24 Ene 2012

PULSO. Julian Barnes

Escrito por: Corto Cortés Smith el 24 Ene 2012 - URL Permanente

Anagrama acaba de publicar una nueva coleccion de relatos del escritor británico Julian Barnes. Así comienza uno de ellos:

Pág. 224.

Hace tres años, mis padres paseaban por un camino que conduce a una granja en Italia. A menudo me imagino a mí mismo observándolos, siempre por la espalda. Mi madre, el cabello gris recogido en una coleta, vestiría una blusa estampada de corte suelto encima de unos chinos y unas sandalias; mi padre lleva una camisa de manga corta, pantalones caquis e impecables zapatos marrones. Su camisa está planchada, lleva bolsillos con botones a ambos lados y dobladillo, si ésta es la palabra correcta, en las mangas. Tiene media docena de camisas como ésta; indican que es un hombre de vacaciones. No es que tengan el más mínimo aire deportivo, como mucho resultarían apropiadas para jugar a los bolos.

Puede que caminen cogidos de la mano; eso es algo que hacían de modo inconsciente, estuviese yo detrás de ellos, observándolos, o no. Caminan por este sendero en Umbría porque están investigando la oferta de un cartel toscamente escrito con tiza: vino novello. Y van a pie porque han visto la profundidad de los surcos en el barro y han decidido que era demasiado arriesgado alquilar un coche. Yo hubiera argumentado que precisamente por eso merecía la pena alquilar un coche, pero mis padres eran una pareja prudente en muchos aspectos. El camino avanza entre viñedos. Cuando traza un giro hacia la izquierda, aparece un granero herrumbroso con aspecto de hangar. Frente a él se alza una estructura de cemento semejante a un enorme cubo de abono: de casi dos metros de alto por casi tres de ancho, sin ningún tipo de techo o fachada. Cuando están a unos treinta metros, mi madre se vuelve hacia mi padre y hace una mueca. Incluso puede que dijese: «Puaj» o algo parecido. Mi padre frunce el ceño y no responde. Ésa fue la primera vez que sucedió; o al menos, para ser exactos, la primera vez que él se dio cuenta.

Vivimos en lo que antes era un pueblo dedicado al comercio, a unos cincuenta kilómetros al noroeste de Londres. Mamá trabaja como administrativa en un hospital; papá ha sido abogado en un bufete local durante toda su vida adulta. Dice que el trabajo le sobrevivirá, pero que el tipo de abogado que él representa – no un mero técnico que entiende de leyes, sino un consejero en temas muy diversos– no existirá en el futuro. El médico, el vicario, el abogado, tal vez el maestro de escuela..., en el pasado éstas eran las figuras a las que uno se dirigía buscando algo más que su competencia profesional. Ahora, dice mi padre, la gente va por libre, redactan sus propios testamentos, acuerdan los términos de su divorcio de antemano y toman sus propias decisiones. Si quieren una segunda opinión, prefieren a una de esas consejeras sentimentales de la prensa antes que a un abogado, e internet antes que cualquiera de los dos anteriores. Mi padre se toma todo esto filosóficamente, incluso cuando la gente cree que se puede representar a sí misma ante un juez. Se limita a sonreír y repite el viejo dicho legal según el cual el hombre que se representa a sí mismo ante un tribunal tiene por cliente a un idiota.

Papá me desaconsejó seguir su carrera en la abogacía, así que me licencié en Educación y ahora doy clases en un instituto a unos veinticinco kilómetros de aquí. Pero no veo ningún motivo para dejar la ciudad en la que crecí. Voy al gimnasio local, y los viernes corro con un grupo liderado por mi amigo Jake; así es como conocí a Janice. Ella siempre destacaría en un lugar como éste, porque tiene ese aire londinense. Creo que tenía la esperanza de que yo mostrase interés por mudarnos a la gran ciudad, y se quedó decepcionada cuando no lo hice. No, no es que lo crea; estoy seguro.

