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30
Abr 2012

El riesgo feudal escondido en los recortes

Escrito por: gboneque el 30 Abr 2012 - URL Permanente

Cuando las situaciones se suceden en cascada, de forma casi torrencial, corremos el riesgo de percibirlas como un todo en su conjunto y pasar por encima de las peculiaridades de cada una de ellas en particular.
Eso es lo que nos está pasando con esto de los llamados ajustes, que son recortes y al final se convertirán en nudos sobre nuestra garganta económica y social que nos impedirán respirar correctamente.
Y los últimos anunciados, los que afectan a la Sanidad y a la Educación han llegado tan completos, tan tumultuosos que se analizan como un todo, como un conjunto indivisible y homogéneo. Pero no son uno, son muchos y no todos son lo mismo, significan lo mismo ni pueden ser tratados de igual forma.
Digamos por un momento que la contención en el gasto público es la salida para esta crisis de empleo, recursos e identidad económica que sufre Europa en particular y el Occidente Atlántico en general. Sabemos que no es así, pero finjamos por un momento que lo creemos.
Puede entonces que sea necesario y justificado que los pensionistas paguen un 10 por ciento de los medicamentos, que los medicamentos se financien por un copago exiguo e insuficiente que supondrá una ínfima recaudación de 165 millones de euros anuales; puede que sea necesario ahorrar 600 millones de euros en hospitalizaciones.
Y con la educación pasa tres cuartas de lo mismo.
Puede que, si nos creemos que el objetivo del déficit público es el camino que hay que seguir para solucionar todos los males que la apertura de la caja de pandora de la especulación financiera y bancaria ha soltado en nuestra economía, sea entonces necesario el aumento de horas docentes, el incremento de alumnos por aula o los recortes económicos para actividades extraescolares.
Pero entre todo eso, que sería creíble y aceptable si de verdad el retorno al liberalismo ultramontano que predica Merkel -ya sin ni siquiera apoyo de los sacrosantos mercados- y nuestro gobierno acepta como buen pagano recientemente evangelizado, hay cambios, hay mutaciones, hay recortes que no pueden ni siquiera pasar el tamiz del liberalismo, de la estrategia económica.
Hay cosas que ni siquiera la más profunda necesidad puede hacer justificables.
Porque el copago de los medicamentos por niveles de renta trae de la mano una de las discriminaciones más dolorosas y crueles que se pueden concebir.
Es más que posible que evite las prescripciones innecesarias para quitarse de encima a los ancianos que han convertido en un deporte colectivo acudir al ambulatorio, es probable que aligere la presión de los enfermos por curarse un catarro en dos horas en lugar de en dos días, es cierto que hará que, si se instaura además la siempre demorada central de compras de medicamentos, imponga algo de cordura y responsabilidad en el sistema sanitario, algo de lo que solamente tiramos en este país y en esta civilización si nos tocan el bolsillo.
Puede que además permite que gracias al cruce de datos entre Hacienda y las sanidades autonómicas permitan aflorar fraudes -grandes o pequeños- que restan ingresos a unos o a otros.
Pero penaliza a los enfermos, a los de verdad. Cuanto más tiempo estás enfermo más dinero tienes que gastarte.
Y eso es algo que no se puede permitir. Porque con rentas cada vez más bajas, con salarios cada vez más pírricos, una enfermedad puede llegar a no ser curada porque no haya dinero para pagar las medicinas de uno y la comida de todos los demás.
Porque, aunque suene muy trágico, hace posible morir de enfermedad porque se está muriendo de pobreza. Puede que nunca llegue a ocurrir, pero un descuido, una demora burocrática, una conjunción de factores adversos -como dicen los políticos- pueden ocasionarlo. Porque, con esa fórmula, que ocurra eso es posible.
Y los recortes educativos también esconden uno que es injusto se interpreten las medidas como se interpreten. El aumento de las tasas universitarias.
Si un repetidor tiene que pagar 6.000 euros por seguir en la universidad es hasta una medida justa. Si quiere anteponer la percepción que tiene de sus capacidades intelectuales a la realidad de sus calificaciones, tendrá que costearse su incapacidad para colocar su autoestima en su punto real.
E incluso yo diría que ni eso. Has tenido tres convocatorias para poder aprobar y no lo has hecho. Como diría el castizo: a la tercera va la vencida, para bien o para mal.
Pero claro si no se le deja repetir y se ocupa su plaza con alguien que si tiene las condiciones intelectivas, de esfuerzo y voluntad para aprovechar esos estudios no se recaudaría. Y ahora de lo que se trata es de recaudar.
Pero aumentarlas en general para que de los ya 1.000 euros que se paga al año se pase a pagar casi 1.500 puede dejar a muchos sin posibilidades de estudiar una carrera simplemente porque sus familias no pueden pagarlo porque también tienen que alimentar a otros hijos y cubrir otros gastos y las becas universitarias se han reducido en 600 millones de euros.
Podemos negarnos a nosotros mismos demasiadas mentes y demasiados esfuerzos que nos serían necesarios. Podemos romper la justicia que existe en el simple axioma de que hay que facilitar el estudio a los que pueden aprovecharlos. En que debe estudiar el que vale no el que puede pagarlo.
Es de esperar que los desarrollos de esos recortes o de esas aumentos de tasas o pagos tengan en cuenta esas posibilidades que se abren porque, tal y como estamos, no podemos permitirnos el lujo de perder cerebros y mucho menos vidas para que nos cuadren las cuentas.
Si esa posibilidad no se evita lo único que se conseguirá intentando cuadrar el déficit es volver a la situación en que ni nuestro futuro ni siquiera nuestra vida dependa de nosotros mismos, solamente lo haga de la clase social o el entorno económico -llámese como se quiera- en la que hemos nacido en estos turbios tiempos.
Lo único que conseguiremos es volver al feudalismo.

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20
Ene 2012

El delito penal de no ser Neocon

Escrito por: gboneque el 20 Ene 2012 - URL Permanente

La vieja filosofía escolástica, la del santo de Aquino y el obispo de Épona, esa a la que ahora recurrimos absurdamente por aquellos del malentendido Carpe Diem, tenía una máxima que diferenciaba entre la intención y el acto.
Pues el bueno de Don Mariano, o sea el presidente Rajoy, me hace tirar de ella, recuperarla de entre las polvorientas páginas monásticas, para tratar de explicar de un manera razonable lo que su gobierno -mientras a él le van más en Casablanca que en Madrid- acaba de anunciar. Eso de lo que todo el mundo hablaba ayer y que yo he preferido tomarme un día para reflexionar.
El Gobierno va a sancionar penalmente a todos los políticos que superen sus techos presupuestarios. Y aquí es donde entran los santos Tomás y Agustín.
La intención parece buena, se nos antoja apropiada en estos tiempos de crisis -a los que quizás no hubiéramos llegado si se hubiera aplicado antes-. Pero el acto en sí mismo tiene unas ciertas connotaciones que tienden a pasarnos inadvertidas en esta furibunda aversión que ahora se nos enciende contra el político manirroto cada vez que miramos nuestras cuentas corrientes.
Y le salvo la intención porque me siento algo magnánimo, por eso de los cien días de árnica a un gobierno cuando empieza, por aquello de darle un poco de manga ancha para ver si aquello que prometió hacer puede hacerse y tiene los resultados prometidos.
Porque el bueno de Mariano está empezando en esto de gobernar un país, vamos.
En fin a lo que vamos. Que eso de mandar a la cárcel a un político por incumplir sus presupuestos, por superar su techo de gasto, suena bien, suena coherente y responde a un deseo de controlar la política y hacer responsables a los que la ejercen. Y eso está bien.
Pero, de hecho, lo que propone Don Mariano, quizás sin darse cuenta o quizás a sabiendas -que sería peor-, es meter en la cárcel a todo político que no sea liberal capitalista puro y duro en lo económico. Es decir, a todo aquel que no vea la economía como el Partido Popular.
Y eso me rechina en alguna parte de mi conciencia libertaria y democrática un poco más. Me parece más peligroso que apropiado.
Porque la contención del gasto público, la inexistencia de déficit, el equilibrio presupuestario público no es un principio connatural a la democracia, es una mandamiento sacrosanto del liberal capitalismo en estado puro. Y para ser demócrata no es de obligado cumplimiento ser liberal capitalista. Y para ser político no tienes por qué seguir a Adam Smith al pie de la letra.
Que se castigue penalmente aun político por incumplir sus promesas electorales está bien. Si no puedes hacer algo, no lo prometas.
Que se castigue penalmente a un político por incumplir las leyes durante su gestión, por dilapidar el dinero en acciones concretas o por incorporar nuevos gastos suntuarios cuando ya no tiene dinero, vale y pase y está bien.
Pero que se le mande a la cárcel por no ser liberal capitalista y tener como objetivo el déficit cero de su administración es una imposición ideológica de tal proporciones que nos arroja a la dictadura más completa. Dictadura económica, pero dictadura.
¿Qué pasa si la persona que ostenta el gobierno de una Comunidad Autónoma decide seguir las recomendaciones de Milton Friedman, que especifica que en tiempos de crisis es la inversión pública, aún a costa de su endeudamiento, la única capaz de generar empleo? Pues que va a la cárcel
¿Qué pasa si decide ser algo más moderado y tener como evangelio económico de cabecera los escritos de John Maynard Keynes, que especifican que hay un cierto nivel de servicios que hay que mantener, aún a costa del endeudamiento público, para que la sociedad esté en condiciones de ser productiva y devolver en ciclos posteriores -ciclos de décadas, incluso- ese dinero en forma de impuestos y tasas por la actividad económica? Pues que es arrojado de patitas a la trena.
¿Qué pasa si decide ser simplemente comunista -que en este país todavía es legal, que yo recuerde- y decide que los servicios públicos deben anteponerse a los conceptos financieros de déficit y equilibrio presupuestario? Supongo que en ese caso, ya se le realizará un juicio militar sumarísimo y se procederá a su fusilamiento al amanecer.
Creo entender lo que el presidente Rajoy quiere hacer. Pero temo descubrir lo que realmente está haciendo. Se debe castigar a un político por ser mal gestor o mal político. Pero no se le puede encarcelar por no ser liberal capitalista puro.
De eso a encarcelarle por no ser conservador va un pequeño paso. Un paso muy pequeño.
Pero tampoco me sorprende porque ese camino empezó a ser andado cuando alguien -y no precisamente el Partido Popular- propuso incluir en la Constitución un techo para el déficit público.
Eso no puede figurar en la Constitución por una sencilla razón. Estaríamos diciendo que España es un país democrático con una monarquía constitucional y liberal capitalista por definición. Y que todo aquel que no lo sea no tiene cabida en nuestro país, que todo partido o persona que tenga otra ideología económica no puede pretender aplicarla en nuestro país. No estaría muy lejos de aquella mítica definición de La Pepa -La Constitución de Cádiz de 1812- de que "todo español es bueno honrado y trabajador -y temerosos de la Guardia Civil, añadían algunos-".
Sería más o menos como decir "todo español tiene que ser demócrata, monárquico y neocon". Lo primero de acuerdo; lo segundo pase por ahora. Pero lo tercero, lo siento, ni por joda.
Y lo mismo pasa con Europa y con esa unidad de destino en lo universal en la que se están convirtiendo La excelsa Merkel y el inefable Sarkozy. Incluir la obligación de contención del déficit público como condición para participar en la Unión Europea puede ser una medida que es necesaria ahora y que no tiene discusión en este momento. Pero buscar que el déficit cero será un elemento constitutivo de Europa como unidad es pretender que Europa no pueda ser otra cosa que neoliberal en la economía y eso no es de recibo. Eso no es democrático. Eso no es aceptable.
¿Acaso no nos puede nunca venir bien hacer lo que está haciendo Brasil?, ¿no es posible que necesitemos aumentar nuestro déficit para lograr igualar nuestras sociedades, lanzar nuestra economía en la espera de que en una política a largo plazo nuestra economía crezca -como están consiguiendo en Brasilia- y luego podamos igualar las cuentas, dentro de unos cuantos lustros?
¿Y si un día encontramos petróleo en Los Monegros o Coltán en la Cordillera Penibética?
¿No estaría justificado mandar al carajo el déficit durante cuatro años para desarrollar las infraestructuras necesarias para su explotación y que luego esos beneficios fueran a parar a nuestras arcas nacionales y no a las cuentas de resultados de Texaco o de Standard Oil?
Y eso no podría hacerse si tener presupuestos con déficit fuera castigado con la cárcel por el mero hecho de que se tenga, de que se ha superado el techo presupuestario.
Creo que la buena intención no puede ocultar el acto y no hace bondadoso el resultado, como defendían en ocasiones los santos filósofos escolásticos. Al menos en este caso no.
Porque no creo que un político deba ir a la cárcel porque el nivel de ingresos de su comunidad sea tan bajo que la sanidad y la educación pública sean la única opción admisible para la inmensa mayoría de la población o porque destine todo el crédito que pueda conseguir a intentar salvar el único sector productivo que genera ingresas en su ámbito geográfico.
Quizás me equivoque y Don Mariano proponga que por fin la Auditoría de Cuentas del Estado haga su trabajo. Quizás esté pensando en destinar un auditor a cada autonomía y terminar metiendo en chirona a cada político que organice un fasto papal de cientos de millones de euros mientras no paga sus deudas a los colegios concertados; o poner a la sombra a cualquier gestor público que se gaste las haciendas autonómicas en patrocinar equipos de Fórmula Uno, circuitos de carreras, equipos de fútbol, y regatas de clasificación para la Copa América mientras no paga a sus proveedores, no reintegra las facturas a las farmacias. Quizás hable de poner a buen recaudo al alcalde que se gasta lo que tienen la promoción de dos candidaturas olímpicas fallidas mientras demora el pago a los empleados de la basura y retrasa el pago de su parte de los servicios sociales para la asistencia de menores y de mujeres maltratadas. Quizás se refiera a entalegar a quien se gasta cientos de millones de euros en una campaña de autopromoción continua como si la campaña electoral durara cuatro años mientras se niega ilegalmente a no pagar las vacaciones a los profesores interinos o cierra aulas de apoyo en los colegios, o pone la sanidad en manos privadas para cuadrar las cuentas.
Quizás hable de evitar el ridículo de que un individuo que ha llevado las riendas de un gobierno acabe juzgado por recibir unos trajes por la patilla y no por dilapidar hasta la extinción todo el dinero de los impuestos de los valencianos.
Quizás hable de castigar y meter el trullo a esos. Aunque algunos sean de su partido, Aunque algunos sean sus amigos.
Y es por ese bolero –quizás, quizás, quizás- por lo que le doy el beneficio de la duda al ínclito Mariano -perdón, al ínclito presidente Mariano -es que son muchos años hablando de él sin título ninguno- no porque crea que no puede tener tendencias dictatoriales en lo ideológico. Se lo doy por el simple hecho de que no ha realizado nada original.
Mariano Rajoy ha hecho una vez más -y ya no sé cuántas van- lo mismo que hacemos nosotros, los occidentales atlánticos- cada día.
sigue en
http://lefthandgod.blogspot.com/2012/01/rajoy-convierte-en-delito-de-estado-no.html

