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25
Ene 2012

Wuterich Inc. abre a la baja en el mercado de la vida humana

Escrito por: gboneque el 25 Ene 2012 - URL Permanente

Como los mercados andan en situación de soponcio permanente y parece que las autoridades económicas no son capaces de apartarlos de los sobresaltos constantes que están a punto de llevarnos a nosotros a urgencias -por desnutrición, claro está- parece que las autoridades militares estadounidenses han decidido tomar cartas en el asunto.
No es algo normal en un país en el que los militares son listos y no dejan ver que están por encima del poder, más allá de la ley y en el centro mismo de la economía, pero parece que la situación es tan grave que han decidido intervenir.
Y su idea ha sido abrir un nuevo mercado. Uno que permanezca estable y que contribuya a tranquilizar a los otros. Uno que no dispare la inflación y en el que la especulación, aunque inevitable, se mantenga dentro de los límites razonables.
La Auditoría Militar de Los Estados Unidos de América, con sede en Maryland, Virginia, ha inaugurado con éxito el mercado de vidas civiles. Un mercado por supuesto internacional en el que todos están invitados a participar.
Y para demostrar que es un mercado diferente, un mercado estable, han permitido que abra a la baja. La vida humana se cotiza a cero y bajando con un vencimiento aproximado de tres días.
¿De dónde sale esta cifra? Muy sencillo. Es el resultado de dividir las 25 personas que murieron en un ataque de furia de las Corps de Marines en Irak por entre los días de condena que le han impuesto al único encausado por tal masacre. Tres meses de condena por 25 personas muertas. Aproximadamente tres días y pico por cada una.
Ciertamente el mercado de vidas ha abierto a la baja.
Ya se barruntaba algo así con los experimentos anteriores. La Compañía de Marines miccionadores, primera entidad militar en cotizar en este nuevo mercado, anticipaba algo por el estilo. Que les acusaran de conducta impropia y simplemente se les condene a un par de meses de reclusión y a la licenciatura con deshonor por orinarse en el rostro de unos afganos muertos no era una señal muy halagüeña para la apertura del mercado de vidas militar en Estados Unidos.
Pero lo de la sentencia al sargento del Marine Corps Frank Wuterich ha hecho desmoronarse la cotización a límites que no se veían desde la Gran Depresión. 25 muertos, tres meses es una correlación que pocas civilizaciones pueden ni siquiera entender.
Pero no es que los auditores militares estadunidenses no hayan encontrado pruebas de lo ocurrido, no es que solamente se le pueda acusar de negación de auxilio o de no impedir la matanza que otros perpetraron. Es que han hecho un trato. Así de sencillo.
Ellos saben que al chaval, de 31 años, 24 cuando ocurrieron los hechos -¿alguien me puede explicar cómo es posible que un sargento tenga 24 años y se le envía a liderar hombres a la guerra?-, ordenó que se matara sistemáticamente a toda persona que se encontrara en la aldea iraquí de Thaer Thabet al-Hadithi después de que una bomba colocada en la carretera hiciera saltar por los aires el primer coche del convoy que comandaba y matara al conductor.
Ellos saben que el mismo sacó a un taxista a dos adolescentes de un coche y les descerrajó dos tiros a cada uno en la cabeza mientras sus hombres, siguiendo sus órdenes, entraban en las casas y ametrallaban a todo el que se encontraban por delante.
No es que ignoren que entre ellos diez mujeres y niños. No es que importen más que los hombres, pero en estos casos parece que es más grave, que son más civiles. Como si a un varón no se le concediera nunca del todo la condición de no combatiente. Como si no se la hubieran ganado con creces a lo largo de los siglos.
No es que no hayan visto la cinta que grabó un habitante de la aldea escondido en una azotea que logró escapar de la carnicería en la que se ve al sargento de marras animar a sus hombres a que, así, sin preguntar, sin ninguna demora, arrojaran granadas de fragmentación por las ventanas y las puertas de las casas antes de entrar en ellas.
No es que desconozcan que hasta los propios soldados que acabaron con esas vidas supieran que estaba mal lo que estaban haciendo hasta el punto de que se inventaron un ataque de insurgentes posterior a la explosión para justificar los cadáveres que fue reflejado en la prensa de entonces y en el parte militar de bajas, más o menos así.
"Un soldado del Marine Corps de EE UU y 15 civiles perdieron la vida ayer por la explosión de una bomba en una carretera en Haditha. Inmediatamente después de la explosión, hombres armados atacaron el convoy con armas de fuego. Soldados del ejército iraquí y los marines respondieron a los disparos, matando a ocho insurgentes e hiriendo a otro".
Los auditores militares saben que ocurrió todo eso y no se preocupan por negarlo pero como no se le puede joder la vida al chaval, han decidido que todo eso no constituye un delito de homicidio. Ni siquiera sacar de un taxi a un ser humano -a tres en este caso- y dispararle en la cabeza es un homicidio.
Es algo vagamente llamado negligencia en el deber, pero no es homicidio. Ni por supuesto asesinato, masacre, matanza o ejecución ilegal. ¡Hasta ahí podíamos llegar!
No sé si es que se ha inventado una nueva figura penal que se debería bautizar como iraquicidio o islamicidido o civilicidio o xenocidio -¡anda, esa ya existe, de nuevo el mítico Orsond Scott Card nos lleva la delantera!- que no deba penarse porque esas muertes no importan a nadie, pero el caso es que si matar a 25 personas no es un homicidio porque se produce en Irak, si hacer saltar un coche por los aires con su ocupante dentro no es un acto de terrorismo porque ocurre en una avenida de Teherán, entonces el nuevo mercado financiero de las vidas humanas va a seguir a la baja.
Y no vamos a poder pararlo. No vamos a poder hacerlo repuntar.
Los locos fanáticos de la yihad se encogerán de hombres cuando una de sus bombas haga saltar por los aires a otros diez, veinte, cien, o tres mil estadounidenses, españoles, ingleses o franceses y dirán que el occidentalicidio no es homicidio, los que utilizan la fuerza y la violencia para defender cualquier punto de vista -razonable o no- impondrán el mismo criterio cuando hagan volar un autobús y dirán que el civilicidio no es homicidio, cuando ametrallen un cuartel de una fuerza de ocupación y dirán que el xenocidio no es homicidio.
La Auditoria Militar estadounidense ha abierto un mercado con su arreglo con el sargento Wuterich por el cual no podemos echarle nada en cara a las lapidaciones iraníes, a los asesinatos represivos sirios, a los escuadrones cívicos y sus acuchillamientos en la noche de Chávez en Venezuela, a las ejecuciones sumaria iraquíes, a los asesinatos nada selectivos israelíes -bueno, a esos poco les echamos ya en cara-, a las limpiezas étnicas birmanas, a los asesinatos religiosos en Nigeria, a las ejecuciones sumarias en China, a las muertes de disidentes en Cuba, a las matanzas secretas y públicas de los cárteles en México.
Porque en este nuevo mercado de vidas que cotizan a tres días y pico de vencimiento el "otrocidio" no se pena, no se castiga. Y nosotros, aunque nos creamos el centro del universo en expansión, siempre seremos "los otros" para aquellos a los que nosotros tratamos de igual forma..
Alguien me dijo ayer sin ir más lejos que ya no hay ética en el mundo y yo le dije que se equivocaba de medio a medio. Se lo dije y lo mantengo.
La ética está ahí y es solamente nuestra renuncia a ella lo que hace que no se aplique. No podemos esperar que la ética se personalice en una bella figura de corte heleno con túnica, como la justicia, la victoria o la venganza clásicas, y nos obligue a respetar su imperio.
Ya está ahí. Ha estado siempre. Por eso los heroicos componentes del Primer Batallón de Marines destinado en Irak -¡Semper Fi!- fingió un ataque insurgente, porque sabían que lo que acaban de hacer atentaba contra cualquier ética conocida o por conocer; por eso la Auditoria Militar de Los Estados Unidos de América se ha inventado un rocambole judicial para no fusilar al sargento de marras, porque sabe que lo que hizo es una locura, es una falla ética de las dimensiones de la de San Andrés, por eso los locos furiosos se inventan explicaciones divinas e interpretaciones proféticas, porque saben que lo que hacen no responde a ética ninguna.
La ética está ahí. Pero nosotros la dejamos descansar.
Ella no se ha esfumado. Somos nosotros los que hemos desaparecido. Es el Género Humano el que se difumina sin prisa pero sin pausa. Somos nosotros, todos nosotros, los que hemos encerrado a la ética en lo más profundo de nuestros endurecidos y cada vez más inservibles corazones, custodiada por un regimiento de nuestros egoísmos y una brigada especial de nuestros miedos, y hemos tirado la llave a la más profunda de las simas marinas que hemos encontrado.
Parte de la decisión que tomamos cuando...
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16
Ene 2012

