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25
Ene 2012

Wuterich Inc. abre a la baja en el mercado de la vida humana

Escrito por: gboneque el 25 Ene 2012 - URL Permanente

Como los mercados andan en situación de soponcio permanente y parece que las autoridades económicas no son capaces de apartarlos de los sobresaltos constantes que están a punto de llevarnos a nosotros a urgencias -por desnutrición, claro está- parece que las autoridades militares estadounidenses han decidido tomar cartas en el asunto.
No es algo normal en un país en el que los militares son listos y no dejan ver que están por encima del poder, más allá de la ley y en el centro mismo de la economía, pero parece que la situación es tan grave que han decidido intervenir.
Y su idea ha sido abrir un nuevo mercado. Uno que permanezca estable y que contribuya a tranquilizar a los otros. Uno que no dispare la inflación y en el que la especulación, aunque inevitable, se mantenga dentro de los límites razonables.
La Auditoría Militar de Los Estados Unidos de América, con sede en Maryland, Virginia, ha inaugurado con éxito el mercado de vidas civiles. Un mercado por supuesto internacional en el que todos están invitados a participar.
Y para demostrar que es un mercado diferente, un mercado estable, han permitido que abra a la baja. La vida humana se cotiza a cero y bajando con un vencimiento aproximado de tres días.
¿De dónde sale esta cifra? Muy sencillo. Es el resultado de dividir las 25 personas que murieron en un ataque de furia de las Corps de Marines en Irak por entre los días de condena que le han impuesto al único encausado por tal masacre. Tres meses de condena por 25 personas muertas. Aproximadamente tres días y pico por cada una.
Ciertamente el mercado de vidas ha abierto a la baja.
Ya se barruntaba algo así con los experimentos anteriores. La Compañía de Marines miccionadores, primera entidad militar en cotizar en este nuevo mercado, anticipaba algo por el estilo. Que les acusaran de conducta impropia y simplemente se les condene a un par de meses de reclusión y a la licenciatura con deshonor por orinarse en el rostro de unos afganos muertos no era una señal muy halagüeña para la apertura del mercado de vidas militar en Estados Unidos.
Pero lo de la sentencia al sargento del Marine Corps Frank Wuterich ha hecho desmoronarse la cotización a límites que no se veían desde la Gran Depresión. 25 muertos, tres meses es una correlación que pocas civilizaciones pueden ni siquiera entender.
Pero no es que los auditores militares estadunidenses no hayan encontrado pruebas de lo ocurrido, no es que solamente se le pueda acusar de negación de auxilio o de no impedir la matanza que otros perpetraron. Es que han hecho un trato. Así de sencillo.
Ellos saben que al chaval, de 31 años, 24 cuando ocurrieron los hechos -¿alguien me puede explicar cómo es posible que un sargento tenga 24 años y se le envía a liderar hombres a la guerra?-, ordenó que se matara sistemáticamente a toda persona que se encontrara en la aldea iraquí de Thaer Thabet al-Hadithi después de que una bomba colocada en la carretera hiciera saltar por los aires el primer coche del convoy que comandaba y matara al conductor.
Ellos saben que el mismo sacó a un taxista a dos adolescentes de un coche y les descerrajó dos tiros a cada uno en la cabeza mientras sus hombres, siguiendo sus órdenes, entraban en las casas y ametrallaban a todo el que se encontraban por delante.
No es que ignoren que entre ellos diez mujeres y niños. No es que importen más que los hombres, pero en estos casos parece que es más grave, que son más civiles. Como si a un varón no se le concediera nunca del todo la condición de no combatiente. Como si no se la hubieran ganado con creces a lo largo de los siglos.
No es que no hayan visto la cinta que grabó un habitante de la aldea escondido en una azotea que logró escapar de la carnicería en la que se ve al sargento de marras animar a sus hombres a que, así, sin preguntar, sin ninguna demora, arrojaran granadas de fragmentación por las ventanas y las puertas de las casas antes de entrar en ellas.
No es que desconozcan que hasta los propios soldados que acabaron con esas vidas supieran que estaba mal lo que estaban haciendo hasta el punto de que se inventaron un ataque de insurgentes posterior a la explosión para justificar los cadáveres que fue reflejado en la prensa de entonces y en el parte militar de bajas, más o menos así.
"Un soldado del Marine Corps de EE UU y 15 civiles perdieron la vida ayer por la explosión de una bomba en una carretera en Haditha. Inmediatamente después de la explosión, hombres armados atacaron el convoy con armas de fuego. Soldados del ejército iraquí y los marines respondieron a los disparos, matando a ocho insurgentes e hiriendo a otro".
Los auditores militares saben que ocurrió todo eso y no se preocupan por negarlo pero como no se le puede joder la vida al chaval, han decidido que todo eso no constituye un delito de homicidio. Ni siquiera sacar de un taxi a un ser humano -a tres en este caso- y dispararle en la cabeza es un homicidio.
Es algo vagamente llamado negligencia en el deber, pero no es homicidio. Ni por supuesto asesinato, masacre, matanza o ejecución ilegal. ¡Hasta ahí podíamos llegar!
No sé si es que se ha inventado una nueva figura penal que se debería bautizar como iraquicidio o islamicidido o civilicidio o xenocidio -¡anda, esa ya existe, de nuevo el mítico Orsond Scott Card nos lleva la delantera!- que no deba penarse porque esas muertes no importan a nadie, pero el caso es que si matar a 25 personas no es un homicidio porque se produce en Irak, si hacer saltar un coche por los aires con su ocupante dentro no es un acto de terrorismo porque ocurre en una avenida de Teherán, entonces el nuevo mercado financiero de las vidas humanas va a seguir a la baja.
Y no vamos a poder pararlo. No vamos a poder hacerlo repuntar.
Los locos fanáticos de la yihad se encogerán de hombres cuando una de sus bombas haga saltar por los aires a otros diez, veinte, cien, o tres mil estadounidenses, españoles, ingleses o franceses y dirán que el occidentalicidio no es homicidio, los que utilizan la fuerza y la violencia para defender cualquier punto de vista -razonable o no- impondrán el mismo criterio cuando hagan volar un autobús y dirán que el civilicidio no es homicidio, cuando ametrallen un cuartel de una fuerza de ocupación y dirán que el xenocidio no es homicidio.
La Auditoria Militar estadounidense ha abierto un mercado con su arreglo con el sargento Wuterich por el cual no podemos echarle nada en cara a las lapidaciones iraníes, a los asesinatos represivos sirios, a los escuadrones cívicos y sus acuchillamientos en la noche de Chávez en Venezuela, a las ejecuciones sumaria iraquíes, a los asesinatos nada selectivos israelíes -bueno, a esos poco les echamos ya en cara-, a las limpiezas étnicas birmanas, a los asesinatos religiosos en Nigeria, a las ejecuciones sumarias en China, a las muertes de disidentes en Cuba, a las matanzas secretas y públicas de los cárteles en México.
Porque en este nuevo mercado de vidas que cotizan a tres días y pico de vencimiento el "otrocidio" no se pena, no se castiga. Y nosotros, aunque nos creamos el centro del universo en expansión, siempre seremos "los otros" para aquellos a los que nosotros tratamos de igual forma..
Alguien me dijo ayer sin ir más lejos que ya no hay ética en el mundo y yo le dije que se equivocaba de medio a medio. Se lo dije y lo mantengo.
La ética está ahí y es solamente nuestra renuncia a ella lo que hace que no se aplique. No podemos esperar que la ética se personalice en una bella figura de corte heleno con túnica, como la justicia, la victoria o la venganza clásicas, y nos obligue a respetar su imperio.
Ya está ahí. Ha estado siempre. Por eso los heroicos componentes del Primer Batallón de Marines destinado en Irak -¡Semper Fi!- fingió un ataque insurgente, porque sabían que lo que acaban de hacer atentaba contra cualquier ética conocida o por conocer; por eso la Auditoria Militar de Los Estados Unidos de América se ha inventado un rocambole judicial para no fusilar al sargento de marras, porque sabe que lo que hizo es una locura, es una falla ética de las dimensiones de la de San Andrés, por eso los locos furiosos se inventan explicaciones divinas e interpretaciones proféticas, porque saben que lo que hacen no responde a ética ninguna.
La ética está ahí. Pero nosotros la dejamos descansar.
Ella no se ha esfumado. Somos nosotros los que hemos desaparecido. Es el Género Humano el que se difumina sin prisa pero sin pausa. Somos nosotros, todos nosotros, los que hemos encerrado a la ética en lo más profundo de nuestros endurecidos y cada vez más inservibles corazones, custodiada por un regimiento de nuestros egoísmos y una brigada especial de nuestros miedos, y hemos tirado la llave a la más profunda de las simas marinas que hemos encontrado.
Parte de la decisión que tomamos cuando...
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21
Ene 2012

