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07Ene, 2011

DOS CHICAS DE ESTAMBUL; Perihan Mağden

Escrito por: corto-cortes el 07 Ene 2011 - URL Permanente

Behiye es una adolescente inteligente y muy sensible. Se siente fea, avergonzada y muy cansada. En su interior hay tanta rabia que se sabe capaz de cosas terribles. Cree que no quiere a nadie y que nadie la quiere. Pero el lector, después de 40 páginas, tendrá claro que lo que Behiye necesita es cariño, mucho cariño. Behiye siente unas enormes ganas de llorar pero no consigue hacerlo desde hace más de 10 años.

Handan es una niña pija. Su madre, Leman, abandonada por su marido, padre de Handan, pasa el día de compras y saliendo de fiesta con ricachones de mediana edad. Leman bebe demasiado y no es un ejemplo de equilibrio emocional.

Behiye roba libros (América de Kafka, El tedio de Moravia y La nausea de Sartre) en una de las librerías de la calle Istiklal y escucha The Cure, Linkin Park y Limp Biznik. Nada que ver con Handan que se entretiene viendo videos de Britney Spears y Robbie Williams en MTV y leyendo revistas de adolescentes.

Behiye y Handan se conocen en la triste Estambul, Turquía, de los años 90’s. Se establece entre ellas una extraña afinidad. Las dos se sienten solas y las dos necesitan alguien que las cuide.

En ese primer encuentro:

Pág. 62


A Behiye le gustaría comerse la voz de Handan. La nuca que se le ve por encima de la rebeca. La nuca que deja al aire la cola de caballo. Comérsela. Así es, esa chica provoca en ti las mismas ganas de comérselos que despiertan los bebés. Le gustaría sentársela en las piernas y besarla y acariciarla.

Hay tres capítulos intercalados a lo largo de la novela en los que las protagonistas no aparecen ni se les hace referencia. Tres capítulos que parecen de otro libro. En ellos se relata cómo personas anónimas encuentran los cadáveres de chicos de 18 a 19 años. Al final de cada uno de estos 3 capítulos alguien, que no es de la policía y de quien no se nos da la identidad, anota datos no necesarios para la investigación del crimen. En los tres casos se anotan las marcas, siempre caras, de las prendas de vestir de las víctimas y los tamaños de sus penes: 9cm, 14 cm y 11cm.

A pesar de esto no estamos en una novela negra. Es una novela sobre dos adolescentes. Dos casi-mujeres que tienen miedo de la vida porque nadie, mediante una buena educación, les ha dado las herramientas necesarias para aventurarse en la selva de los adultos.

Pag 311


No soy la única, piensa Behiye. Se acabó el bachillerato. Luego nos encontraremos. La vida nos tiene rodeadas. La vida no deja de llamarnos a la puerta. ¿A dónde nos llevará? Por favor vida llévanos a algún sitio bonito. Un buen sitio muy lejos. Ten compasión de nosotras vida. No seas mala con nosotras vida. No seas mala con nosotras. Protégenos ten piedad. ¿Eh? ¿Vale?

Como cantaba Nacha Pop en aquel primer disco: “No te asustes del futuro, ese monstruo no vendrá”.

Hace unas semanas tropecé con un libro de una psicóloga titulado: Adolescentes, ¡Qué maravilla!. El texto de promoción que lo acompañaba decía: “La adolescencia contada de verdad, sin demonizaciones ni idealizaciones”. Sin comentarios.

Dos chicas de Estambul está escrita por Perihan Mağden y editada en 2010 por DESTINO.

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28Jun, 2010

RASPUTIN; Caricias y cariño.

Escrito por: corto-cortes el 28 Jun 2010 - URL Permanente

La libido femenina tiene poco en común con la masculina. Las imágenes, lo visual, juegan un papel primordial en la excitación sexual de un hombre. Por regla general eso no es tan importante para las mujeres. Estas responden a otros estímulos. Ellas se excitan con mayor facilidad gracias al cariño y a la seguridad. Por eso un hombre al mismo tiempo cariñoso y poderoso puede volver loca a una chica, o la puede traer de vuelta a la cordura en caso de estar psicológicamente enferma.

Sigmund Freud demostró el poder sanador del sexo cuando este se practica de forma cariñosa, es decir, por medio del contacto físico vía besos y caricias.

Grigori Rasputin, (Rusia 1869- 1916), sin conocer los estudios de Freud, llegó a la misma conclusión por propia experiencia. Con todos sus excesos y terribles defectos, siendo uno de los misóginos más grandes de la historia, Rasputin fue, quizás debido a su disfunción eréctil, uno de los mejores amantes de los últimos siglos.

