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27
Dic 2011

El miedo a la yihad de libro

Escrito por: gboneque el 27 Dic 2011 - URL Permanente

Podría hablar de cómo la concejala de Medio Ambiente con el medio ambiente más sucio de España ha logrado una alcaldía, de cómo la concejala de empleo con menos empleo del país ha conseguido por la puerta de atrás el bastón de alcaldesa sin que un solo madrileño la vote para tal cargo. Podría hablar de como la piña del nuevo gobierno se ha ido por el sumidero desgajada en piñones en cuanto Montoro ha empezado a afilar las tijeras de los recortes presupuestarios. Podria seguir mirandonos el ombligo, cada vez más arrugado y más sucio. Pero no voy a hacerlo. Nuestro ombligo ya ha sido suficientemente abrillantado con las fiestas y los fastos de las navidades y los cambios de gobierno.
Hoy voy a tomar la imagen de una mujer embozada -no velada- y voy a hablar del mundo, del de verdad. Del que está vivo y nosotros estamos permitiendo que muera.
Hoy voy a coger un grito de otra mujer que también oculta el rostro bajo unas telas y voy a hablar del mundo, del de verdad. Del que estaba parado y ahora cambia sin que nosotros hagamos nada para facilitarlo.
Hoy voy a hablar de Homs. Hoy voy a hablar de Yihad.
Machacados hasta un punto que un occidental no solamernte no podría soportar sino que ni tan siquiera es capaz de imaginar, por la autoridad falsa y supuestamente infinita que pusimos sobre ellos para que los controlara, para que los limitara, para que los manejara, los sirios se tapan la cara y van a la guerra, a su guerra.
A la guerra que nuestra política exterior, y por nuestra entiendo de Occidente -no se me subleve ministra saliente ni ministro entrante de Asuntos Exteriores-, ha originado con su intento absurdo y baldío de mantener el mundo árabe en una situación que no era la suya, con unas fronteras que no eran las suyas y con una historia que no les pertenecía.
Hoy, mientras nosotros nos forramos aún las tripas de alcaselsser para regular nuestras excesivas cenas y prolíficas comidas, las mujeres de Bam Amro se embozan, no se velan, para ir a la guerra. Para gritar "Yihad".
Y esta es la Yihad que más temememos. Y esta es la Yihad que más odiamos. Y esta es la Yihad que nos pone los pelos de punta, nos enchufa los miedos y nos desenchufa las razones.
Porque contra esta no podemos decir nada.
Contra esta no podemos tremolar como icono a ancianos barbudos de Sharia e intransigencia, a imanes apocalípticos de cinco rezos diarios y conversiones obligatorias; contra esta no podemos escrimir bombas en iglesias nigerianas, ni cadenas de atentados en mercados y sinagogas; contra esta no podemos usar de escudo las lapidaciones públicas, las ablaciones, los ahorcamientos ni ninguna de las otras barbaries en las que hasta ahora se han empeñado los intransigentes de El Corán mal entendido y el Profeta mal interpretado para definir la yihad, su yihad.
La Yihad por la que claman las mujeres embozadas de Siria, La yihad que ya luchan los hombres embozados de Homs no es nada de todo eso. Es una Yihad de libro.
Es una guerra justa cuando no queda otra salida que la guerra. Es, palabra por palabra, sumna por sumna y acento circumflejo por acento circumflejo, lo que dijo El Profeta.
Y por eso la Liga Árabe la tiene miedo, la intenta parar. Por eso actúa por primera vez como un organismo supranacional, por eso envía pírricos observadores a mirar como muere la gente desde sus camiones marcados para evitar ser considerados blancos.
Les envían a observar como se retiran docenas de cadáveres de las calles para hacer sitio a los que han de llegar, para comprobar como las casas desaparecen de la faz de la tierra bombardeadas por aviones que nosotros pusimos en los aeródromos del padre de El Asad para mantener ese absurdo equilibrio inventado por Metternich en el que parece que, sea lógico o no, tenemos que basar toda política internacional en cualquier rincón del globo.
Por eso les ponen en primer línea para observar como los niños no tienen comida, las madres no tienen leche y los padres no tienen agua pero tanto unos como otros siguen peleando, siguen luchando, más allá de lo que cualquier occidental atlántico está siquiera capacitado para soportar contemplar en una película de acción.
Porque tienen que parar la Yihad. Incluso dándoles la razón, pero tienen que pararla.
Porque si triunfan, si la guerra justa es el camino para librarse de aquellos que no tienen derecho a ejercer el gobierno y que lo hacen de una forma tan brutal y despótica que son abandonados hasta por sus propios servicios secretos, entonces los asientos de los emires, sultanes, reyes y jeques de La Liga Árabe tienen los días contados. Alguien se dará cuenta de que ni sus pueblos ni su profeta los desean en esos asientos.
Así que la Liga Árabe acude a Siria para darle a los sirios lo que quieren antes de que puedan ganarselo. Para cambiar un rey tiránico por otro benévolo en un último intento de evitar que alguien cuestione la monarquía.
Es tan antiguo como La Santa Alianza. Es tan antiguo como la Revolución Francesa. Es tan antiguo como la Yihad.
Y por eso la yihad siria les abre las carnes a sus seculares vecinos y enemigos. Por eso Israel, que presume y promete democracia a todo el que quiera ecucharla, envía al halcón Netanyahu a decir por el mundo que Siria no necesita democracia, que Siria no está preparada para la democracia, que El Asad tendría que seguir en su sitio o, en su defecto, otro como él.
Porque si una guerra justa contra la que nada se puede objetar triunfa, a lo mejor los libaneses pasan de Hezbolla y se dedican a liberarse del control de Israel, de Siria y de Iran en el valle de La Becah, en Beirut y en Sidón; a lo mejor los palestinos pasan de Hamás y sus falsos santones y paraisos y se dedican a hacer la guerra que tienen derecho a hacer por sus tierras, sus fronteras y su futuro; a lo mejor los jordanos pasan de sus ilustrados y benévolos monarcas y comienzan a reclamar aquello que siempre fue suyo y que ahora parecen haber olvidado que les pertenece; a lo mejor los ejipcios se embozan contra su ejército y en la Plaza de Tahrir, dan la espalda a los islamistas y recuerdan a su profeta con los ojos puestos en El Sinaí, el Jordán y Tel Aviv.
Es tan antiguo como el Estado de Israel. Tan antiguo como la guerra contra los Filisteos. Tan antiguo como las murallas de Jericó.
Por eso esta yihad deja a Rusía en un fuera de juego que no recordaban desde el famoso gol de Marcelino.
Por eso se aferran con el banderín en alto a El Asad, bloqueando para Occidente toda posibilidad de reacción, toda capacidad de castigo.
Porque, si está yihad es justa -que lo es- y triunfa, a lo mejor chechenos, kazajos, azaríes, turkmenos, uzbekos y tajikos tienen algo que decir sobre la poítica internacional de La Madre Rusia en Asía Central y descubren que si la guerra es justa hasta puede ganarse.
Es tan antiguo como la Rebelión de los Boyardos. Tan Antiguo como Rasputín. Tan antiguo como la Revolución de Octubre.
Y por eso la yihad embozada -que no velada- de las sirias en Homs, la yihad combatida -que no terrorista- de los sirios en Damasco, Palmira, y Bam Amro nos deja a nostros, los adalides de la democracia y la libertad del Occidente Atlántico, sin aliento, sin recursos, sin capacidad alguna de escapar del miedo a que los últimos 500 años, en los que hemos propuesto e impuesto la organización del mundo, estén acabando.
Porque escuchamos las maldiciones de las mujeres embozadas en Siria y sabemos que tienen razón, que son justas, que nunca hubo una Yihad más Yihad que la que ellas luchan contra los cuatro jinetes del hambre, la peste, la guerra y la muerte que nuestra marioneta, El Asad, ha desencadanado en cada calle, en cada esquina, en cada casa y en cada adoquín del pavimento del Califato.
“No tenemos ni agua, ni luz, ni gasolina”. “Hay 25 cadáveres sin recoger”. “Estamos siendo bombardeados”. “No hay leche para nuestros hijos”. Y sabemos que, después de eso, cualquier maldición es comprensible, cualquier venganza está justificada. Cualquier Yihad es justa.
“Que Alá castigue a Bachar y a todos aquellos que ha hecho pisible esto; que maten a sus esposos, que mueran sus hijos de hambre para que sientan lo mismo que nosotras”.
Y eso es lo que nos aterroriza. Ya no nos encoge de miedo la falsa yihad de los fanáticos del credo islámico. Ahora nos arruga de pánico a la verdadera guerra justa de los hombres y mujeres de Homs.
Porque si su dios les hace caso va a tener que pasar los próximos quinientos años llamando a muchas puertas al oeste del meridiano de Greenwich para cumplir su promesa de venganza.
Y nadie va a poder decir que no es justa.
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http://lefthandgod.blogspot.com/2011/12/el-miedo-la-guerra-justa-al-oeste-de.html