El ignorado ejemplo de Arafat

Escrito por: gboneque el 21 Ene 2012 - URL Permanente

Ayer mismo alguien me anunciaba -medio en broma, supongo- haber comprendido finalmente por qué pasaban las cosas al descubrir el retraso cognitivo que yo aseguraba que aqueja a algunos directivos bancarios.
Y puede que tenga parte de razón y ese sea el motivo por el cual pasa lo que pasa, que la absurda ineptitud surrealista de algunos sea la palanca que nos está propulsando a todos hacia la órbita en la que giraremos en la más reposada y cruel decadencia hasta que nuestra masa corpórea se deshaga en polvo estelar -porque ni siquiera tenemos ya fuerza para estallar en una nova violenta y brillante, como vuestro dios manda-.
Pero tal y como están las cosas, tal y como hemos hecho que estén y como dejamos que sigan estando, no es la respuesta a la pregunta de por qué están así las cosas la que realmente importa, la que se hace necesario buscar.
Lo que debemos preguntarnos y, como siempre, no lo hacemos por miedo a la respuesta, lo que hemos de buscar y, para no variar, obviamos por terror a lo que podemos encontrar, lo que tenemos que inquirir y, como es costumbre, silenciamos por mor del pánico cerval que puede producirnos la contestación, no es el porqué pasado. Es por qué, en presente continuo.
No es ¿por qué nos pasa esto?, sino ¿por qué nos sigue pasando esto?
Y la respuesta a esa pregunta demorada, diferida, olvidada, no nos llega desde las instituciones de gobierno, no nos llega desde las corporaciones ambiciosas más allá del límite, no nos llega de los estados bloqueados más allá de toda posibilidad de redención. La contestación a esa requisitoria no nos viene de Merkel, de Sarkozy, de Rajoy, de Obama ni de cualquier otro nombre o apellido que se nos venga a las mentes, los televisores o los rotativos.
La respuesta nos llega por vía de comparación negativa del lugar más inesperado, Rumanía, y del individuo más sorprendente Arafat.
Nos sigue pasando lo que nos está pasando porque no seguimos el ejemplo de Arafat.
Y antes de que los pocos amigos que aún me quedan en Israel me retiren de su libro de direcciones de correo, antes de que los muchos enemigos que aún me hacen antisemita por anti sionista y pro terrorista por anti represivo se lleven las manos a los cuellos de sus túnicas para rasgárselas hasta el ombligo, tengo que hacer una matización: no es Yasser es Rayed.
No somos como Rayed Arafat.
Y ese, exclusivamente es el motivo por el que sigue pasando lo que pasa, ese es el motivo por el cual no escapamos y hacemos escapar a nuestros gobiernos y economías de la sesudas e impertérritas garras de Moodys o de Standard & Poors, por lo que no liberamos nuestras vidas y nuestras políticas de la corrupción egoísta ni del impulso individualista que sacrifica lo social y lo general en aras del beneficio individual, por lo que no liberamos nuestras finanzas y nuestros futuros de los intereses corporativos que ahogan países enteros por el beneficio y directamente matan otros por los recursos.
Y claro, llegados a este punto, nos preguntamos y ¿quién ese Rayed con apellido terrorista palestino a quién no nos parecemos?
Pues el bueno de Arafat es palestino -¡hasta ahí podíamos llegar con ese nombre!- aunque nació en un campo de refugiados en Siria -¡hasta ahí podíamos llegar con ese origen- y ahora es ciudadano rumano.
Rayed Arafat es médico, un buen médico y como era buen médico y los políticos -ni en Rumanía ni en ninguna otra parte del orbe conocido- suelen tener ni idea de medicina, el gobierno rumano le encargó que pusiera algo de orden en su sistema sanitario, tan desordenado como lo está casi todo en la tierra que alberga la cuna ancestral del vampirismo.
Y él, que ya ganaba un buen dinero como médico, lo hizo.
Y eso es digno de elogio. Eso es un ejemplo a seguir. Pero ni eso, ni que fuera capaz de poner en marcha y mantener un sistema gratuito de urgencias en un país en el que no es gratuito ni dar la hora, son los ejemplos que nos llevan a él como referente del motivo que hace que las cosas sigan estando como están.
Su ejemplo está después.
Cuando ya era Subsecretario de Estado de Salud y llego la tía Ángela con las rebajas, con sus exigencias de control del gasto, con esas peticiones intensas que desparrama en cada visita, con esas amenazas veladas que suelta en cada país de la zona euro si no hacen la política que ella quiere porque le parece adecuada. Sobre todo para Alemania, claro está.
Y, como todos los gobiernos europeos, los rumanos bajaron la cabeza y se pusieron a ello. Ni siquiera se les ocurrió pensar en otra cosa.
Todos menos Rayed que, cuando se anunció la privatización absoluta del sistema de salud, se opuso, se siguió oponiendo y luego se marchó del gobierno para seguir oponiéndose.
Ese es el ejemplo de lo que no somos.
Arafat lo tenía todo -de hecho la sanidad gratuita sólo se mantenía para los funcionarios públicos-, posición, dinero, impunidad, privilegios y renunció a ellos por el bien de otros. El megalómano y arrogante presidente Bolescu le amenazó con quitarle incluso la licencia para ejercer de médico si no volvía al gobierno y él se encogió de hombros y dijo que le daba igual, que no volvería si no se retiraba la ley de privatización sanitaria, que no le importaba no poder ejercer de médico en un sistema que no garantizaba que ese ejercicio de la medicina sirviera para lo que fue creado: para salvar vidas.
Pero nosotros no somos como Arafat, ¿verdad? Ni como Yasser, ni, por supuesto, como Rayed.
Porque nosotros no seguimos el ejemplo del riesgo vital por el bien común. Por eso siguen pasando las cosas que pasan.
Nosotros consideramos la prioridad mantener lo que tenemos a cualquier precio, protegerlo, atesorarlo. Creemos que el principal objetivo siempre es atesorar y salvaguardar lo que tenemos, sea mucho o poco, sea justo o injusto, sea suficiente o insuficiente.
Por eso nos recortan la educación y nos quedamos tan panchos, por eso nos privan de beneficios sanitarios y no movemos un dedo, por eso nos suben más allá del límite lógico los transportes públicos y nos limitamos a torcer el gesto en lugar de hacer algo.
Por eso nos suben los impuestos y hablamos en los bares y en los cafés, protestamos y bufamos frente al televisor mientras vemos las noticias pero no emprendemos acción alguna. Por actuar es arriesgarse a perder. Porque si hacemos una manifestación de protesta podemos salir escaldados, porque si hacemos una huelga podemos perder nuestro trabajo, porque si hablamos demasiado a lo mejor nos quitan los beneficios fiscales por la compra de una vivienda o las desgravaciones por hijo, porque si proclamamos la insumisión fiscal -y es un ejemplo, no una recomendación- hasta que no se adopten medidas legales contra el fraude y la evasión de impuestos legal, contra los paraísos fiscales y la fuga de divisas a sociedades accionariales en Caiman Brac o Mónaco, a lo mejor resulta que perdemos los 300 euros que nos devuelve hacienda cada año y no podemos arreglar el coche o renovar el vestuario o llevar a los niños a Port Aventura.
No somos capaces de anteponer el bien común a nuestras seguridades, grandes o pequeñas, personales. No somos capaces de arriesgar nuestra supervivencia particular para intentar garantizar la supervivencia general. No hemos aprendido a hacer el ejercicio esforzado de anteponer la dignidad a la seguridad.
Y es por ello que nuestros gobernantes hacen de su capa un sayo cuando les viene en gana. Cargan una y otra vez el ariete de sus necesidades contra nuestras puertas, el peso de sus fracasos en la gestión sobre nuestros hombros financieros, la carga de sus estrategias políticas y económicas sobre nuestras espaldas.
Porque no somos, no hemos aprendido a ser y no queremos ser como Rayed Arafat.
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20
Ene 2012