El Golfo de Adén nos da clases de historia -y de paso de coherencia-

Escrito por: gboneque el 16 Ene 2012 - URL Permanente

Hay cosas que nos superan, que nos sobrepasan por los bordes como la leche cuando cuece demasiado. Nos superan porque nuestras mentes son incapaces de hacer los procesos de adaptación necesarios -¿adaptación?, ¿esa palabra no la borraron de los diccionarios?- para los cuales los ciudadanos occidentales atlánticos no tenemos ni la versatilidad, el gusto por el cambio ni, sobre todo, la humildad imprescindibles para ponerlos en marcha.
Y África es una de esas realidades que nos está rebasando por la izquierda a velocidad de crucero -mientras los nuestros encallan en cuanto se alejan un poco de la costa ¡Qué trágica metáfora, por cierto!-.
África es una cincuentena de países, más de tres centenares de tribus, una docena de troncos étnicos, media docena larga de religiones y ni se sabe cuántas formas diferentes de concebir la vida y la muerte. Porque ellos todavía conciben la muerte. Todavía se encuentran en la absoluto obligación vital de integrarla en sus proyectos y sus esencias vitales. Algo que nosotros hemos dejado de hacer hace tanto tiempo que ya nos creemos inmortales. Y con derecho constitucional a serlo.
Pero para el Occidente Atlántico, para el común de los aún mortales que residimos en esa beneficiada y no beneficiosa parte del globo terráqueo África es un puñado de negros -tienen que ser un puñado porque si los consideramos un quinto largo de la población mundial los ojos se nos agrandan de sorpresa- que se mueren de hambre y se matan entre ellos porque aún no han evolucionado. La mayoría de los habitantes de esta civilización ni siquiera considera al Magreb musulmán o a Egipto como parte de África aunque sepa geográficamente que se encuentran en ella -y los estadounidenses ni siquiera eso-.
Pues bien, mientras nosotros languidecemos en nuestros sitiales de cristal viendo como el sistema que tenía que ser cíclicamente eterno y productivo como para mantenernos siempre en lo más alto de la cadena alimenticia de la humanidad se va a pique ellos, quizás porque no les queda otro remedio, quizás porque aún mantienen una esperanza de vida tan corta que se dan más prisa en poner las cosas en marcha, se han dedicado a evolucionar. ¿os acordáis cuando nosotros hacíamos eso? No, claro eso ya solamente puede leerse en los libros de historia. De historia antigua.
Pues bien. Ellos evolucionan. Unos lo intentan al modo más o menos occidental, más o menos contemporáneo, de la revolución. Desde Túnez hasta Egipto, pasando por Libia y poco le queda a Marruecos y Argelia, el África musulmana ha ardido o ardera con los vientos de la revolución. Una revolución que probablemente les lleva a estadios y gobiernos islamistas cuando salgan y se deshagan de los gobernantes puestos por occidente o por si mismos que estaban y siguen impidiendo su avance como sociedades y como pueblos.
¿Y eso es evolución? Pues sí, señores y señoras, eso es evolución. Antes de la ejemplar república que surgió de la Revolución Francesa hubo un imperio napoleónico, un periodo de terror, unos señores llamados jacobinos que la emprendieron a sangre y guillotina con todo bicho viviente. Así suelen evolucionar las revoluciones: a bandazos de ida y vuelta.
Pero eso es el África magrebí y musulmana de origen vagamente árabe, bereber o tuareg -fíjate si hay que matizar cuando nos ponemos exquisitos con África-.
Hay otra parte que ha optado por algo más directo, más de ir al meollo del asunto, más de lo necesario y lo imprescindible. Una forma de evolucionar más nuestra. Más de cómo lo hacíamos cuando aún nos molestábamos en intentar avanzar como civilización y nos limitábamos a sentarnos a morir plácidamente encima de nuestro mullido camastro de liberal capitalismo cubierto con el hermoso pero asfixiante doses de nuestras deudas soberanas varias.
Somalia y sus tierras circundantes han optado por la piratería como mecanismo evolutivo acelerado a gran escala.
Y ahora llega el momento en el que nos toca hacer de nosotros mismos e indignarnos. Argumentar que eso es un delito, que viola todas las normas internacionales, que pone en peligro las vidas de los marineros y las tripulaciones que surcan esos ya embravecidos mares. Ahora es cuando nos toca hacer miniseries televisivas sobre el Alakrana, llamar a La Armada -la de verdad, no la invencible- y decir que ningún estado, ningún país puede recurrir a esa forma de hacer las cosas porque no es justo, no es legal y no es democrático.
Ahora es cuando nos toca cerrar el libro de historia -si es que alguna vez lo abrimos- para impedir que nuestros carnosos y rubicundos carrillos enrojezcan de vergüenza cuando los piratas africanos y aquellos que les organizan y protegen nos muestren dos de sus huesudos dedos -ahora quizás no ten huesudos por los pingues beneficios que reporta la actividad bucanera- y nos pregunten:
¿Por qué no? Ustedes, occidentales atlánticos de la democracia infinita, ya lo hicieron. Dos veces. Y además funciona.
Un informe de esos grupos británicos que se dedican principalmente a pensar -una actividad bastante en desuso en nuestros días, es lo que hacen los think tanks- Ha llegado a la conclusión de que la piratería es buena para Somalia. Está beneficiando al país y sacándole en parte de la miseria.
Los bucaneros del África negra - a lo mejor podríamos llamarles berberiscos. Al fin y al cabo son africanos como los míticos piratas mediterráneos de antaño- haciendo de su capa un sayo en las aguas internacionales que rodean sus costas, hah reducido la inflación, han dado empleo y subido los salarios de los somalíes y han fortalecido su moneda.
Y nosotros podemos escandalizarnos, podemos rasgarnos las vestiduras, podemos mesarnos los cabellos o acudir corriendo a la biblioteca para rebuscar en la sección de textos legales un manual de leyes antifilibusterimo sacado de los lodosos tiempos de los grandes imperios europeos. Pero eso no hará que se una verdad como un templo basada en la más común de las lógicas.
Los piratas aportan estabilidad, algo que no han logrado los gobiernos títeres de unos y de otros ni las guerrillas, títeres de sí mismas y de su propia avaricia. Algo que no han logrado los negociadores ni las tropas de las Naciones Unidas en sus sucesivas misiones, desembarcos y derribos. Algo que no han logrado los varios intentos de Estados Unidos de invadir y controlar el reparto de alimentos que concluyeron con su mítico Blackhawk derribado y unos cuantos de sus chicos de Iowa literalmente en el interior del estómago de la población de Mogadiscio.
Aportan estabilidad porque necesitan un país tranquilo y seguro en el que refugiarse de unas aguas a las que han conducido la inestabilidad y la guerra. Y la aportan porque pueden aportarla. Porque aquellos que se enfrentan a ellos saben que tienen la fuerza de imponer su ley. Una ley que es justa con la población porque la necesitan. Porque tienen que tenerla de su parte, porque tienen que darles cobertura, que dejarles disfrazarse de braceros en sus casas cuando acudan a por ellos.
