29 Sep 2009

DIARIO DE UN DESESPERADO; Friedrich Reck.

Escrito por: Corto Cortés Smith el 29 Sep 2009 - URL Permanente

Editorial Minúscula edita los diarios del escritor alemán Friedrich Reck entre 1936 y 1945 cuando ocurre su muerte en el campo de concentración de Dachau. En ellos describe como la sociedad conservadora alemana vivió la llegada al poder del nacionalsocialismo. Destaco a continuación el fragmento en que relata sus encuentros con Hitler y como se arrepiente de no haberlo matado cuando pudo.


Friedrich Reck (1884-1945), hijo de un terrateniente de Prusia Oriental que fue diputado conservador, estudió medicina y, en 1912, se embarcó como médico de a bordo rumbo a América. A su regreso a Alemania, se instaló en Baviera y comenzó a colaborar con el Süddeutsche Zeitung. Escribió novelas históricas y se convirtió en un personaje singular de la sociedad muniquesa. En octubre de 1944 le arrestan por primera vez, la segunda no sobrevivirá: en diciembre de ese mismo año la Gestapo vuelve a detenerlo. En enero de 1945 llega a Dachau, donde muere poco después.


Mi vida en esta ciénaga pronto entrará en su quinto año. Desde hace más de cuarenta y dos meses pienso odio, me acuesto con odio, sueño odio para despertar con odio: me asfixia verme

prisionero de una horda de monos perversos, y me devana los sesos el eterno enigma de este mismo pueblo, que hace unos años velaba tan celosamente por sus derechos y que de la noche a la mañana se ha hundido en este letargo, en el que no solo tolera el dominio de los inútiles de ayer, sino que además, para colmo de vergüenza, ya no está en condiciones de percibir como ignominia supropia ignominia...

(…)

A pesar de su meteórica carrera (se refiere a Hitler) , en ese diagnóstico de hace ahora dos décadas no ha cambiado absolutamente nada. Se mantiene, aún hoy, basado en el reconocimiento de que él, carente de todo amor propio natural y de todo contento consigo mismo, en el fondo se odia, y de que su hiperactividad política, su desmedida ansia de ser alguien, su vanidad, que ya hay que calificar de apocalíptica, surge únicamente del deseo de acallar todos sus dolorosos reconocimientos, el reconocimiento de ser un aborto hecho a base de basura y estiércol. Pueden añadirse unas cuantas cosas.

Erna Hanfstaengl,(*) que le conoce mejor que yo, me habla de su creciente miedo a los fantasmas, dice que el miedo a los espíritus de aquellos que ha asesinado le espolea y le impide quedarse mucho tiempo en el mismo sitio.

No concuerda mal con eso el que recientemente haya pa sado sus noches insomnes en su cine privado, y que sus desdichados operadores tengan que ponerle seis películas noche tras noche...

Todo eso puede ser. No hace más que afianzar mi diagnóstico. Ni siquiera creo que este hombre tenga una predisposición innata especialmente amoral: calificarlo de gran criminal sería

demasiado honor para él. Si un Gobierno alemán hubiera satisfecho a tiempo su desmedida vanidad montándole un estudio gigantesco y pagando a la prensa para que lo celebrara como el mayor pintor de todos los tiempos, creo que habría ido a parar a una vía muerta carente de todo peligro, y jamás se le habría pasado por la cabeza pegar fuego al mundo. No, no creo en sus cualidades de Borgia, creo que el ansia de abrirse paso de una personalidad construida de desechos y profundamente fallida ha coincidido en esta ocasión con un capricho de la Historia, que le está dejando jugar un rato con las palancas de su gran mecanismo, como hizo antaño con el curtidor Cleón. Creo que todo esto coincide con un acceso febril de este pueblo. Sí, creo que este miserable demonio escapado de un infierno de excrementos digno de Strindberg, ha

coincidido, como antaño aquel Bockelson, con un momento de drenaje de abscesos, ha surgido como la encarnación de todos los turbios deseos de las masas, normalmente bien reprimidos.

(…)

Volví a verlo de cerca una vez más. Fue en aquel otoño de 1932, cargado de presagios, en el que Alemania empezó a tener fiebre. Friedrich von Mücke y yo estábamos cenando en la Osteria Bavaria de Múnich cuando él —por otra parte solo, sin su Guardia de Corps habitual— entró en el local y tomó asiento en la mesa de al lado. Allí estaba, convertido entretanto en un hombre poderosísimo en Alemania... y allí, sentado, se sintió observado y criticado por nosotros, muy incómodo, motivo por el cual adoptó enseguida el gesto obstinado de un pequeño funciona rio que ha entrado en un local normalmente inaccesible para él, pero que, una vez ha tomado asiento, exige a cambio de su buen dinero «que le sirvan y traten igual de bien que a esos distinguidos caballeros de ahí».

Sí, allí estaba sentado, un Gengis Khan vegetariano, un Alejandro abstemio, un Napoleón sin mujeres, una miniatura de Bismarck que habría tenido que guardar un mes de cama si se

hubiera visto forzado a tomar aunque solo fuera uno de los desayunos del viejo Canciller de Hierro.

Yo había venido en coche a la ciudad y, por aquel entonces en septiembre de 1932, como las carreteras eran ya bastante inseguras, llevaba encima una pistola lista para disparar; en aquel

local casi vacío habría podido hacerlo, sin más. Lo habría hecho, si hubiera sabido el papel que iba a desempeñar ese puerco, y los años de sufrimiento que nos esperaban. Por aquel entonces, no lo consideraba más que un personaje de revista satírica, y no disparé. Tampoco habría servido de nada, porque el Consejo del Altísimo ya había decidido nuestro martirio, y si entonces lo hubieran atado a las vías del tren, el vertiginoso expreso habría descarrilado antes de alcanzarlo. Hoy se oye hablar de muchos atentados que estaban destinados a él, y todos

fracasaron. Así será, y tendrá suerte hasta que llegue su hora. Cuando esta haya llegado, la perdición irá arrastrándose hasta él desde todos los rincones..., incluso desde rincones en los que él nunca ha pensado. Desde hace años (y esto vale también para este país de los demonios, por el momento tan afortunado), Dios parece dormir. «Pero si Dios quiere —dice un proverbio ruso— hasta una escoba puede disparar.»

(*)Erna Hanfstaengl era la hermana mayor de “Putzi” Hanfstaengl . Incluí un post el 18 de noviembre sobre él en este blog.

Fuente: Editorial Minúscula.

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4 comentarios Escribe tu comentario

lola75 dijo

Hola corto, vengo sobre todo a saludarte ...es difícil irse del todo cuando has conocido tan buenos amigos como tu caso...A veces aunque no escriba si que te tomo notas de libros..
un beso amigo

Siempre me alegro de ver a una buena amiga como tu, Lola, por aquí
un beso corto

Demeter

Demeter dijo

Un libro magnífico, cuan culto/a se puede ser y qué poco solemos serlo.

amigo demeter.
si que es un gran libro. La editorial minúscula publica libros fabulosos que las grandes editoriales no saben apreciar. Si vas añ catálogo de esta editorial encontrarás joyas muy bien editadas.
un abrazo

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