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25
Ene 2012

Wuterich Inc. abre a la baja en el mercado de la vida humana

Escrito por: gboneque el 25 Ene 2012 - URL Permanente

Como los mercados andan en situación de soponcio permanente y parece que las autoridades económicas no son capaces de apartarlos de los sobresaltos constantes que están a punto de llevarnos a nosotros a urgencias -por desnutrición, claro está- parece que las autoridades militares estadounidenses han decidido tomar cartas en el asunto.
No es algo normal en un país en el que los militares son listos y no dejan ver que están por encima del poder, más allá de la ley y en el centro mismo de la economía, pero parece que la situación es tan grave que han decidido intervenir.
Y su idea ha sido abrir un nuevo mercado. Uno que permanezca estable y que contribuya a tranquilizar a los otros. Uno que no dispare la inflación y en el que la especulación, aunque inevitable, se mantenga dentro de los límites razonables.
La Auditoría Militar de Los Estados Unidos de América, con sede en Maryland, Virginia, ha inaugurado con éxito el mercado de vidas civiles. Un mercado por supuesto internacional en el que todos están invitados a participar.
Y para demostrar que es un mercado diferente, un mercado estable, han permitido que abra a la baja. La vida humana se cotiza a cero y bajando con un vencimiento aproximado de tres días.
¿De dónde sale esta cifra? Muy sencillo. Es el resultado de dividir las 25 personas que murieron en un ataque de furia de las Corps de Marines en Irak por entre los días de condena que le han impuesto al único encausado por tal masacre. Tres meses de condena por 25 personas muertas. Aproximadamente tres días y pico por cada una.
Ciertamente el mercado de vidas ha abierto a la baja.
Ya se barruntaba algo así con los experimentos anteriores. La Compañía de Marines miccionadores, primera entidad militar en cotizar en este nuevo mercado, anticipaba algo por el estilo. Que les acusaran de conducta impropia y simplemente se les condene a un par de meses de reclusión y a la licenciatura con deshonor por orinarse en el rostro de unos afganos muertos no era una señal muy halagüeña para la apertura del mercado de vidas militar en Estados Unidos.
Pero lo de la sentencia al sargento del Marine Corps Frank Wuterich ha hecho desmoronarse la cotización a límites que no se veían desde la Gran Depresión. 25 muertos, tres meses es una correlación que pocas civilizaciones pueden ni siquiera entender.
Pero no es que los auditores militares estadunidenses no hayan encontrado pruebas de lo ocurrido, no es que solamente se le pueda acusar de negación de auxilio o de no impedir la matanza que otros perpetraron. Es que han hecho un trato. Así de sencillo.
Ellos saben que al chaval, de 31 años, 24 cuando ocurrieron los hechos -¿alguien me puede explicar cómo es posible que un sargento tenga 24 años y se le envía a liderar hombres a la guerra?-, ordenó que se matara sistemáticamente a toda persona que se encontrara en la aldea iraquí de Thaer Thabet al-Hadithi después de que una bomba colocada en la carretera hiciera saltar por los aires el primer coche del convoy que comandaba y matara al conductor.
Ellos saben que el mismo sacó a un taxista a dos adolescentes de un coche y les descerrajó dos tiros a cada uno en la cabeza mientras sus hombres, siguiendo sus órdenes, entraban en las casas y ametrallaban a todo el que se encontraban por delante.
No es que ignoren que entre ellos diez mujeres y niños. No es que importen más que los hombres, pero en estos casos parece que es más grave, que son más civiles. Como si a un varón no se le concediera nunca del todo la condición de no combatiente. Como si no se la hubieran ganado con creces a lo largo de los siglos.
No es que no hayan visto la cinta que grabó un habitante de la aldea escondido en una azotea que logró escapar de la carnicería en la que se ve al sargento de marras animar a sus hombres a que, así, sin preguntar, sin ninguna demora, arrojaran granadas de fragmentación por las ventanas y las puertas de las casas antes de entrar en ellas.
No es que desconozcan que hasta los propios soldados que acabaron con esas vidas supieran que estaba mal lo que estaban haciendo hasta el punto de que se inventaron un ataque de insurgentes posterior a la explosión para justificar los cadáveres que fue reflejado en la prensa de entonces y en el parte militar de bajas, más o menos así.