Acabo de leer Rasputin, el diario secreto de Alexandr y Daniil Kotsiubinski editado por Melusina en 2005 y traducido del ruso por Jorge Ferrer Diaz. (En Rusia se publicó en 2003). Los autores hacen en la primera parte del libro un análisis psicológico del personaje con base en los archivos rusos y ayudados de la opinión de eminentes psiquiatras. Nos cuentan cómo llegó a influir en los zares y a obtener un gran poder que le permitió quitar y poner ministros. La segunda parte es un amplio extracto de los diarios que Rasputin dictó a su secretaria.

Desmontan los autores, en la 1ª parte, la imagen de Gran Follador que teníamos de él:

Pag. 52:

El análisis detallado de los testimonios que han llegado hasta nosotros no dejan lugar a dudas: el verdadero Grigori Rasputin era un sujeto con una potencia sexual gravemente disminuida, cuyo modelo de comportamiento estaba dedicado totalmente a la máxima ocultación de esa deficiencia, que se le hacía todavía más insoportable por cuanto la suya era una personalidad histeroide, radicalmente necesitada de un amor inmediato y total por parte de todos y de todo. Además, Rasputin no se esforzaba simplemente en compensar –es decir, ocultar, velar- su carencia, sino que por el contrario, quería “sacar un clavo con otro” o, dicho según la terminología médica, “hipercompensarse”. En lugar de admitir su discapacidad sexual y, por lo tanto, administrar en la medida de lo posible sus relaciones con las mujeres, Grigori pretendía dominarlas totalmente llevando esa pretensión a dimensiones verdaderamente industriales, convirtiendo así una discapacidad psicofísica que parecía fatal en una poderosísima arma de expansión erótica.

En las primeras páginas del libro se demuestra que Rasputin padecía una enfermedad mental que pudo ser la responsable de su disfunción eréctil. No era del todo impotente, tuvo varios hijos, pero en un gran tanto por ciento de las ocasiones en que mantuvo contacto carnal con mujeres no llegó a haber penetración. Ese problema lo llevó a concentrarse en las caricias que practicaba durante horas llevando a las señoras al climax al final de lo que acababa siendo un masaje erótico en toda regla.

Una de las las admiradoras del “padre Grigori” afirmó que “Rasputin era alguien muy especial capaz de ofrecer a una mujer tales sensaciones que hacen que nuestros hombres no valgan nada.”

Pag. 57

Otra de sus amigas, Xenia, que contaba 18 años en el momento de los hechos cuanta:


Grigori me ordenó que lo desvistiera. Así lo hice. Después me ordenó desvestirme. Me quité la ropa. Se acostó en la cama ya preparada para acogerlo y me dijo: “ven y acuéstate conmigo, cariñito”. Yo … obedecí … y me acosté a su lado. …comenzó a besarme. Lo hacía de tal forma que no quedó un solo punto de mi cara que no hubieran cubierto sus labios. Me besaba, como suele decirse, chupándome, lo que me producía ahogos.

En la página 65 se incluye el testimonio de la viuda de un oficial que se unió al grupo de admiradoras de Rasputin tras la depresión en que cayó tras el suicidio de su marido. Después de trabar relación con el monje, los síntomas depresivos remitieron: “Me acariciaba y me decía que estaba libre de pecado… y poco a poco se fue generando en mi una sensación de plena salvación… de que estaba con él en el paraíso (…). Sus besos, palabras y miradas apasionadas constituían para mí una prueba de la pureza de mi amor por él.

En la página 71 el doctor Isaev dice:

“ Este planteamiento psicoterapéutico, como diríamos ahora, en ocasiones servía efectivamente al objetivo de de superar las barreras psicológicas y neuróticas que impedían a las mujeres alcanzar una descarga orgásmica”.

Muchas señoras estuvieron eternamente agradecidas a Rasputin por que había conseguido que llegasen al orgasmo y que además lo habíera hecho sin penetración, con lo que entendían que no habían sido infieles a sus maridos.

Gracias a sus caricias y masajes eróticos curó la histeria de muchas mujeres (entre ellas la propia zarina) y llegó a tener un grupo de seguidoras que lo adoraban como si fuera un ser con poderes extraordinarios. Pero no solo las curó a ellas sino que algunos hombres disfrutaron de sus técnicas amatorio/terapeúticas.