Es una lógica que no soporta discusión alguna. Es una lógica que ya ha funcionado. Que nosotros inventamos.
"Sorprende contemplar que, cuando cabía esperar toda suerte de desmanes, la isla parece sometida a una autoridad y a un control que ni siquiera he podido contemplar en las calles de Londres. Hay trifulcas cada tarde y cada noche en todas las mugrientas tabernas, en todas las hosterías y la sangre corre por las calles sin trabas morales. Pero cuando lo observas detenidamente siempre los implicados son miembros de una u otra tripulación bucanera o incluso todas ellas al completo. No he tenido en estos meses referencia alguna de doncella forzada, de deuda impagada o de ataque alguno a cualquiera de los artesanos y comerciantes que proveen a los bajeles o las tripulaciones". .(Views of Tortuge).
Esto lo escribió un capitán de la Armada de Su graciosa Majestad Británica allá por el año de gracia de Nuestro señor Jesucristo de 1658. No habla de las colonias, no habla de París o de Cuba. Habla de Isla Tortuga. La mítica sede caribeña del filibusterismo de antaño.
Así que no tenemos nada que decir al respecto. Nosotros hemos hecho lo mismo. Cuando nuestros gobiernos, nuestros soberanos nos imponían condiciones de vida imposibles de soportar para que una élite pudiera acumular riquezas y honores imposibles de contar, cuando todos nuestros intentos fracasaban, cuando la miseria y la falta de horizontes hacía imposible la supervivencia, nos lanzábamos a los bajeles que encontraban la riqueza por la fuerza en las aguas y tomábamos aquello que nos era negado por las leyes, los sistemas y los gobiernos
Y los monarcas les concedían honores, les otorgaban títulos e impunidad porque reconocían que hacían por el país cosas que ellos no podían hacer. Que eliminaban parte de esa miseria, que mantenían los mares volcados en el beneficio de sus arcas y tesoros reales o imperiales. Por eso siempre tenían un puerto seguro al que arribar.
Los piratas somalíes pagan bien y han hecho subir los sueldos porque ellos no son una multinacional europea que pretende obtener un beneficio neto del cien por cien de sus negocios en África y permite que una guerrilla de tres al cuarto trate a los trabajadores como esclavos -si no los esclaviza directamente- para minimizar sus costes y luego mira a otro lado cuando alguien se lo reprocha.
Los bucaneros le dan un AR 15 o un Kalasnikoff a cada uno de sus empleados y eso claro hace mucho por convertirles en patronos comprensivos y espléndidos. No queremos que en mitad de un asalto alguien empiece a disparar a quien no debe reclamando un aumento de sueldo o unas mejores condiciones laborales.
Según el informe del Think Tank británico -que para eso sirven. No para cantar las excelencias de un líder u otro, como los nuestros-, "los sueldos de los somalíes son más altos en las regiones donde se ha instalado la industria pirata. En cada secuestro intervienen una media de 100 personas. Los directamente involucrados en el asalto en el mar son unos 50. El resto trabaja en tierra. Son cuidadores (cuando, para evitar que otros clanes o fuerzas navales les arrebaten los rehenes, los ocultan en poblaciones locales), agricultores, cocineros y comerciantes que facilitan todo lo necesario para la alimentación de piratas y secuestrados".
Mucha gente trabajando en un país en el que el trabajo es un bien escaso y mal remunerado.
No es de extrañar que la moneda somalí haya subido de cotización. Ahora hay una actividad rentable y un poder fuerte que la respalda. Ya sólo queda que Standard & Poors le otorgue catalogación Triple A Plus a los activos relacionados con las artes corsarias en el Golfo de Adén. No desesperemos, todo llegará.
Pero todo eso sigue siendo ilegal. Todo eso va en contra de las leyes y la justicia. Todo eso no es de recibo en un sistema civilizado, no puede tolerarse porque es un incumplimiento flagrante de las leyes internacionales.
Y todo eso es válido al norte del Golfo de Adén pero, cuando los argumentos se exponen más al sur -o en el mismo Golfo, si se da el caso- la respuesta nos lleva al segundo dedo de los piratas somalíes levantado para contrarrestar nuestros argumentos. Para darnos una involuntaria lección de historia.
Sus leyes, sus normativas, sus regulaciones, su democracia y su civilización nunca nos tuvieron en cuenta cuando fueron creadas y redactadas ¿por qué habría de sentirnos nosotros obligados a respetarlas, a cumplirlas? ¿Por qué vamos a respetar un sistema que nos mantiene en la más absoluta miseria para que ustedes puedan considerar un servicio básico tomarse un café barato o disponer de un vehículo a motor?
Y eso nos arroja a nuestro segundo ejercicio histórico de piratería. Este más organizado, más a alto nivel, más sistemático: el colonialismo.
Tampoco era justo que arribáramos a las costas africanas y tomáramos hombres y mujeres para trabajar como esclavos solamente porque los necesitábamos para nuestra economía -e incluso en muchos países ni siquiera era legal-; tampoco era justo que arrambláramos con todos sus recursos simplemente porque nuestra economía industrial disparada, multicéfala e hidropésica en su consumo había agotado los nuestros, tampoco era justo que nos repartiéramos sus tierras separando familias, tribus, naciones enteras solamente para establecer nuestras colonias económicas y enviar allá a aquellos que nuestro sistema no podía mantener; tampoco se ajustaba al derecho internacional que pusiéramos nuestros ejércitos coloniales en esas tierras para limpiar de ellas toda oposición armada o no que pudieran encontrar.
Pero lo hicimos. Creamos un sistema en el que la ley y la justicia solamente imperaba en una parte del mundo. En el que solamente tenían derechos, propiedades y respeto aquellos que formaban parte de nuestro núcleo de civilización. Y los desarrollaban a costa de la carencia absoluta de ese reconocimiento a todos los demás.
Los piratas somalíes -aunque es mucho más que probable que lo hayan hecho por instinto de supervivencia y no por deducción razonada o impulso filosófico. Lo mismo que lo hicimos nosotros-, no han cambiado el sistema, no han modificado en nada nuestra forma de actuar. Simplemente se lo aplican a sí mismos.
Hacen lo mismo que hicimos nosotros. Pero ahora son ellos los que evolucionan, los que se desarrollan a nuestra costa, mientras antes fuimos nosotros los que nos desarrollamos a la suya.
Y también es comprensible y lógico que queramos pararlos. Como el Imperio Español quiso frenar a los corsarios británicos y a los filibusteros corsos y franceses; como el imperio romano quiso impedir que los bárbaros hicieran exactamente lo mismo que habían hecho ellos antes; como los persas intentaron impedir a cualquier precio que los griegos se unieran y engrandecieran como habían hecho ellos para crear su imperio.
Pero lo que no es lógico, lo que resulta casi ridículo, es que pretendamos que ellos nos den la razón. Este sistema les está matando cada mañana y cada noche. No podemos ser tan estúpidamente inocentes o ciegos que pretendamos que ellos aceptan lo legal, justo y lógico de esa situación.
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15
Ene 2012