"Un soldado del Marine Corps de EE UU y 15 civiles perdieron la vida ayer por la explosión de una bomba en una carretera en Haditha. Inmediatamente después de la explosión, hombres armados atacaron el convoy con armas de fuego. Soldados del ejército iraquí y los marines respondieron a los disparos, matando a ocho insurgentes e hiriendo a otro".
Los auditores militares saben que ocurrió todo eso y no se preocupan por negarlo pero como no se le puede joder la vida al chaval, han decidido que todo eso no constituye un delito de homicidio. Ni siquiera sacar de un taxi a un ser humano -a tres en este caso- y dispararle en la cabeza es un homicidio.
Es algo vagamente llamado negligencia en el deber, pero no es homicidio. Ni por supuesto asesinato, masacre, matanza o ejecución ilegal. ¡Hasta ahí podíamos llegar!
No sé si es que se ha inventado una nueva figura penal que se debería bautizar como iraquicidio o islamicidido o civilicidio o xenocidio -¡anda, esa ya existe, de nuevo el mítico Orsond Scott Card nos lleva la delantera!- que no deba penarse porque esas muertes no importan a nadie, pero el caso es que si matar a 25 personas no es un homicidio porque se produce en Irak, si hacer saltar un coche por los aires con su ocupante dentro no es un acto de terrorismo porque ocurre en una avenida de Teherán, entonces el nuevo mercado financiero de las vidas humanas va a seguir a la baja.
Y no vamos a poder pararlo. No vamos a poder hacerlo repuntar.
Los locos fanáticos de la yihad se encogerán de hombres cuando una de sus bombas haga saltar por los aires a otros diez, veinte, cien, o tres mil estadounidenses, españoles, ingleses o franceses y dirán que el occidentalicidio no es homicidio, los que utilizan la fuerza y la violencia para defender cualquier punto de vista -razonable o no- impondrán el mismo criterio cuando hagan volar un autobús y dirán que el civilicidio no es homicidio, cuando ametrallen un cuartel de una fuerza de ocupación y dirán que el xenocidio no es homicidio.
La Auditoria Militar estadounidense ha abierto un mercado con su arreglo con el sargento Wuterich por el cual no podemos echarle nada en cara a las lapidaciones iraníes, a los asesinatos represivos sirios, a los escuadrones cívicos y sus acuchillamientos en la noche de Chávez en Venezuela, a las ejecuciones sumaria iraquíes, a los asesinatos nada selectivos israelíes -bueno, a esos poco les echamos ya en cara-, a las limpiezas étnicas birmanas, a los asesinatos religiosos en Nigeria, a las ejecuciones sumarias en China, a las muertes de disidentes en Cuba, a las matanzas secretas y públicas de los cárteles en México.
Porque en este nuevo mercado de vidas que cotizan a tres días y pico de vencimiento el "otrocidio" no se pena, no se castiga. Y nosotros, aunque nos creamos el centro del universo en expansión, siempre seremos "los otros" para aquellos a los que nosotros tratamos de igual forma..
Alguien me dijo ayer sin ir más lejos que ya no hay ética en el mundo y yo le dije que se equivocaba de medio a medio. Se lo dije y lo mantengo.
La ética está ahí y es solamente nuestra renuncia a ella lo que hace que no se aplique. No podemos esperar que la ética se personalice en una bella figura de corte heleno con túnica, como la justicia, la victoria o la venganza clásicas, y nos obligue a respetar su imperio.
Ya está ahí. Ha estado siempre. Por eso los heroicos componentes del Primer Batallón de Marines destinado en Irak -¡Semper Fi!- fingió un ataque insurgente, porque sabían que lo que acaban de hacer atentaba contra cualquier ética conocida o por conocer; por eso la Auditoria Militar de Los Estados Unidos de América se ha inventado un rocambole judicial para no fusilar al sargento de marras, porque sabe que lo que hizo es una locura, es una falla ética de las dimensiones de la de San Andrés, por eso los locos furiosos se inventan explicaciones divinas e interpretaciones proféticas, porque saben que lo que hacen no responde a ética ninguna.
La ética está ahí. Pero nosotros la dejamos descansar.
Ella no se ha esfumado. Somos nosotros los que hemos desaparecido. Es el Género Humano el que se difumina sin prisa pero sin pausa. Somos nosotros, todos nosotros, los que hemos encerrado a la ética en lo más profundo de nuestros endurecidos y cada vez más inservibles corazones, custodiada por un regimiento de nuestros egoísmos y una brigada especial de nuestros miedos, y hemos tirado la llave a la más profunda de las simas marinas que hemos encontrado.
Parte de la decisión que tomamos cuando...
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20
Ene 2012