El delito penal de no ser Neocon

Escrito por: gboneque el 20 Ene 2012 - URL Permanente

La vieja filosofía escolástica, la del santo de Aquino y el obispo de Épona, esa a la que ahora recurrimos absurdamente por aquellos del malentendido Carpe Diem, tenía una máxima que diferenciaba entre la intención y el acto.
Pues el bueno de Don Mariano, o sea el presidente Rajoy, me hace tirar de ella, recuperarla de entre las polvorientas páginas monásticas, para tratar de explicar de un manera razonable lo que su gobierno -mientras a él le van más en Casablanca que en Madrid- acaba de anunciar. Eso de lo que todo el mundo hablaba ayer y que yo he preferido tomarme un día para reflexionar.
El Gobierno va a sancionar penalmente a todos los políticos que superen sus techos presupuestarios. Y aquí es donde entran los santos Tomás y Agustín.
La intención parece buena, se nos antoja apropiada en estos tiempos de crisis -a los que quizás no hubiéramos llegado si se hubiera aplicado antes-. Pero el acto en sí mismo tiene unas ciertas connotaciones que tienden a pasarnos inadvertidas en esta furibunda aversión que ahora se nos enciende contra el político manirroto cada vez que miramos nuestras cuentas corrientes.
Y le salvo la intención porque me siento algo magnánimo, por eso de los cien días de árnica a un gobierno cuando empieza, por aquello de darle un poco de manga ancha para ver si aquello que prometió hacer puede hacerse y tiene los resultados prometidos.
Porque el bueno de Mariano está empezando en esto de gobernar un país, vamos.
En fin a lo que vamos. Que eso de mandar a la cárcel a un político por incumplir sus presupuestos, por superar su techo de gasto, suena bien, suena coherente y responde a un deseo de controlar la política y hacer responsables a los que la ejercen. Y eso está bien.
Pero, de hecho, lo que propone Don Mariano, quizás sin darse cuenta o quizás a sabiendas -que sería peor-, es meter en la cárcel a todo político que no sea liberal capitalista puro y duro en lo económico. Es decir, a todo aquel que no vea la economía como el Partido Popular.
Y eso me rechina en alguna parte de mi conciencia libertaria y democrática un poco más. Me parece más peligroso que apropiado.
Porque la contención del gasto público, la inexistencia de déficit, el equilibrio presupuestario público no es un principio connatural a la democracia, es una mandamiento sacrosanto del liberal capitalismo en estado puro. Y para ser demócrata no es de obligado cumplimiento ser liberal capitalista. Y para ser político no tienes por qué seguir a Adam Smith al pie de la letra.
Que se castigue penalmente aun político por incumplir sus promesas electorales está bien. Si no puedes hacer algo, no lo prometas.
Que se castigue penalmente a un político por incumplir las leyes durante su gestión, por dilapidar el dinero en acciones concretas o por incorporar nuevos gastos suntuarios cuando ya no tiene dinero, vale y pase y está bien.
Pero que se le mande a la cárcel por no ser liberal capitalista y tener como objetivo el déficit cero de su administración es una imposición ideológica de tal proporciones que nos arroja a la dictadura más completa. Dictadura económica, pero dictadura.
¿Qué pasa si la persona que ostenta el gobierno de una Comunidad Autónoma decide seguir las recomendaciones de Milton Friedman, que especifica que en tiempos de crisis es la inversión pública, aún a costa de su endeudamiento, la única capaz de generar empleo? Pues que va a la cárcel
¿Qué pasa si decide ser algo más moderado y tener como evangelio económico de cabecera los escritos de John Maynard Keynes, que especifican que hay un cierto nivel de servicios que hay que mantener, aún a costa del endeudamiento público, para que la sociedad esté en condiciones de ser productiva y devolver en ciclos posteriores -ciclos de décadas, incluso- ese dinero en forma de impuestos y tasas por la actividad económica? Pues que es arrojado de patitas a la trena.
¿Qué pasa si decide ser simplemente comunista -que en este país todavía es legal, que yo recuerde- y decide que los servicios públicos deben anteponerse a los conceptos financieros de déficit y equilibrio presupuestario? Supongo que en ese caso, ya se le realizará un juicio militar sumarísimo y se procederá a su fusilamiento al amanecer.
Creo entender lo que el presidente Rajoy quiere hacer. Pero temo descubrir lo que realmente está haciendo. Se debe castigar a un político por ser mal gestor o mal político. Pero no se le puede encarcelar por no ser liberal capitalista puro.
De eso a encarcelarle por no ser conservador va un pequeño paso. Un paso muy pequeño.
Pero tampoco me sorprende porque ese camino empezó a ser andado cuando alguien -y no precisamente el Partido Popular- propuso incluir en la Constitución un techo para el déficit público.
Eso no puede figurar en la Constitución por una sencilla razón. Estaríamos diciendo que España es un país democrático con una monarquía constitucional y liberal capitalista por definición. Y que todo aquel que no lo sea no tiene cabida en nuestro país, que todo partido o persona que tenga otra ideología económica no puede pretender aplicarla en nuestro país. No estaría muy lejos de aquella mítica definición de La Pepa -La Constitución de Cádiz de 1812- de que "todo español es bueno honrado y trabajador -y temerosos de la Guardia Civil, añadían algunos-".
Sería más o menos como decir "todo español tiene que ser demócrata, monárquico y neocon". Lo primero de acuerdo; lo segundo pase por ahora. Pero lo tercero, lo siento, ni por joda.
Y lo mismo pasa con Europa y con esa unidad de destino en lo universal en la que se están convirtiendo La excelsa Merkel y el inefable Sarkozy. Incluir la obligación de contención del déficit público como condición para participar en la Unión Europea puede ser una medida que es necesaria ahora y que no tiene discusión en este momento. Pero buscar que el déficit cero será un elemento constitutivo de Europa como unidad es pretender que Europa no pueda ser otra cosa que neoliberal en la economía y eso no es de recibo. Eso no es democrático. Eso no es aceptable.
¿Acaso no nos puede nunca venir bien hacer lo que está haciendo Brasil?, ¿no es posible que necesitemos aumentar nuestro déficit para lograr igualar nuestras sociedades, lanzar nuestra economía en la espera de que en una política a largo plazo nuestra economía crezca -como están consiguiendo en Brasilia- y luego podamos igualar las cuentas, dentro de unos cuantos lustros?
¿Y si un día encontramos petróleo en Los Monegros o Coltán en la Cordillera Penibética?
¿No estaría justificado mandar al carajo el déficit durante cuatro años para desarrollar las infraestructuras necesarias para su explotación y que luego esos beneficios fueran a parar a nuestras arcas nacionales y no a las cuentas de resultados de Texaco o de Standard Oil?
Y eso no podría hacerse si tener presupuestos con déficit fuera castigado con la cárcel por el mero hecho de que se tenga, de que se ha superado el techo presupuestario.
Creo que la buena intención no puede ocultar el acto y no hace bondadoso el resultado, como defendían en ocasiones los santos filósofos escolásticos. Al menos en este caso no.
Porque no creo que un político deba ir a la cárcel porque el nivel de ingresos de su comunidad sea tan bajo que la sanidad y la educación pública sean la única opción admisible para la inmensa mayoría de la población o porque destine todo el crédito que pueda conseguir a intentar salvar el único sector productivo que genera ingresas en su ámbito geográfico.
Quizás me equivoque y Don Mariano proponga que por fin la Auditoría de Cuentas del Estado haga su trabajo. Quizás esté pensando en destinar un auditor a cada autonomía y terminar metiendo en chirona a cada político que organice un fasto papal de cientos de millones de euros mientras no paga sus deudas a los colegios concertados; o poner a la sombra a cualquier gestor público que se gaste las haciendas autonómicas en patrocinar equipos de Fórmula Uno, circuitos de carreras, equipos de fútbol, y regatas de clasificación para la Copa América mientras no paga a sus proveedores, no reintegra las facturas a las farmacias. Quizás hable de poner a buen recaudo al alcalde que se gasta lo que tienen la promoción de dos candidaturas olímpicas fallidas mientras demora el pago a los empleados de la basura y retrasa el pago de su parte de los servicios sociales para la asistencia de menores y de mujeres maltratadas. Quizás se refiera a entalegar a quien se gasta cientos de millones de euros en una campaña de autopromoción continua como si la campaña electoral durara cuatro años mientras se niega ilegalmente a no pagar las vacaciones a los profesores interinos o cierra aulas de apoyo en los colegios, o pone la sanidad en manos privadas para cuadrar las cuentas.
Quizás hable de evitar el ridículo de que un individuo que ha llevado las riendas de un gobierno acabe juzgado por recibir unos trajes por la patilla y no por dilapidar hasta la extinción todo el dinero de los impuestos de los valencianos.
Quizás hable de castigar y meter el trullo a esos. Aunque algunos sean de su partido, Aunque algunos sean sus amigos.
Y es por ese bolero –quizás, quizás, quizás- por lo que le doy el beneficio de la duda al ínclito Mariano -perdón, al ínclito presidente Mariano -es que son muchos años hablando de él sin título ninguno- no porque crea que no puede tener tendencias dictatoriales en lo ideológico. Se lo doy por el simple hecho de que no ha realizado nada original.
Mariano Rajoy ha hecho una vez más -y ya no sé cuántas van- lo mismo que hacemos nosotros, los occidentales atlánticos- cada día.
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20
Ene 2012

La estulticia envía al Banco de España a clases de refuerzo

Escrito por: gboneque el 20 Ene 2012 - URL Permanente

Hay momentos, acontecimientos, noticias en definitiva, que te dejan con cara de no saber nada, con el rostro congelado en esa expresión de no saber si optar por no creerte lo que está pasando o por desecharlo como producto de una pesadilla surrealista.
En fin, que hay noticias que demuestran que a lo mejor todo lo que escribo en estas endemoniadas líneas está equivocado y nos estamos yendo al carajo no por el individualismo y el egoísmo más recalcitrantes, sino simplemente por la estupidez más absurda.
Resulta que el Tribunal Supremo ha obligado al Banco de España, a petición de los sindicatos, a hacer públicas las gratificaciones que concede a sus empleados y altos cargos.
O sea que, después de rasgarse las vestiduras, de demandar responsabilidad al sistema bancario, de exigir a los españoles esfuerzos, de meterse en camisas de once varas diciendo que los convenios colectivos no deberían asegurar el aumento de poder adquisitivo, el Banco de España, la entidad emisora, el ejemplo paradigmático en el que ha de reflejarse nuestro sistema financiero, se dedica a dar bajo cuerda gratificaciones a sus directivos y, como dicen ellos, empleados relevantes.
Y la cara que se te queda es la misma que ponía Gila cuando esperaba que se pusiera al teléfono el enemigo.
El Gobernador del Banco de España, cual plañidera bíblica, se mesa los cabellos, se arroja de hinojos indignado, se unta su rala y escasa cabellera con ceniza y protesta, se da golpes de pecho, eleva los ojos al cielo en desolada queja ente tamaño agravio.
Y recurre al Tribunal Supremo cuando la Audiencia Nacional le dice que tiene que dar la lista. No porque crea que las gratificaciones sean justas, no porque crea que nadie tenga derecho a cuestionarlas, sino porque cree que él tiene el derecho de mantenerlas en secreto.
¡Pero hombre, que eres una institución pública! ¿Cómo demonios crees que tienes derecho a mantener las retribuciones -y ninguna otra cosa, ya de paso- en secreto-?, ¿es que los sueldos de los gerifaltes del banco emisor son una cuestión de seguridad nacional?
Y eso sólo para empezar.
¿A qué viene dar gratificaciones a los altos ejecutivos de la entidad?, ¿qué objetivos han cumplido?
El Banco de España tiene que vigilar y supervisar el sistema financiero español y está claro que lo ha hecho tan bien que nuestras cajas han tenido que fusionarse para no ir a la ruina, lo ha hecho tan maravillosamente bien que tenemos la inflación por las nubes, el déficit disparado y los tipos de interés perdidos en la estratosfera y sin posibilidad alguna de que aterricen de nuevo.
¿Qué objetivos han cumplido de forma tan brillante que merecen una recompensa que se antoja tan alta que tiene que ser mantenida en secreto para que no despierte la injusta indignación de todos aquellos que no entendemos el sistema de retribuciones de la entidad?
¿Acaso es porque les han salido muy monos los billetes que han encargado emitir a la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre?, ¿o es, quizás, por haber batido el record del mundo en rapidez a la hora de emitir deuda pública?
El Gobernador mantiene su mutismo a este respecto y tú piensas que quizás el tío no merezca la cárcel por esas gratificaciones pero le hacen falta unas buenas clases de refuerzo.
Porque hay que ser un poco lento de entendederas para no darse cuenta de que el Banco de España no puede dar gratificaciones a sus ejecutivos por hacer su trabajo. Que no es de recibo que reparta beneficios cuando no tiene beneficios y está creado y diseñado para no tenerlos.
Hay que tener dificultades en comprensión lectora para no entender que la frase "mantenido con fondos públicos" significa que cualquier gratificación sale de los bolsillos de todos los españoles; hay que tener lagunas de comprensión lógica para no entender que no se puede gratificar a alguien por hacer un trabajo -ni siquiera bien, visto lo visto- por el que ya se le está pagando un sueldo millonario.
Hay que tener verdaderas carencias en psicomotricidad fina para no darte cuenta de que el movimiento de meter la mano en la caja pública y luego llevarla automáticamente a tu bolsillo resulta terriblemente sospechoso.
¿Gratificaciones extraordinarias?, ¿hola?... ¿por qué? A lo mejor han aumentado la cartera de clientes de una entidad de la que todo español es cliente por definición; a lo mejor han elevado su nivel de crédito cuando no los dan, a lo mejor han mantenido la seguridad hipotecaria cuando no las conceden.
Y es entonces cuando se ve acorralado por una decisión judicial a la que no debería haber recurrido por mero respeto a las instituciones cuando da sus explicaciones.
"Las cantidades percibidas como premios lo son en recompensa a conducta, rendimiento laboral y cualidades del personal", afirma un comunicado del Banco de España
¡Tócate los pies!, ¡Ahora lo entiendo todo!
Ahora es cuando comprendo cual es el motivo que lleva al presidente Rajoy a tener tal necesidad de liquidez que quiere ahorrar hasta el agua de las nubes. El pobre sabe que va a tener que despachurrar el presupuesto español en clases de apoyo para los altos cargos del gobierno.
De modo que si no persigues a las secretarias o acorralas a los administrativos junto a la fotocopiadora, tienes gratificación; si no miccionas en el muro del banco mientras te fumas un cigarrito, tienes gratificación; si no pateas la máquina de café cuando te da un chocolate vienés en lugar de un cappuccino con azúcar, tienes gratificación; si no te acuerdas de la parentela de tu jefe cuando te hace currar más de la cuenta o de los antepasados de tu compañero cuando se escaquea, tienes gratificación.
¿Qué se supone que significa eso del buen comportamiento? ¿que los ejecutivos son los niños buenos de la clase, mientras el resto de los empleados se tira papelitos, hace caricaturas del Gobernador, eructa públicamente y hace comentarios soeces como los alumnos de un aula de castigo de un High School estadounidense?
Pero hay que reconocer que el tío se lo curra ¡Porque lo de las cualidades personales tampoco tiene desperdicio!
Ahora resulta que cobras más si tienes determinadas cualidades personales. Se me ocurren unas cuantas pero no quiero presuponer sesgo ninguno en ellas. Si eres más guapo ¿cobras más?, si eres más simpático ¿cobras más?, si eres más listo ¿cobras más?, si eres más afectuoso ¿cobras más?
Si eres más... ¿qué? cobras más.
¿Desde cuándo como seas o dejes de ser tiene que reportarte beneficios económicos en tu trabajo? Las cualidades personales no son un factor remunerable en un empleo. Son un elemento exigible para la convivencia laboral, pero no se paga por ellas.
Y el nivel de estupidez sigue elevándose cuando cada justificación aportada lleva a un grado siguiente de absurdo surrealista.
Porque lo del rendimiento laboral puede sonar más lógico, más profesional. Pero es igual de rocambolescamente absurdo que todo lo demás.
¿Qué estás diciendo, buen hombre, qué estás diciendo?, ¿qué premias a aquellos que rinden porque el resto no lo hace?, ¿qué solamente los ejecutivos rinden en su trabajo?, ¿qué los funcionarios del Banco de España no hace su trabajo y tú premias a los que lo hacen en lugar de patear las nalgas de los que no lo hacen?
Vamos, digno de una conversación telefónica de Gila, lo dicho.
Y lo peor de todo es que el Gobernador del Banco de España no se viera venir esto.
No fuera lo suficientemente listo como para darse cuenta de que el hecho de que la entidad emisora diera gratificaciones especiales iba a crujir más que la columna vertebral de una anciana artrítica practicando el método Billy Boot, ese.
No tuviese las suficientes conexiones neuronales encendidas como para intuir que, si se nos afilan las uñas y nos crecen los colmillos cuando la banca privada forra a sus ejecutivos después de perder miles de millones de euros en un solo ejercicio y pedirle al Estado que cubra sus deudas, se nos iban a sublevar los instintos asesinos cuando nos enteráramos de que eso también ocurría en el banco público por antonomasia.
Lo más triste, lo que te derrota definitivamente, es que un chico listo -como se supone que es o que tiene que ser el Gobernador del Banco de España- no fuera capaz de prever esto. No es su arrogancia, no es su ilegalidad, no es su injusticia. Es su inefable falta de trasmisiones sinápticas, su completa estupidez.