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27
Nov 2011

Cuando un velo nos transforma en El Padrino

Escrito por: gboneque el 27 Nov 2011 - URL Permanente

Mientras el mundo se deshace o, para ser más exactos, permitimos que el mundo se deshaga para evitar el esfuerzo y el dolor que nos ocasionaría rehacerlo, nosotros seguimos a lo nuestro.
Y lo nuestro es y siempre será medir todo por nuestro rasero, pasarlo por la diabólica distorsión del prisma que elegimos en cada momento para imponer nuestra percepción de las cosas.
Netanyahu, el halcón guerrero de la estrategia Masada, acerca el óculo a su prisma y se atreve a decir que las revoluciones de la primavera árabe son malas, que los dictadores depuestos debían seguir en su sitio y que hay que impedir -si lo he escrito bien, impedir- la democracia en los países árabes porque no están preparados para ella.
Los británicos, siempre más hirientes en su flema, hacen chistes y viñetas comparado el recientemente descubierto magnifico trasero de la cuñada de William, su príncipe, con el rostro tapado, desde que se convirtiera al Islam, de la cuñada de Tony -Blair, por supuesto, su ex Primer Ministro-.
Y nosotros, acuciados por la urgencia de otros asuntos, por la necesidad de otras batallas, no ponemos el mismo esmero que israelíes y británicos y recurrimos a un clásico para dejar constancia de que seguimos en eso de interpretar las necesidades del mundo según aquello que podemos digerir y nos deja tranquilos.
Nosotros tenemos a Melilla. Tenemos a Melilla y a una niña. Eso y el burka. Para estos menesteres siempre tendremos el burka.
sigue en
http://lefthandgod.blogspot.com/2011/11/un-trozo-de-tela-transforma-melilla-en.html
En Melilla hacemos campaña de nuestro prisma particular con una niña que no va al instituto, que está encerrada en su casa y que está perdiendo el último curso de la ESO, por un motivo tan absurdo como inútil. La chica se ha empeñado en que quiere ir con burka por el mundo y eso está prohibido.
La joven no quiere quitarse el velo integral y nosotros reaccionamos como lo haría cualquier ayatolah de tercer orden en las calles de Teherán a la salida de los rezos del viernes a mediodía. Como no cumple nuestros mandatos morales, la privamos de su futuro.
Y luego, cuando sus principios -algo de lo que nos quejamos que nuestros jóvenes no tienen- se mantienen firmes, recurrimos a la acción más baja y rastrera a la que que se puede recurrir.
Seguimos el camino que allanaron para tales fines gloriosas organizaciones como la Stasi, del Mossad, el KGB o la CIA. Continuamos la senda que a lo largo de los siglos desbrozaron para nosotros nombres tan añorados -por lo que se ve- como La Santa Inquisición, La Gestapo o La Cosa Nostra.
Hacemos lo que todo matón haría cuando no puede atacar directamente a su víctima, cuando no puede imponer el miedo directamente en su carne.
Amenazamos a su familia.
El Estado Constitucional y Democrático Español -dejénme que me ría al enunciarlo así- se plantea procesar a la madre del niña por privarla de la escolarización.
"Si no haces lo que quiero, me cargo a tu familia". Un clásico del chantaje y la extorsión que enriquecería la actuación Hollywoodiense de cualquier Brando o Pacino.
El Estado Español va a procesar y meter entre tres y seis meses en la cárcel a la madre de una niña enrocada en su burka cuando no ha sido la madre la que le ha dicho, la que la ha exigido, que no vaya a la escuela. Se lo ha impuesto ese mismo Estado que ahora busca otro culpable para hacer palanca en la mente de la niña.
Aunque el burka sea la pieza de indumentaria más retrógrada de la historia de la humanidad -y creedme cuando os digo que se encuentra en lo más alto de esa jerarquía junto con el cinturón de castidad y el guardajubones, ambas, por cierto, inventos de los reinos cristianos-, no ha sido la madre la que le ha dicho que no vaya a clase sin el burka. Ha sido el Estado el que le ha dicho que no puede ir al instituto con él.
Así que el responsable de la desescolarización de la criatura es el Estado. No la familia. En buena ley debería procesarse a sí mismo.
Pero nuestro prisma, ese que usamos para todo, nos impide ver eso.
En cualquier otro caso similar, el emporio feminista -ahora misteriosamente escondido tras las elecciones- habría clamado en la puerta del edificio de viviendas sociales de Melilla en el que vive la niña del burka contra el patriarcado machista islámico que obliga a la pobre chica a llevar la pieza de indumentaria en cuestión.
Pero quizás porque está en horas bajas o más probablemente porque la familia de la niña está compuesta por otras cinco mujeres -tres hermanas, una madre y una tía- permanecen en silencio. Un silencio culpable de esos que adoptas cuando te pillan en un renuncio. De esos que se mantienen con los labios apretados cuando sabes que cualquier palabra que digas va simplemente a desvelar que lo dicho anteriormente era una burda mentira. O por lo menos una manipulación capciosa de la realidad.
Las mujeres musulmanas -o, al menos, estas mujeres musulmanas- quieren llevar burka. A ello contribuye su tradición, su historia o su conversión. Pero son ellas las que quieren llevarlo. Y eso nos descuadra, nos deja en fuera de juego, nos quiebra el prisma a través del cual mirábamos el mundo.
Prohibimos el burka porque, en la soberbia de nuestro supuesto conocimiento, en la ignorancia de nuestro mundo y en la inocencia de nuestras convicciones, creímos, fingimos creer o incluso dejamos que nos hicieran creer que cualquier mujer del mundo que llevaba un velo integral lo hacía por obligación, por imposición de algún varón retrógrado que la consideraba un objeto, una posesión.
Y de repente el mundo se revela contra nuestra percepción y nos abofetea con una niña en Melilla, de España e hija de españoles, que lo quiere llevar sin que medie la premisa de imposición masculina cuando hace un año lucía unos ceñidos vaqueros.
De pronto nos escuecen los talentos y no tenemos mano con la que rascárnoslos porque en una mantenemos la ley de la intolerancia y en la otra el perjuicio de la incultura.
De pronto, una niña melillense y su madre nos han transformado de paladines en inquisidores.

