11Jul, 2012

"BANKSTERS" The Economist

Escrito por: corto-cortes el 11 Jul 2012 - URL Permanente

Por fin alguien empieza a decir con valentía las cosas que hay que decir.

Compartir

  • Eskup
  • Tuenti
  • Meneame
  • Bitacoras
  • iGoogle
  • My Yahoo
  • My Live

14Jun, 2012

EL MAR DE CORAL; Patti Smith

Escrito por: corto-cortes el 14 Jun 2012 - URL Permanente

Editorial Lumen, del grupo Random House Mondadori, publica El Mar de Coral donde la cantante de rock Patti Smith se desahoga por la muerte del que fue su amigo y amante el fotógrafo Robert Mapplethorpe.

El muchacho que amaba a Miguel Ángel

Decían que tenía el rostro de un Dios
otros veían un demonio con sandalias de esparto
y un zarcillo de vid enredado en los rizos
venas fluían por sus brazos de mármol que cantaban
esculpiendo montañas como niebla cubriendo
una grieta en el corazón y la áurea honda
creaba de una manera que ni soñamos
cuchilla que raspa el dorso del deseo
músculo expuesto de un amor no cosechado
somos el búfalo una raza moribunda
remolcados en carros huesos augustos
vergüenza un éxtasis que nadie puede poseer
esclavos abrazados mientras clama la sapiencia
volúmenes de nada escritos en piedra

Compartir

  • Eskup
  • Tuenti
  • Meneame
  • Bitacoras
  • iGoogle
  • My Yahoo
  • My Live

05Jun, 2012

FERIA DEL LIBRO

Escrito por: corto-cortes el 05 Jun 2012 - URL Permanente

Compartir

  • Eskup
  • Tuenti
  • Meneame
  • Bitacoras
  • iGoogle
  • My Yahoo
  • My Live

15Mar, 2012

QUE NADIE SE MUEVA: Denis Johnson

Escrito por: corto-cortes el 15 Mar 2012 - URL Permanente

De Denis Johnson me gustó mucho su última novela, “Arbol de humo” (Mondadori). Ahora, en la misma editorial, sale “Que nadie se mueva”. Aquí el prólogo de Rodrigo Fresán:

Que nadie se mueva empieza, en las afueras de Bakersfield, presentando a un tal Jimmy Luntz. No conforme con ser uno de esos típicos perdedores que suelen crecer y reproducirse como conejos sin pata de la suerte en el paisaje noir, Luntz –además de haber sido un boxeador noqueado y ser un jugador compulsivo y más bien desafortunado– es miembro de uno de esos infames y bastante ridículos coros/cuartetos estilo barbershop. Ya saben: camisas a rayas, sombreros de paja, armonías a capella tan complejas como anticuadas, canciones supuestamente graciosas pero no tanto.

Y Jimmy Luntz –cuyo alias terreno y real, aunque no quiera condicionar la imaginación de nadie, bien podría ser Steve Buscemi– debe mucho dinero.

Y –sus acreedores han perdido su de por sí poca paciencia– ha llegado la hora de devolverlo.

Y qué hacer.

O qué deshacer.

Y de repente alguien menciona que tiene la receta infalible para hacerse con 2.300.000 dólares que tal vez estén al alcance de la mano y tal vez no.

Y empiezan los problemas.

Muchos.

Y, con ellos, llegan una vampiresa tan melancólica como peligrosa con sangre native-american (y con el inolvidable nombre de Anita Desilvera, y que se emborracha al treinta por ciento y es dueña de una sonrisa capaz de hacer perder la cabeza al mismísimo Jesucristo, y corrige a todo aquel que reduzca el botín a dos millones a secas, y hace el amor como una monja pasada de copas), sicarios muy pero muy pesados (alguno de ellos, se dice, con una particular propensión a comerse los testículos de sus rivales), una bolsa de dinero y una bolsa de colostomía, un juez corrupto, huesos quebradizos, un sediento camello de apellido Juárez (pero en verdad made in Arabia), una enfermera dedicada a robar fármacos potentes, humor oscurísimo, diálogos chispeantes e inflamables con sabor a Quentin Tarantino y/o Elmore Leonard, cadillacs ominosos y ambulancias aullantes, mañanas que se encienden como sopletes, un intimidante Hombre Alto que no se sabe si tose o se ríe y que tiene algún tipo de problema nunca del todo aclarado con su rostro/cabeza, y la venganza como plato frío, y etc.