Mamá... ¿Quién puede describir a su madre? Es como cuando los entrevistadores le preguntan a un miembro de la familia real cómo es esto de pertenecer a la realeza, y ellos se ríen y responden que no saben cómo es no ser miembro de la realeza. No sé lo que significaría para mi madre no ser mi madre. Porque si no lo fuera, yo no sería, no podría ser yo, ¿no es así? Al parecer mi nacimiento fue complicado. Tal vez por eso soy hijo único, aunque nunca lo he preguntado. En mi familia no hablamos de ginecología. Ni de religión, porque no profesamos ninguna. Hablamos un poco de política, pero raramente discutimos, dado que consideramos que todos los partidos son igualmente malos. Papá tal vez sea un poco más de derechas que mamá, pero básicamente creemos en la confianza en uno mismo, en ayudar a los demás y en no esperar que el Estado cuide de nosotros desde la cuna hasta la tumba. Pagamos nuestros impuestos y nuestras cuotas a la Seguridad Social, y tenemos un seguro de vida; utilizamos el Servicio Nacional de Salud y damos dinero a alguna organización benéfica cuando podemos.

Somos gente de clase media sensata, normal y corriente.Y sin mamá no seríamos nada de eso. Papá tenía un pequeño problema con la bebida cuando yo era pequeño, pero mamá puso orden y lo reconvirtió en un simple bebedor social. En el colegio me colgaron la etiqueta de «problemático», pero mamá me enderezó con paciencia y amor, mientras me dejaba bien claro cuáles eran exactamente las líneas que no podía cruzar.

Supongo que hizo lo mismo con papá. Pone orden en nuestras vidas. Todavía conserva un poco el acento de Lancashire, pero en nuestra familia no planteamos ese estúpido rollo norte-sur, ni siquiera como broma. También creo que es diferente cuando sólo hay un hijo en la casa, porque no se dan los dos equipos naturales, niños y adultos. Tan sólo somos nosotros tres, y aunque yo pueda haber sido más mimado, también aprendí desde muy temprano a vivir en un mundo adulto, porque eso es lo que había en casa y punto. Puede que esté equivocado con respecto a esto. Si le preguntarais a Janice si cree que soy maduro, puedo imaginarme la respuesta. Así que mi madre hace una mueca y mi padre frunce el ceño. Caminan hasta que el contenido de la cuba de cemento les resulta más claro: un montículo de desechos de un rojo púrpura.

Mi madre – y aquí estoy improvisando, aunque su vocabulario me resulta muy familiar– dice algo del tipo:

– Vaya olorcillo.

Mi padre descubre a qué se refiere mi madre. Un montón de marc. Éste es al parecer el nombre que reciben los desechos que quedan una vez chafadas las uvas, los restos de pieles, rabitos, pepitas y demás. Mis padres conocen este tipo de cosas; sin ser unos fanáticos, disfrutan de la comida y la bebida. Por eso precisamente estaban en ese camino que conducía a la granja, para comprar algunas botellas del vino de la nueva temporada para llevárselas a casa. Yo no soy indiferente a la comida y la bebida, es sólo que las contemplo de una manera más pragmática. Sé qué comidas son más sanas y al mismo tiempo más nutritivas. Y conozco con precisión la cantidad de alcohol que necesito para relajarme y pasármelo bien, y qué cantidad empieza a ser demasiado. Jake, que es más hedonista y dado a probar cosas nuevas que yo, me comentó en una ocasión lo que decían sobre los martinis: «Uno es perfecto. Dos, demasiados. Y tres, insuficientes.

» Excepto en mi caso: una vez pedí un martini, y con la mitad ya tenía suficiente.

Así que mi padre se acerca a ese montón de desechos, se detiene a unos tres metros y olfatea a conciencia. Nada. Metro y medio, y todavía nada. Sólo cuando prácticamente mete la nariz en el marc, logra oler algo. Pese a todo, es tan sólo una difusa versión del acre olor que sus ojos – y su mujer– le indican que emana de allí. La respuesta de mi padre es más de curiosidad que de alarma. Durante el resto de las vacaciones va controlando las situaciones en las que el olfato no le responde. Los efluvios de gasolina cuando llena el depósito del coche, nada. Un expresso doble en el bar de un pueblo, nada. Las flores que caen en cascada sobre un muro desconchado, nada. Los dos dedos de vino que el servicial camarero le ha escanciado en la copa, nada. El jabón, el champú, nada. El desodorante, nada.

