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24Ene, 2012

PULSO. Julian Barnes

Escrito por: corto-cortes el 24 Ene 2012 - URL Permanente

Anagrama acaba de publicar una nueva coleccion de relatos del escritor británico Julian Barnes. Así comienza uno de ellos:

Pág. 224.

Hace tres años, mis padres paseaban por un camino que conduce a una granja en Italia. A menudo me imagino a mí mismo observándolos, siempre por la espalda. Mi madre, el cabello gris recogido en una coleta, vestiría una blusa estampada de corte suelto encima de unos chinos y unas sandalias; mi padre lleva una camisa de manga corta, pantalones caquis e impecables zapatos marrones. Su camisa está planchada, lleva bolsillos con botones a ambos lados y dobladillo, si ésta es la palabra correcta, en las mangas. Tiene media docena de camisas como ésta; indican que es un hombre de vacaciones. No es que tengan el más mínimo aire deportivo, como mucho resultarían apropiadas para jugar a los bolos.

Puede que caminen cogidos de la mano; eso es algo que hacían de modo inconsciente, estuviese yo detrás de ellos, observándolos, o no. Caminan por este sendero en Umbría porque están investigando la oferta de un cartel toscamente escrito con tiza: vino novello. Y van a pie porque han visto la profundidad de los surcos en el barro y han decidido que era demasiado arriesgado alquilar un coche. Yo hubiera argumentado que precisamente por eso merecía la pena alquilar un coche, pero mis padres eran una pareja prudente en muchos aspectos. El camino avanza entre viñedos. Cuando traza un giro hacia la izquierda, aparece un granero herrumbroso con aspecto de hangar. Frente a él se alza una estructura de cemento semejante a un enorme cubo de abono: de casi dos metros de alto por casi tres de ancho, sin ningún tipo de techo o fachada. Cuando están a unos treinta metros, mi madre se vuelve hacia mi padre y hace una mueca. Incluso puede que dijese: «Puaj» o algo parecido. Mi padre frunce el ceño y no responde. Ésa fue la primera vez que sucedió; o al menos, para ser exactos, la primera vez que él se dio cuenta.

Vivimos en lo que antes era un pueblo dedicado al comercio, a unos cincuenta kilómetros al noroeste de Londres. Mamá trabaja como administrativa en un hospital; papá ha sido abogado en un bufete local durante toda su vida adulta. Dice que el trabajo le sobrevivirá, pero que el tipo de abogado que él representa – no un mero técnico que entiende de leyes, sino un consejero en temas muy diversos– no existirá en el futuro. El médico, el vicario, el abogado, tal vez el maestro de escuela..., en el pasado éstas eran las figuras a las que uno se dirigía buscando algo más que su competencia profesional. Ahora, dice mi padre, la gente va por libre, redactan sus propios testamentos, acuerdan los términos de su divorcio de antemano y toman sus propias decisiones. Si quieren una segunda opinión, prefieren a una de esas consejeras sentimentales de la prensa antes que a un abogado, e internet antes que cualquiera de los dos anteriores. Mi padre se toma todo esto filosóficamente, incluso cuando la gente cree que se puede representar a sí misma ante un juez. Se limita a sonreír y repite el viejo dicho legal según el cual el hombre que se representa a sí mismo ante un tribunal tiene por cliente a un idiota.

Papá me desaconsejó seguir su carrera en la abogacía, así que me licencié en Educación y ahora doy clases en un instituto a unos veinticinco kilómetros de aquí. Pero no veo ningún motivo para dejar la ciudad en la que crecí. Voy al gimnasio local, y los viernes corro con un grupo liderado por mi amigo Jake; así es como conocí a Janice. Ella siempre destacaría en un lugar como éste, porque tiene ese aire londinense. Creo que tenía la esperanza de que yo mostrase interés por mudarnos a la gran ciudad, y se quedó decepcionada cuando no lo hice. No, no es que lo crea; estoy seguro.

Mamá... ¿Quién puede describir a su madre? Es como cuando los entrevistadores le preguntan a un miembro de la familia real cómo es esto de pertenecer a la realeza, y ellos se ríen y responden que no saben cómo es no ser miembro de la realeza. No sé lo que significaría para mi madre no ser mi madre. Porque si no lo fuera, yo no sería, no podría ser yo, ¿no es así? Al parecer mi nacimiento fue complicado. Tal vez por eso soy hijo único, aunque nunca lo he preguntado. En mi familia no hablamos de ginecología. Ni de religión, porque no profesamos ninguna. Hablamos un poco de política, pero raramente discutimos, dado que consideramos que todos los partidos son igualmente malos. Papá tal vez sea un poco más de derechas que mamá, pero básicamente creemos en la confianza en uno mismo, en ayudar a los demás y en no esperar que el Estado cuide de nosotros desde la cuna hasta la tumba. Pagamos nuestros impuestos y nuestras cuotas a la Seguridad Social, y tenemos un seguro de vida; utilizamos el Servicio Nacional de Salud y damos dinero a alguna organización benéfica cuando podemos.

Somos gente de clase media sensata, normal y corriente.Y sin mamá no seríamos nada de eso. Papá tenía un pequeño problema con la bebida cuando yo era pequeño, pero mamá puso orden y lo reconvirtió en un simple bebedor social. En el colegio me colgaron la etiqueta de «problemático», pero mamá me enderezó con paciencia y amor, mientras me dejaba bien claro cuáles eran exactamente las líneas que no podía cruzar.

Supongo que hizo lo mismo con papá. Pone orden en nuestras vidas. Todavía conserva un poco el acento de Lancashire, pero en nuestra familia no planteamos ese estúpido rollo norte-sur, ni siquiera como broma. También creo que es diferente cuando sólo hay un hijo en la casa, porque no se dan los dos equipos naturales, niños y adultos. Tan sólo somos nosotros tres, y aunque yo pueda haber sido más mimado, también aprendí desde muy temprano a vivir en un mundo adulto, porque eso es lo que había en casa y punto. Puede que esté equivocado con respecto a esto. Si le preguntarais a Janice si cree que soy maduro, puedo imaginarme la respuesta. Así que mi madre hace una mueca y mi padre frunce el ceño. Caminan hasta que el contenido de la cuba de cemento les resulta más claro: un montículo de desechos de un rojo púrpura.

Mi madre – y aquí estoy improvisando, aunque su vocabulario me resulta muy familiar– dice algo del tipo:

– Vaya olorcillo.