El extraño caso de Bradley Manning y los marines miccionadores

Escrito por: gboneque el 15 Ene 2012 - URL Permanente

Toda comparación es odiosa o al menos esos dicen. Supongo que es odiosa para quien sale perdiendo en ella o para aquel que no encuentra otra forma de reafirmarse en lo que es que comparándose con los demás. Pero, en cualquier caso, por una vez y sin que sirva sin precedente, estoy de acuerdo con el tópico. La comparación es odiosa.

Al menos la que hace que los tribunales militares estadounidenses, con sede en la Comandancia de Marina de los Estados Unidos en la verde y siempre respetable Virginia, estén en estos días ocupados y en un sinvivir y en una actividad frenética actividad que no se recordaba por aquellos lares desde el juicio de por la Matanza de May Lai -si es que acallo pudo llamarse juicio-.
Pues bien, la comparación nos coloca frente a frente a un individuo con cara de haber perdido su pareja rubia y de traje de predicación adventista los domingos por la mañana y a cuatro individuos que parecen el máximo exponente de los anuncios de gafas de sol para países en guerra.
El uno con un aspecto de pardillo que se equivocó de oficina y acabó reclutado por error por un sargento que cobraba un plus por cada enganche.
Los otros con la apariencia que se suelen gastar todos aquellos que se alejan de su casa y de su rutina para ir al otro extremo del mundo impedir, arma en mano, a otros que lleven a cabo su rutina en sus casas.
En fin, la comparación nos coloca frente a frente, en idéntico banquillo e idéntica situación, al soldado Bradley Manning y a cuatro integrantes del siempre glorioso Tercer Batallón del Segundo Regimiento del Marine Corps, con base en Camp Lejeune, Carolina del Norte -¡Semper Fi!-.
Aunque suene algo duro, algo intenso y quizás demasiado sonoro para lo que realmente es, dado el efecto pernicioso que las imágenes de fusilamientos sumarios han surtido en nuestra imaginación, todos ellos van a ser sometidos a un consejo de guerra.
Y ese es el primer elemento de comparación. EL primero y el único. Porque en todo lo demás podríamos decir que tienen, más allá de las tallas de uniforme, unas pequeñas y sutiles diferencias.
Manning va a ser juzgado por el caso de los famosos cables de Wikileaks. Es decir por haber filtrado -no me extraña que con esa cara de inocente se dejara engatusar por ese aspecto de canosos casi espía trasnochado que se gasta Asante-. Los otros por acciones realizadas durante su servicio en Afganistán.
El uno por ponerse el mundo por montera y poner en conocimiento del mundo entero hasta lo que pensaba Obama cuando se retiraba al excusado o lo que opinaba el embajador de Estados Unidos ante la Santa Sede sobre la ausencia de cine porno en la televisión por cable vaticana.
Resumiendo, por cagarse en su juramento de confidencialidad y de no revelar secretos.
Los actos de los otros son más simples y quizás nunca los hubiéramos sabido si con esto de Wikileaks no se hubiera puesto de moda eso de revelar cosas secretas del ejército estadounidense. Así que, a lo mejor, si se declara culpable a Manning a ellos se les tenga que declarar inocentes.
Los otros simplemente fueron a Afganistán y tras matar a algunos talibanes -única veda que queda abierta por aquellas tierras, en esta época del año- se mearon en ellos.. Simple i directo, así como suena. Se sacaron sus partes pudendas y se orinaron encima del rostro de unos cuantos talibanes a los cuales habían acelerado -probablemente con razón- el camino al paraíso.
El uno defecó en su reglamento de forma figurada y los otros miccionaron en su enemigo de forma literal.
Ambos comparten el recurso a la escatología más básica y primaria y el hecho de que ambos van a ser objeto del interés de un auditor militar. Ahí acaba todo parecido entre ambos.
Porque las diferencias comienzan a imponerse a las semejanzas. Uno es un traidor con todas las letras. O lo será si le declaran culpable, Ha mostrados las verdades de su nación al descubierto -que no eran mentiras, lo cual probablemente hubiera sido menos grave- y la ha traicionado. La ha colocado en una posición de gran riesgo y resulta lógico que todo su país se avergüence de él.
Cualquiera diría que le ha entregado las claves de acceso a todos los bastiones armados de los estados unidos allende sus fronteras a los Martiries de Al Aqsa o a Hamás o la siempre temida y temible Al Qaeda.
Cualquiera diría que lo que ha entregado no han sido una colección de opiniones diplomáticas -que por diplomáticas no hubieran tenido que ser extemporáneas ni insultantes- y una colección de pruebas de hechos ya consumados de los que todos teníamos serias dudas sobre las versiones vertidas por el Gobierno de los Estados Unidos de América.
El uno es la quinta esencia de la perversión y ha traicionado la misión para la que le entrenaron, el trabajo que le encomendaron y la confianza que el pueblo americano -el pueblo americano siempre termina siendo sacado a colación en estos casos-.
Es un traidor porque si su gobierno había decidido mentir y engañar, manipular y guardar en secreto acciones ilegales y éticamente dudosas era por el bien de la nación. Y aunque estaba mal hacerlo, él no era quien para sacarlas a la luz.
Por eso Bradley Manning será juzgado por traidor a la patria. No por revelar documentos secretos, no por incumplimiento del reglamento de Marines. Será juzgado por traición y el fiscal pedirá para él la reclusión a perpetuidad en el nada exótico pero siempre citado penal de Fort Leavenworth.
Porque encima, para ahondar más en la vergüenza que ha originado a su nación, el soldado Manning es homosexual - o se lo parece a su sargento, que nunca se sabe, estos chicos del los Marines tiene bastante alto y agresivo el listón del a masculinidad-. Y allá en los felices años de su destino en Irak, eso estaba prohibido en el ejército de los gendarmes de la libertad planetaria.
Así que, si todo va como el auditor militar quiere, Nanning se pudrirá en prisión hasta la muerte.
Esa sentencia, dura en extremo pero ajustada a derecho, supongo que servirá de escarmiento a todo aquel que vuelva a sentir la tentación de filtrar o hacer públicos conocimientos que todos deberíamos tener -sobre todo los ciudadanos estadounidenses, ya se sabe, el pueblo americano ese que tanto se llevan a la boca, el que se avergüenza de Manning-.
Y eso me hace temer por la suerte de los otros, de los cuatro miembros del 3er Batallón del Segundo Regimiento de Corps de Marines -¡Uaaa!-, cuya identidad se preserva en estricto cumplimiento de las normas de enjuiciamiento hasta el momento del proceso -¡Anda, ¿cómo es que conozco el nombre de Bradley Manning?!-. En un país en el que existe la pena de muerte en su ordenamiento civil y militar temo que los coloquen atados a un poste en mitad de una pista fuera de uso de la Base Aérea de Andrews y dice tiradores de élite den cuenta de sus vidas para mayor gloria de la dignidad y el honor del ejército de Los Estados Unidos de América.
Pero me relajo y tranquilizo cuando me doy cuenta de que no va a ser así. El auditor -otro auditor militar- pediría para ellos entre uno y tres años de cárcel y la licencia con deshonor por conducta impropia de un Marine.
Ellos sí que cumplieron con su deber. Ellos son buenos chicos que combatían el mal y que por causa de la presión bajo el fuego hicieron algo que está mal, vale, pero que no puede ser considerado una traición a su patria.
Al fin y al cabo se mearon en el enemigo, no en la bandera estadounidense. Al fin y al cabo estaban allí arriesgando su vida para acabar con el terrorismo y para hacer de este mundo un lugar mejor bajo la vigilante y amorosa mirada del gobierno estadounidense.
Menos mal. Es un alivio.
Porque esos pobres chicos que orinaron encima de unos cadáveres no han traicionado la misión que les encomendó su gobierno de proteger a la población afgana y de tratarla con respeto y dignidad, no han traicionado las Reglas de Compromiso firmadas por su ejército que les obliga a tener una actitud decorosa para con los caídos de ambos bandos.
Ellos no han traicionado y avergonzado a su país -o por lo menos a todos los que tengan dos dedos de frente en su país- haciendo que el mundo les vea como bestias inhumanas incapaces de bromear junto a un cadáver y de encontrar placer en humillar a alguien que ni siquiera puede percibir esa humillación.
Ellos no han faltado a su juramento de respetar la dignidad del ejército americano al mostrárselo al mundo como una colección de bestias inhumanas con gafas de sol de temporada que hacen con sus enemigos vencidos lo que ni siquiera hacían los atrasados guerreros medievales. Ellos han cumplido con el deber de todo soldado de defender la dignidad y el honor de su ejército en la batalla y fuera de ella. Ellos no son traidores. Un poco maleducados para servir en el ejército quizás, pero no traidores.
¿Traidores a su país por dedicarse a hacer algo que pone en peligro su misión y que puede acarrear repercusiones y represalias de los locos furiosos del yihadismo?, ¿traidores a su ejército por dejarle por los suelos y comprometer sus actividades militares en otras partes?, ¿traidores a su pueblo por demostrar que el dinero que sale de sus impuestos se dedica a pagar a psicópatas que cometen atropellos por diversión y atrocidades por aburrimiento?
Traidores a la humanidad por orinar encima del rostro de un cadáver. Es que ¿es necesario decir más?
Pero mi indignación por la comparativa entre Manning y los anónimos miembros del Tercer Batallón del Segundo Regimiento de Corps de los Marines muere en sí misma, fenece en su inicio porque no encuentro culpable de esa atroz legislación, de esa cruel y absurda dicotomía. Miro a los Marines y no les hallo culpables, miro al ejército en general y tampoco le percibo culpable, miro al Gobierno de Estados Unidos y tampoco interpreto culpabilidad en sus acciones.
No veo un culpable de que Manning vaya a pudrirse en la cárcel por revelar la verdad a su propio país -no al enemigo- y estos tipos estén antes probablemente de que se enfríe el conflicto brindando hasta el coma etílico con los colegas en un pueblo de Kansas o de Carolina del Norte, recordando sus orgullosas acciones en la campaña de Afganistán.
No veo un culpable. Veo demasiados. Nos veo a todos. Por lo que se ve también un ejército es el reflejo de como es el pueblo que lo sustenta. Y así somos nosotros.
Somos capaces de condenar de por vida a cualquiera que nos diga lo que no queremos oír. Que airee los secretos a los que no tenemos derecho. Somos capaces de odiar y desear la peor de las suertes a cualquiera que diga la verdad si esta nos perjudica, si esta no nos deja seguir con nuestras mentiras, con nuestras ocultaciones, con nuestras venganzas.
Da igual que lo que diga o lo que muestra sea necesario, da igual lo que haya hecho o dejado de hacer. Condenamos sin pudor y sin vergüenza a todo aquel que saque a la luz nuestras miserias, nuestras delaciones, nuestras incompetencias, nuestras traiciones.
Por mucho que le hayamos querido, por mucho que la hayamos llamado amigo o compañero, en cuanto hace algo que nos deja en entredicho. En cuanto expone una verdad que demuestra que lo que hemos hecho no está bien, no es adecuado, le mandamos a Fort Leavenworth por la vía rápida.
En cuanto alguien cuestiona nuestra falsa percepción de que somos intachables y perfectos clamamos -y damos si podemos- por una sentencia ejemplar. No sentimos traicionados aunque en realidad seamos nosotros los que estábamos traicionando aquello que se suponía que teníamos que realizar, que teníamos que creer, que teníamos que amar. Olvidamos que la lealtad es recíproca, que en la verdad no hay traición. Olvidamos que la realidad no puede ocultarse por el simple hecho de que quedemos si se muestra.
Y, por supuesto también disponemos todos nosotros, habitantes occidentales atlánticos del orbe, de unos cuantos fusileros del Tercer Batallón del Segundo Regimiento de Corps de los Marines.
sigue en
http://lefthandgod.blogspot.com/2012/01/el-secreto-de-manning-y-los-marines.html