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18
Ene 2012

Carcaño está ya para siempre a un centímetro escaso de nosotros

Escrito por: gboneque el 18 Ene 2012 - URL Permanente

Antes de que Miguel Carcaño pase a la galería de la fama de perversos que este país -y todos- atesoran en su inconsciente colectivo y de ahí al olvido más absoluto; antes de que si disipen los vapores que el juicio de Marta de Castillo nos ha hecho inhalar hasta transformarnos una vez más en una turba linchadora que busca a la bestia de Baskerville entre la espesura nocturna del bosque para poder aniquilarla y dormir tranquila por la noche, he de decir y escribir algo más sobre este aciago personaje. Sobre él y sobre todo el dantesco espectáculo social que se ha desarrollado en torno al asesinato por él cometido.
Ahora que ya es un asesino convicto -no solamente confeso- los papeles del sumario se van mostrando, se van publicando. Y por regla general todos desdicen una y otra vez todo lo que se había escrito y dicho sobre este caso durante los últimos mil días.
Uno de esos papeles es el informe psicológico de Carcaño, el que ha permitido que este individuo cumpla condena porque era responsable de sus actos.
Cuando se lee el informe, ya predispuesto, todo hay que decirlo, a enfrentarte a un cúmulo de enrevesadas dificultades psicológicas y psiquiátricas, lo que asusta, lo que contrae el alma y enfría el cuerpo, no es lo que se refleja en él. Es lo que no encuentras escrito en negro sobre blanco.
Carcaño no es definido como un psicópata frío y destructivo que se mantiene al margen de las normas porque no las percibe como propias; no es definido como un psicótico, arrojado a la comisión de un brutal asesinato por una suerte de percepción alterada de la realidad emanada de voces internas; no es presentado como un esquizoide cuyas personalidades disociadas compitan entre el bien y el mal hasta que el mal se apodera de su mente y de sus acciones.
Carcaño ni siquiera es descrito como un sociópata, que se rebela e ignora las normas de convivencia más básicas, porque su perturbado raciocinio le lleva a pensar que está por encima de la ley como una deidad absoluta.
Nada de eso figura en su informe psicológico. Y esas ausencias asustan, aterrorizan. Esas omisiones explican mucho más de lo que han explicado los analistas judiciales y los columnistas de sucesos durante los últimos tres años.
Carcaño es “Una persona egocéntrica, con dificultades para establecer fuertes y estables vínculos afectivos, así como para comprender o ponerse en el papel de los otros (…) Sin psicopatología alguna”.
O sea que Miguel Carcaño, el asesino odiado, el enemigo público número uno, en nuestro punto de mira durante tres años, es un tío normal.
Y eso es lo que no podemos soportar. Eso es lo que ha hecho que durante meses y años estuviéramos dispuestos a tragarnos sin guarnición y sin aliñar la ensalada más deplorable de invenciones y medias verdades que se nos ha vendido sobre este caso.
Eso es lo que nos ha permitido masticar como creíble y plausible una trama criminal sacada de una novela de John Le Carré que convertía a un grupo de jóvenes en una suerte de viciosa secta secreta de criminales masónicos, juramentados en la comisión y ocultación de un crimen.
Lo que nos ha permitido comprar una historia en las que se les atribuían capacidades que excedían a toda lógica y al mejor entrenamiento contra interrogatorios que ofrecen a sus operativos -siempre he disfrutado con ese eufemismo- las agencias de crímenes gubernamentales secretos más especializadas del orbe conocido.
Porque si no comprábamos esa historia, si no la aceptábamos como el evangelio, a ciegas y sin pruebas, nos veíamos obligados a intentar tragar de golpe y sin masticación otra historia mucho más dura, mucho más difícil de digerir. Nos veíamos obligados a deglutir de golpe la realidad de que Miguel Carcaño es un tipo normal. Es como nosotros.
Porque hoy en día, el egocentrismo es una marca de fábrica genética de todos los habitantes del Occidente Atlántico civilizado.
El egocentrismo que nos lleva a ser el centro del universo en el que vivimos y esperar que los demás giren a nuestro alrededor como planetas satélites que se mueven y se mantienen parados con los ritmos y cadencias que nosotros y sólo nosotros necesitamos.
El egocentrismo absoluto que nos hace pensar que nos tenemos que amar más que a ninguna otra persona y nos hace olvidar que el amor consiste en pensar en el otro un poco -sólo un poco- más que nosotros mismos; el egocentrismo que nos permite dormir por las noches después de anteponer nuestra relajación, nuestra tranquilidad y nuestra necesidad de no estar estresados en el trabajo a la carga adicional de esfuerzo que pasamos a nuestros compañeros de trinchera laboral con la elusión de nuestras responsabilidades y nuestros obligaciones laborales; el egocentrismo que nos permite anteponer nuestras frustraciones pasadas y nuestros delirios futuros a los gustos y capacidades de nuestros hijos a la hora de diseñar su futuro;
El egocentrismo que nos hace pensar que la autoestima se basa en considerarnos la más guapa o el más atractivo cuando no lo somos, en no reconocer nuestras limitaciones cuando son evidentes para todo el resto de la humanidad, en no colocar nuestras capacidades en su justa medida, en no conceder derecho de opinión a nadie sobre nuestra forma de ser para que nadie cuestione nuestros actos o nuestras decisiones.
El egocentrismo, en definitiva, que nos permite tener como prioridad absoluta ser el centro de nuestro mundo, aunque para ello tengamos que convertirlo en una montaña de muertas y yacentes cenizas. Vamos, como Carcaño.
Y el asesino, liberado ya ahora de esa cobertura mítica y mitológica que nos ponía a salvo de la comparación más descarnada con nosotros mismos, resulta que tiene "dificultades para establecer fuertes y estables vínculos afectivos". ¡Acabáramos!
La misma dificultad que establece una sociedad en la que es de recibo enamorarse de nadie que no se haya enamorado antes de nosotros, en la que las relaciones nacen con fecha de caducidad puesta -según el firme y experto criterio del Cosmopolitan y el FMH- en los tres años, en los que los amores se diluyen cuando llega el compromiso, en la que la caza del placer sustituye como remedio paliativo al esfuerzo alegre del amor, en la que no aceptamos el "nosotros" para no sentir que perdemos una parte del "yo", ignorando que ganamos una porción del "tú".
La misma dificultad individualista y egoísta que se vende en los reportajes, los libros de autoayuda y las charlas de caña o de café como una forma de reafirmación personal de independencia, de libertad y por la cual renunciamos a los criterios afectivos a la hora de valorar nuestras vidas. Por la cual somos incapaces de hacer otra cosa que tampoco puede hacer Carcaño: "comprender o ponerse en el papel de los otros".
Porque la empatía, un bien nunca abundante en la sociedad humana -ya sea la Occidental Atlántica o cualquier otra-, ahora está bajo mínimos. Es un bono basura.
Por eso somos capaces de defender una ley que nos beneficia aunque sepamos que es absolutamente injusta, por eso somos capaces de defender un sistema que arroja a la miseria a las tres cuartas partes de la población mundial sencillamente porque nos mantiene en lo más alto de la cadena alimenticia del ecosistema humano.
Por eso huimos de los problemas de los demás, aunque los hayamos provocado en parte pero pretendemos que todos corran en nuestro auxilio cuando lo demandamos, por eso escapamos de las relaciones cuando vienen mal dadas, cuando pintan bastos, por eso eludimos nuestras responsabilidades de defender el bien de las generaciones futuras con nuestros sacrificios y luchas, por eso somos incapaces de aceptar las motivaciones de los actos de los otros y las sustituimos por las explicaciones de esos actos que nos dejan a nosotros como los buenos, como los perjudicados, como las víctimas.
Una falta de empatía que nos transforma, tengamos la edad que tengamos o que finjamos tener, en niños malhumorados y mohínos que apartan el rostro de la caricia conciliadora, en ancianos malotes y despegados que hacen de la misantropía un acto de fe para justificar sus carencias y su eterno malhumor, en, por ponernos bíblicos, fariseos capaces de atisbar una ínfima pestaña perdida en el ojo ajeno pero incapaces de contemplar la viga más gruesa en el propio.
En humanos incapaces de pensar en contra nuestra.
Como Carcaño no tiene psicopatología alguna, Nosotros nos asustamos porque no tenemos nada a lo que achacarle su comportamiento. Porque eso demuestra que no estamos a salvo de ser como él, que hay una línea muy delgada, cada menos visible, entre él y nosotros. Que no salimos ganando en la comparación.
Pero eso no puede ser. No podemos estar tan cerca de alguien de quien nos creíamos tan lejos. De alguien que es capaz de coger un cenicero y golpear hasta matar a una joven de la que decía estar enamorado.
Pero lo estamos. Estamos a dos palmos de distancia porque sus motivaciones son las mismas que las nuestras. Y eso también lo dice su informe psicológico.
“Sus actuaciones se encuentran orientadas hacia la consecución de beneficios y recompensas inmediatas, que le pueden llevar en determinadas situaciones, a transgredir normas para obtenerlas”.
"Transgredir las normas para obtenerlos". Curioso concepto, ¿dónde lo habré escuchado antes?
Quizás lo haya oído en los labios y las lenguas de aquellos que justifican defraudar a Hacienda porque eso les renta unos beneficios que necesitan, de aquellas que fingen denuncias para obtener injustas prerrogativas, de aquellos que fingen bajas para obtener vacaciones a destiempo, de todos los que fingen amistades y admiraciones para obtener ascensos, de todas aquellas que fingen amor para obtener seguridad económica, de todos aquellos que practican cohechos, corrupciones, sobornos y simonías para ganar fortuna, posición y poder.
Resumiendo en las bocas de todos aquellos que, por virtud de su egocentrismo -otra vez el bendito egocentrismo-, se creen, en un ámbito u otro, que sus necesidades están por encima de la ley. Que la justicia no es algo que sea aplicable cuando sus deseos y la consecución de los mismos están en juego.
Y "eso de beneficios y recompensas inmediatas" también me suena, ¿de qué será?
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06
Dic 2011