Y otras dos palabras: Hermanos Coen.

“El dios en el que quiero creer tiene una voz y un sentido del humor como los de Denis Johnson”, rezó alguna vez Jonathan Franzen. Amén a eso; y, sí, cómo no creer en Denis Johnson y cómo no sentir orgullo y felicidad de tenerlo dentro de esta colección.

Durante muchos años, Johnson fue un escritor de culto mayor (lo que no impidió que su pasaje de la poesía a la prosa, con Angeles Derrotados, fuese alabado en su momento por prestigiosos como John Le Carré, Richard Ford, el ya mencionado Robert Stone y Philip Roth, quien la consideró “una pequeña obra maestra”) hasta que Hijo de Jesús (colección de novela-en-relatos entendida como uno de los libros clave de la literatura norteamericana de finales del siglo XX) inició su ascenso hasta las alturas de un canon donde habita sin hacer mucho ruido ni mostrándose demasiado.

Poco se sabe de él: que nació por casualidad en Munich en 1949, que ha tenido un pasado más o menos drogadicto y delictivo, que pasó por el Iowa Writer’s Workshop; que tuvo de maestro a –y fue bendecido por– Raymond Carver, que sus influencias incluyen a “Dr. Seuss, Dylan Thomas, Walt Whitman, los solos de guitarra de Eric Clapton y de Jimi Hendrix y T. S. Eliot”, que “otras influencias vienen y van, pero los nombres anteriores fueron los primeros y siguen siempre ahí y tienen algo para decir en cada línea que escribo” y que “no me gusta William Faulkner y siempre he pensado que Wallace Stevens escribe como la fotografía de una persona y no una persona, pero ambos han tenido su efecto en mí”; que lee poco en público; que no suele firmar ejemplares de sus libros; que le interesa el teatro como medio de expresión y vehículo para sus ideas; que ha colaborado en guiones de cine y letras de canciones; que vive con su familia –tercera esposa e hijos a los que educó en casa por no creer en los programas de colegios y afines– en una granja de Idaho apartada de la carretera principal, y que de tanto en tanto suele salir volando a reportar desde territorios peligrosos, tan peligrosos como los lugares en los que suelen transcurrir sus historias.

***

Y, aquí y allá y en todas partes, la música inconfundible de uno de los grandes estilistas en inglés y en activo.

El título Que nadie se mueva –páginas absoluta, total, completa y peligrosamente movedizas– sale, lo aclara Johnson en la novela, de aquel hit de aquel DJ y músico albino y jamaicano de nombre Yellowman. En un momento, Jimmy Luntz lo escucha en la radio: Nobody mov/ nobody get hurt”.

“Que nadie se mueva y nadie saldrá herido” son, está claro, las palabras típicas con las que un típico ladrón abre la melodía de un asalto.

Así funciona lo que aquí empieza, están advertidos.

Todos quietos, las manos arriba, sosteniendo este libro, abierto, y –si saben lo que les conviene, y van a saberlo en unas pocas líneas– no cerrarlo hasta alcanzada la última página y el último big bang bang y las últimas palabras en las que el agua tan fría sigue con lo suyo, desde el principio de los tiempos, como si nada hubiera pasado y nada fuera a pasar, mientras se nada o se flota o te hundes hasta el fondo para ya no salir a la superficie o, quizás, simplemente, intentás sacudirte un poco de la mugre y bastante de la sangre que llevas encima.

La muerte es un río que fluye.

Y dos palabras más: THE END

Compartir

  • Eskup
  • Tuenti
  • Meneame
  • Bitacoras
  • iGoogle
  • My Yahoo
  • My Live

08Mar, 2012

CRISTINA HENDRICKS : Un respeto!!

Escrito por: corto-cortes el 08 Mar 2012 - URL Permanente

c

http://www.d0wn.com/wp-content/uploads/Christina-Hendricks.gif
Cristina Hendricks de MAD MEN

Compartir

  • Eskup
  • Tuenti
  • Meneame
  • Bitacoras
  • iGoogle
  • My Yahoo
  • My Live

09Feb, 2012

RETRATO DE UN MATRIMONIO de Nigel Nicolson

Escrito por: corto-cortes el 09 Feb 2012 - URL Permanente

Pilar Adón hace una magnífica reseña, en el blog La tormenta en un vaso, del libro Retrato de un matrimonio de Nigel Nicolson (Lumen, 2011). Nicolson es el hijo de la escritora Vita Sacksville-West y del diplomático Harold Nicolson y en este libro reproduce el diario de su madre y lo comenta.