Mi padre descubre a qué se refiere mi madre. Un montón de marc. Éste es al parecer el nombre que reciben los desechos que quedan una vez chafadas las uvas, los restos de pieles, rabitos, pepitas y demás. Mis padres conocen este tipo de cosas; sin ser unos fanáticos, disfrutan de la comida y la bebida. Por eso precisamente estaban en ese camino que conducía a la granja, para comprar algunas botellas del vino de la nueva temporada para llevárselas a casa. Yo no soy indiferente a la comida y la bebida, es sólo que las contemplo de una manera más pragmática. Sé qué comidas son más sanas y al mismo tiempo más nutritivas. Y conozco con precisión la cantidad de alcohol que necesito para relajarme y pasármelo bien, y qué cantidad empieza a ser demasiado. Jake, que es más hedonista y dado a probar cosas nuevas que yo, me comentó en una ocasión lo que decían sobre los martinis: «Uno es perfecto. Dos, demasiados. Y tres, insuficientes.

» Excepto en mi caso: una vez pedí un martini, y con la mitad ya tenía suficiente.

Así que mi padre se acerca a ese montón de desechos, se detiene a unos tres metros y olfatea a conciencia. Nada. Metro y medio, y todavía nada. Sólo cuando prácticamente mete la nariz en el marc, logra oler algo. Pese a todo, es tan sólo una difusa versión del acre olor que sus ojos – y su mujer– le indican que emana de allí. La respuesta de mi padre es más de curiosidad que de alarma. Durante el resto de las vacaciones va controlando las situaciones en las que el olfato no le responde. Los efluvios de gasolina cuando llena el depósito del coche, nada. Un expresso doble en el bar de un pueblo, nada. Las flores que caen en cascada sobre un muro desconchado, nada. Los dos dedos de vino que el servicial camarero le ha escanciado en la copa, nada. El jabón, el champú, nada. El desodorante, nada.

Eso fue lo más raro de todo. Papá me lo contó: ponerte desodorante y ser incapaz de oler algo que te pones para evitar que aparezca otro olor que tampoco puedes oler. Estuvieron de acuerdo en que no tenía mucho sentido hacer nada hasta que volviesen a casa. Mamá ya se imaginaba que tendría que azuzar a papá para que llamase al centro de salud. Ambos compartían una reticencia a molestar a los médicos a menos que fuese por algo serio. Pero ambos creían que algo que le pasaba al otro era más serio que si les pasaba a ellos. De ahí la necesidad de azuzar. Al final, la solución acababa siendo que quien estaba sano telefoneaba para pedir cita en nombre del otro.

En esta ocasión mi padre lo hizo él mismo. Le pregunté qué le había hecho decidirse. Guardó silencio unos instantes y me dijo:

– Bueno, si quieres saberlo, hijo, tomé la decisión cuando me di cuenta de que no podía oler a tu madre.

– ¿Quieres decir su perfume?

– No, no su perfume. Su piel. Su... ser.

Tenía una mirada cariñosa y ausente cuando dijo esto. A mí no me pareció embarazoso. Era simplemente un hombre que estaba cómodo con lo que sentía por su mujer. Hay algunos progenitores que hacen todo un despliegue de amor conyugal ante sus hijos: mirad, ¿veis lo jóvenes que somos todavía, lo distinguidos que parecemos? ¿A que estamos guapísimos? Mis padres no eran así en absoluto. Y yo les envidiaba mucho que no tuviesen necesidad de alardear de su cariño.

Cuando corres en nuestro grupo, hay un líder, Jake, que marca el ritmo y se asegura de que nadie se queda demasiado atrás. Delante van los cachas, que mantienen la cabeza baja, consultan sus relojes y sus pulsómetros, y si hablan, es sólo sobre niveles de hidratación y sobre cuántas calorías han quemado.

En la cola van los que no están suficientemente en forma para correr y hablar al mismo tiempo. Y en medio, vamos el resto, a los que nos gusta el ejercicio y la charla. Pero hay una regla: nadie puede monopolizar a nadie, aunque salgan juntos. Y fue así como un viernes por la noche acompasé mi zancada para ponerme a la altura de Janice, nuestra más reciente incorporación.

Era evidente que su equipo para correr no se lo había comprado en la tienda del pueblo a la que acudíamos el resto; su ropa era más holgada, más sedosa y lucía ribetes superfluos.

– ¿Y qué te trae por nuestro pueblo?

– De hecho llevo dos años viviendo aquí.

– ¿Y qué te impulsó a venir?

Recorrió unos metros y respondió:

– Un novio.

Oh. Unos metros más y aclaró:

– Un exnovio.

Ah, esto está mejor, quizá corre para huir de él. Pero no quise indagarlo. De todos modos, hay otra regla en el grupo: sólo charla ligera cuando se corre. Nada de política exterior británica y tampoco nada de temas emocionales. A veces hace que parezcamos un grupo de peluqueras, pero es una norma muy útil.

– Sólo un par de kilómetros más.

– Así sea.

– ¿Te apetece tomar algo después?

Miró a uno y otro lado, y después a mí.

– Así sea – repitió con una sonrisa.

Era fácil hablar con ella, sobre todo porque yo básicamente escuchaba. Y también la miraba. Era delgada, pulcra, de cabello negro, con la manicura perfecta y una nariz ligeramente descentrada que a mí desde el primer momento me pareció muy sexy. Se movía mucho, gesticulaba, sacudía la melena, miraba aquí y allá: a mí me resultaba de lo más estimulante. Me contó que trabajaba en Londres como asistente personal de un jefe de sección de una revista femenina que a mí me sonaba vagamente.

– ¿Consigues muchos ejemplares gratis?

Ella se quedó quieta y me miró. No la conocía suficientemente bien para saber si realmente la había ofendido o lo fingía.

– No me puedo creer que ésta sea la primera pregunta que me hagas sobre mi trabajo.

A mí me había parecido de lo más razonable.

– De acuerdo – repliqué– . Supongamos que ya te he hecho catorce preguntas razonables sobre tu trabajo. Pregunta número 15: ¿consigues muchos ejemplares gratis?

Ella se rió.

– ¿Siempre haces las cosas en el orden equivocado?

– Sólo si así logro hacer reír a alguien – respondí.

Mis padres estaban gordos, y eran un anuncio perfecto contra la gordura. Hacían poco ejercicio y lo que hacían después de una comilona era echarse a dormir la siesta. Mi programa de ejercicio físico les parecía una excentricidad de juventud; fue la única ocasión en que reaccionaron como si yo tuviese quince años en lugar de treinta. Desde su punto de vista, el ejercicio en serio sólo era apropiado para gente como los soldados, los bomberos y los policías. Una vez, en Londres, habían pasado por delante de uno de esos gimnasios con un ventanal que permite ver las actividades que se están haciendo dentro. Está hecho con la idea de atraer la atención, pero a mis padres les pareció horripilante.

– Parecían todos tan solemnes – comentó mi madre.

– Y la mayoría de ellos llevaban auriculares y escuchaban música. O miraban unas pantallas de televisión. Como si la única manera de concentrarse para ponerse en forma fuese no concentrarse en ello.

– Estaban dominados por esas máquinas. Dominados.