Eso fue lo más raro de todo. Papá me lo contó: ponerte desodorante y ser incapaz de oler algo que te pones para evitar que aparezca otro olor que tampoco puedes oler. Estuvieron de acuerdo en que no tenía mucho sentido hacer nada hasta que volviesen a casa. Mamá ya se imaginaba que tendría que azuzar a papá para que llamase al centro de salud. Ambos compartían una reticencia a molestar a los médicos a menos que fuese por algo serio. Pero ambos creían que algo que le pasaba al otro era más serio que si les pasaba a ellos. De ahí la necesidad de azuzar. Al final, la solución acababa siendo que quien estaba sano telefoneaba para pedir cita en nombre del otro.

En esta ocasión mi padre lo hizo él mismo. Le pregunté qué le había hecho decidirse. Guardó silencio unos instantes y me dijo:

– Bueno, si quieres saberlo, hijo, tomé la decisión cuando me di cuenta de que no podía oler a tu madre.

– ¿Quieres decir su perfume?

– No, no su perfume. Su piel. Su... ser.

Tenía una mirada cariñosa y ausente cuando dijo esto. A mí no me pareció embarazoso. Era simplemente un hombre que estaba cómodo con lo que sentía por su mujer. Hay algunos progenitores que hacen todo un despliegue de amor conyugal ante sus hijos: mirad, ¿veis lo jóvenes que somos todavía, lo distinguidos que parecemos? ¿A que estamos guapísimos? Mis padres no eran así en absoluto. Y yo les envidiaba mucho que no tuviesen necesidad de alardear de su cariño.

Cuando corres en nuestro grupo, hay un líder, Jake, que marca el ritmo y se asegura de que nadie se queda demasiado atrás. Delante van los cachas, que mantienen la cabeza baja, consultan sus relojes y sus pulsómetros, y si hablan, es sólo sobre niveles de hidratación y sobre cuántas calorías han quemado.

En la cola van los que no están suficientemente en forma para correr y hablar al mismo tiempo. Y en medio, vamos el resto, a los que nos gusta el ejercicio y la charla. Pero hay una regla: nadie puede monopolizar a nadie, aunque salgan juntos. Y fue así como un viernes por la noche acompasé mi zancada para ponerme a la altura de Janice, nuestra más reciente incorporación.

Era evidente que su equipo para correr no se lo había comprado en la tienda del pueblo a la que acudíamos el resto; su ropa era más holgada, más sedosa y lucía ribetes superfluos.

– ¿Y qué te trae por nuestro pueblo?

– De hecho llevo dos años viviendo aquí.

– ¿Y qué te impulsó a venir?

Recorrió unos metros y respondió:

– Un novio.

Oh. Unos metros más y aclaró:

– Un exnovio.

Ah, esto está mejor, quizá corre para huir de él. Pero no quise indagarlo. De todos modos, hay otra regla en el grupo: sólo charla ligera cuando se corre. Nada de política exterior británica y tampoco nada de temas emocionales. A veces hace que parezcamos un grupo de peluqueras, pero es una norma muy útil.

– Sólo un par de kilómetros más.

– Así sea.

– ¿Te apetece tomar algo después?

Miró a uno y otro lado, y después a mí.

– Así sea – repitió con una sonrisa.

Era fácil hablar con ella, sobre todo porque yo básicamente escuchaba. Y también la miraba. Era delgada, pulcra, de cabello negro, con la manicura perfecta y una nariz ligeramente descentrada que a mí desde el primer momento me pareció muy sexy. Se movía mucho, gesticulaba, sacudía la melena, miraba aquí y allá: a mí me resultaba de lo más estimulante. Me contó que trabajaba en Londres como asistente personal de un jefe de sección de una revista femenina que a mí me sonaba vagamente.

– ¿Consigues muchos ejemplares gratis?

Ella se quedó quieta y me miró. No la conocía suficientemente bien para saber si realmente la había ofendido o lo fingía.

– No me puedo creer que ésta sea la primera pregunta que me hagas sobre mi trabajo.

A mí me había parecido de lo más razonable.

– De acuerdo – repliqué– . Supongamos que ya te he hecho catorce preguntas razonables sobre tu trabajo. Pregunta número 15: ¿consigues muchos ejemplares gratis?