Me he acordado de una carta que Vita escribió a Virginia Woolf:

21 de enero de 1926, Milán, enviada desde Trieste

Estoy reducida a ser una cosa que quiere a Virginia. Escribí una carta durante las opresivas horas insomnes de la noche, y todo se ha ido: Solo te extraño de una manera desesperadamente humana. Tu con todas tus expresivas cartas, jamás escribirías una frase tan elemental como esa. Probablemente ni siquiera la concebirías. De todas maneras creo que serías capaz de hacerte cargo de un pequeño bache. Pero tu lo cubrirías de frases tan exquisitas que terminaría por perder un poco de su realidad, en tanto que conmigo es algo absolutamente implacable: te extraño aún mas de lo que hubiera creído, yestaba preparada para extrañarte mucho. Esta carta es tan solo un aullido de dolor. Es increíble cuan imprescindible te has vuelto para mi. Supongo que tu estás acostumbrada a que la gente te diga eso. Maldición, criatura peligrosa. No lograré que tu me ames más, entregándome a mi misma de esta forma. Pero oh, mi amor, no puedo ser lista e indiferente contigo: te amo demasiado para eso. Verdaderamente. Tu no tienes ni idea de cuan indiferente puedo ser con la gente que no amo.Lo he convertido en una especie de exquisita destreza. Pero tu has derribado todas mis defensas. Y realmente no lo resiento.De todos modos no te aburriré más.Reemprendimos el viaje, el tren nuevamente se mueve tendré que escribir en la estaciones- las cuales son muchas afortunadamente a lo largo de las llanuras lombardas. Venecia. Las estaciones eran muchas, pero no contaba con el hecho que el Orient Express no se detendría en ellas. Y aquí estamos en Venecia tan solo por diez minutos. Unos desgraciados minutos durantes los cuales puedo intentar escribir. Ni siquiera tengo tiempo para comprar una estampilla italiana, así que esto tendré que enviarlo desde Trieste. Las cascadas en Suiza estaban heladas, convertidas en una especie de iridiscentes y compactas cortinas de hielo, colgando sobre las rocas; realmente encantador.

Italia está toda cubierta de nieve. Nuevamente reemprendemos el viaje. Tendré que esperar hasta mañana en Trieste. Por favor Perdóname por escribir una carta tan mísera.

V.

Compartir

  • Eskup
  • Tuenti
  • Meneame
  • Bitacoras
  • iGoogle
  • My Yahoo
  • My Live

24Ene, 2012

PULSO. Julian Barnes

Escrito por: corto-cortes el 24 Ene 2012 - URL Permanente

Anagrama acaba de publicar una nueva coleccion de relatos del escritor británico Julian Barnes. Así comienza uno de ellos:

Pág. 224.

Hace tres años, mis padres paseaban por un camino que conduce a una granja en Italia. A menudo me imagino a mí mismo observándolos, siempre por la espalda. Mi madre, el cabello gris recogido en una coleta, vestiría una blusa estampada de corte suelto encima de unos chinos y unas sandalias; mi padre lleva una camisa de manga corta, pantalones caquis e impecables zapatos marrones. Su camisa está planchada, lleva bolsillos con botones a ambos lados y dobladillo, si ésta es la palabra correcta, en las mangas. Tiene media docena de camisas como ésta; indican que es un hombre de vacaciones. No es que tengan el más mínimo aire deportivo, como mucho resultarían apropiadas para jugar a los bolos.