El porno le pone un condón a nuestra inteligencia

Escrito por: gboneque el 20 Ene 2012 - URL Permanente

Si ya sabía yo que tarde o temprano, por mucho que quisiera escapar del negocio más rentable de Internet, tendría que llegar el día en el que tendría que hablar de él. Porque, al fin y al cabo, es de lo más lógico suponer que la actividad más endemoniadamente diabólica del mundo -y valga la redundancia estilística- tenga cabida en estas líneas.
Así que, hablemos de Porno.
Ya sabemos que ninguno ve esas cosas, que todos los enlaces de nuestro ordenador a ese mundo son equivocaciones o spam malintencionado y que no hemos sido nosotros los que hemos abierto esa carpeta que contiene 12.000 fotografías de neumáticas bellezas en posiciones mucho más que obvias.
Ese es el nivel de hipocresía que resulta tolerable y hasta comprensible con respecto al porno. Pero ahora, en ese intento nuestro por dar siempre un paso más que nos arroje todavía más profundo al agujero abisal de nuestra incoherencia, hemos avanzado un poco más.
El gobierno municipal de la mítica Ciudad de Los Ángeles, bajo cuya jurisdicción se encuentra la meca del cine porno que mueve la friolera de 3.000 millones de dólares al año, ha impuesto la normativa de que todo acto sexual que se realice durante la grabación o rodaje de una película pornográfica tiene que hacerse con preservativo.
Si yo viera o viese ese tipo de producciones -que no lo hago nunca, como los otros setecientos millones de usuarios que no lo hacen tampoco nunca- no es que me fuera a preocupar el aspecto enfundado o no del miembro viril de nadie porque no creo que me fijara en eso-que yo no digo que no me fije, porque no lo veo-, así que en principio no creo que me afectara demasiado.
Pero lo que si me afecta con un punto de desesperación divertida es la absoluta hipocresía que hay detrás de esa medida.
La completa y ridícula hipocresía occidental atlántica que se destila tras la instantánea de una encendida militante de la lucha contra el SIDA que agita ante el ayuntamiento una pancarta en la que puede leerse "Los preservativos salvan vidas" para presionar a la alcaldía de Los Ángeles para que adopte la medida.
No sé si es que su lucha la ha retirado el foco de la realidad -cosa que suele ocurrir en un momento u otro con todas las militancias radicales- o que el puritanismo estadounidense ha alcanzado proporciones vaticanas. Dicho esto sin ánimo de menospreciar en modo alguno las profundas e importantísimas diferencias doctrinales sobre la virginidad de la pobre María -cuyo virgo ha sido destruido y reconstruido más veces a lo largo de la historia que la ciudad de Londres- y la libre interpretación o no de los cuentos mitológicos -¡Uy, perdón!, las Sagradas Escrituras-.
No voy a ser yo el que le quite la razón a la militante y a su lema. Tiene más razón que un santo. Las salva por evitar que se muera por practicar sexo de una efermedad y por evitar que haya que matar a aquellos que no hubieran sido concebidos si se hubiera tirado de la responsabilidad de controlar tu cuerpo y tus relaciones. Pero esgrimir ese argumento para imponer el uso profiláctico en la industria del porno es tan absurdo como correr con un balde de agua a apagar el incendio de Roma.
Eso se puede utilizar para criticar la posición vaticana con respecto a los preservativos pero no contra la industria del sexo filmado estadounidense.
Claro que el sida está matando gente. Puede que en el Occidente Atlántico no tantos como antaño, pero asola África y Asia como una plaga. Mas los militantes estadounidenses olvidan una realidad tan evidente que da miedo que no la tengan en cuenta.
Los africanos no dejan de ponerse preservativos porque vean las películas pornográficas occidentales y emulen a los actores y las actrices porno en su furia fornicadora a pelo y en directo. No dejan de utilizar condones porque el visionado de esas películas les lleve en su pagana inocencia -no olvidemos que son africanos y por tanto han de ser inocentes salvajes por definición- a creer que eso es lo correcto y saludable.
No utilizan condones por dos motivos fundamentales: porque no los tienen y porque no les importa no tenerlos.
Lo primero es directamente culpa nuestra o, para ser más concretos, de nuestras empresas farmacéuticas, que se niegan a liberar sus patentes y facilitar así la distribución de profilácticos entre una población que no tiene dinero ni para comer. Unas empresas que les piden que se gasten veinte dólares en una caja de doce unidades. El presupuesto que los afortunados tienen para comer durante todo un mes.
Y la segunda causa, el hecho de que no les importe no tenerlos, también es casi completamente culpa nuestra.
Porque para nuestro beneficio, para mantener el statu quo que nos garantiza la prosperidad y el bienestar -o por lo menos que nos lo garantizaba hasta hace un par de días, como quien dice- hemos mantenido esos continentes en guerra continua, en una situación donde la vida humana es tan precaria que no merece la pena preocuparse de esas cosas.
En un continente donde se amontonan la inmensa mayoría de los diez millones de maneras de morir del mítico filme, donde la esperanza media de vida de una mujer es de 31 años y la de un hombre de 26 primaveras, las cosas y las vidas se ven de otra manera.
Eso es lo que hace que la frase dicha al siempre intenso hasta a veces el exceso Nicolas Cage en El Señor de la Guerra por una sugerente belleza negra al mejor estilo Naomi Campbell cuando se niega a acostarse con ella porque no encuentra un condón en mil leguas a la redonda adquiera tintes de axioma científico irrefutable.
"Para qué preocuparte de algo que puede matarte dentro de veinte años si hay alrededor tantas cosas que pueden matarte dentro de veinte minutos".
Así que el argumento del ejemplo no sirve de mucho. Más si se tiene en cuenta que no creo que haya tanto consumo de porno estadounidense en Mali o en Tanzania.
Porque desde luego un adolescente -real o mantenido en el tiempo hasta los cuarenta, como lo son ahora- del mundo occidental no va a usar un condón por que lo haga Rocco Sifredi o Nacho Vidal -¿dónde habré escuchado yo esos nombres si yo no veo porno?. Sólo va a hacer caso a sus hormonas y a sus deseos -sea hombre o mujer, tengámoslo claro-. En occidente hace mucho tiempo que no aprendemos de los errores ajenos. Y mucho más que nos negamos a tomar nota de los aciertos de otros.
Así que nos empezamos a quedar cortos de argumentos. Y supongo que por eso los munícipes angelinos esgrimen la protección de la seguridad de los actores.
Hombre, podría pasar. Pero la industria del valle de San Fernando -curioso que la industria del orgasmo se asiente en el valle al que da nombre uno de los pocos santos que se dice que murieron en completo y absoluto éxtasis. Contemplativo, eso sí- lleva protegiendo a sus actores desde que el desencadenante de esta plaga moderna estuvo a punto de matarlos a todos.
La industria exige análisis mensuales para actuar, exige que una primera intervención en un rodaje tenga un periodo de tres meses de espera para que los análisis no puedan ocultar los periodos ventana de la enfermedad. Sus actores y actrices –más sus actrices, me temo- son sus principales activos y sus fuentes de ingresos. Aunque no lo hagan por responsabilidad, lo harán por avaricia.
Como se van quedando sin argumentos formales tiran de los materiales y los concejales mantienen que es responsabilidad y derecho de la autoridad municipal regular las condiciones de salud en los centros laborales.
¿Significa eso que será delito practicar sexo en una oficina sin preservativo?, ¿significa que no podrás acostarte con un compañero o compañera de trabajo sin usar un condón?, ¿significa que no podrán achucharse, así en un pronto pasional, en una esquina recóndita del centro de trabajo -como me han dicho que hacen en esas películas y en otras, que yo esas escenas no las miro siquiera- si no pueden demostrar que llevan un preservativo en el bolso y otro en la cartera por si falla el primero?
¡Y borrad esa divertida sonrisa de vuestros rostros!, porque el bueno de Julian Assange, autoproclamado paladín de la fuentes informativas al descubierto y la información libre, ya está a punto de ir a chirona por empeñarse en practicar sexo a pelo. Que eso es delito en Suecia –¿comprendemos ahora sus problemas con la natalidad?-.
Así que, agotados todos los argumentos por falaces, inconsistentes o simplemente absurdos, aflora lo que simplemente es la más pura y total incoherencia puritana.
Lo único de lo que se trata es de poner impedimentos a algo que no nos gusta, que nos remueve nuestras tripas morales por debajo del ombligo, de tratar de buscar la destrucción de algo que consideramos desde nuestra moralidad que es pernicioso o degradante.
Se trata, una vez más, de intentar imponer nuestra forma de ver el mundo
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15
Ene 2012