Yo ya sabía que era imposible convencer a mis padres de los placeres y beneficios del ejercicio, desde una mayor agilidad mental a una mejorada capacidad sexual. Prometo que no estoy alardeando. Es cierto, está perfectamente documentado. Jake, que en vacaciones se va de acampada con una sucesión de novias, me habló de una paradoja que había descubierto. Me dijo que si caminas durante, pongamos, tres o cuatro horas, te entra apetito, disfrutas de una buena cena y la mayoría de las veces te quedas dormido en cuanto te metes en la cama. Sin embargo, si caminas durante siete u ocho horas, tienes menos hambre, pero cuando te metes en la cama, resulta que inesperadamente tienes más ganas de marcha, ambos tenéis más ganas. Tal vez haya una razón científica que lo explique. O quizá el acto de reducir las expectativas a prácticamente cero sube la libido.

No voy a especular sobre la vida sexual de mis padres. No tengo ningún motivo para pensar que no se desarrollase de otra forma que la que ellos desearon; lo cual me doy cuenta que es una manera rebuscada de decirlo. Y tampoco sé si seguían siendo felizmente activos, en un grato declive, o si el sexo era para ellos un vestigio que no echaban en falta. Como ya he dicho, mis padres se cogían de la mano siempre que les apetecía. Bailaban juntos con una suerte de concentrada gracia, deliberadamente anticuada. Y la verdad es que no necesito una respuesta a una pregunta que tampoco quiero plantear. Porque he visto la mirada de mi padre cuando hablaba de no ser capaz de oler a su mujer. Carece de relevancia si seguían o no manteniendo relaciones sexuales. Porque su intimidad seguía viva.

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02May, 2011

JOYCE CAROL OATES RESEÑA A PAUL AUSTER

Escrito por: corto-cortes el 02 May 2011 - URL Permanente

En The New York Review of Books la escritora Joyce Carol Oates hizo (diciembre de 2010) una magnífica reseña de la última novela de Paul Auster, Sunset Park (Anagrama 2011). La revista Ñ , en su número de esta semana, la ha traducido al castellano.

Me llama mucho la atención como aprovecha para elogiar uno de los primeros libros de Auster La invención de la soledad.:

De los géneros literarios, ninguno ha florecido de manera tan diversa y maravillosa en las últimas décadas como la memoria – no las memorias de vida o la autobiografía, más aburrida, estática, cronológicamente determinada, sino la memoria de crisis, lírica, en general breve, sumamente individualizada, entre las que destacan Esa visible oscuridad (1990) de William Styron, Las cenizas de Angela (1996) de Frank McCourt, y El año del pensamiento mágico (2005) de Joan Didion; y de éstas, ninguna compuesta de manera más bella y sucinta que La invención de la soledad (1982) de Paul Auster, escrita luego de la impensada muerte de su padre en 1981.

Más tarde, a lo largo de una carrera que abarca quince novelas, seis obras de ensayo, una colección de poesía, guiones y libros editados, Paul Auster pasó a ser conocido sobre todo por su ficción posmodernista atípicamente enigmática, muy estilizada, en la cual los narradores rara vez son otra cosa que poco confiables y la base argumental cambia continuamente. La invención de la soledad es sin embargo notable por su evocación franca, honesta, sutil de la pérdida filial seguida, no por la pena profunda – al menos no la pena profunda convencional – sino por el aturdimiento de una incapacidad de llorar y la determinación estoica de conocer a Samuel Auster, el padre esquivo, no querido, el hombre “invisible”

(…)

La invención de la soledad está dividida en dos partes temáticamente simétricas –“Retrato de un hombre invisible” y “El libro de la memoria”– que sugieren tanto una dialéctica como un diálogo entre los dos “Paul Auster”: uno que es el hijo del “hombre invisible” Samuel Auster y otro que es padre de un hijo pequeño, Daniel. En la primera parte, el autor contempla la muerte de su padre y más allá, como asomándose a un abismo para espiar la misteriosa e inconocible vida de su padre: “Pensé: mi padre murió. Si no actúo rápido, toda su vida se desvanecerá con él”. Como uno de sus sombríos detectives devenido héroe en novelas como La trilogía de Nueva York – la ficción más famosa de Auster, que se lee como si Samuel Beckett se pusiera a reformar uno de los argumentos más enredados de Raymond Chandler – el hijo desolado explora la amplia casa Tudor, más bien grandiosa, aunque actualmente deteriorada en un suburbio acomodado de Newark donde su padre había vivido solo durante más de quince años después de la separación de la familia Auster; exteriormente imponente, la casa es adentro una especie de mausoleo, un lugar donde residía la “invisibilidad”.

Auster espera poder reconstruir esta vida enigmática y a simple vista enteramente egocéntrica de su padre a partir de un examen de los objetos que le pertenecieron – una miscelánea de “cosas”. Y, efectivamente, el biógrafo descubre objetos sorprendentes: un álbum de fotos encuadernado en un costoso cuero con el título estampado en oro en la cubierta –“Esta es nuestra vida: Los Auster”– que adentro está en blanco; recortes de diarios de los inicios del siglo XX que contaban una historia familiar escabrosa de cuando su padre tenía nueve años. El lector se pregunta entonces: ¿el desapego de la vida manifestado por el padre fue una consecuencia de este sórdido escándalo familiar? O – algo más perturbador para considerar– ¿el viejo incidente tuvo poco que ver con la formación de la personalidad de Samuel Auster?

En la segunda parte de La invención de la soledad , más analítica y especulativa, “El libro de la memoria”, el autor se refiere a sí mismo como “A.” mientras va analizando las paradojas de la memoria y las tensas relaciones de padres e hijos, hijos y padres; sabemos que siendo un joven traductor de poesía y prosa francesa, al comienzo de su carrera como escritor, Auster fue una decepción para su padre, que había sido un empresario exitoso – aunque también obsesivo y adicto al trabajo – con escasa simpatía hacia la preocupación de su hijo por la literatura. (Hasta la ocupación del padre parece simbólica: Samuel Auster era dueño de casas de inquilinato en una zona cada vez más marginada y peligrosa, casi en su totalidad negra, de Newark. Su trabajo, al que era adicto, era asimismo arduo, poco gratificante y peligroso.) Con Daniel, su hijo de tres años, A. aborda el libro Pinocho, un texto densamente simbólico que analiza el drama arquetípico de padre e hijo/hijo y padre: Este acto de salvar es, efectivamente, el que realiza un padre:


“él salva a su pequeño hijo varón del daño. Y para que (Daniel) viera a Pinocho, ese mismo muñeco tonto que había avanzado a los tumbos de una desgracia a la siguiente ... para convertirse en una figura de redención, justamente el ser que salva a su padre de las garras de la muerte, es un momento sublime de revelación. El hijo salva al padre. Es algo que debe ser totalmente imaginado desde la perspectiva del niño. Y en la mente del padre que una vez fue niño, o sea, un hijo, para su propio padre, debe ser totalmente imaginado ... El hijo salva al padre.”