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11
Sep 2011

Once de septiembre: cuando se hace un pequeño paréntesis en la paranoia

Escrito por: gboneque el 11 Sep 2011 - URL Permanente

Ya es Once de Septiembre. Me niego a apocoparlo.
No hay apócope posible a la locura y la sangre, a la muerte y la guerra. No hay elisión que pueda contener las negligencias sociales de occidente que llevaron a esos hechos, los excesos ideológicos de los fanáticos religiosos que llevaron a esas muertes, las explotaciones occidentales, las injusticias atlánticas y los dolores y terrores árabes que culminaron en esa sangre.
Tanto odio, tanta guerra y tanta historia de errores y frustraciones, de injusticias y demandas, de falacias y mentiras, apenas caben en una sola fecha. Mucho menos en su acrónimo.
Así que hoy, diez años después del último once de septiembre -los siguientes solamente han sido repetición del día en que la guerra llegó a América- quiero hacer un paréntesis en la explicación racional del mismo.
Y el símbolo de apertura de ese paréntesis es, ni más ni menos que Donald Sutherland.
El veterano y canoso actor se calza el Stevson hasta las cejas, mete las manos en su exquisitamente recreada gabardina sesentona, cruza las piernas en un banco del parque que rodea el Capitolio en Whasington y dice: "El como y el cuando son sólo montajes para el público, cortinas de humo que impiden hacer la gran pregunta: ¿Por qué?"
Esa escena de JFK, una película que debería ser la biblia audiovisual de cabecera de todo conspirativo que se precie, es el comienzo de un paréntesis que hoy, once de septiembre, está dedicado a ese cansino y reiterado ejercicio que sobre este asunto prolifera y proliferará y que se ha dado en llamar Teoría de La Conspiración.
Porque lo que hace creíble un relato -de lo que sea, pero sobre todo de una conspiración- no son los cómos ni los cuandos- son los porqués.
Y en eso el entramado conspiranoico está más que cojo.
Se ha oído y leído de todo.
Porque querían una excusa para invadir Afganistán e Irak: Es la que parece más sólida pero no cuentan con unos cuantos nombres: Vietnam, Corea, Haití, La Isla de Granada, Cuba, Panamá, Nicaragua, México, República Dominicana, Tailandia, China y Honduras entre otros. Como si a un país que ha invadido a lo largo de la historia y sin excusa sólida alguna todos esos países necesitara una excusa de ese nivel de tragedia para invadir Afganistán e Irak.
Por no hablar de que hay excusas mucho más fáciles de generar: un atraque a su embajada, el quebrantamiento de la zona de exclusión aérea en Irak, un atentado simbólico, la existencia de armas de destrucción masiva en esos países -¡anda esa la usaron!-.
Porque querían poner a cubierto la base de operaciones que la CIA tenía en el complejo del World Trade Centre para espiar a los diplomáticos de la ONU: Otro momento de retruecano lógico de lo más divertido. No dudo que la tuvieran y la usaran para eso pero ¿qué sentido tiene montar una hecatombe para ocultar algo que nadie sabe que existe? Si quieren ponerla a salvo solamente tienen que fingir unas obras de remodelación, unas grietas ruinosas, una venta privada y ya está se acabó el problema.
Porque el World Trade Centre perdía dinero y querían derribarlo cobrando el seguro. Esta es muy buena. Los propietarios del World Trade Centre llaman a la CIA y les encargan una demolición del edificio con tres mil personas dentro. Resulta mucho más sencillo encargársela con ellas fuera, a las doce de la noche, fingir un atentado y dar tiempo a desalojar antes de hacer estallar las bombas. Como motivo es irrisorio, como modus operandi es casi ridículo.
Porque George Bush quería la reelección y subir su nivel de popularidad: Pongámonos en modo Watergate. Es cierto que ese fue el efecto. Pero la consecuencia no es necesariamente la explicación causal de un acto. George Bush se enfrentaba a un candidato demócrata que no estaba en auge, podría haber sacado o inventado mil escándalos de amantes, stripers, infidelidades, veleidades con las drogas y antipatriotismo de su antagonista para deshacerse de él que, por cierto, tenía un pasado bastante hippie, que en Estados Unidos es sinónimo, no lo olvidemos, de radicalismo de izquierdas -¡No sé en que arco de radicalismo colocarán los yankies a nuestros borrokas o nuestros okupas-.
Incluso si quería que los estadounidenses se pusieran patrióticos le habría bastado con una docena de muertes en un atentado menor -no olvidemos que una vida estadounidense vale mucho más que cien mil vidas de cualquier otra nacionalidad-. Un porqué sin duda exagerado.
La versión oficial tiene lagunas, tiene sombras y tiene más puntos negros que la piel de María Jimenez después de una sesión de rayos Uva y eso alienta a los conspiranoicos, eso les hace convertirse en marionetas de aquellos que les utilizan sin que ellos se den cuenta para desviar la atención, para cubrir lo que es mucho más probable que ocurriera.
Como no encuentran los porqués porque no saben donde buscarlos, los conspiranoicos se regodean en los comos y los cuandos, en los indicios, en las incongruencias, que presentan como pruebas irrefutables de que fue un auto atentado.
Alguien oyó a unos personajes hablar en hebreo en una furgoneta: ¡Paf, el Mossad!
¿Cómo sabemos que era hebreo?, ¿como sabemos que no era arameo, caldeo, pastún, árabe clásico, armenio o druso?, ¿el tipo que los escuchó era catedrático de semíticas en la Universidad de Harvard? ¿no resulta un poco absurdo pensar que profesionales adiestrados durante años en infiltrarse en sociedades hostiles no hablen entre ellos en la lengua local -que por otra parte dominan- y lo hagan en su lengua materna? Preguntas sin respuestas, porqués sin explicación. La nueva fe conspiranoica no las permite.