Toda la sal de Italia en los lagrimones

Escrito por: gboneque el 06 Dic 2011 - URL Permanente

Hoy tengo toda la sal de Italia en mis lagrimones.
Hoy tengo toda la sal de Italia quemando las heridas que Il Condottiere Berlusconi abrió y mantuvo abiertas con su cínica sonrisa, con su plácido encogimiento de hombros, en las miles de heridas abiertas que dejó en la piel y la carne transalpinas antes de abandonar el poder por la puerta de atrás.
Hoy tengo toda la sal de Italia escociendo el rostro romano, piamontés, napolitano o calabrés abofeteado por Silvio cuando dilapidó sus múltiples créditos electorales y su mando de la nave usando su lujoso camarote sardo de Certona para perder el título de Cavaliere entre los brazos y las piernas de menores de edad seducidas por dinero.
Hoy tengo toda la sal de Italia impidiendo crecer los verdes pastos en las ruinas del Quirinal que el magnate de terno perfecto derruyó haciendo de su palabra ley y rehaciendo la ley según su palabra, burlando a Europa en sus fronteras, despreciando la miseria en Lampredusa e ignorando la justicia y la razón en las salas de pleitos, las calles y los poblados gitanos.
Hoy tengo toda la sal de Italia en mis lagrimones. En los míos y en los de Elsa Fornero, la ministra que lloró por tener que serlo.
Hasta los italianos, amigos como nadie de librarse por las bravas de gobernantes absolutos, de abrir de parte a parte de Duces, de apuñalar a césares y de envenenar a papas y de asaetear a príncipes, son plenamente conscientes de que Silvio Berlusconi no es el causante de la crisis.
El condottiere caído no era dueño de los mercados, no ha originado la caída del imperio económico que nos sostenía, como Tiberio, Nerón o Calígula no fueron los responsables de la caída del otro imperio, el clásico.
Pero su continuo nepotismo, su constante desidia por las cosas de El Quirinal en favor de los casos de Villa Certona, su desafiante arrogancia al ignorar la realidad intentando cambiarla en su provecho y el de sus empresas, su egoísta dictadura mediática y legal que ocultaba los hechos para no hacerse responsable de ellos, han hecho que esa crisis, que hubiera sido inevitable de todos modos, sea además dolorosa, lacerante, prácticamente irreversible.
Su incapacidad, su narcisismo egoísta y la aquiescencia de los mercados para con él son las realidades que han hecho llorar a Elsa -perdóneme señora ministra si la llamo por su nombre, pero cuando alguien me llora en público se me acerca demasiado como para no apearle el tratamiento-.
Muchos dirán que Elsa llora por los sacrificios que está anunciando, porque ve en el rostro de los trabajadores, de los pensionistas, de los funcionarios -que también son trabajadores, no lo olvidemos- y de todos los italianos que están allí y que se han tenido que ir porque ya no se podía seguir allí, el sufrimiento que las letras negras sobre el papel blanco de sus leyes van a causar en Italia.
Y no es para menos. Es para llorar que miles de italianos tengan que pagar lo que no han hecho, tengan que devolver lo que no han robado y tengan que reponer no lo que no han dilapidado.
Pero es muy posible que Elsa, la buena de Elsa que puso en pie un instituto de estudio de las pensiones para tener ahora que recortarlas, llore por otras muchas cosas.
Tal vez Llore de rabia por la injusticia que supone que los mercados, convertidos en gobernantes por arte de esa nueva dictadura que nadie quiere ver y que pocos reconocen, le impongan hacer sufrir a muchos, sacrificar a miles, quizás a cientos de miles, cuando sonrieron sin tregua y sin pudor las continuas acciones e inacciones de Berlusconi, mientras estas les llenaban los bolsillos a sus inversores. Quizás llore porque Italia es castigada por los desmanes de Silvio al mando de la nave, mientras sus empresas siguen siendo consideradas como valores seguros por los mismos analistas británicos y estadounidenses que han convertido la deuda pública italiana en papel para encender la pira en la que está ardiendo de nuevo Roma.
Es posible que llore de impotencia porque descubre, cuando revisa la redacción de sus nuevas medidas, que tanto dolor, que tanto esfuerzo, que tanto sacrificio, no servirá para nada. Que la inmolación de miles de italianos en el holocausto sagrado en el altar al déficit cero y la contención del gasto es algo que ha fallado antes y que ella sabe que fallara ahora, porque los nuevos dioses mercantiles y mercantilistas no serán aplacados, no serán satisfechos en su insaciable ansia de beneficios.
A lo mejor llora de desesperación porque Elsa, tan como está de la Roma vaticana, sabe que en esta ocasión el nuevo dios invisible de los mercados no detendrá su brazo cuando el cuchillo vaya a caer sobre la garganta de sus amados hijos como hiciera el viejo de la zarza con Abraham. Quizás sus lágrimas constaten el secreto conocimiento -ahora ya no tan secreto- de que ese nuevo dios mercantil le exigirá degollar a sus vástagos y se bañará en su sangre sin recurso alguno a la piedad.
Es probable que llore de frustración porque no quiere hacer lo que va hacer. Porque, pese a su deseo y su voluntad, se encuentra encorsetada por unas normas estructurales europeas que la impiden hacer algo radicalmente distinto, que quizás mande al carajo a los mercados, sus beneficios y sus deseos, pero que podría abrir un atisbo de esperanza en los pensionistas, los trabajadores, los funcionarios, los comerciantes...los italianos.
Cabe la posibilidad de que llore de abatimiento porque su condición de tecnócrata y no de ideóloga la impele a aplicar las normas que van a arrasar su país y la imposibilita para idear, aunque lo desee con toda su alma, algo radicalmente nuevo. Algo que no ha sido probado antes, y que podría, solamente podría, salvar su país en lugar de volver a meterlo en el círculo infinito de crisis continuas y recurrentes y sacrificios de muchos para no poner en riesgo los beneficios de unos pocos. Algo que les saque del sistema.
Y a lo peor llora de pena. A lo peor sus lágrimas son el húmedo prisma de la tristeza por el que ve pasar una tras otra todas las dictaduras que lo han sido y que no hay manera de que dejen de serlo. Quizás sus sollozos, apenas contenidos, resuman el paso de la dictadura imperial a la papal, de la papal a la monárquica, de la monárquica a la fascista, de la fascista a la mafiosa, de la mafiosa a la mediática y de la mediática a la mercantil sin que haya cambiado nada. Sin que nada pueda cambiar. A lo peor sólo llora de tristeza.
Pero llore por lo que llore Elsa, la ministra buena -que aún no sé si es buena ministra-, hoy, junto con ella, soy como Antonio, el poeta que hizo camino caminando, soy como Machado, aquel que a nadie debía nada porque todos le debían cuanto escribía.
Hoy, tengo toda la sal de Italia en mis lagrimones. En los míos y en los de Elsa.
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05
Dic 2011