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20
Ene 2012

La estulticia envía al Banco de España a clases de refuerzo

Escrito por: gboneque el 20 Ene 2012 - URL Permanente

Hay momentos, acontecimientos, noticias en definitiva, que te dejan con cara de no saber nada, con el rostro congelado en esa expresión de no saber si optar por no creerte lo que está pasando o por desecharlo como producto de una pesadilla surrealista.
En fin, que hay noticias que demuestran que a lo mejor todo lo que escribo en estas endemoniadas líneas está equivocado y nos estamos yendo al carajo no por el individualismo y el egoísmo más recalcitrantes, sino simplemente por la estupidez más absurda.
Resulta que el Tribunal Supremo ha obligado al Banco de España, a petición de los sindicatos, a hacer públicas las gratificaciones que concede a sus empleados y altos cargos.
O sea que, después de rasgarse las vestiduras, de demandar responsabilidad al sistema bancario, de exigir a los españoles esfuerzos, de meterse en camisas de once varas diciendo que los convenios colectivos no deberían asegurar el aumento de poder adquisitivo, el Banco de España, la entidad emisora, el ejemplo paradigmático en el que ha de reflejarse nuestro sistema financiero, se dedica a dar bajo cuerda gratificaciones a sus directivos y, como dicen ellos, empleados relevantes.
Y la cara que se te queda es la misma que ponía Gila cuando esperaba que se pusiera al teléfono el enemigo.
El Gobernador del Banco de España, cual plañidera bíblica, se mesa los cabellos, se arroja de hinojos indignado, se unta su rala y escasa cabellera con ceniza y protesta, se da golpes de pecho, eleva los ojos al cielo en desolada queja ente tamaño agravio.
Y recurre al Tribunal Supremo cuando la Audiencia Nacional le dice que tiene que dar la lista. No porque crea que las gratificaciones sean justas, no porque crea que nadie tenga derecho a cuestionarlas, sino porque cree que él tiene el derecho de mantenerlas en secreto.
¡Pero hombre, que eres una institución pública! ¿Cómo demonios crees que tienes derecho a mantener las retribuciones -y ninguna otra cosa, ya de paso- en secreto-?, ¿es que los sueldos de los gerifaltes del banco emisor son una cuestión de seguridad nacional?
Y eso sólo para empezar.
¿A qué viene dar gratificaciones a los altos ejecutivos de la entidad?, ¿qué objetivos han cumplido?
El Banco de España tiene que vigilar y supervisar el sistema financiero español y está claro que lo ha hecho tan bien que nuestras cajas han tenido que fusionarse para no ir a la ruina, lo ha hecho tan maravillosamente bien que tenemos la inflación por las nubes, el déficit disparado y los tipos de interés perdidos en la estratosfera y sin posibilidad alguna de que aterricen de nuevo.
¿Qué objetivos han cumplido de forma tan brillante que merecen una recompensa que se antoja tan alta que tiene que ser mantenida en secreto para que no despierte la injusta indignación de todos aquellos que no entendemos el sistema de retribuciones de la entidad?
¿Acaso es porque les han salido muy monos los billetes que han encargado emitir a la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre?, ¿o es, quizás, por haber batido el record del mundo en rapidez a la hora de emitir deuda pública?
El Gobernador mantiene su mutismo a este respecto y tú piensas que quizás el tío no merezca la cárcel por esas gratificaciones pero le hacen falta unas buenas clases de refuerzo.
Porque hay que ser un poco lento de entendederas para no darse cuenta de que el Banco de España no puede dar gratificaciones a sus ejecutivos por hacer su trabajo. Que no es de recibo que reparta beneficios cuando no tiene beneficios y está creado y diseñado para no tenerlos.
Hay que tener dificultades en comprensión lectora para no entender que la frase "mantenido con fondos públicos" significa que cualquier gratificación sale de los bolsillos de todos los españoles; hay que tener lagunas de comprensión lógica para no entender que no se puede gratificar a alguien por hacer un trabajo -ni siquiera bien, visto lo visto- por el que ya se le está pagando un sueldo millonario.
Hay que tener verdaderas carencias en psicomotricidad fina para no darte cuenta de que el movimiento de meter la mano en la caja pública y luego llevarla automáticamente a tu bolsillo resulta terriblemente sospechoso.
¿Gratificaciones extraordinarias?, ¿hola?... ¿por qué? A lo mejor han aumentado la cartera de clientes de una entidad de la que todo español es cliente por definición; a lo mejor han elevado su nivel de crédito cuando no los dan, a lo mejor han mantenido la seguridad hipotecaria cuando no las conceden.
Y es entonces cuando se ve acorralado por una decisión judicial a la que no debería haber recurrido por mero respeto a las instituciones cuando da sus explicaciones.
"Las cantidades percibidas como premios lo son en recompensa a conducta, rendimiento laboral y cualidades del personal", afirma un comunicado del Banco de España
¡Tócate los pies!, ¡Ahora lo entiendo todo!
Ahora es cuando comprendo cual es el motivo que lleva al presidente Rajoy a tener tal necesidad de liquidez que quiere ahorrar hasta el agua de las nubes. El pobre sabe que va a tener que despachurrar el presupuesto español en clases de apoyo para los altos cargos del gobierno.
De modo que si no persigues a las secretarias o acorralas a los administrativos junto a la fotocopiadora, tienes gratificación; si no miccionas en el muro del banco mientras te fumas un cigarrito, tienes gratificación; si no pateas la máquina de café cuando te da un chocolate vienés en lugar de un cappuccino con azúcar, tienes gratificación; si no te acuerdas de la parentela de tu jefe cuando te hace currar más de la cuenta o de los antepasados de tu compañero cuando se escaquea, tienes gratificación.
¿Qué se supone que significa eso del buen comportamiento? ¿que los ejecutivos son los niños buenos de la clase, mientras el resto de los empleados se tira papelitos, hace caricaturas del Gobernador, eructa públicamente y hace comentarios soeces como los alumnos de un aula de castigo de un High School estadounidense?
Pero hay que reconocer que el tío se lo curra ¡Porque lo de las cualidades personales tampoco tiene desperdicio!
Ahora resulta que cobras más si tienes determinadas cualidades personales. Se me ocurren unas cuantas pero no quiero presuponer sesgo ninguno en ellas. Si eres más guapo ¿cobras más?, si eres más simpático ¿cobras más?, si eres más listo ¿cobras más?, si eres más afectuoso ¿cobras más?
Si eres más... ¿qué? cobras más.
¿Desde cuándo como seas o dejes de ser tiene que reportarte beneficios económicos en tu trabajo? Las cualidades personales no son un factor remunerable en un empleo. Son un elemento exigible para la convivencia laboral, pero no se paga por ellas.
Y el nivel de estupidez sigue elevándose cuando cada justificación aportada lleva a un grado siguiente de absurdo surrealista.
Porque lo del rendimiento laboral puede sonar más lógico, más profesional. Pero es igual de rocambolescamente absurdo que todo lo demás.
¿Qué estás diciendo, buen hombre, qué estás diciendo?, ¿qué premias a aquellos que rinden porque el resto no lo hace?, ¿qué solamente los ejecutivos rinden en su trabajo?, ¿qué los funcionarios del Banco de España no hace su trabajo y tú premias a los que lo hacen en lugar de patear las nalgas de los que no lo hacen?
Vamos, digno de una conversación telefónica de Gila, lo dicho.
Y lo peor de todo es que el Gobernador del Banco de España no se viera venir esto.
No fuera lo suficientemente listo como para darse cuenta de que el hecho de que la entidad emisora diera gratificaciones especiales iba a crujir más que la columna vertebral de una anciana artrítica practicando el método Billy Boot, ese.
No tuviese las suficientes conexiones neuronales encendidas como para intuir que, si se nos afilan las uñas y nos crecen los colmillos cuando la banca privada forra a sus ejecutivos después de perder miles de millones de euros en un solo ejercicio y pedirle al Estado que cubra sus deudas, se nos iban a sublevar los instintos asesinos cuando nos enteráramos de que eso también ocurría en el banco público por antonomasia.
Lo más triste, lo que te derrota definitivamente, es que un chico listo -como se supone que es o que tiene que ser el Gobernador del Banco de España- no fuera capaz de prever esto. No es su arrogancia, no es su ilegalidad, no es su injusticia. Es su inefable falta de trasmisiones sinápticas, su completa estupidez.