Puede que caminen cogidos de la mano; eso es algo que hacían de modo inconsciente, estuviese yo detrás de ellos, observándolos, o no. Caminan por este sendero en Umbría porque están investigando la oferta de un cartel toscamente escrito con tiza: vino novello. Y van a pie porque han visto la profundidad de los surcos en el barro y han decidido que era demasiado arriesgado alquilar un coche. Yo hubiera argumentado que precisamente por eso merecía la pena alquilar un coche, pero mis padres eran una pareja prudente en muchos aspectos. El camino avanza entre viñedos. Cuando traza un giro hacia la izquierda, aparece un granero herrumbroso con aspecto de hangar. Frente a él se alza una estructura de cemento semejante a un enorme cubo de abono: de casi dos metros de alto por casi tres de ancho, sin ningún tipo de techo o fachada. Cuando están a unos treinta metros, mi madre se vuelve hacia mi padre y hace una mueca. Incluso puede que dijese: «Puaj» o algo parecido. Mi padre frunce el ceño y no responde. Ésa fue la primera vez que sucedió; o al menos, para ser exactos, la primera vez que él se dio cuenta.

Vivimos en lo que antes era un pueblo dedicado al comercio, a unos cincuenta kilómetros al noroeste de Londres. Mamá trabaja como administrativa en un hospital; papá ha sido abogado en un bufete local durante toda su vida adulta. Dice que el trabajo le sobrevivirá, pero que el tipo de abogado que él representa – no un mero técnico que entiende de leyes, sino un consejero en temas muy diversos– no existirá en el futuro. El médico, el vicario, el abogado, tal vez el maestro de escuela..., en el pasado éstas eran las figuras a las que uno se dirigía buscando algo más que su competencia profesional. Ahora, dice mi padre, la gente va por libre, redactan sus propios testamentos, acuerdan los términos de su divorcio de antemano y toman sus propias decisiones. Si quieren una segunda opinión, prefieren a una de esas consejeras sentimentales de la prensa antes que a un abogado, e internet antes que cualquiera de los dos anteriores. Mi padre se toma todo esto filosóficamente, incluso cuando la gente cree que se puede representar a sí misma ante un juez. Se limita a sonreír y repite el viejo dicho legal según el cual el hombre que se representa a sí mismo ante un tribunal tiene por cliente a un idiota.

Papá me desaconsejó seguir su carrera en la abogacía, así que me licencié en Educación y ahora doy clases en un instituto a unos veinticinco kilómetros de aquí. Pero no veo ningún motivo para dejar la ciudad en la que crecí. Voy al gimnasio local, y los viernes corro con un grupo liderado por mi amigo Jake; así es como conocí a Janice. Ella siempre destacaría en un lugar como éste, porque tiene ese aire londinense. Creo que tenía la esperanza de que yo mostrase interés por mudarnos a la gran ciudad, y se quedó decepcionada cuando no lo hice. No, no es que lo crea; estoy seguro.

Mamá... ¿Quién puede describir a su madre? Es como cuando los entrevistadores le preguntan a un miembro de la familia real cómo es esto de pertenecer a la realeza, y ellos se ríen y responden que no saben cómo es no ser miembro de la realeza. No sé lo que significaría para mi madre no ser mi madre. Porque si no lo fuera, yo no sería, no podría ser yo, ¿no es así? Al parecer mi nacimiento fue complicado. Tal vez por eso soy hijo único, aunque nunca lo he preguntado. En mi familia no hablamos de ginecología. Ni de religión, porque no profesamos ninguna. Hablamos un poco de política, pero raramente discutimos, dado que consideramos que todos los partidos son igualmente malos. Papá tal vez sea un poco más de derechas que mamá, pero básicamente creemos en la confianza en uno mismo, en ayudar a los demás y en no esperar que el Estado cuide de nosotros desde la cuna hasta la tumba. Pagamos nuestros impuestos y nuestras cuotas a la Seguridad Social, y tenemos un seguro de vida; utilizamos el Servicio Nacional de Salud y damos dinero a alguna organización benéfica cuando podemos.

Somos gente de clase media sensata, normal y corriente.Y sin mamá no seríamos nada de eso. Papá tenía un pequeño problema con la bebida cuando yo era pequeño, pero mamá puso orden y lo reconvirtió en un simple bebedor social. En el colegio me colgaron la etiqueta de «problemático», pero mamá me enderezó con paciencia y amor, mientras me dejaba bien claro cuáles eran exactamente las líneas que no podía cruzar.