Los trabajadores judíos no fueron a trabajar y es que fueron avisados por el Mossad. Independientemente del Yon Kippur, independientemente de la veracidad por confirmar de esa información, este es un ejemplo del trabajo que los conspirativos están desarrollando sin querer para ese sistema al que creen desenmascarar.
Si es cierto que los trabajadores de religión judías fueron avisados ¿eso indica que el Mossad organizó el atentado?, ¿eso indica que fue un atentado?
Seamos serios, recordemos a nuestro olvidado amigo Occam -el de la cuchilla- y repitámonos la pregunta en términos generales ¿qué significa que el Mossad avisara a los judíos de que no fueran a trabajar?
Significa que sabía que ese día sería peligroso estar en las Torres Gemelas.
Sigamos pues en la dinámica del monje franciscano de que la respuesta más simple suele ser la acertada y analicemos qué significa eso.
Significa que, en lugar de conspiración, hay una negligencia criminal que le costó la vida a tres mil personas. Significa que los servicios de seguridad estadounidenses sabían que existía ese riego y lo pasaron por alto tras cumplir el trámite de comunicárselo a sus aliados. Significa que el Mossad, que considera una alerta de nivel dos que un ciudadano inglés de origen árabe ponga su reloj en hora el día del Yon Kippur ante el Big Ben en Londrés -esto es literal, la emitieronn en 1998- se la tomó más en serio y avisó a sus correligionarios -que no compatriotas- por si acaso.
Y así con todo. Su obsesión enfermiza por demostrar el auto atentado desvía la atención de otros crímenes -menos espectaculares, eso sí- que acabarían con sus responsables en la cárcel sino en la horca acusados de negligencia criminal o alta traición.
Que después de que un avión arda a un infierno de queroseno a alta temperatura y aparezca, prácticamente impoluto, el pasaporte de un terrorista significa que eso es una ops negra de cabo a rabo -otra frase mítica de Sutherland-. Significa que fue puesto ahí para aportar unas pruebas que se habían destruido ¿por qué?
Porque sería un poco chocante para la población estadounidense decir que Mohamed Ata había pilotado al avión sin enseñar una prueba física de ellos surgida con posterioridad a los hechos.
Porque, si se dice que había sospechas y se permitió a ese individuo subir a un avión, habría que explicar el motivo por el cual no se tomó en serio la amenaza. Habría que pagar por la soberbia de creer que nadie podía atacar al imperio en el corazón mismo de su capital.
Los conspirativos existen porque el aparato estadounidense los utiliza para cubrir sus fallos. Si se buscan conspiraciones grandilocuentes resulta casi imposible percibir negligencias infinitas que han creado la tragedia.
Y para terminar está lo técnico. Todo el mundo se ha convertido de repente en ingeniero, arquitecto, profesor universitario de dinámica de masas, de física aplicada y de estructuras flexibles.
Que si tal o cual impacto no hace que las torres se derriben, que si tal o cual explosión no se corresponde con la longitud de onda expansiva típica...
Tampoco podía hundirse el Titanic, también las gradas del Estadio Hassel de Bruselas podían soportar la presión de varias toneladas de peso, tampoco podían chocar dos aviones en vuelo, tampoco un cable de acero tensado podía cortar el ala de una avión de caza según los ingenieros alemanes en la segunda guerra mundial, tampoco un calentamiento de un grado originaba una fisura y una reacción en cadena en Chernobil, tampoco un terremoto podía abrir una grieta en Fukushima, tampoco se podían desprender las suficientes planchas de protección como para que el Challenger explotara en vuelo, también una explosión ínfima en Seveso no podía originar un escape químico mortal, también el Kurks no podía ser hundido por una fuga radiactiva... ¿sigo?
En definitiva, que los conspiranoicos le hacen el caldo gordo a las estructuras de gobierno estadounidenses atiborrando a los ciudadanos de conspiraciones imposibles e impidiéndoles que se fijen en negligencias criminales y en la única conspiración creíble que hay detrás de esta fecha apocopada.
Que alguién supiera que el yihadismo estaba preparando eso, que estaba en condiciones de llevarlo a cabo y que lo había puesto en marcha y se sentara, contemplando en el espejo las condecoraciones de su pecho, a esperar a que ocurriera para utilizarlo para sus fines.
Pero eso no se puede probar con un vídeo o una foto. Nadie está en la mente de los demás. Siempre podrá decir que se equivocó y cambiar la crueldad por ineptitud.
Pero cuando un paréntesis se abre tiene que ser cerrado.
Y el momento que cierra esta explicación es otro instante audiovisual -qué se le va a hacer- Un instante visual perteneciente a una de las peores películas de la historia de La Humanidad. Un tipo abre los ojos y de golpe se da cuenta que está en caída libre, se gira en el aire y no tiene tiempo de evitar chocar irremisible contra el suelo. El principio de Predators.
Eso es lo que les ha pasado a los conspiranoicos. Un hecho les ha abierto los ojos y no han tenido tiempo de evitar el golpe brutal que lo que ven supone para ellos.
En un post dedicado a los porqués, no sería justo que no hubiera una explicación del motivo por el cual los conspirativos se empeñan en sus conspiraciones.
Para mí son dos. Uno cultural y otro inconscientemente psicológico.
sigue en...
http://lefthandgod.blogspot.com/2011/09/un-parentesis-en-el-once-de-septiembre.html