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16
Ene 2012

El Golfo de Adén nos da clases de historia -y de paso de coherencia-

Escrito por: gboneque el 16 Ene 2012 - URL Permanente

Hay cosas que nos superan, que nos sobrepasan por los bordes como la leche cuando cuece demasiado. Nos superan porque nuestras mentes son incapaces de hacer los procesos de adaptación necesarios -¿adaptación?, ¿esa palabra no la borraron de los diccionarios?- para los cuales los ciudadanos occidentales atlánticos no tenemos ni la versatilidad, el gusto por el cambio ni, sobre todo, la humildad imprescindibles para ponerlos en marcha.
Y África es una de esas realidades que nos está rebasando por la izquierda a velocidad de crucero -mientras los nuestros encallan en cuanto se alejan un poco de la costa ¡Qué trágica metáfora, por cierto!-.
África es una cincuentena de países, más de tres centenares de tribus, una docena de troncos étnicos, media docena larga de religiones y ni se sabe cuántas formas diferentes de concebir la vida y la muerte. Porque ellos todavía conciben la muerte. Todavía se encuentran en la absoluto obligación vital de integrarla en sus proyectos y sus esencias vitales. Algo que nosotros hemos dejado de hacer hace tanto tiempo que ya nos creemos inmortales. Y con derecho constitucional a serlo.
Pero para el Occidente Atlántico, para el común de los aún mortales que residimos en esa beneficiada y no beneficiosa parte del globo terráqueo África es un puñado de negros -tienen que ser un puñado porque si los consideramos un quinto largo de la población mundial los ojos se nos agrandan de sorpresa- que se mueren de hambre y se matan entre ellos porque aún no han evolucionado. La mayoría de los habitantes de esta civilización ni siquiera considera al Magreb musulmán o a Egipto como parte de África aunque sepa geográficamente que se encuentran en ella -y los estadounidenses ni siquiera eso-.
Pues bien, mientras nosotros languidecemos en nuestros sitiales de cristal viendo como el sistema que tenía que ser cíclicamente eterno y productivo como para mantenernos siempre en lo más alto de la cadena alimenticia de la humanidad se va a pique ellos, quizás porque no les queda otro remedio, quizás porque aún mantienen una esperanza de vida tan corta que se dan más prisa en poner las cosas en marcha, se han dedicado a evolucionar. ¿os acordáis cuando nosotros hacíamos eso? No, claro eso ya solamente puede leerse en los libros de historia. De historia antigua.
Pues bien. Ellos evolucionan. Unos lo intentan al modo más o menos occidental, más o menos contemporáneo, de la revolución. Desde Túnez hasta Egipto, pasando por Libia y poco le queda a Marruecos y Argelia, el África musulmana ha ardido o ardera con los vientos de la revolución. Una revolución que probablemente les lleva a estadios y gobiernos islamistas cuando salgan y se deshagan de los gobernantes puestos por occidente o por si mismos que estaban y siguen impidiendo su avance como sociedades y como pueblos.
¿Y eso es evolución? Pues sí, señores y señoras, eso es evolución. Antes de la ejemplar república que surgió de la Revolución Francesa hubo un imperio napoleónico, un periodo de terror, unos señores llamados jacobinos que la emprendieron a sangre y guillotina con todo bicho viviente. Así suelen evolucionar las revoluciones: a bandazos de ida y vuelta.
Pero eso es el África magrebí y musulmana de origen vagamente árabe, bereber o tuareg -fíjate si hay que matizar cuando nos ponemos exquisitos con África-.
Hay otra parte que ha optado por algo más directo, más de ir al meollo del asunto, más de lo necesario y lo imprescindible. Una forma de evolucionar más nuestra. Más de cómo lo hacíamos cuando aún nos molestábamos en intentar avanzar como civilización y nos limitábamos a sentarnos a morir plácidamente encima de nuestro mullido camastro de liberal capitalismo cubierto con el hermoso pero asfixiante doses de nuestras deudas soberanas varias.
Somalia y sus tierras circundantes han optado por la piratería como mecanismo evolutivo acelerado a gran escala.
Y ahora llega el momento en el que nos toca hacer de nosotros mismos e indignarnos. Argumentar que eso es un delito, que viola todas las normas internacionales, que pone en peligro las vidas de los marineros y las tripulaciones que surcan esos ya embravecidos mares. Ahora es cuando nos toca hacer miniseries televisivas sobre el Alakrana, llamar a La Armada -la de verdad, no la invencible- y decir que ningún estado, ningún país puede recurrir a esa forma de hacer las cosas porque no es justo, no es legal y no es democrático.
Ahora es cuando nos toca cerrar el libro de historia -si es que alguna vez lo abrimos- para impedir que nuestros carnosos y rubicundos carrillos enrojezcan de vergüenza cuando los piratas africanos y aquellos que les organizan y protegen nos muestren dos de sus huesudos dedos -ahora quizás no ten huesudos por los pingues beneficios que reporta la actividad bucanera- y nos pregunten:
¿Por qué no? Ustedes, occidentales atlánticos de la democracia infinita, ya lo hicieron. Dos veces. Y además funciona.
Un informe de esos grupos británicos que se dedican principalmente a pensar -una actividad bastante en desuso en nuestros días, es lo que hacen los think tanks- Ha llegado a la conclusión de que la piratería es buena para Somalia. Está beneficiando al país y sacándole en parte de la miseria.
Los bucaneros del África negra - a lo mejor podríamos llamarles berberiscos. Al fin y al cabo son africanos como los míticos piratas mediterráneos de antaño- haciendo de su capa un sayo en las aguas internacionales que rodean sus costas, hah reducido la inflación, han dado empleo y subido los salarios de los somalíes y han fortalecido su moneda.
Y nosotros podemos escandalizarnos, podemos rasgarnos las vestiduras, podemos mesarnos los cabellos o acudir corriendo a la biblioteca para rebuscar en la sección de textos legales un manual de leyes antifilibusterimo sacado de los lodosos tiempos de los grandes imperios europeos. Pero eso no hará que se una verdad como un templo basada en la más común de las lógicas.
Los piratas aportan estabilidad, algo que no han logrado los gobiernos títeres de unos y de otros ni las guerrillas, títeres de sí mismas y de su propia avaricia. Algo que no han logrado los negociadores ni las tropas de las Naciones Unidas en sus sucesivas misiones, desembarcos y derribos. Algo que no han logrado los varios intentos de Estados Unidos de invadir y controlar el reparto de alimentos que concluyeron con su mítico Blackhawk derribado y unos cuantos de sus chicos de Iowa literalmente en el interior del estómago de la población de Mogadiscio.
Aportan estabilidad porque necesitan un país tranquilo y seguro en el que refugiarse de unas aguas a las que han conducido la inestabilidad y la guerra. Y la aportan porque pueden aportarla. Porque aquellos que se enfrentan a ellos saben que tienen la fuerza de imponer su ley. Una ley que es justa con la población porque la necesitan. Porque tienen que tenerla de su parte, porque tienen que darles cobertura, que dejarles disfrazarse de braceros en sus casas cuando acudan a por ellos.
Es una lógica que no soporta discusión alguna. Es una lógica que ya ha funcionado. Que nosotros inventamos.
"Sorprende contemplar que, cuando cabía esperar toda suerte de desmanes, la isla parece sometida a una autoridad y a un control que ni siquiera he podido contemplar en las calles de Londres. Hay trifulcas cada tarde y cada noche en todas las mugrientas tabernas, en todas las hosterías y la sangre corre por las calles sin trabas morales. Pero cuando lo observas detenidamente siempre los implicados son miembros de una u otra tripulación bucanera o incluso todas ellas al completo. No he tenido en estos meses referencia alguna de doncella forzada, de deuda impagada o de ataque alguno a cualquiera de los artesanos y comerciantes que proveen a los bajeles o las tripulaciones". .(Views of Tortuge).
Esto lo escribió un capitán de la Armada de Su graciosa Majestad Británica allá por el año de gracia de Nuestro señor Jesucristo de 1658. No habla de las colonias, no habla de París o de Cuba. Habla de Isla Tortuga. La mítica sede caribeña del filibusterismo de antaño.
Así que no tenemos nada que decir al respecto. Nosotros hemos hecho lo mismo. Cuando nuestros gobiernos, nuestros soberanos nos imponían condiciones de vida imposibles de soportar para que una élite pudiera acumular riquezas y honores imposibles de contar, cuando todos nuestros intentos fracasaban, cuando la miseria y la falta de horizontes hacía imposible la supervivencia, nos lanzábamos a los bajeles que encontraban la riqueza por la fuerza en las aguas y tomábamos aquello que nos era negado por las leyes, los sistemas y los gobiernos
Y los monarcas les concedían honores, les otorgaban títulos e impunidad porque reconocían que hacían por el país cosas que ellos no podían hacer. Que eliminaban parte de esa miseria, que mantenían los mares volcados en el beneficio de sus arcas y tesoros reales o imperiales. Por eso siempre tenían un puerto seguro al que arribar.
Los piratas somalíes pagan bien y han hecho subir los sueldos porque ellos no son una multinacional europea que pretende obtener un beneficio neto del cien por cien de sus negocios en África y permite que una guerrilla de tres al cuarto trate a los trabajadores como esclavos -si no los esclaviza directamente- para minimizar sus costes y luego mira a otro lado cuando alguien se lo reprocha.
Los bucaneros le dan un AR 15 o un Kalasnikoff a cada uno de sus empleados y eso claro hace mucho por convertirles en patronos comprensivos y espléndidos. No queremos que en mitad de un asalto alguien empiece a disparar a quien no debe reclamando un aumento de sueldo o unas mejores condiciones laborales.
Según el informe del Think Tank británico -que para eso sirven. No para cantar las excelencias de un líder u otro, como los nuestros-, "los sueldos de los somalíes son más altos en las regiones donde se ha instalado la industria pirata. En cada secuestro intervienen una media de 100 personas. Los directamente involucrados en el asalto en el mar son unos 50. El resto trabaja en tierra. Son cuidadores (cuando, para evitar que otros clanes o fuerzas navales les arrebaten los rehenes, los ocultan en poblaciones locales), agricultores, cocineros y comerciantes que facilitan todo lo necesario para la alimentación de piratas y secuestrados".
Mucha gente trabajando en un país en el que el trabajo es un bien escaso y mal remunerado.
No es de extrañar que la moneda somalí haya subido de cotización. Ahora hay una actividad rentable y un poder fuerte que la respalda. Ya sólo queda que Standard & Poors le otorgue catalogación Triple A Plus a los activos relacionados con las artes corsarias en el Golfo de Adén. No desesperemos, todo llegará.
Pero todo eso sigue siendo ilegal. Todo eso va en contra de las leyes y la justicia. Todo eso no es de recibo en un sistema civilizado, no puede tolerarse porque es un incumplimiento flagrante de las leyes internacionales.
Y todo eso es válido al norte del Golfo de Adén pero, cuando los argumentos se exponen más al sur -o en el mismo Golfo, si se da el caso- la respuesta nos lleva al segundo dedo de los piratas somalíes levantado para contrarrestar nuestros argumentos. Para darnos una involuntaria lección de historia.
Sus leyes, sus normativas, sus regulaciones, su democracia y su civilización nunca nos tuvieron en cuenta cuando fueron creadas y redactadas ¿por qué habría de sentirnos nosotros obligados a respetarlas, a cumplirlas? ¿Por qué vamos a respetar un sistema que nos mantiene en la más absoluta miseria para que ustedes puedan considerar un servicio básico tomarse un café barato o disponer de un vehículo a motor?
Y eso nos arroja a nuestro segundo ejercicio histórico de piratería. Este más organizado, más a alto nivel, más sistemático: el colonialismo.
Tampoco era justo que arribáramos a las costas africanas y tomáramos hombres y mujeres para trabajar como esclavos solamente porque los necesitábamos para nuestra economía -e incluso en muchos países ni siquiera era legal-; tampoco era justo que arrambláramos con todos sus recursos simplemente porque nuestra economía industrial disparada, multicéfala e hidropésica en su consumo había agotado los nuestros, tampoco era justo que nos repartiéramos sus tierras separando familias, tribus, naciones enteras solamente para establecer nuestras colonias económicas y enviar allá a aquellos que nuestro sistema no podía mantener; tampoco se ajustaba al derecho internacional que pusiéramos nuestros ejércitos coloniales en esas tierras para limpiar de ellas toda oposición armada o no que pudieran encontrar.
Pero lo hicimos. Creamos un sistema en el que la ley y la justicia solamente imperaba en una parte del mundo. En el que solamente tenían derechos, propiedades y respeto aquellos que formaban parte de nuestro núcleo de civilización. Y los desarrollaban a costa de la carencia absoluta de ese reconocimiento a todos los demás.
Los piratas somalíes -aunque es mucho más que probable que lo hayan hecho por instinto de supervivencia y no por deducción razonada o impulso filosófico. Lo mismo que lo hicimos nosotros-, no han cambiado el sistema, no han modificado en nada nuestra forma de actuar. Simplemente se lo aplican a sí mismos.
Hacen lo mismo que hicimos nosotros. Pero ahora son ellos los que evolucionan, los que se desarrollan a nuestra costa, mientras antes fuimos nosotros los que nos desarrollamos a la suya.
Y también es comprensible y lógico que queramos pararlos. Como el Imperio Español quiso frenar a los corsarios británicos y a los filibusteros corsos y franceses; como el imperio romano quiso impedir que los bárbaros hicieran exactamente lo mismo que habían hecho ellos antes; como los persas intentaron impedir a cualquier precio que los griegos se unieran y engrandecieran como habían hecho ellos para crear su imperio.
Pero lo que no es lógico, lo que resulta casi ridículo, es que pretendamos que ellos nos den la razón. Este sistema les está matando cada mañana y cada noche. No podemos ser tan estúpidamente inocentes o ciegos que pretendamos que ellos aceptan lo legal, justo y lógico de esa situación.
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13
Ene 2012