Uno de ellos fue un príncipe, Felix Yusupov, del que estaba enamorado. Según este libro Rasputin era bisexual y lo demuestra con datos bastante fiables. Felix Yusupov terminó asesinando al starets a causa del excesivo poder que adquirió y de que, decían, fue espía de los alemanes.

Los hombres tenemos por lo general en nuestro subconsciente el miedo a la impotencia. Por eso, debido a esta causa o simplemente al egoísmo, tendemos a consumar la penetración cuanto antes, no vaya a ser que aquello se afloje y quedemos mal. Normalmente quedamos fatal con la otra persona porque no conseguimos adaptarnos a los tiempos de la libido del otro sexo. El hombre eyacula y obtiene la recompensa pero ¿y ella? Una buena relación sexual no debe tener la penetración como objetivo máximo. Lo importante es el placer del otro, o de la otra. Hay un placer del que se habla poco y es el placer de dar placer. De eso saben mucho, desde hace miles de años, los asiáticos, y los occidentales deberíamos tomar nota.

Rasputin llevado por sus problemas psicológicos descubrió que acariciando obtenía más poder que imponiendo. Se encontró con que gracias a unas caricias conseguía más influencia que con una pistola. Este libro es, además de un documento histórico de primer orden, un manual sobre sexo impagable.

Rasputin y Corto Maltés.

Rasputin

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26May, 2010

EL MES MÁS CRUEL; Pilar Adón.

Escrito por: corto-cortes el 26 May 2010 - URL Permanente

Hace un par de veranos, una persona muy cercana, (la llamaré amigo aunque es más que eso) estaba pasando un momento difícil. Mi amigo es extremadamente inteligente y sensible: la vida, por ello, se le hace muy cuesta arriba y la tristeza es su compañera más fiel. Aquel mes estaba especialmente hundido. Estábamos en la piscina donde yo intentaba convencerlo de que nadar, un poco de ejercicio, le vendría bien. En ese momento un niño, de no más de 1 año que gateaba cerca del borde, cayó al agua. Los padres lo rescataron en pocos segundos con lo que todo quedó en un susto. Mi amigo, cuando lo miré, tenía la cara entre las manos y temblaba. Me dijo, al borde del llanto, que el niño lo había mirado fijamente a los ojos justo antes de caer al agua. Se sentía culpable de lo ocurrido. Aquel verano mi amigo se echó la culpa de todo, incluso de sucesos con imposible conexión con él. Muchos días agradezco no ser tan inteligente y sensible como mi amigo.

Me acordé de aquel día de verano leyendo el primer relato de El mes más cruel de Pilar Adón que acaba de publicar Impedimenta. Leí la mayor parte del libro con esa leve sensación en el estómago que he relacionado siempre con el miedo, con la ansiedad. Al finalizar la obra, sin embargo, me sentía relajado, feliz y en paz. Igual que cuando de niño terminaba de confesar mis pecados con don Salvador, aquel cura de 80 años y olor a café con leche, que le contara lo que le contara siempre me imponía la misma penitencia: 20 padres nuestros y 20 avemarías.

Pilar Adón escribe sobre:

1.- Los miedos más íntimos, aquellos que nos da vergüenza confesar pero nos amargan la vida.

2.- La ansiedad consecuencia de la falta de cariño, de una educación sentimental defectuosa.

3.- Como el amor desinteresado (perdón por la redundancia) cura los desequilibrios emocionales aunque sea momentáneamente.

4.- Las consecuencias graves que puede general la familia sobre el equilibrio emocional.

La autora describe todo esto tan bien que tengo miedo de que lo haya vivido en su propia carne, en su familia, en su psique. Espero que no.

Una vez entras en los personajes de Adón da miedo continuar, pero al tiempo no lo puedes dejar. En el primer relato, para mi el mejor, hay un acantilado. La prosa de Adón produce en mí esa doble y dulce sensación, de miedo y atracción, que provoca un abismo. Los personajes caminan psicológicamente al borde del precipicio y esa situación es muy difícil de transcribir. Las personas totalmente enfermas o sanas son muy fáciles de plasmar por escrito, tan fácil que resultan irreales. Lo complicado, y Adón lo sabe, es describir ese desequilibrio en que vivimos todos. Porque todos estamos mentalmente enfermos. La diferencia está en que unos necesitan ayuda de profesionales y otros no. O, aun no.