Supongo que hizo lo mismo con papá. Pone orden en nuestras vidas. Todavía conserva un poco el acento de Lancashire, pero en nuestra familia no planteamos ese estúpido rollo norte-sur, ni siquiera como broma. También creo que es diferente cuando sólo hay un hijo en la casa, porque no se dan los dos equipos naturales, niños y adultos. Tan sólo somos nosotros tres, y aunque yo pueda haber sido más mimado, también aprendí desde muy temprano a vivir en un mundo adulto, porque eso es lo que había en casa y punto. Puede que esté equivocado con respecto a esto. Si le preguntarais a Janice si cree que soy maduro, puedo imaginarme la respuesta. Así que mi madre hace una mueca y mi padre frunce el ceño. Caminan hasta que el contenido de la cuba de cemento les resulta más claro: un montículo de desechos de un rojo púrpura.

Mi madre – y aquí estoy improvisando, aunque su vocabulario me resulta muy familiar– dice algo del tipo:

– Vaya olorcillo.

Mi padre descubre a qué se refiere mi madre. Un montón de marc. Éste es al parecer el nombre que reciben los desechos que quedan una vez chafadas las uvas, los restos de pieles, rabitos, pepitas y demás. Mis padres conocen este tipo de cosas; sin ser unos fanáticos, disfrutan de la comida y la bebida. Por eso precisamente estaban en ese camino que conducía a la granja, para comprar algunas botellas del vino de la nueva temporada para llevárselas a casa. Yo no soy indiferente a la comida y la bebida, es sólo que las contemplo de una manera más pragmática. Sé qué comidas son más sanas y al mismo tiempo más nutritivas. Y conozco con precisión la cantidad de alcohol que necesito para relajarme y pasármelo bien, y qué cantidad empieza a ser demasiado. Jake, que es más hedonista y dado a probar cosas nuevas que yo, me comentó en una ocasión lo que decían sobre los martinis: «Uno es perfecto. Dos, demasiados. Y tres, insuficientes.

» Excepto en mi caso: una vez pedí un martini, y con la mitad ya tenía suficiente.

Así que mi padre se acerca a ese montón de desechos, se detiene a unos tres metros y olfatea a conciencia. Nada. Metro y medio, y todavía nada. Sólo cuando prácticamente mete la nariz en el marc, logra oler algo. Pese a todo, es tan sólo una difusa versión del acre olor que sus ojos – y su mujer– le indican que emana de allí. La respuesta de mi padre es más de curiosidad que de alarma. Durante el resto de las vacaciones va controlando las situaciones en las que el olfato no le responde. Los efluvios de gasolina cuando llena el depósito del coche, nada. Un expresso doble en el bar de un pueblo, nada. Las flores que caen en cascada sobre un muro desconchado, nada. Los dos dedos de vino que el servicial camarero le ha escanciado en la copa, nada. El jabón, el champú, nada. El desodorante, nada.

Eso fue lo más raro de todo. Papá me lo contó: ponerte desodorante y ser incapaz de oler algo que te pones para evitar que aparezca otro olor que tampoco puedes oler. Estuvieron de acuerdo en que no tenía mucho sentido hacer nada hasta que volviesen a casa. Mamá ya se imaginaba que tendría que azuzar a papá para que llamase al centro de salud. Ambos compartían una reticencia a molestar a los médicos a menos que fuese por algo serio. Pero ambos creían que algo que le pasaba al otro era más serio que si les pasaba a ellos. De ahí la necesidad de azuzar. Al final, la solución acababa siendo que quien estaba sano telefoneaba para pedir cita en nombre del otro.

En esta ocasión mi padre lo hizo él mismo. Le pregunté qué le había hecho decidirse. Guardó silencio unos instantes y me dijo:

– Bueno, si quieres saberlo, hijo, tomé la decisión cuando me di cuenta de que no podía oler a tu madre.

– ¿Quieres decir su perfume?

– No, no su perfume. Su piel. Su... ser.

Tenía una mirada cariñosa y ausente cuando dijo esto. A mí no me pareció embarazoso. Era simplemente un hombre que estaba cómodo con lo que sentía por su mujer. Hay algunos progenitores que hacen todo un despliegue de amor conyugal ante sus hijos: mirad, ¿veis lo jóvenes que somos todavía, lo distinguidos que parecemos? ¿A que estamos guapísimos? Mis padres no eran así en absoluto. Y yo les envidiaba mucho que no tuviesen necesidad de alardear de su cariño.