La recesión shakespiriana de Alemania

Escrito por: gboneque el 13 Ene 2012 - URL Permanente

No soy yo de los que suelen hablar de los países por sí mismos, como si tuvieran vida más allá de sus pueblos. Si todo gobierno es el reflejo de sus gentes, en el caso de los países esa observación alcanza el rango de verdad universal.
Tampoco voy a caer en aquello del infantilismo de jardín de párvulos y decir que Merkel y sus chicos empezaron primero a desgranar los bienes y males de cada nacionalidad en un ramalazo explicativo que me enciende un ligero escalofrío de recuerdo de algo que no quiero recordar.
Pero tal y como está el patio trasero de Europa y el delantero nuestro y de otros muchos países, parece que va tocando, que nos quedamos sin remedio ninguno para demorar hablar de ellos.
Así que hoy, el primer día del periodo -grande o pequeño- en el que los teutones han dejado de ser una economía en crecimiento- toca hablar de Alemania.
Y no toca hacerlo porque sean buenos o malos, no toca hacerlo porque estemos hartos -y yo sinceramente lo estoy- de que nuestros gobernantes se esmeren más por atender los gustos y demandas de la Cancillería teutona que las necesidades y peculiaridades de sus propios países, con un interés absolutamente incomprensible para mí; no toca hacerlo porque Rajoy, nuestro nuevo Presidente del Gobierno, haya salido más veces a la palestra pública para pedir y lograr una reunión con Merkel que para explicarnos porque el peso completo del déficit recae sobre las espaldas de siempre; no toca porque Sarkozy se haya convertido en un simbionte hasta en el nombre -Merkozy, les llaman ahora- de Doña Ángela para todo y para todos, con una devoción que ni siquiera se recuerda de los tiempos en los que Sus Cristianas Majestades, los reyes de Francia, eran el brazo armado del Papado en La Tierra.
Ni siquiera toca hablar de Alemania porque Merkel se haya descolgado y luego haya vuelto a agarrarse tantas veces de Europa que amenaza con hacer un desgarrón del siete en el tejido que la forma.
Toca hablar de Alemania, de su gobierno, y de su política económica, simplemente porque su economía ha entrado en recesión.
Y esa recesión, por pequeña que sea, por ínfima que parezca, nos dice muchas cosas.
Nos está gritando que el modelo que defiende Merkel a capa y espada -no por ser Alemana, sino por ser a ultranza liberal en lo económico- no es el adecuado. Nos lo dice porque Alemania y su economía han entrado en recesión con un déficit prácticamente inexistente del uno por ciento y si eso es posible ¿cómo va a ser posible que el resto de los países, salgan de recesiones mayores controlando solamente el gasto público?
No es posible. Hasta las vacas sagradas del liberalismo económico desde Keynes hasta Friedman lo saben -el último se ha quedado afónico de decirlo y artrítico de escribirlo-, pero Merkel sigue empeñada en la contención del gasto público, del déficit nacional, como valladar inexpugnable e incuestionable de la salida de la crisis.
Y con todo, Alemania, que nunca se ha disparado en su déficit, ve como su economía entra en recesión, ve como, no es que se detenga, es que comienza a ir para atrás. Confían en no desinflarse antes de que los demás volvamos a inflarnos, pero saben que eso no pasara, que corren el riesgo de que nuestras economías nunca vuelvan a inflarse.
Lo ven, tienen que verlo, porque si hay algo que es Ángela Merkel es inteligente. Pero no quieren verlo.
No quieren ver que nuestra contención del gasto, nuestros recortes y los de Hungría, los de Italia, los de Francia -que llegarán o no, depende, porque allí sí que hay sindicatos-, los de Grecia, los de Portugal, los de Bélgica son lo que están metiendo a Alemania y su economía en recesión. Porque su solución está empezando a ser también parte de su problema.
Porque la economía alemana es una economía industrial, sólo industrial y nada más que industrial.
Así la diseñaron desde Metternich hasta Bismark y el Káiser Guillermo, así la desarrollaron los pírricos gobiernos del periodo de entreguerras, ahogados como estaban por la veleidades bélicas pretéritas, así la recompuso Hitler en su visión perturbada de otras muchas realidades pero no de esa, así la recuperó para la cordura Konrad Adenauer y si la han mantenido desde Brant hasta Merkel, pasando por Khol y el resto de los cancilleres alemanes que podamos o queramos recordar.
Y una economía industrial necesita dos cosas. Solamente dos cosas para funcionar: recursos y clientes.
Hablar de los recursos que le sobran o faltan a Alemania nos metería en un campo espinoso que nos obligaría a recordar cómo logró esos recursos cuando Alemania, por falta de visión de su canciller Bismark -volcado hacia Europa, como ahora-, perdió la carrera colonial, quedando en último lugar y no tuvo acceso a ellos. Intentó extraerlos del único emplazamiento que le restaba, con África y Asía en manos de Inglaterra y Francia y la doctrina Monroe en pleno apogeo, concediendo América a los americanos -los del norte, claro-. Puso sus ojos en Alsacia y Lorena y de allí extrajo sus recursos.
Los que viven para contarlo, que ya son pocos, muy pocos, aún lo siguen llamando La Gran Guerra.
Y la solución se repitió cuando volvió a ocurrir. Cuando el batacazo que se llevó el liberal capitalismo -el primero de ellos- en la década de los años treinta del pasado siglo ahogó su economía, destrozó sus cuentas y les dejó de nuevo sin recursos para mantener la industria que su nuevo káiser -o Führer, en esta ocasión- había elegido para que su país prosperara: la armamentística -que colmaba sus ansias de poder y era la solución económica. Curiosamente como hizo a principios de siglo el otro káiser-. De nuevo emprendieron la búsqueda de recursos.
El loco de la supremacía aria podía tener en mente la Gran Alemania y todos los conceptos perversos que se quieran, pero fue anexionando uno por uno los países en virtud de la necesidad de sus materiales, de sus materias primas, de sus recursos, para destinarlos a su industria: Checoslovaquia por los Sudetes, Rutenia, Silesia y sus minerales; Hungría por su hierro, Austria por su petróleo, su madera y su cobre, Todas ellas por el Danubio, un recurso infinito, Polonia por su carbón...
Y a eso todos lo llamamos aún La Segunda Guerra Mundial.
O sea que la carencia de recursos y de materias primas de Alemania para su economía industrial ha causado las dos mayores conflagraciones de la historia. No fueron los delirios mesiánicos, ni los impulsos nacionalistas de sus gobernantes. Fue exclusivamente eso. Luego cada uno aprovechó para lo suyo. Pero empezó por eso.
Así que -y esto es un inciso visceral pero que creo necesario-, yo que la señora Merkel me libraría muy mucho de declaraciones como las que escupió contra Grecia en un arrebato, me supongo, de justa impotencia e indignación hacia lo mal que cuajan sus políticas y recomendaciones en un pueblo que está demasiado a pensar por su cuenta como para seguirla a pies juntillas a todas partes.
Nadie que ocupe La Cancillería de Alemania debería atreverse a decir algo como "la economía de ningún país le ha costado tanto a Europa como la Griega".
Porque precisamente La Cancillería Alemana es la institución que más dinero le ha costado a Europa a lo largo de la historia. Europa ha tenido que reconstruirse entera y verdadera dos veces simplemente porque la economía Alemana se fue a pique y a sus líderes de entonces les dio por reflotarla por la tremenda. No soy de victimismos eternos, pero si soy de recordar la historia.
Grecia le ha dado a Europa y al mundo la democracia. Alemania dos conflictos militares mundiales. Creo que lo primero justifica bastante un poco más de manga ancha que lo segundo. Y con Alemania, Europa ha tenido manga ancha hasta el hartazgo.
Pero, por fortuna, ahora los recursos no son el problema de la economía alemana y sus gobernantes y habitantes parecen haber aprendido la lección. Ahora pueden conseguirlos donde quieran porque no se han quedado atrás en la carrera. Ahora forman parte del Occidente Atlántico que controla los recursos del planeta. Ya sea con la V flota estadounidense en Bahréin o con las guerrillas que manchan cada día de sangre el coltán de nuestra electrónica móvil.
Ahora el problema está en los clientes.
Los estados a los que les exige Merkel contención a cualquier precio son sus principales clientes. EL déficit público contenido puede servir para el país que produce, que fabrica, pero los recortes impiden gastar a los que compran, así que la salida de sus productos se dificulta. Dada la situación y las necesidades de recortes completamente estratosféricas, se dificulta hasta hacerse imposible.
Y además Merkel -no por ella misma, sino como profetisa y adalid del sistema económico de su país- clama por la contención e incluso la reducción salarial, por la flexibilización a la baja del mercado laboral, por más horas de trabajo por el mismo precio.
Y eso sirve para mejorar una economía industrial -es bastante stajanovista, pero sirve- pero no para una de servicios como son las que ella intenta ayudar -y creo que lo hace de buena fe- con sus sabias directrices.
Si no hay ocio, la economía de servicios se va al carajo. Es así de simple. Si se rebajan los sueldos, el poder adquisitivo decrece y nadie usa esos servicios con lo que las empresas que dependen de ellos -bares, restaurantes, hoteles, cines, teatros, etc., etc., etc.- se hunden más profundo que el Bismark cazado en solitario en mitad del Atlántico por los acorazados de Su Graciosa Majestad..
Y ¿quién comprará entonces los coches alemanes, sus equipos de música, sus equipamientos médicos, sus trenes de alta velocidad o cualquiera de sus productos?.
Los gobiernos no, porque se les dispara el déficit y tienen que contenerlo y los ciudadanos tampoco porque cuando la nómina no llega y hay que hacer un gasto se tiende a lo barato y no a la calidad -que es el marchamo de fábrica incuestionable de todo lo alemán-. Y ese mercado lo tienen en exclusiva Japón, Corea y China. Y ahora sobre todo China.
Así que Ángela, el gobierno alemán y Alemania han sembrado en su solución la semilla de su propia recesión, de su propia crisis. Por eso ahora los números no les salen
¿Y no lo han visto?, ¿y no lo han podido anticipar?. Claro que sí.
Pero Ángela Merkel se encuentra en estos momentos en el mismo punto que se encontrara el shakesperiano personaje enlutado del ser o no ser, en la misma disyuntiva en la que se colocó el no menos shakesperiano rey entre esperar los refuerzos que no sabía si habían de llegar o presentar batalla, mermado, aterido y exhausto en Azincourt. Está entre el ser o la nada, entre morir o vivr con aquellos que temieron luchar con él. Está entre la crisis y el euro.
Y Merkel ha optado por el euro.
Su única obsesión es mantener el euro fuerte. Es que Europa siga teniendo la moneda fuerte que se diseñó al unir las economías europeas en beneficio de Alemania.
Porque el gobierno alemán necesita que Europa siga siendo lo que ellos quieren que sea para que la fortaleza de su moneda siga asegurando los ingresos de sus exportaciones, ahora que saben, que siempre han sabido, que van a descender.
Si contenemos la crisis de otra manera -que puede hacerse, echémosle una mirada a Brasil, por ejemplo- la moneda bajará frente al dólar y todas las demás y los beneficios que la unión monetaria llevaban a las tierras del Rhin se diluirán llevándose con ellos su estabilidad y su crecimiento económico.
Y Merkel sabe lo que ha pasado en Alemania antes de ella cuando eso ha ocurrido. Dos veces.
Así que aunque hable de superar la crisis, lo que dice en realidad es mantener el euro fuerte. Puede parecer lo mismo pero no lo es.
Y ahora tocaría, si fuera de esos que todo lo diremen por las diferencias entre los caracteres y tendencias propios, según los que lo defienden, de cada nación y población, hablar de todas las cosas desagradables que se les suele achacar a los teutones como motivos subyacentes en el problema.
Como ha hecho Merkel con la supuesta laxitud meditarránea, como hace Occdente con el islam, como hace el mundo protestante con la supuesta incapacidad capitalista de los católicos, como hacen los anglosajones con los pigs -Portugal, Italy, Greece, Spain-, como hacen los madrileños con los andaluces, los vascos con los madrileños, los navarros con los vascos, los riojanos con los navarros y los catalanes con todos los demás. Pereciera que cuando las cosas pintan bastos siempre, pero siempre, la culpa es del vicio de otros, de la manera de ser de otros.
Pero Merkel está comentiendo el error de no bajarse del burro de su diseño de Europa y de optar entre dos formas diferentes de destruirla y destruirse no porque sea alemana, ni siquiera porque sea liberal capitalista. Sino porque es como nosotros. Porque comete el mismo error que nos empeñamos en cometer y repetir nosotros.
¿He dicho ya que los gobernantes son simpre indefectiblemente el reflejo puro y cristalino de los gobernados?
Merkel se suma a lista de miles de millones de occidentales atlánticos que creen que sus principios son incuestionables, que no aceptan que sus pernsamientos, sus ideas, sus decisiones, aunque una vez pueden que fueran efectivas y eficientes, ya no lo son, hay que modificarlas, hay que pensarlas de nuevo.
Porque, como la inmensa mayoría de nosotros, percibe el cambio como una derrora personal e intransferible.
Porque, como ella y los suyos y los que pensaron como ella antes que ella, diseñaron esta Europa ahora no quiere admitir que hay que rediseñarla. Que salvarla,seguro; que remorzarla, quizás, que apuntalarla, tal vez. Pero que cambiarla no.
La idea original tiene que servir y tiene que servir para siempre por dos motivos que tienen un peso infinito en la balanza de sus percepciones. Porque ha funcionado una vez y porque la idea es suya.
Vamos, lo que hacemos nosotros todos los días en todos los ámbitos que se nos puedan ocurrir.
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11
Ene 2012

