26Oct, 2009
MEMORIAS DE OTRA PRINCESA RUSA.
La editorial argentina Ediciones de
La escritora argentina Alicia Dujovne Ortiz escribe el prólogo:
En estas memorias exclusivamente destinadas a ser leídas por sus descendientes, y que ella jamás pensó publicar, Elizaveta evoca los sinsabores económicos debidos al exilio, pero todo termina por recomponerse del modo más satisfactorio. Lo suyo es deleitarse con el teatro y la buena música, detallar las deliciosas comidas, los lindos vestidos, las animadas fiestas de casamiento o cumpleaños. Nada existe de puertas para afuera, aunque tampoco muy para adentro: así como no sabremos nunca nada del hijo ausente, tampoco sabremos nunca cómo fue interiormente Elizaveta. Una madre de su tiempo y de su medio no descubría su intimidad.
Contar cosas íntimas era de mal gusto.
Su nieto Alejandro Saderman escribe en Prefacio.
La abuela memoriosa ha evitado hasta mencionar al hijo desdichado que ha muerto lejos de la casa, nunca sabremos cómo ni por qué. La familia aquí descripta es unida y feliz; sus miembros son hermosos, cultos, buenos y llenos de talento. Los acontecimientos trágicos, como la guerra de 1914 o la tan temida Revolución bolchevique, aparecen como inconvenientes que obligan a esta familia a abandonar su rico y colmado hogar.
ADN Cultura nos ofrece unos fragmentos de este libro delicioso:
La rewvoluución bolchevique ha triufado y se ven obligados a marcharse de Moscú:
Éramos cuatro familias que se pusieron en marcha guiados por un "combinador", un judío polaco, probablemente un lejano pariente de la tía Sonia Katzevich que también viajaba con nosotros. Además de una gran familia, viajaban con nosotros dos institutrices -una de Nina y la otra de Ira- y nosotros llevábamos a nuestra mucama Pasha. Nuestro camino nos llevaba a Minsk, aún ocupada por los alemanes, y decidimos esperar allí hasta que los bolcheviques fueran derrotados, calculando que esto llevaría entre tres y seis meses. ¡Qué manera de errar el cálculo! En octubre de 1948 se cumplieron treinta y un años de nuestra expatriación, de lo que se puede deducir que tras no pocas y penosas aventuras, pudimos llegar vivos a la ciudad de Minsk. (…) Y, realmente, ¡cuántos bienes de valor tuvimos que dejar a los bolcheviques! Pero poco a poco Katia empezó a sacar de los armarios algunas cosas, tales como buenos manteles, cortinas sobrantes, abrigos de piel, y los fue llevando a la casa de la tía Mania, la que unos años después nos los trajo a Berlín, junto con un vaso lleno de brillantes que ella, enseguida de nuestra partida, escondió en la tierra de un macetón con plantas.
Animo a las editoriales españolas a que publiquen este libro.
Liza Mijailovna retratada por su hijo Anatole Saderman.
Fuente: Adn Cultura.
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