Cuando corres en nuestro grupo, hay un líder, Jake, que marca el ritmo y se asegura de que nadie se queda demasiado atrás. Delante van los cachas, que mantienen la cabeza baja, consultan sus relojes y sus pulsómetros, y si hablan, es sólo sobre niveles de hidratación y sobre cuántas calorías han quemado.

En la cola van los que no están suficientemente en forma para correr y hablar al mismo tiempo. Y en medio, vamos el resto, a los que nos gusta el ejercicio y la charla. Pero hay una regla: nadie puede monopolizar a nadie, aunque salgan juntos. Y fue así como un viernes por la noche acompasé mi zancada para ponerme a la altura de Janice, nuestra más reciente incorporación.

Era evidente que su equipo para correr no se lo había comprado en la tienda del pueblo a la que acudíamos el resto; su ropa era más holgada, más sedosa y lucía ribetes superfluos.

– ¿Y qué te trae por nuestro pueblo?

– De hecho llevo dos años viviendo aquí.

– ¿Y qué te impulsó a venir?

Recorrió unos metros y respondió:

– Un novio.

Oh. Unos metros más y aclaró:

– Un exnovio.

Ah, esto está mejor, quizá corre para huir de él. Pero no quise indagarlo. De todos modos, hay otra regla en el grupo: sólo charla ligera cuando se corre. Nada de política exterior británica y tampoco nada de temas emocionales. A veces hace que parezcamos un grupo de peluqueras, pero es una norma muy útil.

– Sólo un par de kilómetros más.

– Así sea.

– ¿Te apetece tomar algo después?

Miró a uno y otro lado, y después a mí.

– Así sea – repitió con una sonrisa.

Era fácil hablar con ella, sobre todo porque yo básicamente escuchaba. Y también la miraba. Era delgada, pulcra, de cabello negro, con la manicura perfecta y una nariz ligeramente descentrada que a mí desde el primer momento me pareció muy sexy. Se movía mucho, gesticulaba, sacudía la melena, miraba aquí y allá: a mí me resultaba de lo más estimulante. Me contó que trabajaba en Londres como asistente personal de un jefe de sección de una revista femenina que a mí me sonaba vagamente.

– ¿Consigues muchos ejemplares gratis?

Ella se quedó quieta y me miró. No la conocía suficientemente bien para saber si realmente la había ofendido o lo fingía.

– No me puedo creer que ésta sea la primera pregunta que me hagas sobre mi trabajo.

A mí me había parecido de lo más razonable.

– De acuerdo – repliqué– . Supongamos que ya te he hecho catorce preguntas razonables sobre tu trabajo. Pregunta número 15: ¿consigues muchos ejemplares gratis?

Ella se rió.

– ¿Siempre haces las cosas en el orden equivocado?

– Sólo si así logro hacer reír a alguien – respondí.

Mis padres estaban gordos, y eran un anuncio perfecto contra la gordura. Hacían poco ejercicio y lo que hacían después de una comilona era echarse a dormir la siesta. Mi programa de ejercicio físico les parecía una excentricidad de juventud; fue la única ocasión en que reaccionaron como si yo tuviese quince años en lugar de treinta. Desde su punto de vista, el ejercicio en serio sólo era apropiado para gente como los soldados, los bomberos y los policías. Una vez, en Londres, habían pasado por delante de uno de esos gimnasios con un ventanal que permite ver las actividades que se están haciendo dentro. Está hecho con la idea de atraer la atención, pero a mis padres les pareció horripilante.

– Parecían todos tan solemnes – comentó mi madre.

– Y la mayoría de ellos llevaban auriculares y escuchaban música. O miraban unas pantallas de televisión. Como si la única manera de concentrarse para ponerse en forma fuese no concentrarse en ello.

– Estaban dominados por esas máquinas. Dominados.

Yo ya sabía que era imposible convencer a mis padres de los placeres y beneficios del ejercicio, desde una mayor agilidad mental a una mejorada capacidad sexual. Prometo que no estoy alardeando. Es cierto, está perfectamente documentado. Jake, que en vacaciones se va de acampada con una sucesión de novias, me habló de una paradoja que había descubierto. Me dijo que si caminas durante, pongamos, tres o cuatro horas, te entra apetito, disfrutas de una buena cena y la mayoría de las veces te quedas dormido en cuanto te metes en la cama. Sin embargo, si caminas durante siete u ocho horas, tienes menos hambre, pero cuando te metes en la cama, resulta que inesperadamente tienes más ganas de marcha, ambos tenéis más ganas. Tal vez haya una razón científica que lo explique. O quizá el acto de reducir las expectativas a prácticamente cero sube la libido.