Cuando las opciones se le acaban a Rajoy antes de probarlas

Escrito por: gboneque el 11 Ene 2012 - URL Permanente

Mientras Soraya -perdón la señora Ministra de la Presidencia, es la costumbre- se desvive por los pasillos de todas las instituciones de gobierno patrias pidiendo paciencia y comprensión a quien quiera escucharla y Montoro aunque parezca decir que va a ser un poquito se asergura de que nos esteremos de que va a ser mucho, nuestro nuevo presidente no hace acto de presencia.
No se sabe si es porque cada mañana cuando se levanta se lleva un susto diferente. Un día es el déficit de las comunidades autónomas -curiosamente con las del PP a la cabeza-, otra jornada los ajustes sin consulta de Fabra -que parecede decidido a recuperar los diezmos eclesiáticos y el pago del maravedí por los pasos y puentes con tal de cuadrar las cuentas que Camps y sus inversiones en fastos, trajes, regatas y circuitos descuadraron-, la siguente la rebelión de Cataluña y Euskadi contra el sistema de pago -un clásico, por otra parte-.
Pero el caso es que el hombre no aparece, ya sea porque permanece en el lecho sufriendo ataque tras ataque por tañaños sobresaltos o porque ha decicido meter su barbuda cabeza en un hoyo, cual avestruz asustada, en espera de que Soraya -no es falta de respeto, señora ministra, es que Saenz de Santamaría se me antoja infinito- y Montoro soporten el tirón de los recortes y la mala cara que se nos está poniendo a todos con la subida de impuestos.
El caso es que nuestro ínclito procer no sale para nada, no se pone a la cabeza de sus mesnadas y no lo hará hasta el próximo día 15 de enero, según ha dicho. Pero mientras tanto se nos ha mostrado en una entrevista a la Agencia EFE. Ha dicho algunas cosas, pero yo me quedo con una.
Nuestro nuevo Presidente del Gobierno ha dicho que ha subido el IRPF porque "no había otra opción"
No parece una explicación muy plausible y desde luego se antoja un victimismo que no se espera de un presidente a las primera de cambio.
Y más cuando sí, señor Presidente del Gobierno, sí había otra opción. De hecho había varias.
La prmiera se llama Impuesto de Sociedades.
El impuesto de Sociedades, la principal y casi única obligación impositiva de las empresas como tales en España, suponía en 2007, allá en el albor de los tiempos, una recaudación de 22.000 millones de euros al año, casi una cuarta parte del total de la recaudación por impuestos del Estado. El año pasado se quedó en 12.000 millones.
Los tremendistas dirán que eso es un ejemplo de la destrucción de empresas, de lo mal que lo están pasando las empresas en esta crisis. Los tremendistas, acostumbrados a enfrentarse a poblaciones anuméricas que se abruman con las cifras, podrán decir eso pero si no puede considerarse una mentida por lo menos debe plantearse como un error de bulto.
El descenso en la recaudación del impuesto de Sociedades se debe a las constantes rebajas fiscales que se han producido a lo largo de los cuatro últimos años en un intento de que las empresas destinen más dinero a inversión, en la esperanza, baldía por lo que se ve, de que generaran más empleo.
Parece una forma de hacer las cosas muy liberal, muy capitalista y de hecho el PP apoyó con entusiamo -dento de lo que cabe, que eran del PSOE y los chicos de Mariano nunca se entusiasman con nada que venga del PSOE- está forma de hacer las cosas.
Pero claro, como se trataba de ser liberal, de ser capitalista, de montar la cresta de ola de los mercados europeos y no bajarse de ella, se olvidaron de un pequeño detalle, algo que por otra parte no echarían en falta ni Stuart MIll, ni Keynes, pero por lo que pondrían el grito en el cielo Friedman o cualquier sindicalista de los nuestros que no estuviera preocupado de otras cosas: nadie incluyó la obligación de mantenimiento del empleo para poder acceder a esas desgravaciones que dejaban nuestros ingresos impositivos de las empresas casi en la mitad.
Porque, no hay duda, la inversión crea empleo, tiene que crearlo es una regla ineludible y sacrosanta del capitalismo que se cumple así, ex machina, como los castigos de los dioses olímpicos.
Y, no nos engañemos, lo crea, sí. Pero no donde nosotros críamos que lo iba a crear.
Los búlgaros, Rumanos, húngaros y eslovenos están encantados con como funcionan estas cosas.
A ver si me puedo explicar con un ejemplo, que soy de letras.
Digamos que un empresario destina a la inversión en un activo en España que dé una rentabilidad del 10%. una cantidad de 1.000 euros -uso numeros redondos para no liarme-. Para ello tira de una financiación tipo al 6% -más o menos la media de los bancos en sus créditos empresiales-.
El individuo en cuestión tendrá unos ingresos de100 euros, con gastos financieros de 60 euros para devolver los créditos. Los 40 de beneficio pagarían un 30% de impuesto de Sociedades. Con lo que, si no he hecho mál la regla de tres le queda para la empresa un beneficio neto de 28 Euros.
Como era muy bajo el beneficio, por eso se aplicaron deducciones y desgravaciones para potenciar la inversión.
Pero supongamos que el chaval coge el dinero que le deja de más la subvención, la desgravación y algún otro recorte laboral que haya hecho -ya que nadie se lo impide- y va y compra una filial en Bulgaria o en cualquier otro país con los impuestos bajos. El empresario de marras sigue gastando 1.000 euros, pero la rentabilidad es sólo del 8%.
Pero en este caso, la financiación que necesita se la deduce la empresa española.
Así, la filial obtendría un beneficio de 80 euros y pagaría 8 euros de impuesto de Sociedades. Los 72 euros restantes se reparten como dividendos exentos de impuestos a la empresa española.
Aunque destinara 60 de esos 72 euros a amortizar sus créditos aún le quedarían doce y además las deducciones del 30% de esos pagos como gastos harían que Hacienda le devolviera 18 euros del IRPF. Así que al final ganaba 30.
No sé si me he explicado bien -a mi tardaron una tarde entera en metemerlo en mi cabeza de letras- pero la conclusión es que todas esas desgravaciones y deducciones hicieron que fuera más rentable crear trabajo en Uzbekistán que en España.
Así que a lo que íbamos. El Señor Rajoy tiene otra opción.
Ya que todas esas desgravaciones y deducciones no han conseguido su objetivo secundario -el primario sí, que era la inversión- de crear empleo en España se eliminan.
A estas alturas del partido no se recuperarían los 10.000 millones que se perdieron anualmente con ellas -una pequeña parte tendría que pagarse en los países en los que se encuentran las filiales o inversiones empresariales españolas- pero los expertos -al menos el mismo catadrático de macroeconomía y políticas impositivas que me explicó esto hace unos días- consideran que reaparecerían por arte de magia en nuestras arcas 7.000 millones de euros.
Y sin nisiquiera subir el impuesto. Solamente eliminando los privilegios fiscales que no están logrando ni lograrán el objetivo.
Es una opción, me parece a mí.
Pero hay más. La segunda se llama Impuesto de Patrimonio.
El bueno de Rajoy se mesó sus cada vez más canosas barbas por la preocupación cuando sus antecesores hablaron de recuperar el Impuesto sobre el Patrimonio. Don Mariano, inmerso como estaba entonces en esas metaforas electorales que tanto le gustan, tiró para oponerse a esa medida de la figura de la abuela rentista que cobra el alquiler de su viejo piso y sobrevive a duras penas con él y con su pensión. Fue bonito, entrañable, sugerente. Fue una mentira como un templo. ¿nos acordamos, verdad?
Pues bien. Demoslé parte de razón a nuestro gallego presidente porque esos rentistas, como las meigas de su tierra, haberlos, haílos.
Dejémosles al margen de esta historia y de este impuesto pero volvamos a los procelosos y aburridos números. Porque ahora nuestra historia desgraciadamente se escribe en números. A eso nos hemos abocado.
El año pasado los activos de la banca, sólo los de la banca española, se incrementaron en 72.000 millones de pesetas. Ahí es nada. Y un activo, en nuestro sistema de tributación, es patrimonio por definición.
El anterior gobierno lo recupera parcialmente para las personas física, aquellas a las que por otra parte se le había cobrado siempre y ciertamente eso puede ser un error que lleve a dobles cotizaciones impositivas por las propiedades.
Pero ¿que pasa si ese se deja en suspenso como hasta ahora? Y se aplica un nuevo impuesto no sobre el patrimonio sino sobre el incremento patrimonial para personas físicas y jurídicas?
¡Voilá!, que tenemos que los están en condiciones de incrementar su patrimonio, o sea los que más dinero - si son individuos- o beneficios -si son empresas o corporaciones- tienen pagan un porcentaje del incremento de patrimonio.
Digamos que ponemos una tasa impositiva del 10% -recordemos que la tasa media del impuesto sobre la renta supone entre un 12 y un 18 por ciento, y es sobre los sueldos de los asalariados-. Pues solamente con el impuesto por el aumento de activo de los bancos tendremos otros 7.200 millones que llevarnos a la buchaca. Y todo ello sin tener que tocar a las pobres viudas que subsisten con las rentas de sus casas alquiladas.
Vamos bien, me parece. Es otra opción.
Pero, como en este mundo nuestro todo va de tres en tres, desde la naturaleza divina hasta los candidatos al balón de Oro, pasando por las hijas de Elena, los triunviratos, los poderes separados del Estado y la saga del Señor de los Anillos, ahí va la tercera persona de esta Santisima Trinidad de modificaciones impositivas que tenían nuestro egregio presidente y su gobierno como opciones al aumento del IRPF.
Se llaman Impuesto Sobre las Rentas del Capital.
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08
Ene 2012

Cuando llega la hora de hacer nuestro trabajo

Escrito por: gboneque el 08 Ene 2012 - URL Permanente

Hoy de buena mañana he creído por un momento que se me había cambiado la lengua de Cervantes.
No sería raro, dado todo el caudal de apócopes, palabras escritas a medias, letras cambiadas y modismos que el lenguaje de polígono de extrarradio y discoteca de grandes proporciones y alcoholes y pastillas de diseño están incorporando a la forma de hablar de nuestros días.
Pero mi sorpresa radicaba en el hecho de que no me llegaban los cambios de esos foros, sino desde la prensa -esos papeles escritos que venden en los quioscos y que dicen que cuentan las noticias-.
Así que me he ido al diccionario, ese de La Real Academia que nos dice como hemos de hablar y de escribir en contra de nuestro inalienable derecho de eludir la ortografía, destrozar la gramática e ignorar las normas más básicas y antiguas de conjugar los verbos y mantener las concordancias.
Y he leído:
Negociación.
(
Del lat. negotiatĭo, -ōnis).

1.
f. Acción y efecto de negociar.
2.
f. Der. Tratos dirigidos a la conclusión de un convenio o pacto.

Entonces he pensado para mi con cierta reticencia que quizás hubiera cambiado el significado que para mí siempre había tenido la palabra convenir.

Convenir.
(
Del lat. convenīre)
6. prnl. Ajustarse, componerse, concordarse

.

Así que, aunque me parezca que nó, aunque me parezca que alguien ha cambiado los significados, no es así. Nuestro idoma, de momento sigue ahí.