El extraño caso de Bradley Manning y los marines miccionadores

Escrito por: gboneque el 15 Ene 2012 - URL Permanente

Toda comparación es odiosa o al menos esos dicen. Supongo que es odiosa para quien sale perdiendo en ella o para aquel que no encuentra otra forma de reafirmarse en lo que es que comparándose con los demás. Pero, en cualquier caso, por una vez y sin que sirva sin precedente, estoy de acuerdo con el tópico. La comparación es odiosa.

Al menos la que hace que los tribunales militares estadounidenses, con sede en la Comandancia de Marina de los Estados Unidos en la verde y siempre respetable Virginia, estén en estos días ocupados y en un sinvivir y en una actividad frenética actividad que no se recordaba por aquellos lares desde el juicio de por la Matanza de May Lai -si es que acallo pudo llamarse juicio-.
Pues bien, la comparación nos coloca frente a frente a un individuo con cara de haber perdido su pareja rubia y de traje de predicación adventista los domingos por la mañana y a cuatro individuos que parecen el máximo exponente de los anuncios de gafas de sol para países en guerra.
El uno con un aspecto de pardillo que se equivocó de oficina y acabó reclutado por error por un sargento que cobraba un plus por cada enganche.
Los otros con la apariencia que se suelen gastar todos aquellos que se alejan de su casa y de su rutina para ir al otro extremo del mundo impedir, arma en mano, a otros que lleven a cabo su rutina en sus casas.
En fin, la comparación nos coloca frente a frente, en idéntico banquillo e idéntica situación, al soldado Bradley Manning y a cuatro integrantes del siempre glorioso Tercer Batallón del Segundo Regimiento del Marine Corps, con base en Camp Lejeune, Carolina del Norte -¡Semper Fi!-.
Aunque suene algo duro, algo intenso y quizás demasiado sonoro para lo que realmente es, dado el efecto pernicioso que las imágenes de fusilamientos sumarios han surtido en nuestra imaginación, todos ellos van a ser sometidos a un consejo de guerra.
Y ese es el primer elemento de comparación. EL primero y el único. Porque en todo lo demás podríamos decir que tienen, más allá de las tallas de uniforme, unas pequeñas y sutiles diferencias.
Manning va a ser juzgado por el caso de los famosos cables de Wikileaks. Es decir por haber filtrado -no me extraña que con esa cara de inocente se dejara engatusar por ese aspecto de canosos casi espía trasnochado que se gasta Asante-. Los otros por acciones realizadas durante su servicio en Afganistán.
El uno por ponerse el mundo por montera y poner en conocimiento del mundo entero hasta lo que pensaba Obama cuando se retiraba al excusado o lo que opinaba el embajador de Estados Unidos ante la Santa Sede sobre la ausencia de cine porno en la televisión por cable vaticana.
Resumiendo, por cagarse en su juramento de confidencialidad y de no revelar secretos.
Los actos de los otros son más simples y quizás nunca los hubiéramos sabido si con esto de Wikileaks no se hubiera puesto de moda eso de revelar cosas secretas del ejército estadounidense. Así que, a lo mejor, si se declara culpable a Manning a ellos se les tenga que declarar inocentes.
Los otros simplemente fueron a Afganistán y tras matar a algunos talibanes -única veda que queda abierta por aquellas tierras, en esta época del año- se mearon en ellos.. Simple i directo, así como suena. Se sacaron sus partes pudendas y se orinaron encima del rostro de unos cuantos talibanes a los cuales habían acelerado -probablemente con razón- el camino al paraíso.
El uno defecó en su reglamento de forma figurada y los otros miccionaron en su enemigo de forma literal.
Ambos comparten el recurso a la escatología más básica y primaria y el hecho de que ambos van a ser objeto del interés de un auditor militar. Ahí acaba todo parecido entre ambos.
Porque las diferencias comienzan a imponerse a las semejanzas. Uno es un traidor con todas las letras. O lo será si le declaran culpable, Ha mostrados las verdades de su nación al descubierto -que no eran mentiras, lo cual probablemente hubiera sido menos grave- y la ha traicionado. La ha colocado en una posición de gran riesgo y resulta lógico que todo su país se avergüence de él.
Cualquiera diría que le ha entregado las claves de acceso a todos los bastiones armados de los estados unidos allende sus fronteras a los Martiries de Al Aqsa o a Hamás o la siempre temida y temible Al Qaeda.
Cualquiera diría que lo que ha entregado no han sido una colección de opiniones diplomáticas -que por diplomáticas no hubieran tenido que ser extemporáneas ni insultantes- y una colección de pruebas de hechos ya consumados de los que todos teníamos serias dudas sobre las versiones vertidas por el Gobierno de los Estados Unidos de América.
El uno es la quinta esencia de la perversión y ha traicionado la misión para la que le entrenaron, el trabajo que le encomendaron y la confianza que el pueblo americano -el pueblo americano siempre termina siendo sacado a colación en estos casos-.
Es un traidor porque si su gobierno había decidido mentir y engañar, manipular y guardar en secreto acciones ilegales y éticamente dudosas era por el bien de la nación. Y aunque estaba mal hacerlo, él no era quien para sacarlas a la luz.
Por eso Bradley Manning será juzgado por traidor a la patria. No por revelar documentos secretos, no por incumplimiento del reglamento de Marines. Será juzgado por traición y el fiscal pedirá para él la reclusión a perpetuidad en el nada exótico pero siempre citado penal de Fort Leavenworth.
Porque encima, para ahondar más en la vergüenza que ha originado a su nación, el soldado Manning es homosexual - o se lo parece a su sargento, que nunca se sabe, estos chicos del los Marines tiene bastante alto y agresivo el listón del a masculinidad-. Y allá en los felices años de su destino en Irak, eso estaba prohibido en el ejército de los gendarmes de la libertad planetaria.
Así que, si todo va como el auditor militar quiere, Nanning se pudrirá en prisión hasta la muerte.