No voy a especular sobre la vida sexual de mis padres. No tengo ningún motivo para pensar que no se desarrollase de otra forma que la que ellos desearon; lo cual me doy cuenta que es una manera rebuscada de decirlo. Y tampoco sé si seguían siendo felizmente activos, en un grato declive, o si el sexo era para ellos un vestigio que no echaban en falta. Como ya he dicho, mis padres se cogían de la mano siempre que les apetecía. Bailaban juntos con una suerte de concentrada gracia, deliberadamente anticuada. Y la verdad es que no necesito una respuesta a una pregunta que tampoco quiero plantear. Porque he visto la mirada de mi padre cuando hablaba de no ser capaz de oler a su mujer. Carece de relevancia si seguían o no manteniendo relaciones sexuales. Porque su intimidad seguía viva.

Compartir

  • Eskup
  • Tuenti
  • Meneame
  • Bitacoras
  • iGoogle
  • My Yahoo
  • My Live

21Dic, 2011

CARTAS DE ÁFRICA; Rimbaud y Hugo Pratt

Escrito por: corto-cortes el 21 Dic 2011 - URL Permanente

En 1991, cuando se publicó Cartas de África con motivo del centenario de la muerte de su autor, el poeta Arthur Rimbaud, la editorial francesa Nuages encargó diez acuarelas al dibujante italiano Hugo Pratt para ilustrar dicho libro. Ahora, diez años después, la editorial independiente Gallo Nero lo edita en castellano.

El mejor regalo para esta navidad.

Compartir

  • Eskup
  • Tuenti
  • Meneame
  • Bitacoras
  • iGoogle
  • My Yahoo
  • My Live

16Dic, 2011

FERNANDO BELLVER. Diario de Nueva York

Escrito por: corto-cortes el 16 Dic 2011 - URL Permanente

Compartir

  • Eskup
  • Tuenti
  • Meneame
  • Bitacoras
  • iGoogle
  • My Yahoo
  • My Live

18Nov, 2011

PILAR DONOSO (HIJA DE JOSÉ DONOSO) SE HA SUICIDADO

Escrito por: corto-cortes el 18 Nov 2011 - URL Permanente

Así comienza "Correr el tupido velo" (Alfaguara, 2010), la biografía (con base en los 64 cuadernos de los diarios dejados por el escritor chileno) que Pilar escribió de su padre:

Han pasado diez años de la muerte de mi padre y su sombra aún deambula por todas partes: al caminar en las calles, al abrir un clóset, al subir la escalera, al mirar hacia el horizonte.

Una vez este padre tan presente me dijo:

—Uno logra ser uno mismo cuando los padres se mueren. Qué mentira. No ha sido así en mi caso; ahora he tenido que hacerme cargo de su vida mucho más que cuando vivía.

No puedo liberarme de su cadena opresora. ¿Seré yo también un personaje de sus novelas? La ficción y la realidad vuelven a mezclarse, como cuando era una niña y pude creerle, por mucho tiempo, que los yogures colgaban de los árboles y que había unos con sabor a frutilla y otros a durazno; o que, al hablar de una persona cualquiera, yo podía llegar a creer que era una tía muy lejana que venía a visitarnos; o bien que un personaje de una de sus novelas era un amigo de su infancia.

En mi casa era imposible diferenciar esa línea tenue entre la ficción y la realidad, y aún ahora me cuesta distinguirla. Al leer sus diarios no puedo sino confirmar que él, más allá de su arte como novelista, tenía una seria disfunción respecto de la realidad.

Leo y releo y reconozco tantas cosas... me río, lloro, me enrabio, perdono, vuelvo a llorar; me decepciono, lo enaltezco y nuevamente lo perdono porque lo quise inmensamente.

Ser padre es algo normalmente impuesto; él, en cambio, tomó esa opción, me adoptó y me dio generosamente aquello que, como padres, a veces nos negamos por no habernos liberado de nuestras propias historias.

Ante todo, mi padre era escritor. Cuando los días en que la muerte ya no pertenecía al mundo de la fantasía —su presencia lo rondaba por la casa de Galvarino Gallardo— enfrentamos juntos el hecho de que llegaba el fin. Le pregunté qué quería que dijera su epitafio y me contestó:

Escritor. No quiero nada más. Eso he sido.