Entonces he descubierto que lo que me amartillaba las sienes, lo que hacía ver doble la noticia que estaba leyendo no es que hayan cambiado los significados de las palabras. Es que nos han cambiado el significado de los conceptos.
La negociación laboral ya no es una negociación y no se busca desde luego nada por convenio.
Una negociación se basa en dar y recibir, en renunciar y forzar, en ceder y reclamar, en conceder y defender. Eso es una negociación en toda regla, con todos los significados y significantes.
Pero eso no es lo que está pasando en nuestro mercado laboral. Eso no es lo que se está cocinando en los patios traseros de nuestras empresas con la aquiescencia del Gobierno, el nuevo gobierno, que ve venir los golpes a diestro y siniestro y sólo sabe escudarse en el hoplos de la herencia para intentar capearlos.
Nuestra negociación colectiva es otra cosa.
Veamos.
Amparados en la situación horrible de la economía, en la inestabilidad de los mercados, en la galopante crisis que nos aqueja, los representantes de los empresarios se sientan en la mesa y piden, de hecho exigen, la congelación saliaral los próximos dos años.
Hasta ahí vamos bien -no se me altere la fuerza sindical-. Quiero decir que hacen una propuesta. Puede ser draconiana, puede ser injusta, puede ser excesiva. Pero es una propuesta. es la la primera parte, justificada y legítima de una negociación.
¿Y entonces qué pasa?
Nada. Los representantes de los sindicatos, aquejados repentinamente de un buenismo responsable mal entendido que les hace irresponsables, artífices del desastre, menean la cabeza con desagrado, se lo piensan y todo eso.
Pero no hacen lo que tienen que hacer. No hacen lo que desde el primer homo habilis que se inventó el trueque hasta el más desarrollado de los comerciantes por Internet, pasando por el indio chiricawa y el comerciente genovés, han hecho desde siempre cuando han recibio una primera propuesta en una negociación.
Levantar la cabeza y preguntar ¿y, tú, qué me das a cambio?
Porque los empresarios y sus representantes no nos dan nada a cambio. Nos dicen que tenemos que aceptar apretarnos el cinturon por el bien del país, porque la coyuntura -siempre me ha encantado el uso que se hace en economía de esa palabra- exige contención salarial para remontar.
Y los sindicatos pueden disfrazarse de, como dicen ahora, agentes sociales responsables, pero eso les obliga a buscar la contención en todos los sectores, en todos los niveles.
Así que si tú me pides que los trabajadores congelen sus salarios durante dos años yo, si soy sindicato y responsable, habré de pedirtre a cambio que las empresas congelen los precios y tarifas de sus bienes y servicios en el mercado nacional por idéntico periodo de tiempo. Por que así ni mis salarios contribuyen al aumento de la inflación ni tus precios contribuyen a mi pérdida de poder adquisitivo.
Todos damos algo por el bien del país.
Es un camino sencillo, jodido de transitar, pero sencillo.
Pero nadie lo recorre. No se trata de que los sindicatos se niegen a aceptar las propuestas de los empresarios, se trata de que -ya que no lo hace el gobierno- les exijan las contrapartidas que demuestren que ellos también están en el camino del ajuste, en el compromiso de apretarse el cinturón.
Y así con todo lo que ahora se propone, que no se debate, en eso que se ha llamado negociación social, que ni es negociación ni parece tener nada que ver con la sociedad.
Además, los empresarios se sientan en la mesa dicienedo que noaceptarán las cláusulas de revisión salarial porque lo dice el banco de España. Que no están dispuestos a garantizar el poder adquisitivo de los trabajadores.
Y no es que me parezca bien pero si los sindicalistas estuvieran dispuestos a asumirlo deberían pedirles, también muy en la línea del Banco de España comprometerse a que las emprersas esapañolas no radiquen sociedades accionariales fuera del país para que los beneficios de las mismas caigan en las arcas impositivas españolas y no en las pírricas luxemburguesas, monegascas o suizas.
Si yo no tengo garantizado el poder adquisitivo, si no tengo garantizados mis aumentos, convengo en ello si, y solamente si, tú tampoco tienes garantizados beneficios libres de impuestos que restan recursos al estado. No es que yo gane. es qwue ambos perdemos por igual en beneficio de todos. Para salir de la crisis.
Los señores empresarios, preocupados por la situación y engrandecidos por un gobierno que ya en la oposición les daba la razón en todo, dicen y mantienen que "como mucho aceptarían una nueva cláusula en que la referencia no fuera el IPC español como hasta ahora, sino el europeo, al que habría que descontarle la evolución de los precios de la energía y de los impuestos".
Y explican estyo porque nosotros tenemos más inflacción normalmente que Europa y eso nos resta competitividad.
"Muy bien", diría el sindicalista responsable, preocupado por sacar al país del pozo económico en el que no le han metido los trabajadores solamente, ni los gobiernos solamente, ni los empresarios solamente, sino especuladores a losque no les importan nacionalidades ni países.
Yo acepto eso de que la el IPC sea el de Europa si tú aceptas que el porcentaje de reinversión de beneficios de las empresas que los tengan en mejoras de la productividad, en I+D+I y en mejoras de las condiciones laborales se incremente de forma obligatoria hasta el porcentaje europeo, en lugar de destinarse a las carteras, convites, dividendos y, como diría el famoso Sr. Lobo de Tarantino, comeduras de miembro mutuas a lo que ahora lo destina la empresa española y que le hace mantenerse quince puntos por debajo de la media europea.
Que, no nos engañemos, eso también ayuda bastante a la competitividad.
La siguiente golpea al sindicato, al trabajador y al mercado laboral directamente en la frente.
la CEOE pone sobre la mesa un contrato indefinido que rebaja los costes de despido. Y ellos lo explican para reducir la dualidad con los temporales.
Y yo, sindicalista, te digo: de acuerdo, lo acepto. Pero, ya que no existen diferencias, tú haces que todos los contratos temporales sean fijos. A tí no te cuesta un duro y eso mejora grandemente el acceso de los trabajadores al crédito. Algo tambien necesario para salir de la crisis.
Los señores que dicen representar a los empresario -y luego explicaré porque digo que dicen representar- quieren un contrato de crisis, como le llaman ellos, que estaría vigente por dos años.
Con una indemnización por despido improcedente de 20 días por año trabajado con un tope máximo de 12 mensualidades -menos de la mitad de loque serecoge ahora en la legislación laboral- y una indemnización por despidode 12 días por año trabajado.
Y yo, responsable agente social que representa a los trabajadores, te digo. Te lo compro. Pero solamente si me incluyes en el lote que toda empresa que haya tenido beneficios en el último ejercicio no puede utilizarlo, no puede realizar un ERE, un ajuste de plantilla o tirar de despidos para aumentar los mismos. Que toda empresa que tenga beneficios no pueda despedir -salvo los procedentes- por motivos económicos o estructurales.
Yo pierdo seguidad laboral, estabilidad y compensaciones por el despido si tú pierdes manga ancha para usar el coste de la fuerza laboral como herramienta para mantener los beneficios. Al menos durante dos años.
La patronal -siempre he pensado que si no la llamaramos con un nombre tan arcaico tendría una tendencia a ser algo más moderna- también se sienta a negociar sin negociar pidiendo cambios en la negociación colectiva -¡Como si no se hubieran dado cuenta de que hace tiempo que no es una negociación, que solamente s un intento de rendición colectiva-.
Pide, bueno exige, que los empresarios dispongan de un margen mayor de horas - hasta el 15% de la jornada- para poder realizar cambios en los horarios de trabajo.
Y el negociador responsable que lo fuera por parte sindical podría asumir esta pérdida. Pero debería exigir a los empresarios que impongan la jornada laboral continuada en todas las empresas y que se comprometan a afrontar la extensión de jornada que necesiten no con incrementos hasta las tres horas del horario de comidas, sino con la incorporación de plantilla contratada en contratos parciales de media jornada.
Que eso crea empleo tanto o más que lo otro.
Y así seguimos con todo. Inundados de responsabilidad, de ganas de ayudar al país, de una arrebatada entrega a la causa de abndonar la recesión.
Yo llego a un acuerdo para controlar y castigar el absentismo si tú controlas a tus chicos empresarios para que no disparen sus gastos de representación y pasen gastos privados a cuenta de la empresa; yo te doy que se puedan negociar convenios de empresa en cualquier momento, sin tener que esperar a que acabe la vigencia del convenio sectorial, si tú me das que las empresas se comprometan a dejar de tirar de los contratos de crisis en cuanto entran en beneficios y no agoten los dos años máximos que hemos acordado, te me dices que te permita rebajar los sueldos en un periodo determinado y yo te lo doy si tú me das que eso solamente se produzca después de que hayas rebajado los dividendos de los accionistas de tu empresa en un porcentaje similar durante el mismo periodo. Y así sucesivamente.
Vamos, lo que venia siendo desde el albor de los tiempos una negociación.
Pero aquí no. Los representantes de los empresarios se sientan en sus sillas y piden, exigen, demandan y no dan nada, no ofrecen nada a cambio. Y los sindicatos parece que no tienen potestad para hacer ninguna propuesta de contrapeso, que su única función es decir sí o no a lo que proponen los empresarios.
Todos asumen o parecen asumir que a la empresa no se le puede pedir sacrificio alguno, no se le puede demandar que haga algo para abrocharse el cinturón, para contribuir a salir de la crisis.
Parece que la empresa no tiene que hacer nada, solamente recibir para que sus beneficios vuelvan a fluir sin obligación alguna de que esa nueva riqueza salga de sus bolsillos en dirección al país, al mercado y a aquellos cuyos sacrificios han contribuido a revitalizarla.
Todos nos tenemos que basar en la esperanza de que la reinviertan. Pero nadie les puede obligar a hacerlo.
Y los hay que dirán que los representantes empresariales no pueden comprometerse a todas esas cosas -de ahí lo de dicen representar de antes-. Que cada empresario puede hacer con sus beneficios y con su empresa lo que quiera.
De hecho, estoy seguro, que si se hubiera propuesto algo por el estilo los representantes de los empresarios españoles se hubieran arrojado de cabeza a esa trinchera sin pensarlo y hubieran tremolado la bandera de la libertad de empresa y de la imposibilidad de decirle a un empresario qué hacer con sus beneficios e incluso con los precios de sus productos.
Es más, en el único tenue atisbo de una medida parecida que han hecho los sindicatos -el control de precios- enseguida se han apresurado a decir que los mercados son libres y que eso no está en su mano.
Pues bien, puede que tengan razón pero entonces que no digan que representan a los empresarios porque si ellos no pueden imponerlo si pueden proponerlo a quien puede imponerlo.
Han acertado todos: El Gobierno. Ese gobierno que debería empezar a pensar en imponerles ajustes a todos no solamente a los ciudadanos y las administraciones públicas. Piensen lo que piensen los chicos de Moodys o de Standard & Poors.
Y ahora es cuando parece que si uno es sindicalista, defiende los derechos de los trabajadores, debe empezar a decir que los empresarios son la hez de la La Tierra, son unos insolidarios y unos explotadores que solamente piensan en sus beneficios.
Y lo son. Pero ese no es el problema. Ellos están haciendo su trabajo. Sí, déjenme que lo repita, están haciendo su trabajo.
El problema de que no haya negociación es que el Gobierno no está haciendo el suyo. Ni una sola medida de las que ha puesto en marcha está destinada a controlar el gasto de las empresas y empresarios, busca sacrificios en ese sector.
Se suben los impuestos a las personas pero no a las sociedades. Y da igual que esa persona gane 1.000 euros como la inmensa mayoria de los españoles o gane 500.000 euros. Son trabajadores mientras las empresas no ven que se meta más mano a sus beneficios ni a sus dividendos a través del impuesto de Sociedades. El gobierno no hace su trabajo y nosotros no hacemos el nuestro.
Se congelan los salarios públicos -y se pretende con los privados- pero no se congelan los beneficios obligando a la reinversión, a la modernización y no a gastarlos o guardarlos en cuentas cifradas en el extranjero. EL gobierno no hace su trabajo y nosotros no hacemos el nuestro.
Porque, en realidad, ese es el gran problema. Los empresarios se han sentado en la mesa de negociación y han hecho su trabajo pero nosotros no estamos haciendo el nuestro.
sigue en
http://lefthandgod.blogspot.com/2012/01/cuando-toca-aprender-hacer-nuestro.html