Así como suele decirse que, de Gogol en adelante, toda la literatura rusa sale de El Capote, del mismo modo toda la ficción en prosa de Paul Auster parece haber salido de La invención de la soledad, desde la temprana Trilogía de Nueva York (1985-1986) hasta la provocativamente titulada Invisible (2009). Los temas obsesivos de la pérdida, el misterio acerca de si las personas existen realmente, la inestabilidad de la identidad, y las vicisitudes del azar, al igual que los relatos de búsquedas quijotescas emprendidas por los jóvenes intelectuales apasionados que pueblan su ficción son sugeridos en esta elocuente memoria, un primer libro notablemente bien logrado y maduro con el que podrían comenzar los lectores no informados del carácter juguetón de la meta-ficción y la inter-textualidad narrativa si emprendieran la lectura de la ahora considerable obra de Auster.

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17Feb, 2011

ALESSANDRO BARICCO; Emaús.

Escrito por: corto-cortes el 17 Feb 2011 - URL Permanente

Me acabo de llevar una gran alegría. En marzo Anagrama publica la última novela de Baricco. He leído todo de este autor. Me parece de lo mejor. Son solo 160 páginas, pero son de Baricco. Copio la nota de prensa de la editorial:

El Santo, Luca, Bobby y el narrador son cuatro adolescentes que viven en un espacio y un tiempo indeterminados pero que remiten vagamente a una ciudad del norte de Italia en los años setenta. Pertenecen a la clase media y, sobre todo, son profundamente católicos. La aparición de Andre, una chica que procede de un mundo muy distinto (de clase alta y costumbres liberales), va a actuar como catalizador de una crisis que supondrá el derrumbe de todas sus certezas. Hasta entonces, han sido jóvenes llenos de grandes palabras (amor, deseo, dolor, muerte...) cuyo auténtico significado, en el fondo, desconocen. Ingenuamente, creen ser incapaces de vivir la tragedia, familiarizados como están con el drama doméstico menor.

Igual que en la historia de Emaús relatada en el Evangelio de Lucas, en la que se cuenta cómo Cristo, ya resucitado, se apareció a dos de sus discípulos y que no supieron reconocerlo hasta que fue demasiado tarde, los cuatro jóvenes protagonistas se enfrentan a la realidad sin saber ver ni reconocer todos sus matices y contradicciones, aferrados a una fe monolítica y, hasta cierto punto, heroica. Como en Seda o Sin sangre, Baricco vuelve a demostrar su maestría con una novela corta que es, al mismo tiempo, apólogo moral y novela de formación, escrita con ese inconfundible estilo que sugiere y muestra, con palabras y silencios, luces y sombras (como en el célebre cuadro de Caravaggio que representa el mencionado episodio evangélico), la tensión imposible entre la vida y las convicciones juveniles.

«El tema puede descolocarnos –catolicismo, fe, calvario, resurrección–, pero los lectores que disfrutaron con Océano mar, Novecento o Seda pueden estar tranquilos: encontrarán de nuevo a su autor y en óptima forma» (Domenico Starnone, La Repubblica).

«La pérdida, el sentimiento de pecado, la irracionalidad del dolor, la familia, el desengañado sueño de felicidad, el esfuerzo de crecer, o tal vez de comprender, la piedad: afrontando todo esto, en forma de una historia que nos quema, Baricco ha escrito su novela más valiente y más hermosa» (Paolo di Paolo, Gli altri).

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20Ene, 2011

AGOSTO, OCTUBRE; Andrés Barba.

Escrito por: corto-cortes el 20 Ene 2011 - URL Permanente

Hay una cosa que me molesta de la última novela de Andrés Barba, (Anagrama 2010). El libro cuenta lo que le ocurre a un adolescente de 14 años durante un verano. No está escrito en primera persona, no es el adolescente el que me cuenta lo que siente. Lo hace eso que los críticos llaman “narrador omnisciente”: el que sabe lo que hacen y piensan los personajes en todo momento. Andrés Barba tiene 35 años. Hace 20 que fue adolescente. ¿Se acuerda con tanto detalle de lo que le pasaba por la cabeza entonces? ¿Llevaba un diario en aquellos años adolescentes y lo usa de fuente para su novela de hoy? En ese caso Barba fue un adolescente muy especial, tanto que quizás ya era adulto a los 14 años. De todos modos, yo también tuve 14 años y no recuerdo que en mí hubiera sentimientos como los que me cuenta el narrador que tiene el protagonista:

Pàg. 23

Durante varias horas le pareció haber perdido la capacidad de que una sensación apareciera con regularidad después de otra.

Ni esos sentimientos ni parecidos. Sí recuerdo que me sentía muy inseguro e intentaba aparentar lo contrario. Sí recuerdo la confusión y la rabia contenida. Pero claramente era incapaz de especificar y diferenciar todo lo que se amontonaba en mi cabeza. Y menos capaz aún era, claro, de verbalizar alguno de esos sentimientos. Pero, claro, puede que yo solo fuera un “pedazo de carne con ojos” como decía mi prima María. El narrador de esta novela es capaz de diseccionar con precisión lo que fluye en la mente del adolescente, por eso creo que más que alguien omnisciente debe ser Dios quien me relata el verano de este chico de 14 años.

El narrador es omnisciente –perdón por repetir el palabro- con el chico pero no con su hermana. Este narrador es un poco chapucero:

Pág. 44

“No te ha asustado la tía Eli, ¿verdad Anita?”

Anita contestó un cañonazo de NO, con unos ojos concentrados como alfileres. Era imposible saber lo que ocurría dentro de ella cuando miraba así.

Diría que aquí el subconsciente le juega una mala pasada al autor. Parece como si ese otro yo de Barba nos dijera en un descuido del jefe: Cuidado que os está haciendo trampa.

Pero si alguien está leyendo esto que no me haga mucho caso. Puede que yo me caliente mucho la cabeza. Dice Wendy que de esta forma no se puede leer una novela, que así no hay manera de disfrutar cuando se lee. Puede que tenga razón. Lo que tengo claro es que mientras pasaba las páginas echaba de menos Historias del Kronen de Mañas. Aquella novela tenía menos pretensiones pero más verdad.

Tengo las cuatro novelas de Andrés Barba. Las dos primeras La hermana de Katia y Ahora tocad música de baile me gustaron muchísimo. Las dos últimas, Versiones de Teresa y Las manos pequeñas no las terminé.

Lo que ocurre al final de la primera parte de la novela (se compone solo de dos partes), algo muy grave y violento en lo que participa el protagonista y que lo lleva a pasar toda la segunda parte arrepintiéndose, me parece metido con calzador, como si fuera de otro libro.

La fijación de Barba con las chicas con retraso mental me parece muy interesante desde un punto de vista psicoanalítico pero creo que aquí no venía a cuento.