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19
Jun 2011

La oposición que le quitamos a Damasco

Escrito por: gboneque el 19 Jun 2011 - URL Permanente

Hay ocasiones en las que hablar de lo conocido, de lo que se sabe, de lo que se siente, de aquello a lo que se está llamado a volver porque nunca se debió abandonar, es lo que más se demora, es lo que se evita con una reiteración obsesiva. Quizás porque hay guerras que sientes tuyas. Quizás porque duelen como todo, pero curan como nada.
Pero un demonio que clama por la responsabilidad, que aboga por la realidad, no puede ampararse en su dolor ni en sus recuerdos. Sólo una ciudad y una mujer han conseguido eso en este demonio escribiente. Nunca hablaré aquí de la mujer, aunque algunas defiendan que en estas líneas hablo para ella.
Así que, por eliminación y por definición, hoy toca, por fin y aunque escueza, hablar de Damasco, hablar de Siria.
Entre tanta guerra, entre tanta revolución y tanta represión, nosotros, los occidentales atlánticos que creemos estar a salvo de todo, hasta de nosotros mismos, pasamos algo por alto, ignoramos la esencia y la presencia de lo que está ocurriendo y de lo que aún está por ocurrir en las tierras del califato.
E gobierno de Siria, el centro de la actividad árabe, se desmorona -o se recompone, según se mire-, pero todo parece estar desajustado, ocurriendo a unos ritmos impropios de la situación. Pareciera que, incluso en esto, los sirios, los seculares defensores de ese califato eterno e histórico, están haciendo las cosas de otra manera. Más dolorosa, pero de otra manera.
Y es que, aunque la ferocidad de Bachad El Assad en aferrarse al poder hace que se parezca a Libia, Siria no es Libia; aunque la absoluta inoperancia de la diplomacia internacional y la pasividad del Occidente Atlántico hace que se asemeje a Yemen, Siria no es Yemen; aunque la furia de las gentes y su impulso resistente contra tanques y disparos hace que las imágenes de Jisr al-Shughur o cualquier otra malhadada localidad damacena se nos antojen como las de Túnez, Marrakech o El Cairo, Siria y lo que pasa en ella no es, ni será nunca como la antigua Cartago, las arenas de los dioses bereberes o la tierra de los viejos faraones.
Un solo detalle la hace diferente, un detalle que, entre tanta muerte, tanta sangre y tanto cambio a los que nos estamos acostumbrados, hemos pasado por encima. Un pequeño detalle que o no captamos o nos empeñamos en ocultar.
En Siría hay manifestaciones pero no hay portavoces, hay cambio pero no hay interlocutores, hay revueltas pero no hay organizadores. En Siria hay gobierno, un mal gobierno, pero no hay oposición. Ni siquiera una mala.
Y eso es lo que hace el fuego en el califato mucho más ardiente. Eso es lo que hace que las llamas que inundan el cielo de Damasco amenacen con quemarnos los bigotes a los que ahora parece que estamos a salvo aquí, en el mismo origen de ese y todos los conflictos.
Conocemos los rostros de las mujeres y hombres que han capitalizado la imagen de la revolución musulmana en la faz de Arabia y del Magreb. Conocemos a los jeques que se oponen al dictador yemení, a los intelectuales que plantaron cara al nepótico Mubarak y a los estudiantes que desafiaron al cleptócrata Ben Alí. Puede que todos nos parezcan iguales, puede que no entendamos lo que dicen y se nos antojen una pandilla de yihadistas -que todo el que grita, se queja o protesta en el mundo musulmán tiene que ser yihadista, por supuesto-. Pero existen, están ahí.
Les vemos con sus gafas occidentales y sus sonrisas o sus gestos adustos en los telediarios, en los periódicos. Si quisiéramos, podríamos identificarles. Pero en Siria no. En Siria nadie capitaliza los réditos de esa marea de riesgo y de agonía que ha puesto en marcha el pueblo del califato para librarse de lo que no quiere.
El Asad dice y repite que son yihadistas, pero no vemos mulahs, ayatolás ni nada por el estilo dirigiendo mensajes de ira, venganza y furia divina a las multitudes. Podemos imaginar que son demócratas, pero no vemos ningún sesuso hombre medio calvo o ninguna mujer con hijab hablando del futuro, la libertad y la paz.
No los vemos porque no los hay. Porque nosotros los hemos matado. Así de sencillo.
El régimen de El Asad era necesario para que los presidentes estadounidenses pudieran seguir recibiendo el dinero del lobby judío que precisaban para sus campañas. Era un régimen laico y moderno. Así que nosotros permitimos que depurara la oposición. La oposición yihadista cayó, la oposición nacionalista cayó y eso era bueno. Eso tranquilizaba a Occidente. E eso dejaba pasar el aire que Israel precisaba para respirar.
Pero en ese camino también cayeron los demócratas, también cayeron los opositores que criticaban al presidente por su naturaleza despótica, no por su renuncia a la guerra de dios, cayeron los que alzaban su voz contra los El Asad por su incapacidad para anteponer el gobierno al poder, no por las ansias de recuperar la gloria perdida ni Los Altos del Golán.
Esos también murieron, esos también.