Ella se rió.

– ¿Siempre haces las cosas en el orden equivocado?

– Sólo si así logro hacer reír a alguien – respondí.

Mis padres estaban gordos, y eran un anuncio perfecto contra la gordura. Hacían poco ejercicio y lo que hacían después de una comilona era echarse a dormir la siesta. Mi programa de ejercicio físico les parecía una excentricidad de juventud; fue la única ocasión en que reaccionaron como si yo tuviese quince años en lugar de treinta. Desde su punto de vista, el ejercicio en serio sólo era apropiado para gente como los soldados, los bomberos y los policías. Una vez, en Londres, habían pasado por delante de uno de esos gimnasios con un ventanal que permite ver las actividades que se están haciendo dentro. Está hecho con la idea de atraer la atención, pero a mis padres les pareció horripilante.

– Parecían todos tan solemnes – comentó mi madre.

– Y la mayoría de ellos llevaban auriculares y escuchaban música. O miraban unas pantallas de televisión. Como si la única manera de concentrarse para ponerse en forma fuese no concentrarse en ello.

– Estaban dominados por esas máquinas. Dominados.

Yo ya sabía que era imposible convencer a mis padres de los placeres y beneficios del ejercicio, desde una mayor agilidad mental a una mejorada capacidad sexual. Prometo que no estoy alardeando. Es cierto, está perfectamente documentado. Jake, que en vacaciones se va de acampada con una sucesión de novias, me habló de una paradoja que había descubierto. Me dijo que si caminas durante, pongamos, tres o cuatro horas, te entra apetito, disfrutas de una buena cena y la mayoría de las veces te quedas dormido en cuanto te metes en la cama. Sin embargo, si caminas durante siete u ocho horas, tienes menos hambre, pero cuando te metes en la cama, resulta que inesperadamente tienes más ganas de marcha, ambos tenéis más ganas. Tal vez haya una razón científica que lo explique. O quizá el acto de reducir las expectativas a prácticamente cero sube la libido.

No voy a especular sobre la vida sexual de mis padres. No tengo ningún motivo para pensar que no se desarrollase de otra forma que la que ellos desearon; lo cual me doy cuenta que es una manera rebuscada de decirlo. Y tampoco sé si seguían siendo felizmente activos, en un grato declive, o si el sexo era para ellos un vestigio que no echaban en falta. Como ya he dicho, mis padres se cogían de la mano siempre que les apetecía. Bailaban juntos con una suerte de concentrada gracia, deliberadamente anticuada. Y la verdad es que no necesito una respuesta a una pregunta que tampoco quiero plantear. Porque he visto la mirada de mi padre cuando hablaba de no ser capaz de oler a su mujer. Carece de relevancia si seguían o no manteniendo relaciones sexuales. Porque su intimidad seguía viva.

Compartir

  • Eskup
  • Tuenti
  • Meneame
  • Bitacoras
  • iGoogle
  • My Yahoo
  • My Live

5 comentarios Escribe tu comentario

reyzorra2 dijo

desde el loro de Flaubert...al infinito y mas alla

Helenacomite

Helenacomite dijo

he leído un par de libros suyos

Queridos reyzorra, odiseo y Helena:
Es un placer teneros conmigo aquí en mi casa debajo de la lamohada. Por favor, venid aquí al cuarto de estar, he encendido la chimenea y podemos sentarnos tranquilamente a hablar de libros, lo que más nos gusta.
Un beso y un abrazo
Corto Cortés

Helenacomite

Helenacomite dijo

querido corto cortes smith:
te leemos aquí y en facebook. Por cierto, eres guapote y juvenil, jeje...

de acuerdo, después de dejar la almohada, hemos de desayunar ¿tienes preparado el café?...

un beso y un abrazo corto:)

tienes un blog super ideal:)

kizi

kizi dijo

Usted está haciendo un gran trabajo, quédese aquí y actualizar la siguiente historia para nosotros, gracias

Escribe tu comentario

Contacto:
casa.almohada@gmail.com

Tags

Suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):

Texto

Para contactar directamente con Corto:
casa.almohada@gmail.com