Esa sentencia, dura en extremo pero ajustada a derecho, supongo que servirá de escarmiento a todo aquel que vuelva a sentir la tentación de filtrar o hacer públicos conocimientos que todos deberíamos tener -sobre todo los ciudadanos estadounidenses, ya se sabe, el pueblo americano ese que tanto se llevan a la boca, el que se avergüenza de Manning-.
Y eso me hace temer por la suerte de los otros, de los cuatro miembros del 3er Batallón del Segundo Regimiento de Corps de Marines -¡Uaaa!-, cuya identidad se preserva en estricto cumplimiento de las normas de enjuiciamiento hasta el momento del proceso -¡Anda, ¿cómo es que conozco el nombre de Bradley Manning?!-. En un país en el que existe la pena de muerte en su ordenamiento civil y militar temo que los coloquen atados a un poste en mitad de una pista fuera de uso de la Base Aérea de Andrews y dice tiradores de élite den cuenta de sus vidas para mayor gloria de la dignidad y el honor del ejército de Los Estados Unidos de América.
Pero me relajo y tranquilizo cuando me doy cuenta de que no va a ser así. El auditor -otro auditor militar- pediría para ellos entre uno y tres años de cárcel y la licencia con deshonor por conducta impropia de un Marine.
Ellos sí que cumplieron con su deber. Ellos son buenos chicos que combatían el mal y que por causa de la presión bajo el fuego hicieron algo que está mal, vale, pero que no puede ser considerado una traición a su patria.
Al fin y al cabo se mearon en el enemigo, no en la bandera estadounidense. Al fin y al cabo estaban allí arriesgando su vida para acabar con el terrorismo y para hacer de este mundo un lugar mejor bajo la vigilante y amorosa mirada del gobierno estadounidense.
Menos mal. Es un alivio.
Porque esos pobres chicos que orinaron encima de unos cadáveres no han traicionado la misión que les encomendó su gobierno de proteger a la población afgana y de tratarla con respeto y dignidad, no han traicionado las Reglas de Compromiso firmadas por su ejército que les obliga a tener una actitud decorosa para con los caídos de ambos bandos.
Ellos no han traicionado y avergonzado a su país -o por lo menos a todos los que tengan dos dedos de frente en su país- haciendo que el mundo les vea como bestias inhumanas incapaces de bromear junto a un cadáver y de encontrar placer en humillar a alguien que ni siquiera puede percibir esa humillación.
Ellos no han faltado a su juramento de respetar la dignidad del ejército americano al mostrárselo al mundo como una colección de bestias inhumanas con gafas de sol de temporada que hacen con sus enemigos vencidos lo que ni siquiera hacían los atrasados guerreros medievales. Ellos han cumplido con el deber de todo soldado de defender la dignidad y el honor de su ejército en la batalla y fuera de ella. Ellos no son traidores. Un poco maleducados para servir en el ejército quizás, pero no traidores.
¿Traidores a su país por dedicarse a hacer algo que pone en peligro su misión y que puede acarrear repercusiones y represalias de los locos furiosos del yihadismo?, ¿traidores a su ejército por dejarle por los suelos y comprometer sus actividades militares en otras partes?, ¿traidores a su pueblo por demostrar que el dinero que sale de sus impuestos se dedica a pagar a psicópatas que cometen atropellos por diversión y atrocidades por aburrimiento?
Traidores a la humanidad por orinar encima del rostro de un cadáver. Es que ¿es necesario decir más?
Pero mi indignación por la comparativa entre Manning y los anónimos miembros del Tercer Batallón del Segundo Regimiento de Corps de los Marines muere en sí misma, fenece en su inicio porque no encuentro culpable de esa atroz legislación, de esa cruel y absurda dicotomía. Miro a los Marines y no les hallo culpables, miro al ejército en general y tampoco le percibo culpable, miro al Gobierno de Estados Unidos y tampoco interpreto culpabilidad en sus acciones.
No veo un culpable de que Manning vaya a pudrirse en la cárcel por revelar la verdad a su propio país -no al enemigo- y estos tipos estén antes probablemente de que se enfríe el conflicto brindando hasta el coma etílico con los colegas en un pueblo de Kansas o de Carolina del Norte, recordando sus orgullosas acciones en la campaña de Afganistán.
No veo un culpable. Veo demasiados. Nos veo a todos. Por lo que se ve también un ejército es el reflejo de como es el pueblo que lo sustenta. Y así somos nosotros.
Somos capaces de condenar de por vida a cualquiera que nos diga lo que no queremos oír. Que airee los secretos a los que no tenemos derecho. Somos capaces de odiar y desear la peor de las suertes a cualquiera que diga la verdad si esta nos perjudica, si esta no nos deja seguir con nuestras mentiras, con nuestras ocultaciones, con nuestras venganzas.
Da igual que lo que diga o lo que muestra sea necesario, da igual lo que haya hecho o dejado de hacer. Condenamos sin pudor y sin vergüenza a todo aquel que saque a la luz nuestras miserias, nuestras delaciones, nuestras incompetencias, nuestras traiciones.
Por mucho que le hayamos querido, por mucho que la hayamos llamado amigo o compañero, en cuanto hace algo que nos deja en entredicho. En cuanto expone una verdad que demuestra que lo que hemos hecho no está bien, no es adecuado, le mandamos a Fort Leavenworth por la vía rápida.
En cuanto alguien cuestiona nuestra falsa percepción de que somos intachables y perfectos clamamos -y damos si podemos- por una sentencia ejemplar. No sentimos traicionados aunque en realidad seamos nosotros los que estábamos traicionando aquello que se suponía que teníamos que realizar, que teníamos que creer, que teníamos que amar. Olvidamos que la lealtad es recíproca, que en la verdad no hay traición. Olvidamos que la realidad no puede ocultarse por el simple hecho de que quedemos si se muestra.
Y, por supuesto también disponemos todos nosotros, habitantes occidentales atlánticos del orbe, de unos cuantos fusileros del Tercer Batallón del Segundo Regimiento de Corps de los Marines.
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02
Ene 2012