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12
Ene 2012

Occidente pierde la lógia en bien de Ahmadineyad -¡Ya somos de los suyos!-

Escrito por: gboneque el 12 Ene 2012 - URL Permanente

Toda persona tiene un don. En muchos humanos es fácil de encontrar y en otros no tanto. Algunos son útiles y otros son simplemente dones de esos que se exiben para solaz y entrenenimiento de amigos o escarnio y burla de enemigos. Pero toda persona tiene un don. Incluso el Presidente Mariano lo tiene. Yo aún no se lo he encontrado -salvo el de la invisivilidad voluntaria, que no es poco-, pero estoy seguro que lo tiene.
Y Ahmadineyad, el teocrata iraní que se encuentra por Sudamérica de reunión con los colegas que tienen los pies tan sacados del tiesto de la razón y la cordura como él, tiene un don, sin duda, destinado a la segunda función enumerada, es decir, a poner el nervio a mil al enemigo. Y lo usa con fruición y con descaro.
Tiene el don de poder reflejar nuestra lo cura en la suya. De hacernos mirarnos al espejo.
El tipo, en pleno ir y venir de los brazos de Chávez a los de Ortega y uno y otro de los Castro, se descuelga en Managua con una de esas de las suyas que nos indignan, que nos mueven al insulto repentino y merecido contra este personaje, que ha hecho de su país el infierno por mor de tratar de buscar un paraíso que su dios nunca le pidió que buscara de esa forma. Una de esas que le dan a nuestro orgullo en todo lo alto -o en todo lo bajo, que nunca se sabe en dónde duele más-.
El hombre va y afrima que después de lo hecho a lo largo de la historia "al mundo occidental capitalista sólo le queda la decadencia".
Y no es que el poco sutil y creíble Ahmadineyad vaya a tener razón en muchas cosas pero en eso se nos antoja, vislumbramos, que da en el clavo.
No por la frasé en sí, utilizada hasta la saciedad por cientos, casi miles, de profetas políticos, visionarios históricos y otra suerte de gentes que perciben los síntomas con algo más de criterio que el jerarca iraní, de que nos desmoronamos a pedazos en lo económico y por tanto, dado el rumbo que ha tomado desde hace mucho tiempo nuestra ética y nuestra estética de lechera hipotecada, también en lo social y en lo personal y en lo ético.
En lo que da en el clavo es en el ejemplo, en el argumento explicativo que nos lanza a la cara, que nos arroja y al escapar del cual, o al intentar hacerlo, nos vemos enfrentados al espejo. El don que la versión retorcida del dios en el que cree le ha conocido a Ahmadineyad.
"Cuando ya le falta la lógica recurren a las armas para matar y destruir. Hoy en día lo único que le ha quedado al sistema occidental capitalista es matar" Y cuando escuchamos el argumento abrimos la boca para tomar aire y contestar y rebatirlo y la mantenemos abierta mucho tiempo porque no encontramos argumento alguno para desmontar esa frase, por no vemos velo alguno -y mira que Irán los hay por miles- que nos oculte el rostro en el espejo. Porque tiene razón.
Podemos apretar las comusiras y tirar de lo que tiramos siempre en estos casos. Listar las perversiones y las perversidades del régimen de Teherán. Hablar de terrorismo, de tiranía, de discriminación, de locura y fanatismo religioso medieval.
Y tendremos razón en todo ello. Pero ninguna de las cosas que digamos, de las bazas que juguemos, le quitara la suya al tirano iraní.
Porque cuando hemos exigido algo y no hemos encontrado argumentos lógicos para imponerlo, para explicarlo, para defenderlo, hemos puesto una bomba en la base del coche de un hombre inocente y la hemos hecho estallar.
Llevamos varios años intentando imponer a Corea -la mala, la del norte, claro- y a Irán que paren su programa nuclear, que no se hagan con armamento táctico -es curioso que a las armas que pueden destruir por miles de millones a los serés humanos se les denomine tácticas cuando no hace falta táctica ni estrategia alguna para apretar un botón y mandar una porción de planeta directamente hacia el infierno-. Y lo hacemos, como dice Ahmadineyad, en contra de toda lógica.
Sí, no se me indignen, no me achiquen los ojos con sorpresa, no hay ninguna lógica, formal o material, que nos pueda permitir exigirle a Irán que no haga su bomba.
Ahmadineyad, lo sabe, los líderes occidentales atlánticos lo saben, Kant, dueño y señor de la lógica, lo hubiera sabido si viviera en estos tiempos. Y nosotros lo sabemos, siempre lo hemos sabido, aunque nos escueza el tener que reconocerlo.
Porque no hay lógica en que el país más nuclearizado en armamento de La Tierra le exija a nadie que no haga una bomba nuclear. Porque no hay ninguna lógica en que nos pongamos del lado del único estado terrenal que ha usado a lo largo de los tiempos un arma de destrucción másiva nuclear cuando pretende imponer a otros dos que no la tengan.
Porque no hay proceso lógico que soporte la explicación de que Israel pueda tener armas nucleares que tienen en su radio de acción a todos los países del mundo árabe y algunos más y aquellos que se encuentran -aunque sea en secreto- amenazados por ellas no tengan el derecho a contrarrestar esa amenaza con otra de semejantes proporciones -¿por eso se las denomina armas tácticas, no?-.
Porque no tiene sosten lógico formal ninguno que un país como Francia, que puso hace unos años un atolón del revés con sus pruebas de ingenios nucleares, exija en la ONU que se paralicen las pruebas de misiles balísticos iraníes arguyendo, entre otras cosas igual de peregrinas, la puesta en peligro del equilibrio ecológico de la zona que, por cierto, es un desierto donde el equilibrio ecológico se perdió hace varias eras geológicas, por eso es un desierto. Hasta ese punto hemos perdido la lógica en este asunto.
Porque todos sabemos que la lógica impondría que nosostros, los occidentales antlánticos, nos desnuclerizaramos -en lo militar, nadie me malinterprente- antes de exigir a los demás que no desarrollen ingenios nucleares de destrucción.
Porque todos sabemos que no existe apoyo lógico ninguno en defender que solamente nosotros tenemos derecho a poseer armemento nuclear porque somos gente responsable que nunca lo untilizaría y que solamente lo mantiene como elemento disuasorio.
¡Qué le digan eso a Norube y a otras 380.000 personas de ojos rasgados!
Y el teocratá iraní lo sabe también y por eso nos desmonta esa lógica cogida por los pelos con una sola frase que afirma que es tan de fiar como nosotros, que hará el mismo uso táctico y disuasorio de la bomba. Y como sabemos que mentimos, que hemos manipulado el argumento, nos entra el panico más cerval y más profundo . Si hace lo que nosotros hicimos con la bomba estamos apañados.
Y como ese recurso a la lógica formal se nos deshace, no nos aguanta un suspiro del tirano de Teherán, recurrimos a la parte material del razonamiento. Imponemos sanciones para mostrar nuestro firme convencimiento, nuestra razón.
Amenazamos con bloquear su crudo, su fuente de riqueza -y de la nuestra, en parte, no lo olvidemos-. Nos falla que Chavéz, y con él petroleo venezolano nacionalizado, no están por la labor, nos falla que a China -que por cierto es tán tiránica o más como lo es Irán pero nadie se queja de que tenga cantidades ingentes de armas nucleares. No creo que sea porque le está salvando lo poco que le queda de culo a nuestra econmía, ¿verdad?- se la trae más bien al pairo y nos falla también que Rusia -poseedora de cantidades similares de tan aciago armamento- se encoge de hombros como siempre lo ha hecho ante las necesidades de Occidente. Pero nosotros usamos la lógica material de la amenaza cuando se nos han ido a pique los argumentos formales por los cuales defendiamos que nosotros teniamos derecho a las armas nucleares y el papado islámico de Teherán no.
Pero Ahmadineyad, que se ha vuelto un maestro en eso de sacarnos los colores devolviéndonos una y otra vez -como ya hizo con la pena de muerte- la moneda de los retos éticos y estéticos que le lanzamos desde el Occidente Atlántico, no se indigna, no llama a la Yihad contra el diablo cristiano -eso lo hace en otros foros-, no se lanza a toda suerte de improperios sin cuento como se espera de un desaforado tirano.
No. Simplemente se ajusta a nuestro juego, aplica nuestros procesos lógicos viciados y decide hacer maniobras militares en el Estrecho de Ormuz y amenazar con cerrar el tráfico marítimo a los petroleros si se le bloquean las exportaciones de petroleo.
Y de nuevo nos deja sin habla. De nuevo nos deja sin argumentos lógicos -en este caso materiales- para contrarrestarle.
Porque, si nosotros pudimos cerrar el tráfico maritimo de petróleo irakí en la Primera Guerra del Golfo, ¿qué argumento podemos utilizar para restarle lógica a lo que él está amenazando con hacer?; si nosotros podemos presionarle con quitarle los beneficios de su petróleo ¿qué argumento nos puede defender cuando él amenaza con quitarnos el nuestro?; si nosotros hemos podido mantener bloqueado el Mar Caribe y la isla de Cuba cincuenta años, pudimos mantener bloqueado el comercio de la mitad de Europa -el antiguo bloque soviético- hasta asfixiarlo durante treinta años sin tener derecho ninguno a hacerlo, ¿qué argumento podemos utilizar para evitar que él haga lo mismo en Ormuz?, si nosotros consentimos que otra teocracia, forjada y fundamentada en la concesión por la gracia de un dios de su territorio, mantenga bloqueado económicamente y en la miseria a todo un pueblo para que nadie cuestione sus colonias y asentamientos ilegales, ¿con qué proceso de razonamiento podemos enfrentarnos a alguien que quiere hacer lo mismo en un trozo de mar donde ni siquiera vive gente?
De nuevo nuestra ilógica y devastadora incapacidad de ajustarnos a aquello que demandamos de otros, que exigimos de otros, nos resta la posibilidad de considerarnos lógicos en nuestras pretensiones.
Si nunca hubieramos bloqueado o amenazado con bloquear a una nación en su economía para conseguir nuestros fines en contra de los deseos de esa nación, ahora sería lógico que exigieramos que Irán no lo hiciera. Pero eso no ha ocurrido.
Si nunca hubieramos utilizado la bomba atómica o incluso si después de utilizarla nos hubieramos desecho de todas ellas para evitar el riesgo que suponían, ahora tendríamos una base sólida -e incluso ética- en nuestra lógica para exigirle a la teocracia iraní que no se armara de uranio hasta las cejas. Pero tampoco hicimos eso.
Así que Ahmadineyad tiene razón no estamos siendo lógicos. Porque la lógica se nos acabó hace tiempo con la insistencia en nuestros propios errores y en creer a ciegas en nuestro inalienable derecho a mantenerlos.
Y cuando todo eso nos ha fallado, nos empeñamos en seguir dando la razón al al portavoz de los Ayatolas iraníes, ¿qué hacemos -aparte claro está del clásico de poner en alerta a la V Flota, que siempre está misteriosamente por casualidad anclada en Barhein-?
Pues matamos a un hombre.
Matamos a Mustafa Ahmadi Roshan sin juicio y sin jurado, sin pruebas ni descargos por enriquecer uranio para el gobierno iraní.
Nos desprendemos del único argumento que podía diferenciarnos del régimen de Teherán, del único pilar en el que podía fundamentarse alguna respuesta lógica y ética a las acciones de Ahmadineyad y nos convertimos en la tristemente famosa OLP de antaño, en el furibundo IRA de los años setenta, en la mafiosa ETA de hace, como quien dice, un par de días: cogemos un puñado de explosivos, unos relés, un sistema de temporizadores, los pegamos a los bajos de un coche y los hacemos estallar en mitad de la calle para cazar a una persona que es a todas luces inocente.
Cuando nos llevan la contraria nos volvemos terroristas.
sige en
http://lefthandgod.blogspot.com/2012/01/mustafa-le-quita-toda-la-logica.html