Andrés Barba escribe hoy mucho mejor que hace diez años:

Pág. 43

“A mí no me ha querido nadie en toda mi vida”. (Lo que provocó un silencio sepulcral al que siguió un dolido pero-qué-dices-Eli de su padre.) Algo había cambiado en la tía Eli aquel verano, lo notó precisamente en aquella cena, una especie de dureza verbal (ella, que no había sido dura en nada en toda la vida), parecía como si quisiera sacarse cosas por la boca, cosas no hechas, o frustradas, cosas inútiles pero recluidas en trasteros interiores enormes, como su cuerpo.

Pero echo mucho de menos aquella frescura y verdad de sus primeras novelas.

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15Dic, 2010

APRENDIENDO DE UN BUEN EDITOR; Salamandra.

Escrito por: corto-cortes el 15 Dic 2010 - URL Permanente

Se puede tener una editorial seria: “Aquí lo importante es la cuenta de resultados. Lo que no vende mejor no publicarlo” o una editorial romántica: “Nosotros editamos lo que nos gusta, se venda o no. Lo importante es divertirnos”. En España el mejor ejemplo de seria es Planeta, claro, aunque hay otras editoriales, como Tusquets y Anagrama, que habiéndose posicionado de maravilla en su día y teniendo un nicho de mercado muy definido, cada día son más serias y menos románticas ya que últimamente van a lo seguro y arriesgan poco. Buenos ejemplos de románticas serían El Cangrejo Pistolero o Pepitas de Calabaza, seguro que se lo están pasando muy bien pero…. A medio camino entre la cabeza y el corazón hay pocas. Por ilustrar con algunos ejemplos lo que quiero decir, y solo con esa intención, citaría: Acantilado, Libros del Asteroide e Impedimenta.

Si yo tuviera una editorial querría que fuera un 75% seria y un 25% romántica. Mi objetivo no sería ganar dinero sino divertirme, pero divertirme mucho y mucho tiempo. Por eso intentaría generar beneficios suficientes para autofinanciarme y tener una larga vida como empresa y de ese modo permitirme editar, de vez en cuando, lo que me apeteciera aunque supiese de antemano que no iba a venderlo. En mi opinión esta editorial idílica tiene un nombre: Salamandra.

Las entrevistas con editores en los periódicos suelen ser de poco interés. Generalmente se hacen por un motivo concreto: un aniversario, la edición de un libro que suele ser del tipo “bestseller” o un premio. Por eso profundizan poco en la profesión del entrevistado y ofrecen poca información valiosa. Además los editores son poco amigos de desvelar secretos de su profesión no vaya a ser que el vecino les copie.

Hoy, sin embargo, EL PAÍS publica una muy rica entrevista con Sigrid Kraus y Pedro del Carril, editores de Salamandra, con motivo de su décimo aniversario. La entrevista tiene título: Salamandra, letras incombustibles y de ella se obtienen importantes lecciones. Extracto y comento debajo lo aprendido:


Dos episodios demuestran cómo quema la hoguera editorial: se quedaron por los pelos la saga de Harry Potter y desecharon a Stieg Larsson. "No supe ver la trascendencia sociológica de personajes y hechos por encima de lo literario", explica Del Carril.

Lección 1: Del Carril entiende que los libros de Stieg Larsson no tienen calidad y, habiendo acertado con Harry Potter, se tira de los pelos por no haber atrapado este superventas. Nos viene a decir que un editor serio debe estar atento a otras señales diferentes a las literarias. El editor serio debe ser un experto en marketing, debe conocer profuntamente las tendencias que hay en la sociedad a la que va a ofrecer sus lbros. Esto parece obvio pero pocos lo tienen en cuenta.


"Me interesan otras culturas y siempre busco el factor humano", dice Kraus. "Soy de poca literatura experimental".

Lección 2: Los experimentos con gaseosa y somos aventureros, pero de salon. Al lector hay que hacerlo viajar en los libros pero sin que se canse mucho.


¿Se puede morir de éxito? Lo temieron tras la eclosión Potter. "Se trataba de sobrevivir a ese éxito, por eso nuestro título capital es El último encuentro, de Sándor Marai: aportó un plus al emparentarnos con la alta literatura europea tradicional", responden.

Lección 3: Si consigues ese exitazo que te garantiza la seguridad financiera y tuviste la mala suerte de que fue con un libro de poca calidad literaria, busca un Marai o un Zweig para que no te encasillen, y de ese modo no perder otros publicos objetivos (targets) a los que te interesa llegar por imagen de marca y para seguir divirtiendote y que el trabajo no pierda ese 25% de romanticismo que te lo hace agradable y motivador. El dinero solo, a un editor de raza, no lo motiva.


"Pudimos comprar alguna editorial notable y no quisimos". Por lo mismo, no tienen colección de narrativa castellana. Kraus lo tiene claro: "El trato del manuscrito es distinto y se requiere una proximidad, tiempo y energías que ahora dedicamos a los hijos".

Lección 4: Si quieres armonizar trabajo y familia y dejar la oficina a las 6 de la tarde, si quieres vivir sin mucho stress no edites escritores españoles, son un coñazo. Mejor comprar derechos, encargar traducciones y hacer presentaciones y promoción de libros ya escritos por personas que viven lejos. Lo más duro del trabajo editorial es lidiar con los autores. Que le pregunten a Juan Cruz todo lo que no ha contado, y deja entrever, en su libro Egos revueltos.

Recomiendo la lectura de la entrevista al completo. No tiene desperdicio. Feliz cumpleaños Salamandra.

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27Sep, 2010

LIONEL SHRIVER; Sexismo editorial.

Escrito por: corto-cortes el 27 Sep 2010 - URL Permanente

Hace unos meses escribía aquí un “post” sobre como algunas editoriales consideran a las lectoras poco menos que idiotas. (Perdón por la autocita).

La semana pasada Revista Ñ publicaba un artículo “Sexismo en el mercado editorial” de Lionel Shriver (Tenemos que hablar de Kevin, Anagrama).

Dice Shriver:


Con misericordiosas excepciones, mis editores constantemente proponen para mis libros tapas que apuntan a lo que presuntamente quieren "las lectoras". Tomemos la reedición estadounidense de mi cuarta novela, Game Control, un texto sórdido y perverso sobre una conspiración para matar a dos mil millones de personas de la noche a la mañana. El personaje principal es un hombre, mientras que el tema es la demografía. ¿Qué tapa me mandaron la primera vez? Una encantadora joven de capelina que mira amorosamente el horizonte en un campo que recorre la brisa: todo muy suave y en tonos pastel. Indignada, mandé un e-mail diciendo: "¿Sus diseñadores leyeron alguna parte del libro?" Cuando propuse como tapa una foto de Peter Beard de cadáveres de elefantes –del todo adecuada–, el departamento de ventas se horrorizó. Las mujeres iban a sentir rechazo por los animales muertos. Conseguir que en la tapa de esa novela no hubiera mujeres fue una tarea en extremo ardua.