Y el Líder del Mundo Libre perdió la omnipotencia.

Escrito por: gboneque el 02 Ene 2012 - URL Permanente

Hay gente, hay hombres y mujeres, que parecen estar destinados a pasar a la historia. Y todos creeríamos que se pasa a la historia, que se alcanza un hueco en la inmortalidad de la memoria humana, por lo que se hace o incluso por lo que se deja de hacer -y si no que se lo pregunten a Felipe II y su Armada Invencible-.
Pero hay un camino, una vía secundaria -de servicio, si se quiere- que también da acceso a los papeles mortecinos e inmortales de la historia. Son los modos y maneras. No es aquello que se raliza sino el modo elegido para realizarlo.
Y ese es el camino hacia la posteridad que ha elegido Barack Obama, el presidente que parecía que por negro iba a ser distinto, el hombre que defraudó mutitud de esperanzas -al fin y al cabo las esperanzas nunca están de acuerdo con la realidad, sino no serían esperanzas- con lo que hizo y no hizo, con lo que está haciendo y está dejando de hacer, pero que no defrauda nunca con la forma en la que lo hace.
Instalado en ese ejercicio de encumbramiento infinito del ego que es y será hasta la caída del imperio la presidencia de los Estados Unidos, encumbrado en el trono de supuesta omnipotencia del trono del líder mundo libre, Barack Obama ha mirado de frente a su nación y al mundo y ha dicho algo que ningún presidente de los Estados Unidos de América había dicho hasta ahora -al menos a nosotros, que no somos su pueblo bienamado-.
"Hago lo que hago porque me obligan a hacerlo, no porque quiera, no porque sea necesario, sino porque me obligan a ello. No soy todopoderoso".
Y ese modo de hacer las cosas es lo que probablemente le abra el camino hacia la historia. Eso y ser el primer presidente negro de Estados Unidos, que la primatura en la estadística también ayuda.
El hombre ha firmado la ley más facista que se recuerda en Estados Unidos desde la famosa Caza de Brujas del paranoico macathismo anticomunista. Una ley que permite la detención y custodia militar de personas sospechosas de terrorismo.
Es decir que un sargento de marines puede presentarse en tu casa y llevarte a la base militar de Bahía de Guantánamo, Cuba, División de Barlovento, porque hayas dicho en pleno ataque de cabreo contra tu jefe "voy a poner una bomba y lo voy a hacer saltar todo" o en pleno ataque revolucionario de cuarto Jack Daniels "lo que le hace falta a este país es que hagan volar a ese marica de la Casa Blanca" o incluso -que será lo más común- porque reces sumnas del corán mientras caminas por un parque hacia la universidad con tu mochila a la espalda.
Y Obama ha firmado y autorizado esa ley. Esa y la que prorroga un año más el centro de detención de Guantánamo y la retención de sus prisioneros sin juicio ni condena, que también tiene su aquel la susodicha. El chico se ha lucido. Menos mal que por lo menos ha sacado a las torpas norteamericanas de Irak.
Pero Obama ha mirado a la cara a Estados Unidos y les ha dicho claramente: "Esto es lo que queréis vosotros y por eso os lo doy. A mí, me parece fatal".
Porque esa ley es una imposición del Senado. De una cámara alta que aprovechó la necesidad de sacar adelante unos presupuestos de Obama para no dejar sin paga a todos sus funcionarios y sin servicios a todos sus ciudadanos -porque en Estados Unidos habría sido así por ley- para imponerle todo aquello que no quería hacer, para forzarle a un acuerdo que no estaba ni mucho menos en sus planes de gobierno. Paraconvertir la Casa Blanca en un Tea Party.
Y ese acuerdo incluía, como siempre por mor de la seguridad nacional, está ley de lucha contra el terrorismo que es en sí misma la mayor forma de terrorismo que ha conocido Estados Unidos desde que hace diez años la furia yihadista echara abajo las Torres Gemelas parademostrarle al complaciente pueblo américano lo distinta, aterradora e inquietante que es la guerra cuando llega a casa y no se ve a través de una pantalla de plasma de 43 pulgadas.
Obama podía haber hecho esto de muchas maneras. Podía haber empezado en discrusos y arengas a demostrar un falseado endurecimiento de su actitud hasta que resultara creíble que estaba de acuerdo con esta lay y por eso la firmaba.
Podía haberse manteneido en silencio y utilizar para firmarla ese espacio multifunción del Ala Oeste de la Casa Blanca llamado Despacho Oval que lo mismo nos sirva para una invasión que para un atoramiento etílico con galletitas saladas, que igual nos vale para un espionaje ilegal de los adversarios políticos, para una guerra sin sentido o para una felación relajante.
Podía haberse centrado en el salón del trono y fingir que esa firma partía desu poder y de su convicción sin decir esta boca es mía y amparándose en la justa necesidad.
E incluso podría haberla vetado -si mis clases de política internacional y mi recuerdo de los capítulos del Ala Oeste de La Casa Blanca no están oxidados, tiene esa potestad- y hubiera originado sesenta días de desasosiegos y carreras por los pasillos del Capitolio en busca de apoyos para el desbloqueo, de llamadas intempestivas a los senadores en mitad de sus barbacoas navideñas en Texas o de sus burdeles de Nochevieja en Iowa para que corrieran a Washington a votar el desbloqueo republicano de la legislación.
¡"Si estos carcamales republicanos amigos de las armas y de la guerra quieren su ley que se la curren"! -habría sido un pensamiento muy, como dicen los yankies, presidenciable. Un recurso al pataleo digno del líder del mundo libre.
Pero Obama no ha hecho eso.
Ha esperado al último día para dejar claro que no quería hacerlo, que no quería poner su país en brazos de la paranoía antiterrorista. Se ha marchado a Hawaii, abandonando su salón oval de ltrono, para dejar claro que esta ley nada tiene que ver con el ejercicio de su poder ejecutivo ni de su fortaleza presidencial.
La ha firmado para demostrar que cumple su palabra se la de a quien se la de -salvo quizás la dad a los votantes, pero eso es algo que ningún político hace, no nos engañemos- y luego la ha arrojado a la cara de los americanos diciéndoles: "ahí la teneis. Es una basura. Es un riesgo. Es éticamente cuestionable en la mitad de sus puntos y amí me parece una mierda. Pero es la ley que me han exigido vuestros representantes".
Como un padre entrega en reyes un regalo a su hijo diciéndole: "yo creo que el ordenador sería mucho mejor regalo porque te serviría para los estudios pero aquí tienes la consola. Al fin y al cabo son reyes y tienes derecho a elegir tus regalos".
Todo ello muy diplomaticamente, claro está.
sigue en
http://lefthandgod.blogspot.com/2012/01/y-el-lider-del-mundo-libre-perdio-la.html