Sostenía que muchos de los novelistas latinoamericanos contemporáneos, en su búsqueda de estatus, se transforman en figuras públicas, como tribunos, como políticos; él, en cambio, se consideraba simplemente un escritor.

Voy a tratar de contar esa historia —que es la mía en relación a él, finalmente— sin pretender un análisis literario de su obra, ni menos uno psicológico de su compleja personalidad. Será, más bien, la visión de una hija-niña, hija-adolescente, hijamujer que lo acompañó, lo admiró, lo amó y lo odió. De modo que no esperen objetividad alguna; son los recuerdos de ese fantasma que me persiguen y me perseguirán por siempre.

Debo aclarar que mi padre me designó como su biógrafa, pero yo no era la única a quien confirió este título honorífico. También se lo pidió a Esther Edwards, a su sobrina Claudia Donoso, a su amigo el escritor Fernando Sáez, y quizás a muchos otros. En pos de esta tarea que emprendí seriamente, nos juntábamos tres días a la semana para grabar nuestras conversaciones.

En realidad, más que diálogos fueron sesiones sobre lo que él quería contar y no necesariamente acerca de lo que yo preguntaba o quería saber. Estas reuniones metódicas nos dieron la oportunidad de intercambiar recuerdos, ideas estéticas, incluso ideológicas; nos escuchamos como nunca y como nunca nos encontramos. En esas conversaciones, además de sus diarios, cartas y ensayos, está sustentada esta biografía.

Este relato es, de un modo muy personal, una manera de liberarme, de ahuyentar a su fantasma. Mi padre me contó una vez algo que probablemente la mayoría de los lectores debe conocer: Virginia Woolf se preguntaba por qué el recuerdo de su madre no había dejado de obsesionarla a sus cuarenta y cuatro años de vida. Entonces escribió Al faro y el fantasma de su madre dejó de perseguirla. Por supuesto, no es mi intención hacer una comparación de ese tono y proporciones, pero sí de mi propio proceso de liberación.

En un artículo de mi padre encuentro una opinión muy personal sobre este tipo de textos. Biografías, cartas, semblanzas, recuerdos, crónicas, que si se publican son o académicas o ñoñas o mundanas. Somos una raza extrovertida y efusiva, pero temerosa, pudorosa, que no se entera de la verdad (como sí lo hacen los ingleses cuando deciden hacerlo). Así las figuras de nuestra cultura siguen siendo monumentales, nunca humanas, y los elementos contradictorios y a veces hasta vergonzosos con que se construyó la obra genial permanecen velados.

No sé en qué categoría caerían mis escritos para él. Desde luego no en lo académico, pero quizás tampoco en lo ñoño o mundano. Espero que no. En mi personal búsqueda por rescatarlo en su intimidad, en su profundo y particular mundo sin límites, he recurrido a sus cartas, de las que guardó siempre copia, tanto de las que escribió como de las que recibió; también a sus ensayos y, especialmente, a sus diarios, en los cuales jamás guardó secreto alguno. Con esto debemos aprender la lección de que jamás hay que destruir papeles, que los archivos y las colecciones son sagrados, no sólo por cuanto iluminan el pasado, sino también porque proyectan el futuro.

Mis recuerdos se inician muy temprano y quizás simplemente estén asociados a fotografías. Pero si bien éstos comienzan alrededor de los tres años, empezaré esta historia, mi propia historia, desde el matrimonio de mis padres. Incluso creo que será necesario explicar ciertas experiencias previas de mi padre que lo llevaron a dejar Chile por diecisiete años y que lo marcaron definitivamente para ser quien fue.

La historia que quiero contar no es «la historia de José Donoso», sino la de una hija en la búsqueda interminable por saber quiénes fueron sus padres, sean biológicos o adoptivos.

Es la búsqueda de la identificación, del entendimiento de quién es uno y del inevitable conflicto que esto implica.

Compartir

  • Eskup
  • Tuenti
  • Meneame
  • Bitacoras
  • iGoogle
  • My Yahoo
  • My Live

Contacto:
casa.almohada@gmail.com

Tags

Suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):

Texto

Para contactar directamente con Corto:
casa.almohada@gmail.com