(…)

Por supuesto, la lógica de marketing parece imbatible: en los Estados Unidos, Gran Bretaña y Alemania, el 80% de quienes leen ficción son mujeres (lo cual, por algún motivo misterioso, las deja mal paradas: esas señoras haraganas no tienen nada mejor que hacer que pavear y leer. Pero si el 80 % de quienes leen ficción fueran hombres, pensaríamos que los hombres son aun más cultos y están aun mejor informados). ¿Por qué apuntar, entonces, a ese escaso 20 % masculino?

Las escritoras sagaces que se dan cuenta de que su carrera depende de escribir sólo para su propio género, limitan su temática de forma instintiva. Por su parte, las tapas etéreas con títulos tímidos indican que el establishment literario no necesita tomarse en serio ese trabajo. No es extraño, entonces, que el lenguaje de extravagante consideración que la New York Times Book Review dedica a Franzen –"Como todas las grandes novelas", Freedom, "nos ilumina por medio del persistente resplandor de la profunda inteligencia moral de su autor"– rara vez se le conceda a novelistas mujeres. Tampoco es extraño que la admiración que despierta la concentración de Franzen en "la familia como microcosmos o microhistoria" se invierta si una mujer elige el mismo tema: miren, otra chica que no puede salir de su pequeño mundo doméstico.

Todo esto es muy triste.

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16Sep, 2010

SIRI HUSTVEDT; La mujer temblorosa.

Escrito por: corto-cortes el 16 Sep 2010 - URL Permanente

Anagrama publica en breve La mujer temblorosa o la historia de mis nervios de Siri Hustvedt. Esta ensayista y novelista, casada con Paul Auster, sufre de migrañas y pedeció un episodio histérico derivado de la muerte de su padre. Curiosa, como buena escritora, no se conforma con los diagnósticos médicos e investiga por su cuenta qué origina sus males nerviosos. Leyendo este libro me he acordado de Kay R Johnson y sus libros Una mente inquieta y Marcados por el fuego :

A continuación algunos fragmentos del principio del libro de la Hustvedt:


Toda enfermedad tiene algo de ajeno a nosotros e im­plica una sensación de invasión y pérdida de control que se evidencia en el lenguaje que utilizamos para referirnos a ella. Nadie dice «soy un cáncer» o «soy canceroso», a pesar del hecho de no ser una enfermedad provocada por un vi­rus o una bacteria intrusa sino el resultado de la mutación de nuestras propias células. Uno tiene cáncer. Sin embargo, con las enfermedades psiquiátricas o neuronales ocurre algo diferente puesto que atacan lo que imaginamos como el origen mismo de nuestro ser. La frase «es epiléptico» no nos resulta extraña. En las clínicas psiquiátricas los pacientes suelen decir: «Bueno, es que yo soy bipolar» o «Soy esqui­zofrénico». Las frases denotan una identificación total de la persona con la enfermedad.

(…)


Los últimos años del siglo xx los médicos han utilizado sin demasiado rigor la frase «sin causa orgánica». La histeria era una dolencia física sin causa orgánica. ¿La gente se que­daba de pronto paralizada, ciega o presa de convulsiones sin ninguna causa orgánica? ¿Cómo podía ser eso? A menos que creyeras que unos fantasmas, espíritus o demonios sur­gían de repente del cielo o del infierno y se apoderaban del cuerpo de una persona, ¿cómo podía afirmarse que aquel fenómeno no era físico y orgánico? Incluso el DSM actual reconoce el problema al señalar que la diferencia entre lo mental y lo físico es «un anacronismo reduccionista del dualismo cuerpo/mente».9 Ésa es una separación con la que hemos convivido en el mundo occidental por lo menos desde Platón. La idea de que estamos hechos de dos ele­mentos en lugar de uno, de que la mente no es materia, sigue siendo determinante en la forma de ver el mundo de mucha gente. Sin duda, la experiencia de vivir dentro de mi propia cabeza tiene algo de mágico. ¿Cómo veo, siento y pienso y qué es en realidad mi mente? ¿Mi mente es lo mis­mo que mi cerebro? ¿Cómo puede la experiencia humana originarse en la materia gris y en la blanca? ¿Qué es orgáni­co y qué es no orgánico?

Interesante reflexión sobre el trastorno bipolar y la esquizofrenia:


El año pasado oí por la radio a un hombre que hablaba de su vida con un hijo esquizofrénico. Como muchos otros pacientes, su hijo tenía problemas a la hora de tomar con regularidad sus medicamentos. Cuando regresaba a casa después de haber estado internado, dejaba de tomar las me­dicinas que le habían prescrito y volvía a tener un brote. Es una historia que suelo escuchar entre los pacientes a los que doy clases en el hospital, aunque todos tienen un motivo diferente para dejar de tomar sus pastillas. A uno de los pacientes le recetaron un antipsicótico que le hizo engordar de un modo exagerado y eso le hacía muy desgraciado; otro sentía que estaba muerto por dentro; otro estaba tan furio­so con su madre que dejó de tomar las pastillas por puro rencor. El padre que hablaba por la radio recalcó más de una vez que «la esquizofrenia es un trastorno mental orgáni­co». Yo sabía muy bien por qué lo hacía. Por supuesto que no sólo se lo habrían dicho los médicos sino que también él mismo habría leído estudios en los que se enfocaba la en­fermedad desde ese punto de vista y eso le consolaba, le hacía sentir que, como padre, no era responsable de la en­fermedad de su hijo, que el entorno donde creció su hijo no había influido en su dolencia. Puede que un día se re­suelva el misterio genético de la esquizofrenia, pero por el momento continúa siendo una incógnita. Si un gemelo su­fre esquizofrenia existe un cincuenta por ciento de posibili­dades de que el otro también la sufra. Es un porcentaje alto, pero no determinante. Tiene que darse la conjunción de otros factores, que pueden ser muy variados, desde la con­taminación ambiental hasta la negligencia parental. Muchas veces la gente prefiere respuestas sencillas. En el clima cultu­ral de hoy la frase trastorno mental orgánico tiene un efecto tranquilizador. Mi hijo no está loco, lo que tiene es un pro­blema en el cerebro.

Oliver Sacks, que de estos temas sabe mucho, ha dicho sobre este ensayo: );«Un li­bro erudito, fascinante, que hace que la relación entre mente y cuerpo nos asombre aún más»

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17May, 2010

MI MADRE; Richard Ford.