Sigue en...

http://lefthandgod.blogspot.com/2011/06/siria-llora-la-oposicion-que-le-matamos.html

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05
May 2011

Los SEALS acaban con nosotros

Escrito por: gboneque el 05 May 2011 - URL Permanente

Cumplimentados los fastos reales británicos y los nefastos futbolísticos españoles parece que toca volver, que toca despertarse de los sueros y los sueños que nos lanzan las pantallas para caer directamente en las pesadillas que nos imponen los informativos.
Y la última de ellas es la ansiada, esperada, deseada y exigida por América -la de los estadounidenses, claro está- muerte de Osama Bin Laden.
Tras diez años de operaciones encubiertas, detenciones, invasiones y declaraciones un comando estadounidense ha matado a Bin Laden, ese loco yihadista y fanático que no inventó la guerra, pero que la llevó a América.
Y como con la muerte de otros tantos que han muerto pero no han sido muertos, que han caído pero no han sido derribados o que han sido derrotados pero no han perdido, con la muerte del ideólogo y fundador de Al Qaeda han perecido muchas realidades.
Con Osama Bin Laden ha muerto muchas cosas.
Pero otras muchas no.
Desde luego, pese a las alegrías arrebatadas frente a La Casa Blanca y en La Zona Cero, pese a las declaraciones contenidas y las sonrisas disimuladas, el furor yihadista no ha muerto, la rabia asesina de un dios malentendido y perversamente interpretado no ha muerto.
No ha muerto porque no puede morir, porque ningún comando puede matar eso, porque dos helicópteros y un puñado de hombres armados no son suficientes para acabar con eso. Porque Occidente, el Occidente Atlántico que tanto se se congratula del fin de Bin Laden, sabe que no puede acabar con ello, que no quiere acabar con ello.
Porque no quiere, no puede o no sabe matar a dios.
El yihadismo necesita de un dios, del que sea y si no lo tuvieran se lo inventarían. Porque es el fanatismo religioso lo que fuerza la guerra de la sangre santa, lo que fuerza la muerte paradisiaca. Porque es el mesianismo y la furia religiosa la que a lo largo de la historia ha llevado a todas las civilizaciones a la locura y la guerra.
Y Bin Laden no inventó eso. Y los ayatolahs iraníes no inventaron eso. Eso lleva mucho tiempo inventado. Se inventó con Sanson, con Saúl, con Pedro, el hermitaño, con Urbano II, con Surhak, el mameluco.
Eso se practicó en Sumeria, en Jerusalén, en Bizancio, en Antioquía, en Jericó, en Granada, en Afula...
Eso se ha llevado a cabo sobre los campos ensangrentados de La Tierra en la batalla del Puente Milvio, en los montes de Hattín, en los campos de Guadalete, en la noche de San Bartolomé....
Y la muerte de Bin Laden no cambia ni acaba con nada de eso porque, aunque él lo llevara a América, él no lo inventó.
Pero tampoco muere el terrorismo que se fundamenta en su visión empobrecida de su dios y febril de su realidad.
Porque Al Qaeda no necesita a Bin Laden; porque el yihadismo no necesita a Al Queda; porque el choque de civilizaciones, casi ni necesita el yihadismo. Porque el fanatismo religioso ni siquiera precisa de la civilización.
Nada de eso se termina con la muerte den Bin Laden. Porque los salafistas han hecho arder Djemma el Fna sin el loco visionario saudí; porque los habitantes de Oregón seguirán quemando coranes sin que Bin Laden lo vea por la tele; porque los insurgentes irakíes pueden seguir sin él llenando su país muerte y bombas; porque los fundamentalistas cristianos de Brooklyn no necesitan a Bin Laden para quemar escuelas islámicas en las que estudian niños; porque las iglesias coptas de Egipto seguiran ardiendo sin que nada tenga que ver Bin Laden con ello; porque las mezquitas en Bélgica seguirán siendo pintadas con heces sin que Osama se esconda en ellas; porque los cristianos seguirán siendo expulsados por los ayatolahs iraníes sin necesidad de que el saudí loco les acompañe a la frontera; porque las estudiantes universitarias seguirán siendo desfiguradas en Londres por llevar hiyab sin necesidad de que paseen por Oxford de la mano de Bin Laden.
Porque el fatanismo religioso se ha desatado y ya no necesita de nadie para seguir creciendo entre acusaciones e intransigencias. Ni siquiera a Bin Laden.
Así que, si ni el terrorismo, ni el yihadismo, ni el choque de civilizaciones, ni el fanatismo religioso ha muerto con los dos tiros que le han dado a Osama Bin Laden los chicos de la Infantería de Marina Estadounidense -¡uaaaa!- ¿qué es lo que ha muerto?
Pues muy sencillo. Hemos muerto nosotros.
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08
Abr 2011

Si la piedra angular árabe se mueve en otra dirección -¡Dios nos salve del movimiento damasceno!-