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19
Jun 2011

La oposición que le quitamos a Damasco

Escrito por: gboneque el 19 Jun 2011 - URL Permanente

Hay ocasiones en las que hablar de lo conocido, de lo que se sabe, de lo que se siente, de aquello a lo que se está llamado a volver porque nunca se debió abandonar, es lo que más se demora, es lo que se evita con una reiteración obsesiva. Quizás porque hay guerras que sientes tuyas. Quizás porque duelen como todo, pero curan como nada.
Pero un demonio que clama por la responsabilidad, que aboga por la realidad, no puede ampararse en su dolor ni en sus recuerdos. Sólo una ciudad y una mujer han conseguido eso en este demonio escribiente. Nunca hablaré aquí de la mujer, aunque algunas defiendan que en estas líneas hablo para ella.
Así que, por eliminación y por definición, hoy toca, por fin y aunque escueza, hablar de Damasco, hablar de Siria.
Entre tanta guerra, entre tanta revolución y tanta represión, nosotros, los occidentales atlánticos que creemos estar a salvo de todo, hasta de nosotros mismos, pasamos algo por alto, ignoramos la esencia y la presencia de lo que está ocurriendo y de lo que aún está por ocurrir en las tierras del califato.
E gobierno de Siria, el centro de la actividad árabe, se desmorona -o se recompone, según se mire-, pero todo parece estar desajustado, ocurriendo a unos ritmos impropios de la situación. Pareciera que, incluso en esto, los sirios, los seculares defensores de ese califato eterno e histórico, están haciendo las cosas de otra manera. Más dolorosa, pero de otra manera.
Y es que, aunque la ferocidad de Bachad El Assad en aferrarse al poder hace que se parezca a Libia, Siria no es Libia; aunque la absoluta inoperancia de la diplomacia internacional y la pasividad del Occidente Atlántico hace que se asemeje a Yemen, Siria no es Yemen; aunque la furia de las gentes y su impulso resistente contra tanques y disparos hace que las imágenes de Jisr al-Shughur o cualquier otra malhadada localidad damacena se nos antojen como las de Túnez, Marrakech o El Cairo, Siria y lo que pasa en ella no es, ni será nunca como la antigua Cartago, las arenas de los dioses bereberes o la tierra de los viejos faraones.
Un solo detalle la hace diferente, un detalle que, entre tanta muerte, tanta sangre y tanto cambio a los que nos estamos acostumbrados, hemos pasado por encima. Un pequeño detalle que o no captamos o nos empeñamos en ocultar.
En Siría hay manifestaciones pero no hay portavoces, hay cambio pero no hay interlocutores, hay revueltas pero no hay organizadores. En Siria hay gobierno, un mal gobierno, pero no hay oposición. Ni siquiera una mala.
Y eso es lo que hace el fuego en el califato mucho más ardiente. Eso es lo que hace que las llamas que inundan el cielo de Damasco amenacen con quemarnos los bigotes a los que ahora parece que estamos a salvo aquí, en el mismo origen de ese y todos los conflictos.
Conocemos los rostros de las mujeres y hombres que han capitalizado la imagen de la revolución musulmana en la faz de Arabia y del Magreb. Conocemos a los jeques que se oponen al dictador yemení, a los intelectuales que plantaron cara al nepótico Mubarak y a los estudiantes que desafiaron al cleptócrata Ben Alí. Puede que todos nos parezcan iguales, puede que no entendamos lo que dicen y se nos antojen una pandilla de yihadistas -que todo el que grita, se queja o protesta en el mundo musulmán tiene que ser yihadista, por supuesto-. Pero existen, están ahí.
Les vemos con sus gafas occidentales y sus sonrisas o sus gestos adustos en los telediarios, en los periódicos. Si quisiéramos, podríamos identificarles. Pero en Siria no. En Siria nadie capitaliza los réditos de esa marea de riesgo y de agonía que ha puesto en marcha el pueblo del califato para librarse de lo que no quiere.
El Asad dice y repite que son yihadistas, pero no vemos mulahs, ayatolás ni nada por el estilo dirigiendo mensajes de ira, venganza y furia divina a las multitudes. Podemos imaginar que son demócratas, pero no vemos ningún sesuso hombre medio calvo o ninguna mujer con hijab hablando del futuro, la libertad y la paz.
No los vemos porque no los hay. Porque nosotros los hemos matado. Así de sencillo.
El régimen de El Asad era necesario para que los presidentes estadounidenses pudieran seguir recibiendo el dinero del lobby judío que precisaban para sus campañas. Era un régimen laico y moderno. Así que nosotros permitimos que depurara la oposición. La oposición yihadista cayó, la oposición nacionalista cayó y eso era bueno. Eso tranquilizaba a Occidente. E eso dejaba pasar el aire que Israel precisaba para respirar.
Pero en ese camino también cayeron los demócratas, también cayeron los opositores que criticaban al presidente por su naturaleza despótica, no por su renuncia a la guerra de dios, cayeron los que alzaban su voz contra los El Asad por su incapacidad para anteponer el gobierno al poder, no por las ansias de recuperar la gloria perdida ni Los Altos del Golán.
Esos también murieron, esos también.

Sigue en...

http://lefthandgod.blogspot.com/2011/06/siria-llora-la-oposicion-que-le-matamos.html

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05
May 2011

Los SEALS acaban con nosotros

Escrito por: gboneque el 05 May 2011 - URL Permanente

Cumplimentados los fastos reales británicos y los nefastos futbolísticos españoles parece que toca volver, que toca despertarse de los sueros y los sueños que nos lanzan las pantallas para caer directamente en las pesadillas que nos imponen los informativos.
Y la última de ellas es la ansiada, esperada, deseada y exigida por América -la de los estadounidenses, claro está- muerte de Osama Bin Laden.
Tras diez años de operaciones encubiertas, detenciones, invasiones y declaraciones un comando estadounidense ha matado a Bin Laden, ese loco yihadista y fanático que no inventó la guerra, pero que la llevó a América.
Y como con la muerte de otros tantos que han muerto pero no han sido muertos, que han caído pero no han sido derribados o que han sido derrotados pero no han perdido, con la muerte del ideólogo y fundador de Al Qaeda han perecido muchas realidades.
Con Osama Bin Laden ha muerto muchas cosas.
Pero otras muchas no.
Desde luego, pese a las alegrías arrebatadas frente a La Casa Blanca y en La Zona Cero, pese a las declaraciones contenidas y las sonrisas disimuladas, el furor yihadista no ha muerto, la rabia asesina de un dios malentendido y perversamente interpretado no ha muerto.
No ha muerto porque no puede morir, porque ningún comando puede matar eso, porque dos helicópteros y un puñado de hombres armados no son suficientes para acabar con eso. Porque Occidente, el Occidente Atlántico que tanto se se congratula del fin de Bin Laden, sabe que no puede acabar con ello, que no quiere acabar con ello.
Porque no quiere, no puede o no sabe matar a dios.
El yihadismo necesita de un dios, del que sea y si no lo tuvieran se lo inventarían. Porque es el fanatismo religioso lo que fuerza la guerra de la sangre santa, lo que fuerza la muerte paradisiaca. Porque es el mesianismo y la furia religiosa la que a lo largo de la historia ha llevado a todas las civilizaciones a la locura y la guerra.
Y Bin Laden no inventó eso. Y los ayatolahs iraníes no inventaron eso. Eso lleva mucho tiempo inventado. Se inventó con Sanson, con Saúl, con Pedro, el hermitaño, con Urbano II, con Surhak, el mameluco.
Eso se practicó en Sumeria, en Jerusalén, en Bizancio, en Antioquía, en Jericó, en Granada, en Afula...
Eso se ha llevado a cabo sobre los campos ensangrentados de La Tierra en la batalla del Puente Milvio, en los montes de Hattín, en los campos de Guadalete, en la noche de San Bartolomé....
Y la muerte de Bin Laden no cambia ni acaba con nada de eso porque, aunque él lo llevara a América, él no lo inventó.
Pero tampoco muere el terrorismo que se fundamenta en su visión empobrecida de su dios y febril de su realidad.
Porque Al Qaeda no necesita a Bin Laden; porque el yihadismo no necesita a Al Queda; porque el choque de civilizaciones, casi ni necesita el yihadismo. Porque el fanatismo religioso ni siquiera precisa de la civilización.
Nada de eso se termina con la muerte den Bin Laden. Porque los salafistas han hecho arder Djemma el Fna sin el loco visionario saudí; porque los habitantes de Oregón seguirán quemando coranes sin que Bin Laden lo vea por la tele; porque los insurgentes irakíes pueden seguir sin él llenando su país muerte y bombas; porque los fundamentalistas cristianos de Brooklyn no necesitan a Bin Laden para quemar escuelas islámicas en las que estudian niños; porque las iglesias coptas de Egipto seguiran ardiendo sin que nada tenga que ver Bin Laden con ello; porque las mezquitas en Bélgica seguirán siendo pintadas con heces sin que Osama se esconda en ellas; porque los cristianos seguirán siendo expulsados por los ayatolahs iraníes sin necesidad de que el saudí loco les acompañe a la frontera; porque las estudiantes universitarias seguirán siendo desfiguradas en Londres por llevar hiyab sin necesidad de que paseen por Oxford de la mano de Bin Laden.
Porque el fatanismo religioso se ha desatado y ya no necesita de nadie para seguir creciendo entre acusaciones e intransigencias. Ni siquiera a Bin Laden.
Así que, si ni el terrorismo, ni el yihadismo, ni el choque de civilizaciones, ni el fanatismo religioso ha muerto con los dos tiros que le han dado a Osama Bin Laden los chicos de la Infantería de Marina Estadounidense -¡uaaaa!- ¿qué es lo que ha muerto?
Pues muy sencillo. Hemos muerto nosotros.
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28
Mar 2011

