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24
Mar 2011

La otra manera de mirar Bahréin

Escrito por: gboneque el 24 Mar 2011 - URL Permanente

Como Japón agoniza dejamos de hablar de Libia. Como una central nuclear está a punto de estallar, dejan de cobrar trascendencia diaria otros estallidos más humanos.
Gadaffi está a punto de dar al traste con la Revolución de Bengasi, pero Occidente ha dejado de mirar en esa dirección para hacerlo hacia la tierra del sol naciente. Se juega mucho más en Japón, en el índice nikkei, en la detención de las cadenas productivas de Toyota o Sony, que en el petróleo del desierto libio.
Lo de Libia y su loco mesiánico dictador -al que de repente se le vuelve a llamar dirigente, nadie sabe muy bien por qué motivo- puede ser un problema de haber cambiado el campo de visión. pero lo de Bahreín, Arabia Saudí y sus revueltas es un problema diferente.
En Bahréin se utilizan unas gafas diferentes.
Los rebeldes libios solicitaron ayuda y se les negó. Mucho antes de Fukushima se les negó, mucho antes del Tsunami japonés se reunió el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, se votó y se negó una zona de exclusión aérea, Estados Unidos movió su sexta flota, China utilizó por primera vez en aguas mediterráneas su armada de guerra. Se habló de evitar la intervención armada, de diplomacia multilateral.
Todo lo que ha ocurrido y está ocurriendo en Libia se está mirando con las gafas de lejos, con las lentes que hacen que las potencias occidentales -y la nueva potencia oriental- se mantengan alejadas, atentas en ocasiones y distraidas otras, siempre reticentes.
Pero las revueltas en Bahréin se están mirando con otras gafas, con esas antiparras de cerca con las que se miran las cosas que son importantes para nosotros. Con las gafas con las que se leen las facturas.
Occidente se ha planteado y replanteado mil veces la intervención en defensa de una rebelión, de una revindicación que todo el mundo considera justa, que hasta sus líderes han calificado de necesaria. Y al final no ha movido un dedo, no ha desplazado un carro de combate, no ha hecho, en definitiva, nada.
Pero la revuelta en Bahréin se hace fuerte, se hace incontrolable -como lo fue en Egipto y en Túnez- y no hay una sola reunión internacional al más alto nivel, no hay una sola recomendación internacional, no hay un solo debate. Alguien plantea la intervención armada y el mundo occidental atlántico y China siguen mirando a Japón y su crisis nuclear.

Tropas y vehículos blindados procedentes de Arabia Saudí y Kuwait -ese mismo Kuwait que consideró una invasión el ataque del Irak de Sadam Husein- atraviesan el puente fronterizo con la isla de Bahréin y nadie dice nada. Arabia Saudí interviene militarmente y la comunidad internacional lo aprueba aplicando el antiguo silencio administrativo, el que concedía, no el que deniega
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http://lefthandgod.blogspot.com/2011/03/bahrein-y-el-problema-de-las-lentes.html