Escrito por: gboneque el 08 Abr 2011 - URL Permanente

Mientras nosotros seguimos lo que nos llega desde cerca -que no lo creemos que nos toca de cerca-, mientras nos esforzamos por comprender y seguir la intervención que no lo es del todo en Libia y nos obligamos a olvidar las reglas básicas del reparto universal de justicia para indignarnos por la absolución de El Cuco, el cambio en el mundo ha llegado donde tenía que llegar. Donde a nadie le interesaba que llegara.
La mutación, el movimiento, la crisis, han llegado a la piedra angular del arco voltaico que es ahora el mundo árabe, el mundo magebí, el mundo musulman. La revolución sacude los cimientos de Damasco y si Damasco tiembla, lo musulmán se estremece, lo árabe se convulsiona, lo magrebí se retrae.
Si Damasco se pone a cambiar y termina cambiando, cambia El Califato y eso para un buen puñado de seres humanos no es decirlo todo. Pero es decir mucho.
Su situación geográfica, su historia, su posición religiosa, su lugar en el inconsciente colectivo de varios miles de millones de árabes y musulmanes hacen de Siria un lugar especial, uno de esos puntos que por su absoluta obviedad nos pasan desapercibidos a nosotros, los lánguidos componentes del Occidente Atlántico. Pero Siria no es Los Altos del Golán, no es el turismo afectado y controlado de Palmira. Siria es Damasco.
De Damasco partieron las órdenes y las tropas que llevaron al Islam al único califato unitario que vio la historia. A ese gobierno de Dios sobre la Tierra que los yihadistas furiosos recuerdan y anhelan volver a implantar en un orbe en el que ya no tiene cabida porque nunca la tuvo para un gobierno impuesto desde cualquiera de los cielos a los que miran los hombres.
De Damasco partieron los conocimientos, las leyes, la ciencia y la cultura que los verdaderos musulmanes ansían recuperar, en sus gobiernos y sus poblaciones, para poner freno a esa ola enfurecida que amenaza con devorar todo lo que ellos y su profeta quisieron que fuera su religión y su mundo.
En Damasco creció el mito del hombre que impuso contención a sus propios mulahs y ayatolas y que desparramó respetó entre sus enemigos más acerrímos. En Damascó reinó alā ad-Dīn Yūsuf ibn Ayyūb, aquel al que nosotros, en nuestra incapacidad de comprensión y adaptación a su mundo, que a estas alturas ya se ha hecho patólógica, nos vimos obligados a llamar Saladino.
Todo eso es Damasco y todo eso está cambiando. Por ello, más que los avances y repliegues en el desierto libio, más que las matanzas consentidas en Yemen, más que las tropas desplegadas en Bahréin, más que los arrestos domiciarios en El Cairo o los gobiernos inestables en Túnez, su cambio va a sacudirnos hasta los cimientos. Aunque aún no sepamos verlo.
Porque todo el mundo necesita a Damasco y al que fuera su califa. Todos quieren hacerlos suyos, todos necesitan que el movimiento del centro del arco se vuelva hacia ellos. Y, hoy por hoy, nadie sabe hacia donde va a moverse.
Siria no es su presidente vitalicio, heredado y autoimpuesto, Siria no es su Primera Dama, hermosa, elegante y totalmente occidentalizada en portadas de Vogue y Cosmopólitan; Siria no es su guerra enquistada con Israel por Los Altos del Golan, ni su control, prácticamente sin paliativos, de Libano y las varias facciones que se mueven entre Beirut y el Valle de La Becah.
Todo eso cambiará si Damasco cambia. Pero todos, hasta nosotros, los que creemos no necesitar a nadie, necesitamos a Damasco por lo que fue y por lo que será, no por lo que es ahora.
Los kurdos la necesitan porque Saladino, el califa Adbasí, el único califa real, era kurdo y reinó en Damasco; los insurgentes irakíes de Bagdad -el otro califato que, en realidad, no lo fue- le reclamán para sí porque nacio en Tikrit -¿recuerdan qué otro ilustre ahorcado era natural de tan exigua población irakí?-.
Los sunnitas necesitan Damasco y el recuerdo de Saladino para dejar claro que la única vez que el poder religioso y político estuvo en las mismas manos en el Islam lo fue imponiendo los criterios sumnitas de interpretación de El Corán.
Los chiíes reclaman los tiempos de la grandeza damascena y su califa porque él llevó el verde del profeta en la afilada punta de su cimitarra -lo hizo para defenderse, pero para cualquier amante de la guerra es mejor una guerra defensiva que ninguna guerra-.
Los magrebíes se acuerdan de él porque permitió que, arropados por el Islam, se hicieran grandes hasta desembocar en Al Andalus; los árabes porque Damasco y Saladino fueron los primeros, mucho antes que Lawrence, el inglés, que les recordaron que eran uno, dividido en muchas tribus, pero uno. Aunque luego lo olvidaran y tuvieran que llegar Peter O'Toole e Israel a recórdarselo.
Así que todos en eso que ahora llamamos como antaño mundo musulmán necesitan a Siria, necesitan a Damasco. Para sus amores o para sus odios, para su grandeza o para su miseria, para su admiración o para su envidia. Pero todos en el mundo arabé y magrebí han mirado alguna vez hacia el horizonte damasceno para darse cuenta de donde estaban ellos.
¿Y nosotros? ¿Para qué necesitamos nosotros a Siria? ¿Por qué habría de ser importante para nosotros la capital de El Califato?
Porque siempre lo ha sido, porque siempre la hemos necesitado.

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http://lefthandgod.blogspot.com/2011/03/damasco-o-la-implacable-piedra-angular.html

