REVISTA DE POESIA AFORISMOS FRESCORES ESTÁ AL BORDE DE EDITAR SU NUMERO 100, este blog tendrá como único sentido publicar a mi gusto, que no es poco, los mejores poemas, aforismos y frescores, una que otra editorial o fragmentos y alguna nota aclaratoria cuando yo, Miguel Menassa, hijo de Angela, bisniesto de Lautaro, lo crea necesario.
Últimos Comentarios
- "Sudor y Látigo" de Nicolás Guillén. Las 2001 Noches nº 46 2 comentarios christian louboutin olga
- LAS 2001 NOCHES CELEBRA SU NÚMERO 100 1 comentario olgadelucia
- Poesía. "Hace falta estar ciego" de Rafael Alberti 2 comentarios Kepa Emérita
- AFORISMOS DE CESARE PAVESE Y MIGUEL OSCAR MENASSA 4 comentarios Carlos Ferrnández Marina miguelmenassa Kepa
- EL VALOR DE LA MENTIRA. CORTOMETRAJE, Menassa 2 comentarios Claire Deloupy Marchand Alejandra Menassa
Tags
Ídolos
Buscar
Suscríbete
Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):
Archivos
- Mayo 2012
- Abril 2012
- Marzo 2012
- Febrero 2012
- Enero 2012
- Diciembre 2011
- Noviembre 2011
- Octubre 2011
- Septiembre 2011
- Agosto 2011
- Julio 2011
- Junio 2011
- Mayo 2011
- Abril 2011
- Marzo 2011
- Febrero 2011
- Enero 2011
- Diciembre 2010
- Noviembre 2010
- Octubre 2010
- Septiembre 2010
- Agosto 2010
- Julio 2010
- Junio 2010
- Mayo 2010
- Abril 2010
- Marzo 2010
- Febrero 2010
- Enero 2010
- Diciembre 2009
- Noviembre 2009
- Octubre 2009
- Septiembre 2009
- Agosto 2009
- Julio 2009
- Junio 2009
- Mayo 2009
- Abril 2009
- Marzo 2009
- Febrero 2009
- Enero 2009
- Diciembre 2008