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07
Ene 2012

Silvio y Viktor, los dos rostros del mismo dictador de Europa

Escrito por: gboneque el 07 Ene 2012 - URL Permanente

La Unión Europea, que ya no es casi unión y amenaza con dejar a la mitad o mas de Europa en el camino de una supervivencia que se antoja imposible mientras nos aferremos a un sistema ya muerto y enterrado, de repente se ha vuelto vigía de Occidente, garante impeninente de democracias y protectora contra desmanes y belidades dictatoriales y autocráticos.
Y digo de repente, porque hasta ahora no le había salido ese ramalazo, ese trasunto político del ucha por la libertad de los pueblos -de los mercados sí, eso es sagrado-, pero no de los pueblos y las gentes.
Pero ahora que Hungría se nos va por la puerta del autoritarismo neofascista, a Europa le alforan los recuerdos de que algo debe hacer, de que también está para defender libertades, de que también debería poner el ojo en esas cosas que se llaman derechos democráticos e intentar protegerlos.
No voy a ser yo quien diga que está mal que se aprieten las tuercas al gobierno Húngaro de Viktor Orban por esa repentina revisión a la baja de su Constitución, que afecta a todos y a todo lo que se mueve en las tierras magiares.
No es que me pregunte por qué ahora porque la respuesta a esa pregunta es evidente. Más bien, mi malhadado gusto por la relación de las cosas y ese vicio sutil molesto y necesario llamado coherencia, me hace preguntarme por qué no antes.
¿Por qué antes de que Orban pretendiera cercenar de raiz la independencia judicial, mandar a paseo el sistema electoral para transformarlo en un remedo de los que los dictadores, ahora depuestos o en proceso de ello, de las tierras arábigas usaban para dar patina democrática y justa a sus desmanes, destrozar la libertad de prensa y opinión, cargarse de un plumazo el derecho a ser socialista en Hungría, vinculando a todo al que esté a la izquierda de él al antiguo régimen prosovietico y dictatorial que gobernó el país en otros tiempos y algún que otro desmán más que se me escapa, la Unión Europea no amenazó, no sancionó no persiguio con fuerza las beleidades tiránicas de aquellos que confían solamente en si mismos como garantes del bien de la patria?
La respuesta sencilla sería y seguro que ha sido -y muchos la dirán de corrido y sin señas como la primera mano de una buena partida de mus- que porque no los ha habido.
¡Ay, a veces ese prisma que nos fuerza a ver la realidad con los ojos con los que hemos elegido verla es, de tan ingenuo, hasta enternecedor, de tan incocente e instintivo, hasta preocupante!
Parémonos a pensarlo un momento. Tomemos el café y el perióidico -si es que gastamos una o ambas de esas cosas- y reflexionemos:
¿No ha habido en la Europa reciente beleidades dictatoriales?, ¿no ha habido revisiones legales que atacaran la independencia judicial?, ¿no han existido derivas que han llevado a cercenar la división de poderes?, ¿a acaparar poder en solo un par de manos, restándolo de organismos colectivos elegidos por los ciudadanos?
¿No ha habido intentos y logros de controlar la prensa, la disidencia, la opinión contraria?, ¿no ha habido pretensiones de criminalizar legalmente a otros partidos para restarles base ética para la oposición?
Tomémonos un tiempo antes de contestar y, aparte de algún que otro desliz checo, alguna metedura de pata de El Elisio que fue urgente y convenientemente corregida y un par de locuras psicóticas de la pareja esa de gemelos que gobernó en Polonia, se nos irá formando poco a poco en la memoria una imagen, aún no diluida en el recuerdo, de calvas engominadas, de trajes perfectos y elegantes cortados a medida, de gestos zafios y comentarios soeces y extemporaneos, de sonrisa torcida y socarrona.
Démosle entonces un buen sorbo al café para despertar del todo la memoria y sabremos que sí, que si lo ha habido, que se hacia llamar Il Cavaliere y se llamaba Silvio Berlusconi.
Así que la pregunta pierde la gran inmensidad de su retórica y también de su tamaño y se convierte en algo más llevadero, más corto, más directo ¿Porque a Viktor Orban le sacan a relucir el artículo 7 cuando se vuelve dictatorial y déspota y a Sivio Berlusconi le estrechaban la mano, le sonría Europa en todas esas fotos familia y nunca la cantaron las cuarenta -estoy hoy yo de patrios juegos decartas, por lo visto-?
De nuevo, si no nos hemos hecho fuerte el café o nuestro prisma europeo sigue lo suficientemente sucio por los restos de lo nuestro como apra deformarnos del todo lo ocurrido, se nos ocurrirán varias respuestas fáciles.
Lo primero será decir que no es lo mismo. Y en parte sería cierto.
Pero Berlusconi se cargó de hecho y de derecho la división de poderes utilizando los propios tribunales.
Cierto es que no cambió la Constitución pero promulgó leyes que le blindaban como poder ejecutivo contra las acciones judiciales, inició procesos administrativos -es decir, emanados del ejecutivo- contra jueces que le habían procesado, contra fiscales que le habían acusado e impidió con ellos que el poder judicial fuera en modo alguno independiente.
Il Condottiero -siempre pensé que ese apelativo le cuadraba mucho más que Cavaliere- se dedicó a cercenar la libertad de prensa, permitiendo y permitiéndose un monopolio total de la televisión, arbitrando los medios públicos a su antojo, desmantelando los medios de comunicación públicos para luego comprarlos por partes con su grupo privado, ahogando económicamente a los medios escritos que eran oposición y controlando políticamente, sentado en su sillón de El Quirinal, no solamente qué era lo que se decía sino a qué hora y en qué rango de audiencia se escuchaba.
Vale, no era una Ley de Prensa directa -y estupidmanete inocente, que todo hay que decirlo-, con la censura previa y todo eso como lo ha hecho Orban en HUngría, pero que derogó por la tremenda la libertad de prensa y de opinión es un hecho tan demostrable y demostrado que se obvia la necesidad de hacerlo.
Pero, mientras hacía eso, Europa podía fruncir el ceño, criticarle, negarle lo afectuoso del saludo -que nunca el saludo en sí mismo- o incluso hacerle ascos, pero nunca la tremolaron el árticulo siete de marras, ese que hace que pierdas los derechos de socio de la Unión si incumples los principios en los que se asienta la fundación de la misma.
Los socios movían la cabeza con cierto desagrado y los miembros electos del Parlamento y la Comsión Europea la recriminaban cordialmente en las reuniones privadas pero siempre, publicamente y en sus atriles de rueda de prensa, decían que Italia era un país soberano y que esos problemas tenían que resolverlos los propios italianos.
Para todos era evidente que el principio democrático era tan importante para Berlusconi como preguntar la edad de las chicas a las que invitaba a sus placeres de Villa Certosa, tan intocable como la parte interna de los muslos de las modelos a las que ascendía a ministras y tan defendible como la fidelidad en su matrimonio. O sea, algo secundario, baladí, carente de importancia cuando cosas más importantes, como su poder y su fortuna, estaban en juego.
Entonces ¿por qué?. Me disfrazo de frustrado Mourihno y pregunto ¿por qué?, ¿por qué?, ¿por qué?
Se me viene otra respuesta fácil, otra de esas que aunque tienen una parte de verdad no son del todo la verdad completa, con matices, con explicaciones amplias y sin demasiadas dudas.
Le dajaban hacer de la capa de sus elección el sayo de su poder dictatorial porque fue más listo que el repentino dictador en ciernes Viktor Orban.
Y eso es cierto, al menos parcialmente.
Que lo que había en Italia era una dictadura era evidente. Pero el magante transalpino creó una dictadura nueva, una dictadura mediática -algo que acuñó Umberto Ecco, que por inteligencia y lugar de residencia algo debe saber de estos asuntos- mientras Orban opta por la más tradicional que todos reconocemos a la legua.
Il Condottiero milanés fue lo suficientemente listo para jugar con las fantasías, los deseos y las envidias. Logró que gran parte de los italianos -y no sólo de los italianos- le envidiaran y les cayera simpático en sus desafueros. Se soñaran a sí mismos capaces de hacer como él aquello que se les cantase en la gónadas, rodeados de bellezas en Certosa y haciendo chistes soeces para escándalo de gobiernos feministas.
Berlusconi logró sacar la sonrisa de muchos que secretamente -y no tan secretamente- querían ser él o al menos serlo en parte.
Nadie quiere ser un tipo oscuro y entristecido como Orban. Pero un magnate poderoso y rico como lo es y lo era Berlusconi es un sueño que nuestro egoísmo occidental atlántico nos hace tener, cuando menos en alguna parte de nuestro más profundo subconsciente.
Y también fue capaz de vender y de que muchos compraran que como ya tenía dinero no quería más, que como ya tenía poder no necesitaba más. Orban no puede hacer eso.
Todo el poder que tiene lo tendrá por sus querencias dictatoriales, todo lo que acumule será producto de lo que consiga sentado en el sillón de Primer MInistro magiar. No puede fingir que no quiere lo que realmente ha venido a buscar como supo hacer Berlusconi.
Y también fue más listo que el incipiente líder autonombrado del autoritarismo húngaro en una cosa. En la esencial. En la que nos arroja al motivo real y nunca explicado de por qué nadie le toco, por qué la Unión Europea nunca le puso la mano ni la espada de Damocles del arículo siete del Tratado de la Unión sobre su cabeza.
El dictador mediático italiano nunca tocó al banco central transalpino, nunco puso la mano sobre los principios organizativos de la economía europea. Lo controlaba por amigos y familiares -en el concepto medieval de la palabra, quiero decir- pero no hizo una ley que le permitiera controlarlo. Orban no ha tenido tanta vista.
Y eso y solamente eso es lo que distingue a Viktor de Silvio a los ojos de la Unión Europea. Eso y solamente eso es lo que le permitió a Silvio pasar junto a los supuestos garantes de los principios democráticos europeos con presteza y arrogancia e impide a Viktor Orban hacer exactamente lo mismo.
Porque eso nos da el motivo real de la diferencia.
Europa, las instituciones europeas, no tocaron a Berlusconi porque sus gobernantes no les dejaron, porque sus gobernantes sacaban provecho de todo lo que hacía el maganate piamontés en perjucio de Italia. Europa arremete contra el gobierno Húngaro a sangre y fuego, le lanza lo que tiene, le arroja el artículo siete como el lobo que viene a por sus nuevas ovejas nazifascistas porque sus gobernantes saldrían perdiendo si Orban triunfara, porque sus gobernantes no ven como sacar provecho de eso. Esa es la diferencia.
He escrito gobernantes. No he escrito gobiernos, instituciones, Parlamento Europeo, Comisión Europea ni siquiera José Manuel Durão Barroso, el presidente de la Comisión, o Angela Merkel, rígida comisaria de la polícia económica liberal capitalista del continente. He escrito gobernantes. Y no creo equivocarme.
Porque los autenticos gobernantes de Europa no son ninguna de esas personas o instituciones. Son otra dictadura que permite dictaduras cuando le son propicias y rentables y que permite que se las ataque cuando pueden resultarle perjudiciales.
Son los mercados.
Berlusconi nunca amenazó con salirse de la Unión, con salirse del Euro y eso le permitió que Europa mirara hacia otro lado. Lo permitió porque cada una de sus derivas autocráticas generaba pingües bebeficios a los inversores.
Porque cada ley que le protegía, protegía a sus empresas y le generaba tales beneficios que los mercados coocaban su corporación en la cúspide de la rentabilidad. Con cada ataque a la división de poderes, con cada triunfo de la dictrura mediatica de Silvio el valor de las acciones de sus grupos se disparaba, los mercados reaccionaban favorablemente.
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01
Ene 2012