El crítico Pozuelo Yvancos publica el pasado sábado una reseña en ABCD las artes y las letras. Estoy de acuerdo en todo. Solo una cosa: no se cuales son los dos relatos “menos logrados”. Para mi no sobra ninguno, si acaso, faltan.

¡Quiero más libros como este, que me lleguen a las tripas!

NOTA: El diseño del libro es obra de Enrique Redel y la ilustración del zaragozano Dino Valls. ¡Impresionante!. Lean el libro y luego vuelvan a mirar la portada. Ya me dirán.

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12Mar, 2010

GABRIEL GARCÍA MARQUEZ; su madre.

Escrito por: corto-cortes el 12 Mar 2010 - URL Permanente

La madre de Gabriel Gª Marquez después de dar a luz en Arataca, dejó al niño, “Gabito”, al cuidado de los abuelos y regresó al lado de su marido. Solo volvió a ver a su hijo 7 años después. El escritor se sintió abandonado y este hecho influyó en toda su obra.

En los primeros años de la vida del escritor peruano Mario Vargas Llosa hay una relación traumática con su padre. El propio escritor ha reconocido que aquella mala relación ha sido motor de muchos de sus libros.

Me parece muy interesante el hecho de que en muchos autores latinos las relaciones con los progenitores han sido determinantes en su obra. La cultura latina da mucha más importancia al cariño de padres y madres hacia hijos, en sus primeros años, que la cultura anglosajona. Quizás ese es el motivo.

En Una vida, la biografía de Gabriel Gª Marquez escrita por Gerald Martin y recientemente publicada en castellano por editorial DEBATE se cuenta:


Una calurosa, asfixiante mañana de comienzos de la década de 1930, en la región costera tropical del norte de Colombia, una mujer contemplaba por la ventanilla del tren de la United Fruit Company las plantaciones de banano. Hilera tras hilera, titilaban entre la luz del sol y la sombra. Había embarcado en el vapor nocturno, asediado por los mosquitos, que atravesaba la gran ciénaga desde el puerto de la ciudad caribeña de Barranquilla, y ahora viajaba hacia el sur por la Zona Bananera con destino a Aracataca, el pequeño pueblo de interior donde varios años antes había dejado a su primer hijo, Gabriel, apenas un niño de pecho, a cargo de sus padres, ya entrados en años. Luisa Santiaga Márquez Iguarán de García había dado a luz a otros tres niños desde entonces, y ésta era la primera vez que regresaba a Aracataca desde que su esposo, Gabriel Eligio García, la llevó a vivir a Barranquilla y dejaran al pequeño «Gabito» al cuidado de sus abuelos maternos, Tranquilina Iguarán Cotes de Márquez y el coronel Nicolás Márquez Mejía. El coronel Márquez era un veterano de la cruenta guerra de los Mil Días que se libró durante el cambio de siglo, un adepto de por vida al Partido Liberal de Colombia y, en sus últimos años, tesorero de la municipalidad de Aracataca.

El coronel y doña Tranquilina se habían opuesto con inquina al noviazgo de Luisa Santiaga con el apuesto García. No solamente era pobre y forastero, sino también hijo ilegítimo, mestizo y, quizá lo peor de todo, ferviente incondicional del detestado Partido Conservador. Apenas llevaba unos días de telegrafista en Aracataca cuando puso los ojos en Luisa, uno de los mejores partidos entre las jóvenes casaderas del pueblo. Sus padres la mandaron fuera de la región a casa de varios parientes durante casi un año, a fin de quitarle de la cabeza su absurdo encaprichamiento con el atractivo recién llegado, pero de nada sirvió. En cuanto a García, si albergaba la esperanza de que al casarse con la hija del coronel haría fortuna, quedó decepcionado. Los padres de la novia se negaron a asistir a la boda que al fin logró organizar en la capital de la provincia, Santa Marta, y por añadidura perdió su puesto en Aracataca. ¿Qué iba pensando Luisa mientras miraba por la ventanilla del tren? Tal vez había olvidado las incomodidades de este viaje. ¿Acaso pensaba en la casa donde había pasado la niñez y la juventud? ¿Cómo iban a reaccionar todos ante su visita? Sus padres. Sus tías. Los dos hijos a los que hacía tanto que no veía: Gabito, el mayor, y Margarita, su hermana menor, que también vivía con los abuelos. El tren silbó al atravesar la pequeña plantación bananera de Macondo, que le trajo recuerdos de su propia infancia. Minutos después, Aracataca aparecía ante sus ojos. Y allí estaba su padre, el coronel, esperándola a la sombra... ¿Cómo la recibiría? Nadie sabe lo que dijo. Sin embargo, sabemos lo que ocurrió a continuación.