El curioso arte de contar muertos con un prisma

Escrito por: gboneque el 28 Mar 2011 - URL Permanente

¿Qué hubiese pasado si en la II Guerra Mundial los aliados hubiesen bombardeado las cámaras de gas o las líneas de ferrocarril que llevaron a millones de inocentes a la muerte en Auschwitz y otros campos de exterminio? No se podía. No sabíamos. Hubiésemos distraído recursos de otros frentes. No era una prioridad estratégica. Estas son algunas de las respuestas que se le han dado a esta difícil pregunta. En Auschwitz fueron asesinados más de un millón de hombres, mujeres y niños.
Está pregunta, que más que retórica es algo extemporanea, anacrónica e innecesaria, quizás no sirva para iniciar un debate sobre la intervención internacional en Libia, como quiere el autor, pero para lo que sí sirve es para demostrar algo que está comenzando a ser un elemento demasiado recurrente en nuestra forma de ver el mundo y la historia. Algo que me atrevería a bautizar como el síndrome del prisma visual.
Tanto nos han vendido eso de ver la realidad a través de un prisma determinado, el de la diversidad, el de la modernidad, el del género, el de lo que sea, que hemos terminado creyendo que con la historia, con cualquier hecho y con cualquier situación, eso es lo adecuado. Hemos olvidado que mirar a través de un prisma, por muy límpio que sea su cristal, distorsiona la imagen.
Y La pregunta de este articulista. Es el más claro ejemplo.
Su prisma, su nombre y su filiación, no me hace albergar duda alguna al respecto. Le hace preguntarse algo que ya está contestado.
Toda la II Guerra Mundial, todas las acciones de los aliados se fundamentaron, en su momento, en la necesidad de liberar a la problación inocente de las garras de un régimen enloquecido y criminal. No hay necesidad de justificar ningunaintervención militar porque se está en mitad de una guera que, supuestamente, está encaminada desde el principio a ese fin.
¿Por qué entonces tiene esa duda?
Pues muy sencillo, porque su prisma solamente le permite ver como necesaria la salvación de un colectivo determinado, solamente le permite sufrir por esa pérdida. Solamente le parece relevante la realidad que el prisma elegido para contemplar el mundo le presenta engrandecida.
Pero hay muchas más preguntas que sirven de respuesta a la pregunta surgida del prisma elegido por el articulista.
¿Por qué había de bombardear el ejercito aliado los ferrocarriles o las cámaras de gas y no los ferrocarriles japoneses que conducían prisioneros chinos al exterminio?, ¿Hubiera sido etícamente aceptable para los aliados que los japoneses bombardearan los ferrocarriles estadounidenses para imdedir que los norteamericanois de origen japones fueran encerrados en campos de concentración?
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http://lefthandgod.blogspot.com/2011/03/el-prisma-que-agranda-unos-civiles.html

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24
Mar 2011

Cuando Occidente se mueve en Libia para seguir quieto

Escrito por: gboneque el 24 Mar 2011 - URL Permanente


Occidente se ha movido. Al ritmo mastodóntico y enajenantemente lento al que ha decidido hacerlo, en un mundo que estalla deprisa por lo humano y que se quiebra a toda velocidad por lo geológico, pero parece que se ha movido.
Las Naciones Unidas han aceptado la intervención militar en Libia. Han aprobado que es justo y necesrio evitar que la aviación y la artillería pesada de un dictador deje de matar a aquellos que tomaron las armas para descablagarle del desabrido y furioso corcel de un poder que le ha conducido al mesianismo y la locura.
Se ha movido en contra de las reticencias de China que de repente -¡gran casualidad!- han dejado de serlo; en contra del universal encogimiento de hombros de sus poblaciones ante la tragedia efectiva de los que mueren en el desierto.
Se ha movido lentamente -esperemos que no tardíamente-, pero, aunque lo parezca, el Occidente Atlántico no se ha movido para cambiar el mundo. Se ha movido para que el mundo no se mueva, para que deje de hacerlo.
¿Qué diferencia existe entre la votación de hace unos días, cuando se vetó la zona de exclusión aérea y cualquier intervención militar, y esta última, en la que se autoriza prácticamente hasta que un comando de élite se plante en la casa Gadaffi y le descerraje un tiro en la sien mientras duerme?
Muchas pero ninguna de las que se antojan evidentes.
Podría decirse que es porque ahora los rebeldes tienen todas las de perder, podría decirse que es por el fiasco enérgetico que está provocando la ocurrencia del globo terráqueo de borrar medio Japón de la faz de la tierra; podría decirse que es porque China necesita que se restablezca cuanto antes el flujo petrolífero desde Trípoli y Bengasi, ahora interrumpido.
Y se acertará parcialmente en todo, porque todos esos motivos son meros síntomas de una misma enfermedad, el mal que le ha hecho a Occidente demorar su extertor, la dolencia que le hace tomar decisiones con la velocidad de un anciano artrítico y la desesperación de un nonagenario asmático.
Todo lo que ha hecho y está haciendo el Occidente Atlántico responde a la única enfermedad que le está matando, que ya le ha matado: la parálisis.
Un movimiento tiene un objetivo, exige una continuidad, eso es el cambio. Eso es jugar una partida. Se mueve un peón en la espera de que algo ocurra, de que haya una respuesta para luego poder contrarestar esa respuesta -aunque, si se es buen jugador, se intenta anticipar esa reacción-.
Y eso es lo que hizo Francia cuando se le escaparón las cosas de su sitio en Libia. Hizo un movimiento, una apertura, sacó un peón de su escaque. Reconoció al gobierno rebelde de Bengasi. Asumió un riesgo, controlado o no, pero lo asumió.
Francia, en esto suele ser otra cosa. Su revolución reinventó Occidente, Taillerand inventó la diplomacia moderna multilateral, pero, como los ingleses con el fútbol, inventar una cosa no supone necesariamente prácticarla de forma ortodoxa y brillante.
Pero el resto de las potencias, esas que ahora dejarán en manos de los mirage y los Rafel franceses la responsabilidad de las operaciones de exclusión aérea y en las pistolas de la legión Extranjera el honor del tiro de gracia sobre el descerabrado cráneo de Gadaffi, siguen quietas y lo seguirán.
Su movimiento no es otra cosa que un extertor, que un ataque de tos. Ellas no quieren jugar la partida. Ni si quieren que haya partida. Por eso terminan interviniendo, por eso hacen un movimiento obligado y a regañadientes de sus piezas.
Sigue en
http://lefthandgod.blogspot.com/2011/03/libia-el-alfil-motuorio-de-occidente.html

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24
Mar 2011

La otra manera de mirar Bahréin

Escrito por: gboneque el 24 Mar 2011 - URL Permanente

Como Japón agoniza dejamos de hablar de Libia. Como una central nuclear está a punto de estallar, dejan de cobrar trascendencia diaria otros estallidos más humanos.
Gadaffi está a punto de dar al traste con la Revolución de Bengasi, pero Occidente ha dejado de mirar en esa dirección para hacerlo hacia la tierra del sol naciente. Se juega mucho más en Japón, en el índice nikkei, en la detención de las cadenas productivas de Toyota o Sony, que en el petróleo del desierto libio.
Lo de Libia y su loco mesiánico dictador -al que de repente se le vuelve a llamar dirigente, nadie sabe muy bien por qué motivo- puede ser un problema de haber cambiado el campo de visión. pero lo de Bahreín, Arabia Saudí y sus revueltas es un problema diferente.
En Bahréin se utilizan unas gafas diferentes.
Los rebeldes libios solicitaron ayuda y se les negó. Mucho antes de Fukushima se les negó, mucho antes del Tsunami japonés se reunió el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, se votó y se negó una zona de exclusión aérea, Estados Unidos movió su sexta flota, China utilizó por primera vez en aguas mediterráneas su armada de guerra. Se habló de evitar la intervención armada, de diplomacia multilateral.
Todo lo que ha ocurrido y está ocurriendo en Libia se está mirando con las gafas de lejos, con las lentes que hacen que las potencias occidentales -y la nueva potencia oriental- se mantengan alejadas, atentas en ocasiones y distraidas otras, siempre reticentes.
Pero las revueltas en Bahréin se están mirando con otras gafas, con esas antiparras de cerca con las que se miran las cosas que son importantes para nosotros. Con las gafas con las que se leen las facturas.
Occidente se ha planteado y replanteado mil veces la intervención en defensa de una rebelión, de una revindicación que todo el mundo considera justa, que hasta sus líderes han calificado de necesaria. Y al final no ha movido un dedo, no ha desplazado un carro de combate, no ha hecho, en definitiva, nada.
Pero la revuelta en Bahréin se hace fuerte, se hace incontrolable -como lo fue en Egipto y en Túnez- y no hay una sola reunión internacional al más alto nivel, no hay una sola recomendación internacional, no hay un solo debate. Alguien plantea la intervención armada y el mundo occidental atlántico y China siguen mirando a Japón y su crisis nuclear.