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24
Mar 2011

Cuando los Afares no temen una fuga en Fukushima

Escrito por: gboneque el 24 Mar 2011 - URL Permanente

Nada es más fuerte que el miedo. Eso es algo que todos sabemos, una verdad que todos llevamos en nuestro interior, aunque sea en lo más profundo de nosotros, en esos lugares a los que no queremos accecer salvo en contandas ocasiones. Nada es más fuerte que el miedo. Y, hoy por hoy, no hay nada que no de más miedo que Japón y su repentina destrucción.
Y es ese miedo lo que nos impele a gritar, a salir a la calle, a arrojarnos a la palestra pública para hablar de Fukushima, para reabrir el debate de las nucleares, para ponerle un nombre al culpable de nuestro pánico. Para hacerlo controlable.
Porque Fukushima, sus dos reactores ardiendo, sus varas energéticas al borde de la fusión, sus explosiones y sus 50 operarios trabajando trágicamente a destajo vital para evitar el desastre, aunque no lo parezca, es lo que nos hace nuestro miedo controlable.
Nos permite ignorar que consumimos 15 terawatts de energía y que dentro de 20 años consumiremos el doble, nos transforma en irrelevante que gastemos diariamente 9.500 millones de euros en petróleo, que el 86 por ciento del consumo energético del mundo provenga de combustibles fósiles, que las energías renovables no vayan a llegar a tiempo para evitar el colapso.
Fukushima nos hace olvidar todo eso y que no queremos renunciar al alumbrado nocturno de las ciudades, a los electrodomésticos, a los automóviles, al metro, a la luz doméstica, a la calefacción, a la industria, al móvil o al ordenador.
El percance que amenaza con transformase en accidente, que va camino de convertirse en tragedia, nos permite refugiarnos de nuestro miedo, ocultarnos de él. Hacer lo que hacemos siempre, negar la evidencia para no asumir la realidad.
No voy a s ser yo quien defienda un tipo de generación energética u otra. No voy a ser yo quien se posicione sobre algo que no son capaces de posicionarse ni los científicos expertos en la materia.
Pero lo cierto es que el hecho de que la central nuclear de Fukushima esté a punto de explotar nos ha venido bien. A los ciento veinte millones de japoneses que pueden morir o ser afectados por ello no. Pero a nosotros nos ha venido estupendamente.
Así, los ecologistas pueden lanzarse a la calle a reclamar el fin de la energía nuclear, apelando al miedo a un accidente en cada país, en cada central, en cada reactor de las 442 plantas nucleares distribuidas por el mundo.
Pueden desempolvar Chernobil, La Isla de Las Tres Millas, Jane Fonda y El Síndrome de China y todo lo que quieran para poner facciones y nombre a nuestro miedo, para encauzarlo hacia sus revindicaciones seculares.
Para poner a nuestro terror el rostro de un átomo, la voz de una explosión, la forma de un hongo nuclear.
Y gracias a Fukushima los políticos de este occidente nuestro, atlántico y civilizado, pueden recurrir a lo que más les gusta, al valor seguro a la hora de recolectar sufragios, apoyos sociales, de ganar elecciones. El más puro pánico.
Pueden contribuir con sus repentinas urgencias, sus convocatorias de crisis, sus anuncios de cierres, revisiones y vigilancias constantes a ayudarnos con nuestro miedo, con nuestro terror, a ocultar el verdadero origen, la aútentica materia primigenia de la que está modelado, la auténtica base sobre la que se sustenta.
Pueden hacerlo mesurable, controlable, superable. Y de paso pueden presentarse como los que han conseguido derrotarle, erradicarle de la faz de La Tierra. Y eso da votos, muchos votos, cantidades ingentes de votos.
Fukushima, su central, su reactor y su estallido, nos permite ser lo que siempre sido, lo que nos hemos acostumbrado a ser, lo único que queremos ser. Seres que le tienen miedo a la oscuridad porque no quieren recordar qué es lo que había en esa oscuridad que fue lo que les originó su primer estallido de espanto. Seres que necesitan un enemigo derrotable porque, sencillamente, no quieren reconocer que no son invencibles.
Porque el enemigo no es Fukushima, no es su ardierte reactor ni su radiactivo combustible. No es el ocultismo del gobierno japonés, ni los son nuestras necesidades energéticas. No lo es la energía nuclear ni el Síndrome de China. Aunque gritemos contra ellas, aunque queramos eliminarlas.
Porque el auténtico enemigo, la auténtica mano que se mueve en esa oscuridad a la que tememos es el hecho de que todo eso está provocado por un terremoto que no puede evitarse, por una ola que no puede detenerse. Y contra eso no tenemos defensa.
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http://lefthandgod.blogspot.com/2011/03/el-miedo-fukushima-nos-roba-los-afares.html

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