De vuelta en el viejo caserón del coronel, las mujeres preparaban al pequeño Gabito para un día que no olvidaría jamás: «Ya está aquí, ya llegó tu mamá, Gabito. Está aquí. Tu mamá. ¿No oyes el tren?». El sonido del silbato llegó una vez más desde la estación cercana. Gabito diría después que no guardaba recuerdo alguno de su madre. Lo había dejado antes de que pudiera retenerla en su memoria. Y si ahora cobraba algún sentido, era el de una ausencia súbita que sus abuelos nunca le habían explicado realmente; una ansiedad, como si hubiera algo de malo en ello. Por su culpa, tal vez. ¿Dónde estaba el abuelo? El abuelo siempre aclaraba las cosas; pero había salido. Entonces Gabito los oyó llegar por el otro extremo de la casa. Una de sus tías llegó y lo llevó de la mano. Todo fue como en un sueño. «Tu mamá está adentro», dijo la tía, de modo que entró y al cabo de un instante vio a una desconocida, al fondo del salón, sentada de espaldas a la ventana, cuyos postigos estaban cerrados. Era una mujer hermosa que llevaba una pamela de paja y un vestido largo holgado, con mangas hasta las muñecas. Respiraba jadeante al calor del mediodía. A él lo invadió una extraña confusión, porque, a pesar de que la mujer le causó una grata impresión a primera vista, de inmediato se dio cuenta de que no la quería del modo en que le habían dicho que había que querer a una madre. No como quería al abuelo y a la abuela. Ni siquiera sentía por ella el cariño que sentía por sus tías.

La señora dijo: «¿Y no le vas a dar un abrazo a tu mamá?», y entonces ella se levantó y lo abrazó. Nunca olvidaría su aroma. No había cumplido un año cuando su madre lo dejó. Ahora tenía casi siete. Así que sólo entonces, porque ella había vuelto, lo entendió: su madre lo había abandonado. Y Gabito jamás se sobrepondría a ello, en buena medida porque nunca conseguiría afrontar los sentimientos que este hecho provocaba en él. Y entonces, muy pronto, lo abandonó de nuevo.

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03Dic, 2008

EL CLUB DE LOS FALTOS DE CARIÑO

Escrito por: corto-cortes el 03 Dic 2008 - URL Permanente

Así se titula un bonito libro de Manu Leguineche muy bien editado por Seix Barral (2006). Leguineche es el decano de los reporteros de guerra españoles. Ha estado en todas: Vietnam, Irak, Camboya etc...

Comienza así: " El Club de los Faltos de Cariño. Inscripciones: Islas Filipinas, 42, 8-A, Madrid.

Ya que vivimos tiempos de recordar aniversarios, ahí va uno, de caracter íntimo: hace cuarenta años, día por día, fundamos en mi casa de Madrid el Club de los Faltos de Cariño. En el acta de fundación el artista Juan Carlos Eguillor y un grupo de amigos y amigas. Sigo en el club, cada día más necesitado de cariño: como nuevos socios he inscrito a Jesus Rodrigo, Muki, la gata, y al pato Toribio..."

(estos últimos son personas y animales que le acompañan en su retiro en Brihuela)

El libro es un compendio de recuerdos y sucedidos. Parece una selección cariñosa de notas de los cuadernos más cercanos a la piel del autor.

En su pagina 298. Cuentacuentos:

"Felices los niños que escucharon cuentos al calor de la lumbre, en la escuela, en su cuna o su cama. Felices los que tuvieron a mano una biblioteca. Los cuentos de infancia estimulan la imaginación. Se nota enseguida en el autor, el músico, el intelectual. Blanca Calvo organiza por aquí unas jornadas de cuentacuentos a las que acuden con gusto poetas, reyes del relato o doncellas que pescan en ruin barca, niños y mayores. El que haya escuchado cuentos en su infancia tiene mucho terreno creativo ganado. No fue mi caso, pero ya de joven aprovechaba mis viajes para acudir a zocos y mercados persas. En Marraquech, aunque no entendiera nada por el idioma, me quedaba con los gestos, la expresividad de los cuentacuentos. Lo mismo me ocurría en Peshawar, junto a la frontera afgana, o en el zoco de Kabul, a la orilla de los lagos chinos o en las fuentes del Himalaya o en la plaza de los Héroes de La Paz, Bolivia, en nuestro idioma."

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