Tropas y vehículos blindados procedentes de Arabia Saudí y Kuwait -ese mismo Kuwait que consideró una invasión el ataque del Irak de Sadam Husein- atraviesan el puente fronterizo con la isla de Bahréin y nadie dice nada. Arabia Saudí interviene militarmente y la comunidad internacional lo aprueba aplicando el antiguo silencio administrativo, el que concedía, no el que deniega
sigue en
http://lefthandgod.blogspot.com/2011/03/bahrein-y-el-problema-de-las-lentes.html

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24
Ene 2011

Israel abre consulado en la Isla Tortuga -o viceversa, que nunca se sabe-

Escrito por: gboneque el 24 Ene 2011 - URL Permanente

De pequeño, cuando los héroes son buenos y los villanos son malos, yo leía al Corsario de Hierro. También leía otros comics pero el primero que me planteó una duda al respecto fue el Corsario de Hierro. La duda era muy sencilla ¿por qué el Corsario de Hierro era un héroe?

No estaba yo al tanto de los matices políticos que diferenciaban al corsario del pirata y al bucanero del filibustero. Pero no entendía porqué, un tipo que robaba y mandaba a pique barcos de Su Majestad era un héroe y los capitanes de la flota inglesa eran terribles villanos sin escrúpulos, por mucho que el pérfido Lord Bradbury hubiera engañado al rey para que enviaran al melenudo y sonriente corsario al fondo del mar.
La Capitana Dagas sí era una heroína. Pero ella estaba buena.
Crecí con esa duda existencial -que tampoco es que me preocupara en exceso- y la olvidé. Pero hoy Israel me la ha recordado y me la ha resuelto.
La Comisión Turkel, formada por el Gobierno de Israel para investigar la violenta intercepción de la mal llamada flotilla de la libertad, que el pasado 31 de mayo intentó romper el bloqueo israelí y llegar a Gaza, ha concluido que su asalto fue legal. O sea que ya no albergo duda alguna sobre el lugar ético que ocupaba en el mundo El Corsario de Hierro. Sus acciones eran legales.
Eran legales porque él había decidido que lo eran. Porque él había decidido que tenía razón y por tanto tenía derecho a atacar, esperar que los atacados no se defendieran y matarles cuando lo hacían. Como ha hecho Israel.
Podríamos hablar de la estupidez diplomática que supuso la mencionada flotilla y habría que darle la razón al gobierno israelí.
No es la mejor forma de ayudar y de potenciar la paz y la libertad desarrollar actos de provocación ante gobiernos que ya han demostrado que no tienen el más mínimo interés en la libertad y que basan su idea de la paz en el control absoluto y el exterminio de la oposición -eso, por supuesto no lo dirán los israelíes. Eso lo debería decir el resto del mundo-.
Vamos que no era precisamente una idea gloriosa.
También sería posible defender que Israel tiene derecho a controlar lo que entra y sale de su territorio.
Aunque entonces tendríamos que discutir sobre si ese territorio, la Palestina ocupada, que ellos consideran propio lo es o no lo es, con lo que volveríamos a ese punto de origen, que se pierde en las brumas de 1959, al que el sionismo político y militar israelí no quiere nunca retrotraerse. Es decir, habría que dirimir si Israel tiene derecho a ocupar Palestina.
Creo que eso ya lo ha hecho la ONU en varias ocasiones pero a todos les conviene olvidarlo en estos casos.
Otra posibilidad sería especular sobre la proporcionalidad de la respuesta del ejército israelí a la violencia con la que se resistió la tripulación al abordaje.
Entonces nos veríamos forzados a escrutar vídeos oportunamente grabados para que los peritos y los técnicos dilucidaran si son reales las imágenes de las agresiones a los soldados, para que descubrieran si son los propios soldados disfrazados los que fingen esas amenazas, si los ataques con barras de hierro son posteriores o anteriores al primer disparo, si el que cae por la borda es un soldado o un marinero.
Deberíamos dilucidar si un soldado entrenado en someter y reducir con sus propias manos a un yihadista armado con un cuchillo necesita disparar para inmovilizar a un activista armado con una barra de hierro.
O sea, que nos veríamos obligados a valorar reglas de compromiso militares sobre respuesta proporcional y, aún así, no tendríamos claro qué es lo que ocurrió en el buque insignia de esa flotilla.
Pero todo eso no importa. Es irrelevante.
Las armas utilizadas en el asalto, las mercancías que transportaba el barco, la resistencia de los abordados, la profesionalidad de los soldados, las resoluciones de la ONU, las reglas militares de compromiso, las campañas mediáticas, los proyectos solidarios, las barras de hierro, los fusiles de asalto, los cinco muertos turcos, los cincuenta heridos, los dos soldados caídos por la borda, los disparos y los gritos no importan. Habéis leído bien. Ni siquiera los muertos importan.
Lo que transforma en una farsa y en una falacia a la Comisión Turkel, por mucha presencia de Premio nobel de la Paz que pueda tremolar, es un pequeño aparato, un ínfimo y complicado mecanismo que sustituye a las cartas de navegación y los sextantes. Algo llamado GPS (Global Position System, creo recordar).
Porque pueden tenerse dudas sobre lo qué ocurrió, cómo ocurrió y hasta cuando ocurrió. Pero el GPS nos quita todas las dudas sobre dónde ocurrió. Y la respuesta a esa pregunta transforma a los soldados israelíes en los piratas somalíes del Golfo de Adén y transforma a sus jefes políticos y militares en el puñetero Corsario de Hierro.
Ocurrió en aguas internacionales.
No se puede abordar un barco en aguas internacionales. No se puede asaltar un barco en aguas internacionales. Eso lo sabe Israel, lo sabía la flotilla, lo sabe la ONU y lo saben hasta los piratas somalies. Pero Israel lo ignora y la pantomima que respalda su acción se atreve a afirmar que el abordaje, realizado en aguas internacionales, fue legítimo porque "al intentar romper el bloqueo la flotilla se había convertido en un objetivo de guerra".
De modo que ahora la guerra se establece sobre las intenciones. Israel tiene unas cuantas millas marinas de aguas jurisdiccionales en las que ese argumento hubiera sido aceptable. Tomado por los pelos, hipócrita y casi divertido, pero aceptable. Pero eso no sirve en aguas internacionales.
¿Un objetivo de guerra? ¿contra quien?
En España, Italia y otros muchos países está prohibido entrar ilegalmente por mar ¿eso convierte en objetivos de guerra a las pateras hasta el punto de que puedan ametrallarlas o hundirlas las patrulleras de la Guardia Civil?.
Que los barcos españoles incumplan las normas de captura en los caladeros franceses o marroquíes, ¿les transforma en objetivos de guerra? ¿Desde cuando la intencionalidad de un barco civil y desarmado de cometer un delito o una acción ilegal posibilita que se le convierta en objetivo militar?
Todos sabemos que no es así. Pero a Israel no le importa. Los halcones militaristas de gobierno israelí utilizan sus propios argumentos.
Como yo creo que alguien me ha perjudicado -Palestina y Lord Bradbury- y los demás -La Armada de Su Majestad y el resto del mundo- no me dan la razón, entonces puedo atacar en alta mar a cualquiera que le de la razón a mi enemigo en lugar de a mi -Un bajel Inglés o una flota de activistas-. Tengo ese derecho. Soy el Corsario de Hierro.
Da igual que a lo mejor yo no tenga razón, da igual que se haya demostrado que no la tengo, da igual que esté incumpliendo con mi bloqueo todas las reglas de compromiso y las normas de convención que luego utilizo para exonerar a mis soldados. Hago lo que no tengo derecho a hacer en aguas en las que no tengo derecho a hacerlo.
Convierto a mis tropas en piratas somalies que ignoran los derechos del mar y se apropian de lo que desean sin importarles que no sea suyo y no tengan ningún derecho hacerlo. Convierto la fuerza en la única ley del mar. Y monto una comisión internacional para refrendarlo.
Así que todo lo que ocurrió no es relevante para la exoneración o condena de Israel. Sólo lo es el GPS porque ocurrió en aguas internacionales y en un buque desarmado -las barras de hierro no se consideran armas de invasión marítima-.
Porque fueron actos realizados por unos hombres armados a los que, por mucho uniforme que vistan y por mucha estrella de David que luzcan en sus mangas, sus jefes les habían convertido en simples bucaneros somalies en busca de botín, en sencillos filibusteros que, bajo una intolerable patente de corso, asaltan los mares en busca de riquezas para su señor. Aunque en este caso el botín y la riqueza no sean oro, plata ni rescates millonarios pagados en secreto. Aunque el botín sea la más absoluta impunidad para seguir matando Palestina de hambre y desesperanza.
Y si hay un Premio Nobel de La Paz que refrenda esas teorías es que cree bastante más en la paz que en la justicia. Que no son la misma cosa aunque una no sea posible sin la otra.
El Cosrario de Hierro y los piratas de Adén ya tienen amiguitos con los que intarcambian canciones procaces, libaciones de ron e historias de abordaje en la Isla Tortuga. ¡¡¡Oh, la botella de ron!!!

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Gerardo Boneque Molina

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