Escrito por: corto-cortes el 17 May 2010 - URL Permanente

Richard Ford (Jackson, Mississippi, 1944) publicó en EEUU este libro (Anagrama 2010) sobre su madre en 1988. Había tenido mucho éxito con El periodista deportivo, 1986 (inicio de una trilogía protagonizada por su alter-ego Frank Bascombe que completaría con las novelas El día de la independencia 1985 y Acción de gracias 2009) y había conseguido su objetivo de dedicarse profesionalmente a la escritura. Más tarde demostró tener un mundo literario dentro de su cabeza (consiguió los premios Pulitzer y PEN/Faulkner en 1995) y recurrió a fragmentos de su vida para plasmar ese mundo, vía ficción, en las hojas de sus libros. Entonces:

¿Por qué un autor consagrado a la ficción siente en determinado momento el impulso o la necesidad de elaborar un documento íntimo?

Esta es la pregunta que se hace el crítico Robert Saladrigas en su reseña del 28 de abril de 2010 en el suplemento Cultura/s de La Vanguardia.

El maestro Saladrigas cree que es debido al sentimiento de culpa.

Después de leer este librito, estoy de acuerdo con el crítico barcelonés. Entiendo que lo que Richard Ford necesita es analizar su parte de culpa en la infelicidad de su madre.

Pág. 43.


(…) todas las cartas que el destino le había dado: una infancia desgraciada, la muerte de mi padre, yo, su propia incapacidad para saltar por encima de todo eso hacia una vida mejor. Era una prueba más de fracaso, una más de las muchas que, creo, sentía que había tenido en la vida.

Una lectura rápida puede llevar a pensar que se trata de un ajuste de cuentas: Ford cuenta como su abuela hizo pasar a su madre por su hermana (de ella) cuando deja a su marido y se va a vivir con un hombre mucho más joven. También nos relata como una noche él se presenta en el piso del novio de su madre (un hombre casado) y la encuentra a ella dentro. Después de este episodio su madre, ya viuda, no volvió a tener relaciones con ningún hombre como amante. Pero todos estos desahogos no son más que un reconocimiento de los hitos de la infelicidad de su madre y de su insatisfacción por llevar una vida incompleta. Ford necesita saber hasta que punto él, que al morir su padre de forma prematura, fue la persona más cercana a su madre, fue culpable de esa vida triste.

Pág. 54.


En parte se trataba de su elección; en parte, de su propio carácter, de cómo contemplaba su vida sin mi padre, con él muerto y tanta vida por vivir de una manera nada ideal. En lo más profundo siempre estaba resignada. Nunca podía sondearla sin chocar en ese punto, un punto en el que simplemente ya no se esperaba nada. Esto no quiere decir que, una vez transcurrido suficiente tiempo, mi madre fuera infeliz. Ni que nunca riera. Ni que no viera la vida como vida, que no se recuperara o no volviera a encontrarse consigo misma. Hacía todo eso, sí. Pero no del todo, no como una madre, como cualquier madre, que disimula ante su hijo único que la ama. Yo siempre la veía así. Siempre sentía eso. Siempre me parecía, cómo decirlo, ¿descontenta de la vida?, ¿resistiéndose a la vida? Siempre deseaba que se abandonase más de lo que parecía capaz de hacerlo; pues en la mayoría de los sentidos mi propia vida parecía impulsarme hacia adelante, y n quería que no sucediera lo mismo con la de ella. (…) durante todos los años posteriores a la muerte de mi padre, veintiuno, su vida nunca pareció plenamente volcada en algo.

Al final en la penúltima página, la 78, escribe Ford algo que para mi es muy significativo:


Ella sabía que yo la quería porque se lo dije bastantes veces. Yo sabía que ella me quería. Esto es lo único que ahora me importa, lo único que debe importar.

Destaco “porque se lo dije bastante veces”. Entre líneas leo que el autor no está del todo seguro de que su madre fuera consciente de su amor por ella. El autor teme que sus actos hacia su madre no estuvieron a la altura de los de un buen hijo y por eso mete esa coletilla: “porque se lo dije”.

Para finalizar me gustaría copiar una gran frase que casi cierra el libro:


Pero de alguna manera, hizo (su madre) para mí posibles mis afectos más verdaderos, como los que una gran obra literaria conferiría a su lector devoto.

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09Abr, 2010

MALDITOS; Luis Antonio de Villena.

Escrito por: corto-cortes el 09 Abr 2010 - URL Permanente

Al revés que mucha gente, aprecio más al novelista que al poeta. Las obras en prosa que más me han gustado de Luis Antonio de Villena (Madrid 1951) son Divino 1994 y Madrid ha muerto 1999. En esta última ya relató el mismo mundo que en Malditos, solo que con menos distancia temporal, algo muy necesario para contar algo vivido.

Malditos, Bruguera 2010 retrata lo que fue el Madrid inmediatamente anterior a la movida poniendo en letras las sensaciones de una juventud golfa y despreocupada. ¿hay otra juventud?

Pag 86.


Tengo hoy, con todo, la alada sensación, de que allí ninguno teníamos nada que hacer y que la noche era aromada y leve sobre nuestras vidas, como tantas veces… El privilegio que siempre parece ocioso de la juventud.

Pag 89.


…una ciudad veraniega poblada por adolescentes, estetas, macarras y pirados. Una ciudad como la perspectiva matinal de la Gran Vía de Antoñito Lopez, con algo de mugre y algo más de opaco brillo, porque España era todavía un país pringoso, pero nosotros y tantos más, estábamos llenos de sueños que recorrían unicornios y princesas de Golconda, vaqueros como Sal Mineo y James Dean, y rebeldes con todos los adornos estelares de la noche y de la vida…Una ciudad en la que todo era posible aunque nada lo pareciera.

Utiliza Villena como eje central la figura de Emilio Jordán un alter-ego de Eduardo Haro Ibars, poeta, escritor, periodista, letrista de grupos de rock como la Orquesta Mondragón y Gabinete Caligari (“Pecados más dulces que un zapato de raso”, ¡Qué tiempos!).

Los personajes son en su mayoría reconocibles. El narrador es claramente el propio autor, aunque me imagino habrá adornado alguna de sus aventuras. (Si no fuera así: enhorabuena Don Luis). Reconozco que tengo ventaja por que me leí hace unos años, en 2005, Los pasos del caído, la magnífica biografía de Haro Ibars con la que J. Benito Fernandez fue finalista del premio Alfaguara de ensayo. (Este autor también ha publicado una biografía del poeta Leopoldo Mª Panero, amigo de Eduardo, personaje de Malditos y pieza clave para entender lo que fue el submundo intelectual de la segunda mitad de los 70’s).

La prosa de Villena muestra con belleza y elegancia lo más sórdido de aquellos días de drogas, sexo y rock & roll. Sexo, especialmente, hay mucho en el libro.Y de todos tipos, homosexual y del otro, y del otro, y ... Los años previos al sida fueron así. Tristemente la enfermedad luego se llevó a los mejores, o a los peores, que casi siempre son los mismos.

El retrato de personajes es portentoso:

Pag 94.