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17
Jun 2011

Cuando el congresista Weiner hace lo que nosotros

Escrito por: gboneque el 17 Jun 2011 - URL Permanente

En Estados Unidos hay un individuo que se llama Anthony Weiner. El tipo es congresista y ha dimitido. Eso ya de por sí puede resultar reseñable en un país como el nuestro en el que los cargos políticos no se despegan de sus poltronas ni con agua caliente. Pero no es por eso por lo que le incluyo en este demoniaco blog.
El chavalín intercambió guarrerías con sus amigas por redes sociales y por eso se marcha. Tampoco es reseñable por eso. Yo he intercambiado chistes guarros por Internet con múltiples amigas y amigos -es el momento de que alguien tire la primera piedra, ¿nadie?. Pues seguimos-. Pero el absurdo puritanismo político de allende los mares tampoco convierte a Weiner en protagonista.
Pese al escándalo y a los llantos de su esposa -¿por qué se presupone que alguien casado, hombre o mujer, no puede tener el sexo en la cabeza? el congresista se marcha sin ruido y con algo de dignidad, algo que si es reseñable en un país en el que cada caída política es mas tensa que el cuello un cantaor. Pero tampoco su dignidad es motivo de su inclusión en estas líneas.
¿Y qué tiene que ver todo esto con mi Facebook? pues muy simple. El maldito estado de facebook que algunos quieren que explique era este: "Cuando se reclama lealtad como sinónimo de silencio en la crítica y de complicidad en el error, se siembra la semilla de la más profunda soledad. No se puede exigir a nadie que sea compinche de tu autodestrucción".
Solamente una frase de Wiener hace que haya ocupado un lugar en estas líneas. Una frase que no le define como persona, que no le encuadra como político, que no le identifica como esposo. Una frase que simplemente le convierte en uno de esos habitantes de la Civilización Atlántica que están llevando el mundo hacia donde camina.
En su marcha, en su despedida, Wiener ha dicho que está triste porque "esperaba más apoyo de los suyos y de sus compañeros de partido en estos momentos difíciles".
Eso y sólo eso le convierte en el espejo en el que todos nos deberíamos mirar, le transforma en el paradigma de nuestras vidas. Le hace ser uno de los nuestros.
Porque si hay algo con lo que el Occidente Atlántico no sabe lidiar en estos días es con la lealtad. La hemos heredado de una sociedad en la que los lazos eran mucho más intensos, en la que los humanos estaban mucho más cerca unos de otros, en la que nadie delegaba su vida en profesionales. La hemos heredado y no sabemos qué hacer con ella, como interpretarla.
Sabemos que tiene que ser positiva, que debe encuadrarse en algún sitio, pero siempre nos supera, siempre se nos escapa. Como todo aquello que nos exige esfuerzo en nuestra humanidad, como todo aquello que nos obliga a pensar contra nosotros mismos en favor de los demás.
Se nos escapa como se le escurre entre las manos y las dimisiones al congresista Wiener. Porque en nuestra vida pública y privada hace tiempo que olvidamos que todo, inclusa la lealtad ha de ser bidireccional.
Pero Weiner lo olvida como lo hacemos nosotros, como lo hace todo el mundo en este universo individual que hemos diseñado para nuestra supervivencia.
El congresista díscolo olvida que la lealtad es algo que no se puede exigir si no se ha dado, como lo olvidamos cada día en nuestras oficinas, en nuestras redacciones -sí, he escrito redacciones-, en nuestras quedadas y en nuestras parejas.
Hemos olvidado. del mismo modo que el demócrata Wiener, que la lealtad no parte del individuo y no se refiere solamente al individuo. La lealtad no puede hacer referencia solamente a ti y a mi. Tiene que hacer referencia a algo de lo que formamos parte.
sigue en
http://lefthandgod.blogspot.com/2011/06/el-congresista-weiner-y-la-royal-guard.html