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07
Abr 2011

Sarkozy crea la nueva religión francesa

Escrito por: gboneque el 07 Abr 2011 - URL Permanente

Que los políticos, por muy elevados que se hallen en la cadena alimenticia del poder, son incapaces de anteponer los intereses generales a los suyos propios es algo sabido, probado y contrastado.
Unas elecciones pesan más que una crisis económica, una lucha de poder es más importante que una necesidad social, un refuerzo del su propia continuidad se aborda con mayor interés que cualquier elemento de justicia.
Lo vemos todos los días en todos los países del Occidente Atlántico y en muchos de los que quieren parecesernos. Un clásico.
Nuestros políticos nacionales y españolistas tirán de ese rango de acción con respecto al terrorismo en cuanto se acercan unos comicios. Berlusconi está instalado en él permanentemente para aprovechar el tiron de su cargo en lo torrido y privado y eludir la justicia en todo aquello que él cree que puede hacer porque sí, aunque la ley diga lo contrario. El Primer Ministro portugués pone por delante de la necesidad manifiesta de su economía la suya propia de aparecer como un gobernante fuerte ante sus electores. Barack Obama antepone sus necesidades electorales de reelección a gran parte de lo que prometió en ese arreón de esperanza estadounidense que le llevó a la Avenida Pensilvanya.
Eso por no hablar de Gadaffi y sus bombas, Chávez y sus milicias pretorianas populares Gbagbo y su resistencia numantina de palacio presidencial, Al Hasad y sus masacres día sí y día también en las calles de Damasco y un largo etcetara de líderes que, en un momento u otro, se han parecido a nosotros. Que aún se parecen a nosotros.
Pero hay uno de entre los proceres electos europeos que está haciendo de esa forma de actuación un elemento que no solamente está colmando la paciencia de sus electores, importunando a su ciudanía, alterando a sus rivales o asustando a sus aliados. Hay uno que con esa anteposición de los intereses personales, de las necesidades de supervivencia política, a las necesidades reales de su país y su mundo está poniendo en peligro a todos. Está jugando con la vida y el futuro de Europa.
Su nombre es Nicolás Sarkozy.
No se caracteriza el compacto dirigente francés por su gusto por los derechos personales en el país que ideara las libertades ciudadanas pero, pese a sus beleidades continuas con el autoritarismo más totalitario, nunca había llegado tan lejos, nunca había puesto tan por delante lo suyo de lo de Francia.
Como el chico apenas tiene tiempo para digerir su derrota electoral tira de necesidades electorales y decide ejercer de lo que Francia nunca había ejercido. Decide iniciar una cruzada como no se conoce en tierras galas desde que el Santo Luis acudiera a Tierra Santa en defensa de la fe y luego regresara para abofetear, guantelete de hierro aún calzado, a un papa en el solio pontificio.
Ahí acabaron las cruzadas francesas y comenzó su laicismo. Ahora Sarkozy decide recuperarlas, no porque a Francia le venga bien, sino porque son necesarias para él, para sus requerimientos electorales, para su permanencia en el poder.
Patrocina una convención laicista -como si el laicismo necesitara convenciones. No preocuparse por algo, en este caso por la religión, no precisa recordatorio alguno- que se convierte, de la noche a la mañana, en lo más parecido al Tribunal de La Santa Inquisión que ni el más católico de los reyes franceses consintió que tuviera poder en Francia.
Como pierde votos y no puede enfrentarse a la izquierda en su terreno, porque su visión de centro derecha le obliga a recortar gasto social antes que a meter mano en los beneficios empresariales, decide cosecharlos en la otra orilla de la campana de Gauss que siempre es la política.
Como Le Penn -hija de Le Penn- y su Frente Nacional asciende decide que Francia le necesita a él mas que la estabilidad social y arremete contra lo mismo que arremete el ultranacionalismo galo: contra El Islam.
Y para ello tira de un nuevo laicismo. Un laicismo militante y radical, un laicismo que persigue, que castiga, que condena, que multa, que prohibe. Un laicismo que bien podría ser catolicismo ultramontano, que bien podría ser judaísmo ultraortodoxo, que bien pordría ser islam yihadista. Como Le Penn tira de religión, de odio y de enfrentamiento para ganar votos, él decide superarle.
No puede hablar de los valores católicos, de la tradición cristiana. Francia y su presidente son laicos por definición constitucional y por vocación histórica. Así que hace lo único que se le ocurre.
Convierte el laicismo en una religión. Eleva a los altares de la divinidad la ausencia de dios.
Plantea prohibir el rezo musulmán en la calle, ignorando el hecho de que los musulmanes franceses rezan en la calle porque los ayuntamientos se niegan sistemáticamente a conceder licencias de edificación de mezquitas, pasando por alto la cercana realidad de que, en unos pocos días, los católicos franceses rezarán en las calles y sacarán -sin tanta fruición como en España, por fortuna para Francia y su tráfico- su religión a pasear.
Plantea prohibir los menús especiales por causas religiosas en los comedores en los colegios públicos, como si no comer algo en concreto fuera una expresión pública de una religión que pudiera llevar al resto de los niños hacia el yihadismo.
Impedirá el rechazo a un médico por su sexo - que estadísticamente es el ginecólogo- o su religión en un hospital o centro de salud, ignorando el hecho de que la mayoría de las mujeres ultracatólicas hacen esa misma distinción por idénticos motivos religiosos, aunque sin explicitarlos, claro está. El pudor de la mujer francesa -el pudor católico de la mujer francesa- está permitido, el pudor musulmán no es laico, no es francés. No da votos a Sarkozy.
Como su enfrentamiento con los sindicatos le ha cerrado los votos de la izquierda, le ha negado el acceso a los sufragios de los trabajadores, Sarkozy mira a otra parte.
Como LePenn habla de plegarse a las exigencias de los extranjeros y tremola la tricolor -si La Convención, la auténtica, levantara la cabeza, ¡Cuanto trabajo iba a volver a tener Madamme de Guillotine!- decide que los empresarios no deberán ceder a las exigencias de sus empleados en materia religiosa, ignorando el hecho de que existen permisos para bodas y bautizos, que son ritos católicos, olvidando convenientemente que, se llamen como se llamen, los periodos vacacionales ocultan fiestas católicas y cristianas, que a su vez enmascarán festejos religiosos aún más antiguos.
Sarkozy se transforma en el inquisidor del laicismo, en el nuevo sumo pontífice de la religión de la no religión y obligará a los trabajadores que quieran que se respeten sus exigencias en cuanto a ayunos a advertirlo en la entrevista de contratación. Como se tiene que prevenir de los antecedentes penales, como tiene que informarse de una minusvalía reconocida legalmente. Como era obligatorio alertar a la buena sociedad aria de la condición de judío en la Alemania de Hitler y Goebbles.
Y esta nueva religión militante no deja nada a la improvisación. Hasta el detalle más ínfimo es bueno para lograr sumar los pocos votos que pueda arrancarle a le Penn para mantener sus posaderas en el sillón de El Eliseo.
También se regulará la forma de matar ganado por el rito musulmán, se decidirá si las cuidadoras de guardería pueden llevar velo, si las madres tienen derecho a llevarlo cuando vayan a buscar a sus hijos al colegio o acompañen a los profesores en una excursión, si los conductores pueden llevar en lugar visible en los vehículos rosarios musulmanes o versículos del Corán.
Sarkozy transforma el Código Civil francés en el Levítico.

Sigue en http://lefthandgod.blogspot.com/2011/04/sarkozy-abraza-en-publico-una-nueva.html

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