Nacho parecía un naufrago en los confines de no sabemos qué Patagonia, un tipo que fumaba porros y bebía sorbitos de güisqui sin cesar, perorando leyendas o historias que sonaban a mantras tibetanos rayados y sinsentido.

Pag. 122


Samuel era un chico alto, siempre sonriente y optimista, con el pelo a lo afro, y vestido con camisolas de gasa hippy. Era madrileño y había vivido un par de años en Londres, de donde trajo la idea de moldear el bar aquel. Un rincón libre. Creo que no estudió nada después del Bachillerato y era, ¿diré como nosotros?, un contumaz aspirante a la vida. Vivir a tope, hasta donde se llegara (eso no tenía importancia), el caso era prescindir de las fronteras. No mirar límites, jamás pensarlos. Creo que tenía 24 años y su madre le hacía a ratos de tutora de una niñita que había tenido con una chiquita inglesa, que al parecer andaba entonces por las playas de Goa, buscando la plenitud de las estrellas y del infinito cielo de las luminarias. Le mandaba a Samuel (con besos para la niña)algunas fotos bonitas, con palmeras y monos y playas delirantes… Y pese a sus rollitos con tías, todos decían que Samuel era gay y que bastaba ponerle alegre –como fuera- para que le saliera la pluma. Era cierto (lo de gay, no la pluma) pero a él le daba plenamente lo mismo. Era libre, como he dicho.

Yo viví tangencialmente la resaca de aquellos años, recién llegado del pueblo a Madrid. Tuve aun tiempo de conocer a alguno de estos chicos malditos, aunque ya en decadencia. Las descripciones de Villena unas veces me llenan de júbilo nostálgico y otras me producen dolor de estómago; no todas las experiencias de aquellos años fueron buenas.

Me genera ternura la defensa que Luis Antonio de Villena continúa haciendo, con lo que ha llovido, de las posturas y actitudes libertarias. Llama la atención la defensa del padre del protagonista que no es otro que el periodista Eduardo Haro Tegclen que perdió a varios hijos victimas del sida o la heroína.

Hay que leer este libro escuchando repetidamente la canción de Mott the Hoople, compuesta por David Bowie “All the young dudes”.

Y como dice la página web del autor: “Además, Villena es noble. Javier Marías -actual monarca del Reino de Redonda- le otorgó en 1999 el título de Duke of Malmundo.”

Eduardo Haro Ibars y Lirio fotografiados por Alberto Garcia Alix.

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13Ene, 2010

INVISIBLE; Paul Auster.

Escrito por: corto-cortes el 13 Ene 2010 - URL Permanente

En el funeral de Carlos Berlanga, (fundador de Alaska y los Pegamoides y de Dinarama y fallecido hace unos años a los 42) su padre, el director de cine Luis Gª Berlanga, muy emocionado, se abrazó a Pedro Almodóvar, amigo del difunto, y le dijo: “Pedro, no todo está permitido”. Durante los años 80´s, igual que en los 60´s, se vivieron aires de libertad y se predicó que todo se podía hacer, que había que romper las ataduras de la sociedad conservadora y retrógrada. En muchos casos se fue demasiado lejos. Hay cosas que no se pueden hacer, y quien las hace sufre, en vida, las consecuencias. Algunos intelectuales suelen utilizar la palabra “tabú” en sentido peyorativo para designar acciones éticamente aberrantes. Cuando dicen eso es un tabú todos entendemos que solo los mojigatos deben respetar esa prohibición. Pues algunas de esas normas son de mucha utilidad para pasar por la vida sin malos rollos. Hay cosas que no se pueden hacer y Auster en su novela Invisible (Anagrama 2009) explica las indeseables consecuencias que trae romper alguno de esos tabús.

La novela de Auster esta dividida en 4 partes. La primera me decepciona pues me recuerda demasiado a la fabulosa novela de William Styron La decisión de Sophie: triángulo formado por joven estudiante, hombre raro que lo mismo elogia al joven como lo insulta cuando pierde los papeles, y chica atractiva con pasado que se odia a si misma y se refugia en el sexo. Pero Auster siempre merece una 2ª oportunidad y sigo leyendo. La segunda parte da un giro de 180 grados, y lo hace de forma totalmente coherente, perfectamente argumentada, con la utilización de esos recursos que solo los grandes escritores tienen. A partir de ese momento no puedo soltar el libro y lo engullo de un tirón. (282 páginas).

AdamWalker, el joven estudiante y protagonista, se encuentra en medio de una crisis a sus 20 años, ¿consecuencia de su situación familiar o del asesinato del que ha sido téstigo? Al fallecer su hermano se había jurado ser buena persona pero…¿Podemos perdonar a Adam por lo que ha hecho? ¿Es víctima de su familia o merece el infierno psicológico en el que dice vivir?

Pag. 124


Tu vida y tú sois imposibles (se dice Adam), y te preguntas cómo demonios te las has arreglado para encontrarte en ese callejón sin salida de desesperación y odio hacia ti mismo.

Mi opinión es que Adam necesita sentirse vivo, huir de la ansiedad generada por el sufrimiento familiar, por su pasado (ya lo tiene a los 20 años) y solo lo consigue transgrediendo, haciendo lo prohibido. La escritura le sirve de confesionario. ¿Se encuentra el perdón escribiendo? Solo cambiaría una cosa de esta novela, debería llamarse “Confesión”.

El sexo, muy presente en la novela, es una forma de olvido, de alivio, de dejar de ser las personas que en realidad son los que lo practican. Los encuentros íntimos están muy bien resueltos, algo nada fácil, y me parecen excitantes. Al final de todos esos actos sexuales, sin embargo, siempre siento un regusto amargo, algo así como el mal sabor que el sexo sin amor deja en las mujeres.

Pag. 168


Se pregunta si las palabras no serán un elemento esencial de la sexualidad, si hablar no es en definitiva una forma más sutil de acariciar, y si las imágenes que bailan en nuestra cabeza no son igual de importantes que los cuerpos que acariciamos.

(…)

El folleteo es el dios y el redentor, la única salvación en la tierra.

Adam quiere resucitar, “reinventarse”. Hay un momento en la novela en que, asistiendo en el cine a una resurrección, se echa llorar y no sabe si es por su deseo de que su hermano vuelva a la vida o es él mismo el muerto que quiere revivir.

Auster no habla del pecado. Se refiere a las consecuencias de hacer lo que no se debe, a la culpa que te hace infeliz, al miedo, no al infierno, sino a descubrir que no eres la persona que creías ser, a darte cuenta de que eres egoísta y que no tienes escrúpulos y puedes utilizar a las personas más queridas para acallar esa voz que la ansiedad te mete en el cerebro.

Mi madre me decía muy a menudo: “Que Dios no te conceda todo aquello que deseas”. Llevar a la práctica tus más íntimos deseos en algunos casos puede ser muy peligroso. La ansiedad que intentas apagar revive con mucha más fuerza años después. Adam Walker lo sabe.

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