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05
May 2011

Los SEALS acaban con nosotros

Escrito por: gboneque el 05 May 2011 - URL Permanente

Cumplimentados los fastos reales británicos y los nefastos futbolísticos españoles parece que toca volver, que toca despertarse de los sueros y los sueños que nos lanzan las pantallas para caer directamente en las pesadillas que nos imponen los informativos.
Y la última de ellas es la ansiada, esperada, deseada y exigida por América -la de los estadounidenses, claro está- muerte de Osama Bin Laden.
Tras diez años de operaciones encubiertas, detenciones, invasiones y declaraciones un comando estadounidense ha matado a Bin Laden, ese loco yihadista y fanático que no inventó la guerra, pero que la llevó a América.
Y como con la muerte de otros tantos que han muerto pero no han sido muertos, que han caído pero no han sido derribados o que han sido derrotados pero no han perdido, con la muerte del ideólogo y fundador de Al Qaeda han perecido muchas realidades.
Con Osama Bin Laden ha muerto muchas cosas.
Pero otras muchas no.
Desde luego, pese a las alegrías arrebatadas frente a La Casa Blanca y en La Zona Cero, pese a las declaraciones contenidas y las sonrisas disimuladas, el furor yihadista no ha muerto, la rabia asesina de un dios malentendido y perversamente interpretado no ha muerto.
No ha muerto porque no puede morir, porque ningún comando puede matar eso, porque dos helicópteros y un puñado de hombres armados no son suficientes para acabar con eso. Porque Occidente, el Occidente Atlántico que tanto se se congratula del fin de Bin Laden, sabe que no puede acabar con ello, que no quiere acabar con ello.
Porque no quiere, no puede o no sabe matar a dios.
El yihadismo necesita de un dios, del que sea y si no lo tuvieran se lo inventarían. Porque es el fanatismo religioso lo que fuerza la guerra de la sangre santa, lo que fuerza la muerte paradisiaca. Porque es el mesianismo y la furia religiosa la que a lo largo de la historia ha llevado a todas las civilizaciones a la locura y la guerra.
Y Bin Laden no inventó eso. Y los ayatolahs iraníes no inventaron eso. Eso lleva mucho tiempo inventado. Se inventó con Sanson, con Saúl, con Pedro, el hermitaño, con Urbano II, con Surhak, el mameluco.
Eso se practicó en Sumeria, en Jerusalén, en Bizancio, en Antioquía, en Jericó, en Granada, en Afula...
Eso se ha llevado a cabo sobre los campos ensangrentados de La Tierra en la batalla del Puente Milvio, en los montes de Hattín, en los campos de Guadalete, en la noche de San Bartolomé....
Y la muerte de Bin Laden no cambia ni acaba con nada de eso porque, aunque él lo llevara a América, él no lo inventó.
Pero tampoco muere el terrorismo que se fundamenta en su visión empobrecida de su dios y febril de su realidad.
Porque Al Qaeda no necesita a Bin Laden; porque el yihadismo no necesita a Al Queda; porque el choque de civilizaciones, casi ni necesita el yihadismo. Porque el fanatismo religioso ni siquiera precisa de la civilización.
Nada de eso se termina con la muerte den Bin Laden. Porque los salafistas han hecho arder Djemma el Fna sin el loco visionario saudí; porque los habitantes de Oregón seguirán quemando coranes sin que Bin Laden lo vea por la tele; porque los insurgentes irakíes pueden seguir sin él llenando su país muerte y bombas; porque los fundamentalistas cristianos de Brooklyn no necesitan a Bin Laden para quemar escuelas islámicas en las que estudian niños; porque las iglesias coptas de Egipto seguiran ardiendo sin que nada tenga que ver Bin Laden con ello; porque las mezquitas en Bélgica seguirán siendo pintadas con heces sin que Osama se esconda en ellas; porque los cristianos seguirán siendo expulsados por los ayatolahs iraníes sin necesidad de que el saudí loco les acompañe a la frontera; porque las estudiantes universitarias seguirán siendo desfiguradas en Londres por llevar hiyab sin necesidad de que paseen por Oxford de la mano de Bin Laden.
Porque el fatanismo religioso se ha desatado y ya no necesita de nadie para seguir creciendo entre acusaciones e intransigencias. Ni siquiera a Bin Laden.
Así que, si ni el terrorismo, ni el yihadismo, ni el choque de civilizaciones, ni el fanatismo religioso ha muerto con los dos tiros que le han dado a Osama Bin Laden los chicos de la Infantería de Marina Estadounidense -¡uaaaa!- ¿qué es lo que ha muerto?
Pues muy sencillo. Hemos muerto nosotros.
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