30Oct, 2009
LA HIJA DEL CORREGIDOR; Andrea Vitali.
La divertida historia que el autor italiano cuanta en esta novela (miscelanea, 2009)de fácil lectura gira en torno a unas bragas. La hija del corregidor (alcalde) de un pueblo italiano de 1931 quiere unas bragas diferentes a las que usan las mujeres decentes y se las encarga a la dueña de la mercería. Esta se lo cuenta al cura en confesión, y este se lo dice a la madre de la chica, esposa del corregidor. Don Agostino Meccia, que así se llama el alcalde tiene en su poder unas bragas de ese tipo. La única vez que fue de putas pidió a la chica que lo atendió que le diera aquella prenda. Por ello supone que esa ropa íntima solo la usan las prostitutas.
Además sucede que don Agostino quiere pasar a la historia como lo hicieron sus antepasados y se empeña en construir un aeropuerto en el pueblo. Pero todo le sale mal.
Como si no tuviera suficientes problemas resulta que su hija se ha enamorado del hijo de la mujer que hace muchos años lo dejó plantado en el altar. Pero ocurren aun más cosas. Todas juntas describen la vida de este pueblo que Vitali relata con mucho talento.
Con este libro me he reído de forma ruidosa como no me ocurría desde que leí las aventuras de Don Camilo, aquel cura italiano que se peleaba con Peppone, el alcalde comunista, en aquellas inolvidables novelas escritas por Giovanni Guareschi.
Los personajes secundarios de La hija del corregidor están muy bien resueltos:
Mirabile que se encarga de la elección de los textos y de la selección de actores para el teatro del pueblo propone a Dulú (la telefonista del locutorio del pueblo) el papel principal de la obra “La reina de los espejos”.
Mirabile y Dulú están, solos, en la casa de ella ensayalando:
Página 150.
Para aquella escena, Addolorata (Dulú) se había preparado a conciencia. Como se trataba de una escena nocturna, la reina insomne, corroída por las dudas, se había peinado como si se acabara de la cama y se había puesto un camisón. Con la emoción del recitado, en un momento dado se le había caído un tirante y le asomó media teta. En aquel preciso momento el maestro Mirabile entró en ebullición. Estaban en el punto en que la reina, tras presentar el espejo al público, debía hacer lo propio con el cetro. Pero Dulú se lo había olvidado. Se quedó inmóvil. -Cogeré un cucharón, servirá igual- dijo. -No te muevas. Espera –le sugirió el maestro Mirabile, con la voz entrecortada. Estaba fuera de sí. Se le acercó y, susurrando, le dijo: -Coge este cetro. Y guió la mano de la actriz. Addolorata al principio no entendía. Se encontró en la mano aquel artefacto turgente y húmedo y lo retuvo en la mano un instante, con lo que Mirabile se hizo ilusiones y, sin pensárselo dos veces, la aferró por las nalgas. Fue entonces cuando Dulú reaccionó. Y con la mano, apretando fuerte, dobló el órgano hacia abajo, lo que al maestro le provocó un dolor desgarrador.

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