Rajoy acaba el año inventándose la solidaridad inversa

Escrito por: gboneque el 01 Ene 2012 - URL Permanente

Cuando las cosas se vuelven turbias, se enfangan, se confunden y se enlodan, lo mejor es siempre tirar de lo seguro, de lo que ya está dicho y escrito.
Y eso es lo que ha hecho nuestro nuevo presidente del Gobierno, el nunca suficientemente ponderado Mariano Rajoy. Si hombre, ya saben, el primer presidente del Gobierno español desde Serrano Suñer -el cuñadísimo- que se preocupa más de lo que dice Alemania que de lo que opina su propio país.
El tipo, que está dispuesto a batir todos los records, se ha lanzado a una vorágine de acumular títulos honoríficos como si se tratara de Rafa Nadal en busca del perdido número uno del mundo.
Su mentor tardó legislatura y media en que se le pillara en un renuncio de esos de "lo sabías y no dijiste nada, cacho perro". Cierto es que fue de los de órdago a la chica cuando estás a falta de doce. "pero si sabías que no había armas de destrucción masiva, pero si sabías que los aviones pasaban cargados de prisioneros ilegales por nuestro espacio aéreo y repostaban en nuestros aeródromos camino de Guantánamo, pero si sabías que se estaba negociando con ETA".
Pues nuestro ínclito Mariano ha tardado tan sólo un periodo bíblico de creación del mundo en que se le descubra que sabía algo y no lo dijo. Sabía que el déficit se iba a ir al ocho por ciento, sabía que eso significaba que no hacían falta 16.000 millones, sino 36.000 para lograr el añorado e incomprensiblemente arcano necesario para la salvación 3 por ciento de déficit, Pero se calló miserablemente.
No es tan grave quizás como lo de la guerra, pero su mérito tiene.
Y nos preguntamos por qué y la respuesta es tan sencilla como lo suele ser todo en la manipulación social -y toda campaña electoral es una tesis doctoral de manipulación social-. Porque si no ocultaba ese dato no podía mentir de una forma creíble.
¡Y ese es el segundo record que ha batido Mariano, que ya se codea con Usain Bolt y otros grandes recordmen del mundo!
Su antecesor en el cargo, al que algunos recordarán como el más funesto presidente de la democracia española -eso es porque no se acuerdan de Leopoldo Calvo Sotelo y prefieren no acordarse de José María Aznar- necesitó siete años para que se le pillara en una mentira flagrante, una de esas rupturas de promesa electoral que parecen que no pueden producirse. Prometió no desmantelar el Estado del Bienestar y propuso y aprobó la Reforma Laboral que incluía el aumento de la edad de jubilación y las condiciones más stajanovistas de contratación que se recuerdan en este país.
Si, acordaos. Esa contra la que no movimos un jodido dedo, amparados en que los sindicatos eran unos pintas y nosotros teníamos derecho a ser egoístas y mirar solamente por nuestro propio culo -como es fin de año hago uso del comodín anual del lenguaje soez-.
Pues bien a Zapatero le hicieron falta siete años pero a Mariano, que debió competir en velocidad en sus años mozos en su colegio de pago y de curas, le han bastado siete días para incumplir flagrantemente sus promesas electorales.
Y no una o dos de las pequeñas, no de esas que se hacen aunque todo el mundo sabe que no pueden llevarse a cabo, no una de esas demagógicas como la de "prometo una España más segura" o "voy a acabar con las diferencias entre clases sociales", que todo el mundo aplaude entusiasmado en el mitin y en la conexión televisiva aunque saben que se quedará en agua de borrajas. Ni siquiera una de esas que se pueden interpretar de mil formas, de manera que el digo que dije entonces se transforma, por virtud de la magia electoral, en el diego que digo ahora.
Él ha incumplido en el tiempo en el que el dios de las barbas tardó en hacer el mundo todas sus promesas y además de las gordas.
Prometió no congelar sueldos funcionariales y lo ha hecho. Prometió no paralizar las reposiciones de funcionarios públicos y lo ha hecho. Juró y perjuró que no elevaría las tasas y lo ha hecho, gritó a los cuatro vientos que no asumiría la Ley Sinde -ya saben la ministra grupi que no le habla al cine español- y la ha asumido, que no tocaría las pensiones y sube las de unos un uno por ciento y baja las de los funcionarios porque elimina las aportaciones estatales a sus fondos de pensiones.
Y, sobre todo, prometió no subir los impuestos. La primera en la frente.
Los sube porque tiene que hacerlo, porque en su visión -que desde Alemania le dicen que es la acertada y la única posible- es lo único que puede hacer. Los sube porque el déficit está en un ocho por ciento, los sube porque ya no puede permanecer, como hiciera durante cada mitin y cada comparecencia electoral, paralizado en mitad de la escalera rezando para que nadie supiera si subía o bajaba.
Lo hace porque ocultar el dato y hacer la promesa le ha servido para acceder al gobierno pero no le sirven para gobernar. Lo hace porque, como todo político, cree que tiene derecho a mentir y ocultar la verdad -que es otra forma de mentira, aunque muchos se empeñen en ponerle matices- para acceder al poder y luego encontrar una forma de justificarlo.
Y con eso bate otro récord mundial.
Zapatero tardó dos años en inventarse eso de la discriminación positiva y la violencia de género unidireccional para justificar algo que sólo podía definirse como fascismo anticonstitucional; Aznar empleó cuatro años de su tiempo en inventarse al Movimiento de Liberación del Pueblo Vasco para quedar bien en el extranjero, mientras aquí ejercía de irreductible martillo de infieles independentistas.
Pero Rajoy, que parece ir a la carrera en todo después de no haberse movido de su sitio, oscuro y anodino, durante más de una década, de nuevo ha inventado un término que le justifica, que cree que le ampara, que cree que le explica. En solo 198 horas se ha inventado el término "recargo temporal de solidaridad" para intentar decorar su incumplimiento, ocultar su mentira, ignorar su promesa.
Pero aunque él cree que no. Aunque él y Montoro piensan que es solamente una frase gloriosa que decora su fraude, un concepto relativo que oculta su mentira, esta vez y sin que sirva de precedente Rajoy ha dado con su frase en el clavo.
Su "recargo temporal de solidaridad", nunca ha podido ser mas cierto. Porque si acudes al diccionario de la Real Academia de la Lengua -y esto explica un par de miles de líneas tarde el comienzo de este post- puedes leer:
Solidaridad: Adhesión circunstancial a la causa o a la empresa de otros.
Y eso es lo que es esto. Eso es lo que es esta subida de impuestos. Una adhesión circunstancial -y en nuestro caso la circunstancia es que el gobierno nos obliga- a la empresa de otros -y en este caso son los grandes bancos, y las corporaciones-.
Nunca un eufemismo fue tan cierto.
Rajoy nos hace solidarios de la necesidad de que otros y las empresas de otros mantengan sus niveles de beneficio, mantengan sus ganancias que luego serán distribuidas, en forma de dividendos, entre sus accionistas, no reinvertidas. No reutilizadas en la creación de empleo, sino simplemente transferidas a cuentas en el BNP de Luxemburgo o en el Banco Internacional de Caiman Brac para uso y disfrute de los rentistas.
Por eso somos solidarios. Porque nuestros sacrificios les producen beneficios a las empresas de otros. Beneficios que nosotros no veremos ni disfrutaremos.
Y aunque algunos de los amigos de siempre vean en esta afirmación mi ramalazo anarquista de entonces, intentaré explicarme.
Puede que controlar el déficit sea la solución. Y digo puede porque Brasil será en el primer trimestre de 2012 la quinta economía del mundo y su déficit y su gasto público esta once puntos por encima del de Grecia -la peor de los nuestros-; porque China es la primera economía del mundo -aunque digan que es la segunda- y nadie sabe si controla o no su déficit; porque Estados Unidos es el mayor generador de riqueza -no de reparto de la misma- del mundo y aunque el déficit federal se coloca en un asumible cinco por ciento, su déficit estatal -es decir, el que para nosotros sería autonómico- se dispara hasta el dieciocho por ciento.
Pero hagamos caso a la matrona alemana de furia pronta y memoria histórica huidiza y pongamos que hay que controlar el déficit.
Para eso necesitamos 36.000 millones de euros. Hagamos cuentas -Yo me hice de letras creyendo que la palabra y las ideas salvarían al mundo y ahora resulta que tengo que tirar de economía. ¡No sé qué haría sin la calculadora de Windows!-.
La banca española -sólo la banca- obtuvo el pasado año, después de impuestos 11.000.000 millones de euros de beneficios, según el informe del Fondo Monetario Internacional -para los escépticos-.
El dinero destinado a fundaciones sociales -que se desgrava íntegramente y a fundaciones culturales -que se desgrava en un cincuenta por ciento- fue de 8.000 millones de euros.
Veamos.
Si se les impiden las aportaciones a esas fundaciones que no son otra cosa que formas bellamente camufladas de eludir los impuestos -podemos pasarnos un año sin que Unión Fenosa sufrague la exposición de un individuo que clava con un hierro herrumbroso un trozo de carbón sobre un cacho de césped y le llama "Madre Asturias". Y es algo literal- tenemos unos beneficios de 19.000 millones después de impuestos.
Si les subimos un diez por ciento los impuestos -¿por qué?, porque somos el gobierno y si no le gusta que el Santander cierre todas sus oficinas en España y las abra en Madagascar, por ejemplo- , tendríamos que a ellos aún les quedan 15.000 millones de beneficios para repartir entre accionistas, sufragar exposiciones y fundar hogares de acogida para inmigrantes o potenciar la integración de discapacitados. Que no seré yo quien diga que todo eso no es necesario.
Pero nosotros, la España de andar por casa, que no somos ni discapacitados, ni artistas New Age, hemos ganado para nuestras arcas la no desdeñable suma de 4.000 millones de euros.
¡Estupendo, solamente nos quedan 32.000!
Y eso contando a los bancos, que otras corporaciones como Iberdrola, Telefónica o FCC también se encuentran en la misma situación y hacen la misma operación de cambiar impuestos por cuadros caros y supuestas acciones sociales que rara vez llegan a nada.
La solidaridad ha sido siempre -diga lo que diga la RAE- el compromiso de los que mas tienen con los que menos tienen, pero en este nuevo y rajoniano -¡como me gusta inventar gentilicios!- concepto es al revés.
Tres cuartas partes del esfuerzo solidario lo hacemos las clases medias y bajas, o sea los que trabajamos por un sueldo.
¿Y el capital? el capital aporta a nuestra tirita anti déficit 1.400 millones de euros.
Pero... ¡Un momento!. La bolsa, o sea el capital español, ha crecido en 25.000 millones de euros este año. Pese a la crisis de la deuda, pese a los bandazos, pese a la siempre aparente congoja de nuestros inversores y al perpetuo acojonamiento egoísta de nuestros accionistas, los beneficios bursátiles han experimentado 25.000 millones de euros de aumento.
Apliquemos un diez por ciento más de recargo impositivo sobre esas rentas -no un 0,5 como ahora-.
¿Por qué?, porque nos hace falta, porque no tenemos mas remedio. Porque los inversores y rentistas no pueden pretender que sus rentas sean intocables mientras nuestros sueldos no lo son, que sus ganancias sean sacrosantas mientras los réditos de nuestro trabajo disminuyen por el incremento del coste de la vida y de sus impuestos.
Bien, pues si aplicamos ese porcentaje, tenemos ni más ni menos -según un estudio realizado por el instituto Americano de Inversiones, nada sospechoso por otra parte de rojo, republicano, radical, revolucionario ni ninguna otra "erre" que se nos ocurra- que 6.000 millones más de ingresos en nuestras arcas públicas, marcadas por estigma del déficit cero, aquejadas por el síndrome psicológico del techo de déficit que Alemania necesita para que le cuadren sus negocios con Europa.
32.000 - 6.000 = 26.000. Esto es fácil hasta para uno de letras puras como yo. Si queréis os lo pongo en griego Koiné.
Y luego subamos los impuestos. Pero todos. De hecho, antes de subirlos hagamos que todos paguen sus impuestos.
Y para eso solo hay que hacer una cosa. Obligar a la donación del piso como único pago de las hipotecas.
Eso y hacer que los bancos paguen el impuesto de transacciones y las plusvalías.

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20
Dic 2011

El Presidente Rajoy ya imita nuestros vicios

Escrito por: gboneque el 20 Dic 2011 - URL Permanente

A Estados Unidos le crece una retirada de tropas a toda prisa y por la puerta de atrás -aunque no tanto como en Vietnam, todo sea dicho- donde hace nueve años había una hipotética y aplastante victoria. A Pionyang le crecen los tiranos y la muerte y la historia le sustituyen a un dictador cansado, anciano y sin ganas de casi nada por otro joven, pletórico y ansioso de ganarse un puesto junto a sus antecesores en la galería de la fama de la amenaza y la crispación mundial. A Europa le crece una unión fiscal en el desastre en la misma jardinera en la que debería estar creciendo otra cosa que hiciera referencia a éticas y pueblos y no a dineros y mercados. A Sudamérica la crece una unión económica que ya empieza a ser, como la nuestra, más económica que unión. Y a África no le crece nada. Nada salvo la guerra y el hambre, claro está.
Y entre tanta germinación cuasi primaveral en pleno invierno aterido y griposo a nosotros nos crece lo de siempre.
A nosotros nos crecen los enanos. ¡Uy perdón, los gobiernos!.
El otrora moderado y moderable Rajoy, que fuera delfín, que fuera ministro, que fuera líder de la oposición, ya es Presidente del Gobierno. Falta el trámite de la votación pero, a estas alturas, en España las votaciones son cada vez más un trámite prescindible, según se ve.
Y se nos torna épico y estético, se nos vuelve arrojado y valiente, se nos presenta incendiario y locuaz. Concreto no -que por muy presidente que sea no ha dejado de ser gallego-, pero todo lo demás sí.
Y en su discurso de investidura clama en el vergel de su mayoría absoluta para que todo el mundo le escuche, por aquello que hay que hacer, que no se ha hecho y que se hará. En un discurso digno del mismísimo Trillo -¡manda huevos!- nos pinta y nos dibuja el pasado, el presente y las necesidades del futuro. No el futuro en sí mismo. No la realidad de ese futuro sino lo que él querría que fuera esa futuro.
Y para lograrlo nos da tres pinceladas, tres normas fundamentales, tres primeros acercamientos al nuevo prisma por el que, al parecer, tendremos que pasar nuestra nueva realidad.
Y esas tres pasadas cromáticas de pintor de brocha gorda no nos dan solamente una imagen de lo que es Rajoy, de lo que será la política del gobierno del PP los próximos cuatro años, de lo que es la base ideológica en lo económico y ética en lo político de las huestes y los mandos de Génova, ahora en La Moncloa. Esos tres brochazos nos muestran lo que somos, lo que queremos ser y el motivo por el cual Rajoy ha sido aupado con nuestros sufragios al lugar que ocupa con toda legalidad.
Esos tres manchones nos demuestran que no queremos cambiar, que no lo hemos hecho y que hemos puesto al mando a alguien que quiere asegurarnos que no tengamos que hacerlo.
Para empezar a bombo y platillo, entre aplausos ensordecedores y constantes a los que solamente les falta la ola y el ritmo de las palmas tango, anuncia que subirá las pensiones.
Y eso parece bueno. Eso desde luego es bueno para los pensionistas. Nunca una campaña electoral para la reelección empezó tan pronto.
No voy a ser yo el que clame por una rebaja pero deja claro que hemos decidido pensar en el presente y abandonar a su suerte al futuro.
Recortamos salarios funcionariales, ajustamos plantillas, estudiamos condiciones de contratación con menos ingresos -y eso ya lo hacen los gobiernos autonómicos del PP, no es una profecía- pero subimos las pensiones. Damos en el presente intentando salvar el ahora, ignorando el futuro.
Porque con una población cada vez más vieja, con el 25 por ciento de nuestros jóvenes en pleno estado de doble Generación Nini -ni estudian ni trabajan, ni están, ni se les espera-, con nuestra lívido natalicia prácticamente al nivel del Estado Vaticano y claramente por debajo del de La Meca, cada céntimo, cada euro que salga ahora en dirección a las paupérrimas cuentas corrientes de pensionistas y jubilados es uno menos que dentro de diez o quince años tendrán para pagar a los que entonces extiendan su cartilla bancaria exigiendo lo que sus cotizaciones y su trabajo de este presente debería garantizarles en su vida por llegar.
Puede que Rajoy lo haga por electoralismo anticipado, puede que el PP crea que lo hace con convicción económica y puede que los pensionistas de hoy crean que se hace por justicia, pero en realidad Don Mariano, el señor Presidente del Gobierno, lo hace porque es como nosotros.
Porque es el espejo en el que se refleja esa sensación de que somos los últimos que vamos a habitar este planeta, de que toda la historia y todos los recursos deben destinarse a nuestro bienestar actual y presente. De que somos los únicos que tenemos derecho a la vida porque nuestros antecesores ya están muertos y nuestros vástagos aún no han nacido y nunca nacerán.
Mariano sube las pensiones actuales poniendo en riesgo las futuras por lo mismo por lo que nosotros firmamos hipotecas millonarias -en euros- apoyados en la posibilidad de una herencia futura, por lo mismo por lo que sacrificamos relaciones que exigen responsabilidad para no tener que privarnos de las copas del viernes por la noche o del polvo con fin de semana romántico en spa de cuatro estrellas de los sábados, por lo mismo que nuestro nivel de ahorro es el más bajo de Europa o que nuestro recurso a la liquidez continuada facilitada por los progenitores parece un derecho inalienable garantizado por La Constitución.
Por lo mismo que nos negamos a compartir la vida con nadie hasta que no haya un solo atisbo de riesgo de que algo salga mal, por lo mismo que hemos antepuesto unos miserables cien euros en la nómina de un mes a la estabilidad laboral de aquellos que vendrán tras nosotros, por lo mismo que hemos inmolado los derechos laborales de todos los que trabajaran o intentarán hacerlo dentro de una década para no poner en riesgo nuestro puesto de trabajo actual.
Mariano, al igual que otros hicieron antes que él, nos ha dado simplemente el reflejo de nuestro egocentrismo más absoluto, de nuestra falta de compromiso con las generaciones pasadas y futuras. De nuestro egoísmo.
Y esa es solamente la primera.
La segunda pincelada adelantada por Mariano también nos dibuja a nosotros mismos. También nos convierte en partenaires de la danza en el espejo que nuestro nuevo presidente baila con nosotros mismos.
El ínclito Rajoy ahorrará 16.000 millones de euros. Así para empezar.
Y claro, los perdedores -con muy mala baba, pensarán algunos- le preguntan que de dónde los va a sacar.
Don Mariano se resiste y permanece como buen gallego durante horas en mitad de la escalera para que no se sepa si sube o baja, se mantiene firmemente parado justo en la esquina para que nadie pueda intuir si va a seguir de frente o girar en alguna dirección.
Pero al final tiene que hacerlo. Es lo que tiene ser presidente. No puedes dejar de hablar cuando te viene bien.
Y es entonces cuando el proceloso gallego recientemente investido comienza a parecerse un poco más a lo que somos.
sigue en...
http://lefthandgod.blogspot.com/2011/12/el-presidente-rajoy-ya-es-uno-de-los.html

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