Karl y Konrad se enfrentan por nuestra flacidez

Escrito por: gboneque el 05 Dic 2011 - URL Permanente

Que la crisis post mortem del sistema liberal capitalista nos está cercenando lo esencial es algo tan evidente como las cifras de parados, los bancos llenos de indigentes y las comunidades autónomas enfrentadas a muerte por un llévate allá esos pacientes que no me entran en el obligatoriamente ajustado y recortado presupuesto regional.
Pero parece que esto de la muerte e imposible resurrección de nuestra economía también nos está quitando lo prosaico. Vamos, que con la crisis practicamos mucho menos el, como diría el poeta catalán, juego que mejor jugamos y que más nos gusta. O sea que, por ponernos bíblicos, fornicamos menos y además tenemos más problemas para hacerlo.
Aparte de la irrefrenable alegría que esto producirá en los prelados de nuestra Conferencia Episcopal -que ya no se sentirán solos y abandonados en sus cuitas-, saltan las alarmas porque la disfunción eréctil crece por doquier.
Resumiendo, que la crisis hace que no se nos levante.
Y esto podría interpretarse de muchas maneras, podría explicarse de muchas formas. Podríamos verter ríos de tinta sobre ello y hablar de estrés, de preocupación, de desmotivación y de un montón de cosas más.
Pero la realidad es que nada de eso tiene que ver con esos problemas motrices en esa parte nuestra de la anatomía en la que parece que los problemas motrices están prohibidos.
Solamente tiene que ver con nosotros y con lo que nos hemos hecho a nosotros mismos en esta sociedad nuestra occidental atlántica.
Que la crisis económica no tendría por qué ser factor en estas cosas es algo tan obvio como que la inmensa mayoría de nuestros padres fueron concebidos bajo las bombas de Guernika, de Madrid o el fuego cruzado del Frente del Ebro, es algo tan evidente como que nuestros abuelos no tuvieron problema alguno -al menos eréctil- en llenar sus casas de críos en una postguerra llena de cartillas de racionamiento y estraperlo que hace que nuestra crisis parezca una Exposición Universal llena de luces y de fiesta.
Y me dirán que eran otros tiempos.
Y tendrán razón. Pero no son otros tiempos en el África de la hambruna y la sequía en la que la actividad sexual sigue a un nivel reproductivo inmenso pese a la falta de recursos y al sida; no lo son en La India, donde parece que la capacidad eréctil no sufre problema alguno y les lleva de cabeza, pese a su miseria endémica y patológica, a convertirse en la mayor población del planeta. Y tampoco lo son en la Sudamérica superpoblada y falta de recursos donde parece no tener fin la miseria y la natalidad -no olvidemos que la natalidad parte del sexo, que lo de la cigüeña ya pasó a la historia- no tener freno.
No es que diga yo que esas situaciones son ideales pero dejan claro que la economía no afecta o no debería afectar a nuestros parámetros sexuales.
Pero a nosotros sí. A nosotros, hijos del Occidente Atlántico, si nos afecta. Así que, después de todo el problema debe estar en nosotros.
Y ese problema no tiene nada que ver con el estrés o con la crisis, no tiene nada que ver con las preocupaciones o la falta de expectativas vitales. Tiene que ver exclusivamente con una decisión que hemos tomado a lo largo de los siglos, a lo largo de las generaciones y que ahora nos está pasando factura.
Tiene que ver con que hemos decidido sobrevivir y no vivir. Tiene que ver con que no hemos aprendido o, mejor dicho, hemos olvidado que para que la supervivencia tenga sentido hay que seguir viviendo la vida aunque no la tengamos garantizada.
Es algo que empezó hace mucho tiempo y que acaba ahora, como casi todo lo relacionado con ese sistema social en el que decidimos vivir y seguir muriendo.
Esta disfunción eréctil masculina que se nota, que se percibe físicamente, es el reflejo de otra que no se ve y que no se percibe, de otra que es mucho más fácil de ocultar pero que lleva mucho tiempo entre nosotros.
Es el reflejo de esas faltas de ganas de viernes por la noche, de esas jaquecas persistentes de sábado en la madrugada, de esos reproches de ¿cómo puedes pensar en eso ahora con lo que tenemos encima?, de esas indignaciones de ¿no puedes pensar en otra cosa cuando no podemos llegar a fin de mes?
Puede que ahora se note mucho más la masculina porque, entre metroemotividades y presiones para que adoptemos la sensibilidad femenina, hayamos por fin asumido el rol que se nos exigía de vincular sexo a tranquilidad y estabilidad económica, de vincular placer sexual a falta de preocupaciones, de no pensar en follar si había cosas más importantes en las que pensar.
Puede que sea más evidente por la repercusión física en los hombres -no estoy dispuesto a ponerme lo suficientemente prosaico como para describir cómo se podría comprobar el equivalente femenino a esa disfunción eréctil que parecemos sufrir masivamente-.
Pero la realidad es que mujeres y hombres hace mucho que no somos eréctiles en este nuestro Occidente.
Porque dejamos que nos convencieran de que necesitamos unos mínimos materiales para sobrevivir sin los cuales disfrutar de la vida era imposible.
Porque consentimos que al derecho a comer se añadiera el derecho a una vivienda en propiedad, un coche adecuado y nuevo, unos electrodomésticos de última generación, unas vacaciones en una playa, y algún que otro capricho.
Porque permitimos que nos alejaran de la vida, elevándonos cada vez más el nivel de supervivencia necesario para acceder a ella, sumando cada vez un producto más, una seguridad más, a la supervivencia con lo que nos resultaba imposible sentirnos cómodos, tranquilos y estabilizados sin ellos. Con lo que nos resultaba imposible no estar frustrados por la falta de eso que Occidente había decidido que era fundamental para la supervivencia.
Porque dejamos que nos convencieran de que hasta que esos mínimos -que siempre seguían elevándose- estuvieran garantizados no era bueno, justo o responsable preocuparnos por otra cosa que lograrlos y mucho menos darnos al solaz y el disfrute de la vida -¡Leche, me ha salido como una égloga garcilasiana!-.
Porque aceptamos sin pestañear que nos apartaran de los rudos brazos de Konrad Lorenz y nos arrojaran al cálido pero tramposo abrazo de Karl Marx.
Para el denostado filósofo de la lucha de clases, lo único importante es lo económico -la infraestructura, la llama él- y toda la actividad social y personal debe estar encaminada a la consecución de eso fines.
Lo demás, el placer, las relaciones, la cultura, es superestructura, es decir, los elementos decorativos que son prescindibles mientras no se consigue lo primero.
Y nosotros, que en otras cosas huimos del barbudo alemán como de la peste, hemos abrazado ese credo sin pestañear. Y no solamente lo hemos abrazado sino que lo hemos engrandecido a tal nivel que ya forma parte hasta de nuestros músculos eréctiles.
No se nos levanta, no se nos lubrica -¡mierda, al final me he puesto prosaico del todo!- por el mismo motivo por el que nos negamos a irnos de casa de nuestros padres hasta que no tenemos casa en propiedad, por lo mismo por lo que necesitamos gastar nuestro primer sueldo en un coche, por lo mismo por lo que nos sentimos defraudados con nosotros mismos si tenemos que ir al pueblo de vacaciones y no a Londres o a Cancún, por lo mismo por lo que no podemos sentirnos felices si en la mesa de Nochebuena hay sopa de cocido y no langostinos.
Porque hemos asumido erróneamente que no se puede vivir sin tener la supervivencia garantizada, que no se puede ser plenamente feliz si no tenemos completa la lista de productos que consideramos imprescindibles para sentirnos seguros.
sigue en:
http://lefthandgod.blogspot.com/2011/12/nuestro-amor-por-marx-impide-que-se-nos.html

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02
Dic 2011

Cuando pusimos a Marta bajo el manto de Némesis

Escrito por: gboneque el 02 Dic 2011 - URL Permanente

Mucho se ha escrito, se ha escuchado, se ha enseñado y se ha hablado sobre algo de lo que nadie debería haber escrito, escuchado, hablado o enseñado. Y ahora está visto para sentencia. Está preparado para que la justicia haga caer su espada sancionadora sobre quien corresponda. Pero eso no va a ocurrir.
La justicia no puede hacer nada. Ya no. Nosotros hemos desequilabrado a gritos y empujones el fiel de su balanza, hemos arrebatado de un tirón furioso y desmedido, justifificado e injustificable, la venda de sus ojos.
Todo está visto para sentencia pero no habrá justicia. Marta del Castillo nunca la tendrá.
Y los culpables de eso no son Carcaño o El Cuco, no son sus trece declaraciones confusas y distintas, no son sus ora complices, ora encubridores, ora ni una ni otra cosa, no son sus abogados. Al menos no son solamente ellos. Los culpables somos nosotros, siempre lo hemos sido.
Desde la primera noche, desde el primer informativo, desde la primera pegada de carteles, desde el primer especial en un programa de viscera y sucesos, desde la primera detención, desde la primera noticia, desde la primera filtración, desde el primer reportaje, desde la primera confesión, desde el primer debate, desde la primera manifestación.
Nosotros hemos acabado con la justicia que debía aplicarse sobre este caso. Y el motivo es muy sencillo. Nos hemos constituido en jurado popular en un caso que no tenía jurado popular. Eso no hay justicia que lo soporte.
Y puede que, como siempre, ignoremos lo evidente, malinterpretemos lo dicho y pasemos lo afirmado por el tamiz de nuestra propia culpabilidad para sentirnos a salvo de una conciencia que quizás permanece en silencio porque no nos atrevemos a dejarla hablar.
Puede que nos indignemos para evitar reflexionar y que nos embocemos en la negra capa de nuestro sentido de la justa venganza para evitar sentirnos mal. E incluso puede que escupamos al humilde mensajero que se atreve, sólo porque lo piensa así, a decirnos esta verdad.
Pero un hecho demuestra que nosotros le hemos negado la justicia a Marta del Castillo. Un solo hecho que, quizás nadie reconozca, pero que es tan evidente como que la estatua armada y ciega ha sido manipulada.
En un mundo sin medios de comunicación los acusados de la violación, muerte y desaparición de Marta del Castillo nunca habrían sido condenados.
Porque, en un mundo sin guardias nocturnas de cámaras televisivas para captar las lágrimas legítimas de una madre, de un padre y de unos amigos y familiares, si no hay cádaver, no hay y no puede haber asesinato.
Porque, en un mundo sin programas en rojo y negro de sangre y morbo, sin opinadores que no tienen experiencia judicial alguna y se atreven a presionar a los fiscales desde el nuevo púlpito de su conexión en directo con mosca televisiva para que acusen a todos los implicados de asesinato, si no hay cuerpo, si no hay evidencias médicas, si no hay éxamenes forenses no puede haber violación.
Porque, en un mundo sin imágenes difundidas de detenciones policiales, sin encuestas a pie de interfono de portal a los sorprendidos vecinos, sin manifestaciones espontáneas y extemporaneas emitidas a pie de calle y fotografiadas en portada, una confesión sin abogado, sin papel, sin firma y sin garantías no puede ser la base de una investigación policial que se extiende por tres años.
Porque, en un mundo libre de la presión mediática y social continuadas, de campañas de chapa en la solapa, de lemas solidarios, de lazos multicolores, de brujas bienintencionadas y de videntes arribistas, un fiscal no puede mantener que un cuerpo permanece hundido en un río que ha sido dragado en seis ocasiones, prácticamente desde su nacimiento a su desembocadura, en el que se han sumergido hasta agotar el óxigeno buzos, hombres rana y toda suerte de submarinistas sin encontrar una sola evidencia física plausible de que ese cuerpo en concreto haya sido arrojado en ese río en particular.
Porque, en un mundo sin cortes radiofónicos en exclusiva con declaraciones de vete a saber tú qué vecina que cree que vio que cosa, sin declaraciones de veinte segundos de no se sabe qué familiar de qué amigo lejano de qée ex novia de qué acusado que le define de una u otra forma, sin participaciones de expertos que dibujan perfiles de piscopatía sin tener los datos de la biografía y sin haber realizado siquiera una entrevista preliminar con el acusado, la declaración de un taxista sobre los nudos de una bolsa, el testimonio de un familiar sobre el olor a lejía y las ventanas abiertas en determinada casa, o la declaración de cuatro policias sobre lo que dijo o no dijo un menor en un coche cuando ni siquiera era legal tomarle declaración, no solamente no serían relevantes, sino que probablemente hubieran sido tratadas en algún caso como ilegales.
Pero a nosotros nada de eso nos importa. Nuestro miedo, nuestra indignación o simplemente nuestro morbo, no hicieron creernos el derecho de ejercer de jurado popular, de ser los adalides de una posición concreta. Y tampoco podemos echarle la culpa a los medios. Fuimos nosotros los que nos erigimos en juez y jurado en el caso de Marta del Castillo. Ellos solamente se arrobaron el derecho de ser nuestros portavoces.
Cuando la situación exigía silencio, pausa, espera, investigación y secreto de sumario, cuando el cádaver de Marta del Castillo, donde quiera que esté, nos retaba a un ejercicio de justicia nosotros optamos por lo único que sabemos optar cuando percibimos la injusticia evidente de una situación que se nos escapa de las manos y de las mentes.
Elegimos la venganza.
Y cuando entramos en modo vengativo somos incapaces de ignorar hasta las situaciones más evidentes. Somos capaces de ignorar hasta nuestros pensamientos, hasta nuestras propias preguntas. Somos capaces de comprar cualquier cosa.
Por eso nos indignamos y nos adherimos furiosos a una campaña contra un programa televisivo porque paga a un familiar de El Cuco para que dé su versión de los hechos. Y creemos que eso es justo.
Lo compramos ignorando la cantidad de dinero que han ganado opinadores y expertos por ir a televisión, a radio y a escribir en cualquier redacción sobre el asunto, sobre lo que debería o no debería hacer el tribunal.
Olvidamos que desde hace tres años hay gente ganando dinero forzando y presionando a un sistema judicial que no debería ser forzado o presionado.
Obviamos unas preguntas que, por evidentes y peligrosas, deberían haber ocupado portadas y sumarios, ya que siempre se ha mantenido abierta la beda sobre este caso: ¿cómo puede ser El Cuco encubridor de un delito que todavía no se sabe si se ha producido?, ¿cómo puede un fiscal seguir con una versión de los hechos que ya ha sido rechaza por un juez en otro tribunal?, ¿cómo puede un sistema judicial que funciona así garantizarnos la equidad y la legalidad?
Pero ignoramos la respuesta a todas esas preguntas porque hace tiempo que desistimos de colocanos bajo la sombra de la estatua ciega de la balanza y optamos por movernos un par de pasos y situarnos bajo el busto de la que sujeta un cuchillo ensangrentado en una mano y un rejoj de arena en la otra.
Porque, desde que vimos a unos individuos cubriéndose la cara entrar en una comisaria, renunciamos a la protección de Themis, de Maat, de Tyr, de Alfadir, de Iustitia y de todos los dioses y diosas habidos y por haber de la justicia para colocarnos bajo el único arbitrio de Némesis, Veive, Aesir, Sekhmet y todas las deidades que inventamos a lo largo de las eras para apadrinar la venganza.
Y por eso no nos importa que alguien haga audiencia y dinero, que alguien explote y se beneficie empujando a la justicia en una dirección porque nos dicen lo que queremos oír, porque nos dan argumentos para seguir ejerciendo un rol de jurado que nadie nos ha asignado.
Porque se han convertido en las herramientas de una venganza que nosotros creemos justa, pero que no deja de ser venganza.
Y antes de que alguien lo diga, lo comente o lo opine, dire que ni siquiera el hecho de que Carcaño y su siniestra comparsa sean verdademente culpables justifica todo esto. Nunca lo ha justificado. Porque ni siquiera somos originales en esta forma de hacer las cosas.
Es tan viejo el Caso Dreyffus. Es tan antiguo como La Crucifixión.
Y da igual que en el caso del militar fránces del fatuo y éfimero imperio de Napoleón III esas pruebas circunstanciales, esa presión medática, esa respuesta social sirvieran para condenar por espionaje a un inocente, basándose en indicios ínfímos y en testimonios inconsistentes.
Y da igual que en las áridas llanuras de Judea esos testigos descontextualizados, esos referendos públicos y esas acusaciones sumarias terminaran con la condena de alguien que evidentemente había cometido el delito de sedición contra Roma, porque se había declarado Rey de los Judíos, y que también era completamente culpable en apariencia de blasfemia, porque se había declarado descendiente directo de su dios y además, lo más grave, había dicho que Yahve no era israelita.
Da igual que el teniente francés fuera inocente y el loco galileo culpable. Ninguno de sus juicios estuvo presidido por la justicia. Al igual que el que está visto para sentencia por el caso de Marta del Castillo, estuvieron presididos, dirigidos y sentenciados por la venganza.
Y, si no lo creemos, solamente tenemos que responder sinceramente y en conciencia a una pregunta: ¿Como sabemos que aquellos que tratamos como culpables lo son?, ¿cómo sabemos que justo la declración que aceptamos es la que realmente es sincera de las trece que ha dado Carcaño? y la respuesta, a poco que hagamos un esfuerzo mínimo por pensar en nuestra contra, es indefectiblemente: no lo sabemos, no podemos saberlo. Aún no.
En eso es en lo que le hemos fallado a la joven sevillana y nos hemos fallado a nosotros mismos.
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28
Nov 2011

Si la capital del mundo es Ribeirao Preto

Escrito por: gboneque el 28 Nov 2011 - URL Permanente

Van un turco, un aleman, un chino y un brasileño... Esto, hace una década, sería el comienzo de un mal chiste, como los de Jaimito, como los de Lepe.
Pero hoy, mientras ese poder sin sociedad llamado mercados sigue marcando nuestras vidas y nuestro futuro, mientras se agota el humor para chistes y el tiempo para otras cosas, ha dejado de ser un chiste y se ha convertido en una proyección de futuro.
Hoy, aquello que la anticipación, que la literatura imaginativa y que las proyecciones a largo plazo veían en un horizonte excesivo y lejano empieza a conventirse en la nube continua que, miremos donde miremos, puebla nuestros cielos si realmente queremos que estos no se desplomen sobre nuestras cabezas.
Hoy, esa proposición dejada en suspenso hace contraerse de horror a los amantes de los localismos, a los adalides del liderazgo nacional, a los tecnócratas de la solución de manual económico liberal, a los teorícos del ir a soltar la mierda en casa del vecino.
Porque hoy, o como mucho dentro de unos días -históricos, se entiende-, podría ser cierta. Puede que el mundo en el que el bueno de Orson Scott Card colocó al no tan bueno de Bean no sea solamente una increíble ficción , sino el épitome de una realidad anticipada que ya se esté fraguando.
Puede que el mundo se convierta en algo multipolar y unido. Y en eso van el el turco, el alemán, el brasileño y el chino.
La Liga Árabe se comporta como una liga, después de haber escenificado durante medio siglo las luchas tribales de las que provenían y acude en defensa de los pueblos -de forma testimonial, si se quiere- no de los dictadores. Puede que a nosotros nos parezca mal, pero es lo que tienen que hacer. Primer foco de unión.
A nosotros se nos abren las carnes pero la democracia está haciendo lo que no ha podido hacer ninguna otra cosa, ni la historia, ni la guerra, ni siquiera Israel.
Los islamistas triunfan en Marruecos, ganan por goleada en las pasadas elecciones en Túnez, arrojan democraticamente del poder a Ali Abdullah Saleh y mas pronto que tarde gobernarán en Yemen y hasta le aprietan las tuercas al inefable y medieval rey saudí.
Por si alguien lo dudaba o lo duda, el islamismo también será la fuerza principal en Libia, lo es desde hace años en Palestina, en Libano y por supuesto en Iran o Afganistán y lo está siendo a través de los Hermanos Musulmanes en Egipto y de los partidos de transición en Irak, y lo será en Siria cuando El Asad la deje ser lo que quiere ser.
Que el islamismo va a ser el elemento aglutinador del mundo árabe y magrebí es algo que no podemos negar y que no podemos intentar que no ocurra como hace quince años en Argelia o hace diez en Irak y Afaganistán.
No podemos evitarlo y nuestra única esperanza es que dejen de mirarnos mal porque nos lo hemos buscado y miren al turco.
Erdogan representa hoy el califa unitario e islámico que desde la moderación hace a su país moderno y próspero -al menos en comparación con lo que era antes-, que no necesita de la religión para gobernar y que, pese a creer firmemente en su dios, es laico y no le utiliza de excusa para nada.
Por eso se pasea por Libia, se reune con la Liga Árabe, visita o pretende vivistar Palestina o se deja caer por Rabat.
Uno de los focos multipolares del nuevo mundo unido va a ser el islam y a nosotros nos toca reconocerlo y potenciar que el islam moderado de Erdogan y los suyos controle a la furia yihadista de Hamas, Hezbolla, Teherán o Kabul. No nos queda otra esperanza que que lo consiga.
Va un turco...
El milagro brasileño capitaliza las posibilidades del siguiente punto de orden en el caos al que ha llevado el liberalismo nacional de los mercados al mundo.
El milagro brasileño está empezando a conseguir lo impensable. Está empezando a llevar el racionalismo político a unas tierras que eran la bandera y el semillero de la mayor irracionalidad política de izquierdas y de derechas del mundo.
Ya hablan de mercados unitarios, ya pasan por encima de los personalismos de Chavez y de Castro, ya dejan solos a los revolucionarios bolivarianos, a los guerrilleros colombianos y a los caciques mexicanos. Segundo foco de unión
Van atrasados, por supuesto, sería en lo primero en lo que Sudámerica no fuera atrasada.
Pero Argentina, en pleno ataque de Kitchnerismo, comienza a abandonar sus complejos occidentales, a darse cuenta de que el victimismo es otra herramienta de poder; Chile comienza por fin a enterrar a sus muertos y exorcizar para siempre a sus fantasmas y pensar y crear futuro y centroamérica empieza a darse cuenta de que la fragmentación es un arma de control y no un orgullo nacional.
Y todo ello a través del milagro emergente brasileño, que responde con gasto público a la crisis y le va bien, que controla los mercados y a las corporaciones y le está yendo razonablemente bien y que hasta intenta controlar las favelas en lo que, pese al ejército, le va condenadamente mal.
Pero Brasil, con Dilma Rouseff o un poco después, será el centro de ese nuevo polo unido y unitario que ya sería excesivo que tuviera su capital en Riberao Preto como anticipó el gran Scott Card.
Y van un turco, un brasileño...
Lo de Asiá va a ser más complicado pero ya está siendo. La India superará en breve en población y recursos a China. Rusia está estrangulando energéticamente a Europa y no mira a ella como aliada, pero la mayoría de los que se independizaron de ella siguen bajo su órbita, decidiendo en cada elección si quieren acercarse o alejarse de La Madre Rusia, a la que saben que pertenecen pero con la que no se llevan bien ni por joda.
Y China será en un par de años la mayor economía del mundo y lo hará o lo intentará hacer como siempre lo ha hecho.
Por seguir con la metáfora de los relatos de anticipación, pretenderá hacerlo a la manera de los Borg, la mítica raza del no menos incomprensible mítico Stark Trek: por asimilación.
Ya ha deglutido económicamente a la inmensa mayoría del sudeste asiático y los que estén pensando en Japón que lo olviden. Japón ha mirado demasiado a Occidente y a sí mismo como para ser un factor en esta ecuación. Sigue siendo un reino feudal. Feudal corporativo, pero feudal.
Si China y la India se dan la mano tendremos una Rusia a regañadientes europea porque no podrá con ambos; si Rusia y la India se colocan en el lado contrario a China tendremos un paseante más en nuestro chiste.
Y van un turco, un brasileño, un ruso -o un indio-, un chino....
Y por fin llegamos a nosotros.
La deuda nos está matando y todos lo vemos. Pero aún seguimos dando los mismos palos de ciego que hemos dado desde que hicimos la Unión Europea.
Aún seguimos intentando coordinar las políticas de 27 países para frenar la expansión y el poder incontrolado de un único mercado que juega con nuestras miserias y nuestras necesidades.
Que hunde Grecia en el conocimiento de que eso será percibido como una oportunidad por Polonía y Rumanía; que agota Portugal, sabiendo que Bélgica e Irlanda intentarán sacarle partido; que mantiene sin tocar la calificación de la deuda de Alemania para poder generar un valor refugio, ignorando de que sus grandes bancos están al borde del colapso, que su economía depende de una exportación que se frenará en cuanto el resto de los países apliquen la política de contención de gasto que su propia canciller demanda o que vive con la mano de Rusia apretándole constantemente la nuez a causa de su dependencia energética del gigante de la estepa.
En Europa, puede que mañana o puede que dentro de un par de años, cuando, pese a los ajustes y los sacrificios, la recesión sea un hecho doloroso y doliente en millones de bolsillos y de vidas europeas, por fin descubriremos que para controlar y detener un solo mercado es necesario un solo gobierno. Y hasta Merkel lo sabe y está empezando a decirlo.
Y que les den por saco a la Eurocopa, el Festival de Eurovisión y a los chistes de franceses.
Van un turco, un ruso, un chino, un brasileño, un alemán...
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20
Nov 2011

El mundo entero está de elcciones el 20N

Escrito por: gboneque el 20 Nov 2011 - URL Permanente

Estamos de elecciones. Amanece ese día en el que parece que podemos decidir pero no podemos hablar de lo que decidimos.
No vaya a ser que a todos se nos ocurra ponernos de acuerdo y entonces votemos como una sociedad, como un colectivo, no como individuos febriles y egoístas que solamente pensamos en nosotros mismos y que solamente defendemos nuestros propios intereses. Vamos, como lo que somos.
Pero como no tengo demasiada posibilidad de influir y carece de importancia que lo haga, yo, enrrocado en mis trece de pensar lo que digo y escribir lo que pienso, voy a hablar de las elecciones.
Hoy es 20 de Noviembre y muchos, pero que muchos y en muchos sitios, están de elecciones.
En las riberas del Amazonas, las que han conseguido ser domadas por la mano del hombre, miles, quizá millones, de capesinos eligen -porque no les queda otra- qué esclavista agrario se apropiará de sus vidas, haciéndoles trabajar dieciocho horas al día a cambio de un pedazo de carne rancia y un cobertizo que será arrasado con las próximas lluvias torrenciales.
En la Plaza Tahrir de El Cairo miles de jóvenes eligen si deben seguir combatiendo, resisitiendo y muriendo contra el nuevo enemigo militar que creyeron su aliado cuando, hace unos meses, tenían claro que Mubarak era el enemigo de todos.
En Benin, Niger o Tanzania millones de seres humanos eligen entre la muerte lenta y segura por la guerra o el hambre de una vida de castidad y la muerte rápida y algo más placentera una vida de sexo con sida y sin profilaxis porque el preservativo más cercano se encuentra a un continente y un viaje suicida en patera de distancia. Eligen entre morir ahora o morir mañana.
En el corazon ardiente y sereno del Imperio Occidental Atlántico cuarenta y seis millones de personas -diez millones más que el censo completo de nuestro país- eligen entre las dos opciones que les da la supervivencia: arrastrar su carrito por las calles, en la esperanza de recaudar lo suficiente durante el día para pagarse una pensión poblada de chinches y ácaros, o perder un día en la cola de un comedor social o de un albergue que, cuando se cierren nuestros colegios electorales, cerrará sus puertas saturado y hasta la bandera, dejando a cientos al arbitrio del frío invernal. Eligen entre la desesperanza y la desesperación.
En las lejanas provincias de Anhui, Chongqing, Fujian, Gansu o Guangdong millones de ciudadanos del imperio rojo del dragón eligen a qué mafia venderle su alma, su cuerpo y su trabajo a cambio de un futuro posiblemente peor en beneficio de nuestra moda, nuestra comida rápida o nuestras baratijas. Eligen entre esclavitud y servidumbre
En las secas tierras de Mogadiscio o Addis Abeba miles de mujeres eligen si prefieren, después de horas de dolor, abusos y sufrimiento, parir el bastardo de un guerrillero pagado por una multinacional para defender sus beneficios o el de un soldado gubernamental mantenido por un gobierno occidental para expoliar sus recursos. La elección es tan sencilla como elegir a qué pozo acuden a recoger agua.
En Damasco, Palmira, Aleppo, Homs o Duma millones de personas eligen entre morir por miedo e inacción a manos de aquel que lleva años matándo o perecer entre protestas y revolución, dejados de la mano de Occidente, por las balas de aquellos que están ya hasta cansados de seguir matándoles. Eligen entre morir o seguir muertos
En las antiplanicies andinas miles de campesinos eligen entre la falsa seguridad mafiosa de los guerrileros de la cocaina y los cárteles y la siempre prometida -y no menos mafiosa- de un ejército que nunca llega donde tiene que llegar porque a los presidentes no les conviene perder el dinero que necesitan para sus campañas electorales. Eligen entre sobrevivir y la supervivencia
En Tailandia, Vietnam o Camboya, miles de padres y de madres eligen a qué explotador sexual venden a sus hijas de nueve años a cambio de la comida y la calefacción suficiente para poder mantener al resto de su prole, al menos hasta que tengan otra hija en edad de ser violada inmisericordemente durante años por los pedofilos españoles, ingleses o alemanes en cualquier lupanar infantil de Bangkok, Phnom Penh o Hannoi. Eligen entre el drama y la tragedia.
En las estepas de La Madre Rusia - la grande, la de siempre, la que incluye Biolorusia, Ucrania y todas las demás- miles de mujeres eligen entre entregarse a sus antiguos agentes protectores, ahora mafiosos, para ser vendidas como pedazos de carne sexual en los prostibulos estadounidenses o europeos o ser forzadas por ellos en su propio país con muchas menos esperanzas de escapar. Eligen entre contestar un anuncio de prensa o pedir trabajo en un local de moda en Moscú o en San Petesbugo. Eligen entre la sumisión y el sometimiento.
En Sao Paulo, Salvador de Bahia, Santiago de Cuba o Cienfuegos, miles de jovenes brasileños agraciados eligen si acudir a España, Francia o Italia a ser encerrados en un piso e hinchados a viagra para satisfacer los deseos de gays, viudas y divorciadas sin conciencia o hacer lo mismo en las calles de sus propias ciudades por un puñado escaso de reales brasileños o unos pocos pesos cubanos convertibles a aún menos dólares. Elijen entre indignidad y humillación,
En Uganda, El Congo o Sudán millones de niños estan eligiendo con qué herramienta matarán a su primera víctima para asegurarse que aquellos que les han secuestrado, humillado y maltratado les dejen formar parte de su ejército en lugar de violarles durante una noche de borrachera continua y degollarles después. Eligen entre asesinar o ser asesinados.
Así que parece que sí, que en muchos sitios hoy están de elecciones. Pero no solamente en esos lejanos sitios que no forman parte de nuestras circuscripciones electorales.
También están de elecciones aquí, a la vuelta de la esquina de nuestro Occidente Atlántico.
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Gerardo Boneque Molina

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No por mucho no escuchar se deja de hablar más temprano

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