24 Mar 2011

Cuando Occidente se mueve en Libia para seguir quieto

Escrito por: Gerardo Boneque Molina el 24 Mar 2011 - URL Permanente


Occidente se ha movido. Al ritmo mastodóntico y enajenantemente lento al que ha decidido hacerlo, en un mundo que estalla deprisa por lo humano y que se quiebra a toda velocidad por lo geológico, pero parece que se ha movido.
Las Naciones Unidas han aceptado la intervención militar en Libia. Han aprobado que es justo y necesrio evitar que la aviación y la artillería pesada de un dictador deje de matar a aquellos que tomaron las armas para descablagarle del desabrido y furioso corcel de un poder que le ha conducido al mesianismo y la locura.
Se ha movido en contra de las reticencias de China que de repente -¡gran casualidad!- han dejado de serlo; en contra del universal encogimiento de hombros de sus poblaciones ante la tragedia efectiva de los que mueren en el desierto.
Se ha movido lentamente -esperemos que no tardíamente-, pero, aunque lo parezca, el Occidente Atlántico no se ha movido para cambiar el mundo. Se ha movido para que el mundo no se mueva, para que deje de hacerlo.
¿Qué diferencia existe entre la votación de hace unos días, cuando se vetó la zona de exclusión aérea y cualquier intervención militar, y esta última, en la que se autoriza prácticamente hasta que un comando de élite se plante en la casa Gadaffi y le descerraje un tiro en la sien mientras duerme?
Muchas pero ninguna de las que se antojan evidentes.
Podría decirse que es porque ahora los rebeldes tienen todas las de perder, podría decirse que es por el fiasco enérgetico que está provocando la ocurrencia del globo terráqueo de borrar medio Japón de la faz de la tierra; podría decirse que es porque China necesita que se restablezca cuanto antes el flujo petrolífero desde Trípoli y Bengasi, ahora interrumpido.
Y se acertará parcialmente en todo, porque todos esos motivos son meros síntomas de una misma enfermedad, el mal que le ha hecho a Occidente demorar su extertor, la dolencia que le hace tomar decisiones con la velocidad de un anciano artrítico y la desesperación de un nonagenario asmático.
Todo lo que ha hecho y está haciendo el Occidente Atlántico responde a la única enfermedad que le está matando, que ya le ha matado: la parálisis.
Un movimiento tiene un objetivo, exige una continuidad, eso es el cambio. Eso es jugar una partida. Se mueve un peón en la espera de que algo ocurra, de que haya una respuesta para luego poder contrarestar esa respuesta -aunque, si se es buen jugador, se intenta anticipar esa reacción-.
Y eso es lo que hizo Francia cuando se le escaparón las cosas de su sitio en Libia. Hizo un movimiento, una apertura, sacó un peón de su escaque. Reconoció al gobierno rebelde de Bengasi. Asumió un riesgo, controlado o no, pero lo asumió.
Francia, en esto suele ser otra cosa. Su revolución reinventó Occidente, Taillerand inventó la diplomacia moderna multilateral, pero, como los ingleses con el fútbol, inventar una cosa no supone necesariamente prácticarla de forma ortodoxa y brillante.
Pero el resto de las potencias, esas que ahora dejarán en manos de los mirage y los Rafel franceses la responsabilidad de las operaciones de exclusión aérea y en las pistolas de la legión Extranjera el honor del tiro de gracia sobre el descerabrado cráneo de Gadaffi, siguen quietas y lo seguirán.
Su movimiento no es otra cosa que un extertor, que un ataque de tos. Ellas no quieren jugar la partida. Ni si quieren que haya partida. Por eso terminan interviniendo, por eso hacen un movimiento obligado y a regañadientes de sus piezas.
Sigue en
http://lefthandgod.blogspot.com/2011/03/libia-el-alfil-motuorio